Obras son amores…

Sexto domingo con Cristo resucitado. Ya el próximo jueves -“uno de esos tres que hay en el año que relucen más que el sol”- contemplaremos con los Apóstoles al Señor, que sube a la diestra de Dios Padre. Pero, hasta el último momento, el signo de este tiempo pascual será la alegría, porque Jesús, resucitado, estará siempre con nosotros. “Con voz de júbilo anunciad y haced saber esta nueva; llevadla hasta el último confín de la tierra: el Señor ha liberado a su pueblo. Que toda la tierra cante alegre a nuestro Dios…” (introito).

El evangelio de la Misa es la continuación del domingo precedente: otro pasaje del capítulo 16 de San Juan. Su presencia en la liturgia de hoy fácilmente se explica teniendo en cuenta la proximidad de la Ascensión del Señor a los cielos: “Salí del Padre y vine al mundo, otra vez dejo el mundo y voy al Padre”. Pero, junto con ese toque de atención ante la próxima fiesta, estos versículos de San Juan contienen también una enseñanza muy práctica. Sobre todo, puestos en relación con la oración colecta de la Misa y con la epístola.

“Poned por obra la palabra de Dios y no os contentéis con escucharla, engañándoos a vosotros mismos” (Sant 1, 22.). Estas palabras de la Carta del Apóstol Santiago con las que comienza la epístola de hoy –el célebre “estote factores verbi et non auditores tantum”-, centran el sentido de compromiso personal de la liturgia de este domingo. Y conectan muy bien con nuestras reflexiones del domingo anterior. Porque entonces se nos hizo evidente la necesidad que tiene el cristiano de una seria formación, de ideas claras acerca de su fe, de sacudir el demonio de la ignorancia, el peor enemigo que Dios tiene en este mundo. Escuchar y meditar la palabra de Dios, cursos de formación religiosa, un plan de lectura espiritual y teológica: he aquí –decíamos el pasado domingo- los medios claros para una maduración personal en la formación cristiana.

Pero hoy debemos subrayar que tener formación e ideas claras no basta. Es una condición necesaria para vivir en cristiano, pero no es suficiente. Esas ideas claras en la cabeza han de mover a la voluntad, y han de asentarse en el corazón para que se transformen en actos concretos, virtuosos, realidades que se ven y que se tocan; en definitiva, las ideas han de encarnarse, tienen que hacerse vida cotidiana. Esto es lo que nos recuerda hoy la Iglesia. Y a esto tiende también la sabiduría popular cuando dice: “obras son amores y no buenas razones”.

Pero, atención, el paso del pensamiento a la acción no es algo automático, es un paso voluntario y, por tanto, un acto libre. Por eso un hombre puede tener ideas limpias y una vida práctica -unas acciones- en desacuerdo con sus ideas. El poeta Ovidio lo observaba así con asombro: “video meliora proboque, deteriora sequor”. “Veo lo que es bueno, y ¡lo apruebo! Y, sin embargo, hago lo que es malo…”. Es la realidad del pecado personal en la vida del hombre.

Los cristianos sentimos, como todos los hombres, en nuestra carne y en nuestra inteligencia esas mismas tendencias, consecuencia del pecado original. El Apóstol San Pablo nos habla de ellas cuando dice: “Siento una ley en mis miembros contraria a la ley de mi espíritu” (Rom 7, 23). Pero, al esforzarnos en poner en práctica la palabra de Dios, tenemos una ayuda extraordinaria que no nombra el poeta latino: el don del Espíritu Santo, la gracia divina, que nos lleva a esa continua oración que Jesús recomienda en el evangelio de hoy: “Cuanto pidiereis al Padre en mi nombre, os lo concederá. Pedid y recibiréis, para que vuestro gozo sea completo”. Hay, pues, que recurrir insistentemente a la oración de petición a Dios Padre. Es posible que a muchos cristianos afecte el reproche de Cristo: “Todavía no le habéis pedido nada en mi nombre”.

Entre el pensamiento y la acción, entre las ideas y la vida práctica, los cristianos hemos de poner la oración continua, convencidos de nuestra indigencia y de la necesidad que tenemos de la ayuda de Dios. Y eso es lo que la Iglesia implora hoy en la Santa Misa: “Dígnate, Señor, inspirarnos santos pensamientos y, con tu gracia, ponerlos por obra”.

Pedro Rodríguez