Lectio Divina – Lunes VI de Pascua

El Espíritu de la verdad, que procede del Padre, Él dará testimonio de mí

1.- Oración introductoria.

Señor, hoy no quiero pedirte cosas materiales, ni siquiera cosas buenas, sino te pido que me envíes el Espíritu Santo. Él es el supremo bien. Una de las lagunas que ha tenido la Iglesia Católica en Occidente ha sido la poca devoción al Espíritu Santo. Hoy hay un bello despertar en la Iglesia  y yo, Señor, te pido  que esta Iglesia de Jesús  se llene de tu Espíritu y, como decía el Papa San Juan Pablo II, “pueda respirar con los dos pulmones”.

2.- Lectura reposada del evangelio. Juan 15,26-16,4

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Cuando venga el Paráclito, que yo os enviaré de junto al Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, Él dará testimonio de mí. Pero también vosotros daréis testimonio, porque estáis conmigo desde el principio. Os he dicho esto para que no os escandalicéis. Os expulsarán de las sinagogas. E incluso llegará la hora en que todo el que os mate piense que da culto a Dios. Y esto lo harán porque no han conocido ni al Padre ni a mí. Os he dicho esto para que, cuando llegue la hora, os acordéis de que ya os lo había dicho.

3.- Qué dice la Palabra de Dios.

Meditación-reflexión

Jesús nos promete el Espíritu Santo como el Espíritu de la verdad. Hay muchos cristianos, incluidos sacerdotes y religiosos,  que van en busca de “verdades”. A ver qué dice el último libro, la última revista religiosa.  A veces nos pasa que somos “esclavos de las verdades” pero no somos “señores de la Verdad”. Sólo el Espíritu Santo nos lleva a la verdad completa. Sin el Espíritu de Jesús podemos vivir verdades fragmentadas, pero no la verdad en plenitud. Hay una frase hermosa de San Bernardo:”La contemplación es el modo de enseñorearnos de la verdad sin dudas”. El leer libros sobre la Eucaristía no me quita las dudas sobre la presencia sacramental. El adorar al Señor en la Eucaristía, el celebrar con fe y devoción la Santa Misa, el caer de rodillas ante este Sacrosanto Misterio, me hace tener experiencias de Dios que están por encima de la razón. Santa Teresita del Niño Jesús nos habla de una presencia envolvente de Jesús después de comulgar. “Se abandonaba a la invasión del amor infinito para que, desde ella, se desbordase sobre el mundo”. Esta es la mejor manera de defendernos de aquellos que convierten el culto a Dios en un culto asesino.

“Llegará la hora en que todo el que os mate piense que da culto a Dios”. No puede haber mayor deshumanización en nombre de Dios. Las guerras de religión son las más injustas y crueles.

Palabra del Papa

“El Espíritu Santo, entonces, como promete Jesús, nos guía «en toda la verdad»; nos lleva no solo al encuentro con Jesús, plenitud de la Verdad, sino que nos guía «en» la Verdad, es decir, nos hace entrar en una comunión siempre más profunda con Jesús, dándonos la inteligencia de las cosas de Dios. Y esta no la podemos alcanzar con nuestras fuerzas. Si Dios no nos ilumina interiormente, nuestro ser cristianos será superficial. La Tradición de la Iglesia afirma que el Espíritu de la verdad actúa en nuestros corazones, suscitando aquel «sentido de la fe» (sensus fidei), a través del cual, como afirma el Concilio Vaticano II, el Pueblo de Dios, bajo la guía del Magisterio, indefectiblemente se adhiere a la fe transmitida, la profundiza con un juicio recto y la aplica más plenamente en la vida. Podemos  preguntarnos: ¿estoy abierto a la acción del Espíritu Santo, le pido para que me ilumine, y me haga más sensible a las cosas de Dios? ¿Cuántos de ustedes rezan cada día al Espíritu Santo?» (Homilía de S.S. Francisco, 15 de mayo de 2013).

4.- Qué me dice hoy a mí esta palabra ya meditada. (Silencio)

5.- Propósito. Pasaré quince minutos en silencio después de comulgar.

6.- Dios me ha hablado hoy a mí a través de su Palabra y ahora yo le respondo con mi oración.

Señor, no quiero finalizar mi oración sin darte gracias por tantas luces que me das en este momento de silencio con tu Palabra. Te pido que me ayudes a llevar a la práctica estas bellas enseñanzas. Que sea el Espíritu Santo el que profundice en mí las palabras del Evangelio hasta convertirlas en sangre de mi sangre y vida de mi vida.

ORACIÓN DEL PAPA FRANCISCO POR UCRANIA

Tú que nos enseñaste que a la diabólica insensatez de la violencia se responde con las armas de Dios, con la oración y el ayuno, ten piedad de nosotros, aleja la guerra y demás violencias malignas y permítenos llegar a soluciones aceptables y duraderas a esta crisis, basadas no en las armas, sino en un diálogo profundo.

Mientras los bendecía, se separó de ellos

Un misterio desdoblado

El hecho dogmático y teológico de la Ascensión, indescriptible en sí mismo, no es un acontecimiento diferente de la Resurrección; Jesús, por su resurrección, ya había recibido todo poder y gloria junto al Padre. La doble escenificación que nos ha dejado san Lucas disocia intencionadamente dos aspectos complementarios de una misma realidad: el mismo Jesús resucitado que en el relato evangélico asciende al cielo bendiciendo a los apóstoles, en el relato del Libro de los Hechos se hace presente previamente entre ellos durante cuarenta días hablándoles del Reino de Diosantes de que una nube le oculte a sus ojos.

¿Por qué este desdoblamiento del único misterio pascual? La doble perspectiva le sirve al evangelista para establecer el punto de enlace y conexión entre el Jesús ascendido y la Iglesia, animada por el Espíritu, que asume ahora su misión. Los cuarenta días simbólicos dedicados a la instrucción de los apóstoles es una forma de expresar que la iglesia apostólica quedaba perfectamente equipada y preparada para su tarea evangelizadora: cuando el Espíritu Santo venga sobre vosotros, seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los confines de la tierra.

Envuelto e impregnado de honda religiosidad

Toda la narración lucana pivota sobre el templo de Dios, centro espiritual de la ciudad santa de Jerusalén. Jesús, concebido por el poder del Espíritu (Lc 1,35), ya había mostrado desde niño una inclinación especial por las cosas de su Padre presentándose en el templo (2,49). Más tarde, ya adulto, tomará conscientemente la decisión de subir(ascensión) a Jerusalén “plantando cara” a la Pasión (9,51), donde morían los verdaderos profetas. Finalmente, consumará allí su propósito tras despedirse de los suyos y mandarles quedarse en la ciudad hasta ser revestidos desde lo alto (24,49). Mientras asciende al templo definitivo de la gloria del Padre, les bendice como Sumo Sacerdote. Ellos, bendecidos, vuelven gozosos a la ciudad, donde permanecerán alabando a Dios en el templo (24,53). Esa es la atmósfera trascendente que sustancia y colorea el cuadro escénico: el que venía de Dios tenía que volver a Dios; el que se había abajado a la humilde condición humana tenía que ascender a lo alto de los cielos para llenarlo todo.

Por su parte, en la 2ª lectura, el apóstol Pablo se sumerge también en ese clima contemplativo de la supremacía del Cristo glorioso elevando su súplica ardiente al Señor para que conceda a sus fieles un espíritu de sabiduría y de revelación, de modo que puedan así conocerlo plenamente y gozar de la esperanza a la que han sido llamados, de la herencia gloriosa que les está reservada.

Bajo la mirada envolvente de Dios

El Señor ascendido devuelve al hombre la mirada benevolente de Dios que se cernía sobre la humanidad al inicio de la creación. Nos recuerda de este modo dónde reside la auténtica ciudadanía de los hijos de Dios. Nos abre a la perspectiva trascendente de la vida. Nos invita a mirar la realidad desde la visión panorámica y omnipresente de Aquel que ve todo desde lo alto. Nos estimula a levantar el vuelo de nuestras aspiraciones personales en pos de objetivos verdaderamente nobles y plenamente satisfactorios.

Siguiendo el modelo expositivo de Lucas, la liturgia cristiana ha secuenciado también de forma pedagógica toda una serie de textos bíblicos intercalados entre las dos festividades de la Resurrección y de la Ascensión (pedagogía que ha quedado a su vez plasmada en la devoción popular de los misterios gloriosos del Rosario). Pone así a disposición de los fieles, durante todo ese tiempo pascual, un proceso de reflexión y maduración personal en torno al misterio central de la fe cristiana.

Esta es la fiesta que ensancha el corazón creyente para que, colmado de esperanza y alegría, lo abra generosamente al horizonte misional de la próxima fiesta de Pentecostés. Los ángeles despertaron a los discípulos galileos de su sueño, absortos en lo que contemplaban sus ojos, para instarles a testificar lo contemplado, para impulsarlos en la exigente tarea de la misión eclesial desde la mirada de Dios. Aquí vino y se fue… Vino… Nos dejó nuestra tarea y se fue… Nos dejó unas herramientas y se fue. ¡Se fue! (León Felipe).

Fray Juan Huarte Osácar

Comentario – Lunes VI de Pascua

Jn 15, 26-16, 4

Continuamos la meditación del «discurso después de la Cena». Hasta aquí, Jesús ha hablado sobre todo de amor… Pero el tono va a cambiar. En esta segunda parte de su conversación, Jesús va a hablar mucho sobre el «odio»: quiere prevenir a sus discípulos de la atmósfera de lucha que conocerán frente al rechazo del mundo. *’

Cuando venga el «defensor» que Yo os enviaré de parte del Padre…
Hemos olvidado bastante ese título que daba Jesús al Espíritu. El «Defensor», el «Paráclito» en griego. Esto da un tono de lucha. Dios tomará la defensa de los suyos. ¿Tengo conciencia de que soy atacado, amenazado? Sí, me encuentro constantemente enfrentado al mal a la desgracia, y al Maligno: el pecado, la adversidad, Satán… triple cara de lo que me provoca para destruirme y alienarme.

Jesús lo sabe bien. El, que tan a menudo ha tomado la defensa del hombre, para salvarle del pecado, de la enfermedad o de la muerte y del demonio. El nos envía otro «Defensor»: su Espíritu. A menudo, Señor, me olvido de ese aspecto dramático que tiene la vida cristiana; y corro el riesgo de dejarme llevar a una buena vidita muy tranquila, en vez de continuar alerta, vigilante… y presto al combate contra cualquier forma de mal.

El Espíritu de verdad que procede del Padre, dará «testimonio» (martyresei») de mí.
«Espíritu de verdad es otro título que Jesús da al Espíritu. La verdad libera, la verdad es la única fuerza capaz de contrarrestarle el mal.

Ser, cada vez más, un hambriento de la verdad, para ser, cada vez más, un testigo («martyr» en griego) de la verdad.

Y vosotros me daréis también testimonio («martyreité»).

La suerte de las palabras es ir cambiando de sentido en el curso de los años. Y por esto la Iglesia se ve obligada a adaptarse constantemente, es decir, a usar palabras nuevas para expresar la misma realidad. Los lectores de san Juan, aquí, oían en sus oídos griegos la palabra «martyr», que hoy traducimos por «testigo . «Vosotros también seréis mártires míos = vosotros seréis también mis testigos.»

Os echarán de las sinagogas… Os matarán…

Jesús preveía lúcidamente la extrema dificultad de ser cristiano. En este tiempo pascual, en la primera lectura (Hechos de los Apóstoles) oímos de qué modo Pablo, por ejemplo, ha sido perseguido, tenido por sospechoso, azotado, encarcelado, martirizado. Todavía hoy, el desarrollo en profundidad del evangelio tropieza con las mismas oposiciones, las mismas tentativas de ahogo. El cristiano auténtico es a menudo tenido por sospechoso. Si esto no sucede conmigo es quizá porque he desvirtuado la virulencia y la novedad del evangelio.

Vosotros daréis testimonio de mí porque desde el principio estáis conmigo… Os trataran de ese modo porque no conocieron al Padre ni a mí…

«Estar con»… «conocer al Padre y conocer a Jesús»… Es la condición para ser testigo.

¿Soy realmente el testigo (mártir) de Dios? ¿Estoy de parte de Dios? ¿Es Dios al que defiendo, o es a mí, mis opciones mis ideas?

Sé que tengo un Defensor. El Espíritu está ahí conmigo. Gracias. Concédeme, Señor, el no tener nunca miedo.

Noel Quesson
Evangelios 1

Homilía – Domingo VII de Pascua

CONTINUAR LA MISIÓN

SENTIDO DE LOS RELATOS

Los relatos de la Ascensión no son reportajes literarios de un hecho ocurrido en un monte, sino que ofrecen un mensaje teológico, eclesiológico y misional escenificado. Los apóstoles no son unos privilegiados, convocados como los de Cabo Kennedy para ser espectadores de un vuelo espacial, el de Jesús, pero sin nave. No. Es algo enteramente distinto. Los evangelistas tejen un relato en el que presentan a Jesús entregando su testamento oral a los discípulos, encomendándoles su tarea y asegurándoles su presencia invisible en medio de sus comunidades. Los relatos entrañan también la promesa por parte de Jesús de hacer a los continuadores de su tarea copartícipes de su gloria.

Hay todavía muchos cristianos que entienden los relatos neotestamentarios de la Ascensión en sentido literal. Por lo tanto, para ellos, la fiesta de la Ascensión se reduce a aplaudir con entusiasmo a Jesús el triunfador y decirle: «¡Bien, Campeón, te lo has merecido! ¡A ver si te seguimos y participamos de tu triunfo!». Hoy, gracias a los teólogos y escrituristas, descubrimos un contenido mucho más denso y rico en estos relatos. Sabemos que se trata de una escenificación literaria con un gran contenido de compromiso y esperanza para los creyentes de todos los tiempos. ¿Qué quiere decirnos el Señor, aquí y ahora, con estos relatos?

Jesús, en su glorificación, encarna la meta, el destino de todos los hombres. Es, como afirma Pablo, la cabeza de ese gran cuerpo que es la humanidad. Es el Hermano mayor de la gran familia humana. Libre del sufrimiento, del acoso de los perseguidores, del martirio de la cruz, glorificado en su cuerpo, en estrecha comunión con el Padre y el Espíritu, en plenitud de libertad, encarna la vida definitiva que Dios quiere para todos y cada uno de sus hijos. Canta un himno litúrgico: El cielo ha comenzado. / Vosotros sois mi cosecha. / El Padre ya os ha sentado / conmigo a su derecha».

Pablo, que en una experiencia sobrenatural, se acercó a entrever la dicha de la vida gloriosa, exclamó exultante: «Ni ojo vio ni oído oyó ni mente humana es capaz de imaginar lo que Dios tiene preparado para los que le aman» (1Co 2,9). «No son comparables los sufrimientos de este mundo con la futura gloria que se manifestará en nosotros» (Rm 8,18). «Voy a prepararos un lugar, para que donde yo estoy estéis también vosotros» (Jn 14,1-4). De verdad, lo siento por los que no tienen fe ni esperanza, porque ¡no saben lo que se pierden!

 

NUESTRA TAREA: PROSEGUIR SU CAUSA

Los relatos de la Ascensión ponen bien de manifiesto que éste es, sobre todo, el momento en el que Jesús envía a los suyos a continuar su tarea: «Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id y haced discípulos míos… Recibiréis la fuerza de lo alto para ser mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y hasta los confines del mundo…» (Mt 28,18-20; Hch 1,8).

Para participar de su destino glorioso es preciso trabajar por su causa: la liberación de los hermanos, y vivir su propio proceso pascual que lleva a la vida por la muerte, por la entrega, por el servicio. «Si morimos con él, escribe Pablo a

Timoteo, viviremos con él; si perseveramos, reinaremos con él» (2Tm 2,11). «Jesús pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo» (Hch 10,38). Ésta es la tarea que nos encomendó en su ocultación. En Jesús de Nazaret es exaltada la única que merece la pena vivirse, la única forma de vida verdaderamente humana. Es la canonización del amor, del servicio, de la amistad, de la ayuda, de la fraternidad como sentido de la vida, no sólo para el más allá, sino también para aquí.

Los relatos evangélicos de la Ascensión nos dicen, además, que Jesús, a partir de su muerte, no es que se ausente de sus hermanos, sino que inaugura otro u otros modos de presencia, pero una presencia oculta. «No os dejaré desamparados» (Jn 14,18). «Con vosotros me quedo hasta la consumación de los siglos» (Mt 28,20). Marcos testifica años después de la Ascensión: «Ellos (los apóstoles) se fueron a pregonar por todas partes, y el Señor cooperaba confirmando el mensaje con las señales que les acompañaban» (Me 16,20). Porque los discípulos estaban seguros de esa presencia del Maestro, por eso afirma Lucas: «Ellos se volvieron a Jerusalén con gran alegría» (Le 24,52). No tendría sentido que volvieran alegres si es que se hubiera tratado de una despedida. Los relatos pascuales son, primordialmente, un testimonio de la presencia permanente de Cristo resucitado entre los suyos; son, en gran parte, la respuesta a los cristianos nostálgicos que no habían gozado de la presencia física del Señor. Los cuarenta días de que hablan los evangelistas significan todo el tiempo que media entre el ocultamiento de Jesús y la parusía, segunda venida.

En los relatos pascuales los evangelistas ponen de relieve las diversas formas de presencia del Maestro, que son ya experiencia real en los miembros de las comunidades. Lo sienten presente en la reunión y la vida de la comunidad (Mt 18,20; Jn 20,24-29), en su palabra y en la fracción del pan (Le 24,13- 35; Jn 21,12-13), en todo hombre, pero sobre todo en el necesitado y el que sufre: «a mí me lo hicisteis» (Mt 25,40). Está presente y actúa a través del Espíritu (Hch 1,8). Se trata, pues, de la presencia de un «ausente» o, si se prefiere, de la «ausencia» de un presente.

Pero Jesús no sólo no se ausenta, sino que actúa a través de los discípulos, de nosotros. Nos convierte en mediadores, en instrumentos de su acción. Un santo Padre llega a decir que somos su humanidad de repuesto, su rostro, de la misma manera que él fue rostro del Padre (Jn 14,9). Él no tiene más manos para ungir al enfermo, para secar las lágrimas del atribulado, que las nuestras. No tiene más brazos para cargar al malherido del camino, para abrazar al no-querido, que los nuestros. No tiene más lengua para anunciar la Buena Noticia, alentar, orientar o consolar, que nuestra propia lengua.

Él anima a sus testigos de todos los tiempos: «No os preocupéis por lo que vais a decir o cómo lo diréis, porque se os inspirará en aquel momento» (Mt 10,19-20). Pablo afirma: «He rendido más que nadie»; pero rectifica inmediatamente: «no yo, sino la gracia de Dios conmigo» (1Co 15,10); es decir, el Señor por mi medio. Francisco de Asís pedía con su conocida oración: «Haz, Señor, de mí un instrumento de tu paz, de tu amor, de tu perdón, de tu alegría». Dice instrumento, porque es el Señor el que actúa, el que realiza la salvación.

 

COMIENZA VUESTRA TAREA

Esto supone para nosotros una gran responsabilidad ante la historia. De mí depende que Cristo pueda realizar o no gestos salvadores, de ayuda, de extensión del Reino de Dios. Lo que deje hacer al Señor resucitado por mi medio, quedará eternamente hecho; y lo que rehuse hacer, quedará eternamente sin hacer. Habrá un vacío eterno, faltarán piezas en el gran mosaico de la historia.

Con el ocultamiento de Jesús comienza nuestra tarea, la continuación de su obra. O mejor, prosigue él su tarea, pero ahora a través de nosotros. No estoy haciendo poesía, sino exponiendo evangelio puro. Así de grandiosa es nuestra misión y el sentido de nuestra vida. Por tanto, como Pablo, digamos: «Señor, ¿qué quieres que haga?» (Hch 22,10).

Atilano Alaiz

Lc 24, 46-53 (Evangelio – Domingo VII de Pascua)

Resurrección-Exaltación

Como ya no se celebra la Ascensión del Señor en el “jueves” precedente a este domingo, su liturgia se traslada a lo que debería ser el VII Domingo de Pascua. Los textos de este día, pues, están determinados por esta fiesta del Señor. Es Lucas, tanto en el Evangelio como en los Hechos de los Apóstoles, el único autor que habla de este misterio en todo el Nuevo Testamento. Sin embargo, las diferencias sobre el particular de ciertos aspectos y símbolos en el mismo evangelista sorprenden a quien se detiene un momento a contrastar el final del evangelio (Lc 24,46-53) y el comienzo de los Hechos (1,1-11), que son las lecturas fundamentales de la fiesta de este día. En realidad, los discursos no son opuestos, pero resalta, en concreto, que la Ascensión se posponga “cuarenta días”, en los Hechos de los Apóstoles, mientras que en el Evangelio todo parece suceder en el mismo día de la Pascua. Esto último es lo más determinante ya que la Ascensión no implica un grado más o un misterio distinto de la Pascua. Es lo mismo que la Resurrección, si ésta se concibe como la “exaltación” de Jesús a la derecha de Dios.

Debemos reconocer que no es fácil el uso de los textos de hoy y el significado de los mismos para la predicación actual.

¿Qué es lo que pretende Lucas? Simplemente establecer un período determinado, simbólico, de cuarenta días (no contables en espacio y en tiempo), en que lo determinante es lo que se refiere a hablarles del Reino de Dios y a prepararlos para la venida del Espíritu Santo. En ese sentido, en lo esencial, las dos lecturas que se hacen hoy del acontecimiento coinciden: Jesús instruye a sus discípulos de nuevo, confirmándolos en su fe todavía frágil, demasiado tradicional respecto al proyecto salvífico de Dios, para estar alerta. El tiempo Pascual extraordinario, nos quiere decir Lucas, está tocando a su fin y el Resucitado no puede estar llevándolos de la mano como hasta ahora. Deben abrirse al Espíritu porque les espera una gran tarea en todo el mundo, hasta los confines de la tierra.

Es verdad que en los primeros siglos de la Iglesia (quizás hasta el s. V) no se puso mucho énfasis en esta distinción entre Resurrección y Ascensión. Es a partir de ese s. V, con el apoyo de la narración lucana, cuando se hace un uso litúrgico y catequético en clave que llega a ser narración histórica. ¿Por qué? Consideramos que depende mucho de la concepción antropológica de la resurrección. En algunos ámbitos teológicos la resurrección de Jesús se concibió como “una vuelta a la vida”, a esta vida, para que sus discípulos pudieran verificar que había resucitado. Quedaba, pues, el segundo paso: la ruptura con este mundo y con esta historia de una forma definitiva. Apoyándose en la narración de Lucas, se vio en la Ascensión la definitiva “subida”: la exaltación a la gloria de Dios. Pero eso no es muy coherente, ya que la exaltación acontece en la misma resurrección.

Todo lo que se refiere a la Ascensión del Señor se evoca en el relato de los Hechos, que es el más vivo, con un simple verbo en pasiva: «fue elevado», sin decirnos nada en lo que respecta a la clase de prodigio. En Lc 24,31 se dice que «se les hizo invisible». Todo ello apunta a una terminología sagrada de la época, para describir la intervención de Dios por encima de todas las cosas. Ya se ha dicho que la Ascensión no añade nada nuevo con respecto a la Pascua, a la Resurrección. En todo caso, la pedagogía lucana, para las necesidades de su comunidad, apuntan a que la Resurrección de Jesús, al contrario que la de otras personas, no supone un romper con la tierra, con la historia, con todo lo que ha sido el compromiso de Jesús con los suyos y con todo el mundo.

A pesar de que este misterio se comunica por una serie de códigos bíblicos que nos hablan de la presencia misteriosa de Dios (en la nube, como revelación de su gloria, en la que entra Jesús por la Resurrección o la Ascensión), el tiempo Pascual ha sido necesario para que los discípulos rompan con todos los miedos para salir al mundo a evangelizar. Pero en todo caso, hay una promesa muy importante: recibirán la fuerza de lo alto, el Espíritu Santo, que les acompañará siempre. Lucas, pues, usa el misterio de la Ascensión para llamar la atención sobre la necesidad de que los discípulos entren en acción. Hasta ahora todo lo ha hecho Jesús y Dios con él; pero ha llegado el momento de una ruptura necesaria para la Iglesia en que tiene que salir de sí misma, de la pasividad gloriosa de la Pascua, para afrontar la tarea de la evangelización.

¿Podemos seguir manteniendo este tipo de lectura? ¿Es correcta? Creo que el NT nos permite otras claves. El mismo Lucas ha usado los “cuarenta días” en sentido pedagógico.

1) Entendemos, en primer lugar, que “cuarenta días” no es un tiempo real, espacio-temporal, sino teológico. Es un tiempo de espera y esperanza para que la comunidad viva intensamente el acontecimiento de la resurrección y se prepare para anunciar al mundo entero el mensaje de Jesús (Hch 1,8). Lucas ha buscado, pues, ese “tiempo pedagógico” que ponga de manifiesto algo importante en el seno de la comunidad: la resurrección de Jesús no es algo que afecta a Él exclusivamente, sino que tiene otra dimensión: la de la comunidad. También la comunidad de los seguidores de Jesús tienen que “resucitar” de sus miedos, de sus ideas poco acertadas sobre Jesús y sobre su mensaje. Jesús fue resucitado por Dios, pero también Jesús resucitado quiere hacerse presente desde esa nueva vida en su comunidad. La “Ascensión” era el momento adecuado para “dejar” a la comunidad resucitada ya, y en manos del Espíritu que debe llevarla hasta el final.

2) Por otra parte, en segundo lugar, como muchos autores han puesto de manifiesto, se debe contemplar la respuesta de lo que significan esos “cuarenta días” para subsanar un problema que tuvo la comunidad cristiana primitiva con respecto a la Parusía o la vuelta de Jesús e inaugurar el “final de los tiempos”. Se produjo en los primeros años cierta decepción cristiana porque la Parusía, la vuelta de Jesús, no acontecía y el fin del mundo no llegaba. Lucas entiende que el fin del mundo no tenía por qué llegar, ya que era necesaria la acción de la Iglesia para comunicar el mensaje de salvación a todos los hombres. Es lo que se conoce como la “descatologización” de la teología lucana. Es decir: no debemos estar preocupados por la Parusía, por el fin del mundo, sino por transformar esta historia por medio de la Palabra y el Espíritu de Jesús. De esa manera se explica el reproche a los discípulos de estar mirando al cielo… pensando en su vuelta, cuando hay que mirar a la tierra, a los hombres, para llenar este mundo de vida.

Fray Miguel de Burgos Núñez

Hb 9, 24. 10, 23 (2ª lectura Domingo VII de Pascua)

El texto de la carta a los Hebreos quiere recoger algo de esta tradición de la Ascensión como exaltación definitiva de Jesucristo resucitado para interceder por nosotros delante de Dios. Bajo el simbolismo del Sumo Sacerdote eterno, que no necesita ofrecer continuamente sacrificios, como en la Antigua Alianza, su Ascensión es un beneficio incalculable para nosotros, porque con Él siempre podemos estar delante de nuestro Dios, dándole gracias o pidiéndole piedad y misericordia por nuestros pecados, con la seguridad de que todo eso se nos concede. Es una forma de interpretar la Ascensión, aunque la carta a los Hebreos no use esa terminología.

Hch 1, 1-11 (1ª lectura Domingo VII de Pascua)

“Seréis mis testigos”

Solamente Lucas es verdaderamente “ascensionista”. Decimos eso porque es Lucas, tanto en el Evangelio como en los Hechos de los Apóstoles, el único autor que habla o relata este “misterio” cristológico en todo el Nuevo Testamento. Y sin embargo, las diferencias sobre el particular de ciertos aspectos y símbolos en el mismo evangelista sorprenden a quien se detiene un momento a contrastar el final del evangelio (Lc 24,46-53) y el comienzo de los Hechos (1,1-11). En realidad no son opuestos los discursos, pero resalta, en concreto, que la Ascensión se posponga «cuarenta días» en los Hechos de los Apóstoles, mientras que en el Evangelio todo parece suceder en el mismo día de la Pascua.

Esto último es lo más determinante, ya que la Ascensión no implica un grado más o un misterio distinto de la Pascua. Es lo mismo que la Resurrección, si ésta se concibe como la «exaltación» de Jesús a la derecha de Dios. ¿Qué es lo que pretende Lucas? Simplemente establecer un período determinado, simbólico, de cuarenta días (no contables en espacio y en tiempo), en que lo determinante es lo que se refiere a hablarles del Reino de Dios y a prepararlos para la venida del Espíritu Santo. Lo de los cuarenta días es especialmente bíblico: el número recuerda y apunta a los cuarenta años que Israel caminó en el desierto bajo la pedagogía divina Dios (Dt 8,2-6); los cuarenta días que pasó Moisés en el monte Sinaí para recibir la Ley de parte de Dios (Ex 24,18); los cuarenta días de Jesús en el desierto antes de su vida pública (Lc 4,1-2). «Cuarenta» indica el tiempo de la prueba y de la enseñanza necesaria. En la tradición de los rabinos el número «cuarenta» también tenía, en línea con la tradición bíblica, un valor simbólico para indicar un período de aprendizaje completo y normativo. En los Hechos, es un tiempo “pascual” extraordinario para consolidar la fe de los discípulos.

Y ese tiempo Pascual extraordinario -nos quiere decir Lucas-, está tocando a su fin y el Resucitado no puede estar llevándolos de la mano como hasta ahora. Deben abrirse al Espíritu, porque les espera una gran tarea en todo el mundo, “hasta los confines de la tierra”. La pedagogía lucana, para las necesidades de su comunidad, apunta a que la Resurrección de Jesús, al contrario que otras personas, no supone un romper con la tierra, con la historia, con todo lo que ha sido el compromiso de Jesús con los suyos y con todo el mundo. Esa es la razón de que haya prolongado su presencia “especial” durante “cuarenta días” entre los suyos, insistiendo en iluminarlos acerca del Reino de Dios que fue el tema de su mensaje y la causa de su vida hasta la muerte.

Pero en todo caso, hay una promesa muy importante: recibirán la fuerza de lo alto, el Espíritu Santo, que les acompañará siempre. Lucas, pues, usa el misterio de las Ascensión para llamar la atención sobre la necesidad de que los discípulos entren en acción. Y deben entrar, porque son enviados por el Resucitado. Ya ha pasado el tiempo de la prueba. Ya han podido experimentar que el Maestro está vivo, aunque haya sido crucificado. Su mensaje del Reino no puede quedar en el olvido. Hasta ahora todo lo ha hecho Jesús y Dios con él; pero ha llegado el momento de una ruptura necesaria para la Iglesia en que tiene que salir de sí misma, de la pasividad gloriosa de la Pascua, para afrontar la tarea de la evangelización.

La “Ascensión”, como se indica en Mc 16,19 (tomado sin duda de la tradición lucana) es ser elevado al cielo y sentarse a la derecha de Dios, es decir, la total exaltación y glorificación de Jesús. Pero eso es lo que sucede, sin duda, en la resurrección. Por lo mismo, no es un misterio soteriológico nuevo con respecto a la humanidad de Jesús, sino una afirmación cristológica que marca el destino final del profeta de Galilea. No obstante, debemos señalar que en el relato de los Hechos viene a significar un momento decisivo que pone fin al período pascual. Asimismo, Lucas lo ha presentado como misterio pedagógico para hacer ver a los discípulos que ha llegado su hora de anunciar al mundo la salvación de Dios. E incluso tiene el sentido de purificación definitiva de una ideología nacionalista del mesianismo de Jesús y del papel de Israel. Todos los hombres han de ser llamados a la salvación de Dios. Por que Jesús, el Señor exaltado, ya ha cumplido en la historia su tarea.

Fray Miguel de Burgos Núñez

Comentario al evangelio – Lunes VI de Pascua

Comenzamos una nueva semana y seguimos en tiempo de Pascua, un periodo más largo que el de Cuaresma pues necesitamos rumiar, tomar conciencia e interiorizar el acontecimiento central de nuestra fe: la Resurrección. Me da la impresión de que la Pascua no la vivimos con la misma intensidad que la Cuaresma, porque quizá nos resulta más fácil sintonizar con el sufrimiento y el dolor y no tanto con el gozo y la alegría. Y a esto precisamente estamos invitados a vivir en este tiempo: la resurrección de Jesucristo es también la nuestra, su gozo y su alegría es su regalo para nosotros.

Los discípulos necesitaron su tiempo de escuela con Jesús para asimilar este misterio que al final transformó radicalmente sus vidas y, cuando lo hicieron, el Maestro ascendió a los cielos, acontecimiento que celebraremos el próximo domingo. Durante esta semana el Evangelio de Juan se hace eco de este anuncio de Jesús: Él se va, pero no nos deja huérfanos; el Defensor, el Espíritu Santo estará siempre con nosotros.

Precisamente este Espíritu es el que impulsa a Timoteo, Pablo y Silas en la primera lectura de hoy a embarcarse rumbo a la provincia romana de Macedonia para anunciar a Jesús resucitado en Filipos, primera ciudad europea que visitan, conquistada por el padre de Alejandro Magno (Filipos) en el año 355 a. C. Allí nadie nunca ha oído hablar de Jesús, pero la fuerza, el coraje y la audacia del Espíritu Santo, lleva a estos misioneros a anunciar a Cristo en la orilla de un río donde Lidia, primera creyente de Europa, acogió el mensaje de salvación con el “corazón abierto”.

Jesús nos promete hoy su Espíritu, el Espíritu de la verdad. Nos estamos solos. Jesús nos dice hoy “desde el principio estáis conmigo”. Este espíritu Defensor, nos cuida, nos protege, nos ayuda a dar testimonio, a no tener miedo, a ser valientes como Timoteo y Pablo, a tener el corazón abierto como Lidia. Hay una condición: hay que estar receptivos y atentos para dejar al Espíritu posarse sobre nosotros, y para ello necesita su espacio en nuestro interior. Pídele hoy al Señor que te ayude a vaciarte de todo aquello que estorba en el trastero de tu corazón para que su Espíritu pueda acampar a sus anchas. ¡Ven Espíritu Divino!

Ciudad Redonda

Meditación – Lunes VI de Pascua

Hoy es lunes VI de Pascua.

La lectura de hoy es del evangelio de Juan (Jn 15, 26—16, 4):

En aquel tiempo, Jesús habló así a sus discípulos: «Cuando venga el Paráclito, que yo os enviaré desde el Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, Él dará testimonio de mí. Pero también vosotros daréis testimonio, porque estáis conmigo desde el principio. Os he dicho esto para que no os escandalicéis. Os expulsarán de las sinagogas. E incluso llegará la hora en que todo el que os mate piense que da culto a Dios. Y esto lo harán porque no han conocido ni al Padre ni a mí. Os he dicho esto para que, cuando llegue la hora, os acordéis de que ya os lo había dicho».

Hoy, el Evangelio es casi tan actual como en los años del evangelista san Juan. Ser cristiano entonces no estaba de moda, como tampoco lo está ahora: es vivir a contracorriente. ¡Lo ha sido siempre! (incluso en épocas en que “todo el mundo” era cristiano). 

El cristiano es, si vive según Jesucristo, un testimonio de lo que Dios tiene previsto para todos los hombres. Esto no gustará a muchos, como Jesús mismo no gustó a algunos y fue llevado a la muerte. Los motivos del rechazo serán variados, pero hemos de tener presente que en ocasiones nuestro testimonio será tomado como una acusación. San Juan no esconde la realidad de las cosas ni la substancia de la vida cristiana: la lucha. Una lucha que es para todos. 

—Dios-Espíritu Santo, Tú «luchas» con nosotros. Tú eres quien nos da las fuerzas. Tú eres el Protector, quien nos libra de los peligros. ¡Contigo al lado nada hemos de temer!

Rev. D. Jordi POU i Sabater

Liturgia – Lunes VI de Pascua

LUNES DE LA VI SEMANA DE PASCUA, feria

Misa de la feria (blanco)

Misal: Antífonas y oraciones propias, Prefacio Pascual.

Leccionario: Vol. II

  • Hch 16, 11-15. El Señor le abrió el corazón para que aceptara lo que decía Pablo.
  • Sal 149.El Señor ama a su pueblo.
  • Jn 15, 26 – 16, 4a.El Espíritu de la verdad dará testimonio de mí

Antífona de entrada          Rom 6, 9
Cristo una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre él. Aleluya.

Monición de entrada y acto penitencial
No deberíamos lamentarnos de que en el calendario litúrgico se haya abolido la octava de Pentecostés. En estas dos semanas, desde hoy hasta Pentecostés, fijamos nuestra atención en el Espíritu Santo. O las lecturas o las oraciones, o ambas a la vez, hablan del Espíritu Santo.
Jesús era el testigo fiel del Padre que nos mostró, de forma comprensible para el pueblo, cómo es Dios, pero ello le costó su vida. Por medio de su Espíritu hará a los apóstoles testigos también. Ellos han visto, por lo tanto, TIENEN QUE hablar. Ellos creen, por lo tanto, DEBEN hablar y actuar. Gracias a la fuerza del Espíritu, no tendrán miedo de nada ni de nadie. — Todos y cada uno de los cristianos estamos llamado a ser tales testigos.

            Yo confieso…

Oración colecta
DIOS misericordioso, concédenos
recibir como fruto abundante en toda nuestra vida
lo que realizamos en las celebraciones pascuales.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Oración de los fieles
Invoquemos, hermanos, a Dios, Padre todopoderoso, que resucitó a Jesús, nuestro Señor y Salvador.

1.- Para que el Espíritu Santo ilumine a su Iglesia y la empuje a dar testimonio de Cristo en medio del mundo. Oremos.

2.- Para que el Espíritu Santo fortalezca a todos los que vacilan en su fe. Oremos.

3.- Para que el Espíritu Santo ilumine y sostenga a todos los gobernantes. Oremos.

4.- Para que el Espíritu de la verdad nos devuelva la alegría de la salvación. Oremos.

Señor y Dios nuestro, atiende nuestras súplicas y envía sobre nosotros el Espíritu Santo consolador, que tu Hijo nos ha prometido. Por el mismo Jesucristo, nuestro Señor.

Oración sobre las ofrendas
RECIBE, Señor, las ofrendas de tu Iglesia exultante,
y a quien diste motivo de tanto gozo
concédele disfrutar de la alegría eterna.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Prefacio pascual

Antífona de comunión          Cf. Jn 20, 19
Jesús se puso en medio de sus discípulos y les dijo: «Paz a vosotros». Aleluya.

Oración después de la comunión
MIRA, Señor, con bondad a tu pueblo
y, ya que has querido renovarlo
con estos sacramentos de vida eterna,
concédele llegar a la incorruptible resurrección
de la carne que habrá de ser glorificada.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Oración sobre el pueblo
MIRA con bondad, Señor,
a tu familia y concédele la misericordia continua que te suplica,
y pues sin ella no puede hacer nada digno de ti,
merezca realizar con ella tus preceptos salvadores.
Por Jesucristo, nuestro Señor.