Homilía – Domingo VII de Pascua

CONTINUAR LA MISIÓN

SENTIDO DE LOS RELATOS

Los relatos de la Ascensión no son reportajes literarios de un hecho ocurrido en un monte, sino que ofrecen un mensaje teológico, eclesiológico y misional escenificado. Los apóstoles no son unos privilegiados, convocados como los de Cabo Kennedy para ser espectadores de un vuelo espacial, el de Jesús, pero sin nave. No. Es algo enteramente distinto. Los evangelistas tejen un relato en el que presentan a Jesús entregando su testamento oral a los discípulos, encomendándoles su tarea y asegurándoles su presencia invisible en medio de sus comunidades. Los relatos entrañan también la promesa por parte de Jesús de hacer a los continuadores de su tarea copartícipes de su gloria.

Hay todavía muchos cristianos que entienden los relatos neotestamentarios de la Ascensión en sentido literal. Por lo tanto, para ellos, la fiesta de la Ascensión se reduce a aplaudir con entusiasmo a Jesús el triunfador y decirle: «¡Bien, Campeón, te lo has merecido! ¡A ver si te seguimos y participamos de tu triunfo!». Hoy, gracias a los teólogos y escrituristas, descubrimos un contenido mucho más denso y rico en estos relatos. Sabemos que se trata de una escenificación literaria con un gran contenido de compromiso y esperanza para los creyentes de todos los tiempos. ¿Qué quiere decirnos el Señor, aquí y ahora, con estos relatos?

Jesús, en su glorificación, encarna la meta, el destino de todos los hombres. Es, como afirma Pablo, la cabeza de ese gran cuerpo que es la humanidad. Es el Hermano mayor de la gran familia humana. Libre del sufrimiento, del acoso de los perseguidores, del martirio de la cruz, glorificado en su cuerpo, en estrecha comunión con el Padre y el Espíritu, en plenitud de libertad, encarna la vida definitiva que Dios quiere para todos y cada uno de sus hijos. Canta un himno litúrgico: El cielo ha comenzado. / Vosotros sois mi cosecha. / El Padre ya os ha sentado / conmigo a su derecha».

Pablo, que en una experiencia sobrenatural, se acercó a entrever la dicha de la vida gloriosa, exclamó exultante: «Ni ojo vio ni oído oyó ni mente humana es capaz de imaginar lo que Dios tiene preparado para los que le aman» (1Co 2,9). «No son comparables los sufrimientos de este mundo con la futura gloria que se manifestará en nosotros» (Rm 8,18). «Voy a prepararos un lugar, para que donde yo estoy estéis también vosotros» (Jn 14,1-4). De verdad, lo siento por los que no tienen fe ni esperanza, porque ¡no saben lo que se pierden!

 

NUESTRA TAREA: PROSEGUIR SU CAUSA

Los relatos de la Ascensión ponen bien de manifiesto que éste es, sobre todo, el momento en el que Jesús envía a los suyos a continuar su tarea: «Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id y haced discípulos míos… Recibiréis la fuerza de lo alto para ser mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y hasta los confines del mundo…» (Mt 28,18-20; Hch 1,8).

Para participar de su destino glorioso es preciso trabajar por su causa: la liberación de los hermanos, y vivir su propio proceso pascual que lleva a la vida por la muerte, por la entrega, por el servicio. «Si morimos con él, escribe Pablo a

Timoteo, viviremos con él; si perseveramos, reinaremos con él» (2Tm 2,11). «Jesús pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo» (Hch 10,38). Ésta es la tarea que nos encomendó en su ocultación. En Jesús de Nazaret es exaltada la única que merece la pena vivirse, la única forma de vida verdaderamente humana. Es la canonización del amor, del servicio, de la amistad, de la ayuda, de la fraternidad como sentido de la vida, no sólo para el más allá, sino también para aquí.

Los relatos evangélicos de la Ascensión nos dicen, además, que Jesús, a partir de su muerte, no es que se ausente de sus hermanos, sino que inaugura otro u otros modos de presencia, pero una presencia oculta. «No os dejaré desamparados» (Jn 14,18). «Con vosotros me quedo hasta la consumación de los siglos» (Mt 28,20). Marcos testifica años después de la Ascensión: «Ellos (los apóstoles) se fueron a pregonar por todas partes, y el Señor cooperaba confirmando el mensaje con las señales que les acompañaban» (Me 16,20). Porque los discípulos estaban seguros de esa presencia del Maestro, por eso afirma Lucas: «Ellos se volvieron a Jerusalén con gran alegría» (Le 24,52). No tendría sentido que volvieran alegres si es que se hubiera tratado de una despedida. Los relatos pascuales son, primordialmente, un testimonio de la presencia permanente de Cristo resucitado entre los suyos; son, en gran parte, la respuesta a los cristianos nostálgicos que no habían gozado de la presencia física del Señor. Los cuarenta días de que hablan los evangelistas significan todo el tiempo que media entre el ocultamiento de Jesús y la parusía, segunda venida.

En los relatos pascuales los evangelistas ponen de relieve las diversas formas de presencia del Maestro, que son ya experiencia real en los miembros de las comunidades. Lo sienten presente en la reunión y la vida de la comunidad (Mt 18,20; Jn 20,24-29), en su palabra y en la fracción del pan (Le 24,13- 35; Jn 21,12-13), en todo hombre, pero sobre todo en el necesitado y el que sufre: «a mí me lo hicisteis» (Mt 25,40). Está presente y actúa a través del Espíritu (Hch 1,8). Se trata, pues, de la presencia de un «ausente» o, si se prefiere, de la «ausencia» de un presente.

Pero Jesús no sólo no se ausenta, sino que actúa a través de los discípulos, de nosotros. Nos convierte en mediadores, en instrumentos de su acción. Un santo Padre llega a decir que somos su humanidad de repuesto, su rostro, de la misma manera que él fue rostro del Padre (Jn 14,9). Él no tiene más manos para ungir al enfermo, para secar las lágrimas del atribulado, que las nuestras. No tiene más brazos para cargar al malherido del camino, para abrazar al no-querido, que los nuestros. No tiene más lengua para anunciar la Buena Noticia, alentar, orientar o consolar, que nuestra propia lengua.

Él anima a sus testigos de todos los tiempos: «No os preocupéis por lo que vais a decir o cómo lo diréis, porque se os inspirará en aquel momento» (Mt 10,19-20). Pablo afirma: «He rendido más que nadie»; pero rectifica inmediatamente: «no yo, sino la gracia de Dios conmigo» (1Co 15,10); es decir, el Señor por mi medio. Francisco de Asís pedía con su conocida oración: «Haz, Señor, de mí un instrumento de tu paz, de tu amor, de tu perdón, de tu alegría». Dice instrumento, porque es el Señor el que actúa, el que realiza la salvación.

 

COMIENZA VUESTRA TAREA

Esto supone para nosotros una gran responsabilidad ante la historia. De mí depende que Cristo pueda realizar o no gestos salvadores, de ayuda, de extensión del Reino de Dios. Lo que deje hacer al Señor resucitado por mi medio, quedará eternamente hecho; y lo que rehuse hacer, quedará eternamente sin hacer. Habrá un vacío eterno, faltarán piezas en el gran mosaico de la historia.

Con el ocultamiento de Jesús comienza nuestra tarea, la continuación de su obra. O mejor, prosigue él su tarea, pero ahora a través de nosotros. No estoy haciendo poesía, sino exponiendo evangelio puro. Así de grandiosa es nuestra misión y el sentido de nuestra vida. Por tanto, como Pablo, digamos: «Señor, ¿qué quieres que haga?» (Hch 22,10).

Atilano Alaiz

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