Lectio Divina – Jueves VI de Pascua

“Estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en gozo”

1.- Oración introductoria.

Señor, todos los días la prensa nos habla de muertes, violencias, guerras, asesinatos. Las malas noticias nos agobian. Por eso yo quiero venir hoy a Ti a escuchar tu evangelio, tu buena noticia. Y tú me la das cuando me dices que “nuestra tristeza se convertirá en gozo”. Aunque tengamos que sufrir, pasarlo mal, no es más que “un poco”. La Buena noticia que hoy me das es que “esta tristeza” será pasajera y “la alegría que me espera será eterna”.

2.- Lectura reposada del evangelio (Jn 16, 16-20)

En aquel tiempo, Jesús habló así a sus discípulos: «Dentro de poco ya no me veréis, y dentro de otro poco me volveréis a ver». Entonces algunos de sus discípulos comentaron entre sí: «¿Qué es eso que nos dice: ‘Dentro de poco ya no me veréis y dentro de otro poco me volveréis a ver’ y ‘Me voy al Padre’?». Y decían: «¿Qué es ese ‘poco’? No sabemos lo que quiere decir». Se dio cuenta Jesús de que querían preguntarle y les dijo: «¿Andáis preguntándome acerca de lo que he dicho: ‘Dentro de poco no me veréis y dentro de otro poco me volveréis a ver?’. En verdad, en verdad os digo que lloraréis y os lamentaréis y el mundo se alegrará. Estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en gozo».

3.- Qué dice el texto.

Meditación-Reflexión: Jn 16, 16-20

“Me voy al Padre”. Para los discípulos, incluso para nosotros hoy, puede ser una de tantas frases del evangelio, más teórica que práctica, porque no conocemos al Padre. “Nadie conoce al Padre sino el Hijo” (Mt. 11,27). Pero Jesús que ha vivido durante toda la eternidad en el corazón de Dios, ha experimentado el “éxtasis de amor con el Padre”, sabe dónde va, y se llena de gozo por estar ya inminente su retorno.  Por eso, aun en medio del dolor y sufrimiento que se le viene encima, se llena de alegría, hasta exclamar:” Ardientemente he deseado celebrar esta Pascua con vosotros”. Y Pascua es “paso”. El paso de la tierra al cielo; del mundo de los hombres al mundo maravilloso de su Padre Dios. En realidad, Cristo ha vivido entre nosotros como un “exiliado” porque su verdadera patria es el cielo donde está su Padre. Pero ha sido un exilio voluntario y por amor. “Salí del Padre y vine al mundo; ahora dejo el mundo y voy al Padre”. (Juan 16,28). Salió del Padre él solo, pero ahora este Hijo retorna al Padre con todos nosotros. Por eso no dice: me voy a mi Padre, sino me voy al Padre. El sueño del Padre era enviar a su Hijo para hacernos a todos hijos suyos. Ahora que retorna al Padre, el gozo de Dios es que seamos felices con Él por toda la eternidad. Lo que nos toca sufrir en este mundo es “un poco” en comparación con lo que nos espera gozar con Dios para siempre. “Desaparecerá la sombra, la tristeza, porque habrá desaparecido la muerte que la proyectaba. Y al corazón de los discípulos volverá la alegría porque volverán a ver al Señor: el Señor volverá a estar junto a ellos. Para ellos y para nosotros, a Cristo Jesús lo hace presente el Espíritu de Dios, y la fe nos sumerge en la alegría de esa presencia” (Fr. Agrelo).

Palabra del Papa.

“Jesús, dirigiéndose a sus discípulos, afirma: «volveré a veros y se alegrará vuestro corazón y nadie os quitará vuestra alegría». Son palabras que indican una propuesta rebosante de felicidad sin fin, del gozo de ser colmados por el amor divino para siempre. Plantearse el futuro definitivo que nos espera a cada uno de nosotros da sentido pleno a la existencia, porque orienta el proyecto de vida hacia horizontes no limitados y pasajeros, sino amplios y profundos, que llevan a amar el mundo, que tanto ha amado Dios, a dedicarse a su desarrollo, pero siempre con la libertad y el gozo que nacen de la fe y de la esperanza. Son horizontes que ayudan a no absolutizar la realidad terrena, sintiendo que Dios nos prepara un horizonte más grande, y a repetir con san Agustín: «Deseamos juntos la patria celeste, suspiramos por la patria celeste, sintámonos peregrinos aquí abajo». Queridos jóvenes, os invito a no olvidar esta perspectiva en vuestro proyecto de vida: estamos llamados a la eternidad. Dios nos ha creado para estar con Él, para siempre. Esto os ayudará a dar un sentido pleno a vuestras opciones y a dar calidad a vuestra existencia”. (Santo Padre emérito Benedicto XVI)

4.- Qué me dice hoy a mí este texto ya meditado. (Guardo silencio)

5.- Propósito: En algún momento del día me sorprenderé a mí mismo diciendo: El Padre de Jesús es mi Padre y me ama.

6.- Dios me ha hablado hoy a mí a través de su palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración.

Al acabar esta oración, mi corazón rebosa de gozo. El Padre, al darme a su hijo Jesús, me ha enriquecido con toda clase de bienes. Jesús se ha ido al cielo a prepararnos sitio porque es voluntad de su Padre Dios que estemos con su Hijo en el cielo para siempre, ¡Gracias, Dios mío, por tanto amor!

ORACIÓN DEL PAPA FRANCISCO POR UCRANIA

Tú que nos enseñaste que a la diabólica insensatez de la violencia se responde con las armas de Dios, con la oración y el ayuno, ten piedad de nosotros, aleja la guerra y demás violencias malignas y permítenos llegar a soluciones aceptables y duraderas a esta crisis, basadas no en las armas, sino en un diálogo profundo.

El camino está abierto

1.- «Se les presentó después de su pasión…» (Hch 1, 3) San Lucas, después de escribir su evangelio, emprende también con la inspiración divina la tarea de narrar lo que ocurrió después de que Jesús resucitara y subiera a los cielos. Es la historia de los comienzos de la Iglesia, esos tiempos fundacionales en los que el mensaje cristiano comienza a proclamarse como una doctrina nueva y sorprendente que habría de transformar al mundo entero. Así nos refiere que el Señor, antes de subir al trono de su gloria y enviarles la fuerza avasalladora del Espíritu, se les aparece una y otra vez durante cuarenta días, para fortalecerlos en la fe y encenderlos en la caridad, para animarlos con la más viva esperanza.

Fueron cuarenta días de amable intimidad, días inolvidables en los que suavizarían con su grato recuerdo los abrojos de los caminos que habían de recorrer. Por eso les vuelve a hablar de lo que les dijo desde el principio, de que el Reino de Dios estaba cerca, de que la salvación conseguida con su sacrificio en la cruz alcanzaría a todos los tiempos y lugares.

«Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar la soberanía de Israel?» (Hch 1, 7) Qué pregunta tan intempestiva e inoportuna. Después de cuanto les había enseñado el Señor acerca del Reino, después de haberles mostrado con su muerte de cruz que su Reino no era de este mundo sino un Reino transcendente y espiritual, todavía están pensando en una restauración material de Israel, en un triunfo meramente temporal. Sin embargo, Jesús no se impacienta ante tanta cortedad de miras y, con una comprensión tremenda, les dice que no les toca a ellos conocer el momento señalado por el Padre.

Para disipar sus preocupaciones, más o menos temporalistas, les promete que el Espíritu Santo descenderá sobre ellos y les dará fuerzas para que sean sus testigos, desde Jerusalén y hasta los confines de la tierra. La piedra había caído en el lago y la onda expansiva comenzaba a rizar en círculos concéntricos la tersa superficie del agua, hasta llegar a todas las orillas del Orbe. El Señor dejaba la tierra pero la salvación estaba en marcha. Aquellos hombres y los que vinieron luego seguirían proclamando el Evangelio, harían posible la más prometedora siembra que un día producirá el fruto maduro de la redención universal.

3.- «Pueblos todos batid palmas…» (Sal 46, 2) El salmista exhorta a todos los pueblos de la tierra a que clamen al Señor, que se llenen de gozo ante el triunfo de Dios. Pero su voz es posible que no llegue hasta donde él intenta. O quizá los hombres no le hagan caso y se dejen vencer por su tristeza. Hay tanto desastre, tanta oscuridad y niebla que es difícil ver la luz, imposible casi el sonreír y exultar de gozo.

No obstante, Dios es magnífico. Todo motivo de pesadumbre para el hombre puede ser superado con la ayuda divina. Para ello hay que remontarse sobre uno mismo, hay que mirar la vida con la mirada audaz y limpia de la fe. Descubrir entre los escombros el rastro luminoso del Señor. Él es más fuerte, omnipotente, capaz de hacer brotar la más bella rosa de las más punzantes espinas.

En medio del dolor y la depresión es necesario hacer revivir la esperanza, recurrir tambaleante quizá a la fuerza de Dios. La fe, como la esperanza, son virtudes teologales que superan la lógica y la perspectiva humanas. Son un don divino que el hombre ha de recibir con humildad y gratitud. Sólo si nos apoyamos en Dios, será posible entonces la paz en medio de la guerra, el gozo en medio del dolor.

«Dios asciende entre aclamaciones…» (Sal 46, 6) Hubo un ascenso penoso hacia al Calvario, un camino que, sin ser demasiado largo se hizo interminable bajo el peso de la cruz y la opresión de la más honda tristeza. Era difícil caminar, exhausto por la flagelación, y arrastrar sobre los hombros aquel pesado madero. Fue una subida lenta entre tropezones y caídas, entre lágrimas y burlas, bajo la mirada curiosa y divertida de la mayoría, compadecido por los menos, llorado por unos pocos amigos, acompañado por la propia madre, cuya presencia era un consuelo y también motivo de mayor sufrimiento.

Era, sin duda, el más agudo dolor que hombre alguno haya sufrido. Pero también fue el preludio del más grande triunfo que la historia haya conocido, la mayor victoria que nunca podrá ser superada. La muerte fue vencida, se le arrancó su poder inexorable. Desde entonces, la vida tomaba nuevas luces, se abría a nuevos horizontes. El Señor asciende glorioso ante el pasmo de los suyos. Así marca e inaugura un camino, abierto y accesible para cuantos creamos en él. Un camino que pasa por la tierra y que llega hasta el cielo. Un sendero que asciende en penosa cuesta hasta el Calvario, pero que también llega hasta el monte de la Ascensión. Jesús nos precede tanto en el dolor como en el triunfo. Él nos llama a seguirle en la primera etapa de su Ascensión, la del Calvario, para que un día podamos seguirle en el segundo y definitivo paso de la Ascensión a los cielos.

3.- «Que el Dios del Señor nuestro Jesucristo…» (Ef 1, 17) El Apóstol inicia una plegaria en favor de sus lectores, que también nos alcanza a nosotros. Es un comienzo solemne con que invoca al Padre y al Hijo en el Espíritu Santo. Podemos decir que es uno de esos momentos en los que, como dice en otro lugar san Pablo, el Espíritu ora en nosotros con gemidos inenarrables.

Aquí ruega con fervor que el Padre de la gloria nos conceda espíritu de sabiduría y revelación, para que podamos conocerle, luces de lo alto que nos iluminen para comprender la grandeza y magnitud de sus dones. Ser capaces también de descubrir la esperanza que ha de sostener nuestra lucha de cada jornada en una disposición constante de paz y de alegría, aún en medio de las más grandes dificultades y contratiempos. Conocer la riqueza única de los santos, esos bienes maravillosos que satisfacen por siempre las más grandes ansiedades del corazón, sus más recónditos anhelos. Luces para convencernos del poder extraordinario y divino que el Señor tiene en favor nuestro. Ese poder supremo que resucitó a Cristo y lo exaltó en lo más alto de los cielos.

«Y todo lo puso bajo sus pies y lo dio a la Iglesia como Cabeza» (Ef 1, 22) Aquel que parecía terminar su historia clavado en una cruz, vencido ruidosamente por sus enemigos, iniciaba en ese momento su marcha triunfal, la más gloriosa de todos los tiempos. Apenas muerto, baja hasta las simas del Sheol, llega hasta los Infiernos para sacar de allí a los santos que esperaban su santo advenimiento. Y al tercer día resucitó ante el asombro, la incredulidad y el gozo de los suyos. Después, todavía con mayor asombro y gozosa sorpresa, le vieron elevarse majestuosamente, subir sereno y victorioso hacia lo más alto de los cielos. Entonces comenzaron a comprender la grandeza del Señor, iniciaban una penetración cada vez más profunda y rica en el misterio de Cristo, el Hijo del Altísimo que está sentado a la derecha del Padre, ensalzado sobre todos los seres del cielo y de la tierra, visibles e invisibles.

Bajo la luz divina descubrieron también que Cristo es la Cabeza de la Iglesia, de todos nosotros que formamos su Cuerpo místico, los miembros de su gran pueblo, destinado a alcanzar también, después de pasar por la vida y la muerte, una parte en el botín divino de su propia victoria.

4.- «Y vosotros sois testigos de esto » (Lc 24, 48) Ellos volvieron a Jerusalén con gran alegría; y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios… Con estas palabras finaliza el pasaje evangélico que conmemora el día de la Ascensión del Señor. Era cierto que Jesús se había marchado, que ya no podrían oír su voz entrañable. Pero no importaba. Jesús había sido glorificado, había subido a los cielos como triunfante vencedor. Además les había prometido que, lo mismo que se había marchado, así volvería otra vez. Todo era cuestión de tiempo, de esperar confiados que pasaran raudos los días y las horas, al final volvería con todo el esplendor de su majestad divina, rodeado de ángeles sobre las nubes del cielo.

Los dolores y sufrimientos de la Pasión habían sido superados, los horrores de la cruz estaban ya lejos. Aquellos terribles momentos sólo quedaban como memoria gloriosa de un tremendo combate, en el que Jesús había conseguido la más brillante victoria contra el más terrible enemigo. Todo aquello servía ahora para estímulo y ánimo en los momentos difíciles que también ellos, y los que vendríamos después, tendrían que superar. Por mucho que el enemigo se acerque, aunque parezca que el triunfo es suyo, no haya que tener miedo. La última batalla será gana por Jesucristo, y en él y con él, por todos los que le han seguido, fieles hasta la muerte.

Antes de subir a lo Alto, Jesús les ha confiado la misión de ser sus testigos en todos los rincones de la tierra, durante todo el tiempo que dure la historia de los hombres. Ellos tenían que recoger la antorcha de manos de Cristo, alumbrar a los pueblos de su tiempo, y pasar después esa misma antorcha a otros hombres, que dinámicos e ilusionados, siguieran levantando en alto la Luz. Tal como el Señor dispuso, así lo hicieron ellos. Con su palabra, y sobre todo con su vida misma, los apóstoles dieron testimonio de Jesucristo, encendieron el mundo frío de su época y prendieron el fuego que Jesús trajo para incendiar la tierra y el tiempo, la Historia entera.

Ante ese triunfo de la Ascensión, el mandato de Jesús cobra una fuerza singular, entonces se comprendía el valor de la Pasión y la Muerte. Desde esa nueva perspectiva, la Cruz ya no era un escándalo ni una locura; todo lo contrario, era la fuerza y la sabiduría de Dios. Desde ese momento se podía hablar de perdón y de conversión. Ya no se podía dudar del amor y del poder divino de Jesús. Ya era posible predicar la conversión, exhortar a los hombres para que volvieran a Dios, seguros de su perdón y de su misericordia. Con la Ascensión de Jesucristo el camino está abierto, y también nosotros podemos recorrerlo.

Antonio García Moreno

¡Salid, amigos y amigas!

¡Salid, amigos y amigas!
Marchad sin miedo.
Vosotros sois mis testigos en medio del mundo.

¡Salid, amigos y amigas!
Marchad sin miedo.
Os esperan fuera vecinos y conciudadanos.
Sed expresión certera
de la ternura del Dios de la vida.

Ternura en vuestro rostro,
ternura en vuestros ojos,
ternura en vuestra sonrisa,
ternura en vuestras palabras,
ternura en vuestras obras,
ternura en vuestra lucha.

¡Salid, amigos y amigas!
Marchad sin miedo.

Vosotros sois mis manos
para construir un mundo nuevo
de fraternidad, libertad y justicia.

Vosotros sois mis labios
para anunciar a pobres y marginados
la buena noticia de la libertad y la abundancia.

Vosotros sois mis pies
para acudir al lado de los hombres y mujeres
que necesitan palabras y gestos de ánimo.

Vosotros sois mi pasión
para hacerme creíble en vuestras casas y ciudades
y lograr que todas las personas vivan como hermanos.

Vosotros sois mi avanzadilla
para lograr la primavera del Reino
y ofrecer las primicias a los que más lo necesitan.

¡Salid, amigos y amigas!
Derramad por doquier
ternura y vida.

¡Salid, amigos y amigas!
Marchad sin miedo.
Mirad toda esa multitud que os espera.

Marchad con alegría.
¡Yo voy con vosotros!

Florentino Ulibarri

La Ascensión

Aquí vino y se fue. Vino…,
nos marcó nuestra tarea
y se fue.
Tal vez detrás de aquella nube
hay alguien que trabaja
lo mismo que nosotros
y tal vez las estrellas
no son más que ventanas encendidas
de una fábrica
donde Dios tiene que repartir
una labor también.

Aquí vino
y se fue.

Vino…, llenó nuestra caja de caudales
con millones de siglos y de siglos,
nos dejó unas herramientas…
y se fue.

Él, que lo sabe todo,
sabe que estando solos,
sin dioses que nos miren,
trabajamos mejor.

Detrás de ti no hay nadie. Nadie.
Ni un maestro, ni un amo,
ni un patrón.
Pero tuyo es el tiempo.
El tiempo y esa gubia
con que Dios comenzó la creación.

León Felipe

Notas para fijarnos en el Evangelio

• Estamos ante el punto de arranque del Evangelio: el anuncio de la Muerte y Resurrección de Jesús (46) motiva toda la acción de los discípulos, de los apóstoles, de los evangelistas.

• V.45 Jesús da las instrucciones de despedida para el logro de la misión cristiana. Es una misión para el perdón (47), para rehacer la historia herida, para curar, no tanto para implantar ideas religiosas; una misión de corte universalista (“a todos los pueblos») que postulará la salida de Jerusalén, el abandono de los viejos nacionalismos a los que el discipulado es muy adicto.

El tema de la conversión es frecuente en el Evangelio según Lucas (Lc 13,5; 15,7.10; 16,30; 24,47) y en el libro de los Hechos de los Apóstoles, del mismo autor (Hch 2,38; 3,19.26; 5,31; 10,43; 13,38)

• Esta obra de entrega a la construcción de la vida estará impulsada por el dinamismo del Espíritu («os enviaré lo que mi Padre ha prometido»). Solo será posible por el Espíritu Santo (49: “hasta que os revistáis de la fuerza de lo alto”).

• Betania, está indicando la dirección hacia fuera de Jerusalén… (50). Una misión de salir, pero los discípulos, tras la Ascensión, regresan a Jerusalén y vuelven a las actividades propias de la piedad judía (“estaban siempre en el templo”). No han entendido la nueva dirección que la Resurrección de Jesús ha impreso al Reino de Dios; no entienden que la salvación está en los paganos, en la universalidad, en la apertura, en el mestizaje. Ellos vuelven a sus modos nacionalistas, estrechos, incapaces de dar aliento a la nueva fe. El Espíritu tendrá que ir quebrando esa actitud que ahoga el sueño de Jesús.

• La Ascensión nos indica que el discípulo ha de iniciar su camino de una forma autónoma… asumiendo el ocultamiento de Dios en un mundo sin la presencia de Jesús (“se separó de ellos”). La Resurrección de Cristo supone una ausencia de Jesús, el carpintero; pero también supone una presencia del Resucitado a través de los discípulos, a través de la Iglesia. Presencia que se da por la acción del Espíritu Santo, “que mi padre ha prometido” ( 9).

• Comienza pues, el tiempo de la Iglesia. Tiempo caracterizado por la acción-misión (47.48) y por la acción de gracias (53). Tiempo marcado por una “gran alegría” (53) fruto de la experiencia de que el Resucitado“bendice” (51) a los discípulos, es decir se compromete con ellos del mismo modo que el Padre se ha comprometido con Jesús de Nazaret.

• “Se separó de ellos subiendo al cielo”, está aludiendo a la escena de la ascensión de Elías (2 Sam 2) en la que se dice que Elías dejó parte de su espíritu, de su manto, al discípulo Eliseo. Jesús no deja nada, su»ocultamiento» es total; por eso habrá que activar su presencia en este hoy secundando los planes del Espíritu. No existe milagro que solucione lo que la persona está llamada a solucionar.

• Así la misión cristiana no es sino el poner en práctica la capacidad que Dios mismo ha sembrado en la Historia humana. El Espíritu es la gran ayuda que no solamente no exime de responsabilidad sino que, por el contrario, la acentúa. La Ascensión de Jesús celebra el día en que se activa la responsabilidad ante la tarea eclesial y social sabiendo que se cuenta con el enorme apoyo del Espíritu de Jesús activo en la Historia.

• El tiempo de la Iglesia es el que vivimos en las asociaciones, en los movimientos, en las parroquias, en las comunidades de religiosas/os… Un tiempo vivido en medio del mundo, en la mezcla de fidelidad al amor y de infidelidad, en la mezcla de seguridad de que el Resucitado está presente y el miedo al fracaso.

Comentario al evangelio – Jueves VI de Pascua

«Un poco y no me veréis». “Un poco”: en efecto, quedan contadas horas para la muerte de Jesús, para que no esté ya físicamente visible entre los suyos. «Otro poco, y volveréis a verme». “Otro poco”: la ausencia tiene una duración limitada. Podrán sobrellevarla.

Pero prestemos atención sobre todo al verbo “ver”. No podemos resbalar sobre él. Porque aquí no se trata solo de percibir algo o alguien que entra en el campo visual del sujeto o de dejar de percibirlo porque queda fuera de ese campo. El “no me veréis” nos hace barruntar la crisis de fe por que pasan los discípulos cuando Jesús es detenido y sufre la pasión; nos hace pensar en su desconsuelo, y también quizá en el desaliento y la retirada, en el desplome de las expectativas que la comunión con Jesús habían generado en ellos. ¿Se quedaría todo en el recuerdo nostálgico de una experiencia demasiado bella y fugaz?

Y el “me veréis” no se refiere simplemente a que, pasados unos días (“un poco”) lo van a tener de nuevo al alcance de la vista. Ver es gozar la gracia indecible de una presencia, es saberse tocado por ella y llenarse de alegría, es sentirse conquistado de nuevo, es sentirse confirmado, ahora definitivamente, por la verdad y la vida de Jesús. Es vivir un encuentro imborrable que dará pulso e impulso a la misión.

Ciudad Redonda

Meditación – San Felipe Neri

Hoy celebramos la memoria de San Felipe Neri.

La lectura de hoy es del evangelio de Juan (Jn 17, 20-26):

En aquel tiempo, Jesús, alzando los ojos al cielo, dijo: «Padre santo, no ruego sólo por éstos, sino también por aquellos que, por medio de su palabra, creerán en mí, para que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado. Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno como nosotros somos uno: yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectamente uno, y el mundo conozca que tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado a mí.

»Padre, los que tú me has dado, quiero que donde yo esté estén también conmigo, para que contemplen mi gloria, la que me has dado, porque me has amado antes de la creación del mundo. Padre justo, el mundo no te ha conocido, pero yo te he conocido y éstos han conocido que tú me has enviado. Yo les he dado a conocer tu Nombre y se lo seguiré dando a conocer, para que el amor con que tú me has amado esté en ellos y yo en ellos».

Hoy, en este Evangelio correspondiente a la fiesta de san Felipe Neri, Jesús pide al Padre el don de la unidad para sus seguidores: «Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros» (Jn 17,21). Esta unidad de los creyentes por la cual Jesús reza no es simplemente una especie de comunión o amistad entre ellos, sino una unidad que es el reflejo de la unidad de las Tres Divinas Personas: «Que ellos sean uno, así como nosotros somos uno».

Pero, ¿es posible esta unidad? ¿Podemos ser nosotros uno como el Padre y el Hijo son uno? Sí, pues de otro modo Jesús no habría rezado por esta intención. Eso es posible porque el mismo Espíritu Santo, que “hace” que el Padre y el Hijo sean uno, nos es dado para crear nuestra unidad. San Pablo dice que cada uno de nosotros que fue bautizado también ha sido revestido de Cristo (cf. Gal 3,27). El Espíritu hace caer todas las barreras que existen entre nosotros: barreras de nacionalidad, raza, cultura, lengua, estatus, posesiones… Cuando esto ocurre, el mundo —sorprendido por este milagro— proclama (como en la primitiva Iglesia), «mirad cómo se aman unos a otros» y creerán en Jesucristo.

San Felipe Neri recibió en su corazón este amor de Cristo y lo comunicó a cada uno con los que se encontró: a los enfermos en los hospitales, a la gente con la que se topó en las calles, en los comercios y en los lugares de trabajo… Diariamente, un promedio de 40 trabajadores fueron a su encuentro para confesarse mientras iban de camino a su trabajo, antes del amanecer. Varios cardenales, obispos y sacerdotes e incontables laicos fueron regularmente sus penitentes. Su corazón estaba siempre lleno de la alegría de Cristo y la comunicó especialmente a los jóvenes, para los cuales organizó juegos: «Alegraos en el Señor, os lo repito, estad alegres» (Fil 4,4). Siguiendo el ejemplo de san Felipe Neri, decidámonos a llevar este amor a todos con los que nos encontremos a lo largo del camino.

Fr. Zacharias MATTAM SDB

Liturgia – San Felipe Neri

SAN FELIPE NERI, presbítero, memoria obligatoria

Misa de la memoria (blanco).

Misal: Antífonas y oraciones propias. Prefacio común o de la memoria

Leccionario: Vol. II

  • Hch 18, 1-8. Se quedó a vivir y trabajar en su casa, y discutía en la sinagoga.
  • Sal 97.El Señor revela a las naciones su salvación.
  • Jn 16, 16-20.Estaréis triste, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría.

O bien: cf. vol. IV.


Antífona de entrada          Cf. Rom 5, 5; 8, 11
El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el mismo Espíritu que habita en nosotros. Aleluya

Monición de entrada y acto penitencial
Celebramos hoy la memoria de san Felipe Neri, presbítero, que, con su estilo de vida evangélico de bondad y alegría, ejerció gran influencia entre la juventud de su tiempo en Roma, donde pasó la mayor parte de su vida. Fruto de su experiencia espiritual, fundó el Oratorio para compartir en común el trato familiar con la Palabra de Dios y la oración, fomentando, entre los fieles, una santidad que puede ser alcanzada en cualquier estado de vida sin separarse del mundo. Murió en Roma el año 1595.

Yo confieso…

Oración colecta
OH, Dios,
que no cesas de enaltecer a tus siervos
con la gloria de la santidad,
concédenos, por tu bondad, que el Espíritu Santo
encienda en nosotros aquel mismo fuego
que atravesó admirablemente el corazón de san Felipe Neri.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Oración de los fieles
Oremos confiados a Dios Padre, que quiso que Cristo fuera la primicia de la resurrección de los hombres.

1.- Para que el Espíritu de Cristo reconforte a la Iglesia con la certeza de su presencia alentadora. Roguemos al Señor.

2.- Para que el Espíritu consolador alivie y consuele a los que lloran en la soledad de sus vidas. Roguemos al Señor.

3.- Para que el Espíritu de Cristo conduzca a los que rigen los destinos de los pueblos a la búsqueda de la justicia y de la paz. Roguemos al Señor.

4.- Para que el Espíritu nos recuerde que Cristo está, de un modo nuevo, vivo entre nosotros hasta el fin de los tiempos. Roguemos al Señor.

Te lo pedimos, Padre, en nombre de tu Hijo Jesucristo, Señor nuestro, que vive y reina por los siglos de los siglos.

Oración sobre las ofrendas
AL ofrecerte, Señor, este sacrificio de alabanza,
te rogamos que, a ejemplo de san Felipe Neri
nos consagremos siempre con entusiasmo
a glorificar tu nombre y a servir al prójimo.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Antífona de comunión          Cf. Jn 15, 9
Como el Padre me ha amado, así os he amado yo, dice el Señor; permaneced en mi amor. Aleluya.

Oración después de la comunión
ALIMENTADOS con las delicias del cielo,
te pedimos, Señor,
que, a imitación de san Felipe Neri,
procuremos siempre aquello que nos asegura vida verdadera.
Por Jesucristo, nuestro Señor.