Lectio Divina – Viernes VI de Pascua

“Vuestra tristeza se convertirá en gozo”

1.- Introducción.

Señor, el tema de hoy sobre el gozo es continuación del de ayer. Y me encanta que nos repitas, una y otra vez, que Tú no quieres ni deseas el mal, el dolor, el sufrimiento. Tú eres el amigo de la vida, de una vida en plenitud, de una vida con esperanza, de una vida con ilusión, aunque a veces, para conquistar esa vida, haya que pagar un precio costoso. Dame el Espíritu Santo para que convierta mi propia petición en esperanza gratificante.

2.- Lectura reposada del evangelio: Juan 16, 20-23

En verdad, en verdad os digo que lloraréis y os lamentaréis, y el mundo se alegrará. Estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en gozo. La mujer, cuando va a dar a luz, está triste, porque le ha llegado su hora; pero cuando ha dado a luz al niño, ya no se acuerda del aprieto por el gozo de que ha nacido un hombre en el mundo. También vosotros estáis tristes ahora, pero volveré a veros y se alegrará vuestro corazón y vuestra alegría nadie os la podrá quitar. Aquel día no me preguntaréis nada.

3.- Qué dice el texto bíblico.

Meditación-reflexión

Todas las personas de todos los tiempos han buscado la felicidad y han puesto los medios para conseguirla. Pero la experiencia nos dice que el ser felices en este mundo es harto difícil. Con todo, ningún sistema político, social o religioso puede ir en contra de una tendencia tan natural y tan buscada y deseada por todos. Ahora bien, el más interesado por hacer realidad este deseo de felicidad es Dios. Un Dios que no busque hacernos felices, plenamente felices a los hombres y mujeres de este mundo, no es el verdadero Dios. Siendo esto así, el modo más auténtico y genuino de presentar a Dios no puede ser dar chalas, meditaciones, o bonitas teorías sobre la felicidad sino presentar un rostro de Dios alegre, atrayente, cautivador. Y ese rostro, para nosotros los cristianos, tiene un nombre: Jesucristo. Nosotros presentamos una persona que se ha desvivido por los demás, que no ha pensado en sí mismo, que ha buscado la felicidad aún a costa de su vida. Es verdad que se ha encontrado con dificultades, incluso con el mismo sufrimiento, pero no un sufrimiento buscado, ni vacío, ni frustrante, sino un sufrimiento de mujer parturienta, anunciadora de vida y de felicidad plena y para siempre.  “Vuestra alegría nadie os la podrá quitar”.

Palabra del Papa

“La integridad del Don, a la que nadie puede quitar ni agregar nada, es fuente incesante de alegría: una alegría incorruptible, que el Señor prometió, que nadie nos la podrá quitar. Puede estar adormecida o taponada por el pecado o por las preocupaciones de la vida, pero, en el fondo, permanece intacta como el rescoldo de un tronco encendido bajo las cenizas, y siempre puede ser renovada. La recomendación de Pablo a Timoteo sigue siendo actual: Te recuerdo que atices el fuego del don de Dios que hay en ti por la imposición de mis manos. Una alegría misionera. Este tercer rasgo lo quiero compartir y recalcar especialmente: la alegría del sacerdote está en íntima relación con el santo pueblo fiel de Dios porque se trata de una alegría eminentemente misionera. La unción es para ungir al santo pueblo fiel de Dios: para bautizar y confirmar, para curar y consagrar, para bendecir, para consolar y evangelizar (Homilía de S.S. Francisco, 17 de abril de 2014).

4.- Qué me dice hoy a mí este texto ya meditado. (Guardo silencio)

5.- Propósito: Seguro que en este día me voy a encontrar con situaciones que me harán sufrir. Pensaré en cómo reciclar ese sufrimiento en amor gozoso.

6.- Dios me ha hablado hoy a mí a través de su palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración.

Al terminar este rato de oración quiero agradecerte, Señor, tus palabras tan alentadoras: “Se alegrará vuestro corazón”. Gracias, porque no nos llamas a una alegría barata, superficial, pasajera, sino una alegría profunda, de corazón. Gracias porque no quieres que seamos medio felices, o felices para un rato, sino plenamente felices y para siempre.

ORACIÓN DEL PAPA FRANCISCO POR UCRANIA

Tú que nos enseñaste que a la diabólica insensatez de la violencia se responde con las armas de Dios, con la oración y el ayuno, ten piedad de nosotros, aleja la guerra y demás violencias malignas y permítenos llegar a soluciones aceptables y duraderas a esta crisis, basadas no en las armas, sino en un diálogo profundo.

Comentario – Viernes VI de Pascua

Jn 16, 20-23

Sí, en verdad os digo: vosotros lloraréis y gemiréis… y el mundo se alegrará…

No olvidemos que Jesús dijo esto la víspera de morir. De hecho nos imaginamos muy bien la aflicción de los discípulos, mientras que los enemigos que decidieron y lograron su muerte… se gozarán en el triunfo aparente.

Pero vuestra tristeza se convertirá en gozo.

Fue verdad entonces. Imaginemos la alegría de Pascua que se difundió de discípulo a discípulo: «Ha resucitado… ha resucitado… le han visto… vive…»

Es verdad hoy… ¿Tengo yo la experiencia del paso de la aflicción a la alegría, a partir de Jesús? Estar «bajo de moral», desanimado, rebasado por los acontecimientos, incapaz de encontrar humanamente una solución, bloqueado por el propio pecado o el de los demás, aplastado por una enfermedad… Ponerse, sin saber, por que, a rezar… Ir a un lugar silencioso y hablar a Jesús… Tomar el evangelio y leer con calma, la primera página que se nos presenta… Ir a ver a un amigo y hablar… Ir a encontrar a un sacerdote y confesarse… Y he aquí que a veces la ¡»tristeza se cambia en gozo»! Sucede también que nada ha cambiado en las circunstancias externas —el mal o la desgracia, subsisten desgraciadamente— y sin embargo la tristeza, se ha cambiado en gozo. Gracias, Señor. Concede esta alegría a todos los que están en la tristeza: una alegría conquistada, una alegría que sigue a la pena, una alegría que, misteriosamente, como una fuente, rezuma en tierra árida.

La mujer cuando va a dar a luz siente tristeza porque llega su hora. Pero cuando su hijo ha nacido, ya no se acuerda de la tribulación por el gozo que tiene de haber puesto un hombre al mundo.

Una de las parábolas más cortas. Una de las más emotivas observaciones de Jesús. Un «hecho de vida» real tan a menudo observable… y que Jesús interpreta como un símbolo profundamente evocador. Una actitud vital. Una certeza divina. Un acceso al problema del mal: ¿por qué hay sufrimiento?

Para ti, Señor, los sufrimientos de aquí abajo no son sufrimientos de agonía —que conducen ala muerte—… son sufrimientos de alumbramiento —que conducen a la vida—… Una visión nueva de las cosas. Un optimismo invencible; el dolor mismo no se pone entre paréntesis se sublima. Todo sufrimiento, dice Jesús es fecundo.

Sí, ¡esto es lo que has prometido a tus discípulos, Señor! Un «alumbramiento» se está produciendo en el corazón de la historia: un “hombre nuevo” está naciendo.

¿Participo yo en esto? ¿He asumido en mi vida el símbolo de la cruz? ¿Qué calidad tiene mi alegría? ¿Qué es lo que hago con mis sufrimientos? ¿Qué es lo que hago «venir al mundo»?

Vosotros también ahora estáis tristes. Pero de nuevo os veré y se alegrará vuestro corazón, y nadie será capaz de quitaros vuestra alegría. En aquel día no me preguntaréis nada…

Son éstas unas de las últimas palabras humanas que Jesús dijo a sus amigos. Dentro de algunos segundos (Juan 17, 11). Jesús se pondrá a hablar a su Padre. Los hombres seguirán orando… pero es a Dios a quien Jesús dirigirá las últimas palabras que ha de decir antes de que llegue Judas y su banda armada con espadas y palos.

Al final de su vida, lo que comunica Jesús a sus amigos ¡es la alegría! Jesús; repíteme esto.
Y que nadie me arrebate esta alegría que Tú me has dado. Gracias, Señor.

Noel Quesson
Evangelios 1

Misa del domingo

En la Solemnidad de la Ascensión del Señor leemos los últimos versículos del Evangelio según San Lucas. Los Apóstoles se encuentran reunidos en Jerusalén cuando el Señor resucitado se presenta a ellos por última vez. En aquella ocasión el Señor encomendó a los Apóstoles la misión de anunciar la salvación y reconciliación «a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén» (Lc 24, 47; ver Mt 28, 19-20). La salvación traída por el Señor Jesús no es ya solamente para los hijos de Israel, es para todos los hombres y mujeres de todos los tiempos y culturas.

Para poder cumplir esta misión el Señor les anuncia que enviará sobre ellos «lo que mi Padre ha prometido». Ellos deberán permanecer en Jerusalén hasta ser «revestidos con la fuerza que viene de lo Alto» (ver Hech 1, 4-5). ¿A qué promesa se refiere el Señor? ¿Qué es esta “fuerza que viene de lo Alto”? Se trata del Espíritu Santo, que Él mismo junto con el Padre enviará sobre sus Apóstoles y discípulos. La misión de expandir el Evangelio de la Reconciliación a todas las culturas y a todos los pueblos es una tarea y empresa que no podrán realizar solos, sino con la fuerza del Espíritu divino. La evangelización tiene como protagonista no a los Apóstoles sino sobre todo al Espíritu Santo, que actúa en aquellos que humilde y decididamente cooperan con Él prestándole sus mentes, sus corazones y sus labios. El Espíritu del Señor será el que encienda los corazones en el fuego del divino amor y los lanzará al anuncio audaz, decidido, valiente. Con esta fuerza del Espíritu los Apóstoles serán capaces de ser testigos veraces de Aquel a quien han visto con sus propios ojos, oído con sus propios oídos y tocado con sus propias manos (ver 1 Jn 1, 1) para encender otros corazones con ese mismo fuego de amor. El Espíritu Santo es el que animará y conducirá a la Iglesia en la tarea evangelizadora a lo largo de los siglos, hasta que el Señor vuelva en su gloria.

Una vez que les ha dado las necesarias instrucciones a sus Apóstoles, el Señor «los llevó hacia Betania y, elevando sus manos, los bendijo. Y mientras los bendecía se separó de ellos, subiendo hacia el Cielo». De este modo su presencia visible en este mundo «termina con la entrada irreversible de su humanidad en la gloria divina simbolizada por la nube y por el Cielo» (Catecismo de la Iglesia Católica, 659).

La Ascensión al Cielo constituye el fin de la peregrinación terrena de Cristo, Hijo de Dios vivo, consubstancial al Padre, que se hizo hombre para nuestra reconciliación. El ascenso del Señor victorioso permanece estrechamente vinculado a su “descenso” del Cielo, ocurrido en la Encarnación del Verbo en el seno inmaculado de la Virgen María, por obra del Espíritu Santo. La Ascensión, por la que el Señor deja el mundo y va al Padre (ver Jn 16, 28), se integra en el misterio de la Encarnación y es su momento conclusivo. Aquel que se ha abajado, se eleva ahora a los Cielos, llevando consigo una inmensa multitud de redimidos.

Luego de ver al Señor ascender a los Cielos, los Apóstoles se volvieron gozosos a Jerusalén en espera del acontecimiento anunciado y prometido. En el Cenáculo, unidos en común oración en torno a María, la Madre de Jesús (ver Hech 1, 13-14), los discípulos preparan sus corazones en espera del cumplimiento de la Promesa del Padre.

Si en su Evangelio San Lucas recoge «todo lo que Jesús hizo y enseñó desde el principio hasta el día en que… fue levantado a lo Alto» (Hech 1, 1.2), en los Hechos de los Apóstoles relata la vida y acción evangelizadora de la Iglesia primitiva a partir de la Ascensión. Es en los Hechos de los Apóstoles que este evangelista comienza relatando nuevamente el acontecimiento de la Ascensión (1ª. lectura), ya que junto con el don del Espíritu Santo el día de Pentecostés marcan el inicio de la acción evangelizadora de la Iglesia.

San Pablo es llamado por el Señor a sumarse a aquellos Apóstoles que cumplen fielmente la misión confiada a ellos por el Señor. El “Apóstol de los Gentiles” escribe a los efesios de Aquel a quien el Padre, luego de resucitarlo de entre los muertos, ha «sentado a su diestra en los Cielos», sometiendo todas las cosas bajo sus pies y constituyéndole «Cabeza suprema de la Iglesia, que es su Cuerpo» (2ª. lectura).

LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

Contemplamos a Cristo, el Señor resucitado, que victoriosamente asciende al Cielo. Al contemplarlo nuestros ojos se dirigen con firme esperanza hacia ese destino glorioso que Dios por y en su Hijo nos ha prometido también a cada uno de nosotros: la participación en la vida divina, en la comunión de Dios-Amor, por toda la eternidad (ver 2 Pe 1, 4; Ef 1, 17ss).

Mas al contemplar nuestro destino glorioso no podemos menospreciar nuestra condición de viadores. Mientras estemos en este mundo, hay camino por recorrer. Por tanto, tampoco nosotros podemos quedarnos «allí parados mirando al cielo» (Hech 1, 11), sino que hemos de “bajar del monte” y “volver a la ciudad” (ver Hech 1, 12), volver a la vida cotidiana con todos sus quehaceres, con toda la a veces pesada carga de preocupaciones diarias. Sin embargo, aunque hemos de sumergirnos nuevamente en las diversas actividades y preocupaciones de cada día, tampoco podemos perder de vista nuestro destino eterno, no podemos dejar de dirigir nuestra mirada interior al Cielo.

Así hemos de vivir día a día este dinamismo: sin dejar de mirar siempre hacia allí donde Cristo está glorioso, con la esperanza firme y el ardiente anhelo de poder participar un día de su misma gloria junto con todos los santos, hemos de vivir intensamente la vida cotidiana como Cristo nos ha enseñado, buscando en cada momento impregnar con la fuerza del Evangelio nuestras propias actitudes, pensamientos, opciones y modos de vida, así como las diversas realidades humanas que nos rodean.

La “aspiración a las cosas de arriba” (ver Col 3, 2), el deseo de participar de la misma gloria de Cristo, lejos de dejarnos inactivos frente a las realidades temporales nos compromete a trabajar intensamente por transformarlas, según el Evangelio.

Sin dejar de mirar al Cielo, ¡debemos actuar! ¡Hay mucho por hacer! ¡Hay mucho que cambiar, en mí mismo y a mi alrededor! ¡Muchos dependen de mí! ¡Es todo un mundo el que hay que transformar desde sus cimientos! Y el Señor nos promete la fuerza de su Espíritu para que seamos hoy sus Apóstoles que anuncien su Evangelio a tiempo y destiempo, un pequeño ejército de santos que con la fuerza de su Amor trabajemos incansablemente por cambiar el mundo entero, para hacerlo más humano, más fraterno, más reconciliado, según el Evangelio de Jesucristo y con la fuerza de su gracia, sin la cual nada podemos.

Comentario al evangelio – Viernes VI de Pascua

«Todo tiene su tiempo: tiempo de llorar, tiempo de reír»: es la sentencia del Eclesiastés que tantas veces habremos recordado. En su primera parte, la del desconsuelo y llanto, la habremos vivido al sufrir la pérdida de seres queridos. Hay, sí, un tiempo de aflicción, y no está bien rehuirlo. No es un modelo el joven que se negó a acudir al entierro de su abuelo porque –decía él– «no soy un fanático de los cementerios». De acuerdo en no ser fanáticos ni necrófilos, pero hacer duelo ahonda nuestra humanidad, es un signo del amor y un modo de dar cauce al pesar por la pérdida sufrida.

Hay también un tiempo de alegrarse, de estar más contento que unas pascuas. Es otra expresión del amor: se ha recobrado a la persona querida, la tenemos de nuevo con nosotros. No riman con la Pascua las caras tristes. El Señor nos tendría que interpelar como a María Magdalena: «Mujer, ¿por qué lloras?». Se han de cumplir más bien estos versos: «Hoy la cristiandad se quita / sus vestiduras de duelo». Ese “hoy” no quiere ser efímero, tener las horas contadas; es el “hoy” que se repite en el “Acuérdate, Señor” de toda la octava de Pascua. Ese hoy quiere ayudar a vivir bien el duelo: tal es quizá uno de los motivos por los que los anuncios de la pasión y muerte de Jesús acaban siempre con el anuncio de su resurrección. Se hace así para que no vivamos sin noticias de esperanza, para que sepamos quitarnos en su momento las vestiduras de duelo.

A una religiosa que trabajaba en África le llegó la noticia de la muerte de su madre. Ella se lo comunicó a las mujeres del poblado, que la acompañaron tres días enteros en el llanto y la oración. Tiempo después una de ellas la vio apesadumbrada y le preguntó por la causa. Respondió que estaba recordando a su madre. Esta fue la réplica de la interlocutora: “¿Por qué seguir triste? ¿Es que no hemos llorado ya todas las lágrimas?”. Vivir el duelo, sí, y muy a fondo; pero no quedar atrapados por él, como le pasaba a María Magdalena, que se había quedado aprisionada por el Viernes Santo cuando ya había amanecido la luz pascual. El encuentro con Jesús le hizo poner el reloj biográfico en hora con el Domingo, el Día del Señor.

Ciudad Redonda

Meditación – Viernes VI de Pascua

Hoy es viernes VI de Pascua.

La lectura de hoy es del evangelio de Juan (Jn 16, 20-23a):

En aquel tiempo, Jesús habló así a sus discípulos: «En verdad, en verdad os digo que lloraréis y os lamentaréis, y el mundo se alegrará. Estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en gozo. La mujer, cuando va a dar a luz, está triste, porque le ha llegado su hora; pero cuando ha dado a luz al niño, ya no se acuerda del aprieto por el gozo de que ha nacido un hombre en el mundo. También vosotros estáis tristes ahora, pero volveré a veros y se alegrará vuestro corazón y vuestra alegría nadie os la podrá quitar. Aquel día no me preguntaréis nada».

Hoy Jesús predice su muerte y resurrección, con la imagen de la tristeza que se vuelve gozo. Como la mujer que da a luz sufre, pero cuando tiene al bebé en sus brazos se olvida del sufrimiento, así la muerte de Jesús es dolorosa para los suyos, pero la resurrección les alegrará.

La alegría es verdadera si brota de Jesucristo muerto y resucitado. En Él todo sufrimiento se transforma en alegría: salvando al hombre a través del dolor, Cristo ha «redimido» (transformado) al mismo sufrimiento. Un dolor que engendra más dolor y desesperación no está centrado en Cristo, sino en uno mismo. En cambio, si está vinculado con Él, fluye la alegría del corazón como un torrente desbordante.

—Ven, Espíritu Santo, y en medio de las tristezas de esta vida, concédenos el don del gozo espiritual, y con María —causa de nuestra alegría— haz que vivamos la alegría pascual de Jesús resucitado y que nada ni nadie nos la pueda quitar.

+ Fray Josep Mª MASSANA i Mola OFM

Liturgia – Viernes VI de Pascua

VIERNES VI DE PASCUA, feria

Misa de feria (blanco)

Misal: para la feria antífonas y oraciones propias.

Leccionario: Vol. II

  • Hch 18, 9-18. Tengo un pueblo numeroso en esta ciudad.
    • Sal 46. Dios es el rey del mundo.
  • Jn 16, 20-23a. Nadie os quitará vuestra alegría.

Antífona de entrada          Ap 5, 9-10
Señor, con tu sangre has adquirido para Dios hombres de toda tribu, lengua, pueblo y nación; y has hecho de ellos para nuestro Dios un reino de sacerdotes. Aleluya.

Monición de entrada y acto penitencial
Jesús estaba a punto de pasar, a través de su pasión y muerte, hacia la alegría de su resurrección. En él nacería, desde sus sufrimientos, una nueva vida, gloriosa y resucitada. Los discípulos tendrían que pasar por el dolor de la separación de Jesús, y así apareció en ellos la duda e incertidumbre de su fe –como enseguida sería violentamente probada durante la pasión–. 

Pero la crisis y el dolor dio paso a un nuevo alumbramiento: una fe renovada y una nueva presencia del Señor. — De esa misma manera, la Iglesia debe pasar constantemente por el parto doloroso de la renovación, por el repetido retorno a Cristo y al centro de su evangelio, para así representar más auténticamente a Cristo ante el mundo de hoy. El dolor es un parto, un alumbramiento, que abre el camino a una nueva vida y alegría.

            Yo confieso…

Oración colecta
ESCUCHA, Señor, nuestras oraciones,
para que se complete en todo lugar,
por la fuerza del Evangelio,
lo que fue prometido como fruto
de la acción santificadora de tu Verbo,
y lo anunciado por la predicación de la verdad
nos obtenga la plenitud de la adopción filial.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Oración de los fieles
Dirijamos nuestra oración a Dios Padre, que por el Espíritu Santo resucitó a Jesús de entre los muertos y dará vida también a nuestros cuerpos mortales.

1.- Para que el Espíritu llene de gozo a la Iglesia con el alumbramiento de nuevos hijos a través del bautismo. Roguemos al Señor.

2.- Para que el Espíritu consolador anime y conforte a los que lloran en este valle de lágrimas. Roguemos al Señor.

3.- Para que el Espíritu oriente el corazón y la voluntad de los que rigen los destinos de los pueblos en la búsqueda de lo que contribuye al progreso y al bien. Roguemos al Señor.

4.- Para que el Espíritu nos colme de alegría y reanime nuestra esperanza. Roguemos al Señor.

Te lo pedimos, Padre, en nombre de tu Hijo Jesucristo, Señor nuestro, que vive y reina por los siglos de los siglos.

Oración sobre las ofrendas
ACOGE, Señor, con bondad
las ofrendas de tu familia,
para que, bajo tu protección,
no pierda los dones ya recibidos
y alcance los eternos.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Prefacio pascual

Antífona de comunión          Rom 4, 2
Cristo nuestro Señor fue entregado por nuestros pecados, y resucitó para nuestra justificación. Aleluya.

Oración después de la comunión
G
UARDA, Señor, con tu amor constante a los que has salvado,

para que los redimidos por la pasión de tu Hijo
se alegren con su resurrección.
Él, que vive y reina por los siglos de los siglos.

Oración sobre el pueblo
T
E pedimos, Señor,

que extiendas tu brazo poderoso en defensa de tus hijos,
y así, obedientes a tu voluntad de Padre,
se sientan seguros bajo la protección de tu amor eterno.
Por Jesucristo, nuestro Señor.