Comentario – Viernes VI de Pascua

Jn 16, 20-23

Sí, en verdad os digo: vosotros lloraréis y gemiréis… y el mundo se alegrará…

No olvidemos que Jesús dijo esto la víspera de morir. De hecho nos imaginamos muy bien la aflicción de los discípulos, mientras que los enemigos que decidieron y lograron su muerte… se gozarán en el triunfo aparente.

Pero vuestra tristeza se convertirá en gozo.

Fue verdad entonces. Imaginemos la alegría de Pascua que se difundió de discípulo a discípulo: «Ha resucitado… ha resucitado… le han visto… vive…»

Es verdad hoy… ¿Tengo yo la experiencia del paso de la aflicción a la alegría, a partir de Jesús? Estar «bajo de moral», desanimado, rebasado por los acontecimientos, incapaz de encontrar humanamente una solución, bloqueado por el propio pecado o el de los demás, aplastado por una enfermedad… Ponerse, sin saber, por que, a rezar… Ir a un lugar silencioso y hablar a Jesús… Tomar el evangelio y leer con calma, la primera página que se nos presenta… Ir a ver a un amigo y hablar… Ir a encontrar a un sacerdote y confesarse… Y he aquí que a veces la ¡»tristeza se cambia en gozo»! Sucede también que nada ha cambiado en las circunstancias externas —el mal o la desgracia, subsisten desgraciadamente— y sin embargo la tristeza, se ha cambiado en gozo. Gracias, Señor. Concede esta alegría a todos los que están en la tristeza: una alegría conquistada, una alegría que sigue a la pena, una alegría que, misteriosamente, como una fuente, rezuma en tierra árida.

La mujer cuando va a dar a luz siente tristeza porque llega su hora. Pero cuando su hijo ha nacido, ya no se acuerda de la tribulación por el gozo que tiene de haber puesto un hombre al mundo.

Una de las parábolas más cortas. Una de las más emotivas observaciones de Jesús. Un «hecho de vida» real tan a menudo observable… y que Jesús interpreta como un símbolo profundamente evocador. Una actitud vital. Una certeza divina. Un acceso al problema del mal: ¿por qué hay sufrimiento?

Para ti, Señor, los sufrimientos de aquí abajo no son sufrimientos de agonía —que conducen ala muerte—… son sufrimientos de alumbramiento —que conducen a la vida—… Una visión nueva de las cosas. Un optimismo invencible; el dolor mismo no se pone entre paréntesis se sublima. Todo sufrimiento, dice Jesús es fecundo.

Sí, ¡esto es lo que has prometido a tus discípulos, Señor! Un «alumbramiento» se está produciendo en el corazón de la historia: un “hombre nuevo” está naciendo.

¿Participo yo en esto? ¿He asumido en mi vida el símbolo de la cruz? ¿Qué calidad tiene mi alegría? ¿Qué es lo que hago con mis sufrimientos? ¿Qué es lo que hago «venir al mundo»?

Vosotros también ahora estáis tristes. Pero de nuevo os veré y se alegrará vuestro corazón, y nadie será capaz de quitaros vuestra alegría. En aquel día no me preguntaréis nada…

Son éstas unas de las últimas palabras humanas que Jesús dijo a sus amigos. Dentro de algunos segundos (Juan 17, 11). Jesús se pondrá a hablar a su Padre. Los hombres seguirán orando… pero es a Dios a quien Jesús dirigirá las últimas palabras que ha de decir antes de que llegue Judas y su banda armada con espadas y palos.

Al final de su vida, lo que comunica Jesús a sus amigos ¡es la alegría! Jesús; repíteme esto.
Y que nadie me arrebate esta alegría que Tú me has dado. Gracias, Señor.

Noel Quesson
Evangelios 1