Misa del domingo

En la Solemnidad de la Ascensión del Señor leemos los últimos versículos del Evangelio según San Lucas. Los Apóstoles se encuentran reunidos en Jerusalén cuando el Señor resucitado se presenta a ellos por última vez. En aquella ocasión el Señor encomendó a los Apóstoles la misión de anunciar la salvación y reconciliación «a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén» (Lc 24, 47; ver Mt 28, 19-20). La salvación traída por el Señor Jesús no es ya solamente para los hijos de Israel, es para todos los hombres y mujeres de todos los tiempos y culturas.

Para poder cumplir esta misión el Señor les anuncia que enviará sobre ellos «lo que mi Padre ha prometido». Ellos deberán permanecer en Jerusalén hasta ser «revestidos con la fuerza que viene de lo Alto» (ver Hech 1, 4-5). ¿A qué promesa se refiere el Señor? ¿Qué es esta “fuerza que viene de lo Alto”? Se trata del Espíritu Santo, que Él mismo junto con el Padre enviará sobre sus Apóstoles y discípulos. La misión de expandir el Evangelio de la Reconciliación a todas las culturas y a todos los pueblos es una tarea y empresa que no podrán realizar solos, sino con la fuerza del Espíritu divino. La evangelización tiene como protagonista no a los Apóstoles sino sobre todo al Espíritu Santo, que actúa en aquellos que humilde y decididamente cooperan con Él prestándole sus mentes, sus corazones y sus labios. El Espíritu del Señor será el que encienda los corazones en el fuego del divino amor y los lanzará al anuncio audaz, decidido, valiente. Con esta fuerza del Espíritu los Apóstoles serán capaces de ser testigos veraces de Aquel a quien han visto con sus propios ojos, oído con sus propios oídos y tocado con sus propias manos (ver 1 Jn 1, 1) para encender otros corazones con ese mismo fuego de amor. El Espíritu Santo es el que animará y conducirá a la Iglesia en la tarea evangelizadora a lo largo de los siglos, hasta que el Señor vuelva en su gloria.

Una vez que les ha dado las necesarias instrucciones a sus Apóstoles, el Señor «los llevó hacia Betania y, elevando sus manos, los bendijo. Y mientras los bendecía se separó de ellos, subiendo hacia el Cielo». De este modo su presencia visible en este mundo «termina con la entrada irreversible de su humanidad en la gloria divina simbolizada por la nube y por el Cielo» (Catecismo de la Iglesia Católica, 659).

La Ascensión al Cielo constituye el fin de la peregrinación terrena de Cristo, Hijo de Dios vivo, consubstancial al Padre, que se hizo hombre para nuestra reconciliación. El ascenso del Señor victorioso permanece estrechamente vinculado a su “descenso” del Cielo, ocurrido en la Encarnación del Verbo en el seno inmaculado de la Virgen María, por obra del Espíritu Santo. La Ascensión, por la que el Señor deja el mundo y va al Padre (ver Jn 16, 28), se integra en el misterio de la Encarnación y es su momento conclusivo. Aquel que se ha abajado, se eleva ahora a los Cielos, llevando consigo una inmensa multitud de redimidos.

Luego de ver al Señor ascender a los Cielos, los Apóstoles se volvieron gozosos a Jerusalén en espera del acontecimiento anunciado y prometido. En el Cenáculo, unidos en común oración en torno a María, la Madre de Jesús (ver Hech 1, 13-14), los discípulos preparan sus corazones en espera del cumplimiento de la Promesa del Padre.

Si en su Evangelio San Lucas recoge «todo lo que Jesús hizo y enseñó desde el principio hasta el día en que… fue levantado a lo Alto» (Hech 1, 1.2), en los Hechos de los Apóstoles relata la vida y acción evangelizadora de la Iglesia primitiva a partir de la Ascensión. Es en los Hechos de los Apóstoles que este evangelista comienza relatando nuevamente el acontecimiento de la Ascensión (1ª. lectura), ya que junto con el don del Espíritu Santo el día de Pentecostés marcan el inicio de la acción evangelizadora de la Iglesia.

San Pablo es llamado por el Señor a sumarse a aquellos Apóstoles que cumplen fielmente la misión confiada a ellos por el Señor. El “Apóstol de los Gentiles” escribe a los efesios de Aquel a quien el Padre, luego de resucitarlo de entre los muertos, ha «sentado a su diestra en los Cielos», sometiendo todas las cosas bajo sus pies y constituyéndole «Cabeza suprema de la Iglesia, que es su Cuerpo» (2ª. lectura).

LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

Contemplamos a Cristo, el Señor resucitado, que victoriosamente asciende al Cielo. Al contemplarlo nuestros ojos se dirigen con firme esperanza hacia ese destino glorioso que Dios por y en su Hijo nos ha prometido también a cada uno de nosotros: la participación en la vida divina, en la comunión de Dios-Amor, por toda la eternidad (ver 2 Pe 1, 4; Ef 1, 17ss).

Mas al contemplar nuestro destino glorioso no podemos menospreciar nuestra condición de viadores. Mientras estemos en este mundo, hay camino por recorrer. Por tanto, tampoco nosotros podemos quedarnos «allí parados mirando al cielo» (Hech 1, 11), sino que hemos de “bajar del monte” y “volver a la ciudad” (ver Hech 1, 12), volver a la vida cotidiana con todos sus quehaceres, con toda la a veces pesada carga de preocupaciones diarias. Sin embargo, aunque hemos de sumergirnos nuevamente en las diversas actividades y preocupaciones de cada día, tampoco podemos perder de vista nuestro destino eterno, no podemos dejar de dirigir nuestra mirada interior al Cielo.

Así hemos de vivir día a día este dinamismo: sin dejar de mirar siempre hacia allí donde Cristo está glorioso, con la esperanza firme y el ardiente anhelo de poder participar un día de su misma gloria junto con todos los santos, hemos de vivir intensamente la vida cotidiana como Cristo nos ha enseñado, buscando en cada momento impregnar con la fuerza del Evangelio nuestras propias actitudes, pensamientos, opciones y modos de vida, así como las diversas realidades humanas que nos rodean.

La “aspiración a las cosas de arriba” (ver Col 3, 2), el deseo de participar de la misma gloria de Cristo, lejos de dejarnos inactivos frente a las realidades temporales nos compromete a trabajar intensamente por transformarlas, según el Evangelio.

Sin dejar de mirar al Cielo, ¡debemos actuar! ¡Hay mucho por hacer! ¡Hay mucho que cambiar, en mí mismo y a mi alrededor! ¡Muchos dependen de mí! ¡Es todo un mundo el que hay que transformar desde sus cimientos! Y el Señor nos promete la fuerza de su Espíritu para que seamos hoy sus Apóstoles que anuncien su Evangelio a tiempo y destiempo, un pequeño ejército de santos que con la fuerza de su Amor trabajemos incansablemente por cambiar el mundo entero, para hacerlo más humano, más fraterno, más reconciliado, según el Evangelio de Jesucristo y con la fuerza de su gracia, sin la cual nada podemos.