Comentario – Ascensión del Señor

Dicho esto le vieron levantarse, hasta que una nube se lo quitó de la vista. Así describe san Lucas el hecho que hoy celebramos: la ascensión o subida del Señor a los cielos. Es el momento en que Jesús deja de ser visto, porque ha dejado de pertenecer a lo visible de este mundo; pero es también el momento de su vuelta al Padre, porque ha acabado su misión terrena.

Volver al Padre es volver a su «lugar», que es la derecha del Padre, por encima de todo principado… y de todo nombre. Porque en su condición terrena estaba debajo (o parecía estarlo) de muchas cosas, debajo de muchos poderes humanos (Pilato, las autoridades judías, etc.), sometido a otras voluntades. Pero éste no era su lugar propio; su sede está a la derecha del Padre. La condición humana, sufriente, mortal… era sólo su lugar apropiado (o asumido) por amor, no su lugar propio. Por eso, tenía que ascender, para volver a su lugar propio, una vez cumplida su misión.

La ascensión es, por tanto, momento culminante o final, pero sólo de una etapa. Si Cristo se va, viene el otro enviado; se va para que venga el otro Paráclitoel Espíritu de la verdad. Pero éste vendrá de otra manera, no con presencia corpórea y visible, con presencia humanada, sino con presencia espiritual, interior, como corresponde al que es Espíritu; pero no por ser espiritual, esta presencia es menos potente o menos influyente. Las presencias interiores (las que nos habitan por dentro) son más poderosas que las meramente externas.

Los galileos se quedaron mirando al cielo, como aferrados a la presencia visible de su Señor, como negándose a prescindir de su compañía sensible; pero tendrán que acostumbrarse a vivir sin esta presencia visible, con la sola presencia de su palabra recordada y actualizada y de sus signos sacramentales; con la presencia espiritual de su enviado, el Espíritu de la verdad. Así hemos de vivir nosotros, los cristianos del siglo XXI: en la fe de estos testimonios, con su presencia espiritual y sacramental (en la que confluyen el Cristo glorioso y ascendido y el Espíritu descendido) y en la esperanza del reencuentro: el que nos dejó para subir al cielo, volverá, o está ya volviendo para recogernos y llevarnos consigo, a la casa del Padre, donde hay tantas estancias.

La ascensión del Señor, por tanto, obliga a ciertas renuncias (ya no podemos poseerle con la vista), pero proporciona ciertas riquezas: ahora podemos comerle, incorporarle a nuestra vida más íntima, hacer de él nuestro amigo interior, aquel que permanece en nosotros y nosotros con él. No poder verle no impide poder conocerle mucho mejor o que él se nos dé a conocer mucho mejor, esto es, más amplia y profundamente. Para conocerle mejor basta que el Padre nos dé espíritu de sabiduría y revelación. Para ello disponemos de los hechos de su biografía, de su palabra reinterpretada desde el final, que es la mejor perspectiva para valorar una vida, y de la iluminación de quien mejor le conoce, el Espíritu Santo.

Pues bien, su vida, iluminada por el Espíritu, es luz para nuestra vida. Por esta relación que hay entre su vida y la nuestra, podemos ver en su ascensión una prefiguración de nuestro destino. Así lo presenta san Pablo cuando dice: Que (el Señor) ilumine los ojos de nuestro corazón para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos y cuál la extraordinaria grandeza de su poder para nosotros.

Dios nos llama a reproducir la imagen de su Hijo encarnado, glorioso y ascendido a la derecha del Padre. Esa es nuestra esperanza y nuestra riqueza, y nuestra grandeza. Nuestro destino no es un descenso a los subterráneos de nuestro planeta, al polvo inanimado; no es una aniquilación progresiva, hasta fundirnos con la tierra que pisamos; tampoco es una reencarnación, como si fuéramos ese alma desencarnada que se encarna y reencarna; nuestro destino es una ascensión (de cuerpo y alma) a una condición sobrehumana, a un plano divino. Sólo esta esperanza inquebrantable puede mantenernos en tensión hacia ese estado, trabajando, implorando, caminando.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística