…también los hombres corrientes

No sólo los Apóstoles, aquellos gigantes de la primera evangelización del mundo. Nosotros hoy, en medio de la alegría de la gloriosa Ascensión del Señor, recogemos esta doctrina eterna: la vocación cristiana -también la vocación cristiana de los hombres corrientes- es esencialmente misión: fidelidad a las exigencias amorosas de Dios: “Id…” “Seréis mis testigos…”.

Hemos de meternos bien en la cabeza y en el corazón y en todas las potencias del alma que el Cristianismo no es un conjunto de preceptos negativos: no matar, no robar, no, no… Esa vida nueva que Cristo nos ha traído al mundo supera todas las negaciones en la más pletórica afirmación: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todas tus fuerzas” (Mt 22, 37). Es el hombre entero -alma, cabeza, corazón y energías- el que debe vivir los mandatos de Cristo; y así la vida corriente se transforma en misión, es decir, en una aventura: “Id…”. “Seréis mis testigos…”.

Decíamos que vivir en cristiano significa ser fiel a las exigencias amorosas del Señor. He aquí las exigencias de Cristo: dirigirse cada día al trabajo profesional y a las actividades ordinarias con la misma vibración -con la misma alegría- con que los Apóstoles se dirigieron a Jerusalén. Cada profesión, cada esfera del trabajo humano es un “confín de la tierra” que pide testigos de Cristo… El día que los cristianos penetremos de una vez este sentido de vocación que tienen las tareas seculares en que estamos empeñados, aunque haya que nadar contra corriente, ese día los ángeles del Cielo sonarán campanillas de plata….

“Id…. “Seréis mis testigos”. Una madre de familia, un trabajador del campo y un científico; un albañil, un maestro y un hombre de empresa: todos han de ver en su tarea ordinaria el mandato apostólico de Cristo. Y de esta forma, hasta el trabajo más corriente y monótono adquiere un relieve insospechado: es cosa querida por Dios, es un medio para unirse a Dios, es un servicio a los demás, es ocasión de apostolado.

La inmensa alegría de saberse testigo de Cristo en medio de esa riada que es el mundo no lleva al cristiano a la ingenuidad o a la tontería de acaramelar la vida espiritual, vistiéndola de color de rosa. El compromiso cristiano muchas veces es a contrapelo, río arriba: hay con frecuencia incomprensión por parte del ambiente y, tal vez, persecuciones. Estemos sobre aviso: Cristo nos lo dice en el evangelio de hoy con unas palabras que, en verdad, impresionan: puede llegar un momento en que los que atacan a los seguidores de Cristo crean incluso hacer un servicio a Dios.

Camino de rosas…con espinas: esa es la andadura del cristiano. Alegría y cruz. Lo que sería penoso es que a los hijos de Dios asustara la incomprensión y el contrapelo. Que no nos extrañen ni nos desanimen las sonrisas escépticas, ya nos lo anunció el Señor. Lo extraño sería lo contrario: hoy, como hace veinte siglos, los mundanos y los que tienen el corazón seco no soportan el escándalo de la Cruz. Para los cristianos, por el contrario, la Cruz es la esperanza misma, el marchamo de nuestra alegría.

En este mes de mayo, que comenzó en la carpintería de José el Artesano y terminará con la realeza esplendorosa de Santa María, parece cobraran especial rigor aquellas palabras de Cristo: “Ego elegi vos… Soy yo el que os he elegido a vosotros para que vayáis por todo el mundo y hagáis fruto y vuestro fruto permanezca…”

Pedro Rodríguez