Esperaban al Espíritu Santo

1.- La Iglesia, este domingo, nos recuerda los primeros días de la comunidad cristiana. Después de presenciar la Ascensión de Jesús al cielo, los apóstoles y la Virgen María se reunieron con los otros discípulos del Señor. Los seguidores de Cristo se mantuvieron unidos en oración mientras esperaban la venida del Espíritu Santo. Recordando estos hechos, la Iglesia nos invita a meditar sobre la necesidad que tenemos todos de orar por la unidad de la comunidad cristiana. Nuestro Señor Jesucristo desea ardientemente que la humanidad llegue a la unidad en la Santa Iglesia que Él fundó. Prometió a los apóstoles que su Iglesia permanecería en el mundo hasta el fin de los tiempos. Y nos dice que su Iglesia debe ser signo de unidad en este mundo tan desunido.

2.- La unidad es un don de Dios que está estrechamente unida a la oración. En el evangelio, san Juan recoge la bella oración que nuestro Señor hizo al Padre durante la última cena. Aparentemente es la oración del Jesús terreno que en vísperas de su muerte se está despidiendo de sus amigos. En realidad proyecta el evangelista los rasgos de su glorificación. El que hora es el “Señor” resucitado, el Cristo pascual. Aquí nos llega el rumor del diálogo profundo que fluye entre el padre y el Hijo retornado, vencida la cruz y la muerte; retornado a la casa paterna, pero no olvidado ni desconectado de los innumerables hermanos que somos para él los hombres.

“Padre santo: No sólo por ellos ruego, sino también por los que creerán en mí por su palabra, para que todos sean uno…”. Así oró Jesús levantando los ojos al cielo. Oró especialmente por la unidad de sus seguidores ya que sabía que, después de la Ascensión, se quedarían solos en el mundo hasta la venida del Espíritu Santo. El Señor pidió al Padre que le diera a los apóstoles la fuerza necesaria para mantenerse fieles a Él y unidos en la fe y en la verdad. Jesucristo fundó una sola comunidad cristiana porque quiso que existiera una sola Iglesia.

3.- Ese deseo de Jesús debe ser también el nuestro, que haya una sola Iglesia, y que se mantenga unida, que seamos uno, como nuestro Señor es uno con el Padre. Nos sentimos desanimados al constar que tras veintiún siglos, esta oración de Jesús por la unidad no ha reconciliado a todos los humanos. Tenemos la impresión de que las divisiones que padecemos son mayores y más numerosas que cuando Jesús empezó a anunciar el Reino de Dios. La esperanza que cada día despabila entre nosotros nos señala que la unión fraternal de la humanidad es más una promesa a cumplir en el final de los tiempos que una realidad de nuestra historia.

Sin embargo ahora sentimos con mayor lucidez y con más dolor las situaciones de hostilidad y división. Al menos nos dejamos engañar cada vez menos por las trampas que nos quieren disimular y ocultar nuestras rivalidades. Y cada generación se siente más sublevada por las discordias que encuentra a su llagada a la vida.

4.- Sabemos lo difícil que es mantener la unidad entre los cristianos. Algunos piensan que esto es debido a que entre los cristianos hay gran diversidad de naciones, lenguas y culturas. Pero en los tiempos de los apóstoles, a pesar de que la comunidad era mucho más pequeña, no faltaron los que rechazaban la fe como la enseñaban los apóstoles. Algunas personas, mostrando su soberbia, decían que ellos conocían, mejor que los propios apóstoles, lo que Jesucristo quería para su Iglesia. Y, debido a esa intransigencia y a ese rechazo, varios grupos acabaron separándose de la Iglesia que Cristo fundó. La falta de amor y de comprensión siempre ha sido la mayor causante de la desunión en la comunidad cristiana. Aún tenemos en nuestra Iglesia dificultades con la unidad. Muchos cristianos aún no están de acuerdo sobre cómo debemos seguir a Cristo. Ignoran, o quizás no quieren escuchar, el mensaje de amor y unidad que Cristo nos ha dado.

La unidad en la Iglesia se palpa cuando las obras de la comunidad provienen de un mismo espíritu. Y se muestra en la unión visible de sus miembros. Por eso siempre decimos que un miembro de la comunidad Cristiana nunca debe sentirse solo o ignorado. Es importante que hagamos un esfuerzo especial para mantener la fraternidad Cristiana. Nuestra meta debe ser la unidad cristiana. Tenemos que hacer todo lo humanamente posible para que nuestra Iglesia se mantenga unida.

Hay muchas maneras de tratar de conseguir este sueño tan deseado. Pero la más eficaz, según Nuestro Señor, es nuestra ferviente oración para que haya unidad entre los cristianos.

5.- Estamos a la espera del Espíritu Santo de Pentecostés. Todos los textos nos han hablado de una existencia en tránsito. Que nuestra oración sea una súplica para que esta unidad tan deseada por Cristo sea una realidad para que el mundo pueda reconocer que el amor del Padre al Hijo incluye el amor a los hombres.

Antonio Díaz Tortajada

Plenitud y despliegue histórico

La “doble dimensión” que nos constituye -identidad y personalidad- puede verse desde otra perspectiva: somos plenitud que se va desplegando en forma de historia. La plenitud es atemporal; el desarrollo histórico aparece como lineal y secuencial. Una lectura ajustada de lo real tiene en cuenta esa doble dimensión, consciente de que cada uno de esos planos obedece a “leyes” diferentes.

En cuanto “seres históricos”, nos experimentamos impermanentes, frágiles y vulnerables, a la vez que vivimos considerándonos “actores” de nuestro destino, afrontando la vida como “tarea”.

El riesgo consiste en quedar reducidos a este plano, olvidando nuestra dimensión profunda. Cuando esto sucede, caemos en la ignorancia radical por la que, aun creyéndonos “conscientes”, nos perdemos en la confusión y en el sufrimiento mental.

Ese laberinto solo tiene una salida posible: la comprensión que nos permite abrirnos a nuestra verdadera identidad. A partir de ahí, se modifica nuestro modo de vernos, de leer la historia y de movernos en ella. Porque vivimos el despliegue sin perder la conexión con quienes realmente somos, es decir, anclados en la plenitud atemporal. En ella nos reconocemos siempre a salvo y desde ella se modifica nuestra visión de la historia y nuestro comportamiento en ella.

Seguiremos haciendo todo lo que tengamos que hacer en el discurrir diario, pero lo haremos -o mejor, se hará en nosotros- desde “otro lugar”. La historia aparecerá ante nosotros como un “juego divino”, con todo lo que encierra de compromiso, pero también de libertad. Del mismo modo que, al salir del sueño, nos liberamos de la carga de las pesadillas que lo acompañaban, al escapar de la confusión de la mente reductora, saboreamos el descanso profundo que sabe a plenitud y a liberación.

Somos seres históricos, con todo lo que ello implica, pero somos, a la vez y en profundidad, plenitud de vida.

¿Cómo y desde dónde vivo el día a día?

Enrique Martínez Lozano

Adoración, alegría y bendición

El evangelio de Lucas intenta decir algo acerca de la presencia de Jesús después de su muerte. La narración de hoy nos cuenta que Jesús, una vez resucitado, relee su vida a partir de los textos sagrados. Su misión, que incluye su vida, muerte y resurrección tiene sentido en cuanto que puede comprenderse dentro del designio de Dios para con toda la historia de la humanidad.

Los discípulos son testigos de esto. Son testigos, pero no solo de manera externa sino también interna, es decir no solo ven lo que pasa como meros espectadores, sino que sus vidas se delimitan y organizan en relación con el Mesías resucitado. Ellos son sus testigos. Su identidad queda marcada así por la cercanía de la persona en la que se cumplen los designios de Dios.

Ser testigos, entendido como aquello que determina la identidad de los discípulos tras la resurrección de Jesús, no implica únicamente mirar para sí mismo y conocer algo novedoso. Ser testigo implica salir y dar testimonio. Eso parece evidente. Sin embargo, la orden de Jesús es la contraria a salir. Ellos son ciertamente testigos, pero deben “Permanecer en la ciudad”. Si en los diferentes relatos de envíos, durante la vida pública de Jesús, la respuesta es “inmediata”, es decir “salen corriendo a anunciar lo que han visto”, tras la resurrección la respuesta requiere quedarse, permanecer, esperar. Esperar una fuerza, una energía que los “revestirá”.

Revestir es una palabra extraña que puede significar imbuirse o dejarse llevar por esa fuerza, o cubrir el cuerpo con un ropaje (como lo hace, por ejemplo, el sacerdote en la eucaristía que se reviste con los ornamentos litúrgicos). Las dos acepciones encajan aquí, ya que la fuerza es interior pero también corporal y exterior. La fuerza reviste las emociones y reviste el cuerpo. Así el testimonio será creíble y tangible: estas dos dimensiones son fundamentales en el anuncio de cualquier mensaje.

Sin embargo, de momento, el recibir esta fuerza es solo una promesa; no una realidad. Antes, han de recibir una bendición, en Betania. Betania es el lugar del encuentro, del descanso, del fortalecimiento, de la acogida y de la fiesta que Jesús y sus discípulos bien conocen. Ese lugar sigue siendo un lugar de bendición, y es allí el lugar propio para que Jesús los bendiga (casi como a los niños que quiere que se acerquen a él).

Pero esta bendición anuncia la despedida. Ahora sí. Si la muerte de Jesús anunciaba una primera separación, llena de pena, decepción y desorientación, la ascensión confirma una segunda separación, pero esta vez, a diferencia de la primera, produce alegría y adoración. Nuevamente llama la atención que, de momento, no se convierten en testigos activos y evangelizadores dinámicos en salida. Se convierten, a primera vista, en todo lo contrario. Son simplemente y ciertamente adoradores: se postran ante Jesús, van a Jerusalén (la ciudad del gran templo) y “estaban en el templo bendiciendo a Dios”. De momento su testimonio es exclusivamente y esencialmente alegría y bendición. Y así será hasta que reciban la fuerza de lo alto prometida.

En nuestra sociedad cargada de activismo, este texto se presenta como de una radical humanidad que nos pide tener tiempo y darse tiempo. Tiempo para aceptar la decepción, para aceptar separaciones, para dar lugar al dinamismo propio de la muerte-resurrección y para no adelantar procesos sino dejar que los afectos se decanten.

Este dinamismo muerte-resurrección, como momento esencial de todo ser vivo, nos recuerda la distancia, pero también la cercanía; una cercanía trascendente (como una “fuerza que viene de lo alto”) y que, como una bendición, nos fortalece y nos reviste. Es decir, la nueva forma de vincularnos, a partir de las experiencias de muerte y de resurrección, no contrapone la cercanía y la distancia, sino que las integra.

Esta forma de entender la vida y el tiempo nos recuerda también la importancia de dar espacio a la adoración, a la alegría y la bendición. El hecho de considerar el tiempo del que disponemos, que transcurre desde el nacimiento a la muerte, nos recuerda que se trata de un tiempo que es limitado y que por tanto nos urge la acción. Pero, para que esta acción sea fecunda, requiere de momentos de espera y de quietud. Momentos para releer nuestra historia comunitaria y personal dentro de los designios de Dios. Y para vislumbrar y dar lugar a lo que viene por delante.

Paula Depalma

II Vísperas – Ascensión del Señor

II VÍSPERAS

ASCENSIÓN DEL SEÑOR

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

¿Y dejas, Pastor santo,
tu grey en este valle hondo, oscuro,
en soledad y llanto;
y tú, rompiendo el puro
aire, te vas al inmortal seguro?

Los antes bienhadados
y los ahora tristes y afligidos,
a tus pechos criados,
de ti desposeídos,
¿a dónde volverán ya sus sentidos?

¿Qué mirarán los ojos
que vieron de tu rostro la hermosura
que no les sea enojos?
Quién gustó tu dulzura.
¿Qué no tendrá por llanto y amargura?

Y a este mar turbado
¿quién le pondrá ya freno? ¿Quién concierto
al fiero viento, airado,
estando tú encubierto?
¿Qué norte guiará la nave al puerto?

Ay, nube envidiosa
aún de este breve gozo, ¿qué te quejas?
¿Dónde vas presurosa?
¡Cuán rica tú te alejas!
¡Cuán pobres y cuán ciegos, ay, nos dejas! Amén.

SALMO 109: EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE

Ant. Subió al cielo, y está sentado a la derecha del Padre.

Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies.»
Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora.»

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote eterno,
según el rito de Melquisedec.»

El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.
En su camino beberá del torrente,
por eso levantará la cabeza.

Señor, mis ojos están vueltos a ti,
en ti me refugio, no me dejes indefenso;
guárdame del lazo que me han tendido,
de la trampa de los malhechores.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Subió al cielo, y está sentado a la derecha del Padre.

SALMO 46

Ant. Dios asciende entre aclamaciones; el Señor, al son de trompetas. Aleluya.

Pueblos todos, batid palmas,
aclamad a Dios con gritos de júbilo;
porque el Señor es sublime y terrible,
emperador de toda la tierra.

Él nos somete los pueblos
y nos sojuzga las naciones;
él nos escogió por heredad suya:
gloria de Jacob, su amado.

Dios asciende entre aclamaciones;
el Señor, al son de trompetas:
tocad para Dios, tocad,
tocad para nuestro Rey, tocad.

Porque Dios es el rey del mundo:
tocad con maestría.
Dios reina sobre las naciones,
Dios se sienta en su trono sagrado.

Los príncipes de los gentiles se reúnen
con el pueblo del Dios de Abrahán;
porque de Dios son los grandes de la tierra,
y él es excelso.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Dios asciende entre aclamaciones; el Señor, al son de trompetas. Aleluya.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: EL JUICIO DE DIOS

Ant. Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él. Aleluya.

Gracias te damos, Señor Dios omnipotente,
el que eres y el que eras,
porque has asumido el gran poder
y comenzaste a reinar.

Se encolerizaron las gentes,
llegó tu cólera,
y el tiempo de que sean juzgados los muertos,
y de dar el galardón a tus siervos, los profetas,
y a los santos y a los que temen tu nombre,
y a los pequeños y a los grandes,
y de arruinar a los que arruinaron la tierra.

Ahora se estableció la salud y el poderío,
y el reinado de nuestro Dios,
y la potestad de su Cristo;
porque fue precipitado
el acusador de nuestros hermanos,
el que los acusaba ante nuestro Dios día y noche.

Ellos le vencieron en virtud de la sangre del Cordero
y por la palabra del testimonio que dieron,
y no amaron tanto su vida que temieran la muerte.
Por esto, estad alegres, cielos,
y los que moráis en sus tiendas.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él. Aleluya.

LECTURA: 1P 3, 18. 21b-22

Cristo murió por los pecados una vez para siempre: el inocente por los culpables, para conducirnos a Dios. Como era hombre, lo mataron; pero, como poseía el Espíritu, fue devuelto a la vida. Lo que actualmente os salva no consiste en limpiar una suciedad corporal, sino en impetrar de Dios una conciencia pura, por la resurrección de Jesucristo, que llegó al cielo, se le sometieron ángeles, autoridades y poderes, y está a la derecha de Dios.

RESPONSORIO BREVE

R/ Subo al padre mío y Padre vuestro. Aleluya, aleluya.
V/ Subo al padre mío y Padre vuestro. Aleluya, aleluya.

R/ Y se ha aparecido a Simón
V/ Aleluya, aleluya.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Subo al padre mío y Padre vuestro. Aleluya, aleluya.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Padre, este es mi deseo: que los que me confiaste estén conmigo donde yo estoy y contemplen mi gloria, la que me diste. Aleluya.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Padre, este es mi deseo: que los que me confiaste estén conmigo donde yo estoy y contemplen mi gloria, la que me diste. Aleluya.

PRECES

Aclamemos, alegres a Jesucristo, que se ha sentado hoy a la derecha del Padre, y digámosle:

Tú eres el Rey de la gloria, Cristo

Oh Rey de la gloria, que has querido glorificar en tu cuerpo la pequeñez de nuestra carne, elevándola hasta las alturas del cielo,
— purifícanos de toda mancha y devuélvenos nuestra antigua dignidad.

Tú que por el camino del amor descendiste hasta nosotros,
— haz que nosotros, por el mismo camino, ascendamos hasta ti.

Tú que prometiste atraer a todos hacia ti,
— no permitas que ninguno de nosotros viva alejado de tu cuerpo.

Que con nuestro corazón y nuestro deseo vivamos ya en el cielo,
— donde ha sido glorificada tu humanidad, semejante a la nuestra.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Ya que te esperamos como Dios, Juez de todos los hombres,
— haz que un día podamos contemplarte misericordioso en tu majestad, junto con nuestros hermanos difuntos.

Llenos de fe, invoquemos juntos al Padre común, repitiendo la oración que Jesús nos enseñó:
Padre nuestro…

ORACION

Concédenos, Dios todopoderoso, exultar de gozo y darte gracias en esta liturgia de alabanza, porque la ascensión de Jesucristo, tu Hijo, es ya nuestra victoria, y donde nos ha precedido él, que es nuestra cabeza, esperamos llegar también nosotros como miembros de su cuerpo. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Jesús se identificó con Dios durante su vida y para siempre

Lc 24,46-53

Tratemos de entender la oración de Pablo. “Que el Dios del Señor nuestro Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de revelación para conocerlo; ilumine los ojos de vuestro corazón para que comprendáis cual es la esperanza a la que os llama.” No pide inteligencia, sino espíritu de revelación. No pide una visión racional sino que ilumine los “ojos” del corazón. El verdadero conocimiento no viene de fuera, sino de la experiencia interior. Ni teología, ni normas, ni ritos sirven de nada si no nos llevan a la vivencia más profunda.

Hemos llegado al final del tiempo pascual. La Ascensión es una fiesta que intenta recopilar todos lo que hemos celebrado desde la muerte de Jesús el Viernes Santo. La mejor prueba de esto es que Lucas, que es el único que relata la ascensión, nos da dos versiones: una al final del evangelio y otra al comienzo del los Hechos. Para comprender el lenguaje que la liturgia utilizan para referirse a esta celebración, es necesario tener en cuenta la manera mítica de entender el mundo en aquella época y posteriores, muy distinta de la nuestra.

El mundo dividido en tres estadios: el superior, habitado por la divinidad. El del medio era la realidad terrena en la que vivimos los humanos. El tercer estadio es el inframundo donde mora el maligno. La encarnación era concebida como una bajada del Verbo, desde la altura a la tierra. Su misión era la salvación de todos. Por eso tuvo que bajar a los infiernos (inferos) para que la salvación fuera total. Una vez que Jesús cumplió su misión salvadora, lo lógico era que volviera a su lugar de origen. Todo desde una perspectiva mítica.

No tiene sentido seguir hablando de bajada y subida. Si no intentamos cambiar la mente, estaremos transmitiendo conceptos que hoy no podemos comprender. Una cosa fue la predicación de Jesús y otra la tarea de la comunidad, después de la experiencia pascual. El telón de fondo es el mismo, el Reino de Dios, vivido y predicado, pero a los primeros cristianos les llevó tiempo encontrar la manera de trasmitir lo que habían experimentado. Tenemos que continuar esa obra, transmitir el mensaje, acomodándolo a nuestra cultura.

Resurrección, ascensión, sentarse a la derecha de Dios, envío del Espíritu, apuntan a una misma realidad. Con cada uno de esos aspectos se intenta expresar la vivencia de pascua: El final del hombre Jesús no fue la muerte sino la Vida en Dios. El misterio pascual es tan rico que no podemos abarcarlo con una sola imagen, por eso tenemos que desdoblarlo para ir analizándolo por partes y poder digerirlo. Con todo lo que venimos diciendo durante el tiempo pascual, debe estar ya muy claro que después de la muerte no pasó nada en Jesús.

Una vez muerto pasa a otro plano donde no existe tiempo ni espacio. Sin tiempo y sin espacio no puede haber sucesos. Todo “sucedió” como un chispazo que dura toda la eternidad. El don total de sí mismo es la identificación total con Dios y por tanto su total y definitiva gloria. No va más. En los discípulos sí sucedió algo. La experiencia de resurrección sí fue constatable. Sin esa experiencia, que no sucedió en un momento determinado sino que fue un proceso que duró muchos años, no hubiera sido posible la religión cristiana.

Una cosa es la verdad que se quiere trasmitir y otra los conceptos con los que intentamos expresarla. No estamos celebrando un hecho que sucedió hace 2000 años. Celebramos un acontecimiento que se está dando en este momento. Los tres días para la resurrección, los cuarenta días para la ascensión, los cincuenta días para la venida del Espíritu, son tiempos teológicos. Lucas, en su evangelio, pone todas las apariciones y la ascensión en el mismo día. En los Hechos habla de cuarenta días de permanencia de Jesús con sus discípulos.

Solo Lucas, al final de su evangelio y al comienzo de los “Hechos”, narra la ascensión como un fenómeno externo. Si los dos relatos constituyeron al principio un solo libro, se duplicó el relato para dejar uno como final y otro como comienzo. Para él, el evangelio es el relato de todo lo que hizo y enseñó Jesús; los Hechos es el relato de todo lo que hicieron los primeros seguidores. Esa constatación de la presencia de Dios, primero en Jesús y luego en los discípulos, es la clave de todo el misterio pascual y la clave para entender la fiesta que estamos celebrando. Para visualizar esa presencia nos narra la venida del Espíritu.

El cielo en la Escritura no significa un lugar físico, sino una manera de designar la divinidad sin nombrarla. Así, unos evangelistas hablan del “Reino de los cielos” y otros del “Reino de Dios”. Solo con esto tendríamos una buena pista para no caer en la tentación de entender este relato literalmente. Es lamentable que sigamos hablando de un lugar donde se encuentra la corte celestial y en ella Jesús sentado a la derecha de Dios. Podemos seguir diciendo “Padre nuestro que estás en los cielos”. Podemos seguir diciendo que se sentó a la derecha de Dios, pero sin entenderlo literalmente.

Hasta el s. V no se celebró la Ascensión. Durante todo ese tiempo se consideraba que la resurrección llevaba consigo la glorificación. Ya hemos dicho que en los primeros indicios escritos que han llegado hasta nosotros de la cristología pascual, está expresada como “exaltación y glorificación”. Antes de hablar de resurrección se habló de glorificación. Esto explica la manera de hablar de ella en Lucas. Lo importante del mensaje pascual es que el mismo Jesús que vivió con los discípulos, es el que llegó a lo más alto en Dios, no como ser separado de Él. Llegó a la meta. Alcanzó la identificación total con Dios.

La Ascensión no es más que un aspecto del misterio pascual. Se trata de descubrir que la posesión de la Vida por parte de Jesús es total. Participa de la misma Vida de Dios y por lo tanto, está en lo más alto del “cielo”. Las palabras son apuntes para que nosotros podamos entendernos. Hoy tenemos otro ejemplo de cómo, intentando explicar una realidad espiritual, la complicamos más. Resucitar no es volver a la vida biológica sino volver al Padre. “Salí del Padre y he venido al mundo; ahora dejo el mundo para volver al Padre”.

Nuestra meta, como la de Jesús, es ascender hasta lo más alto, el Padre. Pero teniendo en cuenta que nuestro punto de partida es también, como en el caso de Jesús, el mismo Dios. No se trata de movimiento alguno, sino de toma de conciencia. Esa ascensión no puedo hacerla a costa de los demás, sino sirviendo a todos. Pasando por encima de los demás, no asciendo sino que desciendo. Como Jesús, la única manera de alcanzar la meta es descendiendo hasta lo más hondo de mi ser. El que más bajó es el que más alto ha subido.

El entender la subida como física es una trampa muy atrayente. Los dirigentes judíos prefirieron un Jesús muerto. Nosotros preferimos un Jesús en el cielo. En ambos casos sería una estratagema para quitarlo del medio. Descubrirlo dentro de mí y en los demás, como nos decía el domingo pasado, sería demasiado exigente. Mucho más cómodo es seguir mirando al cielo… y no sentirnos implicados en lo que está pasando a nuestro alrededor. Es hora de preocuparnos de lo que puedo vivir yo, aquí y ahora, como lo vivió Jesús.

Fray Marcos

Ascensión y entronización de Jesús

Un peligro que conviene evitar

De las tres lecturas de esta fiesta, dos son fáciles de entender: los dos relatos de la Ascensión escritos por Lucas al final del evangelio y al comienzo del libro de los Hechos; en cambio, la carta a los Efesios puede resultar un galimatías casi ininteligible. Corremos el peligro de pasarla por alto, aunque es la que da el sentido de la fiesta. Ascensión y entronización son las dos caras de la misma moneda.

Una sola cadena de televisión con dos visiones muy distintas

Los dos textos de Lucas (Hechos de los Apóstoles y evangelio) se prestan a una interpretación muy simplista, como si el monte de los Olivos fuese una especie de Cabo Cañaveral desde el que Jesús sube al cielo como un cohete. Cualquier cadena de televisión que hubiera filmado el acontecimiento habría ofrecido la misma noticia, aunque hubiera variado el encuadre de las cámaras.

En este caso solo hay presente una cadena de televisión: la de Lucas. Los otros evangelistas no cuentan la noticia. Pero Lucas ha elaborado dos programas sobre la Ascensión, y cuenta lo ocurrido de manera muy distinta, con notables diferencias. Eso demuestra que para él lo importante no es el hecho histórico sino el mensaje que desea transmitir. Tanto el evangelio como Hechos podemos dividirlos en dos partes: las palabras de despedida de Jesús y la ascensión. Para no alargarme, omito la introducción al libro de los Hechos.

Palabras de despedida de Jesús

En el evangelio, Jesús dice a los discípulos que su pasión, muerte y resurrección estaban anunciadas en las Escrituras. Lo ocurrido no debe escandalizarlos ni hacerles perder la fe. Todo lo contrario: deben predicar la penitencia y el perdón a todos los pueblos. Para llevar a cabo esa misión necesitan la fuerza del Espíritu Santo, que deben esperar en Jerusalén.

En el libro de los Hechos se repite lo esencial: esperar al Espíritu Santo; pero se añaden dos temas: la preocupación política de los discípulos y la idea de ser testigos de Jesús en todo el mundo (cosa que en el evangelio sólo se insinuaba).

La ascensión: dos relatos de Lucas muy distintos

· En el Evangelio, Jesús bendice antes de subir al cielo (en Hch, no).

· En Hechos una nube oculta a Jesús (en el evangelio no se menciona la nube).

· En el evangelio, los discípulos se postran (en Hch se quedan mirando al cielo).

· En el evangelio vuelven a Jerusalén; en Hch se les aparecen dos personajes vestidos de blanco.

¿Cuál es el mensaje?

Dadas estas diferencias, ¿cuál es el mensaje que pretende transmitir Lucas?

La explicación hay que buscarla en la línea de la cultura clásica greco-romana, en la que se mueve Lucas y la comunidad para la que él escribe. También en ella hay casos de personajes que, después de su muerte, son glorificados de forma parecida a la de Jesús. Los ejemplos que suelen citarse son los de Hércules, Augusto, Drusila, Claudio, Alejandro Magno y Apolonio de Tiana. Estos ejemplos confirman que los relatos tan escuetos de Lucas no debemos interpretarlos al pie de la letra, como han hecho tantos pintores, sino como una forma de expresar la glorificación de Jesús. El final largo del evangelio de Marcos subraya este aspecto al añadir que, después de la ascensión, Jesús “se sentó a la derecha de Dios”. Y esto es lo que afirma también la Carta a los efesios.

No Ascensión, sino entronización (2ª lectura)

La carta a los efesios no habla de la ascensión. Pasa directamente de la resurrección de Jesús al momento en que se sienta a la derecha de Dios y todo queda sometido bajo sus pies. Por desgracia, la parte final, que es la más relacionada con la fiesta, y la más clara, está precedida de una oración tan recargada que resulta confusa. La idea de fondo es clara: Dios nos ha concedido tantos favores y tan grandes (vocación, herencia prometida en el cielo, resurrección) que resulta difícil entenderlos y valorarlos. Igual que nos sentimos abrumados por la inmensidad del universo, no logramos comprender lo mucho que Dios ha hecho y hace con nosotros. Por eso pide “espíritu de sabiduría”, “conocimiento profundo”, que Dios “ilumine los ojos de vuestro corazón”. Y para aclarar la grandeza del poder que actúa en nosotros, habla del poder con que resucitó a Cristo y lo sentó a su derecha, sometiendo todo bajo sus pies.

Resumen

Ante la ascensión no debemos tener sentimientos de tristeza, abandono o soledad, al estilo de la Oda de fray Luis de León (“Y dejas, pastor santo, tu grey en este valle hondo, oscuro, con soledad y llanto…”). Como dice el evangelio, la marcha de Jesús debe provocar una gran alegría y el deseo de bendecir a Dios. Porque lo que celebramos es su triunfo, como demuestran los textos de la cultura greco-romana en los que se inspira Lucas y subraya la carta a los Efesios. Viene a la mente la imagen del acto de fin de carrera, cuando el estudiante recibe su diploma y la familia y amigos lo acompañan llenos de alegría.

Al mismo tiempo, las palabras de despedida de Jesús nos recuerdan dos temas capitales: el don del Espíritu Santo, que celebraremos de modo especial el próximo domingo, y la misión “hasta el fin del mundo”. Aunque estas palabras se refieren ante todo a la misión de los apóstoles y misioneros, todos nosotros debemos ser testigos de Jesús en cualquier parte del mundo. Para eso necesitamos la fuerza del Espíritu, y eso es lo que tenemos que pedir.

Apéndice: textos de la cultura grecolatina relacionados con la ascensión.

A propósito de Hércules escribe Apolodoro en su Biblioteca Mitológica: “Hércules… se fue al monte Eta, que pertenece a los traquinios, y allí, luego de hacer una pira, subió y ordenó que la encendiesen (…) Mientras se consumía la pira cuenta que una nube se puso debajo, y tronando lo llevó al cielo. Desde entonces alcanzó la inmortalidad…” (II, 159-160).

Suetonio cuenta sobre Augusto: “No faltó tampoco en esta ocasión un ex-pretor que declaró bajo juramento que había visto que la sombra de Augusto, después de la incineración, subía a los cielos” (Vida de los Doce Césares, Augusto, 100).

Drusila, hermana de Calígula, pero tomada por éste como esposa, murió hacia el año 40. Entonces Calígula consagró a su memoria una estatua de oro en el Foro; mandó que la adorasen con el nombre de Pantea y le tributasen los mismos honores que a Venus. El senador Livio Geminio, que afirmó haber presenciado la subida de Drusila al cielo, recibió en premio un millón de sestercios.

De Alejandro Magno escribe el Pseudo Calístenes: “Mientras decía estas y otras muchas cosas Alejandro, se extendió por el aire la tiniebla y apareció una gran estrella descendente del cielo hasta el mar, acompañada por un águila, y la estatua de Babilonia, que llaman de Zeus, se movió. La estrella ascendió de nuevo al cielo y la acompañó el águila. Y al ocultarse la estrella en el cielo, en ese momento se durmió Alejandro en un sueño eterno» (Libro III, 33).

Con respecto a Apolonio de Tiana, cuenta Filóstrato que, según una tradición, fue encadenado en un templo por los guardianes. “Pero él, a medianoche se desató y, tras llamar a quienes lo habían atado, para que no quedara sin testigos su acción, echó a correr hacia las puertas del templo y éstas se abrieron y, al entrar él, las puertas volvieron a su sitio, como si las hubiesen cerrado, y que se oyó un griterío de muchachas que cantaban, y su canto era: Marcha de la tierra, marcha al cielo, marcha” (Vida de Apolonio de Tiana VIII, 30).

Sobre la nube véase también Dionisio de Halicarnaso, Historia antigua de Roma I,77,2: “Y después de decirle esto, [el dios] se envolvió en una nube y, elevándose de la tierra, fue transportado hacia arriba por el aire”.

José Luis Sicre

Comentario – Ascensión del Señor

Mt 28, 16-20 – Mc 16, 15-20 – Lc 24, 46-53

Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id pues, enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a observar cuanto yo os he mandado. Yo estaré con vosotros siempre hasta el fin de los tiempos.

He aquí el broche final y grandioso del evangelio según san Mateo.

1.Una revelación: «Jesús es el Señor del cielo y de la tierra». Todo el universo le está sometido. Es el término de la creación que realiza el misterio pascual.

2.Una misión: id, enseñad, bautizad, guardad mis mandamientos. El poder pascual de Jesús se manifiesta pues en la misión de la Iglesia, que es la extensión de las relaciones de las Tres personas con la humanidad.

3.Una promesa: Estaré con vosotros hasta el fin del mundo. Sí, Señor, «quédate con nosotros», «trabaja con nosotros». Renueva en nosotros la convicción de que Tú estás aquí, hoy en nuestro tiempo; como en todos los tiempos.

El gran proyecto de Dios se expresa en estas palabras definitivas: se refiere a toda la humanidad, a todos los hombres, a todo el universo…

Engloba toda la historia, cada minuto, y cada siglo… pone la mira en «sumir» a la humanidad en las relaciones de amor que unen al Padre, al Hijo y al Espíritu…

Se expresa concretamente por la observancia fiel del mandamiento del amor.

¿Estoy realmente «sumido» («bautizado») en esto?

Los que me ven vivir, los que observan los grupos donde vivo —mi familia, mi equipo de trabajo, mi grupo de amigos, ¿pueden presentir lo que es el amor del Padre, del Hijo y del Espíritu?

Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura… El Señor Jesús, después de haber hablado con ellos fue elevado a los cielos y está sentado a la diestra de Dios. Ellos se fueron, predicando por todas partes. El Señor cooperaba con ellos confirmando su palabra con las señales consiguientes.

He aquí el coronamiento del Evangelio, según San Marcos. Lo que también es característico aquí es que Jesús confía una misión universal a los apóstoles… antes de partir como en el relato precedente se trata a la vez de una «partida» y de una “presencia que permanece”.

Jesús está «sentado a la diestra de Dios», y, al mismo tiempo ‘trabaja con ellos» en la tierra. Esto señala bien que para expresar toda la riqueza del misterio de la ascensión las palabras faltan. Las palabras más ajustadas son, quizá, las de «presencia escondida». Jesús, quiero descubrirte, quiero proclamar la buena nueva, quiero trabajar contigo. Tu estás aquí conmigo en este momento, como Tú lo prometiste. Gracias. ¡Que yo no te abandone!

Lo que estaba anunciado por las Escrituras se ha cumplido: los sufrimientos del Mesías, su resurrección de entre los muertos, la conversión por el perdón de los pecados… proclamada a todas las naciones. Vosotros daréis testimonio de esto. Seréis revestidos del poder de lo alto… Luego los llevó hacia Betania, los bendijo, se separó de ellos y fue llevado al cielo… Ellos se volvieron a Jerusalén con gran gozo….

He aquí el coronamiento del Evangelio, según san Lucas.

Una meditación íntima sobre las Escrituras, una comprensión mayor del designio de Dios, un gran proyecto universal, una gran aventura que comienza, algo que es más que humano, una «presencia-ausencia»… ¡Unos hombres felices!

Noel Quesson
Evangelios 1

Comentario – Ascensión del Señor

(Lc 24, 46-53)

En esta narración de la Ascensión del Señor llama la atención que precisamente cuando Jesús se va los apóstoles vuelven «llenos de un gran gozo», y como consecuencia iban permanentemente al templo a alabar a Dios. ¿A qué se debe que la partida de Jesús sea causa de tanto gozo y alabanza? ¿Cómo puede provocar tanta felicidad su partida, si realmente los apóstoles lo amaban?

Está claro que la Ascensión del Señor en realidad no es una partida, sino el comienzo de una nueva forma de presencia. Jesús deja de estar presente de un modo visible para hacerse presente de un modo invisible en lo íntimo de los corazones de sus discípulos. Por eso el evangelio dice que subía al cielo «mientras los bendecía». Su partida es una verdadera bendición para los discípulos porque les permite un encuentro mucho más hondo, mucho más íntimo con Jesús.

Pero sin embargo falta algo. Falta que ese encuentro íntimo se convierta en fuente de vida para el mundo. Falta que los apóstoles salgan del encierro y contagien a los demás, y comuniquen al mundo el gozo de ese fantástico encuentro. Por eso Jesús les dice que deben esperar la promesa del Padre. El libro de los Hechos, que continúa el evangelio de Lucas, nos relatará el cumplimiento de esa promesa, cuando el Espíritu Santo se derramó sobre los apóstoles, cuando fueron revestidos del poder de lo alto que los lanzó a la evangelización.

Entonces el encuentro con Jesús se hizo pleno, porque sólo cuando nos decidimos a llevar a Jesús a los demás terminamos de entrar en la amistad con él. Pero para dar ese paso necesitamos el impulso del Espíritu Santo, tenemos que invocarlo, tenemos que rogarle que nos saque de la comodidad y nos regale el gozo de llevar a Jesús a los demás.

Oración:

«Señor, necesito del poder de tu Espíritu, toda la Iglesia necesita más y más de su impulso, del entusiasmo y la generosidad que sólo el Espíritu Santo puede provocar. Penetra mi vida con ese poder que me libere del egoísmo y la comodidad»

 

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

Lectio Divina – Ascensión del Señor

Mientras los bendecía, se separó de ellos, y fue llevado hacia el cielo.

INTRODUCCIÓN

Esta fiesta pone de manifiesto la atracción hacia Dios que es la fuerza de gravedad de cada existencia humana. Todo lo que crece tiende hacia Él, lo sepa o no. Es el lugar del que venimos y hacia el que vamos. Jesús completó esta trayectoria para que podamos recorrerla de su mano. En adelante nada será sólo con nuestra propia fuerza: tendremos que recibirla cada vez de lo alto, disponernos para acogerla, pero no mirando “hacia arriba”, como aquellos galileos ensimismados, sino mirando “hacia abajo”, hacia el mundo concreto que habitamos, para poder escuchar sus gemidos y anhelos. El último contacto de Dios con los suyos es un contacto de bendición. Recibirla nos hace hombres y mujeres de bendición, en ese templo que es “el otro”, cada lugar donde se teje cercanía, ternura y proximidad. (Mariola López Villanueva).

LECTURAS BÍBLICAS

1ª lectura: Hech. 1,1-11.         2ª lectura: Ef. 1,17-23.

EVANGELIO

Lc. 24,46-53

Y les dijo: «Así está escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se proclamará la conversión para el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto. Mirad, yo voy a enviar sobre vosotros la promesa de mi Padre; vosotros, por vuestra parte, quedaos en la ciudad hasta que os revistáis de la fuerza que viene de lo alto». Y los sacó hasta cerca de Betania y, levantando sus manos, los bendijo. Y mientras los bendecía, se separó de ellos, y fue llevado hacia el cielo. Ellos se postraron ante él y se volvieron a Jerusalén con gran alegría; y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios.

REFLEXIÓN

El “cielo” es esa bonita palabra que empleamos para expresar lo que más buscamos, lo que más anhelamos, lo que más queremos. “Mi niño es un cielo” es la manifestación espontánea de una mamá locamente enamorada de su bebé. En este día se nos habla del cielo. ¿Qué enseñanzas concretas podemos sacar para nuestras vidas, en este día de la Ascensión del Señor?

1.– ES BUENO MIRAR AL CIELO. El salmo 8 nos invita a contemplar la maravilla de una noche serena, con un cielo tachonado de estrellas. Envuelto en el silencio de la noche, el salmista eleva su mirada al cielo. Y ahí, la gran pregunta: ¿Qué es el hombre? El hombre sólo puede hacerse esta pregunta desde una visión trascendente, llena de admiración y rodeada de misterio. Con una mirada inmanente, encorvado sobre sí mismo, con una mirada miope, el hombre nunca sabrá valorar lo que es, lo que vale y lo que está llamado a ser. Porque, según la Palabra de Dios, el cielo consiste en:

  1. Ausencia de todo mal. “No habrá muerte, ni luto ni llanto, ni dolor, porque todo lo viejo ha desaparecido” (Apo. 21,4).
  2. Presencia de todo bien. San Pablo tiene una experiencia en la que, por un instante, vislumbra el cielo. Y afirma: «Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni entendimiento humano puede llegar a comprender lo que Dios tiene reservado para los que le aman” (1Cor. 2,9).
  3. Y esto será para siempre. En esta vida todo lo bueno se nos queda corto, todo tiene fecha de caducidad. En el cielo todo será eterno. “Las ovejas que el Padre ha confiado a Jesús nadie las puede arrebatar de las manos del Padre” (Jn. 10, 28-29). Por eso San Agustín termina su obra famosa de la Ciudad de Dios de esta manera: “Allí veremos, alabaremos, amaremos, gozaremos, en un fin que no tendrá fin.”

2.– NO ES BUENO QUEDARNOS PLANTADOS MIRANDO AL CIELO. El cielo no se conquista “mirando al cielo”. Si Cristo se ha hecho “hombre” y se ha encarnado en nuestro mundo, y ha trabajado, ha sufrido, ha luchado por hacer un mundo más humano, más fraterno, y ha muerto en una Cruz, es para que todos nosotros le sigamos. Después vendrá la Resurrección y la Ascensión. Él ha ido por delante para “prepararnos sitio, para que estemos siempre donde Él está” (Jn. 14, 3). El mejor camino para ir al cielo es seguir el camino de Jesús: «Pasó por la vida haciendo el bien y sanando a los oprimidos por el diablo” (Hechos 10, 38).  La mejor manera de prepararse para el cielo es pasar haciendo el bien. No dice: pasar sin hacer mal a nadie sino haciendo el bien a todos.  Hay unos verbos que deben ocupar la vida de un cristiano:  levantar, ayudar, animar, consolar, servir, liberar…La mejor manera de prepararse para ir al cielo es ser aquí y ahora “un cielo para los demás”.

3.– CUANDO JESÚS SE MARCHA, ¿QUÉ QUEDA ENTRE EL CIELO Y LA TIERRA?  LA BONDAD DE DIOS EN FORMA DE BENDICIÓN. A veces la Biblia usa la palabra “cielo” para hablarnos de distancias. En concreto, para mostrar la distancia que hay entre Dios y nosotros; entre sus comportamientos y los nuestros. Dice Isaías: “Cuanto se alza el cielo sobre la tierra, así se alzan mis proyectos sobre los vuestros, así superan mis planes a vuestros planes” (Is. 55, 9). ¿Cómo salvar estas distancias? Jesús, antes de irse al cielo nos deja su bendición.  En el evangelio de Lucas, aparece la ascensión al final de todo, como el epílogo final, como el broche de oro a este evangelio de la bondad y la ternura de Jesús. Pues bien, ahí aparece Jesús “levantando sus manos y bendiciéndolos” (Lc, 24,50).  Esas manos de Jesús que se levantan por encima de la tierra para bendecirnos, es la mejor expresión de su cariño y de su ternura. El amor no se va; el amor se queda.  Entre el cielo y la tierra ya no habrá un muro que nos separa sino un gran “espacio acogedor” que nos une con Dios para siempre. Aquella solemne bendición de Jesús no era sólo para unos apóstoles en un momento preciso; era la bendición del Supremo Sacerdote que antes de entrar en el Sancta Sanctorum de la Jerusalén celeste, nos dejaba una bendición permanente para toda la Humanidad. Se va y se queda. Se va y nos deja una bendición, es decir, una “caricia permanente”.

PREGUNTAS

1.- ¿Me gusta mirar al cielo? ¿Con qué mirada? ¿Con una mirada miope, materialista, o con una mirada trascendente, cargada de emoción y de gratitud?

2.- ¿Me esfuerzo por convertir este mundo en un cielo a través de mi amor?

3.- ¿Estoy convencido de que, por encima de mi cabeza hay siempre una mirada de ternura por parte de Dios?

Este evangelio, en verso, suena así:

Jesús es glorificado
al final de su camino.
Siempre florece en espiga,
si muere el grano de trigo.
En su gloriosa Ascensión
Jesús encarna el “destino”,
que el Padre, Dios de los cielos,
reserva a todos sus hijos.
El “cuerpo vivo” mantiene
“cabeza” y “miembros” unidos.
Jesús marchó por delante
a prepararnos un sitio.
Mientras tanto, aquí en la tierra,
hemos de ser sus “testigos”,
dispuestos a dar la vida,
creyentes hasta el “martirio”.
Con la fuerza del Espíritu
queremos cumplir su envío:
“Marchar por el mundo entero
y hacer discípulos míos”.
Somos “manos” de Jesús,
sus “ojos” y sus “oídos”,
su “lengua” y su “corazón”,
siempre en acto de servicio.
Que llevemos en tu nombre,
un rayo de sol amigo
a este mundo, triste y ciego,
que está muriendo de frío.

(Compuso estos versos José Javier Pérez Benedí)

ORACIÓN DEL PAPA FRANCISCO POR UCRANIA

Tú que nos enseñaste que a la diabólica insensatez de la violencia se responde con las armas de Dios, con la oración y el ayuno, ten piedad de nosotros, aleja la guerra y demás violencias malignas y permítenos llegar a soluciones aceptables y duraderas a esta crisis, basadas no en las armas, sino en un diálogo profundo.

La Ascensión

1.- Mis queridos jóvenes lectores, por las tierras que os escribo, antiguamente, se decía: tres jueves hay en el año que relumbran más que el sol, Jueves Santo, Corpus Christi y el día de la Ascensión. En la actualidad, ninguno de los tres días es festivo laboral. Y no pasa nada. Mientras nos quede la semana, con el domingo, podremos estar tranquilos. Celebramos los cristianos el día primero de la semana o el octavo, como quieren llamarlo algunos. Y es lo más apropiado.

Quisiera que para empezar la reflexión, tratarais de olvidar cualquier representación plástica que de este misterio del Señor hayáis podido ver y que les sobra espectacularidad, más que mensaje evangélico. Para entenderlo hay que saber algo de cómo la gente de aquel tiempo imaginaba que era el mundo y lo que le rodeaba. No es hora de que me entretenga yo en daros noticia de la cosmovisión que tenían. Vosotros ya sabéis un poco como es el firmamento y las hipótesis que sobre él se hacen.

2.- La Ascensión, en realidad, es la última aparición histórica y espacial de Jesús. La localiza Lucas en la cima del Monte de los Olivos. Allí hay ahora una gran edificación. Una muralla octogonal sin techo, para que, al estar en el recinto miremos al cielo. Lamentablemente el área es propiedad musulmana, debemos pagar entrada y me dicen que solo un día al año permiten celebrar misa. Para colmo, dentro de un sencillo edículo, enseñan la huella que dejó Jesús antes de remontarse por los aires. Conozco muy bien el lugar porque he pasado bastantes días y noches a corta distancia.

Jesús, en su estancia terrenal, estaba sometido a las correspondientes dimensiones físicas. Después de la Resurrección fue necesario que los discípulos recibieran enseñanzas, de aquí que se les hiciera visible con un cuerpo espiritual, como Pablo llamará posteriormente (I Cor 15,44). Pero era preciso, para poder nosotros entrar en contacto íntimo con Él, que estuviera libre de estas ataduras. Equidistante de cualquier persona, fuera del lugar o tiempo que fuese. Al alcance de todos. En lenguaje de hoy, tal vez se nos diría, que el Señor pasó a una quinta dimensión. Como queráis.

3.- La Ascensión nos enseña esto, pero añade un mensaje, un deber, una invitación: hay que ir por todo el mundo, propagar el Evangelio, proclamar la salvación. No os negaré que, estando yo en Jerusalén, he sentido una gran emoción cuando, viendo por la ventana aquella santa montaña de los olivos, he dado la absolución a una persona que se convertía, después de una larga época de separación anímica de Dios. O en otra ocasión que fue en el mismo Calvario donde se me pidió que perdonase los pecados a un penitente. Son situaciones singulares, ya que alejado físicamente varios miles de kilómetros, o mediante el virtual espacio de Internet, predicar el evangelio es una oportunidad que no debo olvidar nunca.

Y si es este un deber primordial de nosotros los sacerdotes, pero os toca igualmente, también a vosotros, complacer a Jesús. Nuestra realidad sacerdotal, a veces, impide llegar, conectar, gozar de la confianza, que vosotros sí, podéis lograr. Cada vez que con vuestra conversación, vuestra generosidad, vuestra simpatía, comunicáis este mensaje de salvación, estáis cumpliendo con los últimos deseos del Maestro.

4.- No os preocupéis si pese a leer estas palabras repletas de exigencia, no os atrevéis a modificar vuestra vida. A los Apóstoles les pasó lo mismo. El Señor se lo previno. Continuarían un tiempo en la Ciudad. Vendría un día su Espíritu, que les henchiría de gozo y valentía. Cambiaría su existencia. La doctrina y salvación llegó hasta los confines del planeta. Os toca estar a la expectativa. ¿os acordáis de Tony, cuando canta ilusionado el «to nigh» aquella canción de West side story? Sí, tal vez sea esta noche, o mañana, cuando os llegue el amor sublime y gocéis de la felicidad que vuestro interior reclama. La Ascensión introduce en el mundo la Esperanza cierta, no pongáis ningún impedimento a dejaros impregnar de ella.

Pedrojosé Ynaraja