Lectio Divina – Viernes VII de Pascua

SIMÓN, HIJO DE JUAN, ¿ME AMAS?

1.- Introducción.

Señor, el tema de mi oración en este día, basado en tu evangelio, me llena de satisfacción porque es tu tema, tu gran tema, el tema del amor. Y yo quiero darte gracias porque has puesto el amor como fundamento del cristianismo. A pesar de ser un tema muy exigente, es lo más esencial en la vida. En un momento nos puede faltar el pan y el agua; el vino y la sal; la ropa y la vivienda; pero si tenemos amor, podemos salir adelante. Pero si nos falta el amor nos falta todo.

2.- Lectura reposada del evangelio. Juan 21, 15-19

Después de haber comido, dice Jesús a Simón Pedro: «Simón de Juan, ¿me amas más que éstos?» Le dice él: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Le dice Jesús: «Apacienta mis corderos». Vuelve a decirle por segunda vez: «Simón de Juan, ¿me amas?» Le dice él: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Le dice Jesús: «Apacienta mis ovejas». Le dice por tercera vez: «Simón de Juan, ¿me quieres?» Se entristeció Pedro de que le preguntase por tercera vez: «¿Me quieres?» y le dijo: «Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero». Le dice Jesús: «Apacienta mis ovejas. «En verdad, en verdad te digo: cuando eras joven, tú mismo te ceñías, e ibas adonde querías; pero cuando llegues a viejo, extenderás tus manos y otro te ceñirá y te llevará adonde tú no quieras». Con esto indicaba la clase de muerte con que iba a glorificar a Dios. Dicho esto, añadió: «Sígueme».

3.- Qué dice el texto bíblico.

Meditación-reflexión.

El evangelio de hoy sobre el tema del amor, me fascina y, al mismo tiempo, me entristece.  Me fascina y emociona que sea el mismo Jesús el que me pregunte personalmente a mí: ¿Me amas? Yo creo que soy sincero cuando le digo que sí, como lo era San Pedro. Y esto me produce alegría. Pero me entristece el que me lo pregunte “por tercera vez, “porque me hace recordar que “por tres veces y más de tres” yo no le he sido fiel. Y no es que yo crea que Dios quiere que recuerde mi pasado para humillarme y caminar por la vida con complejo de culpabilidad. ¡Lejos de mí pensar tal cosa de Jesús! Pero lamento – como Pedro- el haber disgustado a un Dios tan bueno y cariñoso para conmigo. Lo que Jesús exige al primer Papa no es que se doctore en teología en las escuelas bíblicas de Jerusalén, ni que aprenda lenguas o ciencias profanas. Lo que le exige es una triple confesión de amor y humildad que borre su altanería y su soberbia del pasado. “Aunque todos te nieguen, yo no”. Sólo después de esta triple profesión de amor humilde, Pedro está preparado para su misión de pastorear sus ovejas. Entonces ya estará capacitado para dar a sus ovejas “hierba tierna” que les lleve a comprender la ternura de Dios; “agua fresca”, para que la Palabra de Dios nunca se haga vieja sino que mantenga siempre su “novedad”; y, sobre todo, “compañía del Pastor” que evite la zozobra y el azoramiento cuando “llega la noche” y las ovejas tengan que atravesar las “cañadas oscuras”.

Palabra del Papa.

«¿Me amas?… Apacienta mis ovejas». Las palabras de Jesús a Pedro en el Evangelio de hoy son las primeras que os dirijo, queridos hermanos. Estas palabras nos recuerdan algo esencial. Todo ministerio pastoral nace del amor… nace del amor. […]El Evangelio llama a cada cristiano a vivir una vida de honestidad, integridad e interés por el bien común. Pero también llama a las comunidades cristianas a crear “ambientes de integridad”, redes de solidaridad que se extienden hasta abrazar y transformar la sociedad mediante su testimonio profético. (Homilía de S.S. Francisco, 16 de enero de 2015).

4.- Qué me dice hoy a mí este texto evangélico ya meditado. (Guardo silencio).

5.- Propósito. Sacar unos minutos después de comulgar para vivir sacramentalmente las ricas experiencias del salmo 23.

6.-Dios me ha hablado hoy a través de su Palabra y ahora yo le respondo con mi oración.

Señor, en el salmo 23, hay un momento en que la tercera persona del singular pasa a segunda “Tú vas conmigo”. Es el momento de cerrar el libro y guardar silencio. La doctrina pasa de la cabeza al corazón y se convierte en experiencia vivida, sentida, saboreada. Gracias, Dios mío, por este regalo de amor.

ORACIÓN DEL PAPA FRANCISCO POR UCRANIA

Tú que nos enseñaste que a la diabólica insensatez de la violencia se responde con las armas de Dios, con la oración y el ayuno, ten piedad de nosotros, aleja la guerra y demás violencias malignas y permítenos llegar a soluciones aceptables y duraderas a esta crisis, basadas no en las armas, sino en un diálogo profundo.

Comentario – Viernes VII de Pascua

Jn 21, 15-19

Puesto que ya hemos leído la Pasión según san Juan el Viernes Santo… y las apariciones de Jesús resucitado en los días de Pascua… saltamos hoy y mañana seguidamente, a las dos últimas páginas del evangelio de san Juan.

Simón, ¿me amas más que éstos?

Jesús, a las orillas del lago, acaba de comer con sus discípulos.

Simón Pedro, unas semanas antes, negó tres veces a su Maestro. Jesús le hace una pregunta: «Simón, ¿me amas? Esta misma pregunta Tú me la haces a mí. Te escucho en el silencio: «X…, ¿me amas?»

Tú esperas mi respuesta.

En la gran corriente de la Historia del mundo, de que hablan la prensa y la radio se halla esta «mi» aventura personal que se desarrolla desde «mi» fe. «¿Me amas, Tú?» No puedo refugiarme en la respuesta de los demás. Es a mí a quien concierne, soy yo el preguntado

Sí, Señor, Tú sabes…

Es así… también el Señor conoce muy bien la debilidad de Pedro. Pero Pedro apela a ese conocimiento aún más profundo que Jesús tiene de él: «¡Tú bien sabes que yo te amo!»

Apacienta mis corderos.

La intimidad de la Fe y la respuesta de amor de Pedro no se han escrito para ser saboreadas sentimentalmente sino para ser transformadas en responsabilidad.

La relación personal con Jesús, ciertamente indispensable, no es un «dúo afectivo» que se cierra sobre «los dos». Este amor es la fuente de un lanzamiento hacia los demás. Puesto que amas a Dios, sé responsable de los demás; sé su pastor… vela sobre ellos… condúceles a los verdes pastos.

Tres veces Jesús le preguntó, “¿Me amas, tú?”

Pedro se entristeció de que le preguntara por tercera vez.

La triple negación es ahora una triple pregunta. Esto es lo que evidentemente piensa Pedro. Un buen responsable en la Iglesia o en un grupo cualquiera. Ciertamente no es el que aplasta a los otros con su superioridad… es el que conoce su propia debilidad y cuenta más con la amistad de Dios que con sus propias fuerzas humanas. En la Iglesia, sobre todo, el Papado o el Episcopado deben distinguirse por esta señal: ser conscientes de sus propios límites, amar, acordarse de su propia debilidad.

El primado de Pedro, su responsabilidad sobre sus hermanos, es una carga que Cristo fe confió, y que se apoya en una «profesión de amor»: Jesús le ha pedido incluso ser superiormente amante… «¿Me amas tú, más que éstos?»

Cuando eras joven te ceñías e ibas a donde querías; cuando envejezcas, otro te ceñirá y llevará a donde no quieras.

Una última parábola de Jesús, sobre la «juventud» y la «vejez», sobre la «libertad» y la «coerción» Llega una edad en la que no puede hacerse todo lo que se quisiera. ¿Cuál es la significación, el valor de todo esto?

Jesús lo dijo indicando con qué muerte había de glorificar a Dios.

Toda coerción, todo lo que nos conduce «allá donde no quisiéramos ir», puede transformarse en «martirio», en «testimonio» de amor: valor inmenso del sufrimiento aceptado, participación en la redención universal de Jesús.

Yo te ofrezco, Señor, todas mis coerciones y limitaciones del día de hoy…

Noel Quesson
Evangelios 1

La misa del domingo

La palabra griega pentecostés, traducida literalmente, quiere decir: «fiesta del día cincuenta».

Antes de ser una fiesta cristiana, “pentecostés” se celebraba como una importante fiesta judía de origen agrícola. Los judíos la llamaban también «fiesta de las semanas» o «fiesta de las primicias» (Ver Ex 23,16; 34,22), pues en ella, siete semanas después de haberse iniciado la siega, se presentaban al Señor las primicias de los frutos cosechados. Era una fiesta de acción de gracias a Dios por las bendiciones recibidas a través de los frutos del campo. Con el tiempo se conviertió en una fiesta histórica que conmemoraba la promulgación de la Ley sobre el Sinaí. Como toda fiesta debía expresar una exultante alegría y regocijo: «En presencia de Yahveh tu Dios te regocijarás… porque Yahveh tu Dios te bendecirá en todas tus cosechas y en todas tus obras, y serás plenamente feliz.» (Ver Dt 16,9-15; Is 9,2)

San Lucas (1ª. lectura) señala que fue en esta fiesta cuando el Espíritu prometido por el Señor Jesús fue enviado sobre los Apóstoles: «Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en un mismo lugar.» Los cristianos llamamos asimismo Pentecostés a esta fiesta, porque el envío del Espíritu sobre todos los apóstoles reunidos en torno a Santa María tuvo lugar cincuenta días después de la Resurrección del Señor Jesús.

De este modo se establece una íntima relación entre uno y otro acontecimiento: el don del Espíritu al hombre es la primicia de la cosecha, el fruto precioso de la Pascua. Este Don divino realiza la nueva creación, es Don para la reconciliación del ser humano, para el perdón de sus pecados, para su transformación interior, para su conformación con el Hijo, para que con un nuevo corazón (Ver Ez 36,26) pueda amar como Cristo mismo, con sus mismos amores: al Padre en el Espíritu, a María su Madre y a todos los hermanos humanos.

La Primicia de la Pascua, el don del Espíritu, había sido entregado a sus discípulos ya la primera vez en que el Señor resucitado se aparecía en medio de ellos (Evangelio). En aquella ocasión el Señor solemnemente los hizo partícipes de su misión: «Como el Padre me envió, también yo os envío». Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.» El Espíritu, Don del Padre y del Hijo, es fruto de la Muerte y Resurrección del Señor. Los ministros del Señor, revestidos con este poder de lo Alto, son los llamados a llevar los frutos de su obra reconciliadora a toda la humanidad.

Esta misión la confiaba definitivamente a Su Iglesia antes de ascender al Cielo, cuando dijo a sus Apóstoles: «Id por todo el mundo» (Mc 16, 15) y «haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28, 1920). Son palabras de envío las últimas palabras que el Señor dirige a sus apóstoles antes de desaparecer definitivamente de su vista.

Para poder llevar a cabo esta fundamental misión el Señor antes de su Ascensión había dado a los Once instrucciones precisas de que esperaran en Jerusalén el Don de lo Alto. Les dijo: «Recibiréis la fuerza (dynamis) del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra» (Hech 1, 5.8; ver Lc 24,49). Esta dynamis o fuerza prometida por el Señor los trasformará en valientes y audaces apóstoles y testigos del Señor, así como en Maestros de la verdad que Él es y ha enseñado. Los apóstoles no podrían cumplir con esta misión, que excede absolutamente a sus solas fuerzas y capacidades, mientras no recibieran esta “fuerza de lo Alto”.

Según sus instrucciones permanecieron en Jerusalén, reunidos en el Cenáculo, perseverando en la oración en compañía de Santa María, hasta que llegó el día en que «vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se repartían posándose encima de cada uno. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas extranjeras, cada uno en la lengua que el Espíritu le sugería» (Hech 2, 24). El Espíritu Santo se presenta así como el gran protagonista de la evangelización.

Y si antes la diversidad de lenguas había dividido a los hombres (Ver Gen 11,1-9), ahora el don del Espíritu permitía que quienes hablaban diversas lenguas escuchasen proclamar a los apóstoles las maravillas de Dios en su propia lengua. El Espíritu Santo es el Don que reconcilia, que une en una misma comunión y en un mismo Cuerpo a quienes lo reciben y son tan diversos entre sí. (2ª. lectura)

LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

«He venido a arrojar un fuego sobre la tierra y ¡cuánto desearía que ya estuviera encendido!» (Lc 12,49). Son éstas las palabras que pronunció el Señor en la perspectiva de su próxima pasión, muerte y resurrección. ¿Y cuál sería ese fuego que quería arrojar sobre la tierra, sino el de su Espíritu, el Fuego del Divino Amor? Sí, ¡con ese Fuego es que se encienden y arden los corazones en el amor a Dios y a los hermanos humanos con el mismo amor de Cristo!

¿Y cómo este Don llega a encender nuestros corazones? ¿No es por la predicación? En efecto, es por eso que San Francisco de Sales escribía en su prólogo al Tratado de amor a Dios que cuando el Señor Jesús «quiso dar comienzo a la predicación de su Ley, envió sobre los discípulos reunidos, que Él había escogido para este ministerio, lenguas de fuego, mostrando de este modo que la predicación evangélica estaba enteramente destinada a poner fuego en los corazones». Esa es la experiencia de los discípulos de Emaús, que luego de reconocer al Señor en la fracción del Pan, se dijeron uno a otro: «¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?» (Lc 24,32).

Así, pues, es por la predicación evangélica por la que se enciende este fuego en los corazones. Y del mismo modo, los discípulos reciben estas como lenguas de fuego, para que ellos mismos con la santa predicación pudiesen seguir el insigne ejemplo del Maestro, que explicando las Escrituras y lo que ellas referían sobre su Persona, dejó ardiendo con este fuego santo los corazones de sus discípulos.

En Pentecostés los discípulos recibieron en forma de leguas de fuego este Don e inmediatamente, inflamados por el ardor apostólico, se pusieron a predicar con ‘parresía’ la Buena Nueva que había de encender el mundo entero. ¡A nosotros nos toca hoy implorar y acoger ese Don divino! ¡A nosotros nos toca hoy dejarnos inflamar con ese Amor que es derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo (Ver Rom 5,5), para que ardiendo de celo por el Evangelio nos dispongamos a transformar los corazones humanos con solo tocarlos con esas como “llamas en forma de lenguas de fuego”!

¡Es hora de evangelizar con nuevo entusiasmo y ardor, con empeño y constancia, sin miedo ni temor!

Mas en este empeño por evangelizar no podemos dejar de lado jamás una verdad esencial: Nadie da lo que no tiene. Si el fuego del Espíritu no arde en mi corazón, ¿cómo voy a encender otros corazones? Mi primer “campo de apostolado” soy yo mismo, por tanto, debo preocuparme seriamente por tener una vida espiritual intensa, una vida de intensa relación con el Espíritu, condición sin la cual no podrá arder en mi corazón ese fuego que me impulsa al apostolado valiente y audaz. ¡No descuidemos nuestra oración diaria y perseverante! ¡No dejemos de lado la lectura y meditación de la Sagrada Escritura, especialmente de las palabras y vida del Señor Jesús! ¡No dejemos de visitar al Señor en el Santísimo! ¡No dejemos de participar de su sacrificio reconciliador cada Domingo en la Santa Misa! ¡No dejemos de crecer en nuestro amor filial a Santa María, para que en unión de oración con Ella tengamos las necesarias disposiciones para poder acoger al Espíritu en nosotros!

Yo espero

Yo espero
que venga lo nuevo y novedoso
con el mismo ímpetu, por lo menos,
con que viene lo que ya conocemos
y que alguna vez nos ha tocado
en lo más íntimo
dejándonos heridos e insatisfechos
y con el espíritu en vilo.

Y espero,
cada vez con más ahínco y fe,
que no surja de nuestros estériles proyectos,
ni de nuestros evasivos sueños,
ni de nuestros recuerdos,
ni de nuestro vientre yermo,
ni de nuestros defendidos derechos…,
sino de tus entrañas y gracia,
o de las nuestras cubiertas por tu Espíritu.

Yo espero que venga,
gratuitamente, sobre todos,
sin distinción de credos,
de razas y pueblos,
de culturas y sexo…
tu Espíritu y gracia de nuevo…

Florentino Ulibarri

Comentario al evangelio – Viernes VII de Pascua

No se si han tenido la ocasion de leer el libro titulado “El sanador herido” de Henry Nouwen. De sus páginas se desprende que toda persona que asume un servicio o una misión en medio del pueblo cristiano no lo podrá hacer con autenticidad y total generosidad sino o hace a partir del sincero reconocimiento de sus propios límites y pecados, que lo coloca en comunión con sus hermanos y lo abre a la experiencia sanadora del amor de Dios. Esta experiencia es una nueva llamada vocacional que capacita para la misión de transmitir ese mismo amor a los hermanos.

En el evangelio de hoy vemos a Jesús resucitado que se acerca a Pedro, a quien ya había encargado la misión de confirmar a sus hermanos en la fe, pero, esta vez, le hace una nueva llamada. Parecería que no era necesario que Jesús encargue nuevamente la misión a Pedro, pero Jesús sí lo ve conveniente. Jesús sabe que la dura y amarga experiencia de la negación ha herido el corazón de Pedro y que quizá la culpabilidad, el sentimiento de indignidad o el temor a no ser capaz de superar esta fragilidad, pueden dejar alicaído a su apóstol sin permitirle vivir la misión con la alegría y la generosidad propias del testigo. Por eso, le pregunta tres veces sobre su amor, es decir, le recuerda, terapéuticamente, que el amor es lo único que puede curar la infidelidad de las negaciones y que el amor es lo único que capacita para asumir una misión en su nombre.

Lo mismo nos puede pasar a cada uno de nosotros. Cuántas veces realizamos la misión encomendada con el lastre de la culpabilidad por nuestros errores, del escepticismo de nuestras capacidades y del temor de no poder superar nuestras fragilidades. Esta fuerza negativa nos puede hundir en el cumplimiento rutinario del funcionario, en la amargura del frustrado o en la superficialidad del insensato. Jesús no quiere que nos pase esto, por eso, nos busca, como a Pedro, y nos vuelve a llamar, nos pregunta las veces que sean necesarias sobre nuestro amor porque sabe que sólo cuando contactamos de verdad con esa fuerza misteriosa que nos habita podemos ser completamente sinceros para reconocer nuestros errores y para acoger su amor que nos convierte y nos lanza renovados a la misión.

El texto de hoy termina con un “Sígueme” nuevo y firme, se trata de una nueva llamada, a la que Pedro responde desde la sencillez de quien se sabe débil, pero desde la seguridad del amor de su Señor, por eso, Pedro fue un buen pastor que también dio la vida en cruz por las ovejas de su Señor.

Ciudad Redonda

Meditación – San Carlos Luanga

Hoy celebramos la memoria de san Carlos Luanga y compañeros mártires.

La lectura de hoy es del evangelio de Mateo (Mt 5, 1-12a):

En aquel tiempo, viendo Jesús la muchedumbre, subió al monte, se sentó, y sus discípulos se le acercaron. Y tomando la palabra, les enseñaba diciendo: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos».

Hoy celebramos el recuerdo de los mártires de Uganda: san Carlos Luanga y compañeros, muertos entre 1885 y 1887 per el encarnizamiento del rey Mwanga, por odio a la fe que profesaban en Jesús y porque no querían acceder a los deseos impúdicos del rey. Murieron veintidós católicos: el más joven de ellos, san Kizito, de doce años. También había una veintena de anglicanos. Fue un martirio muy ecuménico. Mientras estaban presos, san Carlos Luanga los animaba a ser fieles, fortaleciéndolos con la fe y en el amor a Jesús. El primero en morir, José Balikuddembe, dijo al verdugo: «Dile al rey, que morimos injustamente, pero que lo perdonamos; y que se arrepienta».

Namungongo, con la catedral dedicada a los mártires, es el símbolo de las iglesias cristianas ugandesas, y no solamente de la católica, fecundadas con la sangre de los mártires.1

Las bienaventuranzas que meditamos hoy, encajan muy bien con los mártires, pero sobre todo la que dice: «Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos» (Mt 5,10). Los mártires de Uganda fueron perseguidos y martirizados “por ser justos”. Su justicia y santidad eran un revulsivo para los injustos. También aquella otra: «Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios» (Mt 5,8). La pureza de corazón otorga capacidad contemplativa.

El Papa ha insistido frecuentemente en que la Iglesia tiene más necesidad de testimonios que de maestros. Los mártires son testimonios por definición, ya que la palabra “mártir” significa “testimonio”. Los mártires de Uganda han sido auténticos testimonios de Jesús, sin miedo ni vergüenza, aunque esto les acarreara la muerte. Son, así, un ejemplo para el mundo de hoy, poco dado a arriesgar la propia vida por la causa del Reino.

En la medida en que damos testimonio de Jesús, somos también “mártires”, si no es derramando la sangre, sí que por la valentía de arriesgar la vida por la fe en Él.

+ Fray Josep Mª MASSANA i Mola OFM

Liturgia – San Carlos Luanga y compañeros

SANTOS CARLOS LUANGA y compañeros, mártires, memoria obligatoria

Misa de la memoria (rojo)

Misal: Antífonas y oraciones propias. Prefacio común o de la memoria.

Leccionario: Vol. II

  • Hch 25, 13b-21. De un tal Jesús, ya muerto, que Pablo sostiene que está vivo.
  • Sal 102. El Señor puso en el cielo su trono.
  • Jn 21, 15-19. Apacienta mis corderos, pastorea mis ovejas.

O bien: cf. vol. IV


Antífona de entrada          Cf. Sab 3, 6-7. 9
El Señor probó a los elegidos como oro en el crisol, y los aceptó como sacrificio de holocausto; en el día del juicio resplandecerán porque la gracia y la misericordia son para los elegidos de Dios

Monición de entrada y acto penitencial
Celebramos hoy la memoria de los santos mártires Carlos Luanga y de sus compañeros. A finales del siglo XIX, en los comienzos de la evangelización de Uganda, apenas transcurridos siete años desde la llegada de los primeros misioneros cristianos a aquellas tierras, un centenar de cristianos, católicos y anglicanos, fueron torturados y asesinados, o con Cristo para ser glorificados con él. El papa Pablo VI los declaró santos; entre ellos sobresalen Carlos Luanga -patrono de la juventud africana de raza negra- y Matías Mulumba.

Yo confieso…

Oración colecta
OH, Dios,
tú has hecho que la sangre de los mártires
fuese semilla de cristianos,
concédenos, por tu bondad, que el campo de tu Iglesia,
regado por la sangre de los santos Carlos Luanga y compañeros,
sea fecundo en abundante cosecha para ti.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Oración de los fieles
Jesucristo, intercede por nosotros ante el Padre, para que derrame sobre su Iglesia y sobre el mundo al Espíritu Santo consolador. Oremos pues, en su nombre, diciendo:
R. Te lo pedimos, Señor.

1.- Para que envíe al Espíritu sobre el papa, sucesor de Pedro, y sobre todos los pastores de la Iglesia. Oremos.

2.- Para que envíe sobre todos los hombres su Espíritu de fortaleza y paciencia, de fidelidad y constancia, de alegría y esperanza. Oremos.

3.- Para que ilumine con la luz del Espíritu las mentes de los gobernantes y mueva sus corazones en la búsqueda sincera del bien. Oremos.

4.- Para que todos nosotros estemos abiertos a recibir al Espíritu y a ser en el mundo testigos de la resurrección de Cristo. Oremos.

Te lo pedimos, Padre, en nombre y por intercesión de tu Hijo, que vive y reina contigo y el Espíritu Santo por los siglos de los siglos.

Oración sobre las ofrendas
TE ofrecemos, Señor, estos dones
y te suplicamos humildemente
que, así como concediste a los santos mártires
morir antes que pecar,
nos concedas servir a tu altar
consagrados tan solo a ti.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Antífona de comunión          Cf. Sal 115, 15
Es preciosa a los ojos del Señor la muerte de sus santos

Oración después de la comunión
RECORDANDO la victoria de tus santos mártires,
hemos recibido, Señor, los sacramentos divinos;
te pedimos que,
así como a ellos, les llevaron a soportar los suplicios,
nos den a nosotros constancia en la fe
y amor en las adversidades.
Por Jesucristo, nuestro Señor.