La llegada del Espíritu

1.- Jesús se ha marchado. Ha ido al cielo. Y en su lugar, envía al abogado, al Paráclito, al Espíritu. Este Espíritu de Dios va a cambiar profundamente a los Apóstoles y va poner en marcha –a gran velocidad– a la naciente Iglesia. Y ese va a ser el gran milagro de la Redención, superior –si se nos permite– a los grandes signos que el Señor Jesús realizó sobre la faz de la Tierra. Unos cuantos jóvenes temerosos, que habían asistido –desperdigados– a la ejecución de Jesús, asisten, todavía, llenos de dudas al prodigio de la Resurrección y de la contemplación del Cuerpo Glorioso.

Van a preguntar a Jesús, todavía –lo leíamos el domingo pasado–, «si va a restablecer el Reino de Israel». No se percatan de la grandeza de su misión, ni de lo que significa la Resurrección de Jesús. El Espíritu va a cambiarlos, profunda y radicalmente. Y así, de manera maravillosa, va a comenzar la Iglesia su andadura. Y cómo llama la atención el efecto del Espíritu Santo que inundó a los primeros discípulos y que narran los Evangelios, los Hechos de los Apóstoles y las Cartas de Pablo. Lucidez, entrega, valentía, amor, exhiben los Apóstoles en esos primeros momentos.

2.- Puede decirse que ya, en un momento de nuestra conversión, tenemos todos los conceptos básicos en nuestra mente. Y poco a poco esos conceptos se van haciendo más claros para situarse en la realidad de nuestros días, pero también en lo más profundo de nuestro espíritu. Hay percepciones muy interesantes y «explicaciones» internas a muchas dudas. Existe pues una ayuda exterior, clara e inequívoca que marca esa presencia del Espíritu Santo. El Espíritu Santo nos renueva por dentro y por fuera. Está cerca de nosotros y lo único que tenemos que hacer es dejarle sitio en nuestra alma, en nuestro corazón.

También, la promesa de la renovación de la faz de la tierra es importante. En estos tiempos en los que la mayoría del genero humano ha aprendido a ser ecologista, si que se le podía pedir al Espíritu que renovara la faz del planeta para terminar con toda contaminación y agresión. Contaminar es sucio –lo contrario a puro– y agredir es violencia, lo opuesto al sentido amoroso de la paz que nos comunica el mensaje de Cristo. El Día de Pentecostés es la jornada de la renovación, de la mejora, del entendimiento y tiene que significar un paso más en la calidad de nuestra conversión. El, el Espíritu nos ayuda. Y debemos oírle y sentirle, uno a uno; no solo en las celebraciones comunitarias en las misas de hoy, si no en nuestro interior.

3.- La Iglesia celebra una Vigilia de Pentecostés que es preciosa por sus contenidos litúrgicos y de la Palabra. Aunque menos celebrada que la Vigilia de Pascua, pero no por eso menos interesante. Hay asimismo una gran similitud con las lecturas de la Misa del Domingo que es la que estamos comentando. Aparece la Secuencia del Espíritu, texto maravilloso, utilizado también como himno en la Liturgia de las Horas y que es, sin duda, una de las composiciones litúrgicas más bellas que se conocen. El relato de los Hechos de los Apóstoles es de una belleza y plasticidad singulares, el viento recio, las lenguas como de fuego, la capacidad para hacerse entender en diversas lenguas e, incluso, el comentario asombrado de quienes escuchan. Y es que el prodigio acaba de comenzar y este prodigio continúa vivo. El Espíritu Santo mantiene la actividad de la Iglesia y nuestro propio esfuerzo de santificación o de evangelización. La respuesta al salmo es también de una gran belleza y portadora de esperanza: «Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra». La faz de la tierra tiene que ser renovada en estos días malos. San Pablo va a definir de manera magistral que hay muchos dones, muchos servicios muchas funciones, pero un solo Espíritu, un mismo Señor y un mismo Dios. Es una gran definición Trinitaria enmarcada en la vida de la Iglesia. El Evangelio de San Juan nos completa el relato.

Será Cristo resucitado quien abra a los Apóstoles el camino del Espíritu. Les dice: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos». Y se muestra, asimismo, la capacidad de la Iglesia para el perdón de los pecados. Cristo acaba de instituir el Sacramento de la Penitencia. El camino, pues, de la Iglesia queda abierto. La labor corredentora de los Apóstoles y de sus sucesores está en marcha.

Ángel Gómez Escorial

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Comentario – Domingo de Pentecostés

Pentecostés es el cumplimiento de la promesa del envío y donación del Espíritu Santo, el Don del Padre y el Hijo a la humanidad, don entre sus dones espléndido, pues en él se encierran todos los dones divinos, incluido el don del Hijo. San Pablo, hablando del Hijo, nos dice que Dios nos lo ha dado todo con él. Es cierto, pero esta donación se consuma con la entrega del Espíritu Santo, que es también su Espíritu y cuya vida y misión no pueden concebirse sin él, puesto que él mismo es el Ungido del Espíritu. Por eso, podrá exhalar su aliento sobre sus discípulos y decir: Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.

La eficacia de semejante acción sólo se entiende si se dispone realmente de la fuerza del Espíritu divino. Luego el don del Hijo a la humanidad no se hace propiamente don para cada uno de nosotros hasta que no nos es dado el Espíritu Santo en nuestro particular Pentecostés. Ello pone de relieve que Pentecostés es también culminación de la Encarnación y de la Pascua. La misión de Cristo culmina con el envío del Espíritu Santo, que será quien prolongue y lleve a término esta misión con la colaboración de sus testigos.

Enviado el Espíritu Santo, ya no cabe enviar a nadie más desde el Padre. Sólo queda dejar trabajar al Espíritu en nosotros y en el mundo. Tal es nuestra tarea en cuanto cristianos, esto es, en cuanto ungidos del mismo Espíritu de Cristo. Y no es una tarea de poca monta, puesto que implica la transformación de ese mundo al que pertenecemos conforme a los designios de Dios Padre.

Pentecostés es la fiesta del Espíritu, porque el Espíritu fue enviado históricamente el día de Pentecostés, un día ya conmemorativo en la tradición judaica, dado que los judíos recordaban en este día otro don divino, la entrega de las tablas de la Ley a Moisés en el monte Sinaí. Tratándose de dones de procedencia divina, no es extraño que Lucas haga coincidir esta fecha con la entrega del Espíritu Santo, el don más espléndido entre los dones del cielo, a su Iglesia, o mejor, a ese grupo de seguidores de Jesús que empieza a ser Iglesia precisamente por la recepción del Espíritu.

Es este mismo Espíritu el que transforma esa congregación de seguidores en Iglesia o Asamblea cristiana, convirtiéndose en alma de la misma, puesto que pasa a ser el elemento vitalizante, cohesionante y fecundante del organismo que sostiene. Pentecostés significó en su día, por tanto, la puesta en marcha de la Iglesia. Y el primer acto de esta Iglesia así constituida, en acto, por la fuerza del Espíritu fue un acto misionero.

Así lo describe el libro de los Hechos: un hablar en voz alta de las maravillas de Dios en todos los idiomas, es decir, un hablar para que se oiga en todas partes, un hablar con destino universal de Dios y de sus planes salvíficos, un hablar referido a Dios y a sus maravillosas acciones en favor de esa humanidad doliente, desesperanzada, resignada a su destino mortal, acciones que alcanzan su cima en la resurrección de Jesús y su triunfo sobre la muerte misma. Con este anuncio misionero (kerigma) los apóstoles, inflamados por el Espíritu del Resucitado, estaban poniendo en práctica el mandato de su Maestro y Salvador: Id por todo el mundo y proclamad el evangelio.

El Espíritu, por tanto, no venía a deshacer lo hecho por Jesús, sino a continuarlo y completarlo, a llevarlo a término. Ésta es fundamentalmente la labor del Espíritu de Pentecostés, llevar a término la obra culminada por Jesús en el Calvario y en la Ascensión en con su Iglesia. Porque el Espíritu ni actúa por cuenta propia, ni actúa por sí solo, sino por medio de aquellos en los que opera y por los que se hace presente, es decir, por medio de aquellos (ungidos) a los que ilumina con su luz, fecunda con su vida, enardece con su fuego, mueve con su fuerza, da vigor y consistencia con su energía, unifica con sus vínculos.

Entre estos se encuentran apóstoles, mártires, vírgenes, santos en los que se deja ver con extrema claridad el amor que fructifica en frutos de vida cristiana, frutos de variados sabores y colores, pero que tienen una única fuente de energía, ese Espíritu, el Amor de Dios, que fue derramado en sus corazones.

Al Espíritu, siendo persona divina, se le suele comparar con realidades impersonales como el agua, la luz, el aceite, el fuego, el viento. Se hace así, seguramente, por los efectos que provoca su actuación y que tienen tanto que ver con los efectos generados por estos elementos de la naturaleza en el plano físico, efectos como la limpieza, la luminosidad, la lubricación, la inflamación o el empuje. Tales son también los efectos del Espíritu en su plano o dimensión espiritual.

Sucede, además, que el Espíritu actúa como espíritu o fuerza interior, con esa energía que no se ve, pero que se hace notar cuando se activa, porque provoca efectos notorios, acciones heroicas, grandes empresas, cambios inusitados, hazañas inimaginables; pero en todo esto obra tan de incógnito que cede todo el protagonismo histórico a esos humanos a quienes proporciona su fuerza y su luz, pues él es la luz con la que los “espirituales” ven la realidad del mundo revestido de sombras y de luces y la energía o la levadura con la que se disponen a transformarlo una vez que ellos han quedado transformados; él es también el fuego que inflama de entusiasmo y de ardor apostólico los corazones de los que emprenden la tarea de la misión después de haberles purificado de sus apegos y desligado de sus ataduras de origen; él es, finalmente, la fuerza (viento, aceite) que mantiene en la brecha a sus trabajadores rechazando tentaciones de desánimo y deserción en medio de las acometidas que les tiene reservado el combate de la vida.

El Espíritu es, pues, el que dentro de nosotros hace que hagamos la voluntad de Dios, hace que continuemos la misión de Cristo en el mundo, hace que veamos la vida con ojos de fe y de esperanza, hace que amemos como él nos amó, hace de nosotros, ungidos por él, otros Cristos. Pero lo hace en nosotros desde nosotros, sin aniquilar nuestra naturaleza, sin despotenciarnos, sin arrebatarnos nuestra voluntad y nuestro entendimiento, sino más bien solicitando de nosotros poner a su disposición esas potencias para dejarle obrar en ellas, de modo que pueda incrementar su capacidad visual y su fuerza volitiva para la ejecución de obras buenas u obras conformes a la voluntad de Dios.

Tales efectos no son otra cosa que la luz que permite a nuestro entendimiento ver el bien que está más allá de la apariencia de mal o la vida que está más allá de la muerte, y la atracción amorosa que permite a nuestra voluntad apetecer el bien que está más allá de sus simples apariencias.

Tal es el Espíritu recibido por los apóstoles el día de Pentecostés y por nosotros el día de nuestros pentecostés, a comenzar por el bautismo, la confirmación y demás momentos sacramentales y a continuar por esta celebración anual en que la liturgia actualiza para nosotros la presencia y recepción de este Don, un Espíritu de sabiduría, entendimiento y ciencia, un Espíritu de fortaleza, piedad y temor de Dios, pues tales son los dones en los que se vierte este Don, de modo que donde haya un hombre de Espíritu (= un santo) allí encontraremos a un hombre sabio, fuerte, piadoso, temeroso de Dios; y lo encontraremos dando frutos, evidentemente los frutos del Espíritu, de los que ya hace mención el gran apóstol, el amor, la alegría, la paz, la comprensión, la servicialidad, la amabilidad, la lealtad, el dominio de sí.

Bebamos, pues, de este “agua” salutífera, el Espíritu, para dar los “frutos” en los que se concentra y se expande la vida de Dios en nosotros. ¡Feliz Pentecostés!

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

I Vísperas – Domingo de Pentecostés

I VÍSPERAS

SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS

INVOCACIÓN INICIAL

V./ Dios mío, ven en mi auxilio
R./ Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Ven, Espíritu divino,
manda tu luz desde el cielo.
Padre amoroso del pobre;
don, en tus dones espléndido;
luz que penetra las almas;
fuente del mayor consuelo.

Ven, dulce huésped del alma,
descanso de nuestro esfuerzo,
tregua en el duro trabajo,
brisa en las horas de fuego,
gozo que enjuga las lágrimas
y reconforta en los duelos.

Entra hasta el fondo del alma,
divina luz, y enriquécenos.
Mira el vacío del hombre,
si tú le faltas por dentro;
mira el poder del pecado,
cuando no envías tu aliento.

Riega la tierra en sequía,
sana el corazón enfermo,
lava las manchas, infunde
calor de vida en el hielo,
doma el espíritu indómito,
guía al que tuerce el sendero.

Reparte tus siete dones,
según la fe de tus siervos;
por tu bondad y tu gracia,
dale al esfuerzo su mérito;
salva al que busca salvarse
y danos tu gozo eterno. Amén.

SALMO 112: ALABADO SEA EL NOMBRE DEL SEÑOR

Ant. Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar. Aleluya.

Alabad, siervos del Señor,
alabad el nombre del Señor.
Bendito sea el nombre del Señor,
ahora y por siempre:
de la salida del sol hasta su ocaso,
alabado sea el nombre del Señor.

El Señor se eleva sobre todos los pueblos,
su gloria sobre los cielos.
¿Quién como el Señor, Dios nuestro,
que se eleva en su trono
y se abaja para mirar
al cielo y a la tierra?

Levanta del polvo al desvalido,
alza de la basura al pobre,
para sentarlo con los príncipes,
los príncipes de su pueblo;
a la estéril le da un puesto en la casa,
como madre feliz de hijos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar. Aleluya.

SALMO 146

Ant. Los apóstoles vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se repartían, y se posó encima de cada uno el Espíritu Santo. Aleluya.

Alabad al Señor, que la música es buena;
nuestro Dios merece una alabanza armoniosa.

El Señor reconstruye Jerusalén,
reúne a los deportados de Israel;
él sana los corazones destrozados,
venda sus heridas.

Cuenta el número de las estrellas,
a cada una la llama por su nombre.
Nuestro Señor es grande y poderoso,
su sabiduría no tiene medida.
El Señor sostiene a los humildes,
humilla hasta el polvo a los malvados.

Entonad la acción de gracias al Señor,
tocad la cítara para nuestro Dios,
que cubre el cielo de nubes,
preparando la lluvia para la tierra;

que hace brotar hierba en los montes,
para los que sirven al hombre;
que da su alimento al ganado
y a las crías de cuervo que graznan.

No aprecia el vigor de los caballos,
no estima los jarretes del hombre:
el Señor aprecia a sus fieles,
que confían en su misericordia.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Los apóstoles vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se repartían, y se posó encima de cada uno el Espíritu Santo. Aleluya.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: HIMNO DE ADORACIÓN

Ant. El Espíritu que procede del Padre, él me glorificará. Aleluya.

Grandes y maravillosas son tus obras,
Señor, Dios omnipotente,
justos y verdaderos tus caminos,
¡oh Rey de los siglos!

¿Quién no temerá, Señor,
y glorificará tu nombre?
Porque tú solo eres santo,
porque vendrán todas las naciones
y se postrarán en tu acatamiento,
porque tus juicios se hicieron manifiestos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El Espíritu que procede del Padre, él me glorificará. Aleluya.

LECTURA: Rm 8, 11

Si el Espíritu de Dios, que resucitó a Jesús de entre los muertos, habita en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en vosotros.

RESPONSORIO BREVE

R/ El Espíritu Santo. Aleluya, aleluya.
V/ El Espíritu Santo. Aleluya, aleluya.

R/ Será quien os lo enseñe todo.
V/ Aleluya, aleluya.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ El Espíritu Santo. Aleluya, aleluya.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos la llama de tu amor, tú que congregaste a los pueblos de todas las lenguas en la confesión de una sola fe. Aleluya.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos la llama de tu amor, tú que congregaste a los pueblos de todas las lenguas en la confesión de una sola fe. Aleluya.

PRECES

Celebremos la gloria de Dios, quien, al llegar a su término en Pentecostés los cincuenta días de Pascua, llenó a los apóstoles del Espíritu Santo y, con ánimo gozoso y confiado, supliquémosle, diciendo:

Envía tu Espíritu Señor, y renueva el mundo.

Tú que al principio creaste el cielo y la tierra y, al llegar el momento culminante, recapitulaste en Cristo todas las cosas,
— por tu Espíritu renueva la faz de la tierra y conduce a los hombres a la salvación.

Tú que soplaste un aliento de vida en el rostro de Adán,
— envía tu Espíritu a la Iglesia, para que, vivificada y rejuvenecida, comunique tu vida al mundo.

Ilumina a todos los hombres con la luz de tu Espíritu y disipa las tinieblas de nuestro mundo,
— para que el odio se convierta en amor, el sufrimiento en gozo y la guerra en paz.

Fecunda el mundo con tu Espíritu, agua viva que mana del costado de Cristo,
— para que la tierra entera se vea libre de las espinas de todo mal.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Tú que por obra del Espíritu Santo conduces sin cesar a los hombres a la vida eterna,
— dígnate llevar, por este mismo Espíritu, a los difuntos al gozo eterno de tu presencia.

Llenos de fe, invoquemos juntos al Padre común, repitiendo la oración que Jesús nos enseñó:
Padre nuestro…

ORACION

Dios todopoderoso, concédenos conservar siempre en nuestra vida y en nuestras costumbres la alegría de estas fiestas de Pascua que nos disponemos a clausurar. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Sábado VII de Pascua

Este es el discípulo a quien Jesús tanto quería

1.- Oración Introductoria.

Señor, te agradezco que los evangelios nos hayan llegado sin maquillar. Aquí aparece una pequeña pugna entre Pedro y Juan. A Pedro le molesta un poco la situación privilegiada de Juan y le pregunta al Maestro: ¿Y este qué? Y Jesús con todo cariño le responde: “Y eso a ti, ¿qué te importa?” A Pedro no le molestó esta respuesta porque sabe todo el amor que Jesús  le tiene también a él. Haz, Señor, que yo respete siempre a mis hermanos con sus cualidades y singularidades. Y esto sólo lo podré conseguir si hay verdadero amor por medio.

2.-Lectura reposada del evangelio. Juan 21, 20-25

En aquel tiempo dijo Jesús a Pedro: Sígueme. Pedro entonces, volviéndose, vio que los seguía el discípulo a quien Jesús tanto quería el mismo que en la cena se había recostado en su pecho y le había dicho: Señor, ¿quién es el que te va a entregar? Al verlo, Pedro dice a Jesús: Señor, y éste, ¿qué? Jesús le respondió: Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿qué te importa? Tú, sígueme. Corrió, pues, entre los hermanos la voz de que este discípulo no moriría. Pero Jesús no había dicho a Pedro: No morirá, sino: Si quiero que se quede hasta que yo venga. Este es el discípulo que da testimonio de estas cosas y que las ha escrito, y nosotros sabemos que su testimonio es verdadero. Hay además otras muchas cosas que hizo Jesús. Si se escribieran una por una, pienso que ni todo el mundo bastaría para contener los libros que se escribieran.

3.- Qué dice el texto bíblico.

Meditación-reflexión

Siempre he sentido una santa envidia por el evangelista Juan. Ha sido tan querido, tan agraciado por Jesús, que, en vez de nombrarse por su nombre, prefiere ser conocido por la experiencia de vida que ha mantenido con Él.  Este es el discípulo “a quien Jesús tanto quería”. Y prueba exquisita de ese amor fue el que, en la Cena, “reposó su cabeza sobre el pecho de Jesús”. Y ¿qué descubrió allí? Es algo que nunca podemos saber. Pero sí podemos adivinar. El evangelista nos dice que: “Hay además otras muchas cosas que hizo Jesús y que si se escribieran todas, no cabrían los libros en este mundo”. ¿No nos está diciendo el evangelista que la vida tan rica y maravillosa de Jesús no puede encerrase  en libros? Esto es muy importante a la hora de abordar  un texto bíblico. No debo nunca situarme sobre él con idea de poseerlo y dominarlo  a base de estudiarlo con minuciosidad. Debo dejarle a él el protagonismo y yo dejo que el mismo texto me hable, me sugiera, me interpele y me lance a nuevos horizontes. Y así la palabra de Dios me lleva a lo inabarcable, a lo desconocido, al Misterio.  Y de esta manera, la Palabra de Dios me hace crecer cada día. Por eso no debemos decir sino lo que nos sugiere el Espíritu de verdad que está en nosotros. No demos un evangelio escrito, sino un evangelio vivido, gustado, hecho vida en nosotros.

Palabra del Papa

“El amor de Jesús debe ser suficiente para Pedro. Él no debe ceder a la tentación de la curiosidad, de la envidia, como cuando, al ver a Juan cerca de allí, preguntó a Jesús: “Señor, y éste, ¿qué?”. Pero Jesús, frente a estas tentaciones, le respondió: “¿A ti qué? Tú, sígueme”. Esta experiencia de Pedro es un mensaje importante también para nosotros, queridos hermanos. El Señor repite hoy, a mí, a ustedes y a todos los Pastores: “Sígueme”. No pierdas tiempo en preguntas o chismes inútiles; no te entretengas en lo secundario, sino mira a lo esencial y sígueme. Sígueme a pesar de las dificultades. Sígueme en la predicación del Evangelio. Sígueme en el testimonio de una vida que corresponda al don de la gracia del Bautismo. Sígueme en el hablar de mí a aquellos con los que vives, día tras día, en el esfuerzo del trabajo, del diálogo y de la amistad. Sígueme en el anuncio del Evangelio a todos, especialmente a los últimos, para que a nadie le falte la Palabra de vida, que libera de todo miedo y da confianza en la fidelidad de Dios. Tú, sígueme”. (Homilía de S.S. Francisco, 29 de junio de 2014).

4.- Qué me dice hoy a mí este texto ya meditado. (Guardo silencio)

5.- Propósito. Iré hoy a un texto bíblico, guardaré silencio, y dejaré que el texto me hable.

6.- Dios me ha hablado hoy a través de su Palabra y ahora yo le respondo con mi oración.

Gracias, Dios mío, por todo lo que me has enseñado en este día. Yo sé que el evangelio de Juan es muy profundo porque el discípulo que lo escribió “descansó su cabeza sobre el pecho de Jesús” y descubrió allí la profundidad de sus palabras y sus hechos.  Este evangelio no ha sido escrito para personas superficiales, para personas que no se toman en serio el mandamiento del amor. Envía, Señor tu Espíritu para que dé profundidad a mi vida.

ORACIÓN DEL PAPA FRANCISCO POR UCRANIA

Tú que nos enseñaste que a la diabólica insensatez de la violencia se responde con las armas de Dios, con la oración y el ayuno, ten piedad de nosotros, aleja la guerra y demás violencias malignas y permítenos llegar a soluciones aceptables y duraderas a esta crisis, basadas no en las armas, sino en un diálogo profundo.

¡Pentecostés: una Iglesia en marcha!

1.- Podemos pensar que aquellos hombres a los que el Resucitado enviaba por aquellos mundos de Dios…..eran distintos a nosotros.

Podemos pensar que todos, sin excepción, vestían el traje de la perfección

Podemos pensar que, al ser tan tocados y elegidos por Dios, no había ventana abierta para la duda ni para la desesperanza, para el pecado o la deserción.

Podemos pensar eso y llegar a equivocarnos con esa imagen idílica de lo que fueron y, tal vez, en algo no lo fueron tanto.

Uno, cuando entra en la Palabra de Dios, concluye que aquellos sobre los que el Espíritu descendía en aquel primer Pentecostés, estaban tan traspasados de dudas como actualmente lo podemos estar nosotros. Tan llenos de miserias como de contradicciones está poblada nuestra misma vida. Tan condicionados por las debilidades como nosotros inmersos y atacados por el vacío espiritual que lo invade todo y lo penetra todo. 2000 años después de aquel tiempo inaugurado por el Espíritu Santo, el tiempo de la Iglesia, seguimos con las mismas luchas y con los mismos condicionantes para vivir como testigos del Resucitado.

2.- Unos quieren vivir esa experiencia al margen de la iglesia. La ven como algo desfasado y cerrada en sí misma. Como que, hace tiempo, que dejó de escuchar la voz del Espíritu que le llama a la renovación personal y comunitaria.

Otros, aun siendo conscientes de sus limitaciones y traiciones al espíritu del Evangelio, la queremos porque sabemos que si la Iglesia fuese perfecta y santa al cien por cien….no tendríamos cabida en ella y, porque la sentimos tan nuestra, trabajamos, ponemos la crucecita en nuestra declaración de la renta, formamos parte diferentes grupos, movimiento o nos desvivimos hasta la muerte por lo que es grande en ella: JESUCRISTO

3.- Hoy, en Pentecostés, damos gracias a Dios por esta gran casa en la que todos tenemos un sitio y algo que ofrecer y realizar: LA IGLESIA.

-Una iglesia que se hace fuerte e irrompible cuando siente y se agarra a la comunión de hermanos en la misma fe y unidos por la misma esperanza

-Una iglesia que se lanza al futuro sin miedo alguno sabiendo que lleva entre manos la mayor riqueza que el mundo puede esperar: EL EVANGELIO

-Una iglesia que habla sin tapujos, sin vergüenza y que, precisamente por ello, su mensaje provocará chispas cuando puede más la sin razón que el sentido común, la banalidad de las cosas que la dignidad humana, el personalismo más que lo comunitario, el cosmos mas que el propio hombre.

-Una iglesia a la que no le importa mirar de reojo, pero con afán de superación, a los orígenes de su nacimiento. En aquel alumbramiento la comunión de bienes y el perdón, la fraternidad y la alegría, la valentía y la audacia para presentar a Jesucristo….rompieron esquemas y tradiciones, corazones y modos de vida.

-Unos hombres y mujeres que llamaban la atención y que fueron formando esa gran familia que ha llegado hasta nuestros días. ¿Por qué hoy nuestra iglesia brilla más por el esplendor de su riqueza artística que por el estilo de vida que muchos cristianos no llevamos dentro de ella?

4.- Pentecostés….a los cincuenta días entonces, y 2007 años después, es un soplo que nos viene bien para lanzarnos como iglesia a la conquista de ese mundo tan duro para entender y comprender, vivir y amar las cosas de Dios.

Pentecostés…con todo lo que la Iglesia ha sido y es, supone un abrir de par en par la creatividad de todo creyente para que el mensaje de salvación de Jesucristo no quede clavado en las cuatro paredes de una sacristía o adornando la belleza de un templo.

Pentecostés…con nuestras fatigas e incoherencias nos infunde aires nuevos y bríos nuevos, ganas e ilusión, compañía y fortaleza, honestidad y transparencia, vitalidad y ansias de conquistas para Dios.

5.- VIVIR SEGÚN EL ESPÍRITU SANTO

Vivir según el Espíritu Santo, es difícil.
Vivir con el Espíritu Santo, no lo es tanto.
Es bueno pensar que, El,
nos acompaña aunque no nos demos cuenta;
nos habla, aunque no lo escuchemos;
nos conduce, aunque acabemos eligiendo el camino contrario;
nos transforma, aunque pensemos que, todo, es obra nuestra.

VIVIR PENTECOSTES
es pedirle a Dios, que nos ayude a construir
la gran familia de la Iglesia
es orar a Dios, para sacar de cada uno lo mejor de nosotros mismos
es leer la Palabra y pensar: “esto lo dice Jesús para mí”
es comer la Eucaristía,
y sentir el milagro de la presencia real de Cristo
es rezar, y palpar –con escalofríos- el rostro de un Dios que nos ama.

¡PENTECOSTES ES EL DIOS INVISIBLE!
El Dios que camina hasta el día en que nos llame a su presencia
El Dios que nos da nuevos bríos e ilusiones
El Dios que nos levanta, cuando caemos
El Dios que nos une, cuando estamos dispersos
El Dios que nos atrae, cuando nos divorciamos de El

¡PENTECOSTES ES EL DIOS DE LA BRISA!
El Dios que nos rodea con su silencio
El Dios que nos indica con su consejo
El Dios que nos alza con su fortaleza
El Dios que nos hace grandes con su sabiduría
El Dios que nos hace felices con su entendimiento
El Dios que nos hace reflexivos con su santo temor
El Dios que nos hace comprometidos, con el don de piedad
El Dios que nos hace expertos, por el don de la ciencia
Pentecostés, entre otras cosas,
es valorar, vivir, comprender y estar orgullosos de
todo lo que nos prometió Jesús de Nazaret.
¿Cómo? Dejándonos guiar por su Espíritu.

Javier Leoz

Comentario – Sábado VII de Pascua

Jn 21, 20-25

Entonces, Simón Pedro, viendo a Juan, el discípulo que Jesús amaba, dijo a Jesús: «Señor, ¿y éste qué?» Jesús le contestó: «Si yo quiero que éste permaneciera hasta que yo venga, ¿qué te importa? Tú, sígueme».

Jesús acaba de anunciar a Pedro el «género de muerte» que va a tener: una muerte violenta, forzada, un martirio, una coerción. Pedro que sabe cómo murió Jesús, hace cincuenta días, podría tenerse por dichoso de «dar gloria a Dios» por una muerte parecida a la de Jesús. Pero, y es muy natural, tiene miedo. Y en su turbación hace una pregunta: «Y Juan, ¿morirá mártir?»

Dame, Señor, la gracia de vivir mi destino personal, el que Tú has escogido para mí, sin compararme con los demás.

Se divulgó entre los hermanos la voz de que aquel discípulo no moriría.

Sí, los primeros cristianos estaban, como nosotros y como todos los hombres, sujetos al error. Se equivocaron a veces. Lo que es precisamente sorprendente es que unos hombres frágiles, parecidos a la media de la humanidad, hubieran podido fundar una obra que perdura aún. Hay aquí una fuerza más que humana. En medio de sus errores han estado protegidos en lo esencial: podemos confiar en la Iglesia… ella tiene la verdad esencial y puede trasmitirla a veces a través de expresiones aproximativas.

Y nosotros mismos, en el día de hoy, estamos «rodeados de flaqueza» (Hebreos 5, 2). Algunas de nuestras opiniones pueden falsearse por interpretaciones demasiado humanas. Resulta verdad ahora igual que entonces, que la Verdad de Dios pasa poco a poco a través de la Iglesia.

Pero, no dijo Jesús a Pedro que no moriría sino…

Es volviendo a meditar constantemente el evangelio, es decir, las palabras de Jesús, como la Iglesia verifica su Fe… en la humildad, en la docilidad a esta Palabra.

Este relato ha sido probablemente compuesto después de la muerte de Pedro en Roma. ¿Quién debía sucederle? Algunos pensaban que Juan, único superviviente de los doce, debía ser el sucesor. Sabemos, históricamente, que la Iglesia de aquel tiempo hizo otra elección: un humilde sucesor de Pedro en Roma, tomó de hecho la sucesión… ¡incluso en vida de otro apóstol, Juan!

En lugar de un Apóstol «inmortal», designado para siempre y que regiría la Iglesia hasta el fin de los tiempos —utopía sostenida por los partidarios de Juan, apoyándose en una palabra mal comprendida de Jesús—, la Iglesia, seguidora de Jesús prefirió la permanencia del Espíritu en una sucesión de distintos hombres… asegurando así a la Iglesia una mayor facultad de adaptación.

Mañana celebramos la Pascua de Pentecostés.

Te ruego, Señor, por esta Iglesia, tan humana y tan divina, testigo de tu Verdad, en medio incluso de sus balbuceos y de sus búsquedas de todos los tiempos.

La muerte de Pedro, hacia los años 64-67 en los jardines de Nerón debió de plantear a la Iglesia primitiva una engorrosa cuestión: su «primado» tan evidente en todos los relatos del evangelio, era una prerrogativa personal que se acababa con él… o debía pasar a sus sucesores… y ¿a quién elegir como sucesor…? Esta cuestión es central en el Ecumenismo. Mañana, es ¡Pentecostés!

La Iglesia es incomprensible sin el Espíritu. Hoy todavía, así creo yo, este mismo Espíritu anima las decisiones aparentemente más humanas de tu Iglesia. Mi Fe es una inmensa confianza en tu Obra: Tú estás siempre presente, Tú trabajas siempre en el corazón del mundo.

Noel Quesson
Evangelios 1

La fiesta del fuego

1.- «Viendo aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se repartían posándose encima de cada uno…” (Hch 2, 3) Cuando Jesús se despedía de ellos, les prometió que el Espíritu vendría para estar siempre con ellos. Una luz de esperanza quedó brillando en el corazón rudo y amedrentado de aquellos hombres. Estaban escondidos, rezando y esperando, con mucho miedo, las puertas cerradas, atentos a cualquier ataque por sorpresa. Pero ante la fuerza de Dios no cabe cerrar las puertas. Un fuego vivo llegó como viento salvaje, abriendo violentamente las ventanas. El soplo de Dios se había desencadenado de nuevo. En la primera creación había aleteado suave sobre las aguas y sobre la faz del hombre. La luz brotó en las tinieblas y en la mirada apagada de Adán.

Ahora, en la segunda creación, su aleteo es violento, de fuego incandescente. Y esos hombres, cobardes y huidizos, son abrasados por el beso de Dios, sacudidos por el Espíritu. La luz ha brillado también en las sombras de sus ojos. Y enardecidos se lanzan a la calle a proclamar las maravillas de Dios, anunciando la Buena Nueva, lo más sorprendente que jamás se haya oído.

«Enormemente sorprendidos preguntaban: ¿No son galileos todos esos que están hablando?» (Hch 2, 7) Toda Jerusalén se ha conmovido ante aquel remolino arrollador. Una multitud corre hacia el lugar donde el viento de fuego desgajó puertas y ventanas. La sorpresa aumenta por momentos. Aquellos hombres han roto las fronteras de la lengua, y sus voces se oyen claras y sencillas en el corazón de cada hombre.

Te lo suplicamos, Señor, haz que de nuevo venga el Espíritu Santo, que de nuevo llueva del cielo ese fuego vivo que transforma y enardece. Es la única forma que existe para que tu vida, la Vida, brote otra vez en nuestro mundo corrompido y muerto… Ven, sigue soplando donde quieras, mueve a la Iglesia hacia el puerto fijado por Cristo, fortalécela, ilumínala, para que sea siempre la Esposa fiel del Cordero. Desciende de nuevo sobre un puñado de hombres que griten ebrios de tu amor. Hombres que sean realmente profetas de los tiempos modernos. Sigue viniendo siempre, aletea sobre las aguas muertas de nuestras charcas, danos fuerza para seguir llenando de luz la oscuridad de nuestro pobre y viejo mundo.

2.- «¡Dios mío, qué grandes eres!» (Sal 103, 1) Quisiéramos, Señor, hacer nuestras esas exclamaciones de entusiasmo que muchas veces brotan del salmista. Quisiéramos participar de su fe, de su esperanza, de su amor. Y llenarnos de exultación al mirar la grandeza de tu obra divina y prorrumpir también en exclamaciones gozosas, en bellas canciones que celebren la formidable realidad de lo divino.

Sobre todo, cantar al contemplar el mundo de lo espiritual, ese mundo invisible que, sin embargo, está ahí, a nuestro lado; con una grandeza sin parangón alguno con todo lo demás, ya que el menor bien del espíritu rebasa con mucho el mayor bien del mundo sensible y material. Para descubrir esos valores, y poder gozar con su contemplación, es preciso tener la mirada limpia, es necesaria la luz de Dios, la luminosa claridad del Espíritu Santo. Hoy, día de Pentecostés, repitamos con la liturgia: Ven, padre de los pobres; ven, dador de todo bien; ven, luz de los corazones.

«Les retiras el aliento y expiran » (Sal 103, 29) Todo ser viviente, tanto animal como vegetal, participa del hálito vital que tú nos transmites. Al igual que el hombre comenzó a cobrar vida cuando tú echaste el aliento sobre su rostro, así también todo cuanto existe con vida la recibe de continuo de tu poder misterioso y sin límites. Recordemos que basta un mínimo y rápido instante para que, si Dios lo quisiera todo vuelva a la nada de donde salió.

Puesto que es así, vamos a ser agradecidos con el Señor por la vida que nos ha dado, por el aliento que nos presta. Vamos a gozar de este don maravilloso con vistas a la eternidad, vamos a utilizarlo para el bien y no para el mal. Resulta horrible pensar que la mano que se mueve, gracias al movimiento que Dios le presta, se vuelva contra él. Por último, tengamos en cuenta que por medio del Espíritu Santo se nos da la vida de la gracia, la vida misma de Dios. Por el bautismo nos ha hecho partícipes el Señor de su grandeza, de su bondad, de su alegría sin límites. El Espíritu Santo ha sido infundido en nuestros corazones para enseñarnos a querer, para suscitar en lo más íntimo de nuestro ser una persuasión tan grande de nuestra condición de hijos de Dios que, casi necesariamente, digamos con ternura y emoción: ¡Abba, Padre!

3.- «Nadie puede decir Jesús es Señor, si no es bajo la acción del Espíritu Santo» (1 Co 12, 3) De nuevo la liturgia nos introduce en las regiones inefables de la divinidad. Después de seis dominicas dedicadas a recordar, y a revivir en cada uno el triunfo de Cristo sobre la muerte, la Iglesia nos presenta ahora y nos ofrece la fuerza del aliento de Dios; el Espíritu que vuelve a sacudir con violencia los cimientos del cenáculo, donde se encierran los tímidos apóstoles de Cris¬to; el Espíritu Santo que desciende otra vez para que los enviados del Evangelio se llenen de valentía y de coraje al proclamar el divino mensaje.

Necesitamos un nuevo Pentecostés que repita el prodigio del primer día, nuevos vientos que abran las puertas cerradas de nuestro egoísmo y de nuestra sensualidad, nuevo fuego que queme y cauterice nuestras conciencias apagadas, dormidas y apáticas. Nueva luz que alumbre nuestros oscuros senderos, que descubra la bajeza de tantas vidas ocultas bajo piel de cordero, nuevas fuerzas que nos empujen con vigor por los caminos de la verdad y del amor.

«En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común» (1 Co 12, 7) Muchos son los dones del Espíritu Santo. Isaías ve a Cristo como un retoño que brota del viejo tronco de Jesé, el padre de David, como una rama verditierna que crece pujante. Y sobre ese vástago -nos dice- se posará el Espíritu de Yahvé, la sabiduría y la inteligencia, el consejo y la fortaleza, el entendimiento y el santo temor de Dios. San Pablo por su parte nos dice que los frutos del Espíritu Santo son la caridad, el gozo, la paz, la bondad, la afabilidad, la longanimidad, la fe, la mansedumbre y la templanza.

Una lluvia abundante y oportuna que no cesa de mantener fresca la tierra, es como el sol que calienta y vitaliza la siembra, como la luz que da calor a los campos, la fuerza intangible que sazona los frutos. Sí, el Espíritu Santo sigue actuando en la Iglesia de Cristo, sigue presente en los creyentes, en los fieles cristianos. Pero no olvidemos que cuanto nos transmite el Espíritu Santo, con generosidad sin límites, está destinado al bien común. Él nos llena de gozo y de paz para que llevemos esa paz y ese gozo a cuantos nos rodean. Somos como vasos que el Espíritu Santo llena hasta rebosar nuestra medida, para que nosotros vertamos ese amor sobre los demás.

4.- «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados…» (Jn 20, 21) Pentecostés, cincuenta días después de la fiesta pascual, cincuenta días de espera que se hacía cada vez más intensa a partir, sobre todo, del día de la Ascensión. Ha sido un período de preparación al gran acontecimiento de la venida del Paráclito. Hoy, el día de Pentecostés, se rememora ese momento en que se inicia la gran singladura de conducir a todos los hombres a la vida eterna, actualizar en cada uno los méritos de la Redención.

En efecto, con su venida, los apóstoles recuperan las fuerzas perdidas, renuevan la ilusión y el entusiasmo, aumentan el valor y el coraje para dar testimonio ante todo el mundo de su fe en Cristo Jesús. Hasta ese momento siguen con las puertas atrancadas por miedo a los judíos. Desde que el Espíritu descendió sobre ellos las puertas quedaron abiertas, cayó la mordaza del miedo y del respeto humano. Ante toda Jerusalén primero, proclamaron que Jesús había muerto por la salvación de todos, y también que había resucitado y había sido glorificado, y que sólo en él estaba la redención del mundo entero. Fue el arranque, rayano en la osadía, que pronto suscitó una persecución que hoy, después de veinte siglos, todavía sigue en pie de guerra.

Porque hemos de reconocer que las insidias de los enemigos de Cristo y de su Iglesia no han cesado. Unas veces de forma abierta y frontal, imponiendo el silencio con la violencia. Otras veces el ataque es tangencial, solapado y ladino. La sonrisa maliciosa, la adulación infame, la indiferencia que corroe, la corrupción de la familia, la degradación del sexo, la orquestación a escala internacional de campanas contra el Papa. Las fuerzas del mal no descansan, los hijos de las tinieblas continúan con denuedo su afán demoledor de cuanto anunció Jesucristo. Lo peor es que hay muchos ingenuos que no lo quieren ver, que no saben descubrir detrás de lo que parece inofensivo, los signos de los tiempos dicen a veces, la ofensiva feroz del que como león rugiente merodea a la busca de quien devorar.

Pero Dios puede más. El Espíritu no deja de latir sobre las aguas del mundo. La fuerza de su viento sigue empujando la barca de Pedro, las velas multicolores de todos los creyentes. De una parte, por la efusión y la potencia del Espíritu Santo, los pecados nos son perdonados en el Bautismo y en el Sacramento de la Reconciliación. Por otra parte, el Paráclito nos ilumina, nos consuela, nos transforma, nos lanza como brasas encendidas en el mundo apagado y frío. Por eso, a pesar de todo, la aventura de amar y redimir, como lo hizo Cristo, sigue siendo una realidad palpitante y gozosa, una llamada urgente a todos los hombres, para que prendan el fuego de Dios en el universo entero.

Antonio García Moreno

Nuestro amigo el Espíritu

1.- “Entró Jesús a la casa y exhalando el aliento sobre sus discípulos, les dijo: Recibid el Espíritu Santo. A quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados”. San Juan, Cáp. 20. Amigo difícil, es verdad. Pero ¿quién no ha mantenido con él clandestinas alianzas? ¿Quién no ha mantenido amistad con el pecado durante ciertos tiempos? Cuando Jesús visita a sus amigos en el cenáculo, luego de la resurrección, exhala sobre ellos su aliento y les dice: “Recibid el Espíritu Santo. A quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados”.

El pueblo judío no tuvo mejor forma para indicar la comunicación de Dios, sino hablar de su aliento, el cual, según la medicina de entonces salía del corazón e indicaba la salud corporal. Además en aquella ocasión, Jesús les confía a sus discípulos la tarea de perdonar los pecados. De manera insistente, los profetas del Antiguo Testamento llamaron al pueblo a la conversión. Lo mismo predicó el Bautista a la orilla del Jordán. Y al organizar el culto en el templo de Jerusalén hubo sacrificios de expiación, que reconciliaban con Yahvé a quienes habían pecado.

2.- Ahora, cuando el Señor inauguraba un nuevo estilo de relaciones entre el Dios y la Iglesia, el pecado tenía otro sentido y la presencia del Maestro adquiría una distinta dimensión. Para obtener el perdón lo más válido sería una sinceridad a toda prueba, como explica el Evangelio en sus parábolas. Comenzaba un tiempo en el cual el Espíritu de Jesús, que los teólogos presentarían como un ser personal, habitaría en lo más intimo de los creyentes. Las primeras comunidades contaban a los neófitos lo sucedido en Jerusalén, cincuenta días después de aquella Pascua. Ese día los discípulos reunidos en el cenáculo sintieron, de modo físico, la presencia de ese Espíritu prometido. El cual Cristo había simbolizado mediante su aliento.

3.- Se estremeció el lugar donde se hallaba el grupo y unas como lenguas de fuego cayeron sobre cada uno de los presentes. Comenzaron entonces a entender que el Espíritu es ante todo fuerza y es amor. Enseguida bajaron a la plaza, a compartir su maravillosa experiencia con cuantos quisieran oírlos. Su convicción y su alegría a muchos les pareció efecto del vino. Pero san Pedro explicó que el Espíritu del Señor se había derramado sobre ellos.

Jesús nos da su Espíritu para que seamos más amigos suyos que del pecado. No sólo en las categorías tradicionales de mortal y venial. Sino entendiendo como mal todas las fuerzas negativas que retrasan nuestro avance personal. Que impiden la construcción del Reino de Dios.

4.- Para describir la acción del Espíritu Santo en nosotros, empleamos sucesivas comparaciones que sin embargo, resultan insuficientes. Como aquellas que trae un himno religioso: Rayo de luz, padre de los pobres, don espléndido, consuelo, dulce huésped, descanso, suave brisa, lluvia amable…Pero aún no quedamos satisfechos. Ese aliento de Dios, aunque muchas veces lo sentimos en nosotros, continúa siendo misterioso.

En alguna parte del cerebro todos guardamos un buen número de secretos. Algunos por cierto muy hermosos. Otros en verdad no tanto. En ese mismo espacio de nuestra intimidad habita el Espíritu de Dios y para percibirlo, basta un momento de silencio y de adoración. Su presencia rompe nuestras alianzas con el pecado y nos convierte en amigos suyos para siempre.

Gustavo Vélez, mxy

El Espíritu de Cristo

1.- Tiempo del Espíritu. Creo que, muchas veces, los cristianos pensamos demasiado en el Cristo físico y en el Cristo histórico. Pero la verdad es que el Cristo físico, el cuerpo de Cristo, sólo existió entre nosotros mientras vivió el Cristo histórico. Lo que llamamos, no sé si con mucho o poco acierto, cuerpo glorioso de Cristo, no es un cuerpo físico, no está en ningún lugar físico y no es visible, de forma natural, a los ojos físicos de nuestro cuerpo. Tampoco del Cristo histórico sabemos demasiado, porque los evangelios no son biografías de Cristo en el sentido que hoy da la historia a la palabra “biografía”. Los evangelios nos hablan, evidentemente, del Cristo histórico, el mismo que nació y murió en Palestina, pero el interés de los evangelistas no fue el proporcionarnos datos históricos de la biografía de Jesús, sino transmitirnos con la mayor fidelidad posible el mensaje, la buena nueva que el Jesús histórico de Nazaret había venido a anunciar a las personas de buena voluntad. A este Jesús histórico los hombres lo mataron, pero Dios lo resucitó, enviándonos su Espíritu, el Espíritu Santo. Desde aquel momento, desde el día mismo de Pentecostés, la Iglesia y cada uno de los discípulos de Cristo sabemos que estamos dirigidos por el Espíritu de Cristo. No es ya su cuerpo físico, no es ya el Cristo histórico, el que nació y murió, el que nos apacienta, nos guía y nos defiende, como el buen pastor a su rebaño. Es, repito, su Espíritu, el Espíritu Santo, el alma de la Iglesia y el huésped de nuestras almas.

2.– Se llenaron todos del espíritu Santo y nació la Iglesia. Cada uno hablaba en la lengua que el Espíritu le sugería y todos se entendían perfectamente, porque todos hablaban dirigidos y gobernados por el mismo Espíritu. No es el sonido de las palabras el que convence y mueve el corazón, sino el Espíritu que anida y palpita en cada palabra. Son palabras de fuego, de un fuego dulce, entusiasta y abrasador que mueve la lengua del que habla, cuando está lleno del Espíritu Santo. Cada uno de nosotros tenemos rostro propio, gestos propios, palabras distintas, pero los que nos escuchan entenderán todos el mismo mensaje espiritual, si de verdad hablamos todos movidos por el mismo Espíritu Santo. Serán entonces palabras fuente del mayor consuelo, gozo que enjuga las lágrimas, tregua en el duro trabajo y brisa en las horas de fuego. Porque el vacío del hombre es grande, cuando por dentro le falta el Espíritu; y el pecado nos puede y nos domina cuando el Espíritu no nos envía su aliento.

3.- El que no tiene el Espíritu de Cristo no es de Cristo. Las palabras de Pablo son rotundas y no dejan lugar a dudas: los cristianos, los discípulos de Cristo, no estamos sujetos a la carne, sino al espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en nosotros. Si el Espíritu de Dios no habita en nosotros, no nos van a salvar nuestras creencias, ni nuestros rezos, ni nuestras penitencias. Debe ser siempre el Espíritu de Dios el que dé vida y calor a cada una de nuestras palabras y a cada uno de nuestros actos. Para tener el Espíritu de Dios no hace falta saber teología, ni hacer milagros, ni ser una persona importante en la sociedad. Basta con ser una persona de Dios, una persona buena, al estilo y según el Espíritu de Jesús de Nazaret. El cuerpo, nuestro cuerpo, nos acompañará siempre, con sus debilidades, con sus pasiones, con sus caídas y tropiezos, pero no nos dejaremos vencer ni dominar por la rebeldía y tentaciones del cuerpo, porque será siempre el espíritu el que nos guíe y nos oriente. Para eso, Dios nos ha enviado a su Espíritu Santo, un Espíritu defensor y consolador.

4.- El Defensor, el Espíritu Santo será quien os lo enseñe todo. El Espíritu Santo debe ser nuestra luz primera y mayor, nuestra guía, nuestro Buen pastor. ¿Qué hacer para dejarnos guiar por la luz del Espíritu Santo? Leamos y meditemos diariamente los evangelios, busquemos en ellos el mensaje y la buena nueva que Jesús de Nazaret vino a traernos y a anunciarnos, en nombre de su Padre: que nos amemos unos a otros como Él nos amó, que seamos personas pacíficas, justas y solidarias, en continua comunión con Dios y con el prójimo, que guardemos su palabra. Que recemos diariamente, con humildad y confianza. Hoy podemos hacerlo con palabras de la secuencia de este día: ven, Espíritu divino, manda tu luz desde el cielo, padre amoroso del pobre; don en tus dones espléndido, luz que penetra las almas, fuente del mayor consuelo.

Gabriel González del Estal

La cenicienta de la Trinidad

1. – Quizás hayáis leído alguna vez este cuentecillo indio. Dice que Dios, que tiene buen humor, quiso jugar al escondite con el hombre y se puso a discutir con sus consejeros dónde estaría mejor escondido: Hubo opiniones para todos: que si en el bosque, que si en el fondo del mar, hasta que si en un cajón de un armario. Pero el más anciano y sabio de sus consejeros le dijo:

—Señor, escóndete en el corazón del hombre. Es el último sitio donde se le ocurrirá buscarte.

El Espíritu Santo es el Dios escondido y hasta ignorado. Diría yo, que la Cenicienta de la Trinidad. Siendo indispensable para la vida del hombre y de la Iglesia es el menos protagonista, como suelen ser las amas de casa que sólo se les nota cuando faltan. En japonés a la esposa, ama de casa, se le llama Oku-sama. Que significa la señora que está dentro, la que no aparece, pero que verás si se declara en huelga.

2. -También el Espíritu Santo es el Señor que está en el interior. El que no aparece. El que habita en el corazón del hombre, donde rara vez el hombre le busca.

Antes buscamos a Dios en los montes, en el mar, en una maravillosa puesta de sol, en árboles grandiosos o en las pequeñas flores del campo. Y es que, tal vez, nos parezca imposible que quiera habitar en un sitio donde tantos deseos, poco dignos y honorables, salen afuera. Y sin embargo, el Espíritu de Dios habita en nosotros.

Habita, no está. No es un huésped de un día. No está de paso. Habita. Tiene allí su casa. Es Señor del sitio que ocupa.

No está como un cuadro, un retrato o una estatua. Es un ser viviente que ha hecho de nuestro corazón su morada.

Allí podemos encontrarlo siempre cercano, compañero de mi soledad, amigo sentado a mi vera en la penumbra de un suave atardecer. San Agustín que lo busco locamente a través de la hermosura y los placeres de afuera, al fin lo encontró dentro y exclamó: “Señor, más íntimo y mío que yo mismo”. Lo encontró comprensivo, bondadoso, perdonador, amigo. “Intimior, intimo meo”, más dentro de mí que yo mismo.

3. – El Espíritu de Dios que se nos ha metido en casa es viento y es fuego, mezcla peligrosa, un rescoldo mal apagado en el monte azuzado por viento sabemos de lo que es capaz. Soplando sobre el rescoldo de la Fe que hay en el corazón, el Espíritu de Dios puede levantar imprudentes llamas. Lo ha hecho a lo largo de la Historia cuando ha encontrado hombres que se han dejado arrasar y quemar por el Espíritu: San Francisco de Asís se entrega con toda imprudentemente a salvar a infieles. La Madre Teresa de Calcuta sale de una Congregación Religiosa para entregar imprudentemente su vida a los hambrientos y agonizantes.

Y es notable que este Espíritu, cuando levanta llamas en un rescoldo olvidado es siempre en favor de los demás. Es fuego, es luz y tiende a comunicarse. ¿No estará este buen amigo tratando de encender una buena hoguera dentro de nosotros? ¿No nos pide alguna imprudencia en el dar, o el darnos a los demás? ¿No nos pide algún cambio radical en nuestras vidas? ¿No nos pide llenar de Dios la vaciedad de nuestras vidas?

Mirad, creo que todos nosotros tenemos instalado un perfecto sistema contra incendios. En cuanto sentimos que el Espíritu de Dios nos intranquiliza echamos toda la ceniza que podemos en el rescoldo y lo apretamos bien, como se hacía con los braseros con la paleta, para dejarlo siempre en rescoldo y que no haya peligro de que se convierta en llamas. Nosotros mismos vamos vestidos de amianto y con casco para no quemarnos.

Hoy es el día en el que ese Espíritu de Dios abrasó a los apóstoles y gracias a ello llegó a nosotros la Fe. Dejémonos quemar bajo el soplo del Espíritu.

José María Maruri SJ