La alegría nace de ver

“Se llenaron de alegría al ver al Señor”, se lee en el cuarto evangelio, en el contexto de los relatos de apariciones. Ahora bien, en un sentido profundo o espiritual, la alegría de la que aquí se habla no es fruto del reencuentro con una persona querida que se había dado por perdida; ni siquiera es consecuencia de la fe en un salvador celestial que ofrece paz. Es sabido que, en el nivel mítico de consciencia, la divinidad se proyecta “fuera”, en un Ser separado a quien se reconoce y adora como salvador. Sin embargo, más allá de esa lectura, el término “Señor” apunta a una realidad, no solo más “cercana”, sino constitutiva de nuestra identidad.

Con esta clave, “Señor” es una metáfora que alude a aquello que constituye el eje, el centro o el núcleo mismo de lo que somos. Aquello que ostenta el “señorío” de lo real. Aquello que somos, más allá de nuestro cuerpo, de nuestra mente, de nuestro psiquismo, de nuestra historia, de nuestras circunstancias, en definitiva, más allá de nuestra persona. Aquello que podemos experimentar como Presencia consciente, el Fondo lúcido y luminoso, ante lo que todo lo demás palidece.

Y sucede exactamente así: al “verlo”, al experimentarlo vivo en nosotros, al reconocerlo como nuestro centro (o “Señor”), al comprender que somos Eso en nuestra identidad profunda, brota la alegría incondicionada.

La alegría que merece ese nombre -alegría profunda y sin objeto, más allá de las circunstancias que nos puedan acontecer- nace de “ver” lo que somos. Y no se trata de una creencia que requiera una adhesión por parte de la mente; no es un acto de fe. Se trata, más bien, de una experiencia profunda de comprensión a la que tenemos acceso en la medida en que, gracias al silencio, aprendemos a “ver” más allá de la mente y de las creencias aprendidas.

Tú no eres nada que puedas observar o nombrar. Tú eres Eso que es consciente de todo lo que puedes observar, el Fondo y que sostiene todas las formas, el único “Señor” que permanece en medio de todos los vaivenes de la impermanencia.

¿Dónde se apoya mi alegría?  ¿Cómo la cultivo?

Enrique Martínez Lozano

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II Vísperas – Domingo de Pentecostés

II VÍSPERAS

SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Ven, Espíritu divino,
manda tu luz desde el cielo.
Padre amoroso del pobre;
don, en tus dones espléndido;
luz que penetra las almas;
fuente del mayor consuelo.

Ven, dulce huésped del alma,
descanso de nuestro esfuerzo,
tregua en el duro trabajo,
brisa en las horas de fuego,
gozo que enjuga las lágrimas
y reconforta en los duelos.

Entra hasta el fondo del alma,
divina luz, y enriquécenos.
Mira el vacío del hombre,
si tú le faltas por dentro;
mira el poder del pecado,
cuando no envías tu aliento.

Riega la tierra en sequía,
sana el corazón enfermo,
lava las manchas, infunde
calor de vida en el hielo,
doma el espíritu indómito,
guía al que tuerce el sendero.

Reparte tus siete dones,
según la fe de tus siervos;
por tu bondad y tu gracia,
dale al esfuerzo su mérito;
salva al que busca salvarse
y danos tu gozo eterno. Amén.

SALMO 109: EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE

Ant. El Espíritu del Señor llena la tierra. Aleluya.

Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies.»
Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora.»

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote eterno,
según el rito de Melquisedec.»

El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.
En su camino beberá del torrente,
por eso levantará la cabeza.

Señor, mis ojos están vueltos a ti,
en ti me refugio, no me dejes indefenso;
guárdame del lazo que me han tendido,
de la trampa de los malhechores.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El Espíritu del Señor llena la tierra. Aleluya.

SALMO 113A: ISRAEL LIBRADO DE EGIPTO: LAS MARAVILLAS DEL ÉXODO

Ant. Confirma, oh Dios, lo que has realizado en nosotros, desde tu santo templo de Jerusalén. Aleluya.

Cuando Israel salió de Egipto,
los hijos de Jacob de un pueblo balbuciente,
Judá fue su santuario,
Israel fue su dominio.

El mar, al verlos, huyó,
el Jordán se echó atrás;
los montes saltaron como carneros;
las colinas, como corderos.

¿Qué te pasa, mar, que huyes,
y a ti, Jordán, que te echas atrás?
¿Y a vosotros, montes, que saltáis como carneros;
colinas, que saltáis como corderos?

En presencia del Señor se estremece la tierra,
en presencia del Dios de Jacob;
que transforma las peñas en estanques,
el pedernal en manantiales de agua.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Confirma, oh Dios, lo que has realizado en nosotros, desde tu santo templo de Jerusalén. Aleluya.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: LAS BODAS DEL CORDERO

Ant. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar. Aleluya.

Aleluya.
La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios,
porque sus juicios son verdaderos y justos.
Aleluya.

Aleluya.
Alabad al Señor, sus siervos todos,
los que le teméis, pequeños y grandes.
Aleluya.

Aleluya.
Porque reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo,
alegrémonos y gocemos y démosle gracias
Aleluya.

Aleluya.
Llegó la boda del Cordero,
Su esposa se ha embellecido.
Aleluya.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar. Aleluya.

LECTURA: Ef 4, 3-6

Esforzaos en mantener la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz. Un solo cuerpo y un solo Espíritu, como una sola es la esperanza de la vocación a la que habéis sido convocados. Un Señor, una fe, un bautismo. Un Dios, Padre de todo, que lo trasciende todo, y lo penetra todo, y lo invade todo.

RESPONSORIO BREVE

R/ El Espíritu del Señor llena la tierra. Aleluya, aleluya.
V/ El Espíritu del Señor llena la tierra. Aleluya, aleluya.

R/ Y, como da consistencia al universo, no ignora ningún sonido.
V/ Aleluya, aleluya.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ El Espíritu del Señor llena la tierra. Aleluya, aleluya.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Hoy han llegado a su término los días de Pentecostés, aleluya; hoy el Espíritu Santo se apareció a los discípulos en forma de lenguas de fuego y los enriqueció con sus carismas, enviándolos a predicar a todo el mundo y a dar testimonio de que el que crea y se bautice se salvará. Aleluya.
Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Hoy han llegado a su término los días de Pentecostés, aleluya; hoy el Espíritu Santo se apareció a los discípulos en forma de lenguas de fuego y los enriqueció con sus carismas, enviándolos a predicar a todo el mundo y a dar testimonio de que el que crea y se bautice se salvará. Aleluya.

PRECES

Oremos a Dios Padre, que por medio de Cristo, ha congregado a la Iglesia, y digamos suplicantes:

Envía, Señor, a la Iglesia tu Espíritu Santo.

Tú que quieres que todos los que nos llamamos cristianos, unidos por un solo bautismo en el mismo Espíritu, formemos una única Iglesia,
— haz que cuantos creen en ti sean un solo corazón y una sola alma.

Tú que con tu Espíritu llenaste la tierra,
— haz que los hombres construyan un mundo nuevo de justicia y de paz.

Señor, Padre de todos los hombres, que quieres reunir en la confesión de la única fe a tus hijos dispersos,
— ilumina a todos los hombres con la gracia del Espíritu Santo.

Tú que por tu Espíritu lo renuevas todo,
— concede la salud a los enfermos, el consuelo a los que viven tristes y la salvación a todos los hombres.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Tú que por tu Espíritu resucitaste a tu Hijo de entre los muertos,
— infunde nueva vida a los cuerpos de los que han muerto.

Llenos de fe, invoquemos juntos al Padre común, repitiendo la oración que Jesús nos enseñó:
Padre nuestro…

ORACION

Dios todopoderoso, concédenos conservar siempre en nuestra vida y en nuestras costumbres la alegría de estas fiestas de Pascua que nos disponemos a clausurar. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Me quedo con el asombro

“El exceso de explicación nos aleja del asombro”. Esta afirmación de Ionesco, leída por casualidad, resulta muy inspiradora a la hora de celebrar Pentecostés y nos invita a alejarnos un poco del mundo de los razonamientos teológicos y explorar el mundo de las imágenes y los símbolos a la hora de hablar del Espíritu. Porque, además, es el que empleaba el experto en lenguaje que era Jesús cuando hablaba de candiles, remiendos, rebaños, arcas o pellejos de vino para acercar a nosotros el misterio del Reino.

Partimos de imágenes que tienen el copyright de Pablo pero que seguramente aceptaría que las adaptáramos hoy a otros ámbitos como el deporte, la informática o los negocios. Expresarlas en femenino permite ser coherentes con el lenguaje bíblico que califica comoRuaj, un término femenino, a la fuerza espiritual divina.

“Cuando venga el Paráclito que yo os enviaré de parte del Padre, él dará testimonio de mí.” (Jn 15,26). La palabra “Paráclito” viene de un verbo griego que expresa la acción de confortar, defender, exhortar, animar… Suele traducirse como “defensor”, pensando seguramente en el papel que hace el abogado con su cliente, pero existen otros ámbitos, aparte del jurídico, que iluminan también en qué consiste la acción del Espíritu. Uno de ellos es el del deporte y, dentro de él, la figura del entrenador de un atleta o de un equipo es un personaje que simboliza bien esa acción de “estar a favor”, de implicarse, de emplear todas sus energías, saberes y estrategias al servicio de los que entrena. Y no hay nadie que tenga más empeño que él en conseguir que jueguen bien y que alcancen la victoria los aquellos a los que ha dedicado su tiempo y su esfuerzo. En este juego de nuestra vida cristiana, sabemos que podemos contar siempre con una “Entrenadora” que está siempre de nuestra parte, que nos anima y nos estimula, que conoce bien nuestros recursos y también nuestros fallos y que puede enseñarnos a sacar partido de todo ello para conseguir la victoria.

“El Espíritu lo sondea todo, incluso las profundidades de Dios” (1Cor 2,10). Al intercambiar sin demasiado esfuerzo el verbo “sondear” por el de “navegar”, uno de los verbos más utilizados en informática, encontramos en ese lenguaje expresiones que permitirían hablar de la Ruaj como “Navegadora” porque “permite acceder”, “abre ventanas”, “posibilita la búsqueda de respuestas…” Si la elegimos como Navegadora por defecto, nos dará acceso a la experiencia de la inmerecida generosidad y abrirá nuestras ventanas a la compasión, la solidaridad y el perdón.

“Habéis sido sellados con el Espíritu Santo…” (Ef 1,13b). “El Espíritu atestigua que somos hijos de Dios” (Rom 8,16). Si estamos ante un lenguaje de mercado y el consumo que habla de marcas, sellos de calidad y etiquetas ¿no podemos llamar a la Ruaj “Controladora” de nuestra denominación de origen? Ella nos marca con un sello que atestigua quiénes somos y nos recuerda nuestra verdadera procedencia: “No habéis recibido un espíritu de esclavos para recaer en el temor, sino un espíritu de hijos que nos permite clamar: “Abba, Padre” (Rom 8, 14). “Sois raza escogida, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido para proclamar la grandeza del que os llamó de las tinieblas a su luz maravillosa”, proclama la Primera carta de Pedro (2,9) y Pablo no dejaba que los Filipenses olvidaran qué nacionalidad figuraba en su “pasaporte”: “Nosotros somos ciudadanos del cielo, de donde esperamos recibir al Señor Jesucristo…” (Fil 3,20).

Solo necesitamos desplegar nuestras velas” y dejar que la Ruaj nos conduzca hacia ese Dios de la donación, la abundancia, la generosidad y el exceso que se nos ha revelado en Jesús.

De todas maneras, quien siga prefiriendo evocar al Espíritu como dulce huésped del alma, sombra en medio del bochorno, brisa que nos refresca o llama que derrite nuestro hielo…, está en su derecho y para ser totalmente sincera, me parece que también yo.

Dolores Aleixandre RSCJ

El Espíritu no tiene que venir de ninguna parte

Rematamos el tiempo pascual con tres fiestas. Pentecostés, Trinidad y Corpus. Las tres hablan de Dios. Pero no desde el punto de vista filosófico o científico sino en cuanto se relaciona con cada uno de nosotros. De la realidad de Dios en sí mismo no sabemos nada; pero podemos experimentar su presencia como realidad que fundamenta y sostiene nuestra realidad, no desde fuera, sino desde lo hondo del ser. Pentecostés propone la relación con Dios que es Espíritu y hasta qué punto podemos descubrirlo.

Pentecostés, es una fiesta eminentemente pascual. Sin la presencia del Espíritu, la experiencia pascual no hubiera sido posible. La totalidad de nuestro ser está empapada de Dios-Espíritu. Es curioso que se presente la fiesta de Pentecostés en los Hechos, como la otra cara del episodio de la torre de Babel. Allí el pecado dividió a los hombres, aquí el Espíritu los congrega y une. Siempre es el Espíritu el que nos lleva a la unidad y por lo tanto el que nos invita a superar la diversidad que es fruto de nuestro falso yo.

El relato de los Hechos que hemos leído es demasiado conocido, pero no es tan fácil de interpretar. Pensar en un espectáculo de luz y sonido nos aleja del mensaje que quiere trasmitir. Lucas nos está hablando de la experiencia de la primera comunidad, no está haciendo una crónica periodística. En el relato utiliza los símbolos que había utilizado ya el AT. Fuego, ruido, viento. Los efectos de esa presencia no quedan reducidos al círculo de los reunidos, sino que sale a las calles, donde estaban hombres de todos los países.

El Espíritu está viniendo siempre. Mejor dicho, no tiene que venir de ninguna parte. (Lucas narra en los Hch, cinco venidas del Espíritu). Las lecturas que hemos leído nos dan suficientes pistas para no despistarnos. En la primera se habla de una venida espectacular (viento, ruido, fuego), haciendo referencia a la teofanía del Sinaí. Coloca el evento en la fiesta judía de Pentecostés, convertida en la fiesta de la renovación de la alianza. La Ley ha sido sustituida por el Espíritu. Juan habla de su venida el día de Pascua.

No es fácil superar errores. No es un personaje distinto del Padre y del Hijo, que anda por ahí haciendo de las suyas. Se trata del Dios UNO más allá de toda imagen. No es un don que nos regala el Padre o el Hijo sino Dios como DON absoluto que hace posible todo lo que podemos llegar a ser. No es una realidad que tenemos que conseguir a fuerza de oraciones y ruegos, sino el fundamento de mi ser, del que surge todo lo que soy.

Es difícil interpretar la palabra “Espíritu” en la Biblia. Tanto el “ruah” hebreo como el “pneuma” griego, tienen una gama tan amplia de significados que es imposible precisar a qué se refieren en cada caso. El significado predominante es una fuerza invisible pero eficaz que se identifica con Dios y que capacita al ser humano para realizar tareas que sobrepasan sus posibilidades. El significado primero era el espacio entre el cielo y la tierra, de donde los animales sorben la vida y nos abre una perspectiva muy interesante.

Los evangelios dejan muy claro que todo lo que es Jesús, se debe a la acción del Espíritu: «concebido por el Espíritu Santo.» «Nacido del Espíritu.» «Desciende sobre él el Espíritu.» «Ungido con la fuerza del Espíritu». “Como era hombre lo mataron, como poseía el Espíritu fue devuelto a la vida”. Está claro que la figura de Jesús no podría entenderse si no fuera por la acción del Espíritu. Pero no es menos cierto que no podríamos descubrir lo que es realmente el Espíritu si no fuera por lo que Jesús, desde su experiencia, nos ha revelado.

Hoy se quiere resaltar que gracias al Espíritu, algo nuevo comienza. De la misma manera que al comienzo de la vida pública Jesús fue ungido por el Espíritu en el bautismo y con ello queda capacitado para llevar a cabo su misión, ahora la tarea encomendada a los discípulos será posible gracias a la presencia del mismo Espíritu. De esa fuerza, nace la comunidad, constituida por personas que se dejan guiar por el Espíritu para llevar a cabo la misión. No se puede hablar del Espíritu sin hablar de unidad e integración y amor.

La experiencia inmediata, que nos llega a través de los sentidos, es que somos materia, por lo tanto, limitación, contingencia, inconsistencia, etc. Con esta perspectiva nos sentiremos siempre inseguros, temerosos, tristes. La Experiencia mística nos lleva a una manera distinta de ver la realidad. Descubrimos en nosotros algo absoluto, sólido, definitivo que es más que nosotros, pero es también parte de nosotros mismos. Esa vivencia nos traería la verdadera seguridad, libertad, alegría, paz, ausencia de miedo.

No se trata de entrar en un mundo diferente, acotado para un reducido número de personas, a las que se premia con el don del Espíritu. Es una realidad que se ofrece a todos como la más alta posibilidad de ser, de alcanzar una plenitud humana que todos debíamos proponer como meta. Cercenamos nuestras posibilidades de ser cuando reducimos nuestras expectativas a logros puramente biológicos, psicológicos, intelectuales. Si nuestro verdadero ser es espiritual y nos quedamos en la exclusiva valoración de la materia, devaluamos nuestra trayectoria humana y reducimos el campo de posibilidades.

La experiencia del Espíritu es de cada persona concreta, pero empuja siempre a la construcción de la comunidad, porque, una vez descubierta en uno mismo, en todos se descubre esa presencia. El Espíritu se otorga siempre “para el bien común”. Fijaros que, en contra de lo que se cuenta, no se da el Espíritu a los apóstoles, sino a los discípulos, es decir, a todos los seguidores de Jesús. La trampa de asignar la exclusividad del Espíritu a la jerarquía se ha utilizado para justificar privilegios, control y poder.

El Espíritu no produce personas uniformes como si fuesen fruto de una clonación. Es esta otra trampa para justificar toda clase de imposiciones y sometimientos. El Espíritu es una fuerza vital y enriquecedora que potencia en cada uno las diferentes cualidades y aptitudes. La pretendida uniformidad no es más que la consecuencia de nuestro miedo, o del afán de confiar en el control de las personas y no en la fuerza del mismo Espíritu.

En la celebración de la eucaristía debíamos poner más atención a esa presencia del Espíritu. Un dato puede hacer comprender cómo hemos ido devaluando la presencia del Espíritu en la celebración de la eucaristía. Durante muchos siglos el momento más importante de la celebración fue la epíclesis, es decir, la invocación del Espíritu que el sacerdote hacer sobre el pan y el vino. Solo mucho más tarde se confirió un poder especial, que ha llegado a ser mágico, a las palabras que hoy llamamos “consagración”.

La primera lectura nos invita a una reflexión muy simple: ¿hablamos los cristianos, un lenguaje que puedan entender hoy todos los hombres? Mucho me temo que no, porque no nos dejamos llevar por el Espíritu, sino por nuestras programaciones ideológicas. Solo hay un lenguaje que pueden entender todos los seres humanos, el lenguaje del amor.

Fray Marcos

Comentario – Solemnidad de Pentecostés

(Jn 14, 15-16. 23-26)

Estas preciosas promesas nos hablan de la intimidad de Dios en nuestros corazones. El evangelio nos enseña que los que aman a Dios se convierten en verdaderos templos de la presencia del Padre y de Jesús.

Sólo esa presencia de amor poderoso hace posible cumplir de verdad los mandamientos de Dios.

Pero luego aparece alguien más haciéndose presente en la intimidad de los creyentes: el Padre enviará el Espíritu Santo. Él es el que enseñará todo a los discípulos para que puedan comprender las enseñanzas de Jesús. Y en realidad él no enseñará cosas que Jesús no haya dicho, sino que «recordará» y hará comprender en profundidad las palabras de Jesús.

El nombre «Paráclito» es una expresión griega que significa «llamado junto a», es decir, el que uno invoca para que esté a su lado. Como cuando

uno grita a un amigo para que lo ayude y acompañe.

Llamarle «consolador» puede reducir su función, ya que el Espíritu Santo viene a estar con nosotros no sólo para consolarnos en la aflicción, sino para fortalecernos, enseñarnos, acompañarnos, renovarnos, y especialmente para hacer presente a Jesús y recordarnos el verdadero sentido de su evangelio.

Sin este fuego y esta luz del Espíritu Santo «no hay nada bueno en el hombre, nada que sea inocente». Sin su luz todo está manchado por la mentira, sin el impulso de su amor todo se enferma de egoísmo, sin su poder el hombre se aparta del verdadero camino y su corazón queda vacío.

Oración:

«Ven Espíritu Santo, porque necesito recordar las palabras de Jesús para iluminar mi vida de cada día. Ven a estar conmigo porque sin esa luz mi vida pierde sentido, y se apaga la verdadera alegría».

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

Domingo de Pentecostés

Cuenta el libro de los Hechos de los Apóstoles que Pablo encontró cierta vez en Éfeso un grupo de cristianos desconocidos. Algo debió de resultarle raro porque les preguntó: “¿Recibisteis el Espíritu Santo cuando comenzasteis a creer?” La respuesta fue rotunda: “Ni siquiera hemos oído que hay un Espíritu Santo”. Si Pablo nos hiciera hoy la misma pregunta, muchos cristianos deberían responder: “Sé desde niño que existe el Espíritu Santo. Pero no sé para qué sirve, no influye nada en mi vida. A mí me basta con Dios y con Jesús”. Esta respuesta sería sincera, pero equivocada. Las palabras que acaba de pronunciar las ha dicho impulsado por el Espíritu Santo. Tiene más influjo en su vida de lo que él imagina. Y esto lo sabemos gracias a las discusiones y peleas entre los cristianos de Corinto.

La importancia del Espíritu (1 Corintios 12,3b-7.12-13)

Los corintios eran especialistas en crear conflictos. Una suerte para nosotros, porque gracias a sus discusiones tenemos las dos cartas que Pablo les escribió. La que originó la lectura de hoy no queda clara, porque el texto, para no perder la costumbre, ha sido mutilado. Quien se toma la pequeña molestia de leer el capítulo 12 de la Primera carta a los Corintios, advierte cuál es el problema: algunos se consideran superiores a los demás y no valoran lo que hacen los otros. Con una imagen moderna, es como si un arquitecto despreciase, y considerase inútiles, al delineante que elabora los planos, al informático que trabaja en el ordenador, al capataz que dirige la obra y, sobre todo, a los obreros que se juegan a veces la vida en lo alto del andamio.

La sección suprimida en la lectura (versículos 8-11) describe la situación en Corinto. Unos se precian de hablar muy bien en las asambleas; otros, de saber todo lo importante; algunos destacan por su fe; otros consiguen realizar curaciones, y hay quien incluso hace milagros; los más conflictivos son los que presumen de hablar con Dios en lenguas extrañas, que nadie entiende, y los que se consideran capaces de interpretar lo que dicen.

Pablo comienza por la base. Hay algo que los une a todos ellos: la fe en Jesús, confesarlo como Señor, aunque el César romano reivindique para sí este título. Y eso lo hacen gracias al Espíritu Santo. Esta unidad no excluye diversidad de dones espirituales, actividades y funciones. Pero en la diversidad deben ver la acción del Espíritu, de Jesús y de Dios Padre. A continuación de esta fórmula casi trinitaria, insiste en que es el Espíritu quien se manifiesta en esos dones, actividades y funciones, que concede a cada uno con vistas al bien común.

Además, el Espíritu no solo entrega sus dones, también une a los cristianos. Gracias al él, en la comunidad no hay diferencias motivadas por el origen (judíos – griegos) ni por las clases sociales (esclavos – libres). En la carta a los Gálatas dirá Pablo que también elimina las diferencias basadas en el género (varones – mujeres). Hoy día somos especialmente sensibles a la diferencia de género. No podemos imaginar lo que suponía en el siglo I las diferencias entre un esclavo (por más cultura que tuviese) y un ciudadano libre, ni entre un cristiano de origen judío (algunos se consideraban lo mejor de lo mejor) y un cristiano de origen pagano, recién bautizado (para algunos, un advenedizo). [Solo hay un tema en el que ha fracasado el Espíritu: en unir a independentistas y nacionalistas].

En definitiva, todo lo que somos y tenemos es fruto del Espíritu, porque es la forma en que Jesús resucitado sigue presente entre nosotros.

¿Cómo comenzó la historia? Dos versiones muy distintas.

Si a un cristiano con mediana formación religiosa le preguntan cómo y cuándo vino por vez primera el Espíritu Santo, lo más probable es que haga referencia al día de Pentecostés. Y si tiene cierta cultura artística, recordará el cuadro de El Greco, aunque quizá no haya advertido que, junto a la Virgen, está María Magdalena, representando al resto de la comunidad cristiana (ciento veinte personas según Lucas).

Pero hay otra versión muy distinta: la del evangelio de Juan.

La versión de Lucas (Hechos de los apóstoles 2,1-11)

Lucas es un entusiasta del Espíritu Santo. Ha estudiado la difusión del cristianismo desde Jerusalén hasta Roma, pasando por Siria, la actual Turquía y Grecia. Conoce los sacrificios y esfuerzos de los misioneros, que se han expuesto a bandidos, animales feroces, viajes interminables, naufragios, enemistades de los judíos y de los paganos, para propagar el evangelio. ¿De dónde han sacado fuerza y luz?  ¿Quién les ha enseñado a expresarse en lenguas tan diversas? Para Lucas, la respuesta es clara: todo eso es don del Espíritu.

Por eso, cuando escribe el libro de los Hechos, desea inculcar que su venida no es solo una experiencia personal y privada, sino de toda la comunidad. Algo que se prepara con un largo período (¡cincuenta días!) de oración, y que acontecerá en un momento solemne, en la segunda de las tres grandes fiestas judías: Pentecostés. Lo curioso es que esta fiesta se celebra para dar gracias a Dios por la cosecha del trigo, inculcando al mismo tiempo la obligación de compartir los frutos de la tierra con los más débiles (esclavos, esclavas, levitas, emigrantes, huérfanos y viudas).

En este caso, quien empieza a compartir es Dios, que envía el mayor regalo posible: su Espíritu. El relato de Lucas contiene dos escenas (dentro y fuera de la casa), relacionadas por el ruido de una especie de viento impetuoso.

Dentro de la casa, el ruido va acompañado de la aparición de unas lenguas de fuego que se sitúan sobre cada uno de los presentes. Sigue la venida del Espíritu y el don de hablar en distintas lenguas. ¿Qué dicen? Lo sabremos al final.

Fuera de la casa, el ruido (o la voz de la comunidad) hace que se congregue una multitud de judíos de todas partes del mundo. Aunque Lucas no lo dice expresamente, se supone que la comunidad ha salido de la casa y todos los oyen hablar en su propia lengua. Desde un punto de vista histórico, la escena es irreal. ¿Cómo puede saber un elamita que un parto o un medo está escuchando cada uno su idioma? Pero la escena simboliza una realidad histórica: el evangelio se ha extendido por regiones tan distintas como Mesopotamia, Judea, Capadocia, Ponto, Asia, Frigia, Panfilia, Egipto, Libia y Cirene, y sus habitantes han escuchado su proclamación en su propia lengua. Este “milagro” lo han repetido miles de misioneros a lo largo de siglos, también con la ayuda del Espíritu. Porque él no viene solo a cohesionar a la comunidad internamente, también la lanza hacia fuera para que proclame «las maravillas de Dios».

La versión de Juan 20, 19-23

Muy distinta es la versión que ofrece el cuarto evangelio. En este breve pasaje podemos distinguir cuatro momentos: el saludo, la confirmación de que es Jesús quien se aparece, el envío y el don del Espíritu.

El saludo es el habitual entre los judíos: “La paz esté con vosotros”. Pero en este caso no se trata de pura fórmula, porque los discípulos, muertos de miedo a los judíos, están muy necesitados de paz.

Esa paz se la concede la presencia de Jesús, algo que parece imposible, porque las puertas están cerradas. Al mostrarles las manos y los pies, confirma que es realmente él. Los signos del sufrimiento y la muerte, los pies y manos atravesados por los clavos, se convierten en signo de salvación, y los discípulos se llenan de alegría.

Todo podría haber terminado aquí, con la paz y la alegría que sustituyen al miedo. Sin embargo, en los relatos de apariciones nunca falta un elemento esencial: la misión. Una misión que culmina el plan de Dios: el Padre envió a Jesús, Jesús envía a los apóstoles.

El final lo constituye una acción sorprendente: Jesús sopla sobre los discípulos. No dice el evangelistas si lo hace sobre todos en conjunto o lo hace uno a uno. Ese detalle carece de importancia. Lo importante es el simbolismo. En hebreo, la palabra ruaj puede significar “viento” y “espíritu”. Jesús, al soplar (que recuerda al viento) infunde el Espíritu Santo. Este don está estrechamente vinculado con la misión que acaban de encomendarles. A lo largo de su actividad, los apóstoles entrarán en contacto con numerosas personas; entre las que deseen hacerse cristianas habrá que distinguir entre quiénes pueden ser aceptadas en la comunidad (perdonándoles los pecados) y quiénes no, al menos temporalmente (reteniéndoles los pecados).

Resumen

Estas breves ideas dejan clara la importancia esencial del Espíritu en la vida de cada cristiano y de la Iglesia. El lenguaje posterior de la teología, con el deseo de profundizar en el misterio, ha contribuido a alejar al pueblo cristiano de esta experiencia fundamental. En cambio, la preciosa Secuencia de la misa ayuda a rescatarla. Hoy es buen momento para pensar en lo que hemos recibido del Espíritu y lo que podemos pedirle que más necesitemos.

El don de lenguas

«Y empezaron a hablar en diferentes lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse». El primer problema consiste en saber si se trata de lenguas habladas en otras partes del mundo, o de lenguas extrañas, misteriosas, que nadie conoce. En este relato es claro que se trata de lenguas habladas en otros sitios. Los judíos presentes dicen que «cada uno los oye hablar en su lengua nativa». Pero esta interpretación no es válida para los casos posteriores del centurión Cornelio y de los discípulos de Éfeso. Aunque algunos autores se niegan a distinguir dos fenómenos, parece que nos encontramos ante dos hechos distintos: hablar idiomas extranjeros y hablar «lenguas extrañas» (lo que Pablo llamará «las lenguas de los ángeles»).

El primero es fácil de racionalizar. Los primeros misioneros cristianos debieron enfrentarse al mismo problema que tantos otros misioneros a lo largo de la historia: aprender lenguas desconocidas para transmitir el mensaje de Jesús. Este hecho, siempre difícil, sobre todo cuando no existen gramáticas ni escuelas de idiomas, es algo que parece impresionar a Lucas y que desea recoger como un don especial del Espíritu, presentando como un milagro inicial lo que sería fruto de mucho esfuerzo.

El segundo fenómeno es más complejo. Lo conocemos a través de la primera carta de Pablo a los Corintios. En aquella comunidad, que era la más exótica de las fundadas por él, algunos tenían este don, que consideraban superior a cualquier otro. En la base de este fenómeno podría estar la conciencia de que cualquier idioma es pobrísimo a la hora de hablar de Dios y de alabarlo. Faltan las palabras. Y se recurre a sonidos extraños, incomprensibles para los demás, que intentan expresar los sentimientos más hondos, en una línea de experiencia mística. Por eso hace falta alguien que traduzca el contenido, como ocurría en Corinto. (Creo que este fenómeno, curiosamente atestiguado en Grecia, podría ponerse en relación con la tradición del oráculo de Delfos, donde la Pitia habla un lenguaje ininteligible que es interpretado por el “profeta”).

Sin embargo, no es claro que esta interpretación tan teológica y profunda sea la única posible. En ciertos grupos carismáticos actuales hay personas que siguen «hablando en lenguas»; un observador imparcial me comunica que lo interpretan como pura emisión de sonidos extraños, sin ningún contenido. Esto se presta a convertirse en un auténtico galimatías, como indica Pablo a los Corintios. No sirve de nada a los presentes, y si viene algún no creyente, pensará que todos están locos.

José Luis Sicre

Lectio Divina – Solemnidad de Pentecostés

Recibid el Espíritu Santo

INTRODUCCIÓN

         “Sin el Espíritu Santo, Dios está lejos; Cristo se encuentra en el pasado; el Evangelio es letra muerta; la Iglesia, una simple organización; la autoridad, despotismo; la misión, propaganda; el culto, una evocación; y la vida cristiana, una moral de esclavos. Pero, en el Espíritu Santo y en permanente comunión con él, el cosmos queda elevado y gime en el alumbramiento del Reino; el hombre se mantiene en lucha contra la carne; Cristo resucitado está presente; el Evangelio es poder de vida; la Iglesia significa comunión trinitaria; la autoridad es un servicio liberador; la misión es un nuevo Pentecostés; la liturgia es memorial y anticipación; y toda la vida cristiana queda deificada» (Mons. Ignacio Hazim, metropolita ortodoxo de Lattaquié (Siria).

LECTURAS BÍBLICAS

1ª lectura: Hechos 2, 1-11;         2ª lectura: 1Cor. 12, 3-13.

EVANGELIO

Jn.20,19-23.

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros». Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

REFLEXIÓN

Siempre comenzamos la Misa diciendo: En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Nuestra fe confiesa que en Dios hay tres personas distintas y un solo Dios verdadero. Podríamos decir que el Padre vive para nosotros, El Hijo vive con nosotros y el E. Santo en nosotros. Esta presencia es tan fabulosa que el mismo Jesús nos dice: “Os conviene que me marche. Si no me voy no puedo enviaros el Espíritu Santo” (Jn. 16,7). Según Jesús, la presencia del Espíritu Santo en nosotros vale más que su propia presencia física. El “soplo” de Jesús sobre los discípulos, como el soplo de Dios sobre Adán en el Paraíso, son “soplos creadores”. Con el Espíritu Santo “se crea un mundo nuevo”. ¿En qué consiste?

1.– EL ESPÍRITU SANTO TRANSFORMA EL VIENTO RECIO EN SUAVE BRISA. En el A.T. ese “viento fuerte” que pasaba arrancando, demoliendo, derribando, causaba miedo a los israelitas (Ex.20,18). En Pentecostés se convierte en “suave brisa” que refresca y acaricia. Alude a la presencia gratificante de Dios en el Paraíso, cuando paseaba con nuestros primeros padres “a la brisa de la tarde” (Gn.3,8). Este paraíso perdido se recuperaría en los tiempos del Mesías. Así lo había anunciado Elías cuando la presencia de Dios no estaba en el huracán ni en la tormenta sino “en el susurro de una suave brisa” (I Reg. 19,12). Bella imagen del Espíritu que pasa delante de nosotros rozándonos suavemente, acariciándonos, y entra dentro de nosotros con el rocío de una unción delicada y exquisita.  “Su unción os enseñará” (1Jn. 2,27). Nos enseña derramándose en nosotros de una manera suave y penetrante. Algo así como nos enseñaron a rezar nuestras madres cristianas, sentados en sus rodillas, envueltos en besos y caricias.

2.– EL ESPIRITU SANTO TRANSFORMA EL “RAYO DE LA TORMENTA” EN “ZARZA ARDIENTE DE AMOR”. Cuando Moisés bajaba de la montaña en medio de la tormenta, el pueblo estaba atemorizado y se mantenía a distancia (Ex. 20,21). Esta distancia será acortada por una presencia cautivadora: la del mismo Moisés ante la “zarza que ardía sin consumirse” (Ex.3,2). Imagen bella, sugerente, evocadora: Un Dios que arde en llamaradas de amor, en llamaradas de vida. A esta imagen se refiere la primera lectura de hoy al hablar de “llamas de fuego sobre la cabeza de los apóstoles” (Hechos. 2,3). El Espíritu Santo quita miedos, acorta distancias con Dios, y nos da el fuego del entusiasmo. Las palabras de los Apóstoles llevan fuego, convencen, apasionan, invitan al testimonio, incluso al martirio. Aquí se cumplen las palabras de Jeremías en momentos de crisis: “Pero había en mí un fuego ardiente encerrado en los huesos y aunque trataba de ahogarlo, no podía” (Jer. 20,9). Hay una bonita manera de decirle a Dios que sí; es ya no poder decirle que no. Y esto sucede al que está lleno del Espíritu Santo.

3.– EL ESPÍRITU SANTO CONVIERTE LA “TORRE DE BABEL” EN “COMUNIDAD DE PAZ Y DE UNIDAD”. Esto significa que ocurre lo contrario de Babel. Allí existía el espíritu de soberbia, al querer levantar una torre tan alta que llegara hasta el cielo.  Dios los confunde. Ahora que todos tienen el Espíritu Santo todos se entienden, todos hablan el mismo lenguaje: el lenguaje del amor y todos buscan la unidad. La Iglesia de Cristo es ante todo Iglesia en el Espíritu. “La letra mata, el Espíritu da vida” (2Cor. 3,6). Lo que es un cuerpo sin alma eso sería la Iglesia sin el Espíritu. Hasta tal punto es necesaria la unidad en la Iglesia que el propio Jesús, antes de su muerte, en la oración sacerdotal, nos dice que en esto conocerán que somos sus discípulos. “Que sean uno como nosotros somos uno y así creerán que Tú me has enviado” (Jn. 17,21). Pero no podemos vivir en unidad si no tenemos el Espíritu Santo. Pretender hacer comunidades cristianas sin tener el Espíritu de Jesús no deja de ser un juego de niños.

PREGUNTAS

1.- ¿Estoy convencido de la necesidad que tenemos de la presencia viva del Espíritu en nuestra vida cristiana?  ¿cómo conseguirlo?

2.- ¿He tenido en mi vida cristiana alguna experiencia de la presencia del Espíritu Santo? ¿Conozco a alguna persona que la haya tenido?

3.– En estos tiempos de secularización, de falta de fe, ¿No crees que urge pasar del Dios de la ciencia, al Dios de la experiencia?  ¿No te parece que faltan en la Iglesia testigos del Espíritu? Y tú ¿Por qué no puedes ser uno de ellos?

Este evangelio, en verso, suena así:

Ven, Espíritu Divino.
Sal, gozoso, a nuestro encuentro.
Entra en nuestro corazón
Y renuévalo por dentro.
Sin tu amorosa presencia,
nos sentimos pobres, huérfanos…
Somos felices y ricos,
si Tú nos mandas tu “aliento”.
Tú disipas nuestras dudas,
nubes que se lleva el viento.
Con tu clara luz captamos
la “Verdad del Evangelio”.
Si estamos desanimados,
Tú eliminas nuestros miedos.
En las horas de dolor,
en Ti encontramos “consuelo”.
Eres para nuestra Iglesia,
como el “alma” para el cuerpo.
Gracias a Ti, hablamos todos
“en clave de amor fraterno”.
Cuando en Ti depositamos
nuestros sueños y proyectos,
gozamos de paz profunda
con el perdón de tus besos.
Gracias, Espíritu Santo,
nuestro Amigo y Compañero.
Sin Ti, la vida es infierno
y contigo dulce “cielo”

(Compuso estos versos José Javier Pérez Benedí)

ORACIÓN DEL PAPA FRANCISCO POR UCRANIA

Tú que nos enseñaste que a la diabólica insensatez de la violencia se responde con las armas de Dios, con la oración y el ayuno, ten piedad de nosotros, aleja la guerra y demás violencias malignas y permítenos llegar a soluciones aceptables y duraderas a esta crisis, basadas no en las armas, sino en un diálogo profundo.

El Espíritu Santo, el Gran Desconocido

“Os digo la verdad: os conviene que me vaya, porque si no me voy, el Paráclito no vendrá a vosotros. En cambio, si yo me voy, os lo enviaré” (Jn 16, 7). Para los Apóstoles el acontecimiento de Pentecostés fue, ante todo, la prueba más irrefutable de que Cristo, efectivamente, estaba ya reinando “a la derecha del Padre”. Ahora experimentaban los secretos de la intimidad divina de que Cristo nos reveló: Dios es Padre, Hijo y Espíritu Santo. Pentecostés configuró la existencia de la Iglesia y la vida de los discípulos. Ser discípulo de Jesús era tener conciencia viva de la presencia en el alma de las tres Divinas Personas. Esto se transparenta en cualquier página de en las cartas San Pablo dirige a sus comunidades; se sabían ellos mansión y templo del Dios trinitario. Especialmente el Espíritu Santo se hacía sentir de modo milagroso y sensible en sus vidas, adornándolos con carismas extraordinarios, que eran para ellos confirmación segura de su Fe y riqueza espiritual propia, que los distinguía y ennoblecía por encima de los que no habían sido regenerados por las aguas del bautismo. En alguna ocasión, el Apóstol de las Gentes hubo de encauzar este aprecio de bienes espirituales hacia el bien primero y esencial: la caridad, en que consiste realmente la perfección que el Espíritu Santo pone en nosotros.

Resulta sorprendente que, al cabo de los siglos, el Espíritu Santo esté olvidado en las conciencias de muchos cristianos, cuando es el alma de la Iglesia -Esposa de Cristo-, el Consolador, el Don del cielo que exulta en nuestros corazones. Es preciso, por tanto, que los cristianos de hoy volvamos al fervor de aquellos primeros discípulos de que nos hablan los Hechos y las Cartas apostólicas, que resucitemos en nosotros la devoción al Espíritu Paráclito, que aboga por nosotros ante el Padre. Devoción, he dicho: es decir, amor de entrega y de servicio a los demás.

Él ha de estar presente en nuestra oración y en nuestra vida. Cuando saboreemos sus frutos -la alegría de una renuncia, la paz de una reconciliación, un movimiento impregnado de bondad…- a Él lo hemos de referir y agradecer: nos hemos de esforzar en tratarle.

Pero el test de la verdadera devoción es el servicio. En España tenemos la tradición de la “devotio iberica”, vigente entre los antiguos pobladores de nuestra península, que llegaba hasta la muerte. Procuremos de volver al noble término de devoción su profundo y recio sentido. Tener devoción al Espíritu Santo será entregarnos a Él, sin condiciones, en una rendición total de nuestro ser. Será llegar hasta la muerte de nuestro “hombre viejo”, de nuestro amor propio: volver a nacer, como explicaba el Señor a Nicodemo; hacernos niños, como pedía el Señor a sus discípulos.

Difícil empresa la de la infancia espiritual, que sólo puede realizarse bajo la acción del Espíritu Santo. Consiste en reconducir nuestras facultades a su primitivo candor: llegar a poseer, sobrenaturalizadas, la ingenuidad admirativa del verdadero filósofo, la atracción por la belleza del artista auténtico, la bondad espontánea de un corazón maternal, la prontitud y disciplina en las obras del soldado. La infancia espiritual no es, por tanto, infantilismo. Constituye en sí misma una profunda forma de plenitud humana, que Cristo nos ha traído. Si no se llega a alcanzar, quedan escondidas en la personalidad, remedándola, esas vetas infantiloides que se descubren en las vidas de los hombres famosos. San Pablo, efectivamente, nos amonesta: “No queráis ser niños en el uso de la razón, sino en la malicia” (1 Cor 14, 20).

Sólo el santo puede alcanzar el ideal de la infancia espiritual, porque sólo con la ayuda de la gracia puede lograr la plenitud. Es preciso que el Dios-Amor purifique el alma de todo amor propio, de toda concupiscencia. Por eso, en la base de toda infancia espiritual están la humildad y el espíritu de sacrificio. Pero, bajo el soplo del Espíritu, la infancia espiritual resulta elevada a un plano superior, divino y se convierte en la sencillez espontánea de la Fe, la Esperanza y el Amor a ese Dios, Padre nuestro, ante el cual “tú eres un niño más chico que, delante de ti, un pequeño de dos años” (Camino, 860).

Pedro Rodríguez

Pentecostés

1.- La palabra indica cincuenta, son los días pasados desde el inicio del tiempo pascual. Los orígenes de la fiesta, como en tantos otros casos, son agrícolas, fiesta étnica se llamaría en lenguaje «progre». Corresponde a las celebraciones de las primeras espigas de trigo segadas y ofrecidas a Dios. (Como la incidencia de la otra está en antiguas fiestas de las de la cebada). Israel las había enriquecido con sus tradiciones y nosotros cristianos, las celebramos porque coincidieron en el tiempo con las realizaciones de los más grandes misterios de nuestra Fe. Las fiestas de la cebada, de los panes ázimos y del sacrificio del cordero, coincidió con el sacrificio salvador de Jesús, que padeció tortura y muerte y, al cabo de tres días, gloriosa resurrección. Las del trigo, concurrió con la prodigiosa llegada, efusión, impregnación y enriquecimiento de los apóstoles con el Espíritu que descendió sobre ellos. Ellos, los apóstoles, que estaban acompañados de la Madre del Maestro y de las santas mujeres (sin duda entre ellas estaría María la de Magdala, Act. 1,13, aviso para «navegación de cabotaje»)

Nuestra Fe nos dice que la segunda Persona Divina se hizo hombre, físico, visible, verdadero. La misma Fe nos dice que el Padre, el papaíto, diría Jesús y Pablo, se manifestó misteriosamente en voz, (acordaos del momento del bautismo en el Jordán, de la confidencia a los tres escogidos, en el Tabor). Se manifestó como voz, pero no era voz. Faltaba a la humanidad mimada, el encuentro con el Espíritu. (La primera comunicación explicita y sorprendente, había sido en el momento del encuentro con la Virgen en Nazaret, pero fue esto un momento de privada intimidad). Apareció, también en el Jordán, bajo apariencia de paloma. Finalmente, de manera solemne, lo hizo arropado en la imagen de viento impetuoso y mayestático fuego, a la comunidad reunida de la que antes os hablaba, temerosa ella en aquellos días, pero rica en amor, no lo olvidéis.

2.- Mis queridos jóvenes lectores, tradicionalmente, se ha escogido la figura de paloma como la más común para representar al Espíritu Santo. Sin negar el texto, quisiera advertiros que no se trata de que se empalomase (el Hijo sí que se hizo hombre, no pura apariencia humana). Para los urbanitas de hoy, la imagen de la paloma no les resulta demasiado atractiva. En nuestras ciudades, estos animales proliferan demasiado y ensucian monumentos. Ya no es un animal atractivo. El fuego en cambio… ¡cuantos buenos ratos hemos pasado mirando su resplandor en un fuego de campamento, una hoguera cualquiera o el de una simple vela! Cualquier llama siempre es fascinante.

Estaban ellos reunidos en la estancia superior donde con el Señor habían celebrado la Santa Cena. Todos se acordaban de sus enseñanzas, de sus milagros, de su muerte, de su resurrección, no obstante… El miedo es más fuerte, a veces, que todos los conocimientos que uno pueda tener. Seguramente vosotros, mis queridos jóvenes lectores, también sabéis muchas cosas referentes a Jesús y no obstante, con frecuencia, lleváis una vida sin sentido, sin que esté de acuerdo con su doctrina. Eran miedosos ellos y ellas. Excepto María. Por el tono de la narración, nos es notorio que Ella no estaba allí como en un refugio protector, sino como compañera-madre, que les infundía ánimo y paz.

3.- ¿Os acordáis de que diversas veces, en sus apariciones, Jesús les había dicho: recibid el Espíritu Santo? Hay que reconocer que, por su comportamiento, ellos ni se habían dado por enterados, ni eran conscientes de lo que llevaban dentro. Era preciso una entrada solemne, una inauguración oficial de la nueva y definitiva etapa de su vida. Y en cierto momento sopló un viento impetuoso. Huracanado, no. Fue un viento de los que asombran e impresionan, pero no perjudican. Simultáneamente notaron el fuego, las llamas que descendían y se posaban sobre cada uno de ellos, sin quemarlos, pero trasformando su mente, su corazón, toda su persona.

Aquello fue el principio. Respondieron ellos con impetuoso coraje, que les llevó fuera de la estancia, locos de alegría, a comunicar a los demás la gran noticia. No fueron simples pregoneros, la trasformación que en ellos se había operado les hacía capaces de trasmitirla a los demás, de contagiársela. Nosotros somos testimonios del éxito de este gran prodigio. No es suficiente haber estudiado y aprendido. No nos podemos contentar con estar convencidos. Es preciso ser cristianos sorprendentes, capaces de entusiasmar más que el mejor conjunto musical lo consigue en sus buenas actuaciones y, para ello, necesitamos dejarnos penetrar por el Espíritu de Jesús, el mismo de aquel día en Jerusalén, aquel que le ilusiona a Él que recibamos y habite en lo más profundo de nuestro ser. No debemos decepcionarle. Si somos receptivos, nos enriquecerá con sus dones. Tradicionalmente estos dones se han clasificado en siete conceptos y se habla de que los frutos de su entrada en nosotros supone doce prodigios. No os voy a dar la lista. No es un dogma de Fe. Os lo voy a trasmitir con otras palabras que, sin ser las que acertadamente pone el catecismo, resultan, en conjunto, equivalentes y corresponden más, creo yo, a vuestro lenguaje.

Juventud espiritual (muy necesaria, algunos parece que ya nacieron viejos)

Valentía, Intrepidez, (¿por qué tener miedo al futuro, como tantos tienen?)

Lealtad, Coherencia, Responsabilidad (ser personas en que la gente pueda confiar)

Pureza de pensamiento, palabra y obra (dueños y amos de nosotros mismos, dominadores de nuestras espontáneas tendencias)

Alegría, felicidad (lo único que puede entristecer a uno es no ser amigo de Jesús)

Ingenio (la vida se la proyecta cada uno, sin dejarse arrastrar por el consumismo, por el pret a porter espiritual)

Esfuerzo (con pereza no se logra nada plenamente satisfactorio)

Generosidad (dar y darse, sin miramientos, vaciarse de uno mismo, es lo que más enriquece)

Soñador (solo así se vive, apasionadamente, la aventura de la vida)

¿Creéis que tener estas cualidades es pura utopía? ¿Qué es imposible ser así? Como decían aquellos franceses: seamos realistas: pidamos lo imposible. Si no lo lograron ellos es porque no confiaban, porque no se lo reclamaban al buen Dios.

Pentecostés, no lo olvidéis, mis queridos jóvenes lectores, es el más sublime ensueño que uno pueda vivir, es sumergirse ya en la eternidad feliz, que se nos tiene preparada.

Pedrojosé Ynaraja

Salud integral

Cada vez se habla más de buscar la “salud integral”, para alcanzar un correcto equilibrio entre todos los ámbitos de la vida, para poder sentirnos realmente “sanos”. A menudo se nos recuerdan los efectos beneficiosos que para esa salud integral tiene una alimentación sana y equilibrada, el ejercicio físico, la actividad intelectual… Y sabemos que son beneficiosos por los efectos positivos que tienen en nosotros. Pero, como las personas estamos formadas por cuerpo, mente y alma, en la búsqueda de la salud integral no podemos olvidar el cuidado del alma si queremos sentirnos realmente “sanos” y en perfecto equilibrio.

Si la alimentación sana y el ejercicio físico son beneficiosos para el cuerpo, y la actividad intelectual es beneficiosa para la mente, hoy, solemnidad de Pentecostés, celebramos al que es beneficioso para nuestra alma: el Espíritu Santo.

La fiesta de Pentecostés, de origen judío, tenía lugar siete semanas (cincuenta días, de ahí su nombre) después de la fiesta de la ofrenda de las primeras gavillas de cebada. Y, como hemos escuchado en la 1ª lectura, al cumplirse el día de Pentecostés, se celebra la venida del Espíritu Santo sobre los discípulos, cincuenta días después de la Resurrección de Cristo.

El domingo de Pentecostés es el segundo domingo más importante del año, después del domingo de Resurrección, y supone la culminación del tiempo pascual, pero no como un punto final, sino como un comienzo. Hoy celebramos que lo que significa la Resurrección de Cristo, que hemos ido reflexionando a lo largo del tiempo pascual, se desborda más allá de los límites del grupo de los discípulos y desencadena un movimiento expansivo, la misión evangelizadora de la Iglesia, para ofrecer lo que faltaba al ser humano: la salud del alma, para obtener la salud o salvación integral.

Las lecturas de hoy nos muestran los efectos beneficiosos que el Espíritu Santo tiene para nuestra alma. Nos hace hablar en otras lenguas (1ª lectura), nos capacita para hablar de las grandezas de Dios de un modo comprensible a cualquier ser humano, sea cual sea su raza y condición.

El Espíritu dará vida a vuestros cuerpos mortales (2ª lectura). El Espíritu Santo abre nuestra vida más allá de los límites y condicionamientos de lo material, de lo “mortal”, de lo caduco de este mundo, hacia la Vida infinita de Dios.

Por eso, si con el Espíritu dais muerte a las obras del cuerpo, viviréis. El Espíritu Santo nos da fuerza para “matar” todo aquello que nos quita la vida, que nos perjudica y que nos impide disfrutar de una salud integral, que nos sintamos realmente “vivos”.

Por el Espíritu, no habéis recibido un espíritu de esclavitud, para recaer en el temor, sino que habéis recibido un Espíritu de hijos de adopción, en el que clamamos: “¡Abba, Padre!”. El Espíritu Santo transforma nuestra relación con Dios. Ante Él no cabe el temor, ni sentirnos oprimidos por un “ser superior”. El Espíritu Santo nos hace sabernos, sentirnos y vivir como hijos de Dios y llamarle incluso “Papá”.

Y, puesto que algo necesario para alcanzar la salud integral es mantenerse en los buenos propósitos, el Espíritu Santo será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho (Evangelio). El Espíritu Santo mantiene presente y actualizado el Evangelio, para que lo llevemos a nuestra vida. ¿Cuido mi salud? ¿A qué necesitaría prestar más atención? ¿Invoco al Espíritu Santo para lograr una salud integral? ¿Conocía los beneficios que el Espíritu Santo aporta al alma? ¿Cuál de esos beneficios necesito más en este momento de mi vida? ¿Qué voy a hacer para lograrlo?

Cuando una persona goza de una salud integral, se le nota en todos los aspectos: físicamente, en el carácter, en su modo de relacionarse y actuar… En la Secuencia hemos escuchado: “Mira el vacío del hombre si tú le faltas por dentro”. Por muchos bienes materiales que tengamos, y aunque gocemos de buena salud física, podemos sentirnos “vacíos” porque nos falta la “salud” del alma.

En la solemnidad de Pentecostés, dejemos que el Espíritu Santo nos llene, como a los primeros discípulos, para que nos vaya enseñando y recordando todo lo que Jesús nos ha dicho para ser los apóstoles de hoy, que propongamos a los demás la salud integral que sólo Cristo Resucitado puede darnos, por medio de su Espíritu Santo, para que tengamos auténtica vida en nosotros.