Lectio Divina – Bienaventurada Virgen María, Madre de la Iglesia

Mujer, ahí tienes a tu hijo. Luego dice al discípulo: Ahí tienes a tu madre

María, Madre de la Iglesia

1.- Oración introductoria.

Cuando uno tiene dolores intensos, no está para nada ni para nadie, sólo para inclinarse sobre sí mismo y sufrir y llorar. Y es impresionante que Tú, Jesús, en medio de aquellos acerbos dolores, no pensaras en ti y tu pensamiento se dirigiera a tu madre. En la Cruz, te preocupa ella. ¿Quién la cuidará?  Por eso se dirige al discípulo amado y le dice: Ahí tienes a tu madre. Cuídamela bien, como yo la he cuidado. Que a mi madre no le falte nada.

2.- Lectura sosegada del evangelio:  Juan 19, 25-27

         Junto a la cruz de Jesús estaban su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: Mujer, ahí tienes a tu hijo. Luego dice al discípulo: Ahí tienes a tu madre. Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa.

3.- Qué dice el texto.

Reflexión

Jesús, antes de morir, quiso dar a la Virgen dos títulos honoríficos: el de mujer y el de madre. Con el título de “mujer” quiere decirnos que María es la mujer ideal, la mujer perfecta, el prototipo de mujer de todos los tiempos. Si la primera mujer Eva fue ocasión de pecado, la segunda Eva, María, fue motivo de gracia. Dice San Ireneo: “El lazo de la desobediencia de Eva fue desatado por la obediencia de María. Y Dante, en la divina Comedia, afirma: “La llaga que María cerró y ungió, la hermosa llaga de sus pies, fue aquella que Eva había abierto y punzado”.

El que Jesús llame a la Virgen “mujer” no supone ningún desdoro para ella. La mujer, antes de ser hermana, antes de ser esposa, antes de ser madre, tiene que ser “mujer” Y decir mujer es decir encanto, delicadeza, ternura, ilusión, armonía. Cuando Jesús llama a María “mujer” es como si le dijera: Me encanta que seas femenina.

Por otra parte, Jesús como hombre, tuvo una experiencia que no había tenido como Dios: la experiencia de tener una madre. Y tanto disfrutó de esta experiencia que, antes de morir, nos dejó a su propia madre por madre nuestra. Jesús quiso que todos tuviéramos madre y que nadie en este mundo se sintiera huérfano. Cuando Jesús, al pie de la Cruz, pronunció la palabra “madre” sus labios resecos se impregnaron de dulzura. Y es que la palabra “madre” es la más dulce y la más tierna de todas del diccionario.

Palabra del Papa

“Nuestro camino de fe está unido de manera indisoluble a María desde el momento en que Jesús, muriendo en la cruz, nos la ha dado como Madre diciendo: “He ahí a tu madre”. Estas palabras tienen un valor de testamento y dan al mundo una Madre. Desde ese momento, la Madre de Dios se ha convertido también en nuestra Madre. En aquella hora en la que la fe de los discípulos se agrietaba por tantas dificultades e incertidumbres, Jesús les confió a aquella que fue la primera en creer, y cuya fe no decaería jamás. Y la “mujer” se convierte en nuestra Madre en el momento en el que pierde al Hijo divino. Y su corazón herido se ensancha para acoger a todos los hombres, buenos y malos, y los ama como los amaba Jesús. La mujer que en las bodas de Caná de Galilea había cooperado con su fe a la manifestación de las maravillas de Dios en el mundo, en el Calvario mantiene encendida la llama de la fe en la resurrección de su Hijo, y la comunica con afecto materno a los demás. María se convierte así en fuente de esperanza y de verdadera alegría.  (Homilía de S.S. Francisco, 1 de enero de 2014).

4.-Qué me dice hoy a mí esta palabra ya meditada. (Silencio)

5.-Propósito. Intentaré descubrir en cada rostro de mujer el rostro de María, la madre de Jesús.

6.- Dios me ha hablado hoy a través de su palabra. Ahora yo le respondo con mi oración.

Te agradezco, Señor, que me hayas hecho comprender la belleza de los dos títulos que diste a la Virgen María antes de morir: El título de mujer y de madre. Como “mujer” descubro en Ella su delicadeza, su belleza, su armonía, su encanto. Como madre, experimento su cercanía, su bondad, su ternura, su inmenso cariño. Gracias, Señor, por el regalo de la Virgen María.

ORACIÓN DEL PAPA FRANCISCO POR UCRANIA

Tú que nos enseñaste que a la diabólica insensatez de la violencia se responde con las armas de Dios, con la oración y el ayuno, ten piedad de nosotros, aleja la guerra y demás violencias malignas y permítenos llegar a soluciones aceptables y duraderas a esta crisis, basadas no en las armas, sino en un diálogo profundo.

Él me glorificará

Todo lo que es del Padre es mío

Dios se  nos revela a cada uno de nosotros los cristianos como un horizonte totalmente nuevo en nuestra vida, como Alguien que entró en la historia en Jesús de Nazaret y que anima nuestro caminar por el Espíritu. Pero la Trinidad, además de poner ante nuestros ojos el misterio de Dios-Amor nos revela a través de su Hijo pautas de vida, valores operativos, sabiduría, para  vivir y sentido de la vida.

El Dios de Jesús se presenta a sí mismo como Amor, es decir, como relación, comunicación, plenitud de vida y por tanto como felicidad. El hombre creado a su imagen y semejanza deberá tender también a este tipo de existencia. Celebrar la Trinidad es alegrarse en común por existir con los otros y con el Otro.

La fiesta de la Santísima Trinidad nos recuerda que Dios es Amor,  su gloria y su poder consiste sólo en amar. Para la humanidad, la gloria tiene otra connotación más bien negativa, sobre todo, éxito por encima de todo, triunfo sobre los demás, poder que puede con los otros… La gloria de Dios es otra cosa. Dios es amor y, precisamente por eso, no puede sino amar. Dios no puede nunca, humillar, maltratar y destruir. Dios  se acercar a nosotros para que podamos ser nosotros mismos. La gloria de Dios consiste en que las personas estén llenos de vida, de esperanza, de paz y amor.

El Padre

El misterio del Padre es amor entrañable y perdón incondicional. A ninguna persona  excluye de su  amor ni a nadie niega su perdón ilimitado. El Padre nos ama y busca el bien de cada uno de nosotros, sus hijos. Nos mira con ternura  y profunda  compasión. Por eso, Jesús lo invoca siempre con esta palabra: “Abbá”.

Por tanto, nuestra  actitud ante Nuestro Padre ha de ser de confianza. El misterio último de la  realidad, que los creyentes llamamos “Dios”, no nos ha de causar en nuestra vida miedo o angustia: Dios solo puede amarnos. Podemos acercarse a Dios con sencillez y humildad de corazón porque Él siempre nos va a recibir con los brazos abiertos  capacitándonos para amar como Él nos ama a cada uno de nosotros con un amor oblativo e incondicional.

Jesús

Él también nos invita a la confianza. Estas son sus palabras: Crean en mi Padre. Crean también en mí”. Jesús nos revela al Padre. En sus  palabras estamos escuchando lo que nos dice el Padre. En sus gestos y en su modo de actuar,  entregado totalmente a hacer la vida más dichosa, se nos descubre cómo nos quiere Dios.

Por eso, en Jesús podemos encontrarnos a un Dios,  amigo de la vida, cercano a nuestras necesidades. Él pone paz en nuestra vida. Nos hace pasar del miedo a la confianza, de la dudas a la fe sencilla en el misterio último de la vida que es  Amor.

El Espíritu

Estamos invitados a recibir el Espíritu que alienta al Padre y a su Hijo Jesús  y que habita en cada uno de nosotros con su presencia callada, pero real del misterio entrañable de Dios. Cuando nos hacemos conscientes  de esta presencia continua, comienza a despertarse en nosotros una confianza nueva en Dios.  Porque la presencia misteriosa del Espíritu en nosotros,  aunque sea débil, es suficiente para sostener nuestra confianza en el Misterio último de la vida del Dios – Amor.

En fin, nuestra vida cristiana debe ser también comunitaria: no podemos vivir aislados de los demás. Estamos invitados a imagen de la Trinidad a construir juntos una comunidad fraterna, abierta y empática donde podamos vivir de manera auténtica la comunión en el Amor.  Porque todo lo que sabemos de Dios lo sabemos a través de las obras que ha hecho por  y en nosotros; y podemos resumir la obra de Dios diciendo que ha sido una obra de entrega a la humanidad: el Padre nos ha regalado a su propio Hijo, y el Padre y el Hijo nos han comunicado su mismo Amor, el gran don del Espíritu Santo.

Fray Felipe Santiago Lugen Olmedo O.P.

Comentario – Lunes X de Tiempo Ordinario

Mt 5, 1-12a

Durante tres meses el evangelio de san Mateo guiará nuestro encuentro con Jesús.Comenzamos en el capítulo quinto porque los cuatro primeros se leyeron en tiempo de Navidad y Cuaresma.

A diferencia de san Marcos, que relata principalmente «hechos» vividos por Jesús, san Mateo relata muchas «palabras» de Jesús, que agrupó en cinco grandes discursos:

  1. Sermón de la montaña (5 a 7).
  2. Consignas para la «misión» (10).
  3. Parábolas del Reino (13).
  4. Lecciones de vida comunitaria (18).
  5. Discurso escatológico (24 y 25).

Dichosos… Dichosos… Dichosos… Dichosos… Dichosos… Dichosos… Dichosos…

Primera palabra de todas las frases con las que inicias tu primer sermón, Señor. La «felicidad» es el sujeto de tu homilía. y no me extraña, pues vienes a enseñarnos el proyecto del Padre y yo sé muy bien que Dios ha creado al hombre para la felicidad. Para un Padre, lo contrario sería incluso inverosímil e imposible. Sí, Dios puso a Adán y a Eva en un «paraíso» y el destino último de la humanidad es un «paraíso».

De otra parte, basta mirar a nuestro alrededor y en nuestro propio corazón para constatar que ¡la felicidad es la gran aspiración del hombre! Es una verdadera y ávida carrera. Esto no me extraña, Señor, porque sé que ¡Tú eres dichoso, feliz! Dios está en la alegría. Dios vive en el gozo.

Y la humanidad va hacia ti… y yo voy hacia ti

Los pobres… Los no violentos… Los afligidos… Los que tienen hambre y sed de justicia… Los misericordiosos… Los sinceros y limpios de corazón… Los que trabajan por la paz… Los perseguidos…

Tú ofreces a la humanidad no un consuelo sentimentaloide, lacrimoso, sino una promoción.

De una sola vez. Tú pones la felicidad por encima y más allá de las facilidades baratas. No, Tú no propones alegrías fáciles ni falsas dichas.

La felicidad para ti es la del hombre que lucha, que crece, que no se deja abatir: ¡las bienaventuranzas comportan heroísmo y dificultad!

¡Ay! me conozco, Señor, y sé que a ninguna fibra de mi ser le agrada la «pobreza», la «aflicción», la «persecución»… ¿por qué hacer el fanfarrón ante ti? Sabes muy bien que no soy «limpio», ni «sincero», ni «pacífico», ni «misericordioso».

Pero me indicas aquí la línea esencial de la promoción del hombre.

Y es caminando en este sentido que el hombre adelanta y crece. Siguiendo esta línea, el hombre alcanzará su verdadera felicidad, la que nada podrá alterar.

Porque suyo es el Reino de los cielos. .. Heredarán la tierra… Serán consolados… Serán saciados… Alcanzarán misericordia… Verán a Dios… Se llamarán hijos de Dios… Suyo es el Reino de los cielos…

Si Jesús hubiese sido un revolucionario en el sentido habitual de este término, hubiera prometido a los pobres una revancha sobre los ricos; pero no se coloca a este nivel, por lo que hace a la versión de Mateo. La transformación que Jesús propone, se sitúa a nivel del «corazón», a nivel de la personalidad profunda. Si bien es una revolución, una especie de inversión de los valores corrientes: ver a Dios… poseer el Reino de los cielos… ser hijos de Dios.

1La solución total, la verdadera grandeza del hombre, su promoción esencial, que no niega otras grandezas de tipo social y humano, está en Dios.

Noel Quesson
Evangelios 27

María, Madre de la Iglesia

Si queremos saber lo que significa María como Madre de la Iglesia, abrimos los Hechos de los Apóstoles y vemos cómo Lucas –que al principio de su Evangelio ha centrado los dos primeros capítulos en la Maternidad divina de María, ahora nos la presenta como la Madre de la Iglesia naciente.

Los cuatro Evangelios no nos dan la vida del Señor de una manera seguida, lógica y completa, como nos gustaría a nosotros tener la historia de Jesús. Todos sus hechos son semejantes a piezas de mosaico, que nosotros, bajo la guía del Espíritu, sabemos unir para alcanzar la imagen perfecta que Dios nos quiere mostrar del Señor.

Esto es lo que nos pasa con la figura de María en el Evangelio y en los Hechos de los Apóstoles: piececitas sueltas que nos dan al fin una imagen singular y magnífica de María.

Empezamos por Marcos, y vemos cómo los creyentes somos la madre, hermanos y hermanas de Jesús. Ya no es la carne ni la sangre, o la generación natural de los descendientes de Abraham, lo que constituye la familia o el Pueblo de Dios, sino la fe en Jesucristo.

Viene Lucas, y nos presenta a María como la gran creyente, de modo que Isabel, llena del Espíritu Santo, la colma con la alabanza suprema:

– ¡Dichosa tú, que has creído!

Así tenemos a María como doblemente Madre de Jesús: como quien le ha dado su ser de Hombre, y como quien lo ha concebido por la fe más profundamente que nadie. Lucas nos hace entender perfectamente a Marcos.

María, nos dice ahora Juan, lleva esta su fe hasta la noche oscurísima del Calvario –durante la que no ve nada, pero sigue creyendo con fe firmísima–, y es entonces cuando le declara Jesús la maternidad espiritual sobre todos los creyentes:

– Ahí tienes a tu hijo.

Esto, lo que le dice a Ella. Y nos comunica a continuación a nosotros:

– Ahí tienes a tu madre.

Desde este momento, la Iglesia, representada por Juan, recibe a María y la cuida como Madre suya.

Mateo mira la fe como la estrella de los Magos, a los que guía hasta dar con Jesús, al que encuentran en los brazos de María, su Madre, la cual se lo ofrece para que lo adoren y le den el beso más tierno. De este modo, Mateo nos presenta a María como la gran dadora de Jesús a los hombres.

Los Hechos de los Apóstoles nos hacen ver a María en el centro del grupo. Pedro y los Apóstoles son la cabeza que rigen y gobiernan, y María es el corazón que llena de calor a la primera comunidad cristiana. Los Hechos la presentan al frente de la fe y de la oración, alentando la unión de los discípulos, primero esperando la venida del Espíritu y después viviendo el fuego de Pentecostés.

Los Evangelios y los Hechos, nacidos en las primeras comunidades cristianas como expresión de su fe, nos presentan así a María. Y así es también como nosotros la vemos, la creemos y la vivimos, pues somos la misma Iglesia que enlazamos con los Apóstoles, unidos en Pedro su cabeza.
Aunque no lo escriban expresamente los Hechos, pero, por lo que nos dice en ellos la misma Palabra de Dios, es fácil imaginarse la actitud y quehacer de María dentro de aquella Iglesia primitiva.

La vemos, ante todo, evangelizar a Jesús en los misterios de la Infancia. Todos los especialistas de la Biblia nos hacen ver cómo lo que sabemos de Jesús por Mateo y Lucas en sus primeros años tiene por fuente única a la Virgen María. Sólo Ella era la depositaria de unos hechos de Jesús desconocidos de todos. Únicamente su Madre, que había observado, meditado y guardado todo en su corazón, podía transmitirlo a la Iglesia.

María, que cuidaba de Juan como de un hijo, volvió a llevar en Jerusalén la vida escondida de Nazaret, metida en los quehaceres de casa como cualquier otra mujer, pero conocida ahora como La Madre del Señor Jesús, querida y venerada de todos.

María, que siguió muchos de los caminos de Jesús por Galilea, seguía ahora las actuaciones de los apóstoles de su Jesús, a los que decía lo que el Evangelio de Juan, con mucha intención, pone en sus labios como dirigido a los criados de la boda:

– Haced lo que Jesús os diga, cumplid todo lo que Él os enseñó.

¡Y cómo amaba a los apóstoles! ¡Cómo los miraba! ¡Cómo los animaba! ¡Cómo los bendecía!… Ahora ya no había misterios sobre Jesús, y María y los apóstoles no podían sino amarse con el mismo Corazón del querido Hijo y adorado Maestro.

Por el libro de los Hechos sabemos que todos se reunían para la Fracción del Pan, convencidos de la presencia real del Señor en la Eucaristía. ¿Cómo recibiría María a Jesús, el mismo Pan divino que se horneó en sus entrañas de Madre? Es fácil adivinarlo.

La Comunión de María era por fuerza una Comunión única, y en cada Comunión quedaba María, la llena de gracia, colmada cada vez de una gracia creciente hasta límites casi infinitos…

El amor nos dicta muchas cosas al hablar de María. Pero, aunque pongamos en las palabras todo nuestro corazón de hijos, preferimos hablar de María así, con la Palabra de Dios en la mano. Dios no ha podido ser más claro ni más explícito.

¿Puede haber un cristiano que no quiera a María?…

Pedro García, Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net

La familia divina, nuestra familia

DIOS CREÓ AL HOMBRE A SU IMAGEN

Decía Kant: «Del dogma de la Trinidad no se puede sacar absolutamente nada práctico». Kant, por muy filósofo que fuera, no sabía absolutamente nada de lo que supone la revelación de Dios como Comunidad, Familia y Amistad.

Dios ha hecho con nosotros lo mismo que el padre responsable con su hijo que está en vísperas de dejar de ser niño. Le llama y le empieza a contar cómo se enamoró de su madre, cómo se casaron y formaron una familia, cómo le dieron la vida y cómo ahora, por el amor que se tienen unos a otros, viven unidos y son felices. El padre le recuerda que, un día, también él habrá de formar una familia y que para que pueda ser feliz con los suyos ha de aprender a amar y sacrificarse por ellos. El padre se lo cuenta no como quien cuenta una batallita para que su hijo le profese admiración, sino para prepararle a la vida, para que sepa el camino por el que debe ir.

Éste es el caso de Dios Padre-Madre con respecto a nosotros, sus hijos. En su fiesta de la Trinidad, de Familia, nos recuerda que nos ha hecho «a su imagen y semejanza» (Gn 1,26) no para que le admiremos y quedemos abrumados ante su grandeza, sino para que entendamos que nos realizaremos en la medida en que nos asemejemos a Él.

Dios es amor (Un 4,8), afirma Juan dando una definición insuperable y definitiva de Dios. ¡Qué distinta de la concepción del Dios de los filósofos que lo entienden como un mero Ser infinito y todopoderoso! Torres Queiruga traduce la definición de san Juan diciendo: Dios consiste en amar. Dios sólo vive amando, sólo sabe amar. Y por eso es esencialmente Trinidad, Familia, Comunión. Padre, Hijo y Espíritu son un proceso eterno e infinito de amor.

Pero Dios no es sólo efusión de amor, relación amorosa entre las divinas personas; es también puro amor hacia los hombres. No puede hacer otra cosa con nosotros que amar. Todo lo realiza por amor. El Padre nos ama tanto que «nos ha enviado a su propio Hijo». El Hijo, en perfecta comunión con el Padre, se hace uno de nosotros, «planta su tienda entre nosotros» (Jn 1,14). El Espíritu forma la humanidad del Hijo en el seno de María (Le 1,35), le alienta e ilumina en su misión y en su muerte» (Le 4,18), congrega a los miembros del nuevo pueblo, forma el cuerpo de Cristo que es la Iglesia, se convierte en el alma que le da vida y fortalece (1Co 12,13).

Esta Familia divina busca incorporarnos, introducirnos en su círculo. Estamos ante un misterio increíble. Como dicen repetidas veces los Santos Padres, el Hijo de Dios se hace hombre para que los hombres seamos hijos de Dios. El Padre nos hace sus hijos: «Mirad qué magnífico regalo nos ha hecho el Padre: que nos llamemos hijos de Dios, y además lo somos» (Un 3,1). Somos hijos del Padre «por» y «en» nuestro Hermano mayor, que no se avergüenza de llamarse hermano nuestro (Hb 2,11). El Espíritu es el amor de Dios derramado en nuestra alma; nos hace sentirnos, comportarnos como hijos, clamar a Dios como Padre: «La prueba de que sois hijos es que Dios envió a vuestro interior el Espíritu de su Hijo, que grita: ¡Abba! ¡Padre! De modo que ya no eres esclavo, sino hijo, y si eres hijo, eres también heredero, por obra de Dios» (Gá 4,7).

El misterio de Dios-Familia revela la grandeza de nuestra condición de familiares de cada una de las personas divinas.

«¡Conoce, oh cristiano, tu dignidad!», exclamaba san León Magno.

 

VIVIR COMO DIOS

Porque Dios es amor infinito, comunión infinita, por eso es felicidad infinita. Estamos hechos «a imagen y semejanza de Dios» (Gn 1,26); por eso el ser y la vida de Dios marcan el sentido de nuestra vida. Hemos de vivir como Dios para realizarnos en plenitud y gozar de la dicha divina que brota de la comunión.

Esto significa que nos realizaremos y seremos felices en la medida en que nos amemos. Estamos hechos para amar, para darnos, de la misma manera que el ojo está hecho para ver. El hombre logra su plenitud en el amor. Ningún egoísta es ni puede ser feliz, de la misma forma que no hay ninguna persona generosa y entregada que no lo sea. En el cielo seremos indefectiblemente felices en la medida de nuestra capacidad de amar. El cielo no será otra cosa que una gran fiesta de comunión. San Agustín decía rotundamente: «No hay felicidad donde no hay amor». Es la lógica del ser humano. ¡Precioso el testimonio de José Luis Aranguren al final de su vida!: «Tengo que decir que soy feliz. He procurado poner las cosas importantes en su justo lugar, y en ese orden de cosas el amor ha ocupado el lugar de honor».

Sólo el amor nos hace semejantes a Dios, sus iconos. La grandeza y la plenitud no le vienen a la persona por su deslumbrante sabiduría, ni por su relevancia social, ni por sus dotes artísticas, ni por la genialidad de sus creaciones, sino por su capacidad de amar.

 

EL AMOR SE HACE COMUNIÓN

Cuando hablamos del amor nos referimos a todas sus dimensiones: al amor de beneficencia, al amor gratuito que da a fondo perdido… Pero este amor no es suficiente. Dios es amor que socorre, que tiende la mano, amor samaritano, pero

también de comunión, de amistad, amor recíproco en la intimidad de las divinas personas y hacia nosotros. Jesús, que encarna con total fidelidad el amor de la Familia divina, ama a los suyos y espera en reciprocidad un amor de amistad: «No os he llamado siervos, sino amigos» (Jn 15,15). Dios mismo quiere entablar relaciones de amistad con nosotros, como lo hizo Jesús con las personas cercanas que le rodeaban.

Por más que alguien derrame su sangre por los demás, por más que sea una potente hoguera de amor, si no vive su amor en reciprocidad, no puede ser adecuadamente icono de la Trinidad, del Dios comunión. Por eso, el proyecto de Jesús es que varios seamos «uno», que haya «común-unión», que seamos, como los miembros de la comunidad de Jerusalén, «un solo corazón y una sola alma» (Hch 4,32). Sólo siendo comunidad seremos, como Dios quiere, «imagen y semejanza suya» (Gn 1,26).

El ser trinitario de Dios pone de relieve la naturaleza comunitaria del ser humano. Necesitamos del amor de amistad, de comunión, de familia. Sin los demás, no soy nadie. Necesito el apoyo de los amigos, de los familiares, de los miembros de la comunidad. Y ellos necesitan el mío. Yo soy como una abeja que no puede realizarse, no puede ser feliz, no puede valerse sin el enjambre. Soy, en expresión de Pablo, un miembro que forma parte de todo un cuerpo social y comunitario. Un miembro desconectado del cuerpo es algo sin sentido, absurdo (1Co 12,12ss). Dijo A. Camus, «Es imposible ser feliz a solas». Intentar vivir en solitario es un suicidio.

Pero todo ello tiene un precio: morir. Alguien ha dicho genialmente: «Amar es morir». Llegar al gozo de ser una «Iglesia doméstica», una comunidad viva, un grupo que sea «un solo corazón y una sola alma» (Hch 4,32) supone renunciar a los caprichos del egoísmo. S. Kierkegaard dijo: «La puerta de la felicidad se abre hacia fuera, y es inútil lanzarse contra ella para forzarla».

Atilano Aláiz

Jn 16, 12-15 (Evangelio Santísima Trinidad)

El Espíritu de la verdad, nos ilumina

Este último anuncio del Paráclito en el discurso de despedida del evangelio de Juan responde a la alta teología del cuarto evangelio. ¿Qué hará el Espíritu? Iluminará. Sabemos que no podemos tender hacia Dios, buscar a Dios, sin una luz dentro de nosotros, porque los hombres tendemos a apgar las luces de nuestra existencia y de nuestro corazón. El será como esa «lámpara de fuego» de que hablaba San Juan de la Cruz en su «Llama de amor viva».

Es el Espíritu el que transformará por el fuego, por el amor, lo que nosotros apagamos con el desamor. Aquí aparece el concepto «verdad», que en la Biblia no es un concepto abstracto o intelectual; en la Biblia, la verdad «se hace», es operativa a todos los niveles existenciales, se siente con el corazón. Se trata de la verdad de Dios, y esta no se experimenta sino amando sin medida. Lo que el Padre y el Hijo tienen, la verdad de su vida, es el mismo Padre y el hijo, porque se relacionan en el amor, y la entregan por el Espíritu. Nosotros, sin el amor, estamos ciegos, aunque queramos ser como dioses.

Fray Miguel de Burgos Núñez

Rom 5, 1-5 (2ª lectura Santísima Trinidad)

Porque al darnos al Espíritu, Dios ha derramado su amor en nuestros corazones

Aquí Pablo comienza en su carta a los Romanos a poner de manifiesto lo que ha significado el acontecimiento de gracia revelado en Jesucristo, y al cual accedemos por la fe. Esta es la experiencia de la gloria de Dios, de su sabiduría de Dios y de su amor. Esto es real solamente porque el misterio de Dios es un darse sin medida por nosotros. Se ha dado en Jesucristo y se da continuamente por su Espíritu.

La puerta de acceso a ese misterio es solamente la fe, no hay nada previo que impida el acceso a la paz y a la gloria de Dios, ni siquiera el pecado que existe y tiene su poder. Dios, pues, no hace el misterio de su vida inaccesible para nosotros. Dios no es avaro de su mismidad, de su misterio, de sus sabiduría o de su gracia, sino que se complace en entregarse. Esto es vivir la realidad de Dios que es salvación y redención, como Pablo se encarga de proclamar en este momento.

Fray Miguel de Burgos Núñez

Prov 8, 22-31 (1ª lectura Santísima Trinidad)

¡Mi alegría es estar con los hombres!

Dios es sabiduría creadora, ya que sin ella no podemos ni admirar a Dios, ni admirarnos de nosotros mismos. Este texto de la sabiduría personificada antes de la creación del mundo, juntamente con otros textos veterotestamentarios (Eclo 24; Sab 7-9) se ha visto como una especie de puente en AT de la gran revelación de Jesucristo como palabra creadora y eterna (Jn 1,24-30) y como sabiduría de Dios (Mt 11,29-20; Lc 11,49; 1 Cor 1,24-30). Pero podemos decir que es un poema de amor divino en lo humano. Dios no se complace en su mismidad sino en estar con nosotros.

La sabiduría es vida; es decir, el misterio de Dios es vida para el hombre, no muerte. No es Dios, sabiduría de vida, una esencia encerrada, sino que se complace en derramarse y en que todos los hombres la posean. En ese sentido, la sabiduría se ha acercado a los hombres en Jesucristo. Toda la creación, toda la inteligencia humana, todos los descubrimientos del mundo, son la manifestación de esta sabiduría. Pero si la «ofendemos» creyendo que podemos construir un mundo al margen de la sabiduría de Dios, y desde nuestras propias posibilidades humanas, vamos camino de la destrucción, de la muerte.

El Salmo 8, que es el salmo responsorial, una de las piezas maestras de la literatura religiosa, canta todo esto con grandeza y humildad. Merecería la pena una alusión teológica y catequética en la homilía.

Fray Miguel de Burgos Núñez

Comentario al evangelio – Lunes X de Tiempo Ordinario

Tras la cinquentena pascual, proseguimos el tiempo ordinario. Lo hacemos en la décima semana. El evangelio de San Mateo nos acompañará durante casi tres meses, nada menos que hasta el 30 de agosto.

Es bueno que, al comienzo de un nuevo libro, nos informemos acerca de su plan de conjunto. Esto nos permitirá entender mejor cada parte. No todos disponemos de tiempo y de medios para un estudio a fondo, pero siempre podemos dar un nuevo paso. Por esa razón, os ofrezco algunos enlaces que nos proporcionan un acercamiento sencillo.

Os invito a recordar alguna experiencia de sufrimiento.

¿Qué sentimos cuando nos visita el dolor, cuando tenemos la impresión de que las cosas salen torcidas, cuando parece que la alegría dura tan poco en casa del pobre? ¿Cómo es posible que en la gran familia de Dios, que es la humanidad, haya tantos millones de personas que pasan hambre, que lloran, que son perseguidas? ¿A qué extraño plan responde tanta injusticia, tanta corrupción, tanta violencia? ¿De qué han servido dos mil años de cristianismo?

Contemplando a los pobres y excluidos de su tiempo, Jesús debió de sentir en carne propia el abismo que hay entre el sueño de Dios y la dura realidad de cada día. Debió de sentir a un tiempo la impotencia de quien apenas puede hacer nada y la tentación de quien sueña que Dios es un recurso mágico para resolver todo a golpe de deseo.

¿No sentimos esto mismo cada uno de nosotros? ¿No nos debatimos entre el “no hay nada que hacer” y el “que venga Dios y lo arregle”?

Mateo comienza el ministerio público de Jesús con la proclamación de las bienaventuranzas. Todos los detalles de este “discurso programático” son importantes:

  • Jesús contempla la muchedumbre (Al ver Jesús el gentío) que simboliza a toda la humanidad doliente. Y siente, como en tantas ocasiones, compasión. Hace suyos los sufrimientos de cada uno. Los entiende por dentro porque también él, desde el comienzo de su vida hasta el final, se siente atravesado por la tentación del sinsentido, de reducir a Dios a un poder mágico.
  • Sube a la montaña, se sienta y comienza a hablar. Todo nos hace pensar que lo que va a decir tiene el sello de su Padre.
  • El contenido es paradójico: todos los que sufren (por situaciones injustas o por incomprensión hacia su tarea) tienen dentro de sí la semilla de la felicidad. La tienen, no en virtud de su rectitud moral, de sus cualidades, de su resignación o de no sé qué extraña medida compensatoria. Son felices, sin comparación ninguna con cualquier otro ser humano (rico, satisfecho, potente), porque Dios se ha puesto de su parte. Son felices porque en el centro mismo de su dolor habita Dios, por difícil, paradójico y casi inhumano que resulte.

Escribo esto y experimento dos reacciones contrapuestas. La primera se parece mucho a la crítica marxista de la religión. Si no se entienden estas palabras de Jesús en su verdad, pueden ser utilizadas como justificación del orden establecido. Si se las acoge a la luz de su propia vida (esta es la segunda reacción), entonces, no solamente alimentan un gran coraje para luchar por la dignidad de todos los seres humanos sino que dan sentido a todo sufrimiento que se vive en comunión con el Cristo que sufre y muere.

No estoy seguro de haber entendido esto, pero sé que sí lo ha entendido Pablo cuando escribe a los corintios: Si los sufrimientos de Cristo rebosan sobre nosotros, gracias a Cristo rebosa en proporción nuestro ánimo. O cuando más adelante remacha: Si sois compañeros en el sufrir, lo sois en el buen ánimo. Y también sé que lo han entendido y vivido muchos sufrientes que han hecho de la prueba un trampolín de fe, de alegría, de capacidad de lucha, de esperanza contra toda esperanza. En otras palabras, de felicidad.

¿Se puede vender esta “fórmula” en el supermercado de propuestas para estar bien y ser feliz? Se puede, pero no tendría ningún éxito de ventas. Seguimos empeñados en transitar otros caminos de rápida gratificación. Pero chocamos siempre contra la misma piedra. No deberíamos extrañarnos de nuestra profunda infelicidad.

Ciudad Redonda

Meditación – Bienaventurada Virgen María, Madre de la Iglesia

Hoy celebramos la memoria de la Bienaventurada Virgen María, Madre de la Iglesia.

La lectura de hoy es del evangelio de Juan (Jn 19, 25-34):

Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, la de Cleofás, y María, la Magdalena. Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo al que amaba, dijo a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Luego, dijo al discípulo: «Ahí tienes a tu madre». Y desde aquella hora, el discípulo la recibió como algo propio. Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba cumplido, para que se cumpliera la Escritura, dijo: «Tengo sed». Había allí un jarro lleno de vinagre. Y, sujetando una esponja empapada en vinagre a una caña de hisopo, se la acercaron a la boca. Jesús, cuando tomó el vinagre, dijo: «Está cumplido». E, inclinando la cabeza, entregó el espíritu. Los judíos entonces, como era el día de la Preparación, para que no se quedaran los cuerpos en la cruz el sábado, porque aquel sábado era un día grande, pidieron a Pilato que les quebraran las piernas y que los quitaran. Fueron los soldados, le quebraron las piernas al primero y luego al otro que habían crucificado con él; pero al llegar a Jesús, viendo que ya había muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados, con la lanza, le traspasó el costado, y al punto salió sangre y agua.

 (…) Hoy miramos a María, Madre de la esperanza. María ha vivido más de una noche en su camino de madre. Desde su primera aparición en la historia de los Evangelios, su figura se perfila como si fuera el personaje de un drama. No era un simple responder con un «sí» a la invitación del ángel: y sin embargo Ella, mujer todavía en plena juventud, responde con valor, no obstante nada supiese del destino que la esperaba. María en ese instante se nos presenta como una de las muchas madres de nuestro mundo, valientes hasta el extremo cuando se trata de acoger en su propio vientre la historia de un nuevo hombre que nace. Ese «sí» es el primer paso de una larga lista de obediencias —¡larga lista de obediencias!— que acompañarán su itinerario de madre. Así María aparece en los Evangelios como una mujer silenciosa, que a menudo no comprende todo lo que le ocurre alrededor, pero que medita cada palabra y acontecimiento en su corazón. En esta disposición hay un rasgo bellísimo de la psicología de María: no es una mujer que se deprime ante las incertidumbres de la vida, especialmente cuando nada parece ir en la dirección correcta. No es ni siquiera una mujer que protesta con violencia, que se queja contra el destino de la vida que revela a menudo un rostro hostil. En cambio es una mujer que escucha: no os olvidéis de que siempre hay una gran relación entre la esperanza y la escucha, y María es una mujer que escucha. María acoge la existencia tal y como se nos entrega, con sus días felices, pero también con sus tragedias con las que nunca querríamos habernos cruzado. Hasta la noche suprema de María, cuando su Hijo está clavado en el madero de la cruz. (…) Por esto todos nosotros la amamos como Madre. No somos huérfanos: tenemos una Madre en el cielo, que es la Santa Madre de Dios. Porque nos enseña la virtud de la espera, incluso cuando todo parece sin sentido: Ella siempre confiada en el misterio de Dios, también cuando Él parece eclipsarse por culpa del mal del mundo. Que en los momentos de dificultad, María, la Madre que Jesús nos ha regalado a todos nosotros, pueda siempre sostener nuestros pasos, pueda siempre decir a nuestro corazón: «¡levántate!, mira adelante, mira el horizonte», porque Ella es Madre de esperanza.

Papa Francisco