Comentario – Miércoles X de Tiempo Ordinario

Mt 5, 17-19

¡No penséis que he venido a derogar la Ley o los Profetas!

La Ley y los Profetas era lo esencial de la Sagrada Escritura: expresión de la voluntad de Dios. Sería impensable que Jesús viniera a abolir lo que, durante siglos, había sido la concretización de la voluntad divina para todo un pueblo.

Y sin embargo, una cuestión grave surgía en tiempo de Jesús y durante los primeros años de la Iglesia: ¿qué debía conservarse de las costumbres antiguas y de las leyes de Moisés? ¿Había que continuar circuncidando a los niños? ¿era necesario santificar el sábado? ¿era preciso continuar ofreciendo sacrificios de animales degollados en el Templo de Jerusalén… cuando se era un discípulo de Jesús? ¿Se tenía que seguir absteniéndose de ciertas comidas prohibidas?

Es también una de las cuestiones más graves de todos los tiempos: ¿qué hay que conservar del pasado? ¿qué se debe cambiar? En los períodos de grandes mutaciones, cuando se agudizan los conflictos entre antiguos y modernos, entre tradicionalistas y progresistas.

Y esto sucede en todas partes: en los oficios y profesiones, en las familias, en la Iglesia.
Escuchemos la respuesta de Jesús a esta cuestión capital.

No he venido a «derogar», sino a «dar cumplimiento».

Para Jesús, no se trata ni de «conservadurismo estereotipado», ni tampoco de «revolución que lo cambia todo»… se trata de dar una vida nueva a lo que procede del pasado. Una tradición no es forzosamente buena por el hecho de ser antigua. Del mismo modo una idea no es forzosamente buena por el hecho de ser moderna. Jesús nos dará múltiples ejemplos en las páginas siguientes de su sermón. Jesús propone una especie de síntesis armoniosa entre la tradición y el progreso: ¡el cumplimiento!

  1. No reniega del pasado. El plan de Dios es «uno». Lo que los antepasados vivieron y codificaron en épocas lejanas de la historia, era respetable… era un esbozo, un inicio.
  2. Pero Jesús pretende «completar», «hacer que progresen» todas estas tradiciones. El plan de Dios se inserta en una evolución histórica. La vida, para progresar se desprende continuamente de las cascaras viejas y de los vestidos usados.

Por muy paradójico que esto parezca, es evidente que el cristianismo, en relación al judaísmo, es a la vez ¡su perfecta continuidad y también su total novedad! La Iglesia se ha visto obligada a abandonar muchos de los usos y costumbres judías. Y, sin embargo, la Nueva Alianza es continuación de la antigua.

¡Señor! ayúdanos, con la Iglesia de HOY a saber unir esta doble exigencia: fidelidad a las tradiciones… audacia para la renovación.

Os aseguro que no desaparecerá una sola iota o un solo acento de la Ley antes que desaparezcan el cielo y la tierra, antes que se realice todo.

La iota es la letra más pequeña del alfabeto hebreo. Importancia de las fidelidades. Jesús viene a «realizar» lo que sólo estaba «anunciado». No se puede volver atrás. Dios ha dicho su Palabra definitiva: «Después de haber hablado varias veces y de diversas maneras a los antepasados a través de los profetas, Dios, en el período final en que estamos, nos ha hablado por su Hijo que estableció heredero de todas las cosas…» (Hebreos 1,, 1).

Así el Evangelio realiza y da cumplimiento a la Biblia: la revelación de Jesús aclara los pasajes del Antiguo Testamento. Jesús no es el fundador de una nueva secta, es la Palabra última de Dios, Aquél que revela definitivamente la voluntad del Padre.

El que cumpla y enseñe los más pequeños de estos preceptos será declarado grande en el Reino de Dios.

Una vez más, ¡Jesús subraya firmemente el acto, el «hacer», el «practicar»! Todo ello está muy lejos de ciertos orgullos intelectuales: la verdadera religión no está «en la mente», se encarna en la humilde realidad cotidiana.

Noel Quesson
Evangelios 2