Lectio Divina – Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote

JESUCRISTO, SUMO Y ETERNO SACERDOTE

1.- Oración introductoria.

Hoy, Señor, podría ser mi día, un día dedicado a los sacerdotes; pero no puedo disfrutarlo porque veo la enorme diferencia que hay entre tu sacerdocio y el mío. Tú viviste para darte, para entregarte, para servir a los que más lo necesitaban. Yo no acabo de entregarme del todo, me cuesta soltar amarras y desprenderme de las cosas. Por eso, quiero comenzar esta oración pidiéndote perdón por mi falta de entrega, por mi comodidad, por mi incongruencia. ¡Ayúdame a cambiar!

2.- Lectura reposada del Evangelio. Jn 17, 1-2.9. 14-26

En aquel tiempo, Jesús, levantando los ojos al cielo, dijo:

«Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti y, por el poder que tú le has dado sobre toda carne, dé la vida eterna a todos los que le has dado.

Te ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por estos que tú me diste, porque son tuyos.

Yo les he dado tu palabra, y el mundo los ha odiado porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. No ruego que los retires del mundo, sino que los guardes del maligno. No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo.

Santifícalos en la verdad: tu palabra es verdad. Como tú me enviaste al mundo, así yo los envío también al mundo. Y por ellos yo me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad. No solo por ellos ruego, sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado. Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno, como nosotros somos uno; yo en ellos, y tú en mí, para que sean completamente uno, de modo que el mundo sepa que tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado a mí. Padre, este es mi deseo: que los que me has dado estén conmigo donde yo estoy y contemplen mi gloria, la que me diste, porque me amabas, antes de la fundación del mundo. Padre justo, si el mundo no te ha conocido, yo te he conocido, y estos han conocido que tú me enviaste. Les he dado a conocer y les daré a conocer tu nombre, para que el amor que me tenías esté en ellos, y yo en ellos».

3.- Qué dice el texto

Explicación-reflexión

Hay unas grandes diferencias entre el Sacerdocio de la Antigua Alianza y el Nuevo.

1) En el sacerdocio antiguo todo se hacía por “separación”. Se elegía a una Tribu, la de Leví. De ella a una familia: la de Aarón; y de ella se “separaba” a una persona para ejercer el culto a Dios. En el N.T. Jesús todo lo hace por “cercanía”. Está con el pueblo, no le dejan tiempo ni para comer, le estrujan antes de entrar en una casa y llega hasta “tocar” los enfermos. Él  llega a decir:”Misericordia quiero y no sacrificios” (Mt. 9,13).

2). El sacerdocio antiguo es “cultual” está dedicado al culto y a la ofrenda de sacrificios de animales. El de Cristo es “existencial”. A Jesús no se le ve llevando corderitos al Templo. “Él es el cordero” que ofrecerá su propia vida en la Cruz. Por eso San Pablo dirá a los cristianos de Roma:” Os exhorto, hermanos…a que os ofrezcais vosotros mismos como un sacrificio vivo, santo, agradable a Dios. Tal debería ser vuestro culto espiritual” (Ro. 12,1).

3) En el sacerdicio antiguo se distinguía muy bien “la ofrenda y el oferente”. En el sacerdocio de Jesús los dos se identifican. No cabe en el sacerdocio de Jesús el ofrecer sin ofrecerse; el dar, sin darse; el vivir sin morir a uno mismo.

Palabra del Papa.

El Papa destacó la riqueza de ejercer el ministerio de Cristo Sacerdote, «no buscando sus propios intereses, sino la gloria de Jesucristo, procurando mantener siempre vivo el don de la alegría perenne y la verdadera caridad». «Al ejercer, en la parte que les corresponde, la función de Cristo, Cabeza y Pastor, permaneciendo unidos al Obispo y bajo su dirección; esfuércense por reunir a los fieles en una sola familia, de forma que en la unidad del Espíritu Santo, por Cristo, puedan conducirlos al Padre. Tengan siempre presente el ejemplo del buen Pastor, que no vino para que le sirvieran, sino para servir, y para buscar y salvar lo que estaba perdido». (Papa Francisco).

4.- Qué me dice hoy a mí este texto que acabi de meditar. (Silencio)

5.- Propósito. Vivir en este día lo que he celebrado en el Altar.

6.- Dios me ha hablado hoy a mí a través de su Palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración.

Señor, al acabar esta meditación, me pregunto: Yo, ¿de qué sacerdocio soy? ¿Del Antiguo Testamento que, por el hecho de ser sacerdote tenía unos grandes privilegios, o del Sacerdocio de Jesús que “dió la vida” por amor a sus ovejas? Sé darme, entregarme, gastarme en favor de los demás? ¿O me gusta vivir bien y aprovecharme de ser sacerdote? ¿Sirvo a las ovejas o me sirvo de ellas? Ayúdame a ser sacerdote según tu corazón. 

ORACIÓN DEL PAPA FRANCISCO POR UCRANIA

Tú que nos enseñaste que a la diabólica insensatez de la violencia se responde con las armas de Dios, con la oración y el ayuno, ten piedad de nosotros, aleja la guerra y demás violencias malignas y permítenos llegar a soluciones aceptables y duraderas a esta crisis, basadas no en las armas, sino en un diálogo profundo.

Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote

Hoy nos ocuparemos de la gracia de Cristo, o dicho de otro modo, del sacerdocio de Jesús.

El sacerdote es un mediador que tiene características propias: ha de ser humano, recibir una vocación divina, consagrado por Dios, compasivo y misericordioso con los pecadores y que ejerza ese oficio de mediador entre Dios y los hombres por medio de la oración y el sacrificio para la santificación propia y de los hombres y para gloria de Dios.

El sacerdocio se ordena al culto de la religión y sus actos centrales son el sacrificio y la oración.

A través de ellos el sacerdote lleva a Dios los deseos, las súplicas y los sacrificios de los hombres, y les comunica a éstos las gracias, el perdón de los pecados, la vida eterna y las cosas de Dios.

Para que haya sacrificio es necesario que haya: víctima o cosa sensible que se ofrece, ministro oferente y acción sacrificial.

1.- En la Sagrada Escritura

El Antiguo Testamento ya nos dice que el Mesías tendrá un sacerdocio especial:

  • Según el rito de Melquisedec: quien supera la mediación de los profetas, reyes, sacerdotes judíos y levitas (Sal 100, 1-4).
  • Será el “siervo de Yahvé” quien salvará al pueblo mediante su sacrificio (Is 42, 1-7).
  • Quien hará una alianza nueva en su sangre.

El Nuevo Testamento dará cumplimiento y plenitud a las profecías anunciadas en el Antiguo Testamento. En la Carta a los Hebreos se ve claramente la realidad de Cristo a los Hebreos se ve claramente la realidad de Cristo como Sumo Sacerdote de la Nueva Alianza. Jesús es el Pontífice que está sentado a la diestra del trono de la Majestad de los cielos (Heb 8, 1).

El sacerdocio de Cristo (y de sus sacerdotes) tiene los siguientes rasgos esenciales:

  • Ha de ser un hombre, especialmente constituido por Dios para ofrecer dones y sacrificios: “Porque todo sumo sacerdote, escogido entre los hombres, está constituido a favor de los hombres en lo que se refiere a Dios, para ofrecer dones y sacrificios por los pecados” (Heb 5, 1).
  • Ha de recibir una vocación divina para cumplir esa misión: “Y nadie se atribuye este honor, sino el que es llamado por Dios. De igual modo, Cristo no se apropió la gloria de ser Sumo Sacerdote, sino que se la otorgó el que le dijo: Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy” (Heb 5, 4-5).

La función mediadora de Cristo sacerdote es superior a todas las mediaciones del Antiguo Testamento (Heb 8, 6). La realiza de modo especial a través de su muerte redentora (Heb 9, 15).

Cuando el Nuevo Testamento habla del sacerdocio de Cristo no lo compara al sacerdocio levítico sino al de Melquisedec, pues éste restablecerá un reino de Paz y Justicia (Heb 7, 1-2); será eterno (Heb 7, 3); superior al del Antiguo Testamento (Heb 7, 11-19); perfecto y único (Heb 9, 11-14; 26-28). Y a través de su sacrificio sellará una Nueva Alianza (Heb 9, 15).

2.- En la Tradición y Magisterio de la Iglesia

La realidad del sacerdocio de Cristo, tan claramente expuesta en la Sagrada Escritura, pasa a toda la Tradición de la Iglesia, de la que ya en los escritos de los Padres Apostólicos se encuentran testimonios muy gráficos. Así por ejemplo:

  • San Clemente Romano habla de Cristo como el “Pontífice de nuestras oblaciones, patrono y auxiliador de nuestra debilidad”.
  • San Policarpo de Esmirna subraya la eternidad del sacerdocio de Cristo: “Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo, y el mismo sempiterno Pontífice, Jesucristo, Hijo de Dios, os edifique en la fe y en la verdad”.

Por su parte, el Magisterio asume la realidad del sacerdocio de Cristo de un modo constante y universal. En ningún momento lo proclamó como dogma, pero siempre fue creído y defendido en todos los concilios en los que de un modo u otro se hablaba indirectamente del sacerdocio de Cristo. Por ejemplo:

  • El Concilio de Éfeso, condena al que separe en Cristo al sacerdote del Verbo de Dios (DS 261).
  • El Concilio de Trento, al hablar de la Santa Misa, afirma que el sacerdocio de Jesucristo es según el orden de Melquisedec, una vez que ha finalizado el sacerdocio levítico por su imperfección (DS 1740).
  • Pío XI estableció la Misa de Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote.

3.- Lo supremo del sacerdocio de Cristo: el carácter sacrificial de su muerte en cruz

Lo más excelso y supremo del sacerdocio de Cristo será su muerte en cruz. Como nos dice la Carta a los Hebreos (Hb 5, 7-10):

“Él, en los días de su vida en la tierra, ofreció con gran clamor y lágrimas oraciones y súplicas al que podía salvarle de la muerte, y fue escuchado por su piedad filial, y, aun siendo Hijo, aprendió por los padecimientos la obediencia.

Y, llegado a la perfección, se ha hecho causa de salvación eterna para todos los que le obedecen, ya que fue proclamado por Dios Sumo Sacerdote “según el orden de Melquisedec”.

El sacrificio de Cristo, en la cruz supera todos los sacrificios del Antiguo Testamento por el sacerdote que lo ofrece, la víctima ofrecida y la unión entre el sacerdote y la víctima.

El carácter sacrificial de la muerte de Cristo aparece continuamente en el Nuevo Testamento:

  • “…sangre de la Nueva Alianza para remisión de los pecados” (Mt 26, 26).
  • Cristo es la Pascua inmolada (Ef 5, 2).
  • Víctima propiciatoria (Rom 3, 25).
  • Rescatados por la sangre de Cristo: “…habéis sido rescatados de vuestra conducta vana, heredada de vuestros mayores, no con bienes corruptibles, plata u oro, sino con la sangre preciosa de Cristo, como cordero sin defecto ni mancha”.

Y también lo vemos continuamente manifestado en la Tradición y en el Magisterio de la Iglesia:

  • San Gregorio Nacianceno: “Se ofrece a sí mismo por nosotros como ofrenda y sacrificio, en una forma misteriosa e invencible sacrificio siendo sacerdote y cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”.
  • Concilio de Éfeso: subraya el carácter sacrificial de la muerte de Cristo (DS 261).
  • Concilio de Trento: “Así, pues, el Dios y Señor nuestro, aunque había de ofrecerse una sola vez a sí mismo a Dios Padre en el altar de la cruz, con la interposición de la muerte, a fin de realizar para ellos la eterna redención; como, sin embargo, no había de extinguirse su sacerdocio por la muerte (Heb 7, 24-27), en la última Cena, la noche que era entregado, para dejar a su esposa amada, la Iglesia, un sacrificio visible, como exige la naturaleza de los hombres, por el que se representara aquel suyo sangriento que había una sola vez de consumarse en la cruz, y su memoria permaneciera hasta el fin de los siglos, y su eficacia saludable se aplicara para la remisión de los pecados que diariamente cometemos, declarándose a sí mismo constituido para siempre sacerdote según el orden de Melquisedec, ofreció a Dios Padre su cuerpo y su sangre bajo las especies de pan y de vino y bajo los símbolos de esas mismas cosas, los entregó, para que los tomaran, a sus Apóstoles, a quienes entonces constituía sacerdotes del Nuevo Testamento, y a ellos y a sus sucesores en el sacerdocio, les mandó con estas palabras: “Haced esto en memoria mía”, etc., que los ofrecieran. Así lo entendió y enseñó siempre la Iglesia” (DS 1740).

4.- El constitutivo esencial del sacerdocio

Cristo es sacerdote en cuanto hombre, como bien nos recordaba Santo Tomás de Aquino: “Cristo es sacerdote, no como Dios, sino como hombre”. El sacrificar y el orar son actos propios del hombre, no de Dios.

Así nos lo recuerda también la Carta a los Hebreos: “Porque todo sumo sacerdote, escogido entre los hombres, está constituido a favor de los hombres en lo que se refiere a Dios, para ofrecer dones y sacrificios por los pecados” (Heb 5, 1).

Pero no podemos olvidar que esta humanidad de Cristo está unida hipostáticamente al Verbo, por lo que su sacrificio tiene un valor infinito.

5.- Jesucristo sacerdote es mediador por ser santo

Cuando se habla de la santidad de Jesucristo se está haciendo referencia a su naturaleza humana, porque la santidad esencial de su naturaleza divina es obvia. En Cristo se manifiesta singularmente la santidad de Dios. Cristo es “el santo de Dios” (Lc 1, 24), santificado desde su concepción por la unión de la divinidad con la humanidad (Lc 1, 35). Todo el sentido de la mediación de Cristo consiste en conseguir la unión de los hombres con Dios, es decir, su santificación.

La cualidad de la suma santidad de Jesucristo aparece en toda la Revelación:

  • Heb 7, 26: “Nos convenía, en efecto, que el Sumo Sacerdote fuera santo, inocente, inmaculado, separado de los pecadores y encumbrado por encima de los cielos”.
  • 2Cor 5, 21: “A él, que no conoció pecado, lo hizo pecado por nosotros, para que llegásemos a ser en él justicia de Dios”.
  • Jn 1, 14: “Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros, y hemos visto su gloria, gloria como de Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad”.

La teología siempre intentó explicar cómo se comunicaba a la naturaleza humana del Verbo la santidad divina unida como está a ella en la Persona del Hijo. Para ello, la teología clásica afirma que la naturaleza humana de Cristo tenía tres tipos de gracia: la gracia de unión, la gracia habitual y la gracia capital.

a.- La gracia de unión en Cristo: se define como la misma unión hipostática, o más exactamente, el mismo ser del Verbo, en cuanto que santifica la naturaleza humana de Cristo. La gracia de unión pertenece al orden hipostático y al género de sustancia. Esta gracia santifica la naturaleza humana de Cristo sustancialmente, haciéndola una con la Persona divina del Verbo.

b.- La gracia habitual en Cristo, que en Él no se llama santificante, pertenece al orden y al género de accidente. Se dice teológicamente que la existencia de la gracia habitual en Cristo es de máxima conveniencia, porque sería lo más congruente con la asunción de una naturaleza verdaderamente humana, su papel como Mediador, la realidad de su gracia capital y la doctrina del Concilio de Calcedonia que dice que la unión de naturalezas no supone mezcla o confusión de las mismas.

Recordemos que Cristo, en cuanto hombre, tuvo una doble santificación: sustancia y accidental. La primera es la causada formalmente por la gracia de unión que afecta a toda la naturaleza humana; la santificación accidental es causada por la gracia habitual que tiene como sujeto el alma humana de Cristo y sus potencias.

Como consecuencia de la existencia de la gracia habitual en Cristo, también podemos hablar en Él de la existencia de virtudes naturales, sobrenaturales (que brotan de la gracia el alma humana de Cristo) y dones del Espíritu Santo.

En cambio, no tendría sentido hablar de ciertas virtudes en Cristo tales como la continencia o la penitencia; pues esas virtudes sólo las pueden tener almas que previamente han experimentado el pecado; y ese no es el caso de Jesucristo. Y propiamente hablando tampoco se puede hablar de la virtud de la fe en Cristo (pues ya tenía la visión beatífica. Si se habla de la fe de Cristo es en el sentido de la firmeza de su asentimiento a la voluntad de su Padre y a las cosas que reveló), ni de la esperanza (en cuanto posesión futura de Dios; pero sí en cuanto a la Resurrección y glorificación de su cuerpo).

c.- La gracia capital corresponde a Cristo en cuanto Cabeza del Cuerpo Místico. Jesucristo es el principio de la gracia en todos los miembros del Cuerpo en virtud y como consecuencia de la plenitud de gracia habitual que tiene.

La Sagrada Escritura manifiesta en multitud de pasajes esta unión íntima y profunda que existe entre Jesucristo y los cristianos. Ejemplos de ellos son: La alegoría de la vid y los sarmientos (Jn 15, 1-8), donde se nos dice que hemos de permanecer unidos a Él si queremos dar fruto; la analogía entre el edificio y sus cimientos (Ef 2, 19-22); y de manera especial la analogía de San Pablo en la que se nos dice que Cristo es la Cabeza del cuerpo, que es la Iglesia (Rom 12, 4-5; Col 1, 18). Muchos otros textos de San Pablo expresan esta unión tan íntima que existe entre la santificación de Cristo y la nuestra (Rom 8, 29; 12, 4-5; Ef 4, 15-16; Col 1, 18-20; Tit 3, 5-6).

6.- La impecabilidad de Jesucristo

Asociado al tema de la santidad de Cristo, está el de su impecabilidad. En algunas ocasiones “ciertos teólogos” se han atrevido de modo blasfemo a poner en Cristo pasiones humanas que son fruto del pecado o de la concupiscencia. Tal es el caso cuando se insinúan amores un tanto lujuriosos de Jesucristo con María Magdalena. La plenitud de la santidad de Jesucristo y la realidad de la gracia de unión, hace que Cristo no conociera el pecado.

En efecto, el Señor no sólo no tuvo pecado alguno (impecancia) (1Pe 1, 19; Heb 4, 15; 2Cor 5, 21), lo que es una verdad de fe, sino que tampoco podría haber pecado (impecabilidad), lo que es una conclusión teológica.

La teología explica la impecancia de Jesucristo por:

  • La unión hipostática: si Cristo hubiera pecado, la Persona del Verbo sería responsable de ese pecado, lo cual iría en contra de la suma perfección de Dios.
  • Por la plenitud de santidad: lo cual le hace incompatible con cualquier pecado.
  • Por su misión redentora: porque el pecado no pertenece a la naturaleza del hombre. El Verbo asumió una naturaleza humana perfecta, posible para poder obrar la redención, pero sin pecado.
  • Concebida por obra y gracia del Espíritu Santo: por lo que no tuvo pecado original y concupiscencia.

La teología también explica la impecabilidad de Jesucristo. Santo Tomás la explica como una consecuencia de la unión hipostática. Dado que las asociaciones se atribuyen a la persona, y la Persona de Cristo era divina, no se puede admitir la posibilidad de que Cristo hubiera podido pecar.

7.- La libertad de Cristo

La teología ha planteado a veces la siguiente pregunta: Si Cristo no podía pecar, ¿hasta qué punto era libre?

Para explicar este tema hemos de tener en cuenta los siguientes aspectos:

  • Cristo tenía un modo de obrar verdaderamente humano; por tanto, con plena libertad.
  • Hemos de salvaguardar por otro lado, las exigencias de la unión hipostática con el principio de que las “acciones son de las personas” y de la comunicación de idiomas.
  • Por otro lado, también hemos de tener en cuenta que, por ser Dios, era impecable y por tanto de una obediencia perfecta a la voluntad del Padre; pero por ser también verdaderamente hombre, Cristo tenía el libre albedrío propio del ser humano.

Los datos de la revelación afirman a la vez la libertad meritoria de la obediencia de Cristo (Fil 2, 5-11) y su obediencia perfecta al Padre (Jn 5, 30). ¿Cómo se compaginan estas verdades? En realidad, estamos ante un misterio que nunca podremos comprehender, pero al que aspiramos profundizar hasta donde nuestra inteligencia nos permita.

Los tomistas afirman la existencia de la impecabilidad, obediencia y libertad humana en Cristo sin paliativos o disminuciones: existió un verdadero precepto de morir, que Cristo obedeció con auténtica libertad, que, por ser tal, era impecable; por eso Cristo verdaderamente mereció su glorificación y nuestra salvación.

El único modo de dar algo de luz a este misterio es estudiando la existencia de las dos voluntades en cristo: la divina y la humana (Jn 6, 38; Lc 22, 49; Mt 26, 39; DS 509-522; DS 556-557).

Jesucristo, debido a la integridad y perfección de su naturaleza humana, gozaba como hombre de libre albedrío.

La naturaleza humana de Jesucristo fue instrumento de la divinidad; respetando siempre Dios las facultades propias de esa naturaleza humana. Si Cristo no tuviera voluntad humana libre, no habría sido verdaderamente hombre.

Aunque Cristo, por un lado, tuvo un verdadero mandato del Padre sobre su Muerte y las circunstancias de su gloriosa Pasión, y por otro lado era impecable, sin embargo, permaneció absolutamente libre en toda su vida terrena, y por tanto, también en su Pasión y Muerte.

Es el mismo Cristo, a través de sus palabras, quien nos confirma todas estas verdades.

“Por eso me ama el Padre, porque doy mi vida para tomarla de nuevo. Nadie me la quita, sino que yo la doy libremente. Tengo potestad para darla y tengo potestad para recuperarla. Éste es el mandato que he recibido de mi Padre” (Jn 10, 17-18).

Padre Lucas Prados | Fuente: adelantelafe.com

Comentario – Jueves X de Tiempo Ordinario

Mt 5, 20-26

Os digo que si vuestra justicia y fidelidad no sobrepasa la de los escribas o letrados o letrados y fariseos, no entraréis en el Reino de Dios.

Esta es la fórmula clave de todo el siguiente desarrollo. Hay que progresar, hay que tener una actitud más perfecta que la de… ¿la de quiénes?

De los Escribas: letrados y doctores de la Ley, encargados por su competencia y sus estudios, de enseñar la Ley al pueblo… son los maestros, los rabinos que enseñan oficialmente la religión judía y atienden también ciertas funciones judiciales.

De los Fariseos: grupo religioso de personas fervientes, adversarias de la tibieza y mediocridad espirituales… que adoptan posturas radicales y sin compromiso frente al paganismo de los romanos ocupantes del país.

¿De qué modo, los discípulos de Jesús, que son gente pobre, sencilla y sin instrucción podrían medirse con estos sabios y celosos especialistas de la Ley? Sin embargo es tajante, a sus discípulos Jesús les pide «más»: es necesario que su justicia, su fidelidad sean más perfectas. No se trata de una diferencia de grado, sino de naturaleza.

Habéis oído que se mandó a los antiguos: No matarás… Pues Yo os digo: Todo el que trate con ira a su hermano será condenado por el tribunal.

Tal es el primer ejemplo de «cumplimiento» de la Ley antigua.

Es ya una fidelidad, ciertamente, pues, prohibiendo matar, la Ley quería ya conducir al hombre a una menor violencia y a un mayor amor.

En el fondo, es también un cambio total: Jesús nos pide que de la práctica formalista pasemos a una actitud de interiorización, mucho más exigente. Lo que corrompe el interior del corazón humano no es en primer lugar el gesto de matar -por desgracia se puede matar sin querer-… sino el odio alguien puede ser un verdadero homicida de su hermano sin derramamiento de sangre-…

En consecuencia, si yendo a presentar tu ofrenda al altar, te acuerdas allí de que tu hermano tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí ante el altar y ve primero a reconciliarte con tu hermano; vuelve entonces y presenta tu ofrenda.

La piedad hacia Dios no es verdadera si no la precede el amor a los hermanos. «El que dice «amo a Dios» y no ama primero a su hermano, es un mentiroso.» Había «ofrendas en el Templo» prescritas por la Ley. Jesús no las descalifica; no tiene nada contra el culto; pero ¡pide que sea auténtico!… que encuentre la verdadera jerarquía de valores: así, lo que cuenta, no es ante todo el respeto a las reglas litúrgicas -deja tu ofrenda, el animal cebado, los frutos de tu cosecha, al pie del altar, sin preocuparte de las complicaciones que van a seguirse. ¡He aquí la novedad! Para Jesús, la fraternidad verdadera en la vida cotidiana es prioritaria al servicio cultual de Dios; o mejor aún, es un servicio de Dios, ¡el servicio que Dios espera en primer lugar!

Muéstrate conciliador con el que te pone pleito, mientras vais todavía de camino…

«¡Restablece rápidamente la amistad con tu adversario!». Jesús es realista. Aporta aquí el caso de un hombre que tiene deudas con otro hombre, que está obligado a comparecer ante el tribunal… con riesgo de ser encarcelado. Jesús dice: «procura aprovechar el tiempo que aún te queda para obtener «amistosamente» la reconciliación. El amor que Jesús nos pide va mucho más allá de nuestras solidaridades naturales: ¡se trata, en verdad, de «adversarios»! a los que Jesús pide que se pongan de acuerdo. Hoy, se habla mucho de conflictos, de tensiones, Jesús también. Hoy se predica mucho el aplastamiento del contrario para solucionar los conflictos; es necesario, dicen, en la correlación de fuerzas, ser el más fuerte. En esto, Jesús no está de acuerdo. ¡El predica la reconciliación! Esta es la novedad del evangelio.

Noel Quesson
Evangelios 2

Fiesta de la Trinidad: Dios es amor

El gran pintor barroco, flamenco, Pedro Pablo Rubens, pintó un famoso cuadro al que tituló San Agustín. Lo conocemos, habitualmente, como el cuadro de San Agustín y el niño de la concha. En este cuadro aparece el santo paseando por la playa, vestido de obispo, inclinándose ante un niño que está echando con una concha agua del mar en un pequeño agujero que él mismo ha hecho con sus pequeñas y tiernas manos. El santo, según nos cuenta la historia, le pregunta al niño ¿qué haces, niño? A lo que el niño responde: quiero meter toda el agua del mar en este agujero. El santo, paternal y bondadoso, le dice: pero toda el agua del mar no cabe en ese pequeño agujero. Ya lo sé, le contesta el niño, tampoco Dios cabe en tu pequeña inteligencia. Y es que San Agustín estaba intentando escribir un libro de muchas páginas para explicar el misterio de la Santísima Trinidad. Un libro que, efectivamente, tardó Agustín veinte años en escribir, a base de un trabajoso y fatigoso esfuerzo, según él mismo nos dice. Con esta pequeña anécdota quiero decirles que yo no voy a intentar meter el misterio de la Santísima Trinidad en la mente de ningún posible lector. La palabra misterio, nos dice el diccionario de la Real Academia, significa una cosa arcana o muy recóndita que no se puede explicar o comprender. No intentemos, pues, explicar los misterios, limitémonos a contemplarlos o adorarlos, desde una actitud de fe y amor.

2.- Pero el misterio de la Santísima Trinidad también tiene para nosotros, los cristianos, una dimensión pastoral y vivencial que sí debemos tener en cuenta y meditar en ella. Porque, cuando hablamos del Dios Trino, hablamos de un Dios que es y quiere ser para nosotros comunicación y comunión antes que nada. La base teológica de esta afirmación es la repetida frase del evangelista San Juan Dios es amor. Nuestro Dios es un Padre que ama; el fruto de este amor es el Hijo y el cordón umbilical que une al Padre con el Hijo es el Espíritu Santo. Dios Padre es amor, el Hijo es amor y el Espíritu Santo es amor. El misterio de la Santísima Trinidad es, pues, un misterio de Amor y misterio de amor debe ser la vida de todos los cristianos, de cada uno de nosotros. Todas las personas formamos una sola familia porque somos hijos de un mismo Padre, que nos engendró por amor. Un cristiano que no amara dejaría de ser cristiano, porque no creería en el Dios Trino al que amó y en el que creyó Jesucristo. En esta fiesta de la Santísima Trinidad, nuestro propósito debe ser un propósito sencillo y nada misterioso: intentar amar a Dios y al prójimo con el amor que Jesús de Nazaret nos amó.

3.- En nuestra vida diaria de creyentes cristianos nos dirigimos una y otra vez, en muchas de nuestras oraciones, al Dios Trino. Lo hacemos cada vez que nos santiguamos o persignamos y, en concreto, al comenzar y terminar la misa: En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; La bendición de Dios Padre, Hijo y Espíritu santo. No sólo debemos rezar al Dios Trino, sino que debemos vivir trinitariamente, en comunión de fe y amor con todos, vivir en familia, considerarnos hermanos de todos, hacer de este mundo la casa de Dios.

4.- Para referirnos, aunque sea muy brevemente, a las lecturas litúrgicas de esta fiesta, diremos, comenzando por el evangelio, que cada vez que rezamos y vivimos trinitariamente estamos glorificando a Dios, porque rezamos y vivimos movidos e impulsados por el mismo Espíritu que glorificó a Jesús. Toda nuestra vida será un canto de gloria a Dios, si es el Espíritu de amor, el espíritu que es Padre, Hijo y espíritu Santo, el que nos guía y nos mueve. El Espíritu de Dios es Sabiduría de Dios –primera lectura- y la sabiduría de Dios es la que debe dirigir todas nuestras tareas, como una luz que guíe toda nuestra vida. Si todo lo hacemos con amor y por amor, todo lo hacemos con Dios y por Dios, porque el Dios Trino es un Dios Amor. Incluso nuestros mismos sufrimientos, nuestras tribulaciones, como nos dice hoy San Pablo, producirán en nosotros la esperanza, una esperanza que no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado. Que así sea.

Gabriel González del Estal

Respirando a Dios

En este mundo que sufre más que nunca
nuestros delirios de poder y grandeza,
porque en vez de jardineros responsables del mismo
nos hemos convertido en avaros comerciantes
que se creen dueños de su riqueza…
respirar tu Espíritu es nuestro sueño y vida.

En esta sociedad tan contaminada
por tanta desigualdad y farsa,
que sufre males y plagas endémicas
y en la que no cicatrizan las heridas
porque, para algunos, son fuente de riqueza…
respirar tu Espíritu es nuestro sueño y vida.

En esa Iglesia tan desacreditada
porque ha perdido ternura y gracia,
y quizá su verdad y buena noticia
al creerse dueña de tus dones y palabra,
y que anda triste, quejosa y desorientada…
respirar tu Espíritu es nuestro sueño y vida.

En esta cultura light y fragmentada,
con tantas palabras huecas y engañosas
y decisiones amañadas y egoístas,
en la que se ha enterrado la utopía
y suenan tan mal la pobreza y la renuncia…
respirar tu Espíritu es nuestro sueño y vida.

En este tiempo tan triste y yermo,
en el que unos lo tienen casi todo
y otros se están quedando desnudos,
con hambre, frío y horizonte oscuro
porque lo igualdad no está al uso…
respirar tu Espíritu es nuestro sueño y vida.

Ahora que estamos en honda crisis
de cultura, bienestar y valores,
de política, religión e instituciones;
ahora que la verdad no atrae,
queremos que él nos guíe y llene porque…
respirar tu Espíritu es nuestro sueño y vida.

Respirar tu Espíritu es nuestro sueño y vida,
pues necesitamos aire fresco y bueno
para seguir caminando contigo
y vivir al cobijo y sombra de tus alas
mientras aprendemos a ser hermanos
e hijos aquí, donde estamos

Florentino Ulibarri

Notas para fijarnos en el evangelio

• Juan, dentro del testamento de Jesús, ha prometido a los discípulos la permanencia en ellos del Espíritu de la verdad (14, 17), pero ahora les anuncia la actividad del Espíritu en la misión (14, 26) e intenta responder ¿cómo seguir siendo creyente ahora que Jesús de la historia no está? Juan responde que está en el fondo de la vida (14, 23). Pero en un fondo muy fondo que no se reconoce-ve… de ahí que recurra al Espíritu (16, 8-11), trata de la acción del Espíritu en la comunidad de discípulos, que reorienta la historia desde el fondo de la vida.

• En los versículos anteriores la comunidad se siente juzgada, perseguida, condenada por el mundo (16, 1-4)… pero no se siente acobardada, ve en Jesús la vida y en el sistema la muerte. El mensaje tiene consecuencias que los discípulos no sacan y horizontes que no pueden vislumbrar (12). Hay mucho terreno inexplorado en la verdad de Jesús, que solo irá siendo conocido a medida que la experiencia coloque a la comunidad ante los nuevos hechos o circunstancias. El Espíritu será el que guíe (13).

• Jesús aparece como el revelador del Padre a quién nadie ha visto nunca (manifestado en la creación, la historia, los profetas, y por último a través del Hijo «Quien me ve a mí ve al Padre»). El Espíritu continuará su obra en los discípulos, nos va a comunicando el amor de Dios en toda circunstancia (pero no como un milagro sacada de la manga). Es el trabajo, codo con codo, con la historia para que esta vaya tomando orientación nueva que le hará ser plena. Un Espíritu que trabaja, que colabora, que sabe de caminos compartidos, que entiende de obras conjuntas, que le gusta lo común…

• Dice Jesús que el camino hasta Dios, «hasta la verdad» (13), no lo podemos recorrer solos, aunque Él nos dijera todas las cosas que le quedan por decirnos: «no podéis cargar con ellas por ahora» (12). Ciertamente, para recorrer el camino necesitamos su Palabra. Pero no para tratarla a nuestro modo, no para tratarla ideológicamente. Sin el Espíritu no conocemos al Padre. Sin el Espíritu no podemos amar a Dios, y con Dios no se puede tener otra relación que la del amor. Un amor que viene de Él.

• Con el Espíritu se nos hace presente lo que Jesús hizo y dijo en el pasado. El Espíritu hace posible que nosotros, hoy y aquí, podamos «ver» y «escuchar» a Jesús. El Espíritu Santo nos permite «escuchar» y «ver» al Jesús de hoy, al Viviente, al Resucitado. Y nos abre a «lo que está por venir» (13), a la esperanza de que seguir a Jesús hoy, amando al prójimo -la única manera de seguirlo-, nos conduce, efectivamente, a vivir plenamente del amor que es Dios mismo.

• Especialmente destacable en esta fiesta es que el Espíritu no va por libre: «lo que hable no será suyo» (13). Y que es «comunicador» (13). Y que dice lo que «recibe de Jesús» (14), como Él lo ha recibido del Padre (15). La comunión, la comunicación, es una característica del Dios Trinidad. Y no se puede creer en Él si no es en comunión-comunicación. Es decir, comunión-comunicación de bienes -sobre todo con los pobres-. No hay más diálogo que ése.

• Así, mediante el trabajo en colaboración con el Espíritu se nos guiará hasta la verdad plena. ¿Cuál es la verdad plena? (13) No es otra que la misma verdad por la que Jesús entregará su vida (19, 37): lo humano tiene como destino la plenitud, la gloria/amor que se le ha comunicado (1, 14). Y no ha de concebirse como algo estático, sino dinámico con el Padre. Jesús realiza así las obras del Padre (5, 17.36; 10, 25), su designio creador (4, 37; 5, 30; 6, 38-40). Así, el criterio para interpretar la historia, basado en la sintonía con Jesús, se concreta en la realización del hombre, designio del Padre y expresión de su amor.

Síntesis:El vigor y la seguridad que la comunidad recibe de la acción del Espíritu se transmite a la misión. De dos maneras: 1º mantendrá siempre al creyente en conexión con el mensaje de Jesús («lo que hablé no será suyo») y así conectados vitalmente con la realidad de Jesús; 2º interpretará la realidad social desde la perspectiva de la fe («os comunicará lo que está por venir»), lo que el creyente vive en el momento histórico. Así, mezclando fe y vida, mensaje y sociedad, se puede llegar a la verdadera fecundidad, a la cosecha del Reino.

El domingo de la Santísima Trinidad: un día para disfrutar. Esta es una fiesta para disfrutar de la gratuidad de amar y alabar a Dios, el que nos ama gratuitamente. Un día para disfrutar de la gratuidad de la oración de la Iglesia:

Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre
y por los siglos de los siglos. Amén.

Comentario al evangelio – Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote

Todos los cristianos, por el hecho de estar bautizados, gozan y participan de la consagración sacerdotal de Cristo, tal como nos dice el Ritual del Bautismo. Sin embargo Jesús fue un laico, no formó parte de la casta sacerdotal, con la que, por otra parte, chocó abiertamente, tanto, que ella misma le condenó a muerte. Es verdad que acudió en diversas ocasiones al Templo de Jerusalem, pero también lanzó contra él severas críticas y realizó aquel gesto profético derribando todas las mesas y quejándose de que habían convertido la casa de su Padre en un mercado. En su bello diálogo con la samaritana anuncia que llegará la hora en que los que den culto auténtico al Padre, lo harán en espíritu y verdad. Precisamente, cuando llegó su hora en la cruz, el velo del templo (símbolo de su sacralidad y de la Alianza con el culto que conllevaba) se rasgó en dos, es decir, perdió su sentido.Algo nuevo había sido estrenado, un nuevo modo de relacionarse con Dios y darle culto.

¿Por qué hablamos de Jesús como Sumo y Eterno Sacerdote Jesús fue un laico, no formó parte de la casta sacerdotal, con la que, por otra parte, chocó abiertamente, tanto, que ella misma le condenó a muerte? La Carta a los Hebreos, tratando de responder a los que añoraban las viejas ceremonias judías, y el culto sacerdotal del templo en el que todos los judíos habían sido educados, nos presenta a Jesús como un Nuevo Sacerdote. Pero su sacerdocio es radicalmente diferente al del Antiguo Testamento. Por su muerte y resurrección el velo del viejo templo que separaba lo sagrado y lo profano se ha rasgado, ha perdido su sentido, para dar comienzo a un nuevo modo de relacionarnos con Dios.

Resaltemos algunos aspectos de este nuevo sacerdocio en el que todos participamos (aunque lo hagamos de distintas maneras, según nuestra vocación y estado de vida).

Jesús hizo de su existencia una continua ofrenda, un permanente acto de culto al Padre. De manera que al estar pendiente de hacer en todo momento la voluntad del Padre, la vida cotidiana se convierte en espacio sagrado donde encontrar al Padre y hacerle presente. Así pues, cuando acogemos al hermano, le escuchamos, le ayudamos, le amamos… cuando luchamos por la justicia, cuando hacemos bien nuestro trabajo, cuando creamos fraternidad, cuando liberamos a alguien de sus demonios… estamos dando culto a Dios, estamos siendo sacerdotes.

Jesús, desde su Bautismo, fue un «consagrado por el Espíritu», de modo que cada una de sus palabras, opciones, gestos y actitudes se convierten en transparencia y revelación del Padre. También los bautizados somos templos del Espíritu, somos sagrados, pertenecemos a Dios que nos ha elegido y nos envía. Y esto significa que continuamente podemos y debemos hacer presente a Dios en medio de todas nuestras cosas, consagrando el mundo, haciendo posible que se abra paso el bien, sobre todo allí donde hay más marginación, sufrimiento e injusticia.

En la última noche con sus discípulos, Jesús hizo un Gesto que resumía toda su vida y daba sentido a su muerte: Una vida entregada, amante, servidora, agradecida, reconciliadora, fraternal, sacrificada, continuamente pendiente de lo que el Padre le pedía… y encomendó a sus discípulos que le tomaran el relevo, que vivieran y entregaran su vida como él, que hicieran «aquello mismo» en memoria suya, en su nombre. De modo que estamos llamados a convertir nuestra vida en una continua celebración eucarística… que haga posible que, cuando nos reunamos en su nombre, el partir el pan sea expresión de que continuamente nos partimos, compartimos, repartimos y entregamos a los hermanos. Cada uno de su situación existencial, desde su propia vocación y opción de vida, desde su propio sacerdocio/ministerio comunitario.

Ciudad Redonda

Meditación –

Hoy celebramos la fiesta de Nuestro Señor Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote.

La lectura de hoy es del evangelio de Lucas (Lc 22, 14-20):

Cuando llegó la hora, se puso a la mesa con los Apóstoles; y les dijo: «Con ansia he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer; porque os digo que ya no la comeré más hasta que halle su cumplimiento en el Reino de Dios». Y recibiendo una copa, dadas las gracias, dijo: «Tomad esto y repartidlo entre vosotros; porque os digo que, a partir de este momento, no beberé del producto de la vid hasta que llegue el Reino de Dios». Tomó luego pan, y, dadas las gracias, lo partió y se lo dio diciendo: «Este es mi cuerpo que es entregado por vosotros; haced esto en recuerdo mío». De igual modo, después de cenar, la copa, diciendo: «Esta copa es la Nueva Alianza en mi sangre, que es derramada por vosotros».

Hoy, la liturgia nos invita a adentrarnos en el maravilloso corazón sacerdotal de Cristo. Dentro de pocos días, la liturgia nos llevará de nuevo al corazón de Jesús, pero centrados en su carácter sagrado. Pero hoy admiramos su corazón de pastor y salvador, que se deshace por su rebaño, al que no abandonará nunca. Un corazón que manifiesta “ansia” por los suyos, por nosotros: «Con ansia he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer» (Lc 22,15).

Este corazón de sacerdote y pastor manifiesta sus sentimientos, especialmente, en la institución de la Eucaristía. Una solicitud que le conduce a darlo todo a todos para permanecer siempre al lado de todos. Su amor no se limita a los Apóstoles, sino que piensa en todos los hombres. La Eucaristía será el instrumento que permitirá a Jesús consolarnos “en todo lugar y en todo momento”. 

—Él había hablado de mandarnos “otro” consolador, “otro” defensor. Habla de “otro”, porque Él mismo —Jesús-Eucaristía— es nuestro primer consolador.

+ Rev. D. Albert LLANES i Vives

Liturgia – Jesucristo, sumo y eterno sacerdote

NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO, SUMO Y ETERNO SACERDOTE, fiesta

Misa de la fiesta (blanco)

Misal: Antífonas y oraciones propias. Gloria. Prefacio I de ordenaciones. No se puede decir la Plegaria Eucarística IV.

Leccionario: Vol. IV

  • Is 6, 1-4. 8. Santo, santo, santo es el Señor del universo.

O bien: Heb 2, 10-18. El santificador y los santificados proceden todos del mismo.

  • Sal 22. El Señor es mi pastor, nada me falta.
  • Jn 17, 1-2. 9. 14-26.Por ellos yo me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad.

Antífona de entrada          Hb 7, 24
Cristo, mediador de una nueva alianza, como permanece para siempre, tiene el sacerdocio que no pasa.

Acto penitencial
Celebramos la fiesta de nuestro Señor Jesucristo, sumo y eterno Sacerdote. Él, como Sacerdote, es el mediador entre Dios y los hombres esta mediación, por su condición de Dios y hombre, la ha ejercido de una manera plena y perfecta, sobre todo en su muerte y resurrección. La Iglesia actualiza, a través de los tiempos, este único e irrepetible sacerdocio de Cristo en la celebración de los divinos misterios de la eucaristía

Al comenzar la celebración de la Eucaristía, pongámonos en presencia de Jesucristo, sumo y eterno sacerdote; Mediador entre Dios y los hombres, que une nuestra humanidad a la vida divina y, reconozcamos nuestros pecados, todo aquello que nos aleja de la voluntad de Dios, pidiendo, con sinceridad y humildad, perdón ante Dios y ante los hermanos.

  • Tú que nos enseñaste la voluntad del Padre. Señor, ten piedad.
  • Tú que nos dejaste una Ley de amor. Cristo, ten piedad.
  • Tú que nos guías por el camino de tu reino. Señor, ten piedad.

Se dice Gloria.

Oración colecta
OH, Dios, que para gloria tuya y salvación del género humano
constituiste a tu Hijo único sumo y eterno Sacerdote,
concede, por la acción del Espíritu Santo,
a quienes él eligió para ministros y dispensadores de sus misterios
la gracia de ser fieles
en el cumplimiento del ministerio recibido.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Oración de los fieles
Por medio de Jesucristo, nuestro sumo Sacerdote y mediador entre Dios y los hombres, elevemos nuestras peticiones al Padre, que dirige todas las cosas según su voluntad.

1.- Para que la Iglesia celebre siempre el memorial de la pasión de Cristo, enriquecida por la fe y la devoción de todos sus miembros. Roguemos al Señor.

2.- Para que la acción sacerdotal de Jesucristo continúe dando la salud espiritual y la vida eterna a los hombres. Roguemos al Señor.

3.- Para que la vida de los sacerdotes sea fiel reflejo de la ofrenda que realizan sacramentalmente en el altar. Roguemos al Señor.

4.- Para que todos los hombres, especialmente los alejados y los no creyentes, encuentren en Cristo el camino que conduce hacia la salvación. Roguemos al Señor.

5.- Para que el Espíritu Santo mueva los corazones de quienes tomamos parte en el sacrificio eucarístico para ofrecernos juntamente con Cristo oferente y Hostia inmaculada. Roguemos al Señor.

6.- Para que los frutos de esta Eucaristía lleguen también a nuestros hermanos difuntos para que puedan gozar de la gloria eterna. Roguemos al Señor.

Movidos por el Espíritu Eterno, en el que tu Hijo Jesucristo consumó su oblación sacerdotal en la cruz, te pedimos, Padre de bondad, que santifiques a tu pueblo y escuches nuestra oración. Por el mismo Jesucristo nuestro Señor.

Oración sobre las ofrendas
JESUCRISTO, nuestro Mediador,
te haga aceptables estos dones, Señor,
y nos presente juntamente con él
como ofrenda agradable a tus ojos.
Por Jesucristo nuestro Señor.

Prefacio I de las ordenaciones

Antífona de comunión          Mt 28, 20
Sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el final del mundo, dice el Señor.

Oración después de la comunión
LA eucaristía que hemos ofrecido y recibido,
nos dé la vida, Señor,
para que, unidos a ti en caridad perpetua,
demos frutos que siempre permanezcan.
Por Jesucristo nuestro Señor.

JUEVES. NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO, SUMO Y ETERNO SACERDOTE, fiesta

Misa de la fiesta (blanco)

Misal: Antífonas y oraciones propias. Gloria. Prefacio I de ordenaciones. No se puede decir la Plegaria Eucarística IV.

Leccionario: Vol. IV

  • Is 6, 1-4. 8. Santo, santo, santo es el Señor del universo.

O bien: Heb 2, 10-18. El santificador y los santificados proceden todos del mismo.

  • Sal 22. El Señor es mi pastor, nada me falta.
  • Jn 17, 1-2. 9. 14-26.Por ellos yo me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad.

Antífona de entrada          Hb 7, 24

Cristo, mediador de una nueva alianza, como permanece para siempre, tiene el sacerdocio que no pasa.

Acto penitencial
Celebramos la fiesta de nuestro Señor Jesucristo, sumo y eterno Sacerdote. Él, como Sacerdote, es el mediador entre Dios y los hombres esta mediación, por su condición de Dios y hombre, la ha ejercido de una manera plena y perfecta, sobre todo en su muerte y resurrección. La Iglesia actualiza, a través de los tiempos, este único e irrepetible sacerdocio de Cristo en la celebración de los divinos misterios de la eucaristía

Al comenzar la celebración de la Eucaristía, pongámonos en presencia de Jesucristo, sumo y eterno sacerdote; Mediador entre Dios y los hombres, que une nuestra humanidad a la vida divina y, reconozcamos nuestros pecados, todo aquello que nos aleja de la voluntad de Dios, pidiendo, con sinceridad y humildad, perdón ante Dios y ante los hermanos.

  • Tú que nos enseñaste la voluntad del Padre. Señor, ten piedad.
  • Tú que nos dejaste una Ley de amor. Cristo, ten piedad.
  • Tú que nos guías por el camino de tu reino. Señor, ten piedad.

Se dice Gloria.

Oración colecta
OH, Dios, que para gloria tuya y salvación del género humano
constituiste a tu Hijo único sumo y eterno Sacerdote,
concede, por la acción del Espíritu Santo,
a quienes él eligió para ministros y dispensadores de sus misterios
la gracia de ser fieles
en el cumplimiento del ministerio recibido.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Oración de los fieles
Por medio de Jesucristo, nuestro sumo Sacerdote y mediador entre Dios y los hombres, elevemos nuestras peticiones al Padre, que dirige todas las cosas según su voluntad.

1.- Para que la Iglesia celebre siempre el memorial de la pasión de Cristo, enriquecida por la fe y la devoción de todos sus miembros. Roguemos al Señor.

2.- Para que la acción sacerdotal de Jesucristo continúe dando la salud espiritual y la vida eterna a los hombres. Roguemos al Señor.

3.- Para que la vida de los sacerdotes sea fiel reflejo de la ofrenda que realizan sacramentalmente en el altar. Roguemos al Señor.

4.- Para que todos los hombres, especialmente los alejados y los no creyentes, encuentren en Cristo el camino que conduce hacia la salvación. Roguemos al Señor.

5.- Para que el Espíritu Santo mueva los corazones de quienes tomamos parte en el sacrificio eucarístico para ofrecernos juntamente con Cristo oferente y Hostia inmaculada. Roguemos al Señor.

6.- Para que los frutos de esta Eucaristía lleguen también a nuestros hermanos difuntos para que puedan gozar de la gloria eterna. Roguemos al Señor.

Movidos por el Espíritu Eterno, en el que tu Hijo Jesucristo consumó su oblación sacerdotal en la cruz, te pedimos, Padre de bondad, que santifiques a tu pueblo y escuches nuestra oración. Por el mismo Jesucristo nuestro Señor.

Oración sobre las ofrendas
JESUCRISTO, nuestro Mediador,
te haga aceptables estos dones, Señor,
y nos presente juntamente con él
como ofrenda agradable a tus ojos.
Por Jesucristo nuestro Señor.

Prefacio I de las ordenaciones

Antífona de comunión          Mt 28, 20
Sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el final del mundo, dice el Señor.

Oración después de la comunión
LA eucaristía que hemos ofrecido y recibido,
nos dé la vida, Señor,
para que, unidos a ti en caridad perpetua,
demos frutos que siempre permanezcan.
Por Jesucristo nuestro Señor.