Comentario al evangelio – Martes XI de Tiempo Ordinario

Jesús parece partir del supuesto de que todos tenemos “enemigos”. Por desgracia este supuesto lo confirma nuestra propia historia. ¿Quién no tiene archivado en el disco duro de la memoria su lista personal, más o menos larga, de enemigos? Se ha llegado a decir que “enemigo” es una palabra sin la cual no se puede escribir la historia, ni siquiera la historia bíblica. Es verdad. Desde que existieron dos hermanos sobre la haz de la tierra –Caín y Abel-, llevamos inscrita en algún lugar de nuestras entrañas la incurable costumbre de enemistarnos. Podemos hacer un recuento de anécdotas personales y desempolvar así todo ese inútil sufrimiento causado por la violencia, los sentimientos heridos y, sobre todo, el miedo, el horror ante la amenaza que el otro representa.

Frente a esa generalizada y asfixiante realidad, Jesús se atreve a proponernos lo inédito: “Atrévete a amar a quien ni te ama, ni se lo merece”. Pero, ¿es posible amar así? Si no se intenta, no se sabrá jamás. La historia nos habla de personas que lo intentaron y… ¡resultó! ¿Cómo consiguieron auparse sobre el resentimiento y la venganza? Lo lograron dejándose empujar por aquella misma fuerza secreta que movía desde dentro a Jesús. Intentaron lo imposible y llegaron a lo imprevisible. Su arma secreta la tenían dentro. Con razón dice aquel proverbio africano: “Si no tienes un enemigo dentro, poco podrán los de fuera”. ¿A qué nos lleva esta enseñanza evangélica?

A pedir al Espíritu Santo que nos conduzca al interior del enemigo para descubrir que en su corazón no es un perverso repugnante, sino alguien que se equivoca. No sabe lo que hace. Actúa mal por ignorancia. Si alguien le dijera la verdad… Lo que nos hace hermanos -o enemigos- no es el hecho de tener dos ojos, sino nuestra forma de mirar.

A amar en serio, sin sentimentalismos bobalicones, con iniciativas, con obras, dando el primer paso. Amar es adelantarse. Y debo empezar yo, sin esperar a que sea el otro quien comience. La esencia del amor cristiano es el amor a los enemigos; o sea a aquellos que no quieren comenzar.

A descubrir que, en no pocos casos, no es que sean los demás nuestros enemigos, sino que somos nosotros quienes nos situamos enfrente de ellos. A veces ellos ni se enteran de la peligrosa temperatura de nuestro odio contenido. Orar por los enemigos es buen aliviadero del resentimiento. Una cura de oración limpia nuestros ojos interiores.

Sería un buen ejercicio para el día de hoy que pudiésemos repasar esa lista escondida de personas a las que consideramos como enemigos, sentados a los pies de un Crucificado. Y, con este recuerdo doloroso de rostros y episodios, releer este evangelio hasta dejarnos convencer y convertir por el Dios de las heridas. Sería nuestra modesta pero eficaz colaboración para sofocar la cruel e interminable amenaza de los odios y las guerras. Y así haremos del enemigo el mejor de los maestros que encontramos en nuestra vida.

Ciudad Redonda

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Comentario – Santísima Trinidad

Cuando venga él –les decía Jesús a sus discípulos-, el Espíritu de la Verdad, os guiará hasta la verdad plena. A esta verdad pertenece la confesión de Dios, el Dios único de los profetas, el Dios creador del Génesis, el Dios uno y absoluto de los filósofos griegos, la realidad última y fundante de toda otra realidad, como Padre, Hijo y Espíritu Santo: tres personas (hypóstasis) y un solo Dios. En esta formulación conceptual nos encontramos con una “pluralidad” de personas (tres) y con una “unidad” esencial o de naturaleza (uno). Es lo que la tradición ha llamado Trinidad: una unidad (mónada) de tres.

Se trata del misterio de nuestro Dios: misterio de comunión en el amor. Y para que haya comunión tiene que haber unión; pero también quienes están unidos o en comunión: esos “entes” (seres-con) que conforman la unión y que la revelación llama Padre, Hijo y Espíritu Santo: nombres que nos resultan muy familiares y muy identificables. Porque el Hijo, segunda hipóstasis de esta terna, no es otro que Jesucristo: Jesús, el Hijo en su condición de encarnado (hombre) y de ungido por el Espíritu. Él es el que nos ha dado a conocer a Dios como Padre, su Padre. Él es el que nos ha hablado de su Espíritu como aquel que nos conducirá hasta la verdad plena. Nuestra fe depende de la revelación de Jesucristo; por tanto, de lo que él nos ha dado a conocer de Dios. Si no dependiera de esta revelación no sería cristiana.

Nuestra fe no deja de ser monoteísta –fe en un solo Dios-; pero ya no es el monoteísmo judío, ni el musulmán, ni siquiera el monoteísmo griego de un Platón o un Aristóteles. Es el monoteísmo trinitario que confiesa a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, porque reconoce en Jesús al Hijo único de Dios (Unigénito) y al Ungido del Espíritu. Por eso, todo en nuestro culto (liturgia) está marcado por el sello trinitario, dado que es expresión de una fe trinitaria: Hacemos la señal de la cruz, nos bautizamos, celebramos la eucaristía en el nombre no únicamente de Dios o de Jesucristo, sino en el nombre de Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo. No podemos entrar en relación con otro Dios que con éste: no el Dios conquistado con nuestra razón –que será siempre un Dios expuesto al riesgo de una posible idolatrización-, sino el Dios revelado, el Dios auto-comunicado en Jesús y en el Espíritu. A este Dios, o se le acepta o se le rechaza, pero no se le discute. Dios es así, como se ha revelado, y así tiene que ser acogido.

Con todo, siempre podemos encontrar la racionalidad que se esconde tras la confesión de fe. Si a Dios le confesamos Padre, Hijo y Espíritu Santo y estos nombres aluden a una realidad, es que en Dios hay distinciones: lo que distingue al Padre del Hijo es que uno es el que engendra y el otro el engendrado; por tanto, que uno tiene como propiedad distinta (personal) la paternidad y otro la filiación. Pero esta distinción, llamada de origen, porque pone de manifiesto que uno, el Padre, careciendo de origen, esto es, siendo ingénito, es el origen del otro, el Hijo unigénito, no introduce diferencias esenciales: Padre, Hijo y Espíritu Santo son lo mismo, aunque no sean el mismo: poseen la misma infinitud, el mismo poder, la misma bondad, la misma voluntad, la misma eternidad.

Procediendo el Hijo del Padre no es, sin embargo, posterior ni inferior a él; procediendo el Espíritu Santo del Padre y del Hijo, no es, sin embargo, posterior ni inferior a ellos. No son el mismo, pero sí son lo mismo, decía Hilario de Poitiers. Por eso, puede decir Jesús: Todo lo que tiene el Padre es mío; tan suyo como del Padre, pues son lo mismo; o también: Yo estoy en el Padre y el Padre en mí. Es la unidad esencial de las personas divinas la que hace posible este estar-en, esta perijóresis o compenetración.

Pero semejante unidad no elimina la reciprocidad intersubjetiva. La revelación nos dice que Padre, Hijo y Espíritu Santo se relacionan entre sí como personas distintas (con su rasgo diferencial: la paternidad, la filiación y la espiración). Un teólogo como Santo Tomás hablaba de ellas como “relaciones subsistentes”. El Padre no sería otra cosa que la paternidad (relación) subsistente de Dios, esto es, la paternidad (relación) vista como substancia: lo relativamente distinto del Hijo, que es la filiación subsistente.

Esta explicación teológica pone de manifiesto sobre todo que Dios es “relaciones” paterno-filiales-espirativas, y lo es simultáneamente. Si esto es así, en Dios tiene que haber reciprocidad interrelacional. Dios no es, por tanto, un ser solitario, un puro individuo en la más extrema soledad. Dios es comunión interpersonal(=comunidad), o con palabras de san Juan: Dios es amor, no sólo porque nos ama, sino porque es esencialmente comunidad de amor. Precisamente por ser esto, comunidad interpersonal, puede entablar con nosotros –también personas- relaciones de amor, sin dejar de ser lo que es. Éste será también un rasgo de nuestro crecimiento personal o plenificación como personas. No seremos más personas cuanto más nos aislemos de los demás o cuanto más nos singularicemos, sino cuanto más nos abramos a los demás, si por abrirnos entendemos hacer partícipes a los demás de nuestras riquezas personales enriqueciéndonos al mismo tiempo con las riquezas de los otros, empezando por las personas divinas.

La comunión trinitaria no pretende otra cosa que hacernos partícipes de su propia vida comunional. Por eso nos atrae a la oración (relación interpersonal) y a esos momentos sacramentales en que quiere hacernos sentir con mayor intensidad su presencia viva, su amor de Padre, de Hermano, de Íntimo, su perdón restaurador, su alimento fortalecedor del Espíritu, en suma, su vida. Los consagrados a la vida contemplativa saben de la importancia de este contacto con la fuente de amor incontaminado. Por eso se consagran a su búsqueda. Por eso dedican tanto tiempo de su vida a la oración.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

I Vísperas – Santísima Trinidad

I VÍSPERAS

LA SANTÍSIMA TRINIDAD

INVOCACIÓN INICIAL

V./ Dios mío, ven en mi auxilio
R./ Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

¡Dios mío, Trinidad a quien adoro!,
la Iglesia nos sumerge en tu misterio;
te confesamos y te bendecimos,
Señor, Dios nuestro.

Como un río en el mar de tu grandeza,
el tiempo desemboca en hoy eterno,
lo pequeño se anega en lo infinito,
Señor, Dios nuestro.

Oh Palabra del Padre, te escuchamos;
oh Padre, mira el rostro de tu Verbo;
oh Espíritu de amor, ven a nosotros;
Señor, Dios nuestro.

¡Dios mío, Trinidad a quien adoro!,
haced de nuestras almas vuestro cielo,
llevadnos al hogar donde tú habitas,
Señor, Dios nuestro.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu:
Fuente de gozo pleno y verdadero,
al Creador del cielo y de la tierra,
Señor, Dios nuestro. Amén.

SALMO 112: ALABADO SEA EL NOMBRE DEL SEÑOR

Ant. Gloria a ti, Trinidad igual, Divinidad única, antes de todos los siglos, ahora y siempre.

Alabad, siervos del Señor,
alabad el nombre del Señor.
Bendito sea el nombre del Señor,
ahora y por siempre:
de la salida del sol hasta su ocaso,
alabado sea el nombre del Señor.

El Señor se eleva sobre todos los pueblos,
su gloria sobre los cielos.
¿Quién como el Señor, Dios nuestro,
que se eleva en su trono
y se abaja para mirar
al cielo y a la tierra?

Levanta del polvo al desvalido,
alza de la basura al pobre,
para sentarlo con los príncipes,
los príncipes de su pueblo;
a la estéril le da un puesto en la casa,
como madre feliz de hijos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Gloria a ti, Trinidad igual, Divinidad única, antes de todos los siglos, ahora y siempre.

SALMO 147: ACCIÓN DE GRACIAS POR LA RESTAURACIÓN DE JERUSALÉN

Ant. Bendita sea la santa Trinidad e indivisible Unidad; proclamamos que ha tenido misericordia de nosotros.

Glorifica al Señor, Jerusalén;
alaba a tu Dios, Sión:
que ha reforzado los cerrojos de tus puertas,
y ha bendecido a tus hijos dentro de ti;
ha puesto paz en tus fronteras,
te sacia con flor de harina.

Él envía su mensaje a la tierra,
y su palabra corre veloz;
manda la nieve como lana,
esparce la escarcha como ceniza;

hace caer el hielo como migajas
y con el frío congela las aguas;
envía una orden, y se derriten;
sopla su aliento, y corren.

Anuncia su palabra a Jacob,
sus decretos y mandatos a Israel;
con ninguna nación obró así,
ni les dio a conocer sus mandatos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo

Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Bendita sea la santa Trinidad e indivisible Unidad; proclamamos que ha tenido misericordia de nosotros.

CÁNTICO de EFESIOS: EL DIOS SALVADOR

Ant. Gloria y honor a Dios en la unidad de la Trinidad: al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, por todos los siglos.

Bendito sea Dios,
Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido en la persona de Cristo
con toda clase de bienes espirituales y celestiales.

Él nos eligió en la persona de Cristo,
antes de crear el mundo,
para que fuésemos santos
e irreprochables ante Él por el amor.

Él nos ha destinado en la persona de Cristo
por pura iniciativa suya,
a ser sus hijos,
para que la gloria de su gracia,
que tan generosamente nos ha concedido
en su querido Hijo,
redunde en alabanza suya.

Por este Hijo, por su sangre,
hemos recibido la redención,
el perdón de los pecados.
El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia
ha sido un derroche para con nosotros,
dándonos a conocer el misterio de su voluntad.

Este es el plan
que había proyectado realizar por Cristo
cuando llegase el momento culminante:
recapitular en Cristo todas las cosas
del cielo y de la tierra.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Gloria y honor a Dios en la unidad de la Trinidad: al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, por todos los siglos.

LECTURA: Rm 11, 33-36

¡Qué abismo de generosidad, de sabiduría y de conocimiento, el de Dios! ¡Qué insondables sus decisiones y qué irrastreables sus caminos! ¿Quién conoció la mente del Señor? ¿Quién fue su consejero? ¿Quién le ha dado primero, para que él le devuelva? Él es el origen, guía y meta del universo. A él la gloria por los siglos. Amén.

RESPONSORIO BREVE

R/ Bendigamos al Padre y al Hijo con el Espíritu Santo, ensalcémoslo por los siglos.
V/ Bendigamos al Padre y al Hijo con el Espíritu Santo, ensalcémoslo por los siglos.

R/ Al único Dios honor y gloria.
V/ Ensalcémoslo por los siglos.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Bendigamos al Padre y al Hijo con el Espíritu Santo, ensalcémoslo por los siglos.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Gloria y honor a Dios en la unidad de la Trinidad: al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, por todos los siglos.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Gloria y honor a Dios en la unidad de la Trinidad: al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, por todos los siglos.

PRECES

El Padre, al dar vida por el Espíritu Santo a la carne de Cristo, su Hijo, la hizo fuente de vida para nosotros. elevemos, pues, al Dios uno y trino nuestro canto de alabanza:

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Padre, Dios todopoderoso y eterno, envía en nombre de tu Hijo el Espíritu Santo Defensor sobre la Iglesia,
—para que la mantenga en la unidad de la caridad y de la verdad plena.

Manda, Señor, trabajadores a tu mies, para que hagan discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo,
—y les den firmeza en la fe.

Ayuda, Señor, a todos los perseguidos por causa de tu Hijo,
—ya que él prometió que tú les darías el Espíritu de la verdad para que hablara por ellos.

Padre todopoderoso, que todos los hombres reconozcan que tú, con el Verbo y el Espíritu Santo, eres uno,
—para que crean, esperen y amen al Dios único.

Padre de todos los que viven, haz que los difuntos tengan parte en tu gloria,
—en la que tu Hijo y el Espíritu Santo reinan contigo en íntima y eterna unión.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Que el Espíritu renueve la santidad de los sacerdotes,
—y de todos aquellos que se preparan para serlo.

Movidos por el Espíritu Santo, dirijamos al padre la oración que nos enseñó el Señor:
Padre nuestro…

ORACION

Dios, Padre todopoderoso, que has enviado al mundo la Palabra de la verdad y el Espíritu de la santificación para revelar a los hombres tu admirable misterio, concédenos profesar la fe verdadera, conocer la gloria de la eterna Trinidad y adorar su Unidad todopoderosa. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – San Bernabé

Id y proclamad que el Reino de los Cielos está cerca.

San Bernabé

1.- Introducción.

Señor hoy me invitas a descubrir el mensaje, el contenido de la misión. Haz que yo hoy descubra vivencialmente que “el reino de Dios está cerca”. Tan cerca que está dentro de mí y, sin embargo, no le reconozco. Haz que yo perciba lo bonito que es vivir a tu lado, sentir como Juan los latidos de tu corazón, y descubrir ahí mismo la ternura y la bondad hacia todos los hombres y mujeres de este mundo.

2.- Lectura reposada del evangelio Mateo 10, 7-15

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus Apóstoles: Id y proclamad que el Reino de los Cielos está cerca: curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios. Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis. No llevéis en la faja oro, plata ni calderilla; ni tampoco alforja para el camino, ni otra túnica, ni sandalias, ni bastón; bien merece el obrero su sustento. Cuando entréis en un pueblo o aldea, averiguad quién hay allí de confianza y quedaos en su casa hasta que os vayáis. Al entrar en una casa saludad; si la casa se lo merece, la paz que deseáis vendrá a ella. Si no se lo merece, la paz volverá a vosotros. Si alguno no os recibe o no os escucha, al salir de su casa o del pueblo, sacudid el polvo de los pies. Os aseguro que el día del juicio les será más llevadero a Sodoma y Gomorra, que a aquel pueblo.

3.- Qué dice el texto.

Meditación-reflexión

Lo primero que debemos proclamar, según Jesús, es que Dios está cerca, que el amor del Padre se ha desbordado y quiere darse a conocer; que se acabó ya para siempre la religión de la distancia, de la lejanía, del miedo a Dios. Que Dios prefiere hijos que le amen, antes que siervos que le sirvan y le teman. Todos los cristianos debemos hacer un esfuerzo por meternos cada día en esa esfera de intimidad que se metía Jesús cuando “de madrugada, cuando todavía no había salido el sol, se marchó a un lugar solitario y se puso a orar” (Mc. 1,15). La oración en Jesús no es fruto de una obligación, de una exigencia ascética, sino de una gozosa necesidad de estar con el Padre y recibir con los primeros rayos del sol mañanero, su primer beso. El trabajo del día con su esfuerzo y su fatiga, queda suavizado y gratificado con el recuerdo de esa primera y refrescante caricia del Padre al estrenar un nuevo día. Por otra parte, el trabajo es excelente: quitar sufrimiento a la gente, aliviar sus penas, hacer a cada uno la vida un poco más agradable. Y todo para decirnos que “el reino ya ha llegado” y que Dios está empeñado en que seamos felices.

Palabra del Papa

“Se siente el peso del ambiente secularizado y a menudo hostil a la fe cristiana. Otro desafío para la proclamación del Evangelio es el hedonismo, que ha ayudado a conocer mejor  la crisis de valores en la vida cotidiana, en la estructura familiar y social.  Síntoma de un grave malestar social es también la propagación de cosas tales como la pornografía y la prostitución. Ustedes son muy conscientes de estos desafíos, que desafían a su conciencia pastoral y su sentido de responsabilidad. Esto no debe desalentarles, sino más bien que sea una ocasión para renovar el compromiso y la esperanza, la esperanza que proviene de saber que la noche está avanzada, el día está cerca, porque Cristo resucitado está siempre con nosotros. En las sociedades de África y de Europa no son pocas las fuerzas del bien, muchas de las cuales son parte de las parroquias y se distinguen por un compromiso a la santificación personal y al apostolado. Espero que, con su ayuda, puedan convertirse en células más vivas y vitales de la nueva evangelización”. Benedicto XVI, 16 de febrero de 2012.

4.- Qué me dice hoy a mí este texto bíblico ya meditado. (Silencio)

5.-Propósito. Empeñarme en este día en hacer un poco más feliz a las personas con quienes me voy a encontrar en este día.

6.- Dios me ha hablado hoy a mí a través de su palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración.

Señor, qué maravilloso eres, qué bueno, qué grande, qué cercano, qué condescendiente. Con un Dios así da gusto trabajar. Por eso te pido que cada día me empapes del rocío mañanero, que disfrute contigo en la oración, que saque fuerzas para no cansarme nunca de hacer el  bien a mis hermanos y quitar de ellos todo lo que les haga sufrir. Que estando a mi lado, la vida se les haga un poco más fácil y placentera.

ORACIÓN DEL PAPA FRANCISCO POR UCRANIA

Tú que nos enseñaste que a la diabólica insensatez de la violencia se responde con las armas de Dios, con la oración y el ayuno, ten piedad de nosotros, aleja la guerra y demás violencias malignas y permítenos llegar a soluciones aceptables y duraderas a esta crisis, basadas no en las armas, sino en un diálogo profundo.

¡Qué encanto tiene la Trinidad!

1.- Fiesta en honor a DIOS. El homenaje a la UNIDAD de tres personas que, siendo diferentes, deja a la intemperie nuestra dispersión, la ruptura del mundo y de las cosas, del ser humano y de las estructuras sociales…..

Con Jesús, en este día, remontamos hacia las alturas y –como el montañero que ha sabido intuir y valorar la importancia de las herramientas de escalada- contemplamos con el Resucitado los tres anillos fundidos en oro de la misma naturaleza y con los mismos quilates: PADRE, HIJO Y ESPIRITU SANTO.

¿Cómo puede Jesús dirigirse a DIOS si El es DIOS”? Buena pregunta para una sencilla respuesta: Jesús nos enseña a optar por El, pero como camino hacia el Padre. No pretende que nos quedemos exclusivamente en El. Nos empuja nadar aguas arriba, como aquel que quiere encontrar su nacimiento o el origen del todo.

2.- ¡GLORIA Y ALABANZA A LA TRINIDAD! Tres en Uno….y el Uno en Tres. No es juego de palabras y sí, por el contrario, corazón indiviso, misterio profundo de nuestra fe y de nuestra vida cristiana:

-Nos enseña que DIOS es familia y que, nosotros, formamos parte de ella aunque no lleguemos a comprender ni entender todo el entresijo y la riqueza que encierra.

-Dios es AMOR y, nosotros, participamos de esa fusión única y maravillosa que existe entre las tres personas.

-Dios es COMUNIÓN y, nosotros, la contemplamos y la comemos, la vivimos y la palpamos, la añoramos y la necesitamos ante la fragmentación existente en nuestro entorno, en las galaxias de nuestros afectos, en nuestras luchas, proyectos y fatigas.

-Dios es UNICO y, nosotros, le damos gloria y alabanza porque nuestra FE nos dice que en El está puesta nuestra esperanza, nuestro ser iglesia, nuestra vida cristiana que ha de ser siempre trinitaria.

4.- ¡GLORIA Y ALABANZA A LA TRINIDAD!

-En la Trinidad reina el amor….y el amor siempre produce abundancia de frutos. En nosotros, cuando acampa el egoísmo, nuestra vida sólo produce esterilidad.

-En la Trinidad nace y se REVELA el amor que se hace servicio. En nuestro entorno (medios de comunicación, en la pareja, en la sociedad…) se confunde amor con placer. Y con el poder (no con el servicio) se compra muchas veces el simple placer olvidando y descafeinando el amor.

-En la Trinidad, Jesús, nos presenta el rostro, el número, la identidad, la grandeza, el apellido de su familia invitándonos a dar razón y testimonio de ella: ¡ID POR EL MUNDO!

Como cristianos, que participamos de esa comunión de las tres personas, estamos llamados a dar a conocer la buena fama y la solera de esta gran familia que es la Santísima Trinidad. Quien se acerca hasta ella, siempre tiene ganas de volver de nuevo.

Javier Leoz

Comentario – Sábado X de Tiempo Ordinario

Mc 5, 33-37

También habéis oído que se mandó a los antiguos… Pues bien Yo os digo…

Toda la fuerza de la renovación evangélica está en este refrán que se repite.

Toda la autoridad soberana, la pretensión, podría decirse, de Jesús.

«No jurarás en falso» y «cumplirás tus votos al Señor».

Esta era, efectivamente la Ley tradicional (Lv 19, 12): «¡No dirás falso testimonio, ni mentirás!» La Ley antigua cuidaba ya de que el hombre dijera la verdad: prohibía los juramentos falsos, esto es «tomar a Dios por testigo» para sostener falsedades.

Pues bien, Yo os digo ¡que no juréis en absoluto!

Una vez más Jesús, sólo retiene el espíritu de la Ley y la perfecciona interiorizándola: hay que decir siempre la verdad.

Es pues inútil hacer cualquier juramento. La palabra humana tiene un valor por sí misma, por la sinceridad que atestigua es inútil buscar una garantía exterior en un juramento en el que interviene lo sagrado facticio. De hecho, si Dios está presente en la palabra del hombre, lo está menos por la invocación exterior de su Nombre, que por la objetividad y la verdad interna de la cual esta palabra es portadora.

Al recomendarnos que renunciemos al juramento, Jesús revaloriza la palabra humana.

No juréis ni «¡por el cielo! … Ni «¡por la tierra!, … Ni «¡por Jerusalén!»… Ni «¡por tu cabeza!»

Para no utilizar el Nombre de Dios, los contemporáneos de Jesús utilizaban toda clase de circunlocuciones que dejaban la moral a salvo, según su modo de pensar.

Jesús denuncia esta mentalidad falseada, que consiste en salvar las apariencias, ¡en estar materialmente en regla con la Ley! «No he jurado «por Dios», puesto que he jurado «por el cielo»… Pues bien, Yo os digo que el cielo es el trono de Dios.

Señor, líbranos de todos nuestros juridismos. Señor, enséñanos el rigor de la lealtad, de la objetividad, en el seno de un mundo que sabe inventar muy bien tantas escapatorias y disimulos.

¿Hasta dónde se puede ir, estrictamente, sin pecar?» Este es el tipo de pregunta que Jesús denunciaba.

Que vuestro «sí» sea un sí y vuestro «no» un no, lo que pasa de ahí es cosa del Maligno.

Frente a este ideal exigente, hago examen de mi vida, de mis palabras, bajo tu mirada, Señor.

Y, una vez más, Jesús no crea una ley moral nueva, un código de humanismo, incluso afinado… El gran Adversario, el Mentiroso -con mayúscula- está aquí, detrás de cada una de nuestras hipocresías, de nuestras deslealtades.

Dios es verdad. Satán es mentira. ¡He aquí lo que ve Jesús!

Noel Quesson
Evangelios 1

Comunidad de amor

1- Es muy conocida la leyenda del episodio de San Agustín en la playa: un niño trata de meter todo el agua del mar en un pequeño pozo que está construyendo en la arena. El santo obispo de Hipona contempla lo que está haciendo el niño y le dice que es imposible que consiga su objetivo. Pero el niño le responde diciéndole que es más difícil todavía desentrañar lo que estaba pensando. Al parecer, San Agustín estaba meditando en el misterio de la Santísima Trinidad. Leyenda o realidad, lo cierto es que, tras escribir un extenso tratado con el título «De Trinitate», San Agustín llegó a la conclusión de que vemos estas cosas en espejo y en enigma, pues es un misterio, pero sí podemos darnos cuenta de que «se nos presenta en el Padre el origen, en el Hijo la natividad, en el Espíritu Santo del Padre y del Hijo la comunidad, y en los tres la igualdad».

2- En efecto, Dios se ha revelado como padre y Creador, tal como nos muestra la lectura del Libro de la Sabiduría. La creación es la obra amorosa de Dios. Contemplándola surge en nosotros la admiración y la acción de gracias del Salmo 8: «¡Señor, dueño nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra!». El hombre es la criatura más perfecta realizada por el Creador, pero a su vez es pequeña ante la inmensidad de la creación.

3- Dios es Hijo, que se hizo hombre para enseñarnos que debemos querernos como hermanos. Nos muestra que sólo es feliz aquél que es capaz de darse al otro y está dispuesto a perdonar una y otra vez como El nos perdona. Por El hemos recibido «la justificación por la fe y estamos en paz» (Carta a los Romanos). Ahora nos encomienda a nosotros la tarea de continuar su misión en el mundo: «Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándoles en el nombre del Padre y del Hijo y del espíritu Santo». Nosotros somos el único Evangelio que mucha gente puede leer. Leerán nuestras obras…

4- Dios es Espíritu que nos fortalece y nos da su aliento. Ahora es el tiempo del Espíritu. Con su ayuda y su fuerza viviremos nuestra fe. Ser cristiano no es cuestión sólo de doctrina, pues donde de verdad demostramos que lo somos es con nuestra vivencia. El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado. No lo echemos en saco roto. ¿De qué nos serviría conocer algún bien, si no lo amásemos?. Acerca del misterio de la Santísima Trinidad lo más importante es que conocemos que Dios es comunidad, amor entre personas. Un misterio sí, pero también una realidad gozosa, que nos anima en nuestro caminar como miembros de la comunidad de los que siguen a Jesús. En un mundo en el que el hombre se siente más solo que nunca, sabemos que a Dios le encontramos y le celebramos juntos, porque Dios es comunidad de amor.

José María Martín OSA

Misterio de amor

1. – Permitidme una anécdota de mi vida de estudiante. Estábamos estudiando el Tratado de la Trinidad y al acabar una de esas abstrusas clases un compañero mío me pidió que le dijese en palabras vulgares lo que el profesor nos había explicado. Y lo hice, en un dos por tres. Y cual sería mi horror al oírle exclamar: “oye lo he entendido perfectamente”. ¡Que barbaridad le habría dicho yo, que él entendió el Misterio de la Trinidad!

La Fiesta de la Trinidad es un grito, un anhelo de la Iglesia y de todos nosotros en busca del rostro verdadero de nuestro Padre Dios.

La historia de la humanidad es un largo proceso de esta búsqueda y lo hemos confundido con montes y ríos que hasta hoy se llamaba sagrados. Hemos querido verlo en el sol que trae la alegría de la luz y el calor de la tierra. Lo hemos plasmado en estatuas o lo hemos endosado al hombre. Recordemos que hasta el final de la Segunda Guerra Mundial hubo hombres dioses.

Y en todo este buscar al fin no hemos encontrado más que el rostro distorsionado de nuestro Padre Dios. Y es sólo Jesucristo que es igual que el Padre hasta ser uno con Él y que envía al Espíritu Santo que conoce y posee todo lo que el Padre y Él poseen para que nos vaya llevando a la plena verdad. Es sólo Jesucristo el que en la luminosa oscuridad de la fe nos da unos rasgos inequívocos del rostro del Buen Padre Dios. Ese Dios, que está sobre todo y sobre todos, no es un ser frío, lejano o solitario. Es amigo y entrañable por esencia. Es familiar y familia por esencia. Es uno sin soltería, múltiple sin división.

2. – El misterio no debe ni asustarnos ni avergonzarnos. El misterio nos rodea, nos envuelve y hasta lo llevamos dentro y siempre nos atrae.

—El misterio de la aparición del hombre en la tierra. Lo mismo hace medio millón de años que dos millones.

—El misterio del maravilloso organigrama que determina al niño y sus herencias.

—Ese subconsciente de cada uno en el que nos perdemos.

—Los poderes parapsicológicos que en algunos se manifiestan.

—Hasta la lluvia que somos incapaces de manejarla a capricho.

El misterio de Dios es esa otra orilla lejana a la nuestra que nos atrae y a la que somos llamados. La orilla legendaria de las Islas Orientales que desde la bruma del misterio atrajo a navegantes.

3. – No nos avergoncemos del Misterio de Nuestro Dios, porque lo importante no es que nosotros sepamos cómo es Él, sino cómo piensa y siente Él de nosotros.

Dios Padre creó esta orilla en la que vivimos. Y la creó para nosotros, llena de paisajes, de gustos, de colores y de perfumes. El Hijo quiso tanto a los hombres que se vino a convivir con nosotros en esta orilla, a vivir en el corazón mismo de cada uno de nosotros, como un dulce huésped del alma.

Esto es lo que Dios siente hacia nosotros. Y eso nos muestra que Dios es un amor tan grande en aquella orilla en que vive que su calor y su luz se desbordan hacia ésta en que vivimos.

La Trinidad es un Misterio de Amor, no nos avergoncemos de no entender el Amor, cuando el Amor es infinito.

José María Maruri, SJ

De camino al misterio

1.- “Dijo Jesús a sus discípulos: Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis comprenderlas ahora. Cuando venga el Espíritu de la Verdad, os guiará hasta la verdad plena”. San Juan, Cáp. 16. Secuestrado por sus mismos frailes, Juan de la Cruz padece ansia de Dios. Sobretodo porque le han privado de celebrar misa. Entonces su fe se refugia temblorosa en la acendrada poesía que fluye de su interior. Y mientras escucha cómo discurre el Tajo arrullando la ciudad de Toledo, el pequeño fraile emborrona cuartillas que le ha facilitado el carcelero: “Qué bien sé yo la fuente que mana y corre. Aunque es de noche. Su origen no lo sé pues no lo tiene, más sé que todo origen de ella viene”.

Cuando nos hablan de la Santísima Trinidad, los cristianos comunes y corrientes, sólo alcanzamos a presentir, detrás de nuestra condición mortal, una fuente infinita de amor y de bondad que no ha tenido origen. Pero de la cual toma origen todo el universo. Aunque es cierto que la palabra Trinidad nunca es mencionada en la Biblia. Surgió en los primeros siglos de la Iglesia, cuando el Evangelio llegó al mundo griego y comenzó a expresarse en términos filosóficos.

Pero Dios se nos ha revelado como un Padre amoroso que envió a su Hijo al mundo. Murió crucificado, pero resucitó al tercer día. Y al regresar al cielo, nos dejó su Espíritu. El cual podemos señalar como su presencia, su influjo, su contagio, su amorosa capacidad.

2.- Muchas páginas se han escrito sobre el misterio de la Santísima Trinidad. Y aquí decimos misterio con toda propiedad, porque Dios es algo revelado, aunque no de manera precisa y completa. Pero más allá de cuanto podamos imaginar existe un Alguien infinito, espléndido y hermoso. De camino en la tierra, no nos queda sino aceptar que Dios existe, en un nivel que supera todo vocabulario, todo esquema mental. Todo discurso teológico.

Cuando el Señor habló a sus discípulos sobre aquel Abogado que les enviaría, les dijo: “Muchas cosas me quedan por deciros pero no podéis comprenderlas ahora. Cuando venga el Espíritu de la Verdad, os guiará hasta la verdad plena”. Una verdad que discurre más allá de nuestro entendimiento.

3.- Acostumbramos estudiar a Dios, al igual que las propiedades del agua, o el oficio del sol sobre las plantas. De pronto nos brota en lo interior algún afecto, que se desvanece de inmediato. Entonces volvemos a ese Dios conocido por nuestra razón: El que es justo y poderoso, creador del cielo y de la tierra. Y edificamos todo un andamiaje filosófico, apoyado en deducciones.

Pero habría otra manera de llegar a esa “verdad plena”, que señala Jesús. La encontraríamos por el camino de la evocación. La cual consiste en despertar sobre el corazón todas las experiencias positivas que la vida nos regala. Especialmente aquellas que traducen un amor verdadero. Sentiremos de inmediato la necesidad de relacionarlas con Alguien. Alguien plenamente infinito que nos ama. Alguien en quien descansa nuestra mente y se aquieta nuestro corazón. Entonces podremos repetir con san Juan de la Cruz: “Qué bien sé yo la fuente que mana y corre, aunque es de noche. Su origen no lo sé pues no lo tiene, más sé que todo origen de ella viene”.

Gustavo Vélez, mxy

Dios uno y trino

1.- «Esto dice la sabiduría de Dios: El Señor me estableció al principio de sus tareas, al comienzo de sus obras antiquísimas» (Pr 8, 22) Palabras que se pierden en la bruma de los tiempos, palabras que nos llegan envueltas en los tupidos velos del misterio. Nos hablan de cuando no había nada, de un tiempo fuera del tiempo. Quisiéramos que todo fuera claro y sencillo. Contemplar con nuestros ojos la hondura de la esencia de Dios, sin comparaciones ni metáforas. Pero es imposible, Dios no cabe en nuestras palabras, no podemos conocerlo directamente. Tan sólo llegamos hasta él por analogía, por aproximación. No obstante, es suficiente esa aproximación para que podamos entrever algo tan sublime, que nos rindamos ante tanta grandeza.

Sí, por la revelación de Dios podemos llegar hasta donde nuestro pobre entendimiento no pudo si soñar, hasta la misma cumbre divina. Y desde ese alto picacho, el hombre sólo puede hacer una cosa, adorar en silencio. Estamos ante lo sagrado, lo trascendente, lo inefable. Pretender preguntar siempre, querer saberlo todo es profanar la revelación, pisar torpemente esas palabras llenas de la sabiduría de Dios.

«Cuando ponía un límite al mar; y las aguas no traspasaban mis mandatos…” (Pr 8, 29) Dios uno y trino. Tres personas y una naturaleza. El Padre, Dios, dando forma y color al mundo, haciendo brotar de las tinieblas un torrente de luz, colgando sin hilos los millones de astros que pueblan los espacios siderales, tallando en hielo las imponderables filigranas de una brizna de escarcha… El Hijo, Dios hecho hombre, nacido de madre virgen. Trabajando sobre nuestra tierra, mojando con el sudor de sus manos de carpintero la madera tosca de nuestros árboles, predicando la Buena Nueva y curando a los enfermos, amando a los hombres hasta morir por ellos colgado de una cruz…

El Espíritu Santo, Dios que procede del Padre y del Hijo. Que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria, y que habló por los profetas… Ezequiel nos narra una visión maravillosa. Ve un campo lleno de huesos secos. De pronto el Espíritu sopla sobre ellos y cobran vida y cuerpo. El Espíritu da la vida, es el soplo de Dios. La fuerza que transforma, el viento que empuja con su impulso el barco de velas que es la Iglesia… Verdadera y única Trinidad, única y suma Deidad, santa y única Unidad. Sólo nos queda decir: Creo, espero, amo. Gracias a Ti.

2.- «Cuando contemplo el cielo, obra de tus manos…» (Sal 8, 4) Muchas veces el espectáculo de una noche estrellada ha suscitado en el hombre la emoción religiosa, y con frecuencia también la inspiración poética. Es una pena que los hombres de la ciudad no veamos esa maravilla de cada jornada. Las luces artificiales oscurecen nuestro cielo, en ocasiones enrarecido además por la polución atmosférica. Quizás por eso la gente del campo, los hombres sencillos de los pueblos, mantengan una vida de fe más honda y una limpieza mayor de costumbres.

Esa realidad constituye un símbolo de otra más profunda. Deslumbrados por una vida aburguesada y cómoda, cegados por los malos deseos y los vicios, embotados por el afán de lucro y de placer, los hombres viven iluminados por una claridad ficticia, una luz pobre que sólo permite ver a muy corta distancia, que oscurece hasta hacer totalmente invisible todo ese otro mundo que nos circunda, eso que es lo más hermoso que tiene la tierra y el cielo: la vida misma; eso que constituye la maravillosa y rutilante huella de Dios.

«¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él?» (Sal 8, 5) Ante esta grandeza impresionante, el autor inspirado se pregunta con extrañeza sobre el interés que Dios demuestra por el hombre. En comparación de los espacios siderales, la criatura humana es casi nada, un ser diminuto que ocupa un rinconcito mínimo del orbe. Y, sin embargo, el Padre Eterno ha elegido al hombre como a su criatura predilecta, redimiéndolo de su pecado, digno de pena eterna, con la muerte redentora de su mismo Unigénito. Y no sólo lo redime, sino que también lo santifica, lo perfecciona por medio del Espíritu Santo que habita en el corazón del hombre creyente, a quien elige como a su propio templo.

Sí, es algo incomprensible el que Dios nos haya coronado de gloria y dignidad, que nos haya entregado el mando de la obra de sus manos. Hoy que celebramos la fiesta de la Santísima Trinidad, además de hacer un acto de fe en la Unidad de Naturaleza y Trinidad de Personas, hacemos un acto de amor y de esperanza porque Él, que lo es todo, se acordó de nosotros, que casi somos la nada.

3.- «Ya que hemos recibido la justificación por la fe, estamos en paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo» (Rm 5, 1) Mala situación es el estado de guerra, la peor situación en la que se puede encontrar el hombre. Aquellos que vivieron un ambiente bélico dan testimonio de ello, un testimonio que a los que no lo hemos conocido nos parece exagerado y un tanto machacón Sin embargo, es cierto que la guerra es uno de los males apocalípticos, un clima donde crecen el odio y el rencor como maldiciones que dañan terriblemente al hombre.

Y a más fuerte enemigo, mayor tragedia; a más sabio contrincante, más penosa situación; a más grande amor roto, más profundo sufrimiento. Y Dios es el más fuerte, el más sabio, el más amante. Por eso la enemistad con Dios es lo más horrible que le puede ocurrir al hombre. Y el mayor bienestar que le pude venir es la paz con él. Pues eso es lo que nos ha conseguido Cristo. Pablo insiste en lo mismo con otras palabras. Por él hemos obtenido con la fe el acceso a esta gracia en la que estamos; y nos gloriamos apoyados en la esperanza de la gloria de los hijos de Dios… A la enemistad y el odio han sucedido el amor y la benevolencia. La guerra ha terminado y la paz ha renacido. Dios nos ha perdonado, está dispuesto siempre al perdón. Se dejó coser a una cruz para tener siempre los brazos abiertos al pecador arrepentido.

«Mas aún, hasta nos gloriamos en las tribulaciones…» (Rm 5, 3) Esta conciencia clara de estar en paz con Dios -el peor enemigo que podíamos tener y también el mejor amigo-, esta persuasión de haber sido adoptados como hijos por el Señor y Dueño del universo entero, provoca en Pablo una especie de complejo de superioridad, le transmite un sentimiento hondo de alegría y de optimismo. Lo cual le lleva a gloriarse siempre. Cuando todo va bien, y cuando todo pudiera ir mal. Se apoya san Pablo en la esperanza que tiene en el poder y en el amor de Dios, y se siente fuerte y seguro, vencedor.

Y no sólo esto -sigue diciendo-, sino que nos gloriamos hasta en las tribulaciones, sabedores que la tribulación produce la paciencia, la paciencia, una virtud probada, y la virtud probada, la esperanza. Y la esperanza no quedará confundida, pues el amor de Dios se ha derramado en nuestros corazones por virtud del Espíritu Santo, que nos ha sido dado… Sí, no hay obstáculo que pueda interceptar el paso alegre del que se sabe hijo de Dios Padre, no hay verdaderas penas en la vida de un hombre redimido por Cristo, no hay lugar al miedo o a la angustia en aquellos que están inundados por la maravilla del Amor, el don primordial el Espíritu Santo.

4.- «Cuando venga él, el Espíritu de la Verdad, os guiará…» (Jn 16, 13) El Evangelio según san Juan es considerado por la liturgia como el Evangelio pascual por excelencia. Estas dominicas que preceden a Pentecostés, nos presentan una y otra vez sus páginas inspiradas, transidas por el recuerdo luminoso del Discípulo amado. Páginas cargadas en ocasiones de sugerencia y misterio, de amor velado y profundo. En especial las escenas y diálogos de la Ultima Cena tienen el acento entrañable de una despedida cargada de promesas y de ternura.

Jesús dijo entonces a los suyos, y nos lo dice ahora a nosotros, que muchas cosas tiene que enseñarnos, pero que todavía no podemos cargar con ellas; aún no podemos comprenderle del todo. Se refiere el Señor a la riqueza inagotable e inabarcable de los tesoros divinos que, poco a poco, a lo ancho y lo largo de la vida terrena, vamos recibiendo. Dios se adapta a nuestra capacidad limitada y se nos va acercando más y más, para descubrirnos paulatinamente su grandeza sin límites.

Jesús sabía que los suyos no le comprenderían de persecuciones y sufrimientos, ni incluso después de haber resucitado. Pero no se desanima y les dice que cuando venga el Espíritu Santo los guiará hasta la verdad plena. Él será quien culmine la obra de la redención, quien habite en nuestros corazones y actúe, día a día, hasta transformarnos en hombres nuevos, siempre que nosotros secundemos con docilidad su acción sobre nuestra alma.

Él me glorificará, sigue diciendo el Maestro, porque recibirá de mí lo que os irá comunicando. Los apóstoles comprendieron entonces, cuando llegó el Espíritu de la Verdad, lo que Jesús era y significaba realmente para todos los hombres. Desde entonces su amor y entusiasmo por Jesucristo creció hasta límites insospechados, por Él serían capaces de los mayores sacrificios, héroes de las más grandes hazañas. Jesús es confesado como perfecto hombre y como perfecto Dios, es proclamado ante todos los hombres a través de todos los tiempos y sobre todos los espacios, amado y venerado como ningún otro hombre, como ningún otro dios. Él es el Hombre por excelencia, pero también el único y verdadero Dios.

Al decir que todo lo que tiene el Padre es suyo, Jesús nos revela su igualdad de naturaleza y dignidad con el Padre y Creador del universo. También lo que anuncia el Espíritu Santo, y por tanto también con Él es uno es de Jesucristo e igual a Él. Estamos en los umbrales del misterio de la Santísima Trinidad, misterio insondable e incomprensible, ante el que sólo cabe la aceptación humilde y gozosa.

Misterio imposible de captar ni de entender. La grandeza divina es tan inmensa que la más penetrante inteligencia humana se siente embotada y lerda para comprender, y mucho más para comprehender. Esta incapacidad en lugar de entristecernos nos ha de alegrar. Ello significa que Dios Nuestro Señor es inmenso en todos sus atributos y perfecciones, digno de nuestro amor y nuestra fe, mantenedor firme de nuestra esperanza.

Antonio García Moreno