La Trinidad, metáfora de la no-dualidad

La Trinidad es una metáfora de la no-dualidad. En contra de una lectura literal que, a pesar de las sutiles disquisiciones teológicas, parecía en la práctica dar como resultado la idea de “tres dioses”, la lectura espiritual de la “Trinidad” nos habla de la Realidad, que no se describe adecuadamente por el uno (monismo) ni por el dos (dualismo), sino por el «tres» (o no-dos).

La Trinidad habla, en primer lugar, de un Fondo o sustrato último del que todo emerge, una Fuente origen de vida y de todo lo que es, en un volcarse y derramarse continuadamente en infinidad de expresiones. Habla, en segundo lugar, de las Formas innumerables, única cada una de ellas, que no son sino modos particulares en los que se despliega incesantemente el único Fondo. Y habla, en tercer lugar, de la Unidad que abraza íntimamente al Fondo y a las Formas, como absolutamente no separados entre sí. De manera que pueda decirse que Fondo es Forma y Forma es Fondo, en una unidad sin costuras donde todo ocupa su espacio y la Realidad muestra toda su belleza y elegancia, la armonía de lo Uno en lo Múltiple.

Nosotros mismos -en quienes la consciencia empieza a devenir autoconsciente- compartimos ese mismo misterio: somos una persona particular y somos, a la vez, el único Fondo último que compartimos con todo lo real.

¿Cómo vivirnos? En la consciencia de lo que somos, sin ignorancia ni olvidos. En concreto, en el silencio de la mente, nos abrimos a conectar de manera consciente el Fondo o Presencia consciente que percibimos en lo profundo. Para ello, puedes empezar por advertir en ti una doble sensación, que tal vez identifiques a través de estas expresiones: “soy consciente” y “estoy presente”. En cuanto conectes con ellas, en el silencio, se abrirá paso la sensación de “presencia consciente”. No la bloquees ni intentes atraparla; permite más bien que ocupe todo su espacio.

La Presencia consciente no es un ser separado, sino un estado de ser. Entrégate a él, abandónate… e irás experimentando la paz, la confianza, el amor, el gozo y la unidad que fluyen de él… y que eres en profundidad. No es necesario “pensar” lo Real -que las religiones llaman “Dios”- como un ser separado o un “Tú” para sentir la plenitud.

¿Tengo la experiencia de permanecer en la “presencia consciente”?

Enrique Martínez Lozano

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Ser únic@s y diferentes en unidad

El evangelio de este domingo es un fragmento del discurso de despedida de Jesús, en la última Cena, narrado por las comunidades de Juan. Son versículos que se introdujeron en la tercera redacción del complejo evangelio de Juan; muy tardío en el tiempo con la intención de integrar, por fin, las comunidades joánicas a la gran Iglesia cristiana.  

Este texto nos indica que a Jesús no le queda mucho tiempo, pero aún no ha agotado todo su mensaje. Parece ser consciente de que sus oyentes están situados en la racionalidad y en el impacto emocional del momento: “Todavía tengo que contaros muchas cosas más, pero no tenéis capacidad ahora”. Efectivamente, tal vez les falta la experiencia de la Resurrección, una nueva percepción que amplía los límites humanos para no quedarse encerrados en las categorías puramente humanas.

Jesús no les abandona en el caos de la incomprensión, sino que les deja la herencia viva del Espíritu, de su luz, su energía, su fuerza y su presencia para siempre. Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hacia la verdad total”. Y continúa con una revelación muy profunda de lo que habita en la entraña de Dios y que llamamos Trinidad en nuestra tradición cristiana. Todo un movimiento de palabras que van vinculando, en un dinamismo de cooperación, respeto, unidad y distinción, las tres maneras de hacerse visible la misma esencia de Dios.

Cuando nos situamos ante la Trinidad como un misterio insondable, consciente o inconscientemente, estamos alejándonos de lo que realmente somos. Parece que justifica más nuestra inacción y parálisis esa “separación” entre lo humano y lo divino. La Trinidad es una experiencia humana básica, la dimensión relacional que nos constituye como seres creados a imagen de un Dios que es relación en su mismo ser. Así parece intuirlo ya el autor del Génesis cuando Dios se dispone a crear al ser humano verbalizándolo en plural: “Hagamos al ser humano a imagen nuestra, a nuestra semejanza”.

No estamos hablando de tres dioses como creían los judíos contemporáneos a Jesús, que le tildaban, por esto y otras razones, de blasfemo y traidor de su Pueblo. Trinidad hace referencia al mismo Ser de Dios. Por cierto, las comunidades de Juan definen a Dios como Amor. No tiene sentido hablar de Dios-Amor como un ser solitario que se queda en las estratosferas de la existencia, inactivo y complaciente. Si partimos de esta premisa, sólo puede darse ese amor en la comunicación, en la relación, en la comunión con otra realidad semejante. Este amor es el que cristaliza en las tres expresiones de Dios que configuran nuestra existencia más profunda y que la Teología clásica ha definido en los términos de Padre, Hijo y Espíritu Santo: somos creados para crear, somos liberados para liberar, somos sostenidos para dar vida y dignificarla. La Trinidad trasciende nuestras creencias y dogmas porque en la Trinidad somos y, en este espacio, nos hacemos permanentemente.

La Trinidad es el valor añadido del Dios Cristiano. Creer en la Trinidad tan sólo puede aportar un bello discurso teológico, pero percibir que somos Trinidad, tiene unas consecuencias en nuestra manera de vivir de gran calado; se trata de percibirnos en comunión desde el respeto hacia otros seres y danzar en torno a la existencia de cada uno de ellos.

La Trinidad nos revela nuestra capacidad de vivir en UNIDAD desde la DISTINCIÓN, desde la originalidad que somos cada un@. Sólo puede unirse lo que es diferente. Nuestro Dios trinitario es el antídoto de la uniformidad, que es lo fácil para el ejercicio de liderazgos débiles que usan el poder para controlar que nadie se salga de lo normativo. Pensemos en comunidades, equipos de trabajo, espacios familiares, prácticas políticas, etc. Tampoco se trata de completar a nadie porque sea incompleto. Así nos va en las relaciones y en nuestros vínculos cuando buscamos en los demás lo que nos falta.

Hoy día se marca la diferencia no para buscar la unidad sino para la rivalidad: imposible un pacto para el bien común, imposibles acuerdos que trasciendan las ideologías. Tampoco es sano, como ocurre en otros ámbitos más relacionados con lo religioso, la búsqueda de la uniformidad. Todos a hacer lo mismo, independientemente de las capacidades, sin respetar lo que es personal y en un intento de ser como otros para obtener unas migajas de éxito, valoración, pertenencia a alguien o a algo. El nefasto resultado son personas fuera de sí mismas, de falso envoltorio y la toxicidad que eso supone para la vida de los grupos humanos.

A nuestro ego le da miedo la unidad desde la diferencia porque nos saca de las escalas, del pódium, de las competiciones y competitividades. Sentimos inseguridad ante lo diferente cuando nos situamos desde nuestros complejos, inferioridades, frustraciones, creencias. Nos cuesta aceptar que lo que nos hace vivir en unidad y no en uniformidad, es lo que nos diferencia porque somos únicos, eso sí, nunca vivido como sometimiento o dominación.

Dejemos que nuestra dimensión trinitaria se encarne en lo cotidiano de nuestra vida, de nuestros vínculos y relaciones, para vivir en circularidad y común-unión, porque ser únic@s y diferentes es lo que realmente nos iguala en dignidad y nos une en la diversidad.

¡Feliz fiesta de la Trinidad!!

Rosario Ramos

II Vísperas – Santísima Trinidad

II VÍSPERAS

LA SANTÍSIMA TRINIDAD

INVOCACIÓN INICIAL

V./ Dios mío, ven en mi auxilio
R./ Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

¡Dios mío, Trinidad a quien adoro!,
la Iglesia nos sumerge en tu misterio;
te confesamos y te bendecimos,
Señor, Dios nuestro.

Como un río en el mar de tu grandeza,
el tiempo desemboca en hoy eterno,
lo pequeño se anega en lo infinito,
Señor, Dios nuestro.

Oh Palabra del Padre, te escuchamos;
oh Padre, mira el rostro de tu Verbo;
oh Espíritu de amor, ven a nosotros;
Señor, Dios nuestro.

¡Dios mío, Trinidad a quien adoro!,
haced de nuestras almas vuestro cielo,
llevadnos al hogar donde tú habitas,
Señor, Dios nuestro.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu:
Fuente de gozo pleno y verdadero,
al Creador del cielo y de la tierra,
Señor, Dios nuestro. Amén.

SALMO 109: EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE

Ant. Oh verdadera y eterna Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies.»
Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora.»

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote eterno,
según el rito de Melquisedec.»

El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.
En su camino beberá del torrente,
por eso levantará la cabeza.

Señor, mis ojos están vueltos a ti,
en ti me refugio, no me dejes indefenso;
guárdame del lazo que me han tendido,
de la trampa de los malhechores.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Oh verdadera y eterna Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo.

SALMO 113A: ISRAEL LIBRADO DE EGIPTO: LAS MARAVILLAS DEL ÉXODO

Ant. Líbranos, sálvanos, vivifícanos, oh santa Trinidad.

Cuando Israel salió de Egipto,
los hijos de Jacob de un pueblo balbuciente,
Judá fue su santuario,
Israel fue su dominio.

El mar, al verlos, huyó,
el Jordán se echó atrás;
los montes saltaron como carneros;
las colinas, como corderos.

¿Qué te pasa, mar, que huyes,
y a ti, Jordán, que te echas atrás?
¿Y a vosotros, montes, que saltáis como carneros;
colinas, que saltáis como corderos?

En presencia del Señor se estremece la tierra,
en presencia del Dios de Jacob;
que transforma las peñas en estanques,
el pedernal en manantiales de agua.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Líbranos, sálvanos, vivifícanos, oh santa Trinidad.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: LAS BODAS DEL CORDERO

Ant. Santo, Santo, Santo es el Señor, soberano de todo, el que era y es y viene.

Aleluya.
La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios,
porque sus juicios son verdaderos y justos.
Aleluya.

Aleluya.
Alabad al Señor, sus siervos todos,
los que le teméis, pequeños y grandes.
Aleluya.

Aleluya.
Porque reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo,
alegrémonos y gocemos y démosle gracias
Aleluya.

Aleluya.
Llegó la boda del Cordero,
Su esposa se ha embellecido.
Aleluya.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Santo, Santo, Santo es el Señor, soberano de todo, el que era y es y viene.

LECTURA: Ef 4, 3-6

Esforzaos en mantener la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz. Un solo cuerpo y un solo Espíritu, como una sola es la esperanza de la vocación a la que habéis sido convocados. Un Señor una fe, un bautismo. Un Dios, Padre de todo, que lo trasciende todo, y lo penetra todo, y lo invade todo.

RESPONSORIO BREVE

R/ Bendigamos al Padre y al Hijo con el Espíritu Santo, ensalcémoslo por los siglos.
V/ Bendigamos al Padre y al Hijo con el Espíritu Santo, ensalcémoslo por los siglos.

R/ Al único Dios honor y gloria.
V/ Ensalcémoslo por los siglos.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Bendigamos al Padre y al Hijo con el Espíritu Santo, ensalcémoslo por los siglos.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. A ti, Dios Padre no engendrado, a ti, Hijo único, a ti, Espíritu santo Defensor, santa e indivisible Trinidad, te confesamos con el corazón y con la boca, te alabamos y te bendecimos; a ti la gloria por los siglos.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. A ti, Dios Padre no engendrado, a ti, Hijo único, a ti, Espíritu santo Defensor, santa e indivisible Trinidad, te confesamos con el corazón y con la boca, te alabamos y te bendecimos; a ti la gloria por los siglos.

PRECES

El Padre, al dar vida por el Espíritu Santo a la carne de Cristo, su Hijo, la hizo fuente de vida para nosotros. elevemos, pues, al Dios uno y trino nuestro canto de alabanza:

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Padre, Dios todopoderoso y eterno, envía en nombre de tu Hijo el Espíritu Santo Defensor sobre la Iglesia,
—para que la mantenga en la unidad de la caridad y de la verdad plena.

Manda, Señor, trabajadores a tu mies, para que hagan discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo,
—y les den firmeza en la fe.

Ayuda, Señor, a todos los perseguidos por causa de tu Hijo,
—ya que él prometió que tú les darías el Espíritu de la verdad para que hablara por ellos.

Padre todopoderoso, que todos los hombres reconozcan que tú, con el Verbo y el Espíritu Santo, eres uno,
—para que crean, esperen y amen al Dios único.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Padre de todos los que viven, haz que los difuntos tengan parte en tu gloria,
—en la que tu Hijo y el Espíritu Santo reinan contigo en íntima y eterna unión.

Terminemos nuestras preces con la oración que nos enseñó el Señor:
Padre nuestro…

ORACION

Dios, Padre todopoderoso, que has enviado al mundo la Palabra de la verdad y el Espíritu de la santificación para revelar a los hombres tu admirable misterio, concédenos profesar la fe verdadera, conocer la gloria de la eterna Trinidad y adorar su Unidad todopoderosa. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Con relación a nosotros Trinidad es unidad

De Dios no sabemos ni podemos saber nada, ni falta que nos hace. Tampoco necesitamos saber lo que es la vida fisiológica para poder tener una salud de hierro. La necesidad de explicar a Dios es fruto del yo individual que se fortalece cuando se contrapone a todo bicho viviente, incluido Dios. Cuando el primer cristianismo se encontró de bruces con la filosofía griega, aquellos pensadores hicieron un esfuerzo para “explicar” el evangelio desde su filosofía. Ellos se quedaron tan anchos, pero el evangelio quedó hecho polvo.

El lenguaje teológico de los primeros concilios, hoy no lo entiende nadie. Los conceptos metafísicos de “sustancia”, “naturaleza”, “persona” etc. no dicen absolutamente nada al hombre de hoy. Es inútil seguir empleándolos para explicar lo que es Dios o cómo debemos entender el mensaje de Jesús. Tenemos que volver a la simplicidad del lenguaje evangélico y a utilizar la parábola, la alegoría, la comparación, el ejemplo sencillo, como hacía Jesús. Todo discurso sobre Dios tiene que ir encaminado a la vivencia, no a la razón.

Pero además, lo que la teología nos ha dicho de Dios Trino se ha dejado entender por la gente sencilla de manera descabellada. Incluso en la teología más tradicional y escolástica, la distinción de las tres “personas”, se refiere a su relación interna (ab intra). Quiere decir que hay distinción entre ellas, solo cuando se relacionan entre sí. Cuando la relación es con la creación (ad extra), no hay distinción ninguna; actúan siempre como UNO. A nosotros solo llega la Trinidad, no cada una de las “personas” por separado. No estamos hablando de tres en uno sino de una única realidad que es relación.

Cuando se habla de la importancia que tiene la Trinidad en la vida cristiana, se está dando una idea falsa de Dios. Lo único que nos proporciona la explicación trinitaria de Dios es una serie de imágenes útiles para nuestra imaginación, pero nunca debemos olvidar que son imágenes. Mi relación personal con Dios siempre será como UNO. Debemos superar la idea de que crea el Padre, salva el Hijo y santifica el Espíritu. En esta manera de hablar se apropia a cada persona una tarea, pero todo en nosotros es obra del único Dios.

Lo que experimentaron aquellos cristianos es que Dios podía ser a la vez: Dios que es origen, principio, (Padre); Dios que se hace uno de nosotros (Hijo); Dios que se identifica con cada uno de nosotros (Espíritu). Nos están hablando de Dios que no está encerrado en sí mismo, sino que se relaciona dándose totalmente a todos y a la vez permaneciendo Él mismo. Un Dios que está por encima de lo uno y de lo múltiple. El pueblo judío no era un pueblo filósofo, sino vitalista. Jesús nos enseñó que, para experimentar a Dios, el hombre tiene que mirar dentro de sí mismo (Espíritu), mirar a los demás (Hijo) y mirar a lo trascendente (Padre).

Lo importante en esta fiesta sería purificar nuestra idea de Dios y ajustarla a la idea que de Él transmitió Jesús. Aquí sí que tenemos tarea por hacer. Como cartesianos, intentamos una y otra vez acercarnos a Dios por vía intelectual. Creer que podemos encerrar a Dios en conceptos es ridículo. A Dios no podemos comprenderle, no porque sea complicado, sino porque es absolutamente simple y nuestra manera de conocer es dividiendo la realidad. Toda la teología que se elaboró para explicar a Dios es absurda, porque Dios ni se puede ex-plicar, ni com-plicar o im-plicar. Dios no tiene partes que podamos analizar.

El entender a Dios como Padre nos conduce al “poder de la omnipotencia” y la capacidad de hacer lo que se le antoje. Los “poderosos” han tenido mucho interés en desplegar esa idea de Dios. Según esa idea, lo mejor que puede hacer un ser humano es parecerse a Él, es decir, intentar ser más, ser grande, tener poder. Pero ¿de qué sirve ese Dios a la inmensa mayoría de los mortales que se sienten insignificantes? ¿Cómo podemos proponerles que su objetivo es identificarse con Dios? Por fortuna Jesús nos dice todo lo contrario, pues Dios, empieza por estar al lado, no del faraón, sino del pueblo esclavo.

Un Dios que premia y castiga es verdaderamente útil para la autoridad que quiere mantener a raya a todos los que no se quieren doblegar a las normas establecidas. Justifican ese sometimiento porque machacando a los que no se amoldan, estoy imitando a Dios que hace lo mismo. Cuando en nombre de Dios prometo el cielo (toda clase de bienes) estoy pensando en un dios que es amigo de los que cumplen unos mandamientos que Él nunca dio. Cuando amenazo con el infierno (toda clase de males) estoy pensando en un dios que, como haría cualquier mortal, se venga de los que no se someten. 

Pensar que Dios utiliza con el ser humano el palo o la zanahoria como hacemos nosotros con los animales que queremos domesticar, es hacer a Dios a nuestra imagen y semejanza y ponernos a nosotros mismos al nivel de los animales. Pero resulta que el evangelio dice todo lo contrario. Dios es amor incondicional y para todos. No nos ama porque somos buenos sino porque Él es bondad. No nos ama cuando hacemos lo que Él quiere, sino siempre. Tampoco nos rechaza por muy malos que lleguemos a ser. En nosotros el amor es una cualidad que puedo tener o no tener. En Dios, el AMOR es su esencia.

Un dios que está instalado en el cielo puede hacer por nosotros algo de vez en cuando, si se lo pedimos con insistencia. Pero el resto del tiempo nos deja abandonados a nuestra suerte. El Dios de Jesús está identificado con cada uno de nosotros. Siendo ágape no puede admitir intermediarios. Este Dios identificado con todos no es útil para ningún poder o institución. Pero debemos tomar conciencia de que ese es el Dios de Jesús. Ese es el Dios que, siendo Espíritu, tiene como único objetivo llevarnos a la plenitud de la verdad. Y aquí “Verdad” no es conocimiento sino Vida. El Espíritu nos empuja a ser auténticos.

Un Dios condicionado a lo que nosotros hagamos o dejemos de hacer, no es el Dios de Jesús. Esta idea, radicalmente contraria al evangelio, ha provocado más sufrimiento y miedo que todas las guerras juntas. Sigue siendo la causa de las mayores ansiedades que no dejan a las personas ser ellas mismas. Cada vez que predico que Dios es amor incondicional, viene alguien a recordarme: pero es también justicia. Y me dicen: ¿Cómo puede querer Dios a ese desgraciado pecador igual que a mí, que cumplo todo lo que Él mandó? Confunden el amor de Dios, que es unión, con el amor humano, que es relación.

Lo que acabamos de leer del evangelio de Jn, no hay que entenderlo como una profecía de Jesús antes de morir. Se trata de la experiencia de los cristianos que llevaban setenta años viviendo esa realidad del Espíritu dentro de cada uno de ellos y haciéndose presente en la comunidad por el servicio a todos. Ellos saben que gracias al Espíritu tienen la misma Vida de Jesús. Es el Espíritu el que, haciéndoles vivir, les enseña lo que es la Vida. Esa Vida es la que desenmascara toda clase de muerte (injusticia, odio, opresión). La experiencia pascual consistió en llegar a la misma vivencia interna de Dios que tuvo Jesús. Jesús, con su entrega total, intentó hacer partícipes a sus seguidores de esa vivencia.

Fray Marcos

Fiesta de la Santísima Trinidad

El ciclo litúrgico se abre con la venida de Jesús y culmina con la venida del Espíritu; el Padre está presente en todo momento. Es lógico que se dedique una fiesta en honor de la Trinidad. Para ella había que elegir textos que hablaran de las tres personas, al menos de dos de ellas. Pero no pretenden darnos una lección de teología sino ayudarnos a descubrir a Dios en las circunstancias más diversas. La primera, llena de belleza y optimismo, en los momentos felices de la vida. La segunda, incluso en medio de las tribulaciones, dándonos fuerza y esperanza. La tercera, en medio de las dudas, sabiendo que nos iluminará.

Dios presente en la alegría (1ª lectura)

Del Antiguo Testamento se ha elegido un fragmento del libro de los Proverbios que polemiza con la cultura de la época helenística: ¿cuál es el origen de la sabiduría? Para muchos, es fruto del pensamiento humano, tal como lo han practicado, sobre todo, los filósofos griegos. Frente a esta mentalidad, el autor del texto de los Proverbios afirma que la verdadera sabiduría es anterior a nuestras reflexiones y estudios; y lo expresa presentándola junto a Dios muchos antes de la creación del mundo, acompañándolo en el momento de crear todo.

¿Por qué se eligió esta lectura? San Pablo, en la primera carta a los Corintios, dice que Cristo es “sabiduría de Dios” (1,24). Y la carta a los Colosenses afirma que en Cristo “se encierran todos los tesoros del saber y del conocimiento” (Col 2,3). Este fragmento del libro de los Proverbios, que presenta a la Sabiduría de forma personal, estrechamente unida a Dios desde antes de la creación y también estrechamente unida a la humanidad (“gozaba con los hijos de los hombres”) parecía muy adecuado para recordar al Padre y al Hijo en esta fiesta.

Dios presente en los sufrimientos (2ª lectura)

Curiosamente, en este texto, que menciona claramente a las tres personas, los grandes beneficiarios somos nosotros, como lo dejan claro las expresiones que usa Pablo: “hemos recibido”, “hemos obtenido”, “nos gloriamos”, “nuestros corazones”, “se nos ha dado”. Él no pretende dar una clase sobre la Trinidad, adentrándose en el misterio de las tres divinas personas, sino que habla de lo que han hecho por nosotros: salvarnos, ponernos en paz con Dios, darnos la esperanza de alcanzar su gloria, derramar su amor en nuestros corazones. Para Pablo, estas ideas no son especulaciones abstractas, repercuten en su vida diaria, plagada de tribulaciones y sufrimientos. También en ellos sabe ver lo positivo.

Dios presente en las dudas (evangelio)

El evangelio, tomado de Juan, también menciona a Jesús, al Espíritu y al Padre, aunque la parte del león se la lleva el Espíritu, acentuando lo que hará por nosotros: “os guiará hasta la verdad plena”, “os comunicará lo que está por venir”, “os lo anunciará”.

Pienso que el texto se ha elegido porque habla de las relaciones entre las tres personas. El Espíritu glorifica a Jesús, y todo lo recibe de él. Por otra parte, todo lo que tiene el Padrees de Jesús. Tampoco Juan pretende dar una clase sobre la Trinidad, aunque empieza a tratar unos temas que ocuparán a los teólogos durante siglos.

Para entender el texto conviene recordar el momento en el que pronuncia Jesús estas palabras. Estamos en la cena de despedida, poco antes de la pasión. Sabe que a los discípulos les quedan muchas cosas que aprender, que él no ha podido enseñarles todo. Surgirán dudas, discusiones. Pero la solución no la encontrarán en el puro debate intelectual y humano, será fruto del Espíritu, que irá guiando hasta la verdad plena.

En la situación actual de la Iglesia, con problemas nuevos y de difícil solución, debemos pedir al Espíritu Santo que nos guíe “hasta la verdad plena”.

Reflexión final

En numerosas ocasiones, la liturgia repite la fórmula “Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo”. Es fácil caer en la rutina y rezarla mecánicamente. Hoy es el día más indicado para darle todo su valor, igual que a la recitación del Gloria, que se extiende en la alabanza del Padre y del Hijo (aunque al Espíritu solo lo menciona de pasada).

José Luis Sicre

Comentario – Santísima Trinidad

(Jn 16, 12-15)

Jesús sabe que los discípulos no pueden comprender todas sus palabras, y que están un poco confundidos, pero les promete que cuando llegue el Espíritu Santo él los hará alcanzar la verdad completa (16, 13). En realidad este texto dice «los conducirá en la Verdad completa». Y como en el evangelio de Juan la «Verdad» es el mismo Jesús, esto significa que el Espíritu Santo nos conduce dentro del misterio de Jesús para que podamos comprenderlo plenamente.

No significa entonces que el Espíritu Santo nos da algo que Jesús no nos puede dar, o que nos enseña cosas que Jesús no nos enseñó, sino que nos recuerda las enseñanzas de Jesús y nos introduce dentro del misterio de Jesús para que podamos comprender mejor sus palabras y amarlo más.

El Espíritu Santo nos lleva a Jesús, nos acerca más a él, nos hace entrar en él. Y en cada momento de nuestra vida él nos recuerda las palabras de Jesús para que iluminen nuestra existencia y nos permitan seguir el buen camino. Por eso Jesús dice que el Espíritu Santo «no hablará por su cuenta» (16, 13).

Y en todo lo que el Espíritu Santo hace está dando gloria a Jesús, ya que lo que él comunica es en realidad lo que él recibe de Jesús (v. 14), así como Jesús comparte todo con el Padre (v. 15).

Vemos así que en este texto está presente el Misterio de la Trinidad, donde las tres Personas divinas lo comparten todo, recibiendo una de la otra, pero compartiendo la misma y única divinidad.

Oración:

«Condúceme, Espíritu Santo, dentro del misterio de Jesús, guíame en esa riqueza inabarcable de sus palabras, para que descubra en mi interior el sentido profundo de su enseñanza».

 

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

Tiempo de la vida cristiana

Ya hace una semana que llegamos a la cumbre del año litúrgico. Con Pentecostés, la fiesta del pasado domingo, ya han desfilado, en efecto, ante nuestros ojos todos los misterios de la vida del Señor. El último acto ha sido esa maravillosa efusión del Espíritu, fruto máximo de la Redención.

Este tiempo que hoy comenzaremos a recorrer —tiempo después de Pentecostés: el más largo, veintitantas semanas— podría ser llamado “tiempo de la vida cristiana”: porque la Iglesia quiere ahora que sus hijos, penetrados del Espíritu Santo, vivamos plenamente eso que hemos ido contemplando a lo largo del año litúrgico. Y la liturgia va tomando de aquí y de allá pasajes evangélicos de la vida de Cristo, para grabarnos bien sus rasgos; va espigando en las Epístolas, para mantenernos en los valores de la vida cristiana; y va, sobre todo, elevando su oración a Dios para que nos conserve “fortes in fide”, fuertes en la fe: y así llevemos la nave a buen puerto. Seis meses, pues, para meditar y poner en práctica lo que hemos ido contemplando, paso a paso, en los otros seis.

Pero, en este primer domingo después de Pentecostés, al comienzo pues de este “tiempo de la vida cristiana” la Iglesia se siente dominada por algo que es de la máxima importancia y que tiene prioridad sobre esa “práctica” de las virtudes. Me refiero a la necesidad de cantar la gloria de Dios, de dar a Dios toda gloria.

Esto ha de entenderse bien. Me explico. Muchas veces nos encontramos como envueltos en una actitud un tanto pragmática, utilitarista, en todo lo relativo a la vida cristiana: el Cristianismo consiste en “hacer” una serie de cosas. Todo lo demás es “cuento”, y se echa mano del refrán: “obras son amores…”.

Que hay que hacer cosas, que obras son amores, etc., todo esto es verdad y nadie puede ponerlo en duda. Pero con frecuencia se queda en una verdad a medias —que es una de las más peligrosas formas que adopta el error—. Es una visión miope de la realidad, que podríamos llamar “activismo”: la acción por la acción. Frente a esta verdad a medias hemos de colocar la verdad completa: el “hacer” del cristiano sólo es cristiano verdaderamente en la medida en que se trasciende a sí mismo para desembocar en la gloria de Dios. De ahí que los actos de reconocimiento, alabanza y glorificación de Dios tengan la primacía absoluta a la hora de la “práctica” de las virtudes. De ahí también que cosas al parecer “inútiles” sean más gratas a Dios —y eficaces— que otras “utilísimas”…

Al contemplar ahora toda la obra redentora de Dios, vistos en perspectiva —desde Adviento a Pentecostés— los misterios de la vida de Cristo, la Iglesia —nosotros, los cristianos— levanta sus ojos hasta la fuente misma del torrente y glorifica con su voz al Dios Uno y Trino.

Domingo de la Santísima Trinidad: esta es la fiesta de hoy, domingo primero después de Pentecostés. El Evangelio, brevísimo, como hemos visto, nos presenta unas palabras de Cristo resucitado a sus discípulos. Y en ellas la salvación de las almas aparece en directa relación a la Omnipotencia del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. La presencia en Dios de una vida íntima tan pletórica que se manifiesta en la existencia de tres Personas distintas, dentro de la Unidad de la Esencia divina, constituye, sin duda, el más profundo de los misterios revelados por Nuestro Señor Jesucristo. Es algo que nunca hubiéramos podido penetrar con nuestras fuerzas humanas.

Este es el Dios que nos ha salvado. Y a ese Dios nuestro, Uno y Trino, nos dirigimos los cristianos en acción de gracias y en alabanza, y nos unimos, hoy de manera muy especial, al “Sanctus, Sanctus, Sanctus” que cantan sin fin los Ángeles y los Arcángeles, los Tronos y las Potestades…

Pues bien, un momento de silencio. Ese Dios inmenso, inabarcable, que hace exclamar a San Pablo en la Epístola de hoy: “Cuán incomprensibles son tus juicios e inescrutables tus caminos”, ese Dios Uno y Trino ¡habita en el centro del alma que vive en gracia! Nos lo dijo el Señor Jesús: “Si alguien me ama… vendremos a él y ¡en él haremos morada!” (Juan 14, 23). Y esto ¡ya ahora!, sin esperar al Cielo…

Ante esta verdad de fe no cabe otra actitud que la acción de gracias y la adoración. La mente humana, en verdad, no alcanza a comprender… y adora, mientras descubre una luz nueva en esa oración recitada otras veces monótonamente: “Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo…”.

Decíamos al empezar que, por encima del “hacer” de las virtudes, la Iglesia sentía la necesidad de glorificar a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Pero en la vida en Cristo no hay dicotomías. Todo es sencillo y se reduce a unidad: la mejor forma de dar gloria a Dios es precisamente la práctica de las virtudes cristianas, según aquellas palabras del Señor: “El que me ama, guardará mis Mandamientos” (cf. Juan 14, 15.21).

He aquí el panorama que se divisa al comenzar este largo tiempo “después de Pentecostés”.

Pedro Rodríguez

Lectio Divina – Santísima Trinidad

INTRODUCCIÓN

         En la fiesta de la Santísima Trinidad, evitemos la impresión de estar ante un misterio complicado y no tratemos de abordarlo a base de representaciones imaginarias (un triángulo, un trébol…) Las palabras de Jesús orientan nuestra mirada en la dirección adecuada. Dios es amor y, por tanto, relación estrecha, ternura incondicional, comunicación honda de persona a persona. En la mesa del banquete del precioso icono de la Trinidad hay un hueco abierto que invita a quien lo contempla a sentarse a la mesa. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son nuestros anfitriones. (D. Alexandre).

LECTURAS BÍBLICAS

1ª lectura: Prov. 8, 22-31        2ª lectura:  Rom. 5, 1-5

EVANGELIO

San Juan 16, 12-15:

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora; cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena. Pues no hablará por cuenta propia, sino que hablará de lo que oye y os comunicará lo que está por venir.

Él me glorificará, porque recibirá de lo mío y os lo anunciará. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso os he dicho que recibirá y tomará de lo mío y os lo anunciará».

REFLEXIÓN

Dios no es un ser solitario y aburrido. Dios es música, alegría, fiesta. Así lo quieren expresar nuestros hermanos orientales cuando dicen que la Santísima Trinidad es “perijoresis” es decir, “DANZA”. Dios que salta de júbilo en una danza eterna de amor. Dios es Padre, Hijo y Espíritu Santo. Dios es familia, Dios es Comunidad. Dios es éxtasis de amor.  El Padre se da totalmente en el Hijo. Y el Padre y el Hijo se entregan al Espíritu Santo en un abrazo de unidad. La Trinidad es El Amante, El Amado y El amor.

El Padre. Es fuente y origen de todas las luces. Y tuvo la genial idea de crear a una criatura “semejante a Él”, capaz de escuchar la música de Dios. Al lugar donde esto sucedía se le denominó “paraíso”. Y nuestros primeros padres escuchaban embobados la música de Dios “a la brisa de la tarde”. Pero Dios creó a nuestros padres libres, con capacidad de decidir por sí mismos. Y Dios se arriesgó a que unas criaturas creadas a su imagen y semejanza le pudieran decir: NO. Y a eso se le llama pecado.  Decir a Dios que no, es no querer escuchar su música, es no querer entrar en sintonía con Él, es no creerle a Dios capaz de hacernos felices y buscar la felicidad por nuestra cuenta. Y, por eso, fueron arrojados del paraíso.

EL HIJO. El Padre, en un arranque de generosidad, para llevar adelante su proyecto, nos entregó lo mejor que tenía, su propio Hijo, para que sonara de nuevo en nuestro mundo la música de Dios. La música de Dios es el amor. Y Jesús cantó esta música en tono mayor y tono menor. En tono mayor cuando hablaba de Dios, su Padre, que le ha puesto todo en sus manos. “Todo lo mío es tuyo” (Ev.)  Pero también cantó en tono menor cuando Dios viene a los suyos y los suyos no lo reciben; cuando los hombres prefieren las tinieblas a la luz. Con todo, Jesús sueña con un mundo de hermanos, con un mundo de iguales, con una humanidad como una gran familia. Pero esto era demasiado revolucionario y lo mataron. Mataron su cuerpo, pero no su alma, ni sus sueños, ni su música. Al Resucitar todo recomienza de nuevo con nueva fuerza. Para eso nos envía su Espíritu.

EL ESPIRITU SANTO. Está encargado de tomar la batuta en esta orquesta y hacer resonar en este mundo “la canción de la alegría”, la melodía de la fraternidad. También, como buen director de orquesta, tiene que estar afinando constantemente a unos músicos que se bajan de tono, que desafinan demasiado.  Y desafinamos cuando seguimos creyendo que Dios es un ser lejano, que condena y que castiga y no un Padre que acoge, perdona, besa y acaricia. Desafinamos cuando queremos comprar a Dios con nuestro esfuerzo y nuestras obras y no nos damos cuenta que Él es gratuito, y que no lo podemos comprar con nada. Desafinamos cuando no nos amamos, cuando no buscamos la unidad; cuando somos personas “pantallas” y no “puentes”. Nadie expresó mejor lo que era la Trinidad como San Juan de la Cruz donde habla de un Dios Padre como “una música callada”. Un Dios-Hijo, como “soledad sonora”. Dios Espíritu Santo, como “la cena que recrea y enamora”.

PREGUNTAS

1.- ¿Estoy convencido de que Dios es un Padre tan maravilloso que jamás rechaza a un hijo por más perdido que ande?  (Lc.15). ¿Tan entrañable que se compara con una gallina que protege bajo sus alas a sus polluelos? (Mt.23,37).

2.– ¿Caigo en la cuenta de que a Jesús sólo le interesaba cantar las canciones del amor?

3.- ¿Me dejo corregir por el Espíritu Santo cuando desafino poniendo barreras al hermano?

ESTE EVANGELIO, EN VERSO, SUENA ASÍ

Creemos en un Dios PADRE
AMOROSO Y COMPASIVO.
Cuida de todos nosotros,
como el ave de su nido,
Admiramos su ternura
para con todos sus hijos.
Con amor le damos «gloria
y alabanza por los siglos».
Enviado por el Padre,
Creemos en JESUCRISTO:
su HIJO amado y, como hombre,
fruto de un vientre bendito.
Jesús es, para nosotros,
Vida, Verdad y Camino,
nuestro hermano y compañero,
oculto en el pan y el vino.
Creemos y veneramos
al ESPÍRITU DIVINO.
Nos regala agua de vida
en la fuente del Bautismo.
Enciende calor de hogar
en los corazones fríos.
Es, en las horas de angustia,
brisa, consuelo y respiro.
Gracias, SANTA TRINIDAD,
misterio de amor, prodigio
de ser PADRE, HIJO y ESPÍRITU:
Tres «besos» de un Dios Amigo.

(Compuso estos versos: José Javier Pérez. Benedí)

ORACIÓN DEL PAPA FRANCISCO POR UCRANIA

Tú que nos enseñaste que a la diabólica insensatez de la violencia se responde con las armas de Dios, con la oración y el ayuno, ten piedad de nosotros, aleja la guerra y demás violencias malignas y permítenos llegar a soluciones aceptables y duraderas a esta crisis, basadas no en las armas, sino en un diálogo profundo.

La Santísima Trinidad

1.- Yo no sé, mis queridos jóvenes lectores, si habéis reflexionado alguna vez, sobre la evolución de la religiosidad humana. Os lo digo, porque, a veces, se sabe mas de cómo han cambiado los medios de trasporte, que van desde los rodillos empleados para los grandes bloques de las pirámides de Egipto, hasta los modernos aviones de «cargo» que llevan de un extremo a otro del planeta toda clase de materiales, que los cambios antropológicos importantes, como es el caso de los que se operan en el campo religioso. Es bueno estar instruido en estas cosas, pero mejor saber como ha ido progresando la Fe entre los hombres. Ha habido un gran adelanto en este terreno, conseguido gracias a que Dios tenía la iniciativa y algunos hombres le eran fieles.

Nuestros más lejanos ancestros, intuyeron en su vivir cotidiano, que algo trascendentemente bueno, verdadero y bello, debía existir. Se manifestaron estas creencias mediante las danzas, los dibujos rupestres y las ofrendas rituales. Se trataba de una religión de contenidos muy sencillos y simples que, a veces, erróneamente, llamamos magia. Progresó la religiosidad debido a que el hombre en su conjunto también progresaba, que crecía su inteligencia, pero, principalmente que tenía la experiencia íntima de fenómenos inexplicables, de consecuencias buenas unas veces, adversas otras. Se tuvo en cuenta, en la vida práctica, a la divinidad o a las divinidades. Algo es algo, que decimos.

2.- Hubo un hombre que se arriesgó a aceptar a un Ser personal y hacerse su amigo, se llamaba Abraham. Creyó valientemente en el Dios Yahvé, aunque pensase que existían otros dioses. Su descendencia fue avanzando. La primera lectura de hoy nos presenta a la sabiduría divina como una persona, es un ejemplo de este progreso. No fue hasta la llegada de Jesús, cuando Dios en persona, hecho individuo físico, aterrizó en nuestro planeta, cuando acampó entre nosotros y pudimos acercarnos a la Divinidad y, a través del Hijo, repito: hecho nuestro compañero y deseando ser nuestro amigo íntimo, cuando empezamos a saber algo más lo que era Dios, sin perder Él su aureola real de misterio.

Jesús, Dios-hombre, se hizo confidente nuestro. Vosotros sabéis, mis queridos jóvenes lectores, que tenéis un amigo auténtico, alguien enamorado de vosotros, si os ha contado algo que nadie lo sabía. Explicar un secreto es una de las pruebas de la amistad. Si alguna chica me lee, y ha pasado por lo que explicaré, me entenderá muy bien. Si se encuentra un día con alguna compañera que le pregunta qué es lo que le pasa, ya que observa algo extraño en ella, es posible que le diga: mira, aquel chico del que te había hablado, anoche, me estuvo contando unas cosas… a nadie se lo había dicho hasta entonces, no hago más que pensar en ello y no me lo puedo quitar de la cabeza. ¡Estaba tan emocionado él, cuando juntos y apretados estábamos, mientras me lo contaba…! Y lo que a la muchacha le decía no era solo que la amaba, le explicaba cosas de su vida, de su familia, de sus proyectos. Le podía decir que quería ser piloto de un A380 y ella no saber de que se trataba, la emoción que sentía mientras se lo contaba, era suficiente para merecer su confianza. En el amor ¡hay, o debe haber, tantas confidencias! ¡Hay tanto misterio y recuerdos íntimos, que uno no comprendió, ni llegará nunca a comprender!

3.- Algo semejante es lo que pasa con Dios. Hemos conocido las aventuras del Hijo en la tierra y en la historia. Nos ha hablado Él de unos seres espirituales, compañeros-servidores, los ángeles, nos ha explicado que algunos traicionaron y contado también su desgraciada existencia, nos ha desvelado realidades ilocalizables: cielo e infierno… ¡tantas cosas nos ha descubierto! Hasta ha pretendido que supiéramos un poco como era en su más profunda realidad. Al Padre-Dios le podemos llamar Abbá, decía, como si, utilizando nuestro lenguaje, nos dijera podéis llamarle papá, papaíto o papito. Nos ha explicado que vendría a nosotros el Espíritu. Que era fortaleza, que nos podía comunicar fortaleza, ingenio, ensueño y amor sublime ¡tantas cosas nos ha contado! ¡Y nosotros a veces, como tontos, tratando de saber lo que significan, tratando de entender a Dios! ¿Alguien se preocupa de saber la composición química de los huesos de una persona que acaba de conocer y que va a ser su protector y compañero? Lo que le interesa es saber algunos detalles de sus costumbres, de su temperamento, para no meter la pata, para no ofenderle. Lo que interesa es poder seguir encontrándose y tratándose, para que su compañía nos enriquezca.

Hay un instinto, iba a decir genético, pero no me atrevo a afirmarlo, a recordar a las personas mediante imágenes, mediante signos. Antiguamente fueron dibujos en las paredes, luego estatuas, ahora metéis en vuestro móvil (o celular), una fotografía y un número para poder localizar a quien os interesa continuar manteniendo contacto. Algo semejante ocurre con Dios. Y puesto que Jesús nos ha dicho que es Trinidad, se ha pretendido, de alguna manera, dibujarlo. Tengo unos iconos de Etiopía, donde aparece como tres solemnes y bondadosos abuelos. No es correcta, es aburrida y parece que sean tres cromos repetidos. La más tradicional, en el mundo occidental es un Señor-anciano junto al Hijo, en la cruz o con la cruz, a otro lado una paloma (en algunas ocasiones es un chico joven, en otra, una sola, que yo sepa, en Alemania, una chica joven y en otra que conozco, un joven, ni masculino ni femenino. Ahora se ha puesto de moda un icono, los ejemplares mas conocidos son reproducciones del que pintó el artista-místico ruso Andrei Rublev. En la tradición oriental, se cree que la aparición a Abraham, en Mambré, en figura de tres ángeles, o de un solo Señor, en alguna frase, fue un anticipo de la revelación de la Trinidad. Esta pintura es extraordinariamente bella, que necesita que un buen iconógrafo nos la explique, para desentrañar un poco su contenido.

4.- Imaginaos como queráis a Dios. Lo importante es que tengamos presente que nos ama, que es Padrecito nuestro, Hermano mayor y Fuego de amor y pasión valiente. Y después de imaginarlo, que sintamos por Él reverencia, confianza y lealtad, Amor. Os lo recuerdo: nuestra actualidad tiende a tener múltiples amistades débiles. Muchos amigos, que resultan ser simples compañeros. Y nosotros necesitamos algo de mas calibre. No desesperéis cuando sufráis derrota o decepción. Descubrid en este sentimiento la necesidad de la oración, de la intimidad con Dios.

Pedrojosé Ynaraja

La hermosura de unos textos

1. – Voy a referirme a la hermosura de los textos que de este domingo, dentro de Ciclo C. En el fragmento del Libro de los Proverbios, la Sabiduría de Dios habla en primera persona y señala su origen. Tal vez, la mayor hermosura coincide en las ultimas palabras: «…yo estaba junto a él, como aprendiz, yo era su encanto cotidiano, todo el tiempo jugaba en su presencia: jugaba con la bola de la tierra, gozaba con los hijos de los hombres.» Luego el salmista se va a preguntar: «¿que es el hombre para que te acuerdes de él?, lo hiciste poco inferior a los ángeles, lo coronaste de gloria y dignidad”. El final del texto de San Pablo –Epístola a los Romanos– se dice: «porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado.» Finalmente, el Evangelio de San Juan afirma: «El Espíritu de la Verdad os guiará hasta la verdad plena».

2. – Hay más, por supuesto, porque el texto de San Juan sitúa en las palabras de Cristo esa realidad profunda que es la Trinidad Santísima. Pero aquí queremos llamar la atención sobre esos retazos de altura –dan vértigo– que los textos sagrados nos muestran. La sabiduría de Dios está cerca de Él y juega con la tierra y los hombres. Los hombres, si queremos, podemos estar cerca de la sabiduría divina, tal vez no podremos comprenderla en plenitud, pero sí sentirla y algo más que intuirla. El amor de Dios está en nuestro interior porque ahí ha sido puesto por «el Espíritu Santo que se nos ha dado» y ese mismo Espíritu nos guiará hasta la verdad plena.

3.- ¿No es todo esto lo máximo que podemos aspirar? Creemos que sí. Y, sin embargo, no somos capaces de mantener esa proximidad por culpa de nuestros abandonos, de la lejanía de Dios que imponemos a nuestras almas por faltas y pecados. Pero a poco que nos esforcemos toda esa huella clara de la Divinidad Cercana estará a nuestro lado. Nos hace falta un poco de paz, de sosiego, de serenidad, de humildad para aislarnos del ruido de nuestro mundo loco y así aprehender lo que nos Dios nos manda. No se trata de salirnos del mundo. Debemos sentir a Dios en nuestro interior y luego salir al mundo –y a grandes voces– contárselo a quienes no le encuentran, o no le sienten.

Ángel Gómez Escorial