Vísperas – San Antonio de Padua

VÍSPERAS

SAN ANTONIO DE PADUA, presbítero y doctor de la Iglesia, memoria obligatoria

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Verbo de Dios, eterna luz divina,
fuente eternal de toda verdad pura,
gloria de Dios que el cosmos ilumina,
antorcha toda luz en noche oscura.

Palabra eternamente pronunciada
en la mente del Padre sin principio,
que en el tiempo a los hombres nos fue dada,
de la Virgen María, hecha Hijo.

Las tinieblas de muerte y de pecado
en que yacía el hombre, así vencido,
su verdad y su luz han disipado,
con su vida y su muerte ha redimido.

No dejéis de brillar, faros divinos,
con destellos de luz que Dios envía,
proclamad la verdad en los caminos
de los hombres y pueblos,
sed su gloria. Amén.

 

SALMO 14: ¿QUIÉN ES JUSTO ANTE EL SEÑOR?

Ant. Soy ministro del Evangelio por el don de la gracia de Dios.

Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda
y habitar en tu monte santo?

El que procede honradamente
y practica la justicia,
el que tiene intenciones leales
y no calumnia con su lengua,

el que no hace mal a su prójimo
ni difama al vecino,
el que considera despreciable al impío
y honra a los que temen al Señor,

el que no retracta lo que juró
aun en daño propio,
el que no presta dinero a usura
ni acepta soborno contra el inocente.

El que así obra nunca fallará.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Soy ministro del Evangelio por el don de la gracia de Dios.

SALMO 111

Ant. Éste es el criado fiel y solícito a quien el amo ha puesto al frente de su servidumbre.

Dichoso quien teme al Señor
y ama de corazón sus mandatos.
Su linaje será poderoso en la tierra,
la descendencia del justo será bendita.

En su casa habrá riquezas y abundancia,
su caridad es constante, sin falta.
En las tinieblas brilla como una luz
el que es justo, clemente y compasivo.

Dichoso el que se apiada y presta,
y administra rectamente sus asuntos.
El justo jamás vacilará,
su recuerdo será perpetuo.

No temerá las malas noticias,
su corazón está firme en el Señor.
Su corazón está seguro, sin temor,
hasta que vea derrotados a sus enemigos.

Reparte limosna a los pobres;
su caridad es constante, sin falta,
y alzará la frente con dignidad.

El malvado, al verlo, se irritará,
rechinará los dientes hasta consumirse.
La ambición del malvado fracasará.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Éste es el criado fiel y solícito a quien el amo ha puesto al frente de su servidumbre.

CÁNTICO del APOCALIPSIS

Ant. Mis ovejas escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño, un solo Pastor.

Grandes y maravillosas son tus obras,
Señor, Dios omnipotente,
justos y verdaderos tus caminos,
¡oh Rey de los siglos!

¿Quién no temerá, Señor,
y glorificará tu nombre?
Porque tú solo eres santo,
porque vendrán todas las naciones
y se postrarán en tu acatamiento,
porque tus juicios se hicieron manifiestos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Mis ovejas escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño, un solo Pastor.

LECTURA: St 3, 17-18

La sabiduría que viene de arriba ante todo es pura y, además, es amante de la paz, comprensiva, dócil, llena de misericordia y buenas obras, constante y sincera. Los que procuran la paz están sembrando la paz, y su fruto es la justicia.

RESPONSORIO BREVE

R/ En la asamblea le da la palabra.
V/ En la asamblea le da la palabra.

R/ Lo llena de espíritu, sabiduría e inteligencia.
V/ Le da la palabra.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ En la asamblea le da la palabra.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Oh doctor admirable, luz de la Iglesia santa, bienaventurado San Juan de la Cruz, fiel cumplidor de la ley, ruega por nosotros al Hijo de Dios.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Oh doctor admirable, luz de la Iglesia santa, bienaventurado San Juan de la Cruz, fiel cumplidor de la ley, ruega por nosotros al Hijo de Dios.

PRECES

Glorifiquemos a Cristo, constituido pontífice a favor de los hombres, en lo que se refiere a Dios, y supliquémosle humildemente diciendo:

            Salva a tu pueblo, Señor.

Tú que, por medio de pastores santos y eximios, has hecho resplandecer de modo admirable a tu Iglesia,
— haz que los cristianos se alegren siempre de ese resplandor.

Tú que, cuando los santos pastores te suplicaban, con Moisés, perdonaste los pecados del pueblo,
— santifica, por su intercesión, a tu Iglesia con  una purificación continua.

Tú que, en medio de los fieles, consagraste a los santos pastores y, por tu Espíritu, los dirigiste,
— llena del Espíritu Santo a todos los que rigen a tu pueblo.

Tú que fuiste el lote y la heredad de los santos pastores,
— no permitas que ninguno de los que fueron adquiridos por tu sangre esté alejado de ti.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Tú que, por medio de los pastores de la Iglesia, das la vida eterna a tus ovejas que para nadie las arrebate de tu mano,
— salva a los difuntos, por quienes entregaste tu vida.

Unidos fraternalmente, como hermanos de una misma familia, invoquemos a nuestro padre:
Padre nuestro…

ORACION

Dios todopoderoso y eterno, tú que has dado a tu pueblo en la persona de san Antonio e Padua un predicador insigne y un intercesor poderoso, concédenos seguir fielmente los principios de la vida cristiana, para que merezcamos tenerte como protector en todas las adversidades. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Lunes XI de Tiempo Ordinario

“Habéis oído que se dijo… pero yo os digo”

1.- Oración introductoria.

Señor, hoy necesito que me abras de par en par el oído interno, el oído del corazón, porque es una enormidad lo que me propones. No te limitas a decirme que yo no responda al mal con otro mal según la ley del talión, sino que responda al mal con bien. Esto me supera, no lo entiendo, y humanamente, hasta me parece injusto. Por eso, hoy más que nunca, necesito que venga sobre mí la gracia del Espíritu Santo para que pueda vislumbrar aquello que me es imposible captar con la razón.

2.- Lectura reposad del evangelio. Mateo 5, 38-42

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: Habéis oído que se dijo: Ojo por ojo y diente por diente. Pues yo os digo: no resistáis al mal; antes bien, al que te abofetee en la mejilla derecha ofrécele también la otra: al que quiera pleitear contigo para quitarte la túnica déjale también el manto; y al que te obligue a andar una milla vete con él dos. A quien te pida da, y al que desee que le prestes algo no le vuelvas la espalda.

3.-Qué dice el texto bíblico.

Meditación-reflexión

Aquí se habla de la ley del talión. Y, en aquel entonces, supuso un avance con relación a las costumbres de otros pueblos, ya que, con esta ley no se podía hacer al enemigo más daño que el que te había hecho él. No podía propasarse incentivado por el deseo de venganza. (Si alguien te ha hecho daño en un ojo, y te ha dejado tuerto, tú puedes dejarlo tuerto, pero nunca ciego). Hay que pensar que en esos momentos no existía la creencia de la vida futura (todo debía resolverse en esta vida). No había policías. La ley estaba dada para todos; incluso para el hijo del rey. Y, sobre todo, respondía al principio racional de “no hagas a otro lo que no quieres que te hagan a ti”. O si queréis, experimenta en tu propia carne lo que has hecho sufrir al hermano. Pero esta ley “razonable” no encaja con el programa de Jesús. Va más allá. Jesús parte del convencimiento de que el amor que Él nos trae y que Él está viviendo, tiene tanta fuerza que no hay mal que se le resista. Es como cuando sale el sol y derrite la escarcha y la nieve. Por eso puede poner la otra mejilla, puede dar la ropa interior cuando sólo le piden la exterior, y puede caminar con la carga que le ha impuesto el soldado enemigo unas millas más que las que le pedía que hiciera con él. No se trata de un amor de igualdad, ni de un amor razonable, sino que se trata de un amor desinteresado, que inunda, desborda y lanza a unas metas insospechadas. Se trata de poner en práctica lo que nos dice San Pablo en Ro. 12,21: “No te dejes vencer por el mal; al contrario, vence el mal a fuerza de bien”.

Palabra del Papa.

“Esta página evangélica se considera la carta magna de la no violencia cristiana, que no consiste en rendirse ante el mal -según una falsa interpretación de «presentar la otra mejilla»-, sino en responder al mal con el bien, rompiendo de este modo la cadena de la injusticia. Así, se comprende que para los cristianos la no violencia no es un mero comportamiento táctico, sino más bien un modo de ser de la persona, la actitud de quien está tan convencido del amor de Dios y de su poder, que no tiene miedo de afrontar el mal únicamente con las armas del amor y de la verdad. El amor a los enemigos constituye el núcleo de la «revolución cristiana», revolución que no se basa en estrategias de poder económico, político o mediático. La revolución del amor, un amor que en definitiva no se apoya en los recursos humanos, sino que es don de Dios que se obtiene confiando únicamente y sin reservas en su bondad misericordiosa. Esta es la novedad del Evangelio, que cambia el mundo sin hacer ruido. Este es el heroísmo de los «pequeños», que creen en el amor de Dios y lo difunden incluso a costa de su vida”. Benedicto XVI, 18 de febrero de 2007.

4.- Qué me dice hoy a mí este texto evangélico ya meditado. (Guardo silencio)

5.- Propósito. Hoy rezaré por la persona con la que me llevo mal.  Y así ablandaré mi corazón y me prepararé para el encuentro.

6.- Dios me ha hablado hoy a mí a través de su palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración.

Señor, te agradezco el haberme metido “mar adentro” en este terreno del amor. No voy a discutir contigo porque Tú lo has vivido antes de predicarlo. Te injuriaban, se mofaban de Ti, se divertían contigo, y, como respuesta, Tú les perdonabas y les excusabas. “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”. Tu grandeza de alma recrimina mi pequeñez; tu amor desbordante, mi mezquindad; tu amor misericordioso, mi miseria. Sólo mirando lo grande y maravilloso que Tú eres, caigo en la cuenta de lo pequeño y miserable que soy yo.

ORACIÓN DEL PAPA FRANCISCO POR UCRANIA

Tú que nos enseñaste que a la diabólica insensatez de la violencia se responde con las armas de Dios, con la oración y el ayuno, ten piedad de nosotros, aleja la guerra y demás violencias malignas y permítenos llegar a soluciones aceptables y duraderas a esta crisis, basadas no en las armas, sino en un diálogo profundo.

Dadles vosotros de comer

Antes de adentrarnos en las aportaciones que la fiesta del Corpus Christi puede reportarnos para nuestras vidas considero que es importante saber y entender cuál es el origen de esta solemnidad del Corpus Christi y qué nos puede decir hoy en día.

     Esta fiesta del Corpus Christi es una de las solemnidades más importantes que tenemos en la Iglesia católica, señalamos algunos datos.

     1.- Las palabras Corpus Christi son dos palabras latinas que significan el Cuerpo de Cristo y es la fiesta en la que se celebra la Eucaristía.

     2.- Santa Juliana de Mont Cornillón fue la santa que impulsó esta fiesta. Esta santa nació alrededor de 1190. Tuvo muchas visiones. A los 16 años tuvo la primera, donde veía la luna en todo su esplendor, pero veía una franja oscura, el Señor le reveló qué significaba esta misión: la luna en todo su esplendor significaba la vida de la Iglesia, la franja oscura significaba que faltaba una fiesta litúrgica donde se adorase públicamente a la eucaristía. Desde ese momento la santa, que luego se hizo religiosa, con sus hermanas se comprometieron con gran fervor en adorar a la Santa Eucaristía.

     3.- Pero, ¿cuál es el origen de esta fiesta? Junto con el dato anteriormente mencionado, en 1263 un sacerdote llamado Pedro de Praga tenía serias dudas sobre la eucaristía, fue a Roma para rezar ante la tumba del apóstol Pedro, para pedir la gracia de aumentar su fe en la eucaristía, después fue a un pueblo llamado Bolsena (Italia), ahí celebró una eucaristía, cuando estaba celebrando la eucaristía en la iglesia de Santa Cristina, empezaron a salir gotas de sangre de la hostia consagrada y mancharon el corporal, no sabiendo qué hacer, detuvo la misa y se fue a la sacristía con el corporal y las hostias manchadas de sangre. Mientras se trasladaban algunas gotas cayeron a las losas de mármol de esta iglesia. El papa urbano IV estaba por ahí cerca, en Orvieto, población cercana a Bolsena, les pidió que les llevaran las hostias consagradas junto con el corporal, al verlas el papa Urbano IV se arrodilló, mostró el corporal al pueblo ratificando el milagro.

     A partir del fervor de Santa Juliana y de este milagro en Bolsena, se instituyó la fiesta del Corpus Christi.

     4.- Esta fiesta se instituye en el año 1264 con el papa Urbano IV a través de la bula “Transiturus hac mundo”.

     5.- En esta bula papal se pide que esta fiesta se celebre en el jueves después de la Octava de Pentecostés. Es decir, el jueves posterior al domingo de la Santísima Trinidad.

     6.- Se celebra en jueves recordando a aquel primer jueves santo, donde Jesús, cenando con sus discípulos, instituye el Sacramento de la Eucaristía.

     7.- Fue Jesús quien instituyó la eucaristía cuando dice “tomad y comed todos de él, esto es mi cuerpo”, “tomad y bebed todos de él, esta es mi sangre”. Y después dice: “haced esto en memoria mía”.

     8.- El papa Urbano IV instituyó esta fiesta y él mismo pidió a Santo Tomás de Aquino que elaborara un oficio litúrgico, oraciones e himnos para cantarse en esta solemnidad del Corpus Christi. Santo Tomás elaboró cinco famosos himnos que hasta el día de hoy se siguen cantando. Algunos de ellos fueron:  Adoro te devote, Tantum Ergo, Pangue Lingua…

     9.- ¿De qué manera se celebra el Corpus Christi?. En cada sitio se celebra de una forma, en España se hacen altares, el sacerdote va con el Santísimo haciendo estaciones en estos altares y bendiciendo a las personas.

     10.- En el principio, esta solemnidad del Corpus Christi se llamaba Corpus Domine; cuando se oficializó de manera universal se cambió el nombre por el actual.

     11.- El Concilio de Trento declara “que muy piadosa y religiosamente fue introducida en la Iglesia de Dios la costumbre de todos los años determinando día festivo se celebre este excelso y venerable sacramento con singular veneración y solemnidad y reverente y honoríficamente sea llevado en procesión por las calles y lugares públicos, en estos los cristianos atestiguan su gratitud y recuerdo por tan inefable y verdaderamente divino beneficio, por el que se hace nuevamente presente de la victoria y triunfo de la muerte y resurrección de nuestro señor Jesucristo”.

     Después de este breve recorrido por el origen y significado de esta fiesta, nos preguntamos qué significa la festividad del Corpus Christi para los cristianos en nuestra sociedad actual, para ello me voy a servir de un símil futbolístico, ahora que estamos en las finales de todos los campeonatos deportivos, liga, Champions, Europa Laegue, Cuando un equipo gana una copa, tanto sus deportistas como sus seguidores salen a la calle a celebrar su victoria y enarbolan orgullosos sus banderas y el trofeo conseguido, todos los seguidores se sienten hermanados y satisfechos de la proeza que ha realizado su equipo y esos seguidores les aclaman; salvando las distancias, la fiesta del Corpus Christi representa ese triunfo de Cristo sobre la muerte, recordamos que Jesús ha vencido a la muerte y se ha quedado con nosotros en la eucaristía, por eso los cristianos salimos también a la calle para celebrar esa victoria porque nos sentimos orgullosos de ser sus seguidores, por eso le aclamamos por esa victoria obtenida sobre la muerte y levantamos nuestra “copa” (custodia donde va su Cuerpo), signo de su victoria y orgullo de sentirnos cristianos y seguidores de este Jesús. 

     ¿Qué refleja esa victoria a través del texto de San Lucas? En ese texto se encuentran esbozadas las tareas pastorales de la comunidad creyente y el sentimiento fundamental de la fiesta del Corpus Christi: predicación, servicio a los necesitados y celebración eucarística. Y todo ello sustentado por la oración que aparecerá como fuente de las demás tareas comunitarias. En el fondo, el relato de Lucas enlaza con la misión que han llevado a cabo los Doce, misión que nos toca continuar ahora a nosotros y que no es otra que hacer lo que hizo Jesús, partir, repartir y compartir porque, aunque los bienes sean poco, sabiendo que si hacemos lo que El hizo, esos bienes van a llegar para todos y además van a sobrar.

Fr. Luis Martín Figuero O.P.

Comentario – Lunes XI de Tiempo Ordinario

Mc 5, 38-42

El ejemplo de la «ley del talión» (Éxodo, 21,23-25) nos dará una manera sorprendente de ser fiel al espíritu de una ley, a la vez que cambiará radicalmente su aplicación.

La Ley era la siguiente: «… Si resultare daño, darás vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie, quemadura por quemadura, herida por herida, cardenal por cardenal» Éxodo 21,23-25).

Habéis oído lo mandado: «Ojo por ojo, diente por diente». Pues Yo os digo: No hagáis frente al que os agravia. Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, vuélvele también la otra.

La «ley del talión», al imponer un castigo «igual» a la ofensa, quería limitar los excesos de la venganza: ¡no exijáis más de un ojo por ojo! Esto era ya querer atenuar el instinto natural: ¡dos ojos por ojo dañado!

Prolongando el espíritu de esta ley, Jesús dice: «No os venguéis en absoluto.»

Esta ley bíblica y estas fórmulas evangélicas, nos parecen, a primera vista, completamente superadas, hechas para otra época distinta de la nuestra, en verdad. Y, sin embargo… ¡Cuántas ciudades bombardeadas por represalias, en nuestro tiempo… y cuántas luchas raciales, nacionales, sociales a las que se aplica el rigor de «la escalada!»… ¡Al más fuerte, al que devolverá los golpes! Se habla púdicamente de «correlación de fuerzas»; pero es siempre el viejo adagio violento «ojo por ojo», apartado de su sentido bíblico.

No transformemos la sal del evangelio en insipidez.

Debemos atrevernos a recibir las palabras de Jesús de frente, sin reservas.

Si uno te abofetea en la mejilla derecha… vuélvele también la otra.

Al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, déjale también la capa.

A quien te fuerza a caminar una milla, acompáñalo dos. Al que quiere que le prestes, no le vuelvas la espalda.

Jesús era un predicador concreto, en la vida: así era también su discurso. Nada hay más difícil de comentar que estas palabras. No parece que Jesús haya querido abolir toda justicia civil y todo «derecho»: estos principios no pueden aplicarse a la sociedad civil de modo unilateral, pues esto llevaría a la supresión del Derecho, y a la opresión de los débiles por los fuertes. Hay circunstancias en las que uno tiene el derecho de defenderse y de defender a los demás.

Recordemos, también, que el mismo Jesús no tendió la otra mejilla cuando recibió la bofetada del servidor del Gran Sacerdote; se enderezó noble y dignamente: «¿por qué me pegas?» De otra parte, tampoco sería honrado aplicar estas fórmulas a los demás, ni en particular a los que tienen algún derecho sobre nosotros exigiéndoles en nombre del evangelio que cedan en su postura, que no se resistan… Ciertamente Jesús no ha querido consagrar un estado anormal de opresión pidiendo a los débiles que sean resignados. Pero, puestos estos matices, es necesario dejarnos interrogar por estas fórmulas que recomiendan la no-violencia «no hacer frente al que nos agravia». No tenemos derecho de endulzar el pensamiento de Jesús. Las actitudes propuestas aquí de ningún modo no son actitudes de debilidad, sino de una gran fuerza interior.

¡Debemos vencer en nosotros el espíritu de venganza! No se domina el mal cuando se le responde con la misma dureza. El mal recibido, queda siempre, en el fondo, exterior a nosotros… pero cuando lo hace uno mismo, al devolverlo, el mal gana una victoria suplementaria: entra en nosotros. Jesús abre otro camino a la humanidad: vencer el mal con el bien, responder al odio con el amor. ¡Que sean muchos los hombres con tal osadía!

Noel Quesson
Evangelios 1

La Eucaristía, comida de familia

CORPUS CHRISTI

SER PARA CELEBRAR – CELEBRAR PARA SER

En una cena nos contaba monseñor Cervino el impacto que le produjo la celebración de la Eucaristía con algunas comunidades cristianas de una zona pobre de Brasil, animadas por un sacerdote de su diócesis, Tui-Vigo. Le impresionó la participación intensa de todos los asistentes. Nos decía: «Se palpaba el ambiente comunitario, el ambiente festivo. Nada de rigidez, nada de engolamiento. Era emocionante el ofertorio en el que los vecinos ofrecían sus productos caseros, sus ayudas para los necesitados, los objetos que simbolizaban los proyectos de la comunidad… Todo con una sencillez y una vibración encantadora».

«Se palpaba un alma común», añadía nuestro obispo. Por supuesto, allí se paran los relojes. La celebración dura hora y media o dos horas. Al final, la comida compartida. Cada cual lleva sus alimentos que se ponen en común para compartirlos, como hacían los primeros cristianos, aunque aquéllos empezaban comiendo juntos y terminaban concelebrando la Eucaristía, y estos cristianos comienzan celebrando la Eucaristía y terminan comiendo juntos.

Para aquellas gentes pobres, la Eucaristía es el gran acontecimiento semanal. No importa que tengan que andar una hora para poder participar. La gran preocupación es que no falte el «padrecito», porque tiene unas cuantas comunidades que atender.

Cuando viajo a Madrid, no me privo del gozo de participar en eucaristías similares con varias comunidades vivas de barrios muy sencillos. No es que pretenda que estas eucaristías sean normativas para todos, pero sí indicativas.

¿No es la eucaristía la actualización en nuestros días de la fiesta popular y campestre de la multiplicación de los panes? Resulta patente que el evangelista narra el «signo» con una clara referencia eucarística: «Tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos, los partió y se los dio a los discípulos para que se los sirvieran a la gente» (Mt 14,19). Algunos teólogos entienden que el verdadero «milagro» consistió en el compartir de la gente. Los discípulos alarman al Maestro por la falta de alimentos. El Maestro no quiso sacar el sustento de la nada, sino que pidió panes y peces. Y al empezar a compartir alguien, todos hicieron el milagro de confraternizar con lo que tenían: Uno sacó de su zurrón nueces, otros higos, otro queso… y, de este modo, se organizó la fiesta popular de aquellas gentes antes dispersas y ahora espiritualmente unidas en el común sentir con el rabí de Nazaret.

El gentío, antes masa, ahora es la «congregación de comunidades». Jesús manda a los apóstoles que reúnan a la gente en grupos de cincuenta; todos los escrituristas entienden que esto es una referencia a la organización de las Iglesias como la comunión de pequeñas comunidades. La fiesta campestre encarna el proyecto de Jesús: «Congregar a los hijos de Dios que estaban dispersos» (Jn 11,52), «como ovejas sin pastor» (Me 6,34), para que vivamos como hermanos (Mt 23,8), para que caminemos juntos hacia la tierra prometida alimentados con el maná de la Eucaristía.

LA EUCARISTÍA, «CUMBRE» Y «FUENTE» DE LA VIDA CRISTIANA

Ser cristiano es una forma (la mejor, sin duda) de entender la vida desde la comunión. «Yo soy nosotros», dijo genialmente Hegel; es la identidad de la Trinidad, a cuya imagen y semejanza hemos sido hechos. Para el cristiano vivir es con-vivir, vivir la fraternidad. Uno no es cristiano por tener tal nivel de virtud o de espiritualidad, sino por estar ensamblado en la familia de Dios. El cristiano es el que tiende la mano, el que hace cadena con los demás hermanos. La Iglesia es la «mesa familiar» en la que todos comen de la misma sopera, presidida paternalmente por Dios. La Eucaristía es el momento fuerte, el hecho culminante en el que se vive, se celebra, se da gracias y se ratifica esta maravillosa realidad, como ocurre en toda comida familiar.

El Concilio denomina a la liturgia, pero de modo muy particular a la Eucaristía, cumbre hacia la cual tiende toda la actividad de la Iglesia y fuente de donde mana toda su fuerza {SC 10,1). Es «cumbre» porque es el fin de un proceso de conversión personal y de la existencia de la comunidad. La Eucaristía es el sacramento de la comunidad; y sólo se celebra con autenticidad cuando los que se reúnen, viven en verdadera comunión. Naturalmente las eucaristías de la comunidad brasileña, lo mismo que las de la comunidad de Jerusalén, no se improvisan. Son el fin de un proceso. Si la Eucaristía es la celebración de una comunidad, significa que antes ha de existir la comunidad; ésta no se improvisa para la celebración o en la celebración por el hecho de que se reúnan un conjunto de cristianos. Esto, que es tan obvio a nivel de encuentros de familia o de amigos, lo ignoramos con frecuencia cuando se trata de la celebración de la comida de hermandad de los cristianos. La Eucaristía presupone la existencia de relaciones de fraternidad, la experiencia comunitaria, la participación en la vida y misión de la comunidad. Jesús no celebró su primera Eucaristía en el primer encuentro que tuvo con los suyos. Quizás parezca esta visión excesivamente exigente, pero éste es, ni más ni menos, el contexto en que Jesús y sus primeras comunidades la celebraron.

Jesús Burgaleta escribe: «Es obvio que participe en la comunión quien vive en comunión. La Eucaristía es la celebración de la comunión en la comunidad que se sabe ‘cuerpo de Cristo’ y a quien confiesa como fundamento de su unidad». Hay que decir, por lo tanto: «La comunidad hace la Eucaristía y la Eucaristía hace la comunidad». No es auténtica una Eucaristía sin comunidad.

Todo encuentro humano, sobre todo cuando es en torno a la mesa, fortalece los lazos de afecto y de corresponsabilidad. Los alimentos son dones de Dios; comerlos da unión con Él. Y la comida crea relaciones de unión entre los comensales y refuerza las que ya existían.

La palabra y el pan compartidos ayudan a que crezca el «alma común» que han de tener los miembros de la misma comunidad. Por eso, después de la comunión en la palabra y el cuerpo de Cristo somos más «uno en él» (Gá 3,28). Pero esta realidad sorprendente no acontece de forma mágica, por la mera proclamación fonética de la palabra y la realización cultual de los signos litúrgicos y la comida y bebida del pan y el vino consagrados; es necesaria la fe y poner el alma en sintonía con Cristo, cuyo misterio pascual celebramos.

RATIFICACIÓN DEL COMPROMISO POR LA CAUSA DE JESÚS

La Eucaristía es una celebración revolucionaria cargada de audacia. Por una parte, celebramos la salvación recibida, la salida de la esclavitud de Egipto, del egoísmo a la libertad del amor, del «yo» al «nosotros», del individualismo a la comunidad; esto es una forma de resurrección.

Como señala el relato de la multiplicación, no se entiende una Eucaristía sin la actitud de compartir. A todos corresponde tener la actitud del muchacho que pone en común sus panes y sus peces para que se multipliquen. Juan Pablo II decía en el Congreso Eucarístico de Sevilla: «No se puede celebrar la Eucaristía sin comprometerse con la justicia y con la causa de los pobres». ¡Qué bien lo entendieron los santos Padres! San Juan Crisóstomo se negó a celebrar la Eucaristía en una población que había dejado morir abandonado a un mendigo.

Por la acogida de su palabra y con el alimento de su cuerpo y sangre nos unimos a Cristo muerto en ofrenda al Padre para llevar adelante su Causa. Participamos de Cristo muerto y resucitado para morir con él y resucitar con él. Celebrar la Eucaristía es identificarse con Cristo y comprometerse a continuar su Causa, la Causa del hombre. Quizás, si supiéramos la audacia que entraña celebrar la Eucaristía, renunciaríamos a hacerlo.

Pero la Eucaristía no es sólo la ratificación de nuestro compromiso, sino también una transfusión de sangre divina que da fuerza incluso para el martirio. Esto nos recuerda a nuestros hermanos mártires, quienes espiritualmente «ebrios» por la palabra y la sangre de Cristo iban alegres y animosos al anfiteatro para ser devorados por las fieras. Me recuerda también a los beatos mártires claretianos de Barbastro, quienes nutridos por la Eucaristía celebrada con gran entusiasmo comunitario iban al fusilamiento cantando con indecible alegría.

«¿De dónde sacas tiempo y coraje para tantas cosas?», pregunté a una madre de familia, que participaba diariamente en la Eucaristía. Se trata de una mujer relativamente joven, madre de tres niños, un prodigio de entrega. Es catequista, cuida de su madre y su suegro, bastante enfermos y que requieren muchos cuidados. Saca tiempo para todo. Es como una aparición milagrosa allí donde se la necesita. «¿Qué de dónde saco tiempo y coraje?, me replica. ¿Y de dónde lo sacas tú? De la Eucaristía que compartimos todos los días». «De la Eucaristía dominical -testifican varios miembros de una comunidad viva- salimos fortalecidos y rejuvenecidos para vivir decentemente como cristianos». Para ello es preciso que la vida vaya a la Eucaristía y que la Eucaristía vaya a la vida.

Atilano Alaiz

Lc 9, 11-17 (Evangelio Corpus Christi)

La Eucaristía, experiencia del Reino de Dios

Lucas ha presentado la multiplicación de los panes como una Eucaristía. En este sentido podemos hablar que este gesto milagroso de Jesús ya no se explica, ni se entiende, desde ciertos parámetros de lo mágico o de lo extraordinario. Los cinco verbos del v. 16: “tomar, alzar los ojos, bendecir, partir y dar”, denotan el tipo de lectura que ha ofrecido a su comunidad el redactor del evangelio de Lucas. Quiere decir algo así: no se queden solamente con que Jesús hizo un milagro, algo extraordinario que rompía las leyes de la naturaleza (solamente tenían cinco panes y dos peces y eran cinco mil personas). Por tanto, ya tenemos una primera aproximación. Por otra parte, es muy elocuente cómo se introduce nuestro relato: los acogía, les hablaba del Reino de Dios y los curaba de sus males (v.11). E inmediatamente se desencadena nuestra narración. Por tanto la “eucaristía” debe tener esta dimensión: acogida, experiencia del Reino de Dios y curación de nuestra vida.

Sabemos que el relato de la multiplicación de los panes tiene variantes muy señaladas en la tradición evangélica: (dos veces en Mateo: 14,13-21;15,32-39); (dos en Marcos: 6,30-44; 8,1-10); (una en Juan, 6,1-13) y nuestro relato. Se ha escogido, sin duda, para la fiesta del Corpus en este ciclo por ese carácter eucarístico que Lucas nos ofrece. Incluso se apunta a que todo ocurre cuando el día declinaba, como en el caso de los discípulos de Emaús (24,29) que terminó con aquella cena prodigiosa en la que Jesús resucitado realiza los gestos de la última Cena y desaparece. Pero apuntemos otras cosas. Jesús exige a los discípulos que “ellos les den de comer”; son palabras para provocar, sin duda, y para enseñar también. El relato, pues, tiene de pedagógico tanto como de maravilloso.

La Eucaristía: acogida, experiencia del Reino y curación de nuestra vida. Deberíamos centrar la explicación de nuestro texto en ese sumario introductorio (v. 11), que Lucas se ha permitido anteponer a la descripción de la tradición que ha recibido sobre una multiplicación de los panes. Si la Eucaristía de la comunidad cristiana no es un misterio de “acogida”, entonces no haremos lo que hacía Jesús. Muchas personas necesitan la “eucaristía” como misterio de acogida de sus búsquedas, de sus frustraciones, de sus anhelos espirituales. No debe ser, pues, la “eucaristía” la experiencia de una élite de perfectos o de santos. Si fuera así muchas se quedarían fuera para siempre. También debe ser “experiencia del Reino”; el Reino anunciado por Jesús es el Reino del Padre de la misericordia y, por tanto, debe ser experiencia de su Padre y nuestro Padre, de su Dios y nuestro Dios. Y, finalmente, “curación” de nuestra vida, es decir, experiencia de gracia, de encuentro de fraternidad y de armonía. Muchos vienen a la eucaristía buscando su “curación” y la Iglesia debe ofrecérsela, según el mandato mismo de Jesús a los suyos, en el relato: “dadles vosotros de comer”.

Son posible, desde luego, otras lecturas de nuestro texto de hoy. No olvidemos que en el sustrato del mismo se han visto vínculos con la experiencia del desierto y el maná (Ex 16) o del profeta Eliseo y sus discípulos (2Re 4,42-44). Y además se ha visto como un signo de los tiempos mesiánicos en que Dios ha de dar a su pueblo la saciedad de los dones verdaderos (cf Ex 16,12; Sal 22,27; 78,29; 132, 15; Jr 31,14). De ahí que nos sea permitido no esclavizarse únicamente a un tipo de lectura exclusivamente cultual envejecida. El Oficio de la liturgia del Corpus que, en gran parte, es obra de Sto. Tomás de Aquino, nos ofrece la posibilidad de tener presente estos aspectos y otros más relevantes si cabe. La Eucaristía, sacramento de Cuerpo y la Sangre de Señor, debe ser experiencia donde lo viejo es superado. Por eso, la Iglesia debe renovarse verdaderamente en el misterio de la Eucaristía, donde la primitiva comunidad cristiana encontró fuerzas para ir rompiendo con el judaísmo y encontrar su identidad futura.

Fray Miguel de Burgos Núñez

1Cor 11, 23-26 (2ª lectura Corpus Christi)

La tradición del Señor es vida

El cristianismo primitivo tuvo que hacerse “recibiendo” tradiciones del Señor. Pablo, que no lo conoció personalmente, le da mucha importancia a unas pocas que ha recibido. Y una de esas tradiciones son las palabras y los gestos de la última cena. Porque el apóstol sabía lo que el Vaticano II decía, que “la Iglesia se realiza en la Eucaristía”. Todos debemos reconocer que aquella noche marcaría para siempre a los suyos. Cuando la Iglesia intentaba un camino de identidad distinto del judaísmo, serán esos gestos y esas palabras las que le ofrecerá la oportunidad de cristalizar en el misterio de comunión con su Señor y su Dios. Esta tradición “recibida”, según la mayoría de los especialistas, pertenece a Antioquía (como en Lc 22,19-20), donde los seguidores de Jesús “recibieron” por primera vez el nombre de “cristianos”. Un poco distinta es la de Jerusalén (Mc y Mt).

Los gestos del Señor Jesús eran los que se hacían en cualquier comida judía; incluso si fue un cena pascual, lo que se hacía en aquella fiesta de recuerdo impresionante. Pero lo importante son las “palabras” y el sentido que Jesús pone en los gestos. Jesús, en la noche “en que iba a ser entregado”, se “entregó” él a los suyos. El término es elocuente. En los relatos de la pasión aparece frecuentemente este “entregar”. No obstante lo verdaderamente interesante es que antes de que lo entregaran a la muerte y le quitaran la vida, él la ofreció, la entregó, la donó a los suyos en el pan y en el vino, de la forma más sencilla y asombrosa que se podía alguien imaginar.

¿Por qué se ha proclamar la muerte del Señor hasta su vuelta? ¿Para recordar la ignominia y la violencia de su muerte? ¿Para resaltar la dimensión sacrificial de nuestra redención? ¿Para que no se olvide lo que le ha costado a Jesús la liberación de la humanidad? Muchas cosas, con los matices pertinentes, se deben considerar al respecto. Tienen el valor de la memoria “zikarón” que es un elemento antropológico imprescindible de nuestra propia historia. No hacer memoria, significa no tener historia. Y la Iglesia sabe que “nace” de la muerte de Jesús y de su resurrección. No es simplemente memoria de un muerto o de una muerte ignominiosa, o de un sacrificio terrible. Es “memoria” (zikarón) de vida, de entrega, de amor consumado, de acción profética que se adelanta al juicio y a la condena a muerte de las autoridades; es memoria de su vida entera que entrega en aquella noche con aquellos signos proféticos sin media. Precisamente para que no se busque la vida allí donde solamente hay muerte y condena. Es, por otra parte y sobre todo, memoria de resurrección, porque quien se dona en la Eucaristía de la Iglesia, no es un muerto, ni repite su muerte gestualmente, sino el Resucitado.

Fray Miguel de Burgos Núñez

Gén 14, 18-20 (1ª lectura Corpus Christi)

Un culto sencillo y original

Todos los textos ancestrales de AT tienen algo especial en la tradiciones de Israel, hasta el punto de poder considerar que un texto como el de Melquisedec podría ser una campaña militar, antigua, en la que se ha querido ver que los grandes, en este caso el rey de Salem, también ha querido ponerse a los pies del padre del pueblo, de Abrahán. Con los gestos del pan y el vino que se ofrecen, las cosas más naturales de la tierra, el rey misterioso le otorga a Abrahán un rango sagrado, casi de rey-sacerdote. Será en este sentido cómo la carta a los Hebreos c. 7,1-10 se permitirá hacer una lectura nueva de Jesucristo, de su sacerdocio no-dinástico, absolutamente distinto y original, que no tiene parangón como el sacerdocio ministerial. En el mismo sentido lo había ya intuido el Sal 110,4. Se ha discutido mucho sobre quién es este personaje, incluso tenemos un texto en Qumrán (11Q) que lo ve como un ser celeste.

El valor, pues, de nuestro texto es que sirve como plataforma teológica para un sentido nuevo y una actualización de la religión inaugurada por la vida de Cristo. El hecho de que en esa ofrenda de Melquisedec no se usen animales, sino las cosas sencillas de la tierra, apunta a una dimensión ecológica y personalista. Jesús, antes de morir, ofrecerá su vida ¡tal como suena! en un poco de pan y en un poco de vino. No hacía falta más que la intención misma de entregarse, de donarse, de “pro-existir” para los demás. Con ello se alza una protesta radical contra un culto de sacrificios de animales que no lleva a ninguna parte. Es la vida de Dios y de los hombres la que tiene que estar en comunión. El ser humano se fascina ante lo divino y deja de ser humano muchas veces, pero la “comunión vital” entre Dios y la humanidad no tiene por qué esclavizarnos a un culto externo y a veces inhumano. Porque lo que es inhumano, es antidivino.

En realidad es todo el texto de Heb 7 el que puede generar una lectura interesante en una fiesta como hoy. Quizás muchos hubieran preferido otro texto para esta fiesta. Pero debemos reconocer que la intención de la elección litúrgica del mismo se explica porque el gesto de Melquisedec es como un signo anticipado de los gestos del pan y el vino de Jesús en la última cena con sus discípulos. Se ha hablado que la intención del autor de la carta a los Hebreos era mostrar que el sacerdocio de Cristo, a imagen de Melquisedec, logra una verdadera “téléiôsis”, que se puede traducir de muchas formas, como “perfección” o incluso como “transformación”. Preferimos esto último, porque Jesús, con su vida, con sus palabra, con sus gestos, transforma una religión de culto sacrificial de animales, en una verdadera donación de vida, para introducirnos en la vida misma de Dios.

Fray Miguel de Burgos Núñez

Comentario al evangelio – Lunes XI de Tiempo Ordinario

A lo largo de su vida terrena, Jesús fue desgranando muchos principios de vida. Algunos de ellos resultaban llamativos, extraños y… hasta absurdos. Esa puede ser la primera impresión de quien se acerca a este trozo de evangelio que la Liturgia de hoy nos ofrece. Muestra un brevísimo vademécum de lecciones prácticas para saber afrontar inteligentemente nuestras relaciones con los demás, cuando aquéllas se tornan difíciles. Estas sentencias marcaron la existencia de Jesús y, si conseguimos entenderle bien, deberían marcar también la nuestra:

Su primera enseñanza sustituye de un plumazo el antiguo mandamiento “ojo por ojo, diente por diente”. Es verdad que la ley llamada del talión, establecida en Ex 21,23-25, quería poner freno a la venganza, esa fuerza negra que sigue haciéndose sentir terriblemente, incluso entre quienes se dicen cristianos. Los verdaderos discípulos, sin embargo, somos urgidos a elegir la via de la no-violencia. La fuerza de la argumentación la pone Jesús en evitar enfrentarse al malvado con sus mismas armas. De esta manera, descubre que hay algo más allá de la justicia equitativa. Y deja así abierta la ventana a la suave brisa de la misericordia. ¿Acaso no destruimos a nuestros enemigos cuando los hacemos amigos nuestros?

La segunda enseñanza, con frecuencia tan desacreditada, se sitúa en la misma línea de la anterior. “Si alguno te golpea en la mejilla derecha, preséntale también la otra”. ¿Pretende Jesús que nos expongamos impunemente a las manos del malvado? Así parece sugerirlo. Sin embargo una lectura más a fondo, desvela su sentido: el único remedio para destrozar el mal es devolver el bien. El mal sólo puede ser vencido con el bien. El mal con el mal se multiplica. El mal es, además de violento, contagioso. Sólo con la bondad, la dulzura y la humildad es absorvido y desactivado. Con esta fórmula genial Jesús nos recomienda hacer el bien. Siempre. Devolver el mal, a la corta y a la larga, no es buen negocio. Para convencernos de ello bastaría repasar la historia… o acaso también nuestra propia autobiografía.

La tercera enseñanza pone de relieve la generosidad del compartir. “A quien te pide, dale”. Jesús nos exhorta a no negar nuestros bienes a quien nos pida ayuda. Nos recuerda que dando no perdemos nada; por el contrario, ganaremos para la eternidad, cuando escuchemos la misma voz de Cristo: “Siempre que lo hicísteis con alguno de estos mis pequeños hermanos, conmigo lo hicísteis” (Mt 25,40). Nuestro mundo debería ser como una gran escuela, donde estuviésemos todos sentados en viejos pupitres y Dios, como paciente maestro, escribiera en la pizarra el verbo “amar” y nos enseñase sin descanso a conjugarlo en todas sus formas y tiempos.

Ciudad Redonda

Meditación – San Antonio de Padua

Hoy celebramos la memoria de san Antonio de Padua.

La lectura de hoy es del evangelio de Lucas (Lc 10, 1-9):

En aquel tiempo, el Señor designó a otros setenta y dos, y los envió de dos en dos delante de sí, a todas las ciudades y sitios a donde Él había de ir. Y les dijo: «La mies es mucha, y los obreros pocos. Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies. Id; mirad que os envío como corderos en medio de lobos. No llevéis bolsa, ni alforja, ni sandalias. Y no saludéis a nadie en el camino. En la casa en que entréis, decid primero: ‘Paz a esta casa’. Y si hubiere allí un hijo de paz, vuestra paz reposará sobre él; si no, se volverá a vosotros. Permaneced en la misma casa, comiendo y bebiendo lo que tengan, porque el obrero merece su salario. No vayáis de casa en casa. En la ciudad en que entréis y os reciban, comed lo que os pongan; curad los enfermos que haya en ella, y decidles: ‘El Reino de Dios está cerca de vosotros’».

Hoy, día de san Antonio, vemos en el Evangelio cómo Jesús envía a 72 discípulos a predicar, de una manera simple y evangélica. En primer lugar, esta predicación ha de ser pacífica y pacificadora: «Paz a esta casa» (Lc 10,5). Y, en segundo lugar, el tema de la prédica ha de ser el anuncio del Reino: «El Reino de Dios está cerca de vosotros» (Lc 10,9). Ésta es la manera como Jesús predicaba con su palabra, con sus parábolas y con toda su vida.

Antonio fue un gran predicador y anunció el Reino de esta forma evangélica; y lo hacía desde un conocimiento profundo, meditado y vivido del Evangelio. San Francisco le escribió una carta dándole el encargo de enseñar la teología a los frailes jóvenes, instruyéndoles también sobre cómo había de ser su predicación cuando iban por el mundo. Les decía: «La predicación se ha de hacer con las palabras que da el Espíritu Santo y no sacarlas de la propia cosecha. La palabra es viva cuando hablan las obras. Menos palabras, os lo suplico, y que hablen las obras».

El papa Francisco daba unos consejos parecidos a unos sacerdotes noveles, el día de su ordenación, y les recomendaba esto: «Leed y meditad asiduamente la palabra de Dios, para creer lo que habéis leído, para enseñar lo que habéis aprendido, ¡y para vivir lo que habéis enseñado». ¡No se puede decir más en tan pocas palabras!

Nosotros, los cristianos, somos enviados por Jesús, como lo fueron esos 72 discípulos, con la misión de predicar la paz y anunciar el Reino: hagámoslo, como nos dice san Antonio, con un buen bagaje del Evangelio, con palabras del Espíritu Santo, y sobre todo con las obras. Y tal como nos dice el Papa: leamos y meditemos el Evangelio y enseñemos viviendo lo que hemos meditado y leído. Y no olvidemos que el Evangelio que meditamos, predicamos y vivimos con las obras, es la misma persona de Jesús.

+ Fray Josep Mª MASSANA i Mola OFM