Comentario – Miércoles XI de Tiempo Ordinario

Mt 6, 1-6; 16-18

Si queréis ser justos, evitad el hacer vuestras obras de piedad delante de la gente para llamar la atención; si no, os quedáis sin paga de vuestro Padre del cielo.

Un principio esencial. Una fuente de paz infinita. Que vuestra vida sea «en la interioridad»

No busquéis el elogio, ni la aprobación, ni la recompensa… No temáis la reprobación, ni el olvido, ni la ingratitud. Vivir con Dios, para El… ante El… en su presencia. ¡ Atención ! No se trata con ello de encerrarse en sí mismo, en una especie de satisfacción orgullosa e íntima: «Yo tengo razón… Dios piensa como yo… los otros pueden pensar como quieran…» Esto sería la caricatura del pensamiento de Jesús. El objetivo de Jesús es el desprendimiento completo de sí: es un dejarse juzgar por Dios, dejarse interrogar por El, dejarse impugnar por Dios. Es una exigencia mucho más fuerte y más radical que la de los hombres: ¡agradar a Dios exige un desprendimiento de sí infinitamente mayor que el de agradar a los hombres! Pero esta exigencia es apaciguadora porque procede del interior… no busca vanidad ni ventajas humanas.

Cuando des limosna, cuando reces, cuando ayunes… no lo anuncies, no hagas de ello un espectáculo como los que buscan que la gente los alabe.

Cuidado: guardaos de practicar vuestra religión para llamar la atención de los demás.

Los más hermosos gestos de la verdadera religión -la limosna, la oración, el ayuno pueden, por desgracia, ser desviados de su sentido: resulta entonces una búsqueda de sí mismo… La hipocresía religiosa es la peor de todas pues falsea una de las mayores virtudes y aparta de Dios a los hombres sencillos.

¡Señor, que ninguna de mis obras de caridad, que ninguno de mis gestos de práctica religiosa alejen a los hombres de ti!

Cuando des limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha… Cuando quieras rezar, entra en tu cuarto y echa la llave… Cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara…

Jesús recomienda el máximo «secreto».

Que tu caridad sea invisible, que también lo sea tu oración, que tus sacrificios no aparezcan… que nadie pueda notarlos, salvo Dios.

Los fariseos del tiempo de Jesús eran gentes sin duda admirables por sus regularidades y fidelidades… Jesús no les reprocha «lo que hacen bien», sino su «manera de hacerlo» para dar lecciones a los demás. En este sentido hay siempre fariseos… e incluso hay un fariseo en cada uno de nosotros… ¡que le gusta ponerse en primera fila! Aquí también, hay que procurar poner en práctica los consejos de Jesús: hacer gestos de caridad verdadera que nadie no renocerá y que uno mismo procurará olvidar… rezar en un lugar retirado, en el que nadie podrá ser testigo del tiempo que pasamos en oración… renunciar a las ventajas, sacrificar algunas cosillas, a las que tenemos derecho, sin que nadie pueda darse cuenta ni adivinarlo.

Y tu Padre que ve lo escondido, te recompensará.

Me agrada esta definición tan simple de Dios: «El que ve lo escondido, lo invisible»… Es una noción de Dios muy popular. Mucha gente sencilla tiene esta idea de Dios. Esta noción es a veces desviada de su verdadero sentido, cuando se toma en su sentido negativo, cuando decimos: «Cuidado, Dios te ve incluso cuando te escondes»… Dios es «el coco», ¡el que asusta a los niños pequeños! Notemos que Jesús emplea esta noción en un sentido positivo: no es ante todo un Dios que castiga las tonterías escondidas, es un Dios que sabe ver y recompensar todo lo que está escondido, todo lo que ¡los hombres no saben ver! ¡Maravilloso Dios! ¡Maravilloso Padre! ¡Dios atento a todo! ¡Padre lleno de bondad y delicadeza! Padre que no olvida nada de todo lo bueno que podemos hacer… sobre todo si nos olvidamos de nosotros mismos.

Noel Quesson
Evangelios 1