Lectio Divina – Jueves XI de Tiempo Ordinario

Vosotros, pues, orad así: Padre nuestro

1.-Oración introductoria.

Hoy, Señor, te pido que me enseñes a orar. Los judíos rezaban mucho, pero estaban muy lejos de la oración de Jesús. Yo te pido que me enseñes a orar como oraba Jesús: con aquella sencillez, humildad, confianza y ternura con que un niño habla con su Papá. De esta manera mi oración me llevará hasta el mismo corazón del Padre.

2.- Lectura reposada del texto bíblico. Mateo 6, 7-15

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: Y al orar, no charléis mucho, como los gentiles, que se figuran que por su palabrería van a ser escuchados. No seáis como ellos, porque vuestro Padre sabe lo que necesitáis antes de pedírselo. Vosotros, pues, orad así: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu Nombre; venga tu Reino; hágase tu Voluntad así en la tierra como en el cielo. Nuestro pan cotidiano dánosle hoy; y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros hemos perdonado a nuestros deudores; y no nos dejes caer en tentación, mas líbranos del mal. Que si vosotros perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas.

3.- Qué dice el texto.

Meditación-reflexión

Tal vez el haber dejado la oración sea uno de los males peores de nuestro cristianismo actual. La oración cristiana es sumamente fácil: sólo hace falta una cosa: “dejarse querer por Dios”. Cuando Jesús subía al monte a orar se sentía fuertemente atraído por la ternura del Padre. Para Jesús, orar era algo así como “empaparse de cariño”. Por eso, al querer expresarnos esa experiencia, tiene que acudir a la palabra aramea ABBA. Es el Talmud, el libro que recoge las tradiciones judías, el que nos dice: “Cuando un niño experimenta el gusto del trigo (se le desteta y se le da papilla) lo primero que aprende a decir es: Abbá e Imma, es decir, papá y mamá. Esta palabra nunca se utilizaba en las oraciones de los judíos.  Cuando Jesús nos enseñó esta sublime oración no nos dejó una doctrina sino una experiencia suya con el Padre. Orar es hacer experiencia de Dios, sentirse amado, abrazado, estrechado por nuestro Padre. Todos los santos han quedado fascinados por esta oración. “Nada más pronunciar esta primera palabra comienzan a activarse las relaciones que van de Padre a Hijo y sentimos que el corazón del Padre se abre y que el nuestro se inflama” (San Agustín). Y Santa Teresa de Jesús: “Ocurrirá muchas veces que con sólo decir “Padre” entremos en oración contemplativa… En comenzando nos henchís las manos… ¿Cómo dais tanto con la primera palabra?”

Palabra del Papa.

“Si por tanto hay algunos que puede explicar hasta el fondo la oración de “Padre nuestro”, enseñada por Jesús, estos son precisamente quienes viven en primera persona la paternidad. Sin la gracia que viene del Padre que está en los cielos, los padres pierden valentía y abandonan el campo. Pero los hijos necesitan encontrar un padre que les espera cuando vuelven de sus fracasos. Harán de todo para no admitirlo, para no mostrarlo, pero lo necesitan: y el no encontrarlo abre en ellos heridas difíciles de sanar. La Iglesia, nuestra madre, está comprometida con apoyar con todas sus fuerzas la presencia buena y generosa de los padres en las familias, porque ellos son para las nuevas generaciones cuidadores y mediadores insustituibles de la fe en la bondad, en la fe y en la justicia y en la protección de Dios, como san José” (S.S. Francisco, audiencia del 4 de febrero de 2015,).

4.- Qué me dice hoy a mí esta palabra evangélica ya meditada. (Guardo silencio)

5.- Propósito: Rezar despacio el Padre Nuestro como si lo hiciera por primera vez.

6.- Dios me ha hablado hoy a mí a través de su Palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración.

Gracias, Dios mío, porque hoy he aprendido a orar. Gracias porque he descubierto que la oración no es cuestión de mucha reflexión y muchas palabras que me cargan la cabeza. Es algo muy sencillo. Me pondré delante de Dios como un niño, me sentaré en sus rodillas, y le dejaré que me dé todos los besos y abrazos que Él me quiera dar. Al final me sentiré la persona más feliz del mundo. Eso es precisamente la oración cristiana.

ORACIÓN DEL PAPA FRANCISCO POR UCRANIA

Tú que nos enseñaste que a la diabólica insensatez de la violencia se responde con las armas de Dios, con la oración y el ayuno, ten piedad de nosotros, aleja la guerra y demás violencias malignas y permítenos llegar a soluciones aceptables y duraderas a esta crisis, basadas no en las armas, sino en un diálogo profundo.

Comentario – Jueves XI de Tiempo Ordinario

Mt 6, 715

En el Sermón de la Montaña, Mateo agrupó algunos consejos sobre la oración, dados por Jesús en diversas ocasiones.

Cuando reces, retírate a tu cuarto.

Hay dos clases de plegarias: la plegaria «litúrgica», que es oficial, pública, comunitaria… y la plegaria «personal», que está escondida en Dios.

La plegaria personal es el signo de la sinceridad y veracidad de la litúrgica.

La persona que no hiciera jamás oración a solas con Dios, mostraría que su participación a las «prácticas religiosas» exteriores carece de valor profundo.

Pero, Señor, yo no debo juzgar a los demás; pero sí he de preguntarme. ¿acostumbro a orar retirado en mi cuarto ? en lo secreto…

Cuando recéis, no seáis palabreros como los paganos, que se imaginan que por hablar mucho les harán más caso.

Si falto a menudo a mi oración personal, es quizá porque caigo en el defecto del que habla Jesús: digo palabras, las multiplico, ¡soy machacón! Entonces tengo hastío de mi mismo, siento un gran vacío.

Haz que descubra, Señor, esa verdadera plegaria de la que Tú nos hablas y que, semi silenciosa, va de corazón a corazón. Es ¡estar con Dios, sin más!

¡Ayúdame, Señor, a no ser un repetidor de palabras! Hay días de mucha fatiga en los que uno no puede hacer más que repetir plegarias ya compuestas, y siempre las mismas… pero esto no debe ser lo normal. Es necesario que, habitualmente, mi plegaria surja del fondo de mi corazón, nueva cada vez.

¿Me contento con utilizar sólo plegarias ya hechas? O bien ¿hablo a Dios con mis propias palabras, lo más a menudo posible?

Si perdonáis sus culpas a los demás, también vuestro Padre del cielo os perdonará a vosotros.

Jesús tiene mucho empeño en este tema, que volverá a tratar de modo muy riguroso en una parábola despiadada. (Mateo 18, 23) La oración no puede estar separada de la vida: la actitud de perdón, el amor a los enemigos que Jesús nos ha pedido, viene impuesta por la actitud de Dios con nosotros.

Vosotros rezad así: Padre nuestro…

Santa Teresa escribe que le bastaban a menudo estas dos palabras para hacer una larga oración… Un Dios Padre… un Dios Amor… un Dios que me ama.

Que estás en los cielos… Santificado sea tu nombre…

Este Dios tan cercano, tan familiar, es también el completamente otro.

De hecho no se puede localizar a Dios: es una imagen el decir que está en el cielo… de hecho no está ni aquí ni allí, ¡está en todas partes! Esta fórmula significa que reconocemos que Dios está «más allá» del mundo visible y que respetamos su grandeza, su santidad, su trascendencia…

Que llegue a nosotros tu reino, que tu voluntad se haga…

Todo está dicho en esta fórmula. ¿Cómo se la podría pronunciar con la punta de la lengua, sin procurar también realizarla por los detalles de nuestra vida?

Nuestro pan de cada día, dánoslo HOY.

Resumen de todas nuestras humildes necesidades humanas. En esto también nuestra vida debe corresponder a nuestra oración: ¿cómo no nos esforzaremos en satisfacer las necesidades de nuestros hermanos, tantos de ellos hambrientos y desnutridos?

Perdónanos nuestras deudas que también nosotros…

Consideremos con atención esta petición.

Y no nos dejes caer en la tentación, sino líbranos del Mal.

Densidad de esta petición… religada también a nuestras fibras vitales.

Noel Quesson
Evangelios 1

Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo

¡Oh banquete precioso y admirable! -Sto. Tomás de Aquino.

Esta fiesta conmemora la institución de la Santa Eucaristía el Jueves Santo con el fin de tributarle a la Eucaristía un culto público y solemne de adoración, amor y gratitud.

Por eso se celebraba en la Iglesia Latina el jueves después del domingo de la Santísima Trinidad. En los Estados Unidos y en otros países la solemnidad se celebra el domingo después del domingo de la Santísima Trinidad.

La Solemnidad de Corpus Christi se remonta al siglo XIII.

Dos eventos extraordinarios contribuyeron a la institución de la fiesta: Las visiones de Santa Juliana de Mont Cornillon y El milagro Eucarístico de Bolsena/Orvieto.

Urbano IV, amante de la Eucaristía, publicó la bula “Transiturus” el 8 de septiembre de 1264, en la cual, después de haber ensalzado el amor de nuestro Salvador expresado en la Santa Eucaristía, ordenó que se celebrara la solemnidad de “Corpus Christi” en el día jueves después del domingo de la Santísima Trinidad, al mismo tiempo otorgando muchas indulgencias a todos los fieles que asistieran a la santa misa y al oficio. Este oficio, compuesto por el doctor angélico, Santo Tomás de Aquino, por petición del Papa, es uno de los más hermosos en el breviario Romano y ha sido admirado aun por Protestantes.

La muerte del Papa Urbano IV (el 2 de octubre de 1264), un poco después de la publicación del decreto, obstaculizó que se difundiera la fiesta. La fiesta fue aceptada en Cologne en 1306.

El Papa Clemente V tomó el asunto en sus manos y en el concilio general de Viena (1311), ordenó una vez más la adopción de esta fiesta. Publicó un nuevo decreto incorporando el de Urbano IV. Juan XXII, sucesor de Clemente V, instó su observancia.

Procesiones. Ninguno de los decretos habla de la procesión con el Santísimo como un aspecto de la celebración. Sin embargo estas procesiones fueron dotadas de indulgencias por los Papas Martín V y Eugenio IV y se hicieron bastante comunes en a partir del siglo XIV. 

El Concilio de Trento declara que muy piadosa y religiosamente fue introducida en la Iglesia de Dios la costumbre, que todos los años, determinado día festivo, se celebre este excelso y venerable sacramento con singular veneración y solemnidad, y reverente y honoríficamente sea llevado en procesión por las calles y lugares públicos. En esto los cristianos atestiguan su gratitud y recuerdo por tan inefable y verdaderamente divino beneficio, por el que se hace nuevamente presente la victoria y triunfo de la muerte y resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. 

Juan Pablo II ha exhortado a que se renueve la costumbre de honrar a Jesús en este día llevándolo en solemnes procesiones.

En la Iglesia griega la fiesta de Corpus Christi es conocida en los calendarios de los sirios, armenios, coptos, melquitas y los rutinios de Galicia, Calabria y Sicilia.

Las visiones de santa Juliana de Month Cornillón

Santa Juliana de Mont Cornillón, por aquellos años priora de la Abadía, fue la enviada de Dios para propiciar esta Fiesta. La santa nace en Retines cerca de Liège, Bélgica en 1193. Quedó huérfana muy pequeña y fue educada por las monjas Agustinas en Mont Cornillon. Cuando creció, hizo su profesión religiosa y más tarde fue superiora de su comunidad. Murió el 5 de abril de 1258, en la casa de las monjas Cistercienses en Fosses y fue enterrada en Villiers.

Desde joven, Santa Juliana tuvo una gran veneración al Santísimo Sacramento. Y siempre anhelaba que se tuviera una fiesta especial en su honor. Este deseo se dice haber intensificado por una visión que tuvo de la Iglesia bajo la apariencia de luna llena con una mancha negra, que significaba la ausencia de esta solemnidad.

Juliana comunicó estas apariciones a Mons. Roberto de Thorete, el entonces obispo de Lieja, también al docto Dominico Hugh, más tarde cardenal legado de los Países Bajos y a Jacques Pantaleón, en ese tiempo archidiácono de Lieja, más tarde Papa Urbano IV.

El obispo Roberto se impresionó favorablemente y, como en ese tiempo los obispos tenían el derecho de ordenar fiestas para sus diócesis, invocó un sínodo en 1246 y ordenó que la celebración se tuviera el año entrante; al mismo tiempo el Papa ordenó, que un monje de nombre Juan escribiera el oficio para esa ocasión. El decreto está preservado en Binterim (Denkwürdigkeiten, V.I. 276), junto con algunas partes del oficio.

El milagro de Bolsena

En el siglo XIII, el sacerdote alemán, Pedro de Praga, se detuvo en la ciudad italiana de Bolsena, mientras realizaba una peregrinación a Roma. Era un sacerdote piadoso, pero dudaba en ese momento de la presencia real de Cristo en la Hostia consagrada. Cuando estaba celebrando la Misa junto a la tumba de Santa Cristina, al pronunciar las palabras de la Consagración, comenzó a salir sangre de la Hostia consagrada y salpicó sus manos, el altar y el corporal.

El sacerdote estaba confundido. Quiso esconder la sangre, pero no pudo. Interrumpió la Misa y fue a Orvieto, lugar donde residía el Papa Urbano IV.

El Papa escuchó al sacerdote y mandó a unos emisarios a hacer una investigación. Ante la certeza del acontecimiento, el Papa ordenó al obispo de la diócesis llevar a Orvieto la Hostia y el corporal con las gotas de sangre.

Se organizó una procesión con los arzobispos, cardenales y algunas autoridades de la Iglesia. A esta procesión, se unió el Papa y puso la Hostia en la Catedral. Actualmente, el corporal con las manchas de sangre se exhibe con reverencia en la Catedral de Orvieto.

A partir de entonces, miles de peregrinos y turistas visitan la Iglesia de Santa Cristina para conocer donde ocurrió el milagro.

En Agosto de 1964, setecientos años después de la institución de la fiesta de Corpus Christi, el Papa Paulo VI celebró Misa en el altar de la Catedral de Orvieto. Doce años después, el mismo Papa visitó Bolsena y habló en televisión para el Congreso Eucarístico Internacional. Dijo que la Eucaristía era “un maravilloso e inacabable misterio”.

Revista La Vid 2022

Hoy sale Jesús a la calle

1. – Hoy el Jesús escondido y callado de los sagrarios y de las iglesias deja de serlo. Sale a la calle entre luces, cantos y flores, pero no es una procesión más, no es un acto de piedad más o menos discutible.

Detrás de esto hay o debe estar la fe, la convicción maravillosa de que el mismo Jesús, que circuló por calles y plazas de Judea y Galilea, ese mismo Jesús vive en nuestras ciudades. Es vecino nuestro. Sabemos dónde podemos encontrarle, podemos escribir su dirección en nuestra agenda. No le falta más que tener el Documento Nacional de Identidad, el DNI, porque está sobre toda nación y frontera.

Hermanos, estas no son afirmaciones líricas, retóricas o piadosas. Es simplemente lo que vosotros y yo creemos, al menos, con la cabeza. Es decir, que la presencia de Jesús en la Eucaristía es tan real como que vosotros estáis ahí y yo aquí.

2. – ¿Tiene Jesús la realidad, la concreción que tiene un amigo?

— ¿Nos acordamos de Él?

— ¿Le hacemos una visita informal o lo dejamos para el domingo?

— ¿Le contamos nuestras cosas o le rezamos?

— ¿Cuenta en nuestra vida día a día?

— ¿Hablamos de Él con los demás? ¿Cómo sale en nuestra conversación el nombre de

nuestro amigo?

3. – Jesús en la Eucaristía es centro de unidad para todos nosotros.

—No sólo es ese lazo externo que nace de un amor común a un amigo mismo.

—No es sólo que la Eucaristía es un convite familiar en el que todos los hermanos nos sentamos alrededor de la misma mesa.

Es que Jesús es Eucaristía al dársenos en alimento. Es su forma de darnos una misma vida. Todos los comensales de esa misma mesa empezamos a vivir de un mismo principio de vida, que es la vida del mismo Dios, como la madre y el niño de sus entrañas.

¿Nos damos cuenta de la unión que esto produce? ¿La hermandad real que existe entre nosotros? Si por ese principio de vida nos llamamos en verdad hijos de Dios —como el hijo lo es de la madre— por la misma razón real somos verdaderos hermanos.

Esta hermandad no es un titulillo, ni blandengue, ni romántico, ni político. No tiene nada que ver con la tan cacareada “igualdad y fraternidad del pueblo”. No tiene que ver con las urnas. Tiene que ver con la esencia misma de nuestro ser espiritual.

4. — Por eso, desde siempre, no se puede separar Eucaristía y Hermandad. Por eso se reunían los cristianos trayendo cada uno lo que podía para comerlo todos juntos ante el altar. Por eso se recogían alimentos y ropas, para los que no podían asistir y estaban necesitados y lo recaudado se le llevaba después de la Eucaristía. Por eso se ha llegado a decir que no puede haber Eucaristía verdadera si no hay hermandad.

Examinemos todos:

— ¿Es verdad que después de cada Eucaristía salimos más hermanos?

— ¿Cuándo nos dicen “podéis ir en paz” nos sentimos relajados por haber cumplido una semana más o realmente nos llevamos esa paz y vida de Cristo en nosotros y la repartimos con los demás?

La misa, la Eucaristía, el convite de hermanos no acaba con el “podéis ir en paz”. La Eucaristía se prolonga por calles y plazas, por barrios y casas como la Procesión del Corpus, porque llevando a Cristo en nosotros debemos llevar su paz y amor a todo aquel que encontremos en nuestra vida diaria.

José María Maruri, SJ

Construyendo utopía

Llegará un día en que nosotros,
tú y yo, y ellos…
¡todos! seremos todo para todos;
y no habrá murallas,
ni dobles contabilidades,
ni tarjetas opacas, ni cajas fuertes,
ni burocracia interminable…
pues no habrá que esconder nada
ni guardar ningún secreto,
ni defender propiedades privadas…
porque el mundo será la casa de todos,
y la luz brillará en todos,
y todos buscaremos el bien para todos,
y nos sentiremos felices viviendo libres,
como hermanos e iguales…

Y las guerras, las batallas, las contiendas,
los combates, las pugnas, las luchas,
las peleas, las riñas, las disputas
las oposiciones, los concursos,
las competencias… entre unos y otros,
entre el fuerte y el débil, pasarán…
porque nos atraerá más
la unión y el apoyo,
el andar juntos,
el gustar los abrazos
que el ser lobos unos para otros…;
y no habrá vencedores ni vencidos,
ni pobres ni ricos,
ni sabios ni ignorantes,
ni ciudadanos ni extranjeros…
pues todos seremos tus hijos e hijas
y viviremos como hermanos.

Pero ahora, mientras tanto,
hay que hacer que llegue ese día,
practicando, con fe y esperanza,
la utopía,
y dejando que el Evangelio
haga germinar, en nuestras entrañas,
y en el corazón de la sociedad,
el futuro que Tú nos prometes cada mañana…

Florentino Ulibarri

Misa del domingo

Desde hace siete siglos el jueves siguiente a la fiesta de la Santísima Trinidad ha sido dedicado a una especial veneración de la Santísima Eucaristía. Es el día en que se celebra la fiesta del Corpus Christi, la fiesta del Cuerpo y Sangre de Cristo. Se celebra el jueves, por ser éste el día en que el Señor instituyó la santa Eucaristía la noche de la Última Cena. Por razones pastorales, esta fiesta en algunos lugares se traslada al siguiente Domingo.

El día que celebramos la fiesta del Corpus Christi el Señor realmente Presente en el pan y vino consagrados no permanece en nuestras iglesias, «sino que también caminamos con la mirada fija en la Hostia eucarística, juntos todos en procesión, que es un símbolo de nuestra peregrinación con Cristo en la vida terrena. Caminamos por las plazas y calles de nuestras ciudades, por esos caminos nuestros en los que se desarrolla normalmente nuestra peregrinación. Allí donde viviendo, trabajando, andando con prisas, lo llevamos en lo íntimo de nuestros corazones, allí queremos llevarlo en procesión y mostrárselo a todos, para que sepan que, gracias al Cuerpo del Señor, todos pueden tener en sí la vida» (S.S. Juan Pablo II, Homilía en la fiesta del Corpus Christi, 8/6/1980).

La multiplicación milagrosa de los panes (Evangelio) es una prefiguración de otro Milagro muchísimo más asombroso: anuncia el don salvífico de la Eucaristía, inaudito Milagro del Amor divino por el cual el pan y el vino que consagra el sacerdote en la santa Misa se transforman verdaderamente en el Cuerpo y en la Sangre de Cristo, haciéndose el Señor Jesús realmente presente en medio de la asamblea y ofreciéndose al peregrino en la fe como comida y bebida para la vida eterna. De este modo el Señor mismo se constituye, para quien lo come debidamente preparado (ver 1 Cor 11, 29), garantía de resurrección: «Yo soy el Pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este Pan, vivirá para siempre; y el Pan que yo le voy a dar, es mi Carne por la vida del mundo» (Jn 6, 51).

La expresión cuerpo y sangre es un semitismo que quiere decir lo mismo que la totalidad de la persona. En las especies eucarísticas, el Señor Jesús está presente todo entero en cada una de las especies y en cada parte de ellas.

Este Milagro de amor lo realizó el Señor por primera vez la noche de la Última Cena, antes de ofrecer su Cuerpo y Sangre en el Altar de la Cruz reconciliadora. Un breve relato de la institución de este Sacramento lo trae San Pablo en su carta a los corintios (2ª. lectura): «el Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó pan, y después de dar gracias, lo partió y dijo: “Éste es mi Cuerpo que se da por vosotros; haced esto en recuerdo mío”. Asimismo también la copa después de cenar diciendo: “Esta copa es la Nueva Alianza en mi Sangre”».

No faltan en la antigua Alianza prefiguraciones significativas de la Eucaristía, entre las cuales es muy elocuente la que se refiere al sacerdocio de Melquisedec, cuya misteriosa figura y sacerdocio singular evoca la primera lectura. «Melquisedec, “sacerdote del Altísimo”, es considerado por la Tradición cristiana como una prefiguración del sacerdocio de Cristo, único “Sumo Sacerdote según el orden de Melquisedec” (Heb 5, 10; 6, 20), “santo, inocente, inmaculado” (Heb 7, 26), que, “mediante una sola oblación ha llevado a la perfección para siempre a los santificados” (Heb 10, 14), es decir, mediante el único sacrificio de su Cruz» (Catecismo de la Iglesia Católica, 1544). Como ésta, «todas las prefiguraciones del sacerdocio de la Antigua Alianza encuentran su cumplimiento en Cristo Jesús, “único mediador entre Dios y los hombres” (1 Tim 2, 5)» (allí mismo).

Y como hemos dicho ya, el milagro de la multiplicación de los panes encuentra su cumplimiento en el Sacrificio, único y realizado una vez por todas, que el Señor Jesús, sumo y eterno Sacerdote, ofreció en el Altar de la Cruz para la reconciliación de toda la humanidad con Dios (ver 2 Cor 5, 19). De esta reconciliación fundamental procede también la reconciliación del hombre consigo mismo, con los demás hermanos humanos y con la creación entera. Aquel sacrificio cruento ofrecido por Cristo en el Altar de la Cruz «se hace presente en el sacrificio eucarístico de la Iglesia» (Catecismo de la Iglesia Católica, 1545). Desde la noche de la Última Cena la celebración de cada Eucaristía obedece al deseo y mandato del Señor: «Haced esto en memoria mía» (Lc 22, 19).

Además del milagro de la multiplicación de los panes el discurso de Cristo en la sinagoga de Cafarnaúm (ver Jn 6, 51ss) representa la culminación de las profecías del Antiguo Testamento y, al mismo tiempo, anuncia su cumplimiento, que se realizará en la Última Cena. En aquella ocasión las palabras del Señor constituyeron una dura prueba de fe para quienes las escucharon, e incluso para los Apóstoles, pues les resultaba demasiado duro creer aquello: «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?» (Jn 6, 52).

LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

Ensayemos un cuestionamiento que podrían lanzar los que no creen en la presencia de Cristo en la Eucaristía a los católicos de hoy: “si ustedes afirman y sostienen que ese pan consagrado que adoran es Cristo, Dios que hace dos mil años se encarnó de una Virgen, nació de parto virginal, anunció la salvación a todos los hombres y por amor se dejó clavar como un malhechor en una Cruz; si sostienen y afirman que Él resucitó al tercer día y subió a los cielos para sentarse a la derecha del Padre, y que lo que ahora adoran es ese mismo Dios-hecho-hombre que murió y resucitó, en su Cuerpo y en su Sangre, entonces ¿por qué su vida refleja tan pobremente eso que dicen creer? ¿Cuántos de ustedes viven como nosotros? Aunque van a Misa los Domingos y comulgan cuando y cuanto pueden aun sin confesarse, en la vida cotidiana olvidan a su Dios y se hincan ante nuestros ídolos del dinero y riquezas, de los placeres y vanidades, del poder y dominio, se impacientan con tanta facilidad y maltratan a sus semejantes, se dejan llevar por odios y se niegan a perdonar a quienes los ofenden, se oponen a las enseñanzas de la Iglesia que no les acomodan, incluso le hacen la vida imposible a sus hijos cuando —cuestionando vuestra mediocridad con su generosidad— quieren seguir al Señor con “demasiado fanatismo”. ¿Viven así y afirman que Dios está en la Hostia? ¿Por qué creer lo que afirman, si con su conducta niegan lo que con sus labios enseñan? Bien se podría decir lo que Dios reprochaba a Israel, por medio de su profeta Isaías: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. En vano me rinden culto” (Mt 15, 8-9)”.

Este duro cuestionamiento es también una invitación a preguntarme yo mismo: ¿Dejo que el encuentro con el Señor, verdaderamente presente en la Eucaristía, toque y transforme mi existencia? Nutrido del Señor, de su amor y de su gracia, ¿procuro que mi vida entera, pensamientos, sentimientos y actitudes, sea un fiel reflejo de la Presencia de Cristo en mí? ¿Encuentro en cada Comunión o visita al Señor en el Santísimo Sacramento un impulso para reflejar al Señor Jesús con una conducta virtuosa, para vivir más la caridad, para rechazar con más firmeza y radicalidad el mal y la tentación, para anunciar al Señor y su Evangelio?

Si de verdad creo que el Señor está presente en la Eucaristía y que se da a mí en su propio Cuerpo y Sangre para ser mi alimento, ¿puedo después de comulgar seguir siendo el mismo, la misma? ¿No tengo que cambiar, y fortalecido por tu presencia en mí, procurar asemejarme más a Él en toda mi conducta? El auténtico encuentro con el Señor necesariamente produce un cambio, una transformación interior, un crecimiento en el amor, lleva a asemejarnos cada vez más a Él en todos nuestros pensamientos, sentimientos y actitudes. Si eso no sucede, mi Comunión más que un verdadero Encuentro con Cristo, es una mentira, una burla, un desprecio a Aquel que nuevamente se entrega a mí totalmente en el sacramento de la Comunión.

¿Experimento esa fuerte necesidad e impulso de la gracia que me invita a reflejar al Señor Jesús con toda mi conducta cada vez que lo recibo en la Comunión, cada vez que me encuentro con Él y lo adoro en el Santísimo Sacramento? Si reconozco al Señor realmente presente en la Eucaristía, debo reflejar en mi conducta diaria al Señor a quien adoro, a quien recibo, a quien llevo dentro. Sólo así muchos más creerán en este Milagro de Amor que nos ha regalado el Señor.

Conscientes de que es el mismo Señor Jesús el que está allí en el Tabernáculo por nosotros, no dejemos de salir al encuentro, renovadamente maravillados, del dulce Jesús que nos espera en el Santísimo. Las visitas al Santísimo son una singular ocasión para estar junto al Señor Jesús, realmente presente en el Sagrario, dejándonos ver y abriendo los ojos del corazón a Él, escuchándolo en el susurro silencioso de su hablar y haciéndole saber cuanto vivimos, y necesitamos, y agradecemos.

Notas para fijarnos en el evangelio

• Jesús, en los Evangelios y en la vida, hace continuamente las dos cosas que describe el v. 11: “hablar —anunciar— del Reino de Dios” y “curar a los que lo necesitaban” (Lc 5,15.1 7; 6,18; 9,11). Palabra y acción. Palabra eficaz, no palabra vacía. Es decir, Palabra inseparable de la acción, acción inseparable del Anuncio. También lo podemos decir de otras maneras: “el Reino de Dios” (11) que se anuncia se hace presente en la acción.

• Por eso podemos decir, también, que la presencia de Jesús —que “habla” y “cura” (11)— es ya la presencia del “Reino de Dios” (11).

• Los “cinco panes” y los “dos peces” (13) “servidos” (16) a un “gentío” (14) se convierten en signo de la presencia del Reino.

• Refuerza esa idea el trasfondo que hay del Antiguo Testamento, donde hallamos anuncios proféticos que hablan de la abundancia de los tiempos mesiánicos con la imagen del banquete —como aquí, donde “comieron todos y se saciaron” (17)—: En aquel día preparará el Señor de los ejércitos, para todos los pueblos, en este monte, un festín de manjares suculentos, vinos generosos. Y arrancará en este monte el velo que cubre a todos los pueblos, el paño que tapa a todas las naciones. Aniquilará la muerte para siempre [….] el oprobio de su pueblo lo alejará de todo el país [….] Aquel día se dirá: “Aquí está nuestro Dios […] celebremos y go- cemos con su salvación” (Is 25,6ss). Por otra parte, el Antiguo Testamento tiene textos paralelos a éste (2Re 4,42-44). Y otros en los que Dios alimenta a su pueblo en pleno desierto (Ex 16; Dt 8,3.16; Sl 78,24-25.29; 105,40; Sab 16,20-26).

• La nota del evangelista, cuando dice que “comieron todos y se saciaron” (17), es para indicar —siendo anuncio de que el Reino de Dios ya está aquí, que ya lo preguntamos ahora—, que todos están llamados a Él, empezando por los pobres.

• “Las sobras” (17) son signo de la generosidad de Dios manifestada en Jesús.

• Los “doce cestos” (17) hacen alusión a los “Doce” (12). Son, los “doce”, el signo del conjunto, de la totalidad de los convocados al banquete del Reino. Representan a toda la Iglesia, la que Dios convoca.

– En cuanto a las actitudes que refleja el texto, los “doce” parece que quieren resolver los pro- blemas “despidiendo a la gente” (12). Es una tentación que tenemos todos —los “doce” nos representan a todos— los que formamos parte de la Iglesia en todas las épocas.

– Jesús, en cambio, tiene como estilo propio implicar a aquellos con los que actúa (13). Es decir, cuenta con la responsabilidad, la respuesta (13.15-16) de los que hacen equipo con Él. Es así, y sólo así, como se produce el milagro de compartir lo que hay.

• La Eucaristía nos recuerda que Jesús está vivo y actúa en la Iglesia, y nos hace pregustar la presencia del Reino de Dios entre nosotros.

• Nos acercamos a la Eucaristía porque tenemos “necesidad” de la acción de Jesús (11).

• El Cuerpo de Cristo “eucarístico” es inseparable del Cuerpo de Cristo “eclesial”. Comulgar nos pone en comunión con toda la Iglesia, nos compromete con toda la Iglesia.

• Y formar parte del Cuerpo de Cristo es inseparablemente, comprometido radicalmente, aquellos y aquellas con quienes Cristo se une y estar vinculado con los pobres, por los que lo da todo.

Comentario al evangelio – Jueves XI de Tiempo Ordinario

He aprendido a vivir cuando he aprendido a orar ” decía San Agustín. La oración es la verdadera protagonista de la historia, maestra de vida. Quien ora entra en el flujo de la historia guiada por Dios. Todo orante se hace parte de la historia de la salvación como hijo y como hermano. Se sitúa en la honda de las intenciones últimas de Dios, arquitecto y constructor de la historia. Quien reza el Padrenuestro no se convierte en un charlatán. Rezar el Padrenuestro, como nos ha enseñado Jesús, es una pedagogía que nos lleva a lo esencial, a poner a Dios en el primer lugar, sintiendo a los otros como hermanos. Por ello Jesús une ambas cosas cuando nos invita a rezar: Padrenuestro… La Iglesia jamás se ha cansado de obedecer al Maestro repitiendo varias veces todos los días: Padrenuestro…

Hay, sin embargo, algo que a veces no se hace bien. He observado en no pocas celebraciones, cómo el presidente, cuando invita a iniciar la oración dominical en la liturgia, él mismo se adelanta diciendo en voz alta las palabras “Padre nuestro…”, a la que se une la asamblea continuando: “…que estás en los cielos…” Nunca me ha gustado esta forma de proceder que impide pronunciar y oír juntos dos palabras claves. Dos palabras que, sin separarse jamás, deberían convertirse en oración incesante, en murmullo ininterrumpido, en perpetua toma de conciencia de nuestra condición de hijos y hermanos. Unas palabras que, con la fuerza de su divina erosión, nos transformara el alma: ¡Padre nuestro!

Recemos al Padre pidiéndole que Él se haga sentir en la historia y se muestre santo a todos–porque son muchos los que creen que no existe o le tienen miedo-. Supliquemos que los hombres tengamos experiencia de su Reino en medio de nosotros y que nos decidamos de una vez por todas a cumplir sobre la tierra “su voluntad”. La voluntad de Dios es la comunión, el empeño por hacernos hermanos de los demás.

Todo esto no es fácil cuando el egoísmo manda. Por eso elevemos otra súplica: “Danos hoy el pan nuestro de cada día”; esto es, que haya pan para todos, que los hombres no impidamos que el pan llegue a la mesa de los pobres. Y añadimos: “Perdona nuestras deudas, como nosotros también las perdonamos…”: Porque ser comensales es, ante todo, obra de reconciliación. Sólo cuando nos hayamos reconciliado, todos nos sentiremos plenamente en casa. Y así Dios nos ayudará a no caer en las tentaciones. Dios no nos induce a ninguno a la tentación. Es Él quien, por el contrario, nos libra del mal, de ese mal que nos enfrenta a unos contra otros y nos convierte en hermanos separados. Un mal que proviene de aquel que siembra la discordia en el mundo, del Maligno. Por eso, rezamos con fuerza la última petición que nos propone Jesús.

La reconciliación es, pues, condición inaplazable para que la oración que Jesús nos enseña suene como verdadera y sincera en nuestros labios. Seamos hermanos y elevemos a Dios como Padre. Es absurdo que lo hagamos en la discordia. Por eso, aprender a rezar el Padrenuestro es aprender a vivir.

Ciudad Redonda

Meditación – Viernes XI de Tiempo Ordinario

Hoy es viernes XI de Tiempo Ordinario.

La lectura de hoy es del evangelio de Mateo (Mt 6, 19-23):

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «No os amontonéis tesoros en la tierra, donde hay polilla y herrumbre que corroen, y ladrones que socavan y roban. Amontonaos más bien tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni herrumbre que corroan, ni ladrones que socaven y roben. Porque donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón.

»La lámpara del cuerpo es el ojo. Si tu ojo está sano, todo tu cuerpo estará luminoso; pero si tu ojo está malo, todo tu cuerpo estará a oscuras. Y, si la luz que hay en ti es oscuridad, ¡qué oscuridad habrá!».

Hoy se nos invita a mirar las cosas con los ojos de Dios, es decir, con criterio cristiano. En esto consiste la «ley moral»: una invitación para que sea nuestro propio corazón quien incorpore la mirada penetrante de Dios.

La ventaja de hacerlo así es doble. En primer lugar, la consecución de la verdad, que nos hace sabios y libres: sabios, porque captamos profundamente el «porqué»; libres, porque nos alejamos de toda imposición engañosa. Segundo, porque contribuimos eficazmente a la realización de la voluntad de Dios, es decir, nos hacemos actores conscientes de su plan de salvación universal. En resumen: obrar cristianamente es conseguir la gran meta de ser inteligentes y buenos, o, dicho de otra manera, ser sabios y santos.

—Señor, ¡gracias porque nos apremias a hacer todo lo que podemos y nos pides lo que no podemos! Con nuestras únicas fuerzas no podemos hacerlo; ésta es la razón por la cual los cristianos rezamos.

+ Rev. D. Antoni ORIOL i Tataret

Meditación – Jueves XI de Tiempo Ordinario

Hoy es jueves XI de Tiempo Ordinario.

La lectura de hoy es del evangelio de Mateo (Mt 6, 7-15):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Cuando recéis, no uséis muchas palabras,como los gentiles, que se imaginan que por hablar mucho les harán caso. No seáis comoellos, pues vuestro Padre sabe lo que os hace falta antes de que lo pidáis. Vosotros orad así:“Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino,hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo, danos hoy nuestro pan de cada día, perdonanuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden, no nos dejescaer en la tentación, y líbranos del mal”. Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, también os perdonará vuestro Padre celestial, pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas».

No es necesario escribir grandes poesías para hablar con Dios. Él es simple y, como buenpadre, está feliz con que sus hijos e hijas le hablen desde el corazón. No hace falta pensarque hablando mucho Dios nos escuchará mejor, tengamos presente que Dios quiereescuchar lo que traemos en el corazón. Es movidos por el amor que nos acercamos a Diospara pedir cosas y hablarle de nuestra vida. El solo hecho de decirle la palabra mágica decinco letras le mueve el corazón. Recordemos la primera vez que nuestros hijos nos dijeronpapá o mamá, que escuchamos las primeras palabras de un hermano pequeño, o de los hijosde alguien conocido. Dios es un padre tan verdadero como los que nos encontramos en casay por el camino, nunca hay que olvidar esta gran verdad de nuestra fe. Como niños pequeñospodemos hablar mucho con Dios sin perder de vista que Él ya nos conoce, no es un Diosabstracto o lejano, sino que es simplemente nuestro Padre. El Padre Nuestro es una de lasoraciones básicas de nuestra fe cristiana, es parte del Rosario, lo rezamos en la misa, es unaoración que compartimos con otros cristianos. San Ignacio la recomienda para terminar susmeditaciones y contemplaciones de la vida del Señor, etc.; es una oración que está presentesiempre. Una de las cosas que más llama la atención es que todo el que la reza llama a Dios«padre». Esto implica que los que invocan a Dios de esta manera son hermanos todos. Estetestimonio de unidad es algo muy fuerte por lo que todo el que conoce este pequeño hecho,ve que en Dios podemos encontrar un camino a la unidad en un mundo fragmentado, quebusca el individualismo sobre todas las cosas, que resalta las divisiones, etc. ¡Cuánto bienhace ser un apóstol de la unidad! «No es necesario caer en la soberbia de despreciar laoración vocal. Es la oración de los sencillos, la que nos ha enseñado Jesús: Padre nuestro,que está en los cielos… Las palabras que pronunciamos nos toman de la mano; en algunosmomentos devuelven el sabor, despiertan hasta el corazón más adormecido; despiertansentimientos de los que habíamos perdido la memoria, y nos llevan de la mano hacia laexperiencia de Dios. Y sobre todo son las únicas, de forma segura, que dirigen a Dios laspreguntas que Él quiere escuchar. Jesús no nos ha dejado en la niebla. Nos ha dicho:“¡Vosotros, cuando recéis, decid así!”. Y ha enseñado la oración del Padre Nuestro.

Hno. Francisco J. Posada, LC