Comentario – Corpus Christi

Cuando venga él –les decía Jesús a sus discípulos-, el Espíritu de la Verdad, os guiará hasta la verdad plena. A esta verdad pertenece la confesión de Dios, el Dios único de los profetas, el Dios creador del Génesis, el Dios uno y absoluto de los filósofos griegos, la realidad última y fundante de toda otra realidad, como Padre, Hijo y Espíritu Santo: tres personas (hypóstasis) y un solo Dios. En esta formulación conceptual nos encontramos con una «pluralidad» de personas (tres) y con una «unidad» esencial o de naturaleza (uno). Es lo que la tradición ha llamado Trinidad: una unidad (mónada) de tres.

Se trata del misterio de nuestro Dios: misterio de comunión en el amor. Y para que haya comunión tiene que haber unión; pero también quienes están unidos o en comunión: esos «entes» (seres-con) que conforman la unión y que la revelación llama Padre, Hijo y Espíritu Santo: nombres que nos resultan muy familiares y muy identificables. Porque el Hijo, segunda hipóstasis de esta terna, no es otro que Jesucristo: Jesús, el Hijo en su condición de encarnado (hombre) y de ungido por el Espíritu. Él es el que nos ha dado a conocer a Dios como Padre, su Padre. Él es el que nos ha hablado de su Espíritu como aquel que nos conducirá hasta la verdad plena. Nuestra fe depende de la revelación de Jesucristo; por tanto, de lo que él nos ha dado a conocer de Dios. Si no dependiera de esta revelación no sería cristiana.

 Nuestra fe no deja de ser monoteísta –fe en un solo Dios-; pero ya no es el monoteísmo judío, ni el musulmán, ni siquiera el monoteísmo griego de un Platón o un Aristóteles. Es el monoteísmo trinitario que confiesa a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, porque reconoce en Jesús al Hijo único de Dios (Unigénito) y al Ungido del Espíritu. Por eso, todo en nuestro culto (liturgia) está marcado por el sello trinitario, dado que es expresión de una fe trinitaria: Hacemos la señal de la cruz, nos bautizamos, celebramos la eucaristía en el nombre no únicamente de Dios o de Jesucristo, sino en el nombre de Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo. No podemos entrar en relación con otro Dios que con éste: no el Dios conquistado con nuestra razón –que será siempre un Dios expuesto al riesgo de una posible idolatrización-, sino el Dios revelado, el Dios auto-comunicado en Jesús y en el Espíritu. A este Dios, o se le acepta o se le rechaza, pero no se le discute. Dios es así, como se ha revelado, y así tiene que ser acogido.

Con todo, siempre podemos encontrar la racionalidad que se esconde tras la confesión de fe. Si a Dios le confesamos Padre, Hijo y Espíritu Santo y estos nombres aluden a una realidad, es que en Dios hay distinciones: lo que distingue al Padre del Hijo es que uno es el que engendra y el otro el engendrado; por tanto, que uno tiene como propiedad distinta (personal) la paternidad y otro la filiación. Pero esta distinción, llamada de origen, porque pone de manifiesto que uno, el Padre, careciendo de origen, esto es, siendo ingénito, es el origen del otro, el Hijo unigénito, no introduce diferencias esenciales: Padre, Hijo y Espíritu Santo son lo mismo, aunque no sean el mismo: poseen la misma infinitud, el mismo poder, la misma bondad, la misma voluntad, la misma eternidad.

Procediendo el Hijo del Padre no es, sin embargo, posterior ni inferior a él; procediendo el Espíritu Santo del Padre y del Hijo, no es, sin embargo, posterior ni inferior a ellos. No son el mismo, pero sí son lo mismo, decía Hilario de Poitiers. Por eso, puede decir Jesús: Todo lo que tiene el Padre es mío; tan suyo como del Padre, pues son lo mismo; o también: Yo estoy en el Padre y el Padre en mí. Es la unidad esencial de las personas divinas la que hace posible este estar-en, esta perijóresis o compenetración.

Pero semejante unidad no elimina la reciprocidad intersubjetiva. La revelación nos dice que Padre, Hijo y Espíritu Santo se relacionan entre sí como personas distintas (con su rasgo diferencial: la paternidad, la filiación y la espiración). Un teólogo como Santo Tomás hablaba de ellas como «relaciones subsistentes». El Padre no sería otra cosa que la paternidad (relación) subsistente de Dios, esto es, la paternidad (relación) vista como substancia: lo relativamente distinto del Hijo, que es la filiación subsistente.

Esta explicación teológica pone de manifiesto sobre todo que Dios es «relaciones» paterno-filiales-espirativas, y lo es simultáneamente. Si esto es así, en Dios tiene que haber reciprocidad interrelacional. Dios no es, por tanto, un ser solitario, un puro individuo en la más extrema soledad. Dios es comunión interpersonal (=comunidad), o con palabras de san Juan: Dios es amor, no sólo porque nos ama, sino porque es esencialmente comunidad de amor. Precisamente por ser esto, comunidad interpersonal, puede entablar con nosotros –también personas- relaciones de amor, sin dejar de ser lo que es. Éste será también un rasgo de nuestro crecimiento personal o plenificación como personas. No seremos más personas cuanto más nos aislemos de los demás o cuanto más nos singularicemos, sino cuanto más nos abramos a los demás, si por abrirnos entendemos hacer partícipes a los demás de nuestras riquezas personales enriqueciéndonos al mismo tiempo con las riquezas de los otros, empezando por las personas divinas.

La comunión trinitaria no pretende otra cosa que hacernos partícipes de su propia vida comunional. Por eso nos atrae a la oración (relación interpersonal) y a esos momentos sacramentales en que quiere hacernos sentir con mayor intensidad su presencia viva, su amor de Padre, de Hermano, de Íntimo, su perdón restaurador, su alimento fortalecedor del Espíritu, en suma, su vida. Los consagrados a la vida contemplativa saben de la importancia de este contacto con la fuente de amor incontaminado. Por eso se consagran a su búsqueda. Por eso dedican tanto tiempo de su vida a la oración.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

I Vísperas – Corpus Christi

I VÍSPERAS

EL SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO

INVOCACIÓN INICIAL

V./ Dios mío, ven en mi auxilio
R./ Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Cantemos al Amor de los amores,
cantemos al Señor.
¡Dios está aquí! Venid, adoradores;
adoremos a Cristo Redentor.

¡Gloria a Cristo Jesús! Cielos y tierra,
bendecid al Señor.
¡Honor y gloria ti, Rey de la gloria;
amor por siempre a ti, Dios del amor!

¡Oh Luz de nuestras almas! ¡Oh Rey de las victorias!
¡Oh Vida de la vida y Amor de todo amor!
¡A ti, Señor cantamos, oh Dios de nuestras glorias;
tu nombre bendecimos, oh Cristo Redentor!

¿Quién como tú, Dios nuestro? Tú reinas y tú imperas;
aquí te siente el alma; la fe te adora aquí
¡Señor de los ejércitos, bendice tus banderas!
¡Amor de los que triunfan, condúcelos a ti! Amén.

SALMO 110: GRANDES SON LAS OBRAS DEL SEÑOR

Ant. El Señor, piadoso y clemente, ha hecho maravillas memorables.

Doy gracias al Señor de todo corazón,
en compañía de los rectos, en la asamblea.
Grandes son las obras del Señor,
dignas de estudio para los que las aman.

Esplendor y belleza son su obra,
su generosidad dura por siempre;
ha hecho maravillas memorables,
el Señor es piadoso y clemente.

Él da alimento a sus fieles,
recordando siempre su alianza;
mostró a su pueblo la fuerza de su obrar,
dándoles la heredad de los gentiles.

Justicia y verdad son las obras de sus manos,
todos sus preceptos merecen confianza:
son estables para siempre jamás,
se han de cumplir con verdad y rectitud.

Envió la redención a su pueblo,
ratificó par siempre su alianza,
su nombre es sagrado y temible.

Primicia de la sabiduría es el temor del Señor,
tienen buen juicio los que los practican;
la alabanza del Señor dura por siempre.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El Señor, piadoso y clemente, ha hecho maravillas memorables.

SALMO 147: ACCIÓN DE GRACIAS POR LA RESTAURACIÓN DE JERUSALÉN

Ant. El Señor ha puesto paz en las fronteras de la Iglesia y nos sacia con flor de harina.

Glorifica al Señor, Jerusalén;
alaba a tu Dios, Sión:
que ha reforzado los cerrojos de tus puertas,
y ha bendecido a tus hijos dentro de ti;
ha puesto paz en tus fronteras,
te sacia con flor de harina.

Él envía su mensaje a la tierra,
y su palabra corre veloz;
manda la nieve como lana,
esparce la escarcha como ceniza;

hace caer el hielo como migajas
y con el frío congela las aguas;
envía una orden, y se derriten;
sopla su aliento, y corren.

Anuncia su palabra a Jacob,
sus decretos y mandatos a Israel;
con ninguna nación obró así,
ni les dio a conocer sus mandatos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo

Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El Señor ha puesto paz en las fronteras de la Iglesia y nos sacia con flor de harina.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: EL JUICIO DE DIOS

Ant. Os aseguro que no fue Moisés quien os dio pan del cielo, sino que es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo. Aleluya.

Gracias te damos, Señor Dios omnipotente,
el que eres y el que eras,
porque has asumido el gran poder
y comenzaste a reinar.

Se encolerizaron las gentes,
llegó tu cólera,
y el tiempo de que sean juzgados los muertos,
y de dar el galardón a tus siervos, los profetas,
y a los santos y a los que temen tu nombre,
y a los pequeños y a los grandes,
y de arruinar a los que arruinaron la tierra.

Ahora se estableció la salud y el poderío,
y el reinado de nuestro Dios,
y la potestad de su Cristo;
porque fue precipitado
el acusador de nuestros hermanos,
el que los acusaba ante nuestro Dios día y noche.

Ellos le vencieron en virtud de la sangre del Cordero
y por la palabra del testimonio que dieron,
y no amaron tanto su vida que temieran la muerte.
Por esto, estad alegres, cielos,
y los que moráis en sus tiendas.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Os aseguro que no fue Moisés quien os dio pan del cielo, sino que es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo. Aleluya.

LECTURA: 1Co 10, 16-17

El cáliz de la bendición que bendecimos, ¿no es comunión con la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo? El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mismo pan.

RESPONSORIO BREVE

R/ Les dio pan del cielo. Aleluya, aleluya.
V/ Les dio pan del cielo. Aleluya, aleluya.

R/ El hombre comió pan de ángeles.
V/ Aleluya, aleluya.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Les dio pan del cielo. Aleluya, aleluya.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. ¡Qué bueno es, Señor, tu espíritu! Para demostrar a tus hijos tu ternura, les has dado un pan delicioso bajado del cielo, que colma de bienes a los hambrientos, y deja vacíos a los ricos hastiados.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. ¡Qué bueno es, Señor, tu espíritu! Para demostrar a tus hijos tu ternura, les has dado un pan delicioso bajado del cielo, que colma de bienes a los hambrientos, y deja vacíos a los ricos hastiados.

PRECES

Cristo nos invita a todos a su cena, en la cual entrega su cuerpo y su sangre para la vida del mundo. Digámosle:

Cristo, pan celestial, danos la vida eterna.

Cristo, Hijo de Dios vivo, que mandaste celebrar la cena eucarística en memoria tuya,
—enriquece a tu Iglesia con la constante celebración de tus misterios.

Cristo, sacerdote único del Altísimo, que encomendaste a los sacerdotes ofrecer tu sacramento,
—haz que su vida sea fiel reflejo de lo que celebran sacramentalmente.

Cristo, maná del cielo, que haces que formemos un solo cuerpo todos los que comemos del mismo pan,
—refuerza la paz y la armonía de todos los que creemos en ti.

Cristo, médico celestial, que por medio de tu pan nos das un remedio de inmortalidad y una prenda de resurrección,
—devuelve la salud a los enfermos y la esperanza viva a los pecadores.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Cristo, rey venidero, que mandaste celebrar tus misterios para proclamar tu muerte hasta que vuelvas,
—haz que participen de tu resurrección todos los que han muerto en ti.

Porque Jesús ha resucitado, todos somos hijos de Dios; por eso nos atrevemos a decir:
Padre nuestro…

ORACION

Oh Dios, que en este sacramento admirable nos dejaste el memorial de tu pasión, te pedimos nos concedas venerar de tal modo los sagrados misterios de tu cuerpo y de tu sangre, que experimentemos constantemente en nosotros el fruto de tu redención. Tú que vives y reinas con el Padre en la unidad del Espíritu Santo y eres Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Sábado XI de Tiempo Ordinario

No se puede servir a Dios y al dinero

1.- Oración introductoria.

Sí, Señor, tienes razón. No se puede servir a dos amos. Servir al dinero es esclavizarse, es despersonalizarse, es dejarse avasallar por un amo cruel que no le deja a uno decidirse por Jesús. El dinero en sí puede convertirse en un medio útil para sacar adelante la familia y hasta hacer limosnas. Lo malo no es usar del dinero sino dejarse esclavizar por el dinero, de manera que sea como un Dios al que hay que servir. “Engarza en oro las alas de un pájaro y ya no podrá volar al cielo”. (R. Tagore).  Yo, Señor, quiero disfrutar como el pájaro, de los anchos cielos y respirar el aire puro de libertad. Por eso necesito no ser esclavo del dinero.

2.- Lectura reposada del santo Evangelio según san Mateo 6, 24-34

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: Nadie puede servir a dos amos, porque odiará a uno y amará al otro, o bien obedecerá al primero y no le hará caso al segundo. En resumen, no pueden ustedes servir a Dios y al dinero. Por eso les digo que no se preocupen por su vida, pensando qué comerán o con que se vestirán. ¿Acaso no vale más la vida que el alimento, y el cuerpo más que el vestido? Miren las aves del cielo, que ni siembran, ni cosechan, ni guardan en graneros y, sin embargo, el Padre celestial las alimenta. ¿Acaso no valen ustedes más que ellas? ¿Quién de ustedes, a fuerza de preocuparse, puede prolongar su vida siquiera un momento ¿Y porqué se preocupen por el vestido? Miren cómo crecen los lirios del campo que no trabajan ni hilan. Pues bien, yo les aseguro que ni Salomón, en el esplendor de su gloria, se vestía como uno de ellos. Y si Dios viste así a la hierba del campo, que hoy florece y mañana es echada al horno, ¿no hará mucho más por ustedes, hombres de poca fe? No se inquieten, pues, pensando: ¿Qué comeremos o qué beberemos o con qué nos vestiremos? Los que no conocen a Dios se desviven por todas estas cosas; pero el Padre celestial ya sabe que ustedes tienen necesidad de ellas. Por consiguiente, busquen primero el Reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas se les darán por añadidura. No se preocupen por el día de mañana, porque el día de mañana traerá ya sus propias preocupaciones. A cada día le bastan sus propios problemas.

3.- Qué dice el texto evangélico.

Meditación-reflexión

El Señor nos invita a tener una mirada contemplativa de la creación. ¡Mirad los lirios del campo!  Son una verdadera maravilla. Nuestra vista se recrea con sus colores tan bellos y nuestro cuerpo con sus perfumes tan exquisitos. Y todo como regalo del Padre. Porque ¿Cómo crecen los lirios? No necesitan la presencia de un campesino que tire de ellos sino sólo la presencia silenciosa del Padre que, en el momento oportuno, envía el sol, el aire, y la lluvia, es decir, sus caricias de Padre.  Y si Jesús recrea su vista en la contemplación de la Naturaleza, ¿cómo no va a contemplar la obra suprema de la naturaleza, que es el hombre? Jesús se recrea y se extasía ante un hombre libre, que no está dividido por dentro con fuerzas extrañas que le esclavizan y no le dejan ser persona. Jesús goza contemplando a una persona que ha puesto todo su corazón en Dios, su Dueño y Señor. Mientras vivimos no debemos ser egoístas, pensando sólo en nosotros mismos. Pensemos en Dios, nuestro Padre Bueno, que ha creado todo por amor. Pensemos en alabarle, bendecirle, agradarle. Caigamos en la cuenta de lo maravilloso que debe ser una vida entregada a Dios y a los hermanos, sin pensar en otra recompensa que el agradar a DIOS en todo.

Palabra del Papa Francisco

¡Qué hermoso es esto! ¡Dios no se olvida de nosotros! ¡De ninguno de nosotros! Con nombre y apellido. Nos ama y no se olvida. ¡Qué hermoso pensamiento! Esta invitación a la confianza en Dios encuentra un paralelismo en la página del Evangelio de Mateo: “Mirad las aves del cielo -dice Jesús-: no siembran, ni cosechan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. (…) Observad los lirios del campo, cómo crecen; no se fatigan, ni hilan. Pero yo os digo que ni Salomón, en toda su gloria, se vistió como uno de ellos”.

Pensando en tantas personas que viven en condiciones de precariedad, o incluso en la miseria que ofende su dignidad, estas palabras de Jesús podrían parecer abstractas, si no ilusorias. ¡Pero en realidad son más que nunca actuales! Nos recuerdan que no se puede servir a dos amos: Dios y la riqueza. Mientras cada uno busque acumular para sí, jamás habrá justicia. Tenemos que oír bien esto. Mientras cada uno busque acumular para sí, jamás habrá justicia. Si en cambio, confiando en la providencia de Dios, buscamos juntos su Reino, entonces a nadie le faltará lo necesario para vivir dignamente.

Un corazón ocupado por la furia de poseer es un corazón lleno de esta furia de poseer, pero vacío de Dios. Por eso Jesús ha advertido varias veces a los ricos, porque en ellos es fuerte el riesgo de colocar la propia seguridad en los bienes de este mundo. En un corazón poseído por las riquezas, no hay más espacio para la fe. (S.S. Francisco, ángelus del 2 de marzo de 2014)

4.- Qué me dice hoy a mí este texto evangélico ya meditado. (Silencio)

5.- Propósito: Contemplar la creación como obra del amor del Padre.

6.- Dios me ha hablado hoy a mí a través de su Palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración.

Señor, aumenta en mi la capacidad de contemplar. Que mi mirada ante la creación y ante las personas no sea superficial, sino profunda. Que descubra la huella que Dios ha dejado en las obras de sus manos.  Y que, a través de ellas, como si fueran una escala de Jacob, yo suba a encontrarme contigo. ¡Gracias, Señor!

ORACIÓN DEL PAPA FRANCISCO POR UCRANIA

Tú que nos enseñaste que a la diabólica insensatez de la violencia se responde con las armas de Dios, con la oración y el ayuno, ten piedad de nosotros, aleja la guerra y demás violencias malignas y permítenos llegar a soluciones aceptables y duraderas a esta crisis, basadas no en las armas, sino en un diálogo profundo.

¡Pancarta de amor divino y humano!

1.- En este día del Corpus Christi, estamos llamados a entrar en un lugar donde, el pan y el vino, dejan de serlo para convertirse en permanente presencia de Cristo en la Eucaristía

Insertarnos en Cristo comporta siempre salir enriquecidos, no de bienes materiales, y sí llenos de su Espíritu en el corazón y en el alma. Treinta minutos, escasos, no son suficientes, ni dan cuenta del valor inmenso que encierra la Eucaristía. Pero, toda una vida cristiana, sería difícil de llevarla adelante sin el aprovisionamiento del pan único y partido.

2.- La festividad del Corpus Christi se hace demasiado grande para encorsetarla en los cuatro muros de un templo.

-Es tan grande su misterio y, tan imposible de contenerlo en el corazón de las personas, que se desparrama por los aledaños y plazas, cuando sale de la mejor catedral o de la iglesia menos importante y más escondida.

-Es tan firme nuestra devoción hacia la Eucaristía, que lo manifestamos públicamente, sin temor ni vergüenza, ante un mundo que ensucia y empapela las paredes no precisamente con mensajes de verdad que interpelen y empujen al amor verdadero.

-Es tan convencido, nuestro aprecio por la presencia del Señor en la Eucaristía, que necesitamos seguirle cuando, EL por delante, salta al asfalto o al empedrado en medio del entresijo de ciudades y pueblos, de hombres y mujeres gritándonos: ¡Dios está aquí!

-Impresiona tanto la “reserva” del Amor de Dios en el Sagrario, que sale en Custodia para que el mundo entienda que sin El, el ser humano, será un fracasado y un fracaso, algo imposible de llevar adelante cuando, los amores no son correspondidos.

Corpus Christi: La caridad es causa de felicidad personal y comunitaria. El dar supone enriquecerse a sí mismo. Con la caridad todos somos beneficiados.

Corpus Christi: Es centralizar el Misterio de la Eucaristía en aquel acto de supremo servicio donde Jesús da pruebas del señorío del amor de Dios en su corazón.

Corpus Christi: Es manifestar públicamente la convicción de todo cristiano católico que siente y vive en la Eucaristía el AMOR que Dios nos tiene. Que sabe que siempre hay un Misterio escondido detrás de las especies del pan y del vino.

Corpus Christi: Es el Amor de Dios que toma cuerpo. Que se hace cuerpo; visible, alimento, vino y pan. Y, si el amor de DIOS se hace cuerpo, nuestras calles se abren de par en par para que, por unos momentos, se conviertan en mesa interminable donde los seguidores de Jesús celebren, proclamen, vivan y coman su pan multiplicado.

Corpus Christi: Es el Amor de Dios a los hombres y – por efecto boomerang- amor y servicio, generosidad y justicia, perdón y fraternidad de los hombres con los propios hombres.

3.- Si el Amor de Dios se hace cuerpo, por nosotros, de igual manera somos urgidos por imperativo de Jesús Eucaristía a ser cuerpo visible de justicia y del compartir, de alegría y de tolerancia, de respeto y de fe, de reconciliación y de esperanza, de ilusión de coraje, de piedad y de compromiso continuado en pro de una sociedad que no tiene más esquemas sino el poder para tener.

Ahora, en estos tiempos sobre todo, donde hay tanto contraste de culturas y hasta de religiones…es bueno manifestar públicamente lo que sentimos y lo que creemos: ¡Dios está aquí! No sé porque me da que el Corpus, hoy más que nunca, puede ser un desafío ante ese afán de replegar y de esconder todo lo que suene a religioso. Frente a ese intento, desenfrenado y hasta provocador, de silenciar y apartar a Dios de la vida pública. La custodia, con Cristo dentro, puede ser perfectamente la gran pancarta de un Dios que sigue hablando y manifestándose a través de nosotros.

Pero, ¡eso sí!, primero lo creamos nosotros y luego…lo manifestemos con todas las consecuencias.

4.- ¡BENDITO! ¡MIL VECES BENDITO SEAS, SEÑOR!

No guardes silencio, Señor, y en este día del Corpus
hazte presente con la misma fuerza de aquel inolvidable del Jueves Santo.
Pero, deja que este momento –Señor- seamos nosotros
quienes nos arrodillemos ante este gran Sacramento.
Hoy, como entonces, sentimos tu presencia Señor
Hoy, como entonces, sentimos el amor que se hace entrega
Hoy, como entonces, sentimos la generosidad que se transforma en servicio.
¡Bendito, mil veces bendito, Señor!

Te quedaste para compartir nuestras penas y fatigas
y, cada día que pasa, necesitamos de la Eucaristía para enfrentarnos a ellas
Te quedaste en el altar para que nuestra fe no se debilitara
y, cada hora que pasa, elevamos tu Hostia Santa,
porque, de lo contrario, tememos desfallecer en el camino.
¡Bendito! ¡Mil veces bendito, Señor!

Hablaste con Palabras de amor, y hoy sales a nuestras calles
reclamando nuestra pasión por los demás
Te arrodillaste para limpiar nuestros pies cansados
y, hoy somos nosotros quienes adoramos y bendecimos tu Realeza en la Custodia
Repartiste el pan de la vida, el aperitivo de la vida eterna
y hoy, en este día del Corpus, a tu paso
las travesías se convierten en ríos de felicidad celeste
las plazas en manantiales o surtidores de vida
los balcones en alabanzas o en lluvia de pétalos ante tu presencia real y misteriosa
¡Bendito! ¡Mil veces bendito seas!

Descubrirte, escucharte y comulgarte, Señor, ha sido una gracia
y, acompañarte por los rincones por los cuales discurre nuestra vida
ha sido, en este día del Corpus, un privilegio que sólo das a tus amigos.
¡Bendito! ¡Mil veces bendita sea la Eucaristía!
En este día del Corpus, ya no existen las calles ni las plazas
En este día del Corpus, no hay resquicio de odio ni rencor
En este amanecer del Corpus, no hay lugar para la injusticia o el “imposible”
Hoy, todo tiene sabor a cielo, a pan recién amasado,
a hermanos que comparten y trabajan por el bienestar de todos.
Hoy, en la custodia, se reflejan los sentimientos de cuantos te seguimos y te queremos.
Hoy, en la custodia, se funde –en la plata y el oro de nuestra fe- nuestros más vivos deseos
de ser fieles a tu Palabra y de proclamar a los cuatro vientos
lo que el corazón siente y la fe nos alienta:
¡Tú estas aquí! ¡Y eso, señor, nos basta para seguir adelante!
¡Bendito! ¡Mil veces Bendito seas, Señor!

Comentario – Sábado XI de Tiempo Ordinario

Mt 6, 24-34

Nadie puede estar al servicio de dos amos... ¡No podéis servir a Dios y al Dinero!
Es otro modo de decir la necesidad de escoger entre los «tesoros de la tierra»… y los «tesoros del cielo»…

En el texto evangélico se encuentra la palabra «Mammón», término que personifica el dinero y le confiere una especie de significación demoníaca. El Dinero, ¡con mayúscula! potencia de esclavitud, de servidumbre.

¡No debéis «servir» a Mammón!

¡No os hagáis esclavos del Dinero!

Basta mirar en sí y en torno a sí para darse cuenta del inmenso peligro, del grado de servidumbre del que Jesús quiere vernos libres.

No andéis agobiados…

¡Cuánto me gusta este consejo, Señor!

No andéis agobiados por la vida pensando qué vais a comer, ni por vuestro cuerpo pensando con qué os vais a vestir… Fijaos en los pájaros: ni siembran, ni siegan, ni almacenan en graneros…

Estas son imágenes. No hay que tomarlas al pie de la letra. De todos modos, Jesús no recomienda este tipo de despreocupación ¡que carga sobre los demás los cuidados que son nuestros y que descuidamos!

Hay preocupaciones que proviene del amor a los demás, de quienes tenemos responsabilidad; de estas preocupaciones no podemos desembarazarnos. Este obrar podría ser signo de un egoísmo monstruoso.

Pero, una vez puestos todos esos matices debemos escuchar a Jesús, que nos dice: «¡No os agobiéis!… Fijaos en los pájaros… Existe una tensión nerviosa excesiva que no es cristiana. El mundo occidental, en conjunto suele estar muy febril y tenso.

¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo más que el vestido?

Tomad el lado bueno de la vida, parece decirnos Jesús. Vivid. Sí, vivid. Pasáis el tiempo corriendo, ganando dinero, trabajando para vivir: ¡tomaos, de vez en cuando, el tiempo de vivir!

Daos cuenta de como crecen los lirios del campo…

De vez en cuando, ¡contemplad una flor! ¡Mirad crecer una planta! No hay que ir al Japón ni a la India para satisfacer esta necesidad fundamental del hombre: la calma, la contemplación de la naturaleza.

Vuestro Padre celestial alimenta los pájaros… y viste la hierba del campo… ¿No valéis vosotros mucho más que ellos?

Lo que Jesús recomienda no es sólo una relajación… por necesaria que ella sea en nuestro mundo descentrado… sino una cierta actitud delante de Dios.

En los pájaros y en las flores Jesús contemplaba a su Padre, ¡que de modo maravilloso ha previsto su alimento y su vestido!

Ya sabe vuestro Padre del cielo que tenéis necesidad de todo esto. Buscad primero el reino de Dios y su justicia y todo eso ¡se os dará por añadidura!

¡Jerarquía de valores! Asegurar primero lo que es esencial en cada jornada… Jesús no intenta apartarnos de nuestras tareas y responsabilidades terrestres… nos recuerda lo esencial.

No os agobiéis por el mañana, porque «el mañana» traerá su propio agobio. A cada día le bastan sus disgustos.

Hay que vivir HOY. No acumular las preocupaciones del mañana: vivir solamente las del día que pasa… ¡ mañana, ya se verá! Gracias, Jesús.

Noel Quesson
Evangelios 1

Además un compromiso

1.- “Los apóstoles se acercaron a Jesús para decirle: Despide a la gente, que vayan a las aldeas a buscar alojamiento y comida. Él les contestó: Dadles vosotros de comer”. San Lucas, Cáp. 9. En épocas pasadas algunos pastores de la Iglesia fueron muy dados a la estadística. No faltó el párroco que presumiera por el número de comuniones repartidas en la Semana Santa. Pero valdría la pena averiguar los efectos de la Eucaristía en el pueblo de Dios. Y para ello no existen mecanismos.

Porque la Eucaristía no puede reducirse a una devoción, a un rito sagrado y nada más. A un placebo para los dolores cotidianos. A la recompensa que algunos se dan por creerse los mejores. Es además un compromiso. Recibimos el Cuerpo y la Sangre del Señor para comprometernos a compartir, no sólo la fe en Cristo, la seguridad de su presencia. También los dones que el Señor nos regala, nuestra preparación intelectual, los bienes materiales, las oportunidades, nuestro poder de consuelo y compañía.

2.- Algún ángel curioso que espiara en nuestros templos, las prolongadas filas de comulgantes, podría hilvanar una crónica bastante pintoresca: Este señor, esta dama, aquel niño que hace su segunda comunión, la ancianita que llevan de la mano, el taxista, la universitaria, la empleada doméstica… Cada uno de ellos guarda en su corazón un proyecto cristiano, más o menos velado, que a veces no alcanza un nivel suficiente de evangelio. Pero podríamos impulsarlo, si celebramos la eucaristía de manera consciente.

El relato de san Lucas sobre la multiplicación de los panes y los pescados no es muy extenso. Talvez el evangelista no quiso presentarlo a sus lectores sino como de paso, pues las comunidades venidas del paganismo tenían entonces otras preocupaciones. Sin embargo, se ciñe a lo principal: La necesidad de quienes tienen hambre. La voluntad de Cristo. La materia prima de unos pocos panes y unos pescados. La tarea de los apóstoles. Y el resultado final: “Comieron todos y se saciaron”.

3.- Se nos ocurre que a las fórmulas para administrar la Comunión, valdría añadir alguna más. Por ejemplo: “Dadles vosotros de comer”. La orden que el Maestro dio a sus apóstoles frente a la multitud que tenía hambre, luego de haber escuchado largo tiempo su enseñanza. Durante el siglo XVI, con motivo de la reforma protestante, se insistió en la Eucaristía como Presencia Real, como Sacramento del Altar, rodeándolo a todas horas de ostentosa pompa, al gusto de la época. En nuestro mundo de hoy, más llano y democrático, sin dejar las demás connotaciones, la Eucaristía ha tomado un giro social, que nos motiva a todos los comulgantes a una tarea redentora hacia tantos que nos necesitan. Sería pues incompleta, por no decir hipócrita, la comunión de alguien que se acerca al Sacramento, sin mirar más allá de su propio horizonte.

4.- Podríamos entonces plagiar a San Basilio, un obispo del siglo IV: Hermano: Esos muebles que guardas en el desván, ya no son tuyos. Las ganancias que desbordan tus gastos pertenecen a los necesitados. Tantos lujos que te das a cada paso afrentan a los pobres. Esas joyas que ahora temes usar en público, las necesita con urgencia una obra social. ¿O será que las excesivas comodidades que disfrutas, ya te han afectado el corazón?

Gustavo Vélez, mxy

Hasta saciarse

1.- «En aquellos días, Melquisedec, Rey de Salem…» (Gn 14, 18) Se trata de un misterioso personaje del Antiguo Testamento, «sin padre, ni madre, ni genealogía, sin comienzo de días, ni fin de vida, asemejado al Hijo de Dios, que permanece sacerdote para siempre», según narra la epístola a los Hebreos. También en el salmo ciento diez se dice que su sacerdocio es eterno. Una figura que anunciaba a Cristo, cuyo sacerdocio en efecto es eterno, y cuyo origen se pierde en la eternidad. Un sacerdocio que no proviene de los hombres, sino del mismo Dios.

El pasaje nos dice que Abrahán le ofreció el diezmo de todo. De esa forma se pone de relieve la grandeza de ese personaje, pues quien ofrece algo siempre es inferior que aquel a quien se hace la ofrenda. Por otro lado se nos refiere que Melquisedec ofreció a Dios el pan y el vino. Un sacrificio que anunciaba también ese otro sacrificio, el de la Eucaristía donde el pan y el vino se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, que se inmolan por la salvación del mundo.

2.- «Por eso, cada vez que coméis de este pan…» (1 Co 11, 26) El Apóstol asegura que cuanto les está diciendo sobre la Eucaristía pertenece a la Tradición que arranca de Cristo, «procede del Señor» nos dice. Así fue, en efecto, pues el Maestro encomendó a sus discípulos que repitieran en memoria suya lo que él acababa de hacer, convertir el pan y el vino en su Cuerpo y Sangre, que se entregaba en sacrificio para la redención del mundo. De ahí que diga San Pablo que cada vez que comemos el Pan o bebemos del Cáliz proclamamos la muerte del Señor, hasta que vuelva.

Proclamar la muerte de Cristo equivale a repetir su sacrificio, de modo sacramental pero real. Es decir, en cada celebración eucarística se repite el sacrificio del Calvario. De ahí la importancia capital de la Eucaristía, de la Misa. Tanto que el Magisterio de la Iglesia lo considera como el centro de la vida la cristiana, la fuente de la que brota la vida de la Gracia y, por otro lado, es el acto al que se dirige toda actividad apostólica, allí donde converge cuanto la Iglesia hace y dice para la salvación del mundo.

3.- «Comieron todos y se saciaron…» (Lc 9, 17) La multiplicación de los panes y los peces es un hecho atestiguado por todos los evangelistas, uno de esos acontecimientos considerado de capital importancia, no por lo prodigioso sino por el valor teológico que encierra, por el significado doctrinal tan rico e importante que entraña. San Juan recordará que Jesús mismo da las claves para su interpretación, destacando la íntima relación de ese prodigio con la Eucaristía, pues en ella Jesús es el verdadero Pan bajado del cielo, el Pan de vida, el Pan vivo.

El Señor se dio cuenta de que aquel milagro despertó en la muchedumbre el entusiasmo, hasta el punto de que quieren hacerlo rey. Pero por otro lado les recrimina que lo busquen sólo porque se han saciado. Buscad el pan del cielo, les dice, el pan que el Hijo del Hombre os dará. Y luego les aclara que quien coma de este Pan no morirá para siempre. Esto es mi Cuerpo -nos recuerda- que será entregado por vosotros.

Antonio García Moreno

Sacramento de amor y de unidad

1. – Celebrar el «día del Corpus» es honrar a Jesucristo presente en la Eucaristía y presente también en nuestras vidas. Es dar gracias a Dios «eu jaris» (buena gracia) por el don de su Palabra y de su Cuerpo, entregado por nosotros, y su Sangre, derramada por nosotros. Es el «misterio de nuestra fe», sacrificio de la nueva alianza, memorial (actualización) de la muerte y resurrección de Jesús y sacramento de amor y de unidad. No puede haber Comunión si no hay «común-unión» de vida. ¿Vivimos así la Eucaristía?

2.- «Haced esto en memoria mía». Jesús no nos dijo «pronunciad estas palabras en memoria mía», sino «haced», es decir «vivid». No hay de verdad Eucaristía si no tenemos los sentimientos que tuvo Jesús, si no intentamos entregarnos y amarnos como Él nos ama. La fracción del pan –nombre con el que los primeros cristianos designaban a la Eucaristía– es un gesto que a menudo pasa desapercibido, pero sin embargo refleja perfectamente lo que Jesús quiso enseñarnos al partirse y repartirse por nosotros.

3. – La multiplicación de los panes tiene un significado profundamente eucarístico. Después de alimentarse del «pan de la Palabra», la multitud se alimenta del «pan de la Eucaristía». El hombre de hoy tiene hambre de verdad y de plenitud, tiene hambre de Dios. Los doce cestos sobrantes indican la misión que los doce apóstoles recibieron de Jesús: anunciar y celebrar el amor de Dios, proporcionar el alimento de la Palabra y de la Eucaristía. Se trata de comer la Palabra de Dios y el Cuerpo y Sangre de Cristo. Lo necesitamos para poder vivir nuestra fe. Por eso la Eucaristía más que una obligación es una necesidad para el cristiano. ¿No es de necios llegar tarde o salir corriendo, privándonos del don que Dios nos regala? Vivamos con intensidad cada palabra y cada gesto de la Eucaristía, oremos ante el Santísimo Sacramento del altar, cantemos al Amor de los Amores.

4. – La Eucaristía es también misa, misión. Dios nos encomienda vivir lo que hemos celebrado. Por eso la Eucaristía celebra la vida y nos da fuerza para la vida. Cuando el sacerdote nos dice «Podéis ir en paz» nos está enviando al mundo. Es como si Jesús nos dijera: «Tomad, comed y vivid el amor». Es esta la segunda procesión del Corpus, la que emprendemos cada día hacia la calle, hacia el trabajo o hacia la escuela como mensajeros del amor de Dios. Hoy y siempre que celebramos la Eucaristía es el «día de caridad». En esta ocasión Cáritas nos presenta una misión muy concreta: «De ti depende que nadie sea excluido».

José María Martín OSA

Humildad, devoción, veneración…

1.- Tantum Ergo Sacramentum… Con profunda humildad, con profunda devoción debemos adorar y venerar hoy al Dios que, sacramentalmente, se hace presente entre nosotros. La fiesta del Corpus tiene el mismo contenido espiritual y teológico que la fiesta del Jueves Santo. Hoy queremos celebrar el misterio de la presencia real de Dios entre nosotros, de manera procesional, solemne y pública. El Jueves Santo lo hicimos envueltos en el silencio interior y profundo propio de la Semana Santa. Todo sacramento es siempre signo misterioso de una acción real y sagrada que Dios realiza en el interior del ser humano. La presencia real de Dios en la eucaristía, de un Dios misteriosamente presente en las especies sacramentales del pan y del vino, es una presencia para nosotros. Si nosotros, con los ojos de la fe, no vemos realmente al Dios que se nos manifiesta, sacramentalmente, en el pan y en el vino, esa presencia de Dios no alcanza el objetivo original y último que Cristo quiso darle cuando instituyó el sacramento de la eucaristía. Adorar con humildad el sacramento de la eucaristía es dejar que Dios entre realmente en nuestras vidas, que habite en nuestro interior, que se haga carne y sangre de nuestro ser interior. ¡Gran sacramento es este, el de un Dios que se hace comida y bebida del hombre! Adorémosle con profunda humildad y devoción.

2.- Un cuerpo que se entrega por nosotros. Es relativamente fácil dar a los demás algo de lo que a nosotros nos sobra, es fácil ayudar de vez en cuando a los amigos, es fácil compadecernos de la desdicha ajena y lamentarnos ante las desgracias del mundo, pero poner en riesgo nuestra vida, estar dispuesto a morir, si es necesario, para salvar a otro, esto es muy difícil. Y esto es lo que Cristo hizo por nosotros, y lo que celebramos y conmemoramos cada vez que participamos en el sacramento de la eucaristía. Cada vez que comemos de este pan y bebemos del cáliz proclamamos la muerte del Señor, hacemos memoria de un Dios que, en su cuerpo humano, se entregó por nosotros. En la eucaristía no hacemos memoria del Cristo glorioso y resucitado, sino del Cristo sufriente y entregado por nosotros. Lo hacemos, eso sí, con la certeza de que ese cuerpo entregado será pronto un cuerpo resucitado y con la esperanza de que también nosotros, si vivimos y morimos con él y por él, con él y por él resucitaremos. Participar en la eucaristía implica siempre un propósito de gastarnos y desgastarnos por los demás, un deseo de que nuestro cuerpo se convierta en cuerpo y sangre de Cristo, de un cuerpo entregado y de una sangre derramada para la salvación del mundo.

3.- Esta es la nueva alianza sellada con mi sangre. Yahvé había hecho, por medio de Moisés, una antigua alianza con su pueblo: él os reveló su alianza, que os mandó poner en práctica, las diez Palabras que escribió en dos tablas de piedra (Deut. 4, 13). La antigua alianza se selló con la sangre de un cordero, esta alianza nueva sería sellada con la sangre de Cristo, cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Ya no será la sangre de machos cabríos, ni de toros cebados ofrecidos en sacrificio a Yahvé, la sangre que nos salve. Será la sangre de Cristo ofrecida de una vez por todos nosotros. Ya no serán las Palabras de la ley las que nos salven, sólo nos salva la fe en Cristo, una fe que es compromiso de hacer de nuestra carne y de nuestra sangre, cuerpo y sangre de Cristo. La sangre derramada es la que nos salva, la sangre que se ha vertido y se ha gastado en beneficio de los demás. Somos hijos de la nueva alianza: Dios se ha comprometido a salvarnos en mérito y virtud de la sangre derramada de Cristo; ahora sólo falta que también cada uno de nosotros seamos fieles a esta nueva alianza con Dios, estando dispuestos a derramar nuestra sangre por Cristo y con Cristo.

4.- Dadles vosotros de comer. Cristo muere cada día miles de veces, en la carne y en la sangre de los que mueren por falta de pan, o por falta de agua. Celebrar la eucaristía es también dar de comer al hambriento y dar de beber al sediento. Comulgar con Cristo es comulgar con todo el cuerpo místico de Cristo, en el que están incluidos también los miembros más débiles de este cuerpo, los que padecen hambre y sed. El cristianismo, eucarísticamente entendido, exige y predica el compromiso real y solidario con todos los más desfavorecidos de la tierra. El cuerpo entregado de Cristo y su sangre derramada quieren ser alimento y bebida de todas aquellas personas que mueren por falta de comida, o de bebida. Si no somos capaces de ver y ayudar a las personas necesitadas que hay en nuestro mundo, ¿cómo nos atrevemos a decir que vemos el cuerpo entregado y la sangre derramada de Cristo en la eucaristía?

Gabriel González del Estal

La Eucaristía como acto social

Según los exegetas, la multiplicación de los panes es un relato que nos permite descubrir el sentido que la eucaristía tenía para los primeros cristianos como gesto de unos hermanos que saben repartir y compartir lo que poseen.

Según el relato, hay allí una muchedumbre de personas necesitadas y hambrientas. Los panes y los peces no se compran, sino que se reúnen. Y todo se multiplica y se distribuye bajo la acción de Jesús, que bendice el pan, lo parte y lo hace distribuir entre los necesitados.

Olvidamos con frecuencia que, para los primeros cristianos, la eucaristía no era solo una liturgia, sino un acto social en el que cada uno ponía sus bienes a disposición de los necesitados. En un conocido texto del siglo II, en el que san Justino nos describe cómo celebraban los cristianos la eucaristía semanal, se nos dice que cada uno entrega lo que posee para «socorrer a los huérfanos y las viudas, a los que sufren por enfermedad o por otra causa, a los que están en las cárceles, a los forasteros de paso y, en una palabra, a cuantos están necesitados».

Durante los primeros siglos resultaba inconcebible acudir a celebrar la eucaristía sin llevar algo para ayudar a los indigentes y necesitados. Así reprocha Cipriano, obispo de Cartago, a una rica matrona: «Tus ojos no ven al necesitado y al pobre porque están oscurecidos y cubiertos de una noche espesa. Tú eres afortunada y rica. Te imaginas celebrar la cena del Señor sin tener en cuenta la ofrenda. Tú vienes a la cena del Señor sin ofrecer nada. Tú suprimes la parte de la ofrenda que es del pobre».

La oración que se hace hoy por las diversas necesidades de las personas no es un añadido postizo y externo a la celebración eucarística. La misma eucaristía exige repartir y compartir. Domingo tras domingo, los creyentes que nos acercamos a compartir el pan eucarístico hemos de sentirnos llamados a compartir más de verdad nuestros bienes con los necesitados.

Sería una contradicción pretender compartir como hermanos la mesa del Señor cerrando nuestro corazón a quienes en estos momentos viven la angustia de un futuro incierto. Jesús no puede bendecir nuestra mesa si cada uno nos guardamos nuestro pan y nuestros peces.

José Antonio Pagola