Compromiso

El test de la comprensión es el amor, que se manifiesta como compasión en situaciones de dolor o de necesidad y se plasma en compromiso o cuidado amoroso y eficaz. En síntesis, podría afirmarse que espiritualidad es compromiso.

Ahora bien, conscientes como somos de las trampas que se nos cuelan, de manera tan fácil como inadvertida, me parece importante atender tanto a lo que hacemos como al porqué o al desde donde lo hacemos. Porque son precisamente la motivación que lo anima y el lugarde donde nace los criterios decisivos que garantizan un compromiso adecuado, como supo ver Pablo cuando escribía: “Ya podría dar todos mis bienes a los pobres e incluso entregar mi cuerpo a las llamas; si no tengo amor, de nada me sirve” (1Cor 13,3).

La vivencia o no del compromiso puede verse afectada por dos trampas: la evasión y la apropiación, que dan lugar a dos modos desajustados de plantearlo y a dos distorsiones de la espiritualidad.

La evasión es característica del narcisismo egocentrado que gira en torno a los propios intereses y busca, de manera prioritaria, lograr el mayor bienestar posible (o el menor malestar), para lo que pone toda su energía en la construcción de un pequeño “paraíso narcisista” en el que sentirse a gusto y protegido de cualquier cosa que pueda molestarlo. Es claro que una actitud de este tipo hace imposible cualquier forma de compromiso y da lugar a una (pseudo)espiritualidad etérea, desimplicada y, en último término -por más que constituya un oxímoron-, narcisista. La espiritualidad se vive al servicio del ego, en su ansiosa búsqueda de “autoprotección”.

La apropiación, por su parte, consiste en vivir el compromiso al servicio de la autoafirmación del yo, que busca satisfacer necesidades generalmente inconscientes: reconocimiento, aprobación, notoriedad, compensación de culpas inconscientes, moralismo voluntarista, baja tolerancia a la frustración… Dos rasgos característicos que acompañan a esta actitud son el dualismo (“yo te ayudo a ti”) y el voluntarismo (“yo hago”) que, aun sin ser conscientes de ello, actúan como mecanismos que buscan la autoafirmación del yo. Lo que todo ello produce es un compromiso desconectado y, por ello mismo -aunque aparezca el oxímoron anteriormente mencionado-, narcisista. También aquí la espiritualidad se vive al servicio del ego, en su ansiosa búsqueda de “autoafirmación”.

El compromiso que nace del amor y de la compasión es desapropiado y desegocentrado. Naciendo de la comprensión de lo que somos, fluye con limpieza a través de nosotros. Porque la comprensión nos ha hecho ver que, en contra de la tendencia apropiadora que define al yo, en cuanto individuos particulares, no somos la fuente última de lo que acontece en nosotros. Somos, más bien, el cauce por el que acción pasa. La luz de la comprensión nos libera, tanto de la evasión cómoda, como de la apropiación caracterizada por el dualismo y el voluntarismo.

¿De dónde nace el compromiso en mí?

Enrique Martínez Lozano

Había sido un buen día. La gente seguía a Jesús y se olvidaba de los mínimos, hasta de comer. Tus palabras les alimentaban. Pero como todo en la vida, lo que empieza tiene también un punto final: “El día comenzaba a declinar”. Pronto todo estaría oscuro. ¡Qué hacer con aquella gente cansada y emocionada con todo lo vivido en el día!

Los Doce pensaron que había llegado el momento de resolver la papeleta que tenían delante. En el texto aparecen palabras que claman por quitarse de encima el problema cuanto ante: “despide… que se vayan… que busquen alojamiento y comida… descampado. Todo en negativo, sin atisbo de creatividad, empatía o alguna idea original, nada.

Dadles vosotros de comer”, les dices.

Imaginamos las caras de los Doce mirando los cinco panes y los dos peces. Pero te pones en marcha para atender a la gente a tu manera: implicando a los tuyos.

“Haced que se sienten en grupos de unos cincuenta cada uno”.

He aquí el efecto comunitario. He aquí lo que celebramos en la Eucaristía. He aquí la puesta en común. He aquí la comprensión de que la cosa va más allá de “cinco panes y dos peces”y más acá… va de mirada al cielo, de oración desde el corazón, de bendición y de Amor sin límites. Lo que venías repitiendo una y otra vez por todos los caminos que recorrías.

“Dadles vosotros…” susurras hoy también desde el silencio, la oración, la acogida… ¡vosotros, sí, en este tiempo, en el 2022. Estáis llamados atender la necesidad de los demás. Los “cinco panes y los dos peces” son el cuidado al otro, el tiempo de escucha, la luchacontra la injusticia, la empatía con quien sufre, la solidaridad con los que quedan en el descampado de la vida, la creatividad que ayude a enfrentar los problemas unidos, la alegría de compartir lo que cada uno pueda aportar. Asumiendo un compromiso de vida. Sin dar media vuelta a la menor dificultad.

Dadles vosotros…” puede escuchar quien se abra al eco de tus palabras convocándonos a la implicación comunitaria que es alimentar el cuerpo y el alma de una humanidad que camina junta pero no acababa de enterarse.

Lo dejaste bien claro, sólo falta que nos pongamos a ello, no desde la cabeza sino desde el corazón y el soplo de Espíritu.

Mari Paz López Santos

II Vísperas – Corpus Christi

II VÍSPERAS

SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO

INVOCACIÓN INICIAL

V./ Dios mío, ven en mi auxilio
R./ Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Que la lengua humana
cante este misterio:
la preciosa sangre
y el precioso cuerpo.
Quien nació de Virgen
Rey del universo,
por salvar al mundo,
dio su sangre en precio.

Se entregó a nosotros,
se nos dio naciendo
de una casta Virgen;
y, acabado el tiempo,
tras haber sembrado
la palabra al pueblo,
coronó su obra
con prodigio excelso.

Fue en la última cena
—ágape fraterno—,
tras comer la Pascua
según mandamiento,
con sus propias manos
repartió su cuerpo,
lo entregó a los Doce
para su alimento.

La Palabra es carne
y hace carne y cuerpo
con palabra suya
lo que fue pan nuestro.
Hace sangre el vino,
y, aunque no entendemos,
basta fe, si existe
corazón sincero.

Adorad postrados
este Sacramento.
Cesa el viejo rito;
se establece el nuevo.
Dudan los sentidos
y el entendimiento:
que la fe lo supla
con asentimiento.

Himnos de alabanza,
bendición y obsequio;
por igual la gloria
y el poder y el reino
al eterno Padre
con el Hijo eterno
y el divino Espíritu
que procede de ellos. Amén.

SALMO 109: EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE

Ant. Cristo, el Señor, sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec, ofreció pan y vino.

Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies.»
Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora.»

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote eterno,
según el rito de Melquisedec.»

El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.
En su camino beberá del torrente,
por eso levantará la cabeza.

Señor, mis ojos están vueltos a ti,
en ti me refugio, no me dejes indefenso;
guárdame del lazo que me han tendido,
de la trampa de los malhechores.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Cristo, el Señor, sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec, ofreció pan y vino.

SALMO 115: ACCIÓN DE GRACIAS EN EL TEMPLO

Ant. Alzaré la copa de la salvación y ofreceré un sacrificio de alabanza.

Tenía fe, aun cuando dije:
«¡Qué desgraciado soy!»
Yo decía en mi apuro:
«Los hombres son unos mentirosos.»

¿Cómo pagaré al Señor
todo el bien que me ha hecho?
Alzaré la copa de la salvación,
invocando su nombre.
Cumpliré al Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo.

Mucho le cuesta al Señor
la muerte de sus fieles.
Señor, yo soy tu siervo,
siervo tuyo, hijo de tu esclava:
rompiste mis cadenas.

Te ofreceré un sacrificio de alabanza,
invocando tu nombre, Señor.
Cumpliré al Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo,
en el atrio de la casa del Señor,
en medio de ti, Jerusalén.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Alzaré la copa de la salvación y ofreceré un sacrificio de alabanza.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: LAS BODAS DEL CORDERO

Ant. Señor, tú eres el camino, la verdad y la vida del mundo.

Aleluya.
La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios,
porque sus juicios son verdaderos y justos.
Aleluya.

Aleluya.
Alabad al Señor, sus siervos todos,
los que le teméis, pequeños y grandes.
Aleluya.

Aleluya.
Porque reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo,
alegrémonos y gocemos y démosle gracias
Aleluya.

Aleluya.
Llegó la boda del Cordero,
Su esposa se ha embellecido.
Aleluya.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Señor, tú eres el camino, la verdad y la vida del mundo.

LECTURA: 1Co 11, 23-25

Yo he recibido una tradición, que procede del Señor y que a mi vez os he transmitido: Que el Señor Jesús, en la noche en que iban a entregarlo, tomó pan y, pronunciando la acción de gracias, lo partió y dijo: «Este es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía.» Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo: «Este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre; haced esto cada vez que lo bebáis, en memoria mía.».

RESPONSORIO BREVE

R/ Les dio pan del cielo. Aleluya, aleluya.
V/ Les dio pan del cielo. Aleluya, aleluya.

R/ El hombre comió pan de ángeles.
V/ Aleluya, aleluya.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Les dio pan del cielo. Aleluya, aleluya.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. ¡Oh sagrado banquete, en que Cristo es nuestra comida, se celebra el memorial de su pasión, el alma se llena de gracia y se nos da la prenda de la gloria futura! Aleluya.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. ¡Oh sagrado banquete, en que Cristo es nuestra comida, se celebra el memorial de su pasión, el alma se llena de gracia y se nos da la prenda de la gloria futura! Aleluya.

PRECES

Cristo nos invita a todos a su cena, en la cual entrega su cuerpo y su sangre para la vida del mundo. Digámosle:

Cristo, pan celestial, danos la vida eterna.

Cristo, Hijo de Dios vivo, que mandaste celebrar la cena eucarística en memoria tuya,
—enriquece a tu Iglesia con la constante celebración de tus misterios.

Cristo, sacerdote único del Altísimo, que encomendaste a los sacerdotes ofrecer tu sacramento,
—haz que su vida sea fiel reflejo de lo que celebran sacramentalmente.

Cristo, maná del cielo, que haces que formemos un solo cuerpo todos los que comemos del mismo pan,
—refuerza la paz y la armonía de todos los que creemos en ti.

Cristo, médico celestial, que por medio de tu pan nos das un remedio de inmortalidad y una prenda de resurrección,
—devuelve la salud a los enfermos y la esperanza viva a los pecadores.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Cristo, rey venidero, que mandaste celebrar tus misterios para proclamar tu muerte hasta que vuelvas,
—haz que participen de tu resurrección todos los que han muerto en ti.

Llenos de fe, invoquemos juntos al Padre común, repitiendo la oración que Jesús nos enseñó:
Padre nuestro…

ORACION

Oh Dios, que en este sacramento admirable nos dejaste el memorial de tu pasión, te pedimos nos concedas venerar de tal modo los sagrados misterios de tu cuerpo y de tu sangre, que experimentemos constantemente en nosotros el fruto de tu redención. Tú que vives y reinas con el Padre en la unidad del Espíritu Santo y eres Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

El pan es signo de la realidad que está siempre en nosotros

Es muy difícil no caer en la tentación de decir sobre la eucaristía lo políticamente correcto y dispensarnos de un verdadero análisis del sacramento más importante de nuestra fe. Son tantos los aspectos que habría que analizar, y tantas las desviaciones que hay que corregir, que solo el tener que planteármelo, me asusta. Hemos tergiversado hasta tal punto el mensaje original del evangelio, que lo hemos convertido en algo ineficaz para nuestra vida espiritual. Para recuperar el sacramento debemos volver a la tradición.

Lo último que se le hubiera ocurrido a Jesús, es pedir que los demás seres humanos se pusieran de rodillas ante él. Él sí se arrodilló ante sus discípulos para lavarles los pies; y al terminar esa tarea de esclavos, les dijo: “vosotros me llamáis el Maestro y el Señor. Pues si yo, el Maestro y el Señor os he lavado los pies, vosotros tenéis que hacer lo mismo”. Esa lección nunca nos ha interesado. Es más cómodo convertirle en objeto de adoración que imitarle en el servicio y la disponibilidad para con todos los hombres.

Hemos convertido la eucaristía en un rito cultual. En la mayoría de los casos no es más que una pesada obligación que, si pudiéramos, nos quitaríamos de encima. Se ha convertido en una ceremonia rutinaria, carente de convicción y compromiso. La eucaristía fue para las primeras comunidades el acto más subversivo imaginable. Los cristianos que la celebraban se sentían dispuestos a vivir lo que el sacramento significaba, recordaban lo que Jesús había sido y se comprometían a compartir como él compartió su vida entera.

El problema de este sacramento es que se ha desorbitado la importancia de aspectos secundarios (sacrificio, presencia, adoración) y se ha olvidado totalmente su esencia, que es su aspecto sacramental. Con la palabreja “transustanciación” no decimos nada, porque la “sustancia” aristotélica es solo un concepto que no tiene correspondencia alguna en la realidad física. La eucaristía es un sacramento. Los sacramentos ni son ritos mágicos ni son milagros. Los sacramentos son la unión de un signo con una realidad significada.

Lo que es un signo lo sabemos muy bien, porque toda la capacidad de comunicación, que los seres humanos hemos desplegado, se realiza a través de signos. Todas las formas de lenguaje no son más que una intrincada maraña de signos. Con esta estratagema hacemos presente mentalmente realidades que no están al alcance de nuestros sentidos. Ahora bien, todos los sonidos, todos los gestos, todos los grafismos que sirven para comunicarnos son convencionales, no se pueden inventar a capricho. Si me invento un signo que no dice nada a los demás, será solo un garabato para los demás.

El signo no es el pan sino el pan partido, preparado para ser comido. Es lo que fue Jesús toda su vida. La clave del signo no está en el pan como cosa, sino en el hecho de que está partido. El signo está en la disponibilidad para ser comido. Jesús estuvo siempre preparado para que todo el que se acercara a él pudiera hacer suyo todo lo que él era. Se dejó partir, se dejó comer, se dejó asimilar; aunque esa actitud tuvo como consecuencia la muerte. La posibilidad de morir, por ser como era, fue asumida con la mayor naturalidad.

El segundo signo es la sangre derramada. Es muy importante tomar conciencia de que, para los judíos, la sangre era la vida misma. Si no tenemos esto en cuenta, se pierde el significado. Tenían prohibido tomar la sangre de los animales porque, como era la vida, pertenecía solo a Dios. La sangre está haciendo alusión a la vida de Jesús que estuvo siempre a disposición de los demás. No es la muerte la que nos salva sino su vida, que estuvo siempre disponible para todo el que lo necesitaba. El valor sacrificial que se le ha dado al sacramente no pertenece a lo esencial y nos despista de su verdadero valor.

La realidad significada es una realidad trascendente, que está fuera del alcance de los sentidos. Si queremos hacerla presente, tenemos que utilizar los signos. Por eso tenemos necesidad de los sacramentos. Dios no los necesita, pero nosotros sí, porque no tenemos otra manera de acceder a esas realidades. Esas realidades son eternas y no se pueden ni crear ni destruir; ni traer ni llevar; ni poner ni quitar. Están siempre ahí. En lo que fue Jesús durante su vida, podemos descubrir esa realidad, la presencia de Dios como don.

El principal objetivo de este sacramento, es tomar conciencia de la presencia divina en nosotros. Pero esa toma de conciencia tiene que llevarnos a vivir esa misma realidad como la vivió Jesús. Toda celebración que no alcance, aunque sea mínimamente, este objetivo, se convierte en completamente inútil. Celebrar la eucaristía pensando que me añadirá algo automáticamente, sin exigirme la entrega al servicio de los demás, es un autoengaño. Si nos conformamos con realizar el signo sin alcanzar lo significado, solo será un garabato.

En la eucaristía se concentra todo el mensaje de Jesús, que es el AMOR. El Amor, que es Dios manifestado en el don de sí mismo que hizo Jesús durante su vida. Esto soy yo: Don total, Amor total, sin límites. El comer el pan y beber el vino consagrados, lo que quiere decir es que hago mía su vida y me comprometo a identificarme con lo que fue e hizo Jesús. El pan que me da la Vida no es el pan que como, sino el pan en que me convierto cuando me doy. Soy cristiano, no cuando como sino cuando me dejo comer, como hizo él.

El ser humano no tiene que liberar o salvar su «ego», a partir de ejercicios de piedad, que consigan de Dios mayor reconocimiento, sino liberarse del «ego» y tomar conciencia de que todo lo que cree ser, es artificial y anecdótico y que su verdadero ser está en lo que hay de Dios en él. Intentar potenciar el “yo”, aunque sea a través de ejercicios de devoción, es precisamente el camino opuesto al evangelio. Solo cuando hayamos descubierto nuestro verdadero ser, descubriremos la falsedad de nuestra religiosidad que solo pretende acrecentar el yo, y no solo aquí y ahora, sino para siempre en el más allá. 

La comunión no tiene ningún valor si la desligamos de signo sacramental. El gesto de comer el pan y beber el vino consagrados es el signo de nuestra aceptación de lo que significa el sacramento. Comulgar significa el compromiso de hacer nuestro todo lo que Es Jesús. Significa que, como él, soy capaz de entregar mi vida por los demás, no muriendo, sino estando siempre disponible para todo aquel que me necesite. Es una pena que sigamos oyendo misa sin pensar en la importancia que tiene celebrar una eucaristía.

Todas las muestras de respeto hacia las especies consagradas están muy bien. Pero arrodillarse ante el Santísimo y seguir menospreciando o ignorando al prójimo, es un sarcasmo. Si en nuestra vida no reflejamos la actitud de Jesús, la celebración de la eucaristía seguirá siendo magia barata para tranquilizar nuestra conciencia. A Jesús hay que descubrirlo en todo aquel que espera algo de nosotros, en todo aquel a quien puedo ayudar a ser él mismo, sabiendo que esa es la única manera de llegar a ser yo mismo.

Fray Marcos

Jesús alimenta, la comunidad recuerda

La institución de la Eucaristía se celebra el Jueves Santo. ¿Qué sentido tiene dedicar otra fiesta al mismo misterio? Podríamos decir que, en el Jueves Santo, el protagonismo es de Jesús, que se entrega. En la fiesta del Corpus, el protagonismo es de la comunidad cristiana, que reconoce y agradece públicamente ese regalo. Esta fiesta comenzó a celebrarse en Bélgica en 1246, y adquirió su mayor difusión pública dos siglos más tarde, en 1447, cuando el Papa Nicolás V recorrió procesionalmente con la Sagrada Forma las calles de Roma. Dos cosas pretende: fomentar la devoción a la Eucaristía y confesar públicamente la presencia real de Jesucristo en el pan y el vino.

En el ciclo C, las lecturas centran la atención en el compromiso del cristiano con Jesús, al que debe recordar continuamente con gratitud (2ª lectura), porque él lo sigue alimentando igual que alimentó a la multitud (evangelio).

1ª lectura. ¿El primer anuncio de la Eucaristía? (Gn 14,18-20)

El c.14 del Génesis cuenta una batalla casi mítica de cinco reyes contra cuatro, en la que termina tomando parte Abrán (no es una errata, el nombre se lo cambió más tarde Dios en el de Abrahán). Al volver victorioso, devuelve al rey de Salén (Jerusalén) los prisioneros que le habían hecho. Y su rey, Melquisedec, «le sacó pan y vino» y lo bendijo. A nosotros puede parecernos traído por los pelos el que se elige esta lectura por el simple hecho de mencionar al pan y el vino, pero los Padres de la Iglesia y los artistas han visto siempre en esta escena un anuncio de la eucaristía, como la mejor ofrenda que se nos puede hacer.

2ª lectura. “En recuerdo mío” (1 Corintios 11,23-26)

Dos veces insiste Pablo, al recordar la institución de la Eucaristía, en que hay que realizarla «en memoria mía». Evoca la imagen de un padre o una madre que, antes de morir, entrega una foto suya a los hijos diciéndoles: «acuérdate de mí». Lo que pide Jesús es que recordemos todo lo que hizo por nosotros a lo largo de su vida. La Eucaristía nos obliga a echar una mirada al pasado y agradecer lo que hemos recibido de él. Pablo no omite la mirada al pasado, pero la limita a la muerte de Jesús, su acto supremo de entrega; y la proyecta luego al futuro, «hasta que vuelva».

Pablo escribe estas palabras a propósito de los desórdenes que se habían introducido en la celebración de la Eucaristía en Corinto, donde algunos se emborrachaban o hartaban de comer mientras otros pasaban hambre. Por eso les advierte seriamente: cuando celebráis la cena del Señor, no celebráis una comida normal y corriente; estáis recordando el momento último de la vida de Jesús, su entrega a la muerte por nosotros. Celebrar la eucaristía es recordar el mayor acto de generosidad y de amor, incompatible con una actitud egoísta.

Evangelio. Segundo anuncio de la Eucaristía (Lc, 9,11b-17)

Si la lectura del Génesis ha sido considerada el primer anuncio de la Eucaristía, la multiplicación de los panes es el segundo. Lucas, siguiendo a Marcos con pequeños cambios, describe una escena muy viva, en la que la iniciativa la toman los discípulos. Le indican a Jesús lo que conviene hacer y, cuando él ofrece otra alternativa, objetan que tienen poquísima comida. La orden de recostarse en grupos de cincuenta simplifica lo que dice Marcos, que divide a la gente en grupos de cien y de cincuenta. Esta orden tan extraña se comprende recordando la organización del pueblo de Israel durante la marcha por el desierto en grupos de mil, cien, cincuenta y veinte (Éx 18,21.25; Dt 1,15). También en Qumrán se organiza al pueblo por millares, centenas, cincuentenas y decenas (1QS 2,21; CD 13,1). Es una forma de indicar que la multitud que sigue a Jesús equivale al nuevo pueblo de Israel y a la comunidad definitiva de los esenios.

Jesús realiza los gestos típicos de la eucaristía: alza la mirada al cielo, bendice los panes, los parte y los reparte. Al final, las sobras se recogen en doce cestos.

¿Cómo hay que interpretar la multiplicación de los panes?

Podría entenderse como el recuerdo de un hecho histórico que nos enseña sobre el poder de Jesús, su preocupación no sólo por la formación espiritual de la gente, sino también por sus necesidades materiales.

Esta interpretación histórica encuentra grandes dificultades cuando intentamos imaginar la escena. Se trata de una multitud enorme, cinco mil personas, sin tener en cuenta que Lucas no habla de mujeres y niños, como hace Mateo. En aquella época, la “ciudad” más grande de Galilea era Cafarnaúm, con unos mil habitantes. Para reunir esa multitud tendrían que haberse quedados vacíos varios pueblos de aquella zona. Incluso la propuesta de los discípulos de ir a los pueblos cercanos a comprar comida resulta difícil de cumplir: harían falta varios Hipercor y Alcampo para alimentar de pronto a tanta gente.

Aun admitiendo que Jesús multiplicase los panes y peces, su reparto entre esa multitud, llevado a cabo por solo doce personas (unas mil por camarero, si incluimos mujeres y niños) plantea grandes problemas. Además, ¿cómo se multiplican los panes? ¿En manos de Jesús, o en manos de Jesús y de cada apóstol? ¿Tienen que ir dando viajes de ida y vuelta para recibir nuevos trozos cada vez que se acaban? Después de repartir la comida a una multitud tan grande, ya casi de noche, ¿a quién se le ocurre ir a recoger las sobras en mitad del campo? ¿No resulta mucha casualidad que recojan precisamente doce cestos, uno por apóstol? ¿Y cómo es que los apóstoles no se extrañan lo más mínimo de lo sucedido?

Estas preguntas, que parecen ridículas, y que a algunos pueden molestar, son importantes para valorar rectamente lo que cuenta el evangelio. ¿Se basa el relato en un hecho histórico, y quiere recordarlo para dejar claro el poder y la misericordia de Jesús? ¿Se trata de algo puramente inventado por los evangelistas para transmitir una enseñanza?

El trasfondo del Antiguo Testamento

Lucas, muy buen conocedor del Antiguo Testamento vería en el relato la referencia clarísima a dos episodios bíblicos.

En primer lugar, la imagen de una gran multitud en el desierto, sin posibilidad de alimentarse, evoca la del antiguo Israel, en su marcha desde Egipto a Canaán, cuando es alimentado por Dios con el maná y las codornices gracias a la intercesión de Moisés. Pero hay también otro relato sobre Eliseo que le vendría espontáneo a la memoria. Este profeta, uno de los más famosos de los primeros tiempos, estaba rodeado de un grupo abundante de discípulos de origen bastante humilde y pobre. Un día ocurrió lo siguiente:

«Uno de Baal Salisá vino a traer al profeta el pan de las primicias, veinte panes de cebada y grano reciente en la alforja. Eliseo dijo:

― Dáselos a la gente, que coman.

El criado replicó:

― ¿Qué hago yo con esto para cien personas?

Eliseo insistió:

― Dáselos a la gente, que coman. Porque así dice el Señor: Comerán y sobrará.

Entonces el criado se los sirvió, comieron y sobró, como había dicho el Señor»

(2 Re 4,42-44).

Lucas podía extraer fácilmente una conclusión: Jesús se preocupa por las personas que lo siguen, las alimenta en medio de las dificultades, igual que hicieron Moisés y Eliseo antiguamente. Al mismo tiempo, quedan claras ciertas diferencias. En comparación con Moisés, Jesús no tiene que pedirle a Dios que resuelva el problema, él mismo tiene capacidad de hacerlo. En comparación con Eliseo, su poder es mucho mayor: no alimenta a cien personas con veinte panes, sino a varios miles con solo cinco, y sobran doce cestos. La misericordia y el poder de Jesús quedan subrayados de forma absoluta.

¿Sigue saciando Jesús nuestra hambre?

Aquí entra en juego un aspecto del relato que parece evidente: su relación con la celebración eucarística en las primeras comunidades cristianas. Jesús la instituye antes de morir con el sentido expreso de alimento: “Tomad y comed… tomad y bebed”. Los cristianos saben que con ese alimento no se sacia el hambre física; pero también saben que ese alimento es esencial para sobrevivir espiritualmente. De la eucaristía, donde recuerdan la muerte y resurrección de Jesús, sacan fuerzas para amar a Dios y al prójimo, para superar las dificultades, para resistir en medio de las persecuciones e incluso entregarse a la muerte. Lucas volverá sobre este tema al final de su evangelio, en el episodio de los discípulos de Emaús, cuando reconocen a Jesús “al partir el pan” y recobran todo el entusiasmo que habían perdido.

José Luis Sicre

Comentario – Corpus Christi

(Lc 9, 11-17)

Este relato sobre la multiplicación de los panes nos muestra la verdadera voluntad de Dios: que no falte el pan para todos. Los apóstoles ofrecieron a Jesús cinco panes. Así vemos que cuando nos dejamos usar por la fuerza de su amor y le ofrecemos lo poco que tenemos, hay pan para todos, y sobra. Pero cuando algunos se dejan llevar por el egoísmo, el pan se acumula en pocas manos y no hay pan para todos. Porque Dios actúa en nuestra historia a través de instrumentos humanos, y cuando esos instrumentos se resisten a cumplir su función y se encierran en la ambición y la comodidad, no se cumple la voluntad de Dios en nuestra tierra. Por eso tenemos que reconocer que los problemas económicos, sobre todo cuando hay marcadas diferencias sociales, son problemas de amor, son el reflejo de una gran incapacidad de amar y de compartir. Pero cuando el pan se comparte y se reparte, se convierte en una forma de encuentro que es un anticipo del cielo, y hay pan para todos.

Pero además, estos panes son un símbolo de la Eucaristía, el pan espiritual del cual va a hablar Jesús más adelante. Y la Eucaristía siempre es pan para todos; nadie se ve privado de ella por falta de dinero; es pan sobreabundante tanto para ricos como para pobres, es pan que no hace distinción de personas.

La relación entre el pan que se comparte y el pan de la Eucaristía aparece con mucha claridad en 1 Cor 11, 20-22. Pero es importante que en este texto del evangelio de Lucas, que es el evangelio de la misericordia, reconozcamos cómo el pan que Jesús nos reparte en la Eucaristía nos exige también compartir el pan de nuestras mesas para mostrar a los pobres el rostro de Jesús que los ama y los cuida a través de nosotros. La Eucaristía es el Sacramento del amor fraterno, de la unidad y de la generosidad. Por eso mismo decía San Juan Crisóstomo: «¿Quieren en verdad honrar el cuerpo de Cristo? No consientan que esté desnudo. No lo honren en el templo con manteles de seda mientras afuera lo dejan pasar frío y desnudez».

Oración:

«Señor, que te acercas a mí con todo tu amor en cada Eucaristía, concédeme que la comunión haga crecer mis deseos de amar y aumente mi generosidad, para que pueda reconocer tu presencia en el hermano necesitado».

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

El banquete del Reino

No es un azar que el mensaje de Jesús nos llegue hoy a través de esta parábola de la gran cena “que dispuso cierto hombre”. Porque el segundo domingo de Pentecostés es inmediato a la gran solemnidad del Corpus Christi, dedicada a exaltar la presencia de Cristo en el banquete eucarístico.

En efecto, las palabras de Cristo nos presentan en esta ocasión el panorama del Reino de Dios y de la vida cristiana bajo la figura de un gran convite. No podemos pasar por encima de esta metáfora: pues la idea del banquete expresa muy bien, al modo semita y oriental, un rasgo esencial del cristianismo, la alegría y la felicidad del seguimiento de Jesús. Aquellos que en el Evangelio no ven más que un conjunto de cortapisas a la vida humana no han entendido nada de Jesús: les ha resbalado lo más íntimo del mensaje divino, que es fraternidad, amistad y alegría. Es como si no tuvieran oídos, según aquellas palabras del Señor: “el que tenga oídos para oír que oiga” (Mt 11, 15).

Vamos, pues, a aguzar el oído, pidiendo ayuda al Espíritu Santo para poder “oír”, en el sentido evangélico de la palabra: es decir, para entender lo que Jesucristo quiere decirnos, hoy y ahora, con sus palabras de siempre.

El banquete es la Eucaristía. Es Dios Padre el que, movido por una caridad sin límites, ha enviado a su Hijo al mundo y Él, muerto y resucitado por nosotros, se ha quedado entre nosotros en la Eucaristía, para ser nuestro alimento y nuestra vida. Una locura de amor incomprensible para la mente humana, “Humildad de Jesús, en Belén, en Nazareth, en el Calvario… Pero más humillación y más anonadamiento en la Hostia Santísima: más que en el establo, y que en Nazareth y que en la Cruz” (Camino, 533). Él es ese “cierto hombre que dispuso una gran cena y convidó a muchos”. Dios, que es amor –“Deus caritas est”, dice San Juan (1 Jn 4, 8)– ha ofrecido a los hombres la filiación divina y ha dispuesto un gran banquete. Desea que se llene su casa, anhela que todos participen de su alegría. “Sal a los caminos y a los cercados y oblígales a entrar, para que se llene mi casa”

Fijémonos ahora en la reacción de los invitados. “Et coeperunt simul omnes excusare”. Todos, como de concierto, comenzaron a dar excusas. —He comprado una finca y necesito ir a verla…. —He comprado cinco yuntas de bueyes y voy a probarlas…. —Me he casado y así no puedo ir allá…. Son las mismas excusas las que salen hoy, si no de los labios, sí de la vida de muchos cristianos ante el precepto dominical. No es ya la retirada que es consecuencia de la opción por una vida enfrentada al Evangelio de Jesucristo. Son las excusas de la tibieza de los cristianos que se disfraza de “buenas” razones para posponer la Eucaristía dominical y abandonarla de hecho. Abandonar la Misa y, claro está, desconocer el Sagrario de nuestros templos: “Ahí lo tienes: es Rey de reyes y Señor de señores. Está escondido en el pan. Se humilló hasta esos extremos por amor a ti” (Camino, 538).

Es el ajetreo de la vida el que desplaza a Cristo Sacramentado de la vida de tantos: el trabajo profesional, el sacar adelante la propia familia. Hoy como ayer. Y hoy como ayer resulta incomprensible el desamor de los hombres ante el amor de Dios.

Excusas, mucho trabajo, la familia… ¡Como si Dios no contara con esas circunstancias cuando nos invitó al banquete! ¡Si son precisamente esas circunstancias las que hemos de santificar! ¡Si es a esa familia a la que hay que llevar al culto eucarístico!

La conclusión me parece clara: sacramento de la Penitencia, Eucaristía dominical, comunión frecuente. Y entonces, “cuando te acerques al Sagrario, piensa que ¡El! Te espera desde hace veinte siglos” (Camino, 537.). Pero todo esto exige… cambiar de vida.

Pedro Rodríguez

Lectio Divina – Corpus Christi

«Dadles vosotros de comer»

INTRODUCCIÓN

“Lo de Jesús es una fiesta; es de gente bien alimentada, que dispone de agua abundante y vino a discreción, a plena luz, en medio de amigos, disfrutando de la invitación y la presencia del Padre. Esto es una imagen del mundo definitivo, y Jesús alude a ese Banquete definitivo en varias ocasiones, pero es también una imagen de la situación interior de los que siguen a Jesús. Tener la vida llena de sentido, sentirse liberado de tantas necesidades que no hacen más que encadenarnos, sentirse estimulado por el amor, no por el miedo, saberse querido, útil, necesario, atender a valores válidos para la humanidad entera, vivir comprometido, compartiendo, humanizando y humanizándose, fundar la esperanza de vida eterna en el amor de un Padre” (J.E. Galarreta).

LECTURAS DE LA MISA

1ª lectura: Gen. 14,18-20;                2ª lectura: 1Cor, 11,23-26.

EVANGELIO

Lc. 9, 11b-17

Jesús los acogía, les hablaba del reino y sanaba a los que tenían necesidad de curación. El día comenzaba a declinar. Entonces, acercándose los Doce, le dijeron: «Despide a la gente; que vayan a las aldeas y cortijos de alrededor a buscar alojamiento y comida, porque aquí estamos en descampado». Él les contestó: «Dadles vosotros de comer». Ellos replicaron: «No tenemos más que cinco panes y dos peces; a no ser que vayamos a comprar de comer para toda esta gente». Porque eran unos cinco mil hombres. Entonces dijo a sus discípulos: «Haced que se sienten en grupos de unos cincuenta cada uno». Lo hicieron así y dispusieron que se sentaran todos. Entonces, tomando él los cinco panes y los dos peces y alzando la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos, los partió y se los iba dando a los discípulos para que se los sirvieran a la gente. Comieron todos y se saciaron, y recogieron lo que les había sobrado: doce cestos de trozos.

REFLEXIÓN

Hoy, día del Corpus, es el día de la Caridad. Si no queremos romper el “Cuerpo del Señor”, es necesario ver la íntima relación que existe entre el Cuerpo físico y el Cuerpo Místico; entre el amor a Cristo y el amor concreto a nuestros hermanos.

San Juan Crisóstomo hace una hermosa relación entre la Eucaristía del altar y la eucaristía del hermano: ¿De qué sirve adornar la Mesa de Cristo con copas de oro, si Él está muriendo de hambre? Empieza por saciar al hambriento y después, con lo que te sobra, adorna también su mesa…Pero, al adornar la mesa, no olvides al hermano necesitado, porque este templo vale más que aquel.

En este evangelio, veamos las distintas posturas de los discípulos y Jesús.

1.- Dicen los discípulos: Despide a la gente. ¡Que se vayan! A pesar de haber pasado veinte siglos, las posturas apenas han cambiado. Los pobres nos molestan, nos estorban, nos sacan de nuestras casillas, o  mejor, de nuestras casas de confort, de nuestra comodidad. ¡Que se vayan! Que se vayan a Cáritas, a la Cruz Roja… Todo menos implicarnos y comprometernos. Lo peor de todo es que ese hombre “encorvado” por la dureza de la vida, nos sorprende en una solemne Procesión del Corpus, después de haber comulgado muy devotamente en la Misa. ¿Qué dice Jesús? «Dadles vosotros de comer». Y ese “vosotros” nos afecta directamente hoy a nosotros, los seguidores de Jesús. Los problemas de los hombres y mujeres de este mundo son problemas de “nuestros hermanos” y deben romper la piel que protege nuestras seguridades. A Jesús los problemas de la gente le afectaban tanto que “le daba un vuelco el corazón”.

2.- No tenemos más que cinco panes y dos peces. Es la clásica excusa de siempre. Este problema lo tienen que solucionar los jefes de los Estados más ricos del mundo. Y, mientras tanto, los ricos son cada vez más ricos y los pobres más pobres… ¿Qué dice Jesús?  Traedme los cinco panes y los dos peces.  Jesús quiere que compartamos lo poco que tengamos. El día en que todos, en una hermosa cadena de solidaridad, nos diéramos la mano, ya no habrá más  manos pidiendo pan. En las primeras comunidades no había personas necesitadas porque “el que tenía más daba al que menos tenía”. (Hech. 4,34). Naturalmente que esta actitud era fruto de una conversión. En aquella comunidad, “Tenían un solo corazón y una sola alma”. Jesucristo no vino a decirnos lo que teníamos  que hacer, sino lo que teníamos que ser, es decir, HERMANOS. La solidaridad cristiana es fruto de la fraternidad.

3.- Y recogieron lo que les había sobrado: doce cestos de trozos.Para los que hemos estado en países de misión y hemos palpado de cerca la pobreza y la miseria, este trozo del evangelio no lo podemos pasar por alto. Sabemos que en los países más desarrollados, nos sobran muchas cosas. Nos sobra comida, vestidos, zapatos, y un montón de cosas superficiales. Entonces, no con lo que nosotros necesitamos, sino con lo que a nosotros “nos sobra” se puede acabar el hambre en el mundo.

Sucedió a la salida de Misa de un Domingo cualquiera. Nietzsche, vio salir del templo a unos burgueses con caras  largas, aburridas, y, por supuesto, sin ningún tipo de compromiso social. El filósofo lanzó  aquella célebre frase: “Otras canciones deberían cantarme a mí los cristianos para que yo creyera en un Cristo Salvador”.

En el día del Corpus, no está mal el recordar a todos los cristianos que aquellos que creemos en la Eucaristía, debemos cantar al mundo otras canciones: las canciones de la alegría, la esperanza, la solidaridad, la fraternidad. Y, cuando todo esto lo cumplamos, celebraremos de verdad LA FIESTA DEL CORPUS.

PREGUNTAS

1.- ¿Exageramos si decimos que los pobres nos molestan?   ¿Cuánto hace que no he hablado con uno de esos pobres que huelen mal?

2.- ¿Me he parado a pensar en la cantidad de cosas que tengo y no necesito?

3.- ¿Estoy dispuesto a dar de lo que a mí me sobra?

Este evangelio, en verso, suena así:

Recordamos que Jesús,
en la Cena de la Pascua,
inventó la Eucaristía,
memorial de Acción de gracias.

«Tomad, comed». Es mi «Cuerpo»,
tierno Pan de harina blanca.
«Tomad, bebed». Es mi «Sangre»,
Vino de la Nueva Alianza.

Pan y vino simbolizan
toda mi vida entregada,
fiel expresión de mi amor
encarnado en mis entrañas.

Comulgad en las dos mesas
del Pan y de mi Palabra.
Dar la vida, por amor,
es también vuestro programa.

«Yo me paseo en los pobres»,
no en las custodias doradas.
Mucha gente hambrienta espera,
sobre la hierba, sentada.

«Dadles de comer, vosotros».
Al compartir las hogazas,
gratis y por puro amor,
sobrarán doce canastas.

Señor Jesús, Pan de Vida,
Sol de Amor, nuestra Esperanza.
Gracias por tu Eucaristía.
A Ti, gloria y alabanza.

(Compuso estos versos José Javier Pérez Benedí)

ORACIÓN DEL PAPA FRANCISCO POR UCRANIA

Tú que nos enseñaste que a la diabólica insensatez de la violencia se responde con las armas de Dios, con la oración y el ayuno, ten piedad de nosotros, aleja la guerra y demás violencias malignas y permítenos llegar a soluciones aceptables y duraderas a esta crisis, basadas no en las armas, sino en un diálogo profundo.

Alimento espiritual

1.- La primera lectura de hoy, mis queridos jóvenes lectores, hace referencia a una persona enigmática: Melquisedec. Aparece en el Génesis, este fragmento, como personaje histórico. En un salmo y en la carta a los hebreos como símbolo-tipo del Mesías. Y no hay ninguna otra referencia más.

Regresaba Abraham con un poderoso ejercito de 318 soldados, tras salir victorioso de una guerra contra una coalición de cinco reyes (¡¡) cuando ocurre el encuentro que se narra. Era rey y sacerdote de Salem, lugar que se identifica con Jerusalén. Se ofrece pan y vino, que pudiera ser un regalo, pero que el contexto y los lugares bíblicos que a él se refieren, le dan significado de sacrificio. Imaginaos, pues, poniendo un panecillo sobre una piedra, como un menhir de los que vemos en nuestras tierras, y derramando posteriormente vino sobre él. Ofrenda hecha a Dios, sin derramamiento de sangre. (Si no sabéis lo que es un menhir, tal vez os sirva de explicación el que os diga que es lo que fabricaba el mítico Obelix, el de los relatos de Asterix). ¿En qué lugar ocurrió el encuentro? He leído que existe una tradición que lo recuerda en la cima del Tabor, en la actual iglesia ortodoxa. Sólo he podido visitarla en una ocasión y no he visto dentro ningún monumento conmemorativo.

2.- Pan y vino, son dos alimentos comunes, tanto en mesas de ricos, como de pobres, en las tierras mediterráneas y de Oriente medio. Pan y vino que utilizaría posteriormente Jesús en la Santa Cena (de aquí esta lectura, hoy). Hay que advertir que el vino sería de muy inferior calidad a la de nuestros caldos. Según parece, ni lo filtraban, ni sabían impedir que se avinagrase. No es de extrañar, pues, que los judíos le añadieran agua, gesto que continuamos haciéndolo nosotros en la misa y que, si no fuera por este origen, y los símbolos que se le dan en una oración que recitamos los sacerdotes en silencio, sería empeorar la bebida. Así que esta lectura nos remonta a épocas muy lejanas y nos hace ver que Dios-Padre, desde muy antiguo, preparó el rito que utilizaría su Hijo, cuando viniera a hacerse uno de los nuestros y permanecer posteriormente, realmente, sacramentalmente, con nosotros.

3.- El texto de la carta de San Pablo que proclamamos hoy, es la más antigua referencia escrita que poseemos de la institución de la Eucaristía. Habían pasado alrededor de 20 años del acontecimiento y una tradición de esta calidad en Oriente, tiene más valor que un documento notarial entre nosotros. Es asombroso lo que afirma: cada vez que comulgamos estamos proclamando al mundo, al universo entero, el misterio sublime del Señor, su muerte gloriosa, salvadora. Aquí reside la responsabilidad del que comulga. Si hubo tiempos en los que muchos no se atrevían a comulgar más que en muy contadas ocasiones, dada la grandeza del misterio y la conciencia de la propia indignidad, comprobamos como ahora, entre nosotros, van bastantes a comulgar, olímpicamente, como quien se lleva a la boca una galleta, con la misma displicencia con que se mastica el regaliz. Un buen manjar, un excelente plato bien cocinado, puede no ser apto para un estómago enfermo. Primero hay que ponerse bueno, después saber ingerir bien el bocado que tomamos, para que, posteriormente, nos resulte saludable.

Lo dicho en último lugar no es para desanimaros y recomendaros que no comulguéis. Alimento del alma, suave y fácilmente digerible, es la oración. Buena comida es la asimilación de la Palabra revelada bíblica. Higiene espiritual es el sacramento de la penitencia y, en llegando aquí, comulgar se convierte en el mejor sustento para ser fuerte, atleta de Jesús, testimonio vivo de su redención.

4.- En el evangelio se explica el episodio de la multiplicación de los panes y los peces. Por la descripción que hace Lucas, se da uno cuenta que posteriormente a aquel prodigio, los apóstoles descubrieron que aquel prodigio no había sido más que un anticipo de la multiplicación eucarística de todo su Ser, para satisfacción de los que le siguieran. Observad, mis queridos jóvenes lectores, que la Santa Cena venía precedida por tres años de predicación. Los panes y los peces bendecidos y repartidos fueron complemento a una jornada de escucha de su doctrina. La primera misa no se celebró precipitadamente, no duró una escasa media hora, como muchos quieren dure la de hoy en día. La segunda, la de Emaús, vino precedida por una larga enseñanza y reflexión, mientras efectuaban un trayecto que bien pudo ser de dos horas.

Os he explicado estas cosas para que tengáis siempre presente la maravillosa riqueza espiritual que se nos ha otorgado a los cristianos. A veces, a cualquier hora del día o de la noche, entro en la iglesita que hay pegada a mi casa y celebro misa pensando en el misterio divino, en muchas otras cosas más, en muchas personas, no olvidando a los posibles queridos jóvenes lectores, a los que dedico un rato cada semana, escribiéndoos estos mensajes-homilías.

Pedrojosé Ynaraja

Sentir a Jesús con nosotros

1. – Dios se hizo hombre y convivió con nosotros. Es algo muy grande, inconmensurable. Sin duda, Jesús es el rostro de Dios Invisible. Luego, la noche en que iba a ser entregado, dejó a sus discípulos una presencia permanente en la forma real de su Cuerpo y su Sangre. La misma que había servido para la Encarnación de Dios en hombre. Esto es también enorme y da vértigo solo pensarlo. Porque Dios está presente en una cercanía impresionante: en los sagrarios de todas las iglesias y sobre el altar de todas las misas cotidianas. Es probable que no seamos capaces de entender totalmente esa realidad; que, incluso, la aceptemos intelectualmente, pero que se nos olvide o que no la sintamos de manera suficiente.

Sin embargo, es difícil no sentir el influjo espiritual en su recepción. Muchas veces, no hace falta la fe para saber que ahí, tras las formas de pan y vino, está Jesús y, por tanto, la Santísima Trinidad. Se experimenta con la recepción del Santísimo Sacramento una interrelación con el Ser Divino. Es, sin duda, suave y tenue. A veces –incluso–, la hacemos nosotros insuficiente en nuestro camino de fe. Y somos desmemoriados a la hora de no tenerla presente de manera total en nuestras vidas, todas las horas del día. Pero aún así es imposible negar esa corriente de divinidad que nos llega. Conseguimos sintonizar –como en los tiempos heroicos de la radio– durante unos segundos con la Estación amada y lo oímos en toda su plenitud.

2. -. La presencia innegable de Jesús en las formas de pan y vino comunica una corriente espiritual fehaciente. No es solamente un rito sacralizado por la fe. Es una realidad que transforma, aquieta, perdona y enriquece. Siempre hay un antes y un después en la recepción de la Santa Eucaristía. Muchos días se llega a la misa cotidiana con problemas, aprensiones, tristezas, distracciones o dudas. Gran parte de todos esos problemas van a aclararse. Nuestro cuerpo, alma y pensamiento han cambiado después de recibir a Jesús. No es un espejismo, no es una falsa emoción. Hay momentos en que el fruto del Santo Sacramento es recibir –por ejemplo– un mayor tino para todas las cosas y, sobre todo, en las de índole espiritual.

3.- No es posible dejar de proclamar tal efecto real de un don espiritual. El mayor bien «terreno» que podemos dar a nuestros hermanos es comunicarles lo que sentimos a la hora de recibir el Cuerpo de Cristo. Y la mejor ayuda es –si ellos no lo sienten—pre-dibujarles tales dones. Porque el alimento espiritual que supone la recepción del Cuerpo y Sangre de Jesucristo es fundamental para construir nuestra identidad total como cristianos, con todo lo que eso significa y debe significar. Por todo ello debemos celebrar esta Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo con especial dedicación. Pidiendo a Jesús que nos ilumine y que nos «regale» de manera fehaciente su presencia. Y una vez que seamos capaces de aprehender esos dones, hemos de esforzarnos por comunicárselos a nuestros hermanos.

Ángel Gómez Escorial