Lectio Divina – Lunes XII de Tiempo Ordinario

No juzguéis, para que no seáis juzgados

1.- Introducción.

Señor, hoy en este evangelio del día te pido que me ayudes a ser objetivo, a ver las cosas como son y no como a mí me parecen; a no valorar los comportamientos humanos a partir del afecto o desafecto que yo tengo con las personas a las que me atrevo a enjuiciar.  Suele ocurrir que una misma acción es valorada de una manera distinta si se trata de una persona que me cae bien o me cae mal. Señor, dame un corazón sano, una mente limpia y una mirada de fe para emitir un juicio objetivo sobre mis hermanos.

2.- Lectura reposada del evangelio. Mateo 7, 1-5

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: No juzguéis, para que no seáis juzgados. Porque con el juicio con que juzguéis seréis juzgados, y con la medida con que midáis se os medirá. ¿Cómo es que miras la brizna que hay en el ojo de tu hermano, y no reparas en la viga que hay en tu ojo? ¿O cómo vas a decir a tu hermano: «¿Deja que te saque la brizna del ojo”, teniendo la viga en el tuyo? Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo, y entonces podrás ver para sacar la brizna del ojo de tu hermano.

3.- Qué dice el texto.

Meditación-reflexión

La mota y la viga. Al Señor le gusta exagerar los términos de comparación para que caigamos en la cuenta de nuestros errores y cambiemos. El no ver una mota no tiene demasiada importancia respecto a nuestra salud del ojo. Pero no ver una viga significa que tengo mis ojos muy estropeados, que me urge la visita al oculista, que estoy a punto de perder la vista. Pablo tenía sus ojos muy sucios cuando en cada cristiano veía a un enemigo. En realidad, estaba ciego. Por eso tuvo que estrenar unos ojos nuevos, los ojos del amor. Y, con esta mirada del corazón, pudo ver a Jesús en cada uno de los cristianos a los que perseguía. Lamentablemente, a más de veinte siglos de distancia, seguimos estando ciegos, no vemos a Cristo en el rostro de nuestros hermanos. Qué bonitas las palabras del Papa Pablo VI a todos los cristianos al acabar el Concilio Vaticano II. “En el rostro de cada hombre, sobre todo si se ha hecho transparente a través de las lágrimas y el dolor, nosotros podemos y debemos reconocer el rostro de Cristo”.  Antes de ver “motas” en el ojo de nuestros hermanos, quitemos las “vigas” que llevamos en los nuestros.

Palabra del Papa.

“No se puede corregir a una persona sin amor y sin caridad. No se puede hacer una intervención quirúrgica sin anestesia: no se puede, porque el enfermo morirá de dolor. Y la caridad es como una anestesia que ayuda a recibir la cura y aceptar la corrección. Apartarlo, con mansedumbre, con amor y hablarle. En segundo lugar, es necesario no decir algo que no es verdad. Cuántas veces en nuestras comunidades se dicen cosas una persona de la otra que no son verdaderas: son calumnias… La corrección fraterna es un acto para curar el cuerpo de la Iglesia. Hay un agujero, ahí, en el tejido de la Iglesia que es necesario coser de nuevo. Y como las madres y las abuelas, cuando cosen, lo hacen con mucha delicadeza, así se debe hacer la corrección fraterna. Si no eres capaz de hacerlo con amor, con caridad, en la verdad y con humildad, se comete una ofensa, una destrucción del corazón de la persona. (Cf Homilía de S.S. Francisco, 12 de septiembre de 2014, en Santa Marta).

4.- Qué me dice hoy a mí este texto ya meditado. (Guardo silencio)

5.- Propósito: Evitar los prejuicios para mirar hoy a todas las personas con la mirada del corazón.

6.- Dios me ha hablado hoy a mí a través de su Palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración.

Dios mío, qué bella, qué fuerte, qué eficaz es tu Palabra. Yo, por mí mismo, nunca hubiera caído en la cuenta de la terrible enfermedad de mis ojos del alma. Hoy he visto lo hipócrita que soy. Qué duro, que inflexible, qué intransigente soy a la hora de hacer un juicio a los demás. Y, por otra parte, qué blando, qué condescendiente, qué comprensivo con mis errores y defectos. Sigo con la ley del embudo: lo ancho para mí y lo estrecho para los demás. Te prometo, Señor, que voy a cambiar.

ORACIÓN DEL PAPA FRANCISCO POR UCRANIA

Tú que nos enseñaste que a la diabólica insensatez de la violencia se responde con las armas de Dios, con la oración y el ayuno, ten piedad de nosotros, aleja la guerra y demás violencias malignas y permítenos llegar a soluciones aceptables y duraderas a esta crisis, basadas no en las armas, sino en un diálogo profundo.

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Sígueme

La introducción nos propone un ejercicio de reflexión que podemos rechazar. Atrevámonos, no obstante, a plantearnos su interrogante: ¿en verdad me merece la pena plantearme la cuestión del seguimiento de Cristo? Y si pienso que sí, ¿hasta qué punto, en vista de las palabras de Jesús?

Lo primero que nos llamará la atención es que, haciendo un ejercicio de comparación, la primera lectura del Antiguo Testamento, la exigencia de la invitación de Elías a Eliseo es menos severa que la del Nuevo Testamento: “ve a despedirte de tu familia, ¿quién te lo impide?”; mientras que las palabras de Jesús, no dan pie a tal dilación: “embárcate ya, si te atreves a lo que te espera, o te quedas en tierra”, viene a decirnos.

Lo segundo que nos llama la atención es que, en la primera lectura, Eliseo es llamado por Elías, es invitado por este, aunque la iniciativa es siempre de Dios, mientras que en el Evangelio nos encontramos dos situaciones distintas: en el primer y el tercer individuo es Jesús el que recibe una petición entusiasta para pertenecer a su grupo de discípulos; de los tres personajes mencionados, solo en un caso es Jesús el que toma la iniciativa y llama a uno: “sígueme”.

Lo tercero que nos llama la atención es el tono exhortativo de estas lecturas que no dan ocasión al individuo a plantearse las cuestiones que formulamos en la introducción; particularmente chocante resulta este tono en nuestro contexto social y cultural, marcado por un fuerte sentido de autodeterminación, de autonomía, de libre albedrio, de rechazo de imposiciones, de exigencia de razones ante condiciones que parecen incluso atacar nuestro sentido común.

Y estas tres consideraciones se nos plantean hoy en el contexto de la pregunta más frecuente en nuestra sociedad actual:¿para que? ¿Para qué quieres que te siga? ¿Qué utilidad tiene? ¿Qué ventaja supone? Ninguno de los personajes de las lecturas parece tener en cuenta esto, ni se lo plantean. Pero nosotros sí. Y es relevante que lo planteemos, que nos demos razones suficientes porque si no lo hacemos no podremos respondernos con honestidad a la pregunta de si merece la pena, ni, por tanto, si en verdad quiero, y, en consecuencia aceptar que puedo enfrentar el reto que proponen las duras condiciones que Jesús impone a su seguimiento.

Si no nos respondemos a la cuestión del “para que” nos arriesgamos a lanzarnos al vacio, a lo loco, sin medir las consecuencias y, sobre todo, aunque vayamos confiados y sin necesidad de certezas, también podemos ser una llamarada que se queda reducida a pábilo vacilante a la primera dificultad. La buena voluntad por si no siempre sirve si no va acompañada de razones consistentes, compromiso, responsabilidad, honestidad para con uno mismo y coherencia con uno mismo y con nuestro proyecto de vida. De ahí, y con ello respondemos a la primera considera ración, que las palabras de Jesús parezcan duras y difíciles de cumplir, porque el “para qué” de su seguimiento, no es que sea “interesante”, sino lo más relevante que se nos puede plantear como personas (y como humanidad): la construcción del Reino, que exige personas maduras y conscientes de lo que el Reino significa.

En tiempos de Jesús se pensaba que con su llegada ya había comenzado el final de los tiempos, de ahí la imperante urgencia y premura con que se plantean las condiciones del seguimiento. Hoy sabemos que entonces (el evangelio transcribe el Documento Q, atribuido a los primeros discípulos y por tanto muy cercano al pensamiento del mismo Jesús, tal vez sus propias palabras e ideas escatológicas) no era el final esperado, ¿pero acaso hay hoy menos urgencia cuando, después de dos mil años, nos encontramos en un mundo y ante una humanidad como la qué contemplamos? ¿Acaso pueden esperar los que mueren de hambre? ¿Acaso pueden esperar los que viven en guerra? ¿Acaso pueden esperar los desesperados por la injusticia que impera en nuestro mundo? ¿Acaso pueden esperar los que viven una vida miserable porque su vida carece de sentido y prefieren la muerte? ¿Acaso no nos resulto esto un suficiente “para qué”? ¿Acaso no merece la pena (a nosotros que conocemos todo esto) que lo valoremos y veamos si nos dice algo, si nos llama, si interpela nuestras conciencias, si nos llama a la acción al modo de Jesús? Y, sin ingenuidad, pues sabemos lo que este compromiso supone e implica: nuestra misma vida, nuestro proyecto vital.

A la consideración segunda, también respondernos conscientemente a la pregunta del “para qué’” es importante. En los textos hebreos, el elemento central entre dos elementos similares es la parte principal; por tanto, lo importante no es el ofrecimiento entusiasta y voluntarioso del primer y tercer personaje (que ante las dificultades se “quema” y abandona) sino el haber recibido la invitación del mismo Jesús: la iniciativa es suya, porque el Reino es suyo. Y los que son de su rebaño, de su Reino, escuchan su voz. No escuchan voces fatuas sino la misma voz de Cristo que habla e invita hoy y siempre a través de las mediaciones del mundo: lo que vive la humanidad, las situaciones de la humanidad y la pregunta por su destino. El que es de su rebaño escucha su voz porque ya tiene interiorizado en su conciencia el Reino a construir (en lo que cabe en este mundo) y sus dificultades para brotar en esta tierra; y lo que implica de nosotros esta construcción: es el que responde a la cuestión del “para qué” con una palabra: para construir el Reino que me llama desde dentro, para crear las condiciones de una humanidad nueva distinta de esta sufriente y sin sentido.

Con lo dicho hasta ahora podríamos ya dar cabida y suficiente respuesta a la tercera consideración y objeción referida, en cierto modo la más acuciante para una mentalidad como la nuestra: ¿Dónde queda nuestra libertad? Si la pregunta del “para qué” ha obtenido razones suficientes desde nuestra propia conciencia, desde nuestro propio yo, si no la hemos respondido con indiferencia y encogiéndonos de hombros, sino comprendiendo que pertenecen a nuestro proyecto de vida, que ese reino de Jesús coincide con nuestro proyecto de vida, que sus razones son nuestras razones, su “para qué”, nuestro “para qué”, nuestra libertad no queda en nada comprometida, como no lo estuvo la de Jesús, para quien el proyecto de vida era el reino. De hecho, bien podemos traer aquí las palabras de Pablo en su carta: “Hermanos, vuestra vocación es la libertad.”

Para concluir, podríamos quedarnos con la duda de si alguno de los tres personajes del evangelio de hoy al final siguió a Jesús, pero no es la cuestión relevante, sino la de nuestro comienzo: a ti personalmente, tras lo reflexionado hasta ahora, ¿te merece la pena seguir a Jesús? No está de más recordar que muchos, sin conocer a Cristo, le siguen y le han seguido a lo largo de la historia porque su proyecto vital, sus razones vitales, su conciencia interna, su yo, su libertad, coincide con la de Jesús.

Fr. Ángel Romo Fraile

Comentario – Lunes XII de Tiempo Ordinario

Mc 7, 1-5

No juzguéis y no os juzgarán…

Los pasajes precedentes del Sermón de la Montaña que hemos meditado estas dos semanas, han dado a los discípulos de Jesús unos principios de conducta moral de una exigencia muy elevada. ¿Corren quizá el riesgo de considerarse personas a parte, perteneciente a un nivel superior de humanidad y desde el cual juzgan a los demás, en un nuevo reflejo farisaico? Pues bien, Jesús, a esos mismos, a los que acaba de pedirles tanta exigencia para sí mismos, ¡les pide de «no juzgar» a los demás! «¡No juzguéis!». Jesús no pide que dejemos de apreciar las cosas y los hechos con objetividad. La «sosería» es insulsa. La «sal» da buen sabor. La «cólera» sigue siendo cólera y «todo aquel que se encolerice contra su hermano, será reo ante el tribunal» (Mateo 5,22). La violencia, la escalada de la Ley del Talión han de romperse con dulzura y mansedumbre. Y

también, según Jesús, hay que «juzgar adulterio el mirar a una mujer casada excitando su deseo por ella».
Todo esto subsiste: hay que tener y conservar un «juicio»

justo. Sin embargo, Jesús dice: «¡no juzguéis!» No dice solamente: «no juzguéis severamente…» «no juzguéis injustamente…»

«no juzguéis calumniosamente…» Dice, de modo absoluto: «no juzguéis…». ¿Por qué?

Porque os van a juzgar como juzguéis vosotros, y la medida que uséis la usarán con vosotros.

1.° La primera razón, es que ¡todos nosotros tenemos necesidad del perdón y del juicio indulgente de Dios!

Al hablar del perdón, Jesús ha comparado siempre nuestro propio comportamiento con el que Dios emplearía con nosotros. Si deseamos un juicio misericordioso de Dios sobre nosotros, hay que empezar por aplicar esta misma comprensión respecto a todos nuestros hermanos. Si soy severo con los demás ¿cómo puedo pedir a Dios que sea bueno conmigo?

¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo?

2.° La segunda razón, para no juzgar, es que somos incapaces de «ver» verdaderamente en el corazón de los demás. En nuestro propio corazón creemos ver claro, y encontramos toda clase de excusas para nosotros; pero somos incapaces de juzgar verdaderamente lo que ha llevado a tal persona a obrar de tal manera: su herencia, las influencias de su medio ambiente, de su educación… su carácter, el juego sutil de sus hormonas, sus intenciones profundas. Nunca tenemos todos los datos de un problema cuando se trata de los demás. Sólo Dios conoce verdaderamente el corazón. El ideal, pues, ¿no sería tener un juicio justo y el más objetivo posible sobre las cosas y los actos humanos… y evitar todo juicio subjetivo sobre las personas?

Hipócrita, sácate primero la viga de tu ojo; entonces verás claro y podrás sacar la mota del ojo de tu hermano.

Jesús nos conduce de nuevo a las exigencias con nosotros mismos. No predica un laxismo moral -no hay bien ni mal-: una viga es una viga.

Pero nos pide que procuremos ver más lo «positivo» que lo negativo. Señor, concédeme lucidez para que me dé cuenta de «mis» faltas. Señor, da a tu Iglesia,’ da a los cristianos, una gran exigencia consigo mismos y una gran bondad con los demás.

No permitas que pasemos el tiempo criticando a los demás, condenando y encontrándoles defectos. Líbranos de esta manía enfermiza y tan extendida: la crítica malévola.

Noel Quesson
Evangelios 1

Homilía (Domingo XIII de Tiempo Ordinario)

JUGARSE EL TODO POR EL TODO

CONTEXTO EVANGÉLICO

Lucas comienza el relato evangélico diciendo: «Cuando se iba cumpliendo el tiempo de ser llevado al cielo, Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén». Jerusalén no es sólo una indicación geográfica; es el lugar donde el camino de Jesús encontrará su meta y cumplimiento: la pasión, resurrección y glorificación; es el lugar del combate final de Jesús al tener que encararse con las instituciones judías, en especial con la institución religiosa. Subir resueltamente a Jerusalén expresa la decisión libre de su entrega fiel a la voluntad del Padre. Jesús

toma la decisión contra el parecer de sus discípulos que, según Marcos, estaban sorprendidos y seguían detrás con miedo (Me 10,32). Pedro (interpretando, sin duda, el parecer de sus compañeros) le agarró y se puso a regañarle por su decisión. Los discípulos le quieren atajar enérgicamente. Pero Jesús no cede a la «tentación de Satanás» (Mt 16,22-23).

La parte central y más larga del evangelio de Lucas (9,51-19,44) trata de la subida de Jesús a Jerusalén. Es el paradigma bajo el que presenta el mensaje. Ser discípulo de Jesús es recorrer con él y como él el camino pascual: llegar a la vida por la muerte, morir como el grano de trigo para convertirse en espiga (Jn 12,24). El pasaje evangélico de hoy presenta las exigencias del seguimiento con ocasión de tres que son llamados y optan por su cuenta por el discipulado.

EL TESORO, LA PERLA Y SU PRECIO

El pasaje evangélico, entendido aisladamente, sin referencia al resto del Evangelio, podría parecer un tanto masoquista, fruto de una moral fundamentalista. El mensaje de Jesús no es un atentado contra la persona, sino una apuesta decidida por el hombre en su desarrollo integral.

Lo que esencialmente anuncia Jesús es la mejor Noticia, el gran Notición de la historia de todos los tiempos. Ofrece un gran tesoro, una perla preciosa (Mt 13,44), la participación en el gran banquete de la vida y de la convivencia humana (Mt 22,1-14). A los que se han dejado fascinar por Jesús y su Causa no les duele el desprendimiento ni la renuncia, aunque parezca heroica.

Conociendo con claridad el tesoro y la perla, la abundancia y la alegría del banquete del Reino, para gozar de ellos es preciso pagar el precio, como hizo el comprador del tesoro: se deshizo absolutamente de todo.

Reafirmando esto, decía con palabra encendida el gran filósofo cristiano Sóren Kierkegaard: «Que cada uno vea claramente lo que significa ser cristiano y elija con toda rectitud y sinceridad si quiere serlo o renuncia a ello. Que se advierta solemnemente al pueblo esto: Dios prefiere que confesemos honestamente que no somos ni queremos ser cristianos. Ésta es, quizá, la condición que nos permitirá llegar a serlo. Dios prefiere esta confesión a la náusea de un culto que es burla de él». ¿Quiere decir, entonces, que el cristiano ha de ser una persona impecable, que cualquier tropiezo es una apostasía de la fe? De ninguna manera. Dice bellamente M. Quoist: «No importa caer en el camino; lo que importa es caer subiendo». No importa caer; lo que importa es tener clara la meta a donde vamos. Lo malo sería que hiciéramos ediciones acomodadas, contemporizadoras, infantiles del Evangelio, o escribiéramos evangelios apócrifos para legitimar posturas, criterios, actitudes o comportamientos.

Uno de los mayores teólogos actuales, J. B. Metz, afirma que el gran desafío que tenemos los cristianos de Europa es decidirnos entre una religión burguesa o un cristianismo de seguimiento de Jesús. Como ha dicho alguien con ingenio, se trata de vivir hoy «con el aire de Jesús» y no «al aire que más sopla». Un cristianismo reducido a unos pocos ratos y a unos pocos ritos religiosos vale para muy poco o para nada. Como se ha dicho tantas veces, de un cristianismo reducido a media hora dominical no hay que esperar gran cosa. «¿Qué influencia puede tener en las personas una religión que no exige más que tres cuartos de hora los domingos?», razonaban unos muchachos en un debate juvenil.

 

CONDICIONES DEL SEGUIMIENTO

Las exigencias de Jesús para seguirle suenan muy duramente a los oídos y, mal entendidas, pueden producir la idea de un Jesús sin entrañas. Las expresiones tan duras de Jesús hay que entenderlas en sentido metafórico. Son expresiones orientales, intencionadamente exageradas para poner más de relieve el mensaje que quiere comunicar. Con ellas pretende señalar la radicalidad con que es preciso seguirle.

Jesús no fue inhumano; al contrario, fue el más humano de los humanos. Su vida fue un continuado gesto de ternura. No pudo contener las lágrimas ante la muerte de su amigo Lázaro (Jn 11,35). Como certeramente dice Hans Küng, «sólo un Ser divino podía ser tan humano». Jesús defiende el amor y el cuidado de los padres ancianos (Mt 7,9). Lo que quería y quiere decirnos es que nadie, pero menos sus discípulos, ha de dejarse atrapar por una familia posesiva, sino que cada miembro ha de hacer su opción libre, que la familia no puede condicionar su llamada a seguirle y a trabajar por el Reino.

Lucas no pone nombre a los que pretenden seguir al Señor, según el relato evangélico, precisamente para que entendamos que cada uno de nosotros encarna a los tres al mismo tiempo, y que el Señor nos indica a cada uno las condiciones que señala a los tres.

La primera condición que señala Jesús para su seguimiento es la paciencia y la misericordia, la liberación de todo fanatismo, encarnado en los «Hijos del Trueno», que quieren que caiga un fuego apocalíptico sobre las ciudades que le han rechazado por ir de camino al templo rival de Jerusalén.

En segundo lugar, Jesús reclama como condición la pobreza: seguir a un Maestro pobre, que elige la pobreza como camino de libertad. Le indica a quien pretende seguirle que no se llame a engaño, él predica la bienaventuranza de la pobreza, la renuncia al ídolo del dinero. Servir al dinero es sufrir una forma dura de esclavitud. Con la expresión «deja que los muertos entierren a los muertos», Jesús indica que no se puede perder el tiempo en enterrar a tantos muertos que nos ligan con el pasado. La frase «el que pone la mano en el arado y vuelve la vista atrás no es digno de mí», que dirige al que pide tiempo para despedir a su familia, tiene, por supuesto, un sentido metafórico. Jesús le invita a romper con el pasado y a seguirle a él, que es la vida, el futuro de esperanza y, por lo tanto, no debe dejarse atrapar por los «muertos», los que todavía viven en la muerte del pasado, pues no se puede colocar vino nuevo en odres viejos ni echar un remiendo nuevo en un vestido gastado.

Jesús replica al tercer candidato: «El que pone la mano en el arado y sigue mirando atrás, no vale para el Reino de Dios»; con ello señala que el seguimiento implica una decisión radical, ruptura con el mundo, que no se puede «prender una vela a Dios (a él) y otra al diablo» (al vivir mundano). No se puede ser del Reino y del mundo (Jn 17,14). No se puede ser cristiano en el templo y pagano en la vida cotidiana. Como alguien decía acertadamente, «Cristo necesita cristianos de todos los días de la semana, no sólo de domingos».

«Jugarse el todo por el todo» es uno de los lemas más queridos por el Movimiento de Taizé. El Señor nos ofrece «el todo» de las riquezas del Reino, de su amor, de su amistad. Un poeta puso en labios de Dios estos versos: «Corazones partidos yo no los quiero, que cuando doy el mío, lo doy entero».

Jesús habla de intención de totalidad: «Amarás al Señor con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente» (Mt 22,37-40). No se pueden separar unos tiempos, unas ocupaciones, unos ritos y unos ratos para Dios y, luego, vivir a impulsos del capricho. Todo y para siempre, como sucede con los grandes amores. He aquí un mensaje apremiante para muchos contemporáneos nuestros tan amigos de lo provisional.

Atilano Alaiz

Lc 9, 51-62 (Evangelio Domingo XIII de Tiempo Ordinario)

Seguir a Jesús: renuncia a la violencia y a ideologías de muerte

La lectura del evangelio expone una ocasión clave de la vida de Jesús. Es el momento de ir a Jerusalén; es el comienzo del “viaje hacia la ciudad Santa” que en el tercer evangelista se recarga de un sentido teológico especial, porque se intenta presentar, de la forma más efectiva, la actividad de Jesús como profeta, a la vez que el evangelista se vale de la significación de ese viaje para enseñarnos a ser discípulos de Jesús. No están claras las referencias geográficas del viaje (9,51-19,28). Nos encontramos con una insistencia clara en que Jesús se dirige a Jerusalén (9, 51-57; 10, 38; 18, 31.35; 19, 1). Estamos casi en el centro del evangelio y Lucas, a diferencia de Marcos, quiere privilegiar toda la “subida” a Jerusalén que será en realidad una “bajada” al abismo de la condena y de la muerte. El texto de hoy está formado por dos narraciones: la repulsa de Jesús en Samaría y las exigencias del discipulado. Él no hizo discípulos enseñándoles una doctrina, como los rabinos, sino enseñándoles a vivir de otra forma y manera.

La renuncia a la violencia que propugnan los hijos del Zebedeo porque no ha sido Jesús recibido en Samaría es ya una declaración de intenciones. Lo es también que el profeta galileo vaya a Jerusalén pasando por el territorio de los herejes samaritanos para anunciarles también el mensaje del Reino. Son rechazados y Jesús cuenta con ello, pero no se le ocurre incitar a la condena y a la violencia. Éste es un aspecto determinante del “seguimiento” de Jesús según Lucas. Merecería la pena comentar este episodio como paradigma de la actitud básica de Jesús en su decisión de ir a Jerusalén.

Por eso, inmediatamente después de la decisión de Jesús, se nos presenta el conjunto de las llamadas de Jesús a seguirle. La forma y la manera es distinta de lo que sucede entre Elías y Eliseo. Aquí es la palabra directa de Jesús, o la petición de los que quieren ser discípulos, o los que quieren informarse, como si fueran candidatos. Pero la radicalidad es la misma. Es una llamada para seguir a Jesús que ha decidido jugarse su vida como portavoz de Dios delante de los jefes y señores de este mundo que están en Jerusalén. Lucas quiere que los discípulos también tomen conciencia de lo que es este viaje, este proyecto y esta tarea. ¿Para qué seguir a Jesús? ¿Por qué romper con las ideologías familiares? ¿Por qué no mirar hacia atrás? Porque la tarea del Reino de Dios exige una mentalidad nueva, liberadora. Los seguidores de Jesús tienen que estar en camino, como Él; el camino es la vida misma desde una experiencia de fraternidad.

Los textos del seguimiento que Lucas ha tomado del evangelio de itinerantes, probablemente galileos radicales (Q), no tienen por qué ser caracterizados como filósofos cínicos. Desde luego, Jesús no lo era, ni lo podía ser. Pero en esos dichos se refleja toda la crítica hacia las instituciones sociales y el desapego, incluso, de lazos familiares que puedan desviar la atención de las exigencias de Reino de Dios. No se trata de odio familiar, pues eso estaría contra el amor a los enemigos que Jesús defendió expresamente. Es, más bien, poner las cosas en su sitio cuando se trata de sacar adelante el proyecto de Dios, que puede no coincidir con intereses religiosos institucionales e incluso familiares. El discípulo de Jesús se abre a un horizonte nuevo, a una familia universal, a una religión de vida y no de muerte. Las palabras del seguimiento son rupturistas, pero no angustiosas; son radicales, utópicas si queremos, porque van a la raíz de la vida y porque son las que transformas nuestra vida y nuestro entorno social y religioso. Jesús quiere que le sigamos para hacer presente el reinado de Dios en este mundo. Y el Reino de Dios es lo único que puede traer la libertad a quien la anhela.

Fray Miguel de Burgos Núñez

Gál 5, 1-18 (2ª lectura Domingo XIII de Tiempo Ordinario)

Nuestra vocación es la libertad

La carta de la libertad cristiana, tal como se conoce la carta a los Gálatas, nos habla precisamente de ese don por el que luchó Pablo contra los que se oponían al evangelio. El Apóstol sabe que la libertad puede malinterpretarse con el libertinaje; todos lo sabemos. No obstante, el evangelio es el don de la libertad más grande que el hombre tiene que recuperar constantemente como don de Dios. El “apóstrofe” con que Pablo reclama a los cristianos la consecuencia de su vocación a la libertad es de una fuerza inaudita. Y deja claro que la libertad debe experimentarse en el amor. Sin el amor, la libertad cristiana también estaría herida de muerte. No se trata solamente de matices o de pura retórica: ¿De qué nos vale la libertad desde el odio? ¿Dónde nos lleva la libertad sin reconciliación?

Durante toda la carta, Pablo se ha mantenido en una actitud irrenunciable a los valores del evangelio que él predica, que recibió por revelación y por el que da la vida. Ese evangelio es la experiencia más grande de libertad que jamás hubiera podido soñar. Ahora, en la parte práctica de la carta (cc. 5-6) vuelve de nuevo sobre el tema. La libertad verdadera es un don del Espíritu; el libertinaje es una consecuencia del egoísmo (de la carne, como a Pablo le parece bien decir). La carne es todo ese mundo que nos ata a cosas sin sentido. El cristiano, como hombre que debe ser del Espíritu, está llamado a ser libre y a no esclavizarse en lo que no tiene sentido.

Fray Miguel de Burgos Núñez

1Re 19, 16-21 (1ª lectura Domingo XIII Tiempo Ordinario)

Eliseo “sigue” a Elías

La lectura nos presenta una narración que ofrece todos los indicios de la mentalidad de una época, pero que pone de manifiesto esa ruptura que los profetas expresan en sus vidas como ejemplo a seguir. En la narración aparece el gran profeta Elías que, con el signo ancestral de su manto, capta a su discípulo Eliseo para que le siga; porque, cuando Elías desaparezca, Eliseo debe mantener viva la llama de la profecía, la voz de Dios. El signo del manto es el signo evidente de para qué sirve un manto, para proteger, para acoger. El manto de Elías es toda su vida, sus opciones por el Dios vivo, su defensa de la justicia.

Toda llamada implicará un cambio de mentalidad y una opción por lo que merece la pena. Habrá que romper con ideologías de mentalidades ancestrales, rutinarias, incluso familiares (no se refiere a los sentimientos, desde luego) para seguir el proyecto de Dios. 

Fray Miguel de Burgos Núñez

Comentario al evangelio – Lunes XII de Tiempo Ordinario

No juzgues…

En la película de Roger Young, Jesús, María Magdalena quiere seguir a Jesús, pero no está segura de cómo sería la recepción. Decide abrir su corazón a la madre de Jesús. En un momento dado, vacilante, como si esperara una reprimenda y un rechazo, confiesa a la madre María: «María, soy una prostituta». La Madre María no se inmuta y, con su sonrisa desarmante, responde: «Yo no juzgo». Luego, tras una mínima pausa, continúa: «Yo también he sido juzgada en mi vida».

Su hijo no es diferente. Tal vez haya heredado el rasgo de su madre. «Yo no juzgo a nadie», dice él (Jn 8,15). Y quiere que nosotros también nos abstengamos de juzgar. ¿Por qué nos resulta tan convincente pensar en Dios como juez, ya sea en la Segunda Venida o en su venida cotidiana? ¿Tal vez porque todavía no hemos aprendido a mirar al otro -y a nosotros mismos- con los ojos de Dios?

Paulson Veliyannoor, CMF

Meditación – Lunes XII de Tiempo Ordinario

Hoy es lunes XII de Tiempo Ordinario.

La lectura de hoy es del evangelio de Mateo (Mt 7, 1-5):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «No juzguéis, para que no seáis juzgados.Porque seréis juzgados como juzguéis vosotros, y la medida que uséis, la usarán convosotros. ¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la vigaque llevas en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: “Déjame que te saque la mota delojo”, teniendo una viga en el tuyo? Hipócrita: sácate primero la viga del ojo; entonces verásclaro y podrás sacar la mota del ojo de tu hermano».

Un amor verdadero ve lo profundo de la otra persona, ve sus intenciones y, aunque a vecesno sea correspondido, reconoce que el otro ha hecho su mejor esfuerzo. El amor es capaz deperdonarlo todo, todo lo soporta, todo lo cree porque a la raíz tiene un corazón demisericordia. Una vida caracterizada por este amor no solo da una gran felicidad, sino que secomparte. Este amor quiere seguir el principio de ama como quieres ser amado. Se esfuerzapor hacer de su medida, de la medida del amor, una cosa sin medida porque quiere salir ydarse por completo al otro, no se queda con una cosa mediocre. Para cambiar el mundo yhacerlo un lugar mejor donde reine el amor, necesitamos comenzar por algo sencillo, pero ala vez difícil: cambiarnos a nosotros mismos. Muchas veces nos preguntamos por qué nocambia tal persona, o pensamos que le vendría bien esto al otro y, por lo general, nos mueveuna actitud: «los otros son los que tienen que cambiar», no yo. Para hacer un cambiodebemos empezar con nosotros mismos; pero, aunque parezca una tarea fácil se complicaun poco porque debemos adquirir un gran conocimiento propio y, después, trabajar ennuestra fuerza de voluntad para cambiarnos y asemejarnos más a Cristo que ama sincondiciones. En nuestra relación con Dios, a veces, podemos «meter la pata» y no dejar queDios ocupe el primer lugar en nuestra vida y nuestro corazón. Por muchas otras cosas lotenemos en segundo lugar, y esta es una gran oportunidad para permitir que Dios seconvierta en el centro de nuestras vidas, sólo hay que dejarlo que actúe y no oponernos a su gracia.

«En este sentido, la promoción de la justicia requiere la contribución de las personasadecuadas. Las palabras exigentes y fuertes de Jesús pueden ayudarnos: “Con la medida conque juzguéis, seréis juzgados”. El Evangelio nos recuerda que nuestros intentos de justiciaterrenal siempre tienen como horizonte último el encuentro con la justicia divina, la delSeñor que nos espera. Estas palabras no deben asustarnos, sino solamente animarnos acumplir nuestro deber con seriedad y humildad.»

H. Francisco J. Posada, L.C

Liturgia – Lunes XII de Tiempo Ordinario

LUNES DE LA XII SEMANA DE TIEMPO ORDINARIO, feria

Misa de la feria (verde)

Misal: Cualquier formulario permitido. Prefacio común.

Leccionario: Vol. III-par.

  • 2Re 17, 5-8. 13-15a. 18. El Señor apartó a Israel de su presencia y solo quedó la tribu de Judá.
  • Sal 59. Que tu mano salvadora, Seños, nos responda.
  • Mt 7, 1-5. Sácate primero la vida del ojo.

Antífona de entrada          Cf. Sal 27, 8-9
El Señor es fuerza para su pueblo, apoyo y salvación para su Ungido. Salva a tu pueblo, Señor, y bendice tu heredad, sé su pastor por siempre.

Acto penitencial
La experiencia de Elías, tal como la vemos hoy en la palabra de Dios, es una experiencia humana profundamente conmovedora. Dios se revela a sí mismo como el Dios de vida y resurrección, tan pronto como una persona descubre quién es en sí mismo al confrontarse con Dios a quien comienza a entender un poco. Elías, fiel a Dios, formidable y fogoso profeta, se encuentra con el fracaso, la desesperación y la persecución justamente al día siguiente de su victoria. Duda de sí mismo, de su futuro, de su misión, de su pueblo, y se retira a su interior, al desierto de sí mismo. Y es entonces cuando Elías experimenta a Dios, no el Dios formidable de la tormenta, del terremoto y del fuego -tal como él lo pintaba en su corazón-, sino el Dios encontrado en la suave brisa que acariciaba su rostro. Esta experiencia del Dios viviente pone de nuevo a Elías de pie y le da la fuerza para volver al pueblo y confiar de nuevo con esperanza en el mismo pueblo y en el futuro. Porque ahora toma a Dios por lo que Dios es. ¿Acaso no podría ser ésta nuestra propia experiencia?

•  Tú que eres compasivo y misericordioso. Señor, ten piedad.
• Tú que anuncias a tu pueblo la conversión y el perdón de los pecados. Cristo, ten piedad.
• Tú que perdonas y aceptas siempre a quien se convierte y hace penitencia. Señor, ten piedad.

Oración colecta
CONCÉDENOS tener siempre, Señor,
respeto y amor a tu santo nombre,
porque jamás dejas de dirigir
a quienes estableces
en el sólido fundamento de tu amor.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Oración de los fieles

Hermanos: En esta oración pública y comunitaria que vamos a hacer, no se limite cada uno a orar por sí mismo o por sus necesidades, sino oremos a Cristo el Señor por todo el pueblo. Cristo óyenos.

1.- Pidamos para todo el pueblo cristiano la abundancia de la bondad divina. R.

2.- Imploremos la largueza de los dones espirituales para todos los no creyentes. R.

3.- Supliquemos la fortaleza del Señor para todos los que gobiernan las naciones. R.

4.- Pidamos al Señor, que gobierna el mundo, tiempo bueno y maduración de los frutos. R.

5.- Roguemos al Señor por todos nuestros hermanos que no han podido venir a esta celebración. R.

6.- Oremos al juez de todos los hombres por el descanso eterno de los fieles difuntos. R.

7.- Pidamos la clemencia del Salvador para todos nosotros, que imploramos con fe la misericordia del Señor. R.

8.- Imploremos la misericordia de Cristo, el Señor, en favor nuestro y de nuestros familiares, confiando en la bondad del Señor. R.

Atiende benignamente nuestras súplicas, Señor, y escucha las oraciones de tus fieles. Por Jesucristo nuestro Señor. 

Oración sobre las ofrendas
ACEPTA, Señor,
este sacrificio de reconciliación y alabanza
y concédenos que, purificados por su eficacia,
te ofrezcamos el obsequio agradable de nuestro corazón.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Antífona de comunión          Cf. Sal 144, 15
Los ojos de todos te están aguardando, Señor; tú les das la comida a su tiempo.

Oración después de la comunión
RENOVADOS por la recepción del Cuerpo santo
y de la Sangre preciosa,
imploramos tu bondad, Señor,
para obtener con segura clemencia
lo que celebramos con fidelidad constante.
Por Jesucristo, nuestro Señor.