Comentario – Viernes XII de Tiempo Ordinario

Mt 8, 1-4

Al bajar Jesús del monte lo siguió un gran gentío.

Todos los evangelistas notaron el éxito de la predicación de Jesús al comienzo de su vida pública. «Grandes muchedumbres», atraídas por su palabra, lo acompañaban en sus desplazamientos para escuchar de nuevo su palabra y para asistir a algún milagro.

Nosotros, conocedores de que este entusiasmo acabará en los abandonos y decepciones dentro de unos meses solamente, reflexionamos sobre la verdadera calidad de la Fe: los entusiasmos sensibles, las grandes concentraciones humanas, los milagros mismos… pueden ser un camino hacia la verdadera Fe. Pero ello puede ser también una coartada, una búsqueda de religiosidad ambigua… ¡que no conduce a nada! Señor, a ti confiamos nuestras sensibilidades humanas, nuestros entusiasmos pasajeros: trans

fórmalos en fe verdadera. Y si ya no experimentamos estos fervores sensibles, haz, Señor, que tu gracia nos ayude a mantenernos firmes en nuestras fidelidades: seguirte, Señor, incluso en la noche de la Fe despojada de todo sentimiento.

En esto se acercó a Jesús un leproso, y se puso a suplicarle: «Señor, si quieres, puedes limpiarme.»
Es el primer milagro concreto relatado por san Mateo. Después del primer gran discurso de Jesús, Mateo agrupará ahora una serie de milagros. Como ya lo había pedido a sus discípulos, Jesús no se contenta tampoco con «hermosas palabras», sino que pasa a los «actos»: salvará concretamente a algunas personas, que serán símbolo y anuncio del final de los tiempos en los que todo mal será vencido.

La elección de un leproso para este primer milagro, tiene su significación. Mateo escribía su evangelio para los judíos: en su contexto cultural y religioso, la lepra era el mal por excelencia… enfermedad contagiosa que destruía lentamente a la persona afectada, hombre o mujer, y que era considerada por los antiguos como un castigo de Dios, signo del pecado que excluye de la comunidad. (Deuteronomio 28, 27-35; Levítico 13, 14). El leproso era considerado impuro; todo lo que tocaba pasaba a ser impuro; no podía participar ni en el culto, ni en la vida social ordinaria; el leproso estaba afectado de un interdicto, de un tabú, que espantaba. Estaba prohibido tocarle.

Jesús extendió la mano y lo tocó diciendo: «¡Quiero, queda limpio!» Y en seguida quedó limpio de la lepra.

Me imagino la alegría de ese desgraciado al contacto de la «mano» de Jesús… él a quien nadie había «tocado» desde meses y años… él, el solitario, el abandonado, el maldito. La mano tendida, el contacto es un signo de amistad, por este humilde gesto, Jesús reintegra al pobre enfermo en la sociedad ordinaria de los hombres.

Esta «mano tendida» es también un gesto de victoria y de maestría soberana.

Contemplo detenidamente ese gesto de Jesús: gesto de amor.

Señor, si quieres, ¡puedes limpiarme!

Señor, si quieres, ¡puedes limpiar el mundo!

Jesús le dijo: «Cuidado con decírselo a nadie; eso sí, ve a presentarte al sacerdote y ofrece el donativo que mandó Moisés, para que les conste.»

Actitud constante de Jesús: no quiere propaganda en torno a sus milagros. ¡Qué diferencia con los falsos taumaturgos y las sectas! que se valen de la atracción que tiene lo maravilloso para abusar de la fe de las gentes sencillas… naturalmente atraídas por todo lo que sobrepasa lo ordinario. Señor, danos una fe sencilla, una fe que no tenga necesidad de lo extraordinario.

«No he venido a derogar la Ley» decía Jesús… y, en un espíritu de sumisión a esta ley, prescribe al leproso hacer todo lo que la Ley mandaba. No pasarse de listo. Jesús actúa con sencillez, no busca llamar la atención. Acepta las costumbres y las instituciones de su país y de su tiempo… muy sencillamente.

Noel Quesson
Evangelios 1