Comentario – Domingo XIII de Tiempo Ordinario

Cuando se iba cumpliendo el tiempo –nos dice san Lucas-, Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén. Se trata del tiempo de la misión que debe llevar a término en Jerusalén, tal como indicaban las Escrituras (profecías): No conviene que ningún profeta muera fuera de Jerusalén. En el trayecto hacia este final y principio de etapa que tiene su punto geográfico en Jerusalén, Jesús y sus acompañantes se encuentran con el rechazo de los samaritanos en una de las aldeas donde habían previsto alojarse; la razón es que se trata de unos judíos que peregrinan a Jerusalén –porque tal es su centro religioso- para cumplimentar a su Dios, y ellos, samaritanos, no quieren contactos con judíos. Aquel rechazo fue muy mal recibido por algunos de los discípulos que acompañaban a Jesús en su travesía.

El evangelista señala a Santiago y a Juan. Ellos son los que le hacen a su Maestro esta propuesta: Señor, ¿quieres que mandemos bajar fuego del cielo que acabe con ellos? La propuesta parece desorbitada, pero es algo que ya había hecho algún profeta como Elías con los sacerdotes de Baal. Tampoco parece inspirada en la mansedumbre cristiana, sino en la venganza. Jesús, que sí conserva la mansedumbre frente a la contrariedad, les hace ver que ese no es el camino a seguir; se volvió expresamente a ellos y les regañó. Ese pensamiento no procedía del Dios que hace salir su sol sobre buenos y malos y manda la lluvia a justos e injustos; por eso merecía su reproche y descalificación. Y se marcharon a otra aldea, como había aconsejado el mismo Jesús: Si un lugar no os recibe, sacudíos el polvo de los pies y decid…

En este contexto de cumplimiento y de decisiones que no admiten dilación, se producen esas llamadas a su seguimiento que provocan diferentes reacciones y juicios. En el primer caso, la llamada se presenta en forma de ofrecimiento por parte de la persona que muestra deseos de seguir a Jesús, como si el ofrecimiento se anticipase a la misma llamada: Te seguiré –le dice uno- adonde vayas. La disposición de esta persona parece inmejorable; pero ¿es del todo consciente de lo que implica este seguimiento? Jesús quiere hacérselo ver antes de que tome una decisión tan importante; porque seguir a este Maestro supondrá compartir su misma situación vital, que será la del que no tiene dónde reclinar la cabeza (finalmente la reclinará sobre el duro madero de una cruz).

Se trata de un modo de estar en la vida exigido por el apremio de la misión: anunciar el evangelio; algo que implica empeñar todas las energías disponibles en la causa. El «dar la vida» acabará siendo una exigencia de este anuncio; y antes, el no tener dónde reclinar la cabeza: el vivir en la inseguridad de los que carecen de casa o en la pobreza de medios. Siendo este modo de vida una exigencia de su seguimiento, no podrán seguirle quienes no estén dispuestos a esta renuncia o a esta pobreza de medios humanos.

Pero también pueden impedirnos el seguimiento las ataduras emocionales: esos lazos afectivos que nos unen a ciertas personas como padres o hermanos. La fuerza de estas ataduras explica quizá el duro juicio de Jesús respecto del que reclama ir primero a enterrar a su padre, que no es simplemente ir a dar sepultura al padre recién fallecido, sino esperar a que el padre fallezca para emprender después el seguimiento. Así lo hicieron algunos, que alcanzaron incluso la santidad, a lo largo de la historia. Pensemos en san Juan Crisóstomo que, sólo tras el fallecimiento de su madre viuda, emprendió el camino de la vida monástica. Pero Jesús reclama un seguimiento más inmediato y diligente, más rupturista, podríamos decir: Deja que los muertos entierren a sus muertosTú vete a anunciar el Reino de Dios. Aquí muertos son los que viven faltos de vida, faltos del impulso del Espíritu de vida, ese mismo Espíritu que anima los pasos del portador de la Buena Noticia. Para los que asumen la misión de anunciar el Reino de Dios, cualquier otra actividad, por buena que sea, pasa a ser irrelevante.

La radicalidad con la que Jesús propone su seguimiento es tal que no parece dejar lugar siquiera para las despedidas que esconden apegos y ataduras afectivas. Si Elías le permite a su discípulo Eliseo decir adiós a sus padres es porque aquello era una despedida en toda regla, como indica su acción de matar la yunta de bueyes con la que estaba arando, asar su carne y dar de comer a su gente. Si mata a los bueyes es para no sentir siquiera la tentación de volver a trabajar con ellos. De esta manera rompía en gran medida con su pasado más inmediato; pero él entiende que el seguimiento de Elías le exige semejante decisión y renuncia.

Cuando Jesús le dice al tercero: El que echa mano al arado y sigue mirando atrás, no vale para el Reino de Dios, ve en el deseo de despedirse de la familia una ligadura afectiva, una atadura que le tiene mirando atrás con nostalgia o con añoranza, sin la necesaria libertad para entregarse en cuerpo y alma al nuevo trabajo; porque la tarea para la que es llamado exige libertad. No es apto para el Reino de Dios, no está capacitado para ejercer la tarea de anunciar el Reino el que sigue mirando atrás, esto es, el que sigue atado afectivamente a lo que dejó: posesiones, personas o proyectos de vida.

San Pablo, que había roto con tantas cosas (patria, condición farisaica, proyecto de vida familiar, comodidades, seguridades, etc.), tenía buena conciencia de esto: Para vivir en libertad –decía-, Cristo nos ha liberado. Cristo nos ha liberado para vivir en libertad: una libertad conseguida por la vía de la liberación. Y cuanto más liberados por Cristo, más libres: libres de otros, libres de nosotros mismos (deseos y apetencias), libres del yugo del pecado. Porque no se trata de una libertad para el libertinaje. El libertinaje engendra esclavitud, pues somete a los deseos de la carne. Se trata de una libertad para el amor, es decir, al servicio del amor, que es lo que realmente dignifica al hombre. El que anda según este Espíritu que desea contra el egoísmo de la carne, anda en libertad, aunque por amor se convierta en esclavo de los demás.

Esta es nuestra vocación, a esto estamos llamados, a vivir en libertad. Para ello nos libera Jesús de todo aquello que nos ata y nos impide ir tras él y con él: nuestros apegos, egoísmos y apetencias: no las cosas, sino nuestro apego a las cosas; no las personas, sino nuestra atadura a las personas; no la carne, sino las apetencias de la carne. Pidamos a Cristo esta liberación. Sólo si somos liberados, seremos realmente libres: libres para el seguimiento, libres para el amor.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

I Vísperas – Domingo XIII de Tiempo Ordinario

I VÍSPERAS

DOMINGO XIII DE TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V./ Dios mío, ven en mi auxilio
R./ Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Como una ofrenda de la tarde,
elevamos nuestra oración;
con el alzar de nuestras manos,
levantamos el corazón.

Al declinar la luz del día,
que recibimos como don,
con las alas de la plegaria,
levantamos el corazón.

Haz que la senda de la vida
la recorramos con amor
y, a cada paso del camino,
levantemos el corazón.

Gloria a Dios Padre, que nos hizo,
gloria a Dios Hijo Salvador,
gloria al Espíritu divino:
tres Personas y un solo Dios. Amén.

SALMO 140: ORACIÓN ANTE EL PELIGRO

Ant. Suba mi oración, Señor, como incienso en tu presencia.

Señor, te estoy llamando, ve de prisa,
escucha mi voz cuando te llamo.
Suba mi oración como incienso en tu presencia,
el alzar de mis manos como ofrenda de la tarde.

Coloca, Señor, una guardia en mi boca,
Un centinela a la puerta de mis labios;
no dejes inclinarse mi corazón a la maldad,
a cometer crímenes y delitos
ni que con los hombres malvados
participe en banquetes.

Que el justo me golpee, que el bueno me reprenda,
pero que el ungüento del impío no perfume mi cabeza;
yo seguiré rezando en sus desgracias.

Sus jefes cayeron despeñados,
aunque escucharon mis palabras amables;
como una piedra de molino, rota por tierra,
están esparcidos nuestros huesos a la boca de la tumba.

Señor, mis ojos están vueltos a ti,
en ti me refugio, no me dejes indefenso;
guárdame del lazo que me han tendido,
de la trampa de los malhechores.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Suba mi oración, Señor, como incienso en tu presencia.

SALMO 141: TÚ ERES MI REFUGIO

Ant. Tú eres mi refugio y mi lote, Señor, en el país de la vida.

A voz en grito clamo al Señor,
a voz en grito suplico al Señor;
desahogo ante él mis afanes,
expongo ante él mi angustia,
mientras me va faltando el aliento.

Pero tú conoces mis senderos,
y que en el camino por donde avanzo
me han escondido una trampa.

Mira a la derecha, fíjate:
nadie me hace caso;
no tengo adónde huir,
nadie mira por mi vida.

A ti grito, Señor;
te digo: «Tú eres mi refugio

y mi lote en el país de la vida.»

Atiende a mis clamores,
que estoy agotado;
líbrame de mis perseguidores,
que son más fuertes que yo.

Sácame de la prisión,
y daré gracias a tu nombre:
me rodearán los justos
cuando me devuelvas tu favor.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Tú eres mi refugio y mi lote, Señor, en el país de la vida.

CÁNTICO de FILIPENSES: CRISTO, SIERVO DE DIOS, EN SU MISTERIO PASCUAL

Ant. El Señor Jesús se rebajó, y por eso Dios lo levantó por los siglos de los siglos.

Cristo, a pesar de su condición divina,
no hizo alarde de su categoría de Dios;
al contrario, se despojó de su rango
y tomó la condición de esclavo,
pasando por uno de tantos.

Y así, actuando como un hombre cualquiera,
se rebajo hasta someterse incluso a la muerte,
y una muerte de cruz.

Por eso Dios lo levantó sobre todo
y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»;
en el cielo, en la tierra, en el abismo,
y toda lengua proclame:
Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El Señor Jesús se rebajó, y por eso Dios lo levantó por los siglos de los siglos.

LECTURA: Rom 11, 33-36

¡Qué abismo de generosidad, de sabiduría y conocimiento, el de Dios! ¡Qué insondables sus decisiones y qué irrastreables sus caminos! ¿Quién conoció la mente del Señor? ¿Quién fue su consejero? ¿Quién le ha dado primero para que Él le devuelva? Él es el origen, guía y meta del universo. A Él la gloria por los siglos. Amén.

RESPONSORIO BREVE

R/ Cuántas son tus obras, Señor.
V/ Cuántas son tus obras, Señor.

R/ Y todas las hiciste con sabiduría.
V/ Tus obras, Señor.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Cuántas son tus obras, Señor.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén, para sufrir allí la pasión

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén, para sufrir allí la pasión

PRECES
Glorifiquemos a Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, y supliquémosle, diciendo:

Escucha a tu pueblo, Señor.

Padre todopoderoso, haz que florezca en la tierra la justicia
— y que tu pueblo se alegre en la paz.

Que todos los pueblos entren a formar parte en tu reino,
— y obtengan así la salvación.

Que los esposos cumplan tu voluntad, vivan en concordia
— y sean siempre fieles a su mutuo amor.

Recompensa, Señor, a nuestros bienhechores
— y concédeles la vida eterna.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Acoge con amor a los que han muerto víctimas del odio, de la violencia o de la guerra
— y dales el descanso eterno.

Movidos por el Espíritu Santo, dirijamos al Padre la oración que nos enseñó el Señor:
Padre nuestro…

ORACION

Padre de bondad, que por la gracia de la adopción nos has hecho hijos de la luz, concédenos vivir fuera de las tinieblas del error y permanecer siempre en el esplendor de la verdad. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Inmaculado Corazón de María

INMACULADO CORAZÓN DE MARÍA

Su madre conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón.

1.- Oración introductoria.

Señor, ayer celebramos tu fiesta, la fiesta del corazón, la fiesta del amor. Hoy, trasvasamos esa misma fiesta a tu madre. ¿No es el corazón de una madre el lugar de la mejor fiesta para cada hijo?  Y el corazón de María fue en este mundo el lugar privilegiado para ti, Señor. Era la cuna donde Tú descansaste de niño. Allí aprendiste a escuchar el latido del corazón de una madre, de todas las madres y de toda la humanidad.

2.- Lectura reposada del Evangelio: Lucas 2, 41-51

María y José iban todos los años a Jerusalén a la fiesta de la Pascua. Cuando tuvo doce años, subieron ellos como de costumbre a la fiesta y, al volverse, pasados los días, el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin saberlo sus padres. Pero creyendo que estaría en la caravana, hicieron un día de camino, y le buscaban entre los parientes y conocidos; pero al no encontrarle, se volvieron a Jerusalén en su busca. Y sucedió que, al cabo de tres días, le encontraron en el Templo sentado en medio de los maestros, escuchándoles y preguntándoles; todos los que le oían, estaban estupefactos por su inteligencia y sus respuestas. Cuando le vieron, quedaron sorprendidos, y su madre le dijo: Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira, tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando. Él les dijo: Y ¿por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre? Pero ellos no comprendieron la respuesta que les dio. Bajó con ellos y vino a Nazaret, y vivía sujeto a ellos. Su madre conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón.

3.- Qué dice el texto

Meditación-reflexión.

Quiero comenzar mi reflexión con estas palabras de María: Mira, tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando. Y me da devoción poner una admiración en estas palabras: ¡TU PADRE Y YO! Tu padre y yo siempre estamos juntos. Jamás discutimos y menos ahora.  Tu padre y yo sólo vivimos para ti.  Eres el centro de nuestra ocupación y preocupación. Por ti trabajamos de día y contigo soñamos de noche. Si tú te pierdes, nosotros desaparecemos. San José es el hombre sencillo, humilde, nunca aparece. Por eso María tiene interés en sacarlo a la escena, aunque sólo sea para nombrarlo, aunque sólo sea para decir que es un esposo maravilloso y un padre encantador ¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi padre? Y nos dice el mismo texto: “Pero ellos no comprendieron”. Tampoco le pidieron ninguna explicación. “Aceptaron el misterio y cargaron con él”. Si hubieran intentado abrirlo, lo hubieran estropeado. El misterio es de Dios y sólo de Dios. El misterio es lo que rebasa al hombre, le trasciende, le supera, y, al mismo tiempo, le estremece y le fascina.  Y es precisamente ese MISTERIO el que María conserva en su corazón.  Es la riqueza suprema de un Dios Inmenso, Infinito, que el hombre apenas puede vislumbrar. Respecto al Evangelio, conviene unir dos frases: “Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos” (Jn. 20,30). Y la del evangelio de hoy: Su madre conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón”. Muchas palabras, muchos signos, mucha vida de Jesús no han quedado consignada por escrito. Pero no hay que temer. Todo está conservado cuidadosamente en el corazón de la Virgen. María es el “quinto evangelio”, el más amplio, el más rico, el más gustado, el más experimentado. No dejemos nunca de ir a beber en la fuente de este quinto evangelio.

Palabra del Papa.

“Jesús permaneció en esa periferia durante treinta años. El evangelista Lucas resume este período así: Jesús “estaba sujeto a ellos [es decir a María y a José]”. Y uno podría decir: ‘Pero este Dios que viene a salvarnos, ¿perdió treinta años allí, en esa periferia de mala fama?’. ¡Perdió treinta años! Él quiso esto. El camino de Jesús estaba en esa familia. “Su madre conservaba todo esto en su corazón. Y Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres”. No se habla de milagros o curaciones, de predicaciones —no hizo nada de ello en ese período—, de multitudes que acudían a Él. En Nazaret todo parece suceder ‘normalmente’, según las costumbres de una piadosa y trabajadora familia israelita: se trabajaba, la mamá cocinaba, hacía todas las cosas de la casa, planchaba las camisas… todas las cosas de mamá. El papá, carpintero, trabajaba, enseñaba al hijo a trabajar. Treinta años. “¡Pero qué desperdicio, padre!”. Los caminos de Dios son misteriosos. Lo que allí era importante era la familia. Y eso no era un desperdicio. Eran grandes santos: María, la mujer más santa, inmaculada, y José, el hombre más justo… La familia”. (S.S. Francisco, Audiencia General del 17 de diciembre de 2014).

4.- ¿Qué me dice hoy a mí este evangelio ya comentado? (Silencio)

5.-Propósito. Cuando me encuentre triste, solo, sin ganas de leer el evangelio escrito, voy a ir al evangelio de María. Allí encontraré la respuesta concreta, medida y recortada para mí hoy

6.- Dios me ha hablado a través de su Palabra. Ahora yo le respondo con mi oración. 

Gracias, Dios mío, por tu madre. Gracias porque nos la dejaste también a nosotros antes de morir. Es un bonito regalo. Tiene manos de madre, pies de madre, ojos de madre, pero, ante todo, tiene CORAZON DE MADRE. Ella no es meta sino camino. Ella no quiere ser protagonista de nada. Su ilusión es siempre darnos a Jesús, el fruto bendito de su vientre. ¡Gracias, Señor!

ORACIÓN DEL PAPA FRANCISCO POR UCRANIA

Tú que nos enseñaste que a la diabólica insensatez de la violencia se responde con las armas de Dios, con la oración y el ayuno, ten piedad de nosotros, aleja la guerra y demás violencias malignas y permítenos llegar a soluciones aceptables y duraderas a esta crisis, basadas no en las armas, sino en un diálogo profundo.

El espíritu de Cristo

1.- «Elías se marchó y encontró a Eliseo, hijo de Safat, arando…» (1 R 19, 19) Yahvé dijo al profeta Elías: A Eliseo le ungirás para que sea el profeta que te sustituya el día de mañana. Fiel al mandato divino, Elías se fue a buscar a Eliseo. Y al pasar por el camino le vio trabajando en el campo, arando con bueyes. Sin dudarlo se acerca y le transmite el mensaje de Yahvé. Los bueyes quedarán solos, mientras su amo sigue decidido los pasos del profeta.

Una vez más se repite la escena. Dios se acerca al hombre cuando éste trabaja en el surco de cada día. Como si el trabajo fuera el lugar de encuentro más adecuado entre Dios y el hombre. Esto contradice esa sensación de culpabilidad que los hombres tienen a menudo ante cualquier esfuerzo laboral. No, el trabajo no es un castigo, sino algo congénito a la naturaleza del hombre, con todas sus grandezas y con toda su miseria. Y en ese lugar, normal en nuestra vida de cada día, Dios nos espera, haciendo una maravillosa encrucijada de nuestro quehacer cotidiano.

El trabajo templa el espíritu, domeña los cuerpos, los ennoblece. Cuando el hombre tiene la persuasión de haber realizado bien su trabajo, queda satisfecho, es feliz, se siente cerca de Dios. Entonces es más fácil oír la voz del Señor, responderle con prontitud y generosidad.

«Déjame decir adiós a mis padres; luego vuelvo y te sigo» (1 R 19, 20) El decir adiós es un momento doloroso de separación, sentir en carne viva el desgarre de algo nuestro. Marcharse, dejando atrás sonrisas, miradas amigas, palabras entrañables, cosas que nos acompañaron por el camino, durante años. Todo ese mundo que llevamos muy dentro de nuestro ser, como parte integrante de nosotros mismos.

El adiós se repite sin cesar en nuestra existencia humana. Unas veces es la muerte la que rompe los lazos que nos ataban dulcemente, otras es la misma vida la que nos lleva de un lado para otro, desgajando mil veces nuestra cómoda tendencia a echar raíces.

Por eso Cristo nos invita a seguirle, a ponernos en camino tras él, a vivir siempre con la maleta hecha, a no fijar la tienda de modo definitivo en una tierra que no es la nuestra. Si logramos conseguir esa actitud de marcha, no habrá despedidas tristes y definitivas. Entonces el penoso adiós se convierte en un alegre hasta luego.

2.- «Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti» (Sal 15, 1) Este salmo es el canto entusiasta de quien, solamente en Dios, tiene todo su bien. Tú eres mi bien, exclama el salmista con emoción. Fuera del Señor no hay nada que pueda atraer la atención del cantor inspirado. Por eso este salmo se cantaba en la antigua ceremonia de la tonsura clerical, momento en el que el ordenado entraba a formar parte del clero. Es más, en la ceremonia de tonsurar el cabello, como símbolo de consagración y entrega a Dios, se pronunciaba el versículo que dice: el Señor es la parte de mi herencia.

Se recuerda de ese modo algo semejante a lo que ocurría en el antiguo Israel, donde todas las tribus tenían derecho a una porción de la Tierra prometida, menos la tribu de Leví, la tribu sacerdotal que recibía como heredad al mismo Yahvé. Por una parte, los hijos de Leví habían de poner sus ambiciones en los bienes del espíritu. Pero por otra parte los miembros de las demás tribus habían de proveer de alguna forma a cubrir las necesidades de sus hermanos los sacerdotes. Hoy, por supuesto, las circunstancias han cambiado, pero en cierto modo son realidades, enunciadas en el salmo, que todavía tienen su vigencia para el sacerdote de ahora.

«Por eso se me alegra el corazón, se gozan mis entrañas y mi carne descansa serena» (Sal 15, 7) Tener a Dios. Esto es, sin duda, lo más grande que el hombre puede ambicionar, pues quien a Dios tiene, nada le falta. Y si Dios está con nosotros, quién podrá estar contra nosotros… Esta realidad formidable es lo que mueve al salmista cuando dice: Bendeciré al Señor que me aconseja, hasta de noche me instruye internamente. Tengo presente al Señor, con él a mi derecha no vacilaré.

El corazón humano se llena de alegría, de un gozo que penetra hasta lo más íntimo del corazón, de una paz y un sosiego inefable. Nada se teme entonces, ni a la muerte misma. El sendero de la vida se abre claro y luminoso ante el hombre, lleno de la fuerza divina, seguro de poder recorrerlo. Entonces la tierra se convierte de alguna forma en cielo. Es como un pregustar los dulces sabores de la eternidad.

Ante esta maravillosa realidad todos hemos de poner nuestra ilusión y nuestro deseo en llegar a poseer a Dios, estar dispuestos a pagar el precio que sea con tal de alcanzar la dicha de tener al mismo Dios. Por mucho que entreguemos, siempre será un precio irrisorio, mucho más pequeño, totalmente desproporcionado, a la dicha suprema de estar con Dios.

3.- «Hermanos: para vivir la libertad, Cristo nos ha liberado» (Ga 4, 31) Nos puede parecer a veces que el cristianismo coarta nuestra libertad, nos limita el deseo de ser libres que todos llevamos en nuestro corazón. Vemos la ley de Dios como un yugo que nos ata, que nos obliga a una serie de cosas que nos molestan, o que impiden nuestros planes. Y sin embargo, Cristo nos ha liberado y quiere que vivamos como seres libres.

La libertad es sin duda algo bueno, es un derecho inalienable del hombre, tan esencial y necesario a la naturaleza humana, que el mismo Dios lo respeta hasta lo sumo. Si, por una hipótesis absurda, el Señor fuera contra la libertad del hombre, podríamos decir que iba contra sí mismo, ya que la libertad la quiso el Creador para su criatura humana. A pesar del riesgo evidente.

Hacer en cada momento lo que uno desea, hacer lo que se hace con plena autonomía, actuar siempre sin coacción alguna. Libres siempre, sin que nadie nos corte el paso, sin que nada obstaculice nuestros propios deseos… Hermanos, -sigue diciendo el Apóstol- vuestra vocación es la libertad. Sí, estamos llamados a la libertad; Dios quiere, por tanto, que seamos libres, que hagamos lo que queremos y que queramos lo que hacemos.

«… no una libertad para que se aproveche el egoísmo, al contrario…» (Ga 5, 13) La libertad es buena como es bueno que el hombre actúe con autonomía, sin coacción alguna. Pero está claro que el ejercicio de esa libertad puede ser incorrecto. Es decir, que lo que es bueno de por sí se use para lo que no lo es. Precisamente porque el hombre es libre, es también responsable de sus actos. Y si éstos son buenos, ese hombre merece el elogio y el premio, pero si sus actos son malos merece la recriminación y el castigo. De ahí que la perfecta libertad sea la que se ejercita para el bien y no para el mal. Por esto es necesario que existan unos principios o normas que hagan posible un correcto ejercicio de la libertad. No para anularla, sino para que esa libertad conduzca al hombre a su salvación y no a su condena.

Es absurdo admitir que las normas justas limitan la libertad. Pensemos, por ejemplo, qué enorme caos sería el tráfico sin señales que lo regularan. Pues lo mismo ocurre en la vida cotidiana de los hombres. La ley es necesaria para que la libertad de cada uno se realice perfectamente. Por eso Dios nos da unos Mandamientos que nos sirven de cauce por donde discurra nuestra libertad. El Señor quiere que seamos felices, que hagamos de este mundo algo justo y bueno para todos. Y así cuanto nos manda se puede reducir a que nos amemos mutuamente por amor a él, pues sólo quien actúa por amor, hace libremente lo que ha de hacer, porque quiere, “porque le da la gana”.

4.- «Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén» (Lc 9, 51) Jesús sabía que se acercaba el momento de la manifestación de su mesianismo ante Israel y ante el mundo entero: la hora de su inmolación como víctima expiatoria en favor de los hombres. Por eso no duda ni por un momento en dirigirse hacia Jerusalén. Allí tendría lugar la última escena del drama, allí derramaría su propia sangre, hasta la última gota. Su actitud decidida anima a sus discípulos, que le siguen hacia el lugar de su muerte.

Perdieron el miedo a quienes acechaban al Maestro y nos enseñaron con su actitud cuál ha de ser la nuestra en los momentos de la prueba. El evangelista narra luego el paso de Jesús hacia la Ciudad Santa. Por el camino irían ocurriendo diversos sucesos que darían pie al Maestro para enseñar a sus discípulos. La luz divina resplandece en sus palabras e ilumina aquellos senderos con la paz, la comprensión y el aliento. Otras veces sus palabras son de reproche. En esta ocasión los hijos del Trueno querían arrasar aquel poblado samaritano con fuego venido de lo alto. Jesús se apena y les recrimina porque todavía no hayan entendido cuál es el espíritu que ha de animar a un seguidor suyo.

Como siempre que contemplamos el Evangelio hemos de sentirnos interpelados, atrapados por el vigor y el encanto de las palabras de Cristo. Muchas veces arde la cólera y la indignación en nuestro interior, los deseos de justicia implacable, los sentimientos del odio y el rencor, el afán de venganza. Incluso esos impulsos internos suben a la superficie como sucia espuma sobre el agua clara. De alguna manera dejamos escapar una palabra hiriente, una sonrisa maliciosa…

Hay que tener cuidado, vigilar nuestros movimientos, ahogar cuanto suponga de malevolencia hacia los demás. Somos discípulos de Cristo y hemos de comportarnos según su espíritu. Apagar el odio y encender el amor, terminar con la guerra y sembrar la paz. También en las pequeñeces que se dan con frecuencia en nuestras relaciones con los demás. A veces descuidamos ciertos detalles, sin darnos cuenta de que lo que para nosotros no tiene importancia, pueda tenerla, y mucha, para el prójimo. Es cierto que la broma y la ironía contribuyen a quitar monotonía a la vida, pero al mismo tiempo hay que ser lo suficientemente delicado, para no divertir a los demás a costa de ridiculizar a otros.

Tendríamos que crear a nuestro alrededor un clima de cordialidad y de simpatía, que significa etimológicamente «padecer con». Procurar en todo momento alegrar la vida de los demás, quitar aristas y esquinas a las palabras y los gestos, lubricar con nuestro sacrificio y amabilidad el engranaje, a veces complicado, de la convivencia humana.

Antonio García Moreno

Comentario – Sábado XII de Tiempo Ordinario

Mt 8, 5-17

Al entrar Jesús en Cafarnaúm se le acercó un centurión o capitán del ejército romano, y le rogó diciendo…

El primer milagro había sido para un miembro del pueblo de Dios… excluido por su lepra. El segundo será en favor de un pagano. ¡Todo un programa! El movimiento misionero de la Iglesia ya está presente. La salvación de Dios no está reservada a unos pocos. Dios ama a todos los hombres; su amor rompe las barreras que levantamos entre nosotros. Jesús hace su segundo milagro ¡en favor de un capitán del ejército de ocupación! ¡en favor de un oficial de las fuerzas del orden! ¡en favor de un pagano! Los romanos eran mal vistos por la población: muchos judíos fíeles escupían al suelo, en señal de desprecio, después de haberles adelantado en el camino.

Señor, es a este centurión despreciado que vas a escuchar, complacer y alabar. Prescindes del «¿qué dirá la gente?», no aceptas nuestras divisiones ni nuestros racismos ni estrecheces de corazón. Tu corazón es universal, misionero. Contemplo ese corazón que ama a todos los hombres.

Señor, mi criado está echado en casa con parálisis, sufriendo terriblemente.

Ejemplo de plegaria: este hombre expone simplemente la situación; describe la dolencia; y lo más notable es que habla en favor de otro, de su criado.

¿Es así mi plegaria?

¿Qué parte ocupa en mi vida la plegaria de intercesión? Mi tendencia ¿es quizá rezar sólo para mí?

Jesús contestó: Yo mismo iré y le curaré.

Disponibilidad, respuesta inmediata. Compromiso de toda su persona para servir a un desconocido.

Señor, yo no soy quién para que entres bajo mi techo, pero basta una palabra tuya para que mi criado se cure.

Humildad profunda. Este pagano es muy consciente de que la ley judía le rechaza; esto debe dolerle. Sin embargo no quiere poner a Jesús en una situación de «impureza legal». Y, por delicadeza, quiere evitarle que entre en su casa. Que mi plegaria no sea agresiva, Señor, como si pudiera exigirte lo que te pido. Dame la humildad de ese pagano:

«Yo no soy quién, yo no soy digno».

Porque yo, que soy un subalterno, tengo soldados a mis órdenes; y si digo a uno que se vaya, se va; y a otro que venga, viene…

Este hombre subraya el valor de la «palabra» del que tiene autoridad.

Al oír esto Jesús se admiró y dijo a los que le seguían: «En verdad os digo que en ningún israelita he encontrado tanta fe.»

Se trataba, sin embargo, de una fe muy elemental, una fe principiante, inicial. Este hombre no da ningún contenido doctrinal a su Fe, es un simple afecto global a Jesús. Pero Jesús sabe apreciar esta fe inicial.

Señor, ayúdanos a saber ver y apreciar los más mínimos inicios de la fe en el corazón de nuestros hermanos.

Os digo que vendrán muchos de Oriente y Occidente a sentarse a la mesa con Abraham… En cambio, a los ciudadanos del Reino los echarán afuera…

Profecía: Jesús ve la entrada de los paganos en la Iglesia. Rezo por todos aquellos que se quedan aún esperando, por todos los que no se saben invitados al festín de Dios, a la mesa de Dios.

Luego dijo Jesús: «Ve, que te sea otorgado lo que has creído.»

La Fe. Ella introduce al Reino.

Aumenta nuestra fe, Señor; y haz que todos los hombres la descubran y la vivan.

Noel Quesson
Evangelios 1

Yo quisiera que…

1.- Yo quisiera que:

La Palabra de Dios (y no la mía por supuesto) moviera de tal manera el interior de los oyentes que les hiciera saltar de un antes tortuoso, a un después lleno de felicidad

La Eucaristía (aquella que se necesita y a la que no se asiste con el piloto automático o por simple obligación) fuera la presencia real y misteriosa de un Jesús que alimenta los deseos de vivir según El.

Las catequesis se convirtieran en encuentros personales y comunitarios con la vida del Resucitado. Trampolines de un descubrimiento impresionante de Aquel que dio el todo por los hombres

Nunca la sangre caliente se impusiera al sentido común. “Se atrae más con miel que con hiel”. Se predica al estilo de Jesús cuando se propone… uno se aleja de su modo de entender las cosas cuando se impone.

Los sacerdotes fuésemos juglares y heraldos de un evangelio que ni se compra ni se vende sino que, a favor y en contra, se presenta tan y cual es. Que pregonásemos con convencimiento, y sin rubor alguno, un mensaje que desata reacciones de pasión y de odio, interés e indiferencia, vida y sufrimiento. Que huyésemos de aquellas seguridades que, a veces, nos convierten en simples funcionarios o dispensadores de servicios.

La religiosidad popular (esa que expresamos exteriormente empujada por una fuerza interna) no se quedase reducida a los parámetros de la cultura o de las características de un pueblo.

El mundo (mi parroquia y mi pueblo, mi familia y mis amigos, mis compañeros y mis amistades, etc.,) acogieran a Jesús con la misma alegría y el mismo encanto que aquellos primeros apóstoles que dejaron todo por seguirle.

2. Yo quisiera que:

Los medios de comunicación social se hicieran eco del mensaje del Evangelio como la mayor novedad para sus audiencias

Yo quisiera, como decía Santa Teresita del Niño Jesús, que este mundo fuera un pedazo de cielo. A veces, también yo pienso en recurrir a esas “llamaradas” que pedían los entusiastas y cabreados amigos de Jesús ante la dureza y cerrazón de los samaritanos… y de nuestro propio mundo.

¿Cómo puede vivir este mundo tan de espaldas a lo que le podría hacer feliz?

¿Cómo pueden vivir en permanentemente ceguera los que intentan dirigir?

¿Cómo con tanto esfuerzo y trabajo no vemos aparentemente fruto?

Esta es nuestra misión; descubrir y hacer descubrir que JESUS sigue siendo vital para un nuevo orden y una nueva situación de la humanidad. ¿Qué lo tenemos difícil? ¡Cuando ha sido fácil presentar sin fisuras e íntegramente su proyecto!

3.- Este es nuestro empeño; hacer llegar a nuestras asambleas que, aquello que oyen y comen, rezan y practican, tiene una causa y un efecto, un poder y una realidad, un fin y un futuro: CRISTO

El Señor, aunque nos parezca todo lo contrario, nos sigue llamando. ¿Cómo le respondemos?

Que este verano, recién estrenado lejos de empujarnos a ser pirómanos de situaciones complicadas nos haga recuperar el sentido del evangelio como el mejor tonificante y refresco para tantas personas y almas quemadas.

4.- QUÉ SOMOS? ¿RELIGIOSOS O DISCÍPULOS?

Todo discípulo es un creyente, pero no todo creyente es un discípulo.
El religioso suele esperar panes y peces; el discípulo es un pescador.
El religioso lucha por crecer; el discípulo por reproducirse.
El religioso se gana; el discípulo se hace.
El religioso gusta del halago; el discípulo del sacrificio vivo.
El religioso entrega parte de sus ganancias;
el discípulo entrega parte de su vida.
El religioso puede caer en la rutina; el discípulo es creativo.
El religioso busca que le animen; el discípulo procura animar.
El religioso espera que le asignen tarea;
el discípulo es solícito en asumir responsabilidades.
El religioso murmura y reclama; el discípulo obedece y se niega a si mismo.
El religioso suele ser condicionado por las circunstancias;
el discípulo aprovecha las circunstancias para ejercer su fe.
El religioso reclama que le visiten; el discípulo visita.
El religioso busca en la Palabra promesas para su vida;
el discípulo busca vida para cumplir las promesas de la Palabra.
El religioso es yo; el discípulo es ellos.
El religioso se sienta para adorar; el discípulo camina adorando.
El religioso pertenece a una institución;
el discípulo es una institución él mismo.
El religioso vale para sumar; el discípulo para multiplicar.

Los religiosos esperan milagros; los discípulos obran milagros.
El religioso es un ahorro; el discípulos una inversión.
Los religiosos destacan llenando el templo;
los discípulos se hacen para conquistar el mundo.
Los religiosos suelen ser fuertes como soldados acuartelados;
los discípulos son soldados invasores.
El religioso cuida de las estacas de su tienda;
el discípulo ensancha el sitio de su cabaña.
El religioso hace hábito; el discípulo rompe los moldes.
El religioso sueña con la iglesia ideal;
el discípulo se entrega para lograr la iglesia real.
La meta del religioso es ganar el cielo;
la meta del discípulo es ganar almas para el cielo.
El religioso necesita de campañas para animarse;
el discípulo vive en campaña porque está animado.
El religioso espera un avivamiento; el discípulo es parte de él.
El creyente agoniza sin morir;
el discípulo muere y resucita para dar vida.

Al religioso se le promete una almohada; al discípulo una cruz.
El religioso es socio; el discípulo es siervo.
El religioso se enreda con la cizaña;
el discípulo supera las escaramuzas del diablo y no se deja confundir.
El religioso es espiga; el discípulo es grano lleno en la espiga.
El religioso es «ojala»; el discípulo es «Heme aquí.»
El religioso, quizá predica el Evangelio; el discípulo hace discípulos.
El religioso espera recompensa para dar;
el discípulo es recompensado cuando da.
El religioso es pastoreado como oveja; el discípulo apacienta los corderos.

El religioso recibió la salvación por la cruz de Cristo;
el discípulo toma su cruz cada día y sigue a Cristo.
El religioso espera que oren por él; el discípulo ora por los demás.
El religioso no se trata con miembros de las diferentes denominaciones;
el discípulo se hace como los demás para ganar a algunos de ellos para Dios.
El religioso busca consejos de los demás para tomar una decisión;
el discípulo ora a Dios, lee la Palabra y en fe toma una decisión.
El creyente espera que el mundo se perfeccione;
el discípulo sabe que éste no es el Reino de Dios y espera su venida.

Javier Leoz

El seguimiento de Jesús no tiene demora

1.- El contexto de este evangelio se sitúa en el momento en que Jesús toma la decisión de subir a Jerusalén. Lucas nos muestra a un Jesús que comienza a proclamar más abiertamente las exigencias de su misión, que hace extensivas a sus discípulos. En el camino manda unos mensajeros a una aldea de Samaría para que le preparen alojamiento. Los samaritanos le rechazan porque se dirige a Jerusalén. Los discípulos quieren reaccionar violentamente y le piden que baje fuego a la tierra. Jesús es rechazado por los samaritanos e incomprendido por sus discípulos.

2.- Tres personajes aparecen en el camino. Uno le muestra su deseo de seguirle, a otro le invita Jesús -sígueme-, el tercero quiere también seguirle, pero impone condiciones. Son tres modos impropios de seguimiento, porque les falta la radicalidad, es decir, la libertad de espíritu para seguirle. Al primero, no sabemos si joven o viejo, rico o pobre, le dice que es necesario salir de la propia madriguera, saltar fuera del nido, es preciso percibir todas las implicaciones del auténtico seguimiento. La madriguera es el lugar en el que uno se agazapa y encuentra su seguridad, porque se halla a gusto y se siente protegido. El nido es el calor que alienta y protege. En lenguaje sicoanalítico es querer permanecer en el seno materno y en todo lo que representa, es decir estar al abrigo, al calor del hogar. Es la situación que viven hoy muchas personas, incapaces de asumir un compromiso definitivo por el Reino, porque tienen miedo o se sienten inseguros. Así vemos que muchos tienen miedo a dar un sí definitivo en el matrimonio o en la vida religiosa. Jesús nos invita a ser valientes, a optar por El sin miedo al futuro.

3.- El segundo personaje es invitado al seguimiento por Jesús. El acepta, pero solicita simplemente poder ir a enterrar a su padre. Las palabras de Jesús nos desconciertan: «Deja que los muertos entierren a sus muertos». No es que Jesús sea inhumano con esta respuesta. Lo que quiere subrayar es la primacía del Reino, que hay que dejar atrás todos los lastres para poder seguir a Jesús. La metáfora del padre representa aquí no sólo la figura del padre en sentido físico, sino a toda nuestra tradición ancestral: los hábitos familiares, las costumbres, la herencia….Jesús está diciéndole a esta persona que si no deja a su padre no se hace adulto, porque sigue atado al peso de las tradiciones familiares, que pueden impedirte la radicalidad del seguimiento. Por supuesto que hay que atender a nuestros padres en vida, porque es de bien nacidos ser agradecidos, y devolverles el amor y el cuidado que han tenido por nosotros. Pero, una vez cumplida nuestra misión «en vida», ni nuestro entramado social ni nuestras relaciones personales deben impedirnos el anuncio del Reino de Dios.

4.- El tercer personaje es de nuevo «otro» cualquiera, uno cualquiera de nosotros. Es un hombre quizá de temperamento impulsivo, pero pide «despedirse primero de la familia». Esta postura parece también razonable y tiene un precedente en el primer Libro de los Reyes, que es la primera lectura de este domingo. Elías llama a Eliseo y le echa encima el manto. Es el símbolo de la sucesión profética, como ha de verse después cuando Elías sea elevado al cielo en el carro de fuego y arroje su manto para que Eliseo recoja el testigo. Elías le permite despedirse, pero hay algo que, sin embargo, nos llama la atención: sacrificó la yunta de bueyes, quemó los aperos y se fue tras Elías y se consagró a su servicio. En este quemar las naves, vemos la capacidad de renuncia y la radicalidad de la decisión de Eliseo. Pero Jesús no acepta las pretensiones de nuestro personaje: «El que echa mano al arado y sigue mirando atrás, no vale para el Reino de Dios». Le está diciendo que es todavía esclavo de su pasado, de su historia, de sus amigos, de sus conocimientos, de todo lo que constituye su mundo cultural y afectivo. Si estás siempre lamentándote de lo que has dejado o pensando en lo que queda o no queda de tu historia, no puedes seguir a Jesús. No se puede coger el volante del coche y continuar mirando hacia la casa que dejas atrás. Lo probable es que te estrelles…. El verdadero seguimiento de Cristo no admite ninguna demora, ningún apego al propio yo, a las personas, a las cosas, porque busca una total obediencia a Dios y a su Palabra. No podemos estar sometidos a ningún yugo de esclavitud, como dice San Pablo a los Gálatas. Nuestra vocación es la libertad y sólo debemos ser esclavos unos de otros por amor. Es más fácil el seguimiento radical de joven que en la edad adulta, cuando ya se está atrapado por ciertos hábitos, por un determinado círculo de relaciones y amistades. En el fondo es porque acogemos el Evangelio como una cosa superpuesta y no como algo que nos transforma y nos libera.

5.- Necesitamos la libertad evangélica de los hijos de Dios. Hemos de vencer las tres tentaciones que nos impiden el seguimiento radical de Jesús y ser libres frente a la madriguera del seno materno, frente a las tradiciones ancestrales del padre y frente al sometimiento a la propia historia. Es una triple libertad que indica nuestra madurez humana y cristiana. Nos queda, si somos sinceros, un largo camino por recorrer para llegar a identificarnos de verdad con el mensaje de Jesús….Pero seguirle sigue mereciendo la pena.

José María Martín OSA

Galería de retratos

1.- “Yendo Jesús de camino, alguien le dijo: Te seguiré adonde vayas. Jesús le respondió: Las zorras tienen madrigueras y los pájaros, nido. Pero el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar la cabeza”. San Lucas, Cáp.9. En todas las culturas, la vida del hombre se ha comparado con un camino. No extraña entonces que Jesús haya explicado la adhesión a su persona y a su doctrina, como un seguimiento detrás de sus pasos. Un proyecto que reviste diversas circunstancias, según las personas y los tiempos. San Lucas nos presenta una galería de candidatos a ese seguimiento del Señor, quien atravesaba la provincia de Samaria, camino de Jerusalén. Hacía con sus discípulos un atajo por territorio enemigo, lo cual estaba prohibido por la ley, pero acortaba buen trecho la jornada. En varias ocasiones, Jesús prefirió el sentido común a las normas.

2.- Entonces se le presentó al Maestro un voluntario. “Te seguiré adonde vayas”, le dice. El judío de entonces no exigía demasiadas comodidades, pero aún así, fue desalentadora la respuesta del Señor: “Las zorras tiene madrigueras y los pájaros, nido. Pero el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar la cabeza”. Un segundo candidato es llamado directamente por el Maestro, quien le dice: “Sígueme”. Pero éste pide una prórroga para ir a enterrar a su padre. No se trataría de llevarlo al cementerio, un deber de lógica piedad, sino de acompañarlo hasta el fin de sus días. El Señor le responde: “Deja que los muertos entierren a sus muertos. Tú vete a anunciar el Reino de Dios”. Como diciéndole: Tú puedes conquistar un nivel superior de existencia, mientras los demás se quedan en la muerte.

Otro personaje sale al encuentro del Señor: “Te seguiré, asegura, pero déjame primero ir a despedirme de mi familia”. Jesús le responde con una frase que ha hecho carrera en la enseñanza cristiana: “El que echa mano al arado y sigue mirando atrás, no vale para el Reino de Dios”. Había observado el Maestro que quienes guían los bueyes, al roturar el campo, miran siempre adelante. No vale recordar las anteriores circunstancias. No hemos de imitar a los judíos en el desierto, que añoraban las cebollas de Egipto.

3.- Para seguir al Señor es necesario afrontar ciertas rupturas. Lo cual ha de entenderse no tanto como rechazo al mal, sino como búsqueda de la excelencia. Pues las condiciones que nos rodean no siempre son malas. Ni todos los bienes materiales, o los vínculos de familia, nos apartan del Evangelio. Pero llega el momento en que Jesús nos llama a un más calificado cristianismo. ¿Entonces hemos de mudar de oficio y de lugar? En ciertas ocasiones. Los apóstoles, de pescadores del lago se convirtieron en pescadores de hombres. Quizás nosotros nos quedaremos en el lago, pero dándole otro sentido, otro rumbo a nuestro proyecto de vida.

Algún nuevo san Lucas podría ahora presentarnos otra galería: La de aquellos que, sin ser noticia quizás, hicieron en silencio lo que tenían que hacer. Allí tal vez puedes mirarte, entre quienes sirvieron a los demás con silenciosa perseverancia. Nunca vendieron su conciencia. Buscaron al Señor, a pesar de sus propias pequeñeces. Reconstruyeron su vida después de las catástrofes. En fin, comprendieron que creer es seguir a Jesús, paso a paso, aún en tiempos de crisis.

Gustavo Vélez, mxy

Libertad y radicalidad

1.- La libertad y la radicalidad de Jesús de Nazaret: Que Cristo fue libre y que fue radical en su vida y en la expresión de sus creencias parece evidente. Fue libre para oponerse a las autoridades religiosas y civiles de su tiempo; fue libre para acoger a pecadores y a personas marginadas por la sociedad de su tiempo; fue libre para tratar y relacionarse con las mujeres; fue libre para interpretar y practicar muchas normas y ritos de la ley mosaica; fue libre ante sus padres y parientes; fue libre… Podríamos llenar, sin dificultad, varias páginas con citas del Nuevo Testamento para demostrar la libertad de Jesús de Nazaret. Y que fue radical en su vida y en la expresión de sus opiniones y creencias también resulta evidente. Si alguno de ustedes tiene dudas sobre esto, que lea y vuelva a leer el evangelio de este domingo: deja que los muertos entierren a sus muertos; el que echa mano al arado y sigue mirando atrás no vale para el reino de los cielos. Seguramente que los fariseos que hablaron y trataron a Jesús no tenían la más mínima duda sobre la libertad y la radicalidad de Jesús de Nazaret. Pues bien, si estamos de acuerdo en que Cristo fue libre y radical, también estaremos de acuerdo en que los cristianos, los seguidores de Jesús, deberemos ser igualmente libres y radicales.

2.- Libertad con amor, sí; libertad sin amor, no. La palabra <libertad> la usamos muchas veces de manera inapropiada. Cuando el adolescente le dice al padre o al maestro que le dejen en paz, porque él es libre de hacer lo que quiera; cuando el conductor se salta alegremente las reglas de tráfico, porque nadie le va a decir a él cómo tiene que conducir; cuando, en fin, uno hace lo que le da la gana, porque a él solo le importa el provecho o bienestar propio, no está usando la palabra libertad en sentido correcto. Y, si hablamos no de la libertad en sentido general, sino de la libertad cristiana, parece aún más evidente que la palabra “libertad” debe entenderse en el sentido en el que Cristo la predicó y la usó. En este sentido quiero yo emplear ahora esta polisémica y grandiosa palabra. Es el sentido en el que la usa San Pablo en el texto de la carta a los Gálatas que hoy leemos, en la segunda lectura. Suele decirse que la Carta a los Gálatas es la “Carta Magna” de la libertad cristiana. La primera frase que hoy leemos es para ponerla en un marco y meditarla todos los días: para vivir en libertad, Cristo nos ha liberado. Y, para que quede claro el sentido que él da a la palabra libertad, añade: vuestra vocación es la libertad… sed esclavos unos de otros por amor. Es difícil decirlo más claro y mejor con menos palabras: libertad con amor, sí; libertad sin amor, no. Por supuesto, que San Agustín dijo esto mismo de muchas formas y en muchas ocasiones. Si amas, en sentido cristiano, se entiende, haz lo que quieras, porque no puedes desear nunca hacer algo malo a la persona que amas. La libertad con amor nos lleva al servicio y a la veneración del prójimo. La libertad sin amor siembra siempre discordias y hace imposible una buena convivencia.

3.- Radicalidad, sí; radicalismo, no. A veces empleamos estas palabras en un sentido más o menos parecido y bastante impreciso. Yo creo que la radicalidad es necesaria, porque se trata de ser fieles a la raíz de la que hemos brotado y crecido. Nuestra raíz es Cristo y ser radical es ser fiel a Cristo. El radicalismo, en cambio, se refiere, tal como yo lo entiendo, a una actitud intransigente, y muchas veces violenta y agresiva, ante creencias o actitudes distintas de las nuestras. Ya sé que en épocas anteriores los cristianos hemos pecado de radicalismo e intransigencia ante creencias y actitudes personales y públicas que contradecían nuestras propias creencias religiosas. El Papa ya ha pedido perdón varias veces y nosotros, los cristianos, debemos, igualmente, pedir perdón. En la sociedad en la que hoy vivimos debemos predicar y vivir nuestra fe con radicalidad, pero no con radicalismo. Respetamos y amamos cristianamente a todas las personas y el amor cristiano nos impide actuar con radicalismo e intransigencia. No queremos que baje fuego del cielo para acabar con nuestros enemigos. Porque, volviendo a San Pablo, sabemos que si nos mordemos y devoramos unos a otros, terminaremos por destruirnos mutuamente.

4.- Sobre seguimiento e imitación. Durante tiempos pasados, el libro de Tomás de Kempis “La imitación de Cristo” fue uno de los libros más leídos y meditados por los fieles devotos cristianos. Hoy, más que de “imitación de Cristo” hablamos de “seguimiento” de Cristo. Más que imitar literalmente lo que Cristo dijo o hizo, debemos intentar recorrer el mismo camino espiritual que hizo Cristo. Si Cristo viviera hoy entre nosotros es seguro que usaría palabras y métodos distintos de los que usó en su tiempo, para predicar su evangelio. Porque vivimos en una sociedad totalmente distinta de la sociedad en la que vivió Jesús de Nazaret. Tratemos de vivir siempre según el espíritu de Cristo, aun cuando nuestro estilo exterior y nuestros actuales comportamientos familiares y sociales sean muy distintos del ambiente familiar y social en el que vivió Cristo. Tratemos de seguir a Cristo, aún cuando no podamos, ni debamos, imitar sus mismos gestos y palabras, ni hacer las mismas cosas que él hizo.

Gabriel González del Estal

Un cristianismo de seguimiento

En tiempos de crisis es grande la tentación de buscar seguridad, volver a posiciones fáciles y llamar de nuevo a las puertas de una religión que nos «proteja» de tanto problema y conflicto.

Hemos de revisar nuestro cristianismo para ver si en la Iglesia actual vivimos motivados por la pasión de seguir a Jesús o andamos buscando «seguridad religiosa». Según el conocido teólogo alemán Johann Baptist Metz, este es el desafío más grave al que nos enfrentamos los cristianos en Europa: decidirnos entre una «religión burguesa» o un «cristianismo de seguimiento».

Seguir a Jesús no significa huir hacia un pasado ya muerto, sino tratar de vivir hoy con el espíritu que le animó a él. Como ha dicho alguien con ingenio, se trata de vivir hoy «con el aire de Jesús» y no «al viento que más sopla».

Este seguimiento no consiste en buscar novedades ni en promover grupos de selectos, sino en hacer de Jesús el eje único de nuestras comunidades, poniéndonos decididamente al servicio de lo que él llamaba reino de Dios.

Por eso, seguir a Jesús implica casi siempre caminar «a contracorriente», en actitud de rebeldía frente a costumbres, modas o corrientes de opinión que no concuerdan con el espíritu del Evangelio.

Y esto exige no solo no dejarnos domesticar por una sociedad superficial y consumista, sino incluso contradecir a los propios amigos y familiares cuando nos invitan a seguir caminos contrarios al Evangelio.

Por eso, seguir a Jesús exige estar dispuestos a la conflictividad y a la cruz. Estar dispuestos a compartir su suerte. Aceptar el riesgo de una vida crucificada como la suya, sabiendo que nos espera resurrección. ¿No seremos capaces de escuchar hoy la llamada siempre viva de Jesús a seguirlo?

José Antonio Pagola