Comentario – Sábado XII de Tiempo Ordinario

Mt 8, 5-17

Al entrar Jesús en Cafarnaúm se le acercó un centurión o capitán del ejército romano, y le rogó diciendo…

El primer milagro había sido para un miembro del pueblo de Dios… excluido por su lepra. El segundo será en favor de un pagano. ¡Todo un programa! El movimiento misionero de la Iglesia ya está presente. La salvación de Dios no está reservada a unos pocos. Dios ama a todos los hombres; su amor rompe las barreras que levantamos entre nosotros. Jesús hace su segundo milagro ¡en favor de un capitán del ejército de ocupación! ¡en favor de un oficial de las fuerzas del orden! ¡en favor de un pagano! Los romanos eran mal vistos por la población: muchos judíos fíeles escupían al suelo, en señal de desprecio, después de haberles adelantado en el camino.

Señor, es a este centurión despreciado que vas a escuchar, complacer y alabar. Prescindes del «¿qué dirá la gente?», no aceptas nuestras divisiones ni nuestros racismos ni estrecheces de corazón. Tu corazón es universal, misionero. Contemplo ese corazón que ama a todos los hombres.

Señor, mi criado está echado en casa con parálisis, sufriendo terriblemente.

Ejemplo de plegaria: este hombre expone simplemente la situación; describe la dolencia; y lo más notable es que habla en favor de otro, de su criado.

¿Es así mi plegaria?

¿Qué parte ocupa en mi vida la plegaria de intercesión? Mi tendencia ¿es quizá rezar sólo para mí?

Jesús contestó: Yo mismo iré y le curaré.

Disponibilidad, respuesta inmediata. Compromiso de toda su persona para servir a un desconocido.

Señor, yo no soy quién para que entres bajo mi techo, pero basta una palabra tuya para que mi criado se cure.

Humildad profunda. Este pagano es muy consciente de que la ley judía le rechaza; esto debe dolerle. Sin embargo no quiere poner a Jesús en una situación de «impureza legal». Y, por delicadeza, quiere evitarle que entre en su casa. Que mi plegaria no sea agresiva, Señor, como si pudiera exigirte lo que te pido. Dame la humildad de ese pagano:

«Yo no soy quién, yo no soy digno».

Porque yo, que soy un subalterno, tengo soldados a mis órdenes; y si digo a uno que se vaya, se va; y a otro que venga, viene…

Este hombre subraya el valor de la «palabra» del que tiene autoridad.

Al oír esto Jesús se admiró y dijo a los que le seguían: «En verdad os digo que en ningún israelita he encontrado tanta fe.»

Se trataba, sin embargo, de una fe muy elemental, una fe principiante, inicial. Este hombre no da ningún contenido doctrinal a su Fe, es un simple afecto global a Jesús. Pero Jesús sabe apreciar esta fe inicial.

Señor, ayúdanos a saber ver y apreciar los más mínimos inicios de la fe en el corazón de nuestros hermanos.

Os digo que vendrán muchos de Oriente y Occidente a sentarse a la mesa con Abraham… En cambio, a los ciudadanos del Reino los echarán afuera…

Profecía: Jesús ve la entrada de los paganos en la Iglesia. Rezo por todos aquellos que se quedan aún esperando, por todos los que no se saben invitados al festín de Dios, a la mesa de Dios.

Luego dijo Jesús: «Ve, que te sea otorgado lo que has creído.»

La Fe. Ella introduce al Reino.

Aumenta nuestra fe, Señor; y haz que todos los hombres la descubran y la vivan.

Noel Quesson
Evangelios 1