El espíritu de Cristo

1.- «Elías se marchó y encontró a Eliseo, hijo de Safat, arando…» (1 R 19, 19) Yahvé dijo al profeta Elías: A Eliseo le ungirás para que sea el profeta que te sustituya el día de mañana. Fiel al mandato divino, Elías se fue a buscar a Eliseo. Y al pasar por el camino le vio trabajando en el campo, arando con bueyes. Sin dudarlo se acerca y le transmite el mensaje de Yahvé. Los bueyes quedarán solos, mientras su amo sigue decidido los pasos del profeta.

Una vez más se repite la escena. Dios se acerca al hombre cuando éste trabaja en el surco de cada día. Como si el trabajo fuera el lugar de encuentro más adecuado entre Dios y el hombre. Esto contradice esa sensación de culpabilidad que los hombres tienen a menudo ante cualquier esfuerzo laboral. No, el trabajo no es un castigo, sino algo congénito a la naturaleza del hombre, con todas sus grandezas y con toda su miseria. Y en ese lugar, normal en nuestra vida de cada día, Dios nos espera, haciendo una maravillosa encrucijada de nuestro quehacer cotidiano.

El trabajo templa el espíritu, domeña los cuerpos, los ennoblece. Cuando el hombre tiene la persuasión de haber realizado bien su trabajo, queda satisfecho, es feliz, se siente cerca de Dios. Entonces es más fácil oír la voz del Señor, responderle con prontitud y generosidad.

«Déjame decir adiós a mis padres; luego vuelvo y te sigo» (1 R 19, 20) El decir adiós es un momento doloroso de separación, sentir en carne viva el desgarre de algo nuestro. Marcharse, dejando atrás sonrisas, miradas amigas, palabras entrañables, cosas que nos acompañaron por el camino, durante años. Todo ese mundo que llevamos muy dentro de nuestro ser, como parte integrante de nosotros mismos.

El adiós se repite sin cesar en nuestra existencia humana. Unas veces es la muerte la que rompe los lazos que nos ataban dulcemente, otras es la misma vida la que nos lleva de un lado para otro, desgajando mil veces nuestra cómoda tendencia a echar raíces.

Por eso Cristo nos invita a seguirle, a ponernos en camino tras él, a vivir siempre con la maleta hecha, a no fijar la tienda de modo definitivo en una tierra que no es la nuestra. Si logramos conseguir esa actitud de marcha, no habrá despedidas tristes y definitivas. Entonces el penoso adiós se convierte en un alegre hasta luego.

2.- «Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti» (Sal 15, 1) Este salmo es el canto entusiasta de quien, solamente en Dios, tiene todo su bien. Tú eres mi bien, exclama el salmista con emoción. Fuera del Señor no hay nada que pueda atraer la atención del cantor inspirado. Por eso este salmo se cantaba en la antigua ceremonia de la tonsura clerical, momento en el que el ordenado entraba a formar parte del clero. Es más, en la ceremonia de tonsurar el cabello, como símbolo de consagración y entrega a Dios, se pronunciaba el versículo que dice: el Señor es la parte de mi herencia.

Se recuerda de ese modo algo semejante a lo que ocurría en el antiguo Israel, donde todas las tribus tenían derecho a una porción de la Tierra prometida, menos la tribu de Leví, la tribu sacerdotal que recibía como heredad al mismo Yahvé. Por una parte, los hijos de Leví habían de poner sus ambiciones en los bienes del espíritu. Pero por otra parte los miembros de las demás tribus habían de proveer de alguna forma a cubrir las necesidades de sus hermanos los sacerdotes. Hoy, por supuesto, las circunstancias han cambiado, pero en cierto modo son realidades, enunciadas en el salmo, que todavía tienen su vigencia para el sacerdote de ahora.

«Por eso se me alegra el corazón, se gozan mis entrañas y mi carne descansa serena» (Sal 15, 7) Tener a Dios. Esto es, sin duda, lo más grande que el hombre puede ambicionar, pues quien a Dios tiene, nada le falta. Y si Dios está con nosotros, quién podrá estar contra nosotros… Esta realidad formidable es lo que mueve al salmista cuando dice: Bendeciré al Señor que me aconseja, hasta de noche me instruye internamente. Tengo presente al Señor, con él a mi derecha no vacilaré.

El corazón humano se llena de alegría, de un gozo que penetra hasta lo más íntimo del corazón, de una paz y un sosiego inefable. Nada se teme entonces, ni a la muerte misma. El sendero de la vida se abre claro y luminoso ante el hombre, lleno de la fuerza divina, seguro de poder recorrerlo. Entonces la tierra se convierte de alguna forma en cielo. Es como un pregustar los dulces sabores de la eternidad.

Ante esta maravillosa realidad todos hemos de poner nuestra ilusión y nuestro deseo en llegar a poseer a Dios, estar dispuestos a pagar el precio que sea con tal de alcanzar la dicha de tener al mismo Dios. Por mucho que entreguemos, siempre será un precio irrisorio, mucho más pequeño, totalmente desproporcionado, a la dicha suprema de estar con Dios.

3.- «Hermanos: para vivir la libertad, Cristo nos ha liberado» (Ga 4, 31) Nos puede parecer a veces que el cristianismo coarta nuestra libertad, nos limita el deseo de ser libres que todos llevamos en nuestro corazón. Vemos la ley de Dios como un yugo que nos ata, que nos obliga a una serie de cosas que nos molestan, o que impiden nuestros planes. Y sin embargo, Cristo nos ha liberado y quiere que vivamos como seres libres.

La libertad es sin duda algo bueno, es un derecho inalienable del hombre, tan esencial y necesario a la naturaleza humana, que el mismo Dios lo respeta hasta lo sumo. Si, por una hipótesis absurda, el Señor fuera contra la libertad del hombre, podríamos decir que iba contra sí mismo, ya que la libertad la quiso el Creador para su criatura humana. A pesar del riesgo evidente.

Hacer en cada momento lo que uno desea, hacer lo que se hace con plena autonomía, actuar siempre sin coacción alguna. Libres siempre, sin que nadie nos corte el paso, sin que nada obstaculice nuestros propios deseos… Hermanos, -sigue diciendo el Apóstol- vuestra vocación es la libertad. Sí, estamos llamados a la libertad; Dios quiere, por tanto, que seamos libres, que hagamos lo que queremos y que queramos lo que hacemos.

«… no una libertad para que se aproveche el egoísmo, al contrario…» (Ga 5, 13) La libertad es buena como es bueno que el hombre actúe con autonomía, sin coacción alguna. Pero está claro que el ejercicio de esa libertad puede ser incorrecto. Es decir, que lo que es bueno de por sí se use para lo que no lo es. Precisamente porque el hombre es libre, es también responsable de sus actos. Y si éstos son buenos, ese hombre merece el elogio y el premio, pero si sus actos son malos merece la recriminación y el castigo. De ahí que la perfecta libertad sea la que se ejercita para el bien y no para el mal. Por esto es necesario que existan unos principios o normas que hagan posible un correcto ejercicio de la libertad. No para anularla, sino para que esa libertad conduzca al hombre a su salvación y no a su condena.

Es absurdo admitir que las normas justas limitan la libertad. Pensemos, por ejemplo, qué enorme caos sería el tráfico sin señales que lo regularan. Pues lo mismo ocurre en la vida cotidiana de los hombres. La ley es necesaria para que la libertad de cada uno se realice perfectamente. Por eso Dios nos da unos Mandamientos que nos sirven de cauce por donde discurra nuestra libertad. El Señor quiere que seamos felices, que hagamos de este mundo algo justo y bueno para todos. Y así cuanto nos manda se puede reducir a que nos amemos mutuamente por amor a él, pues sólo quien actúa por amor, hace libremente lo que ha de hacer, porque quiere, “porque le da la gana”.

4.- «Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén» (Lc 9, 51) Jesús sabía que se acercaba el momento de la manifestación de su mesianismo ante Israel y ante el mundo entero: la hora de su inmolación como víctima expiatoria en favor de los hombres. Por eso no duda ni por un momento en dirigirse hacia Jerusalén. Allí tendría lugar la última escena del drama, allí derramaría su propia sangre, hasta la última gota. Su actitud decidida anima a sus discípulos, que le siguen hacia el lugar de su muerte.

Perdieron el miedo a quienes acechaban al Maestro y nos enseñaron con su actitud cuál ha de ser la nuestra en los momentos de la prueba. El evangelista narra luego el paso de Jesús hacia la Ciudad Santa. Por el camino irían ocurriendo diversos sucesos que darían pie al Maestro para enseñar a sus discípulos. La luz divina resplandece en sus palabras e ilumina aquellos senderos con la paz, la comprensión y el aliento. Otras veces sus palabras son de reproche. En esta ocasión los hijos del Trueno querían arrasar aquel poblado samaritano con fuego venido de lo alto. Jesús se apena y les recrimina porque todavía no hayan entendido cuál es el espíritu que ha de animar a un seguidor suyo.

Como siempre que contemplamos el Evangelio hemos de sentirnos interpelados, atrapados por el vigor y el encanto de las palabras de Cristo. Muchas veces arde la cólera y la indignación en nuestro interior, los deseos de justicia implacable, los sentimientos del odio y el rencor, el afán de venganza. Incluso esos impulsos internos suben a la superficie como sucia espuma sobre el agua clara. De alguna manera dejamos escapar una palabra hiriente, una sonrisa maliciosa…

Hay que tener cuidado, vigilar nuestros movimientos, ahogar cuanto suponga de malevolencia hacia los demás. Somos discípulos de Cristo y hemos de comportarnos según su espíritu. Apagar el odio y encender el amor, terminar con la guerra y sembrar la paz. También en las pequeñeces que se dan con frecuencia en nuestras relaciones con los demás. A veces descuidamos ciertos detalles, sin darnos cuenta de que lo que para nosotros no tiene importancia, pueda tenerla, y mucha, para el prójimo. Es cierto que la broma y la ironía contribuyen a quitar monotonía a la vida, pero al mismo tiempo hay que ser lo suficientemente delicado, para no divertir a los demás a costa de ridiculizar a otros.

Tendríamos que crear a nuestro alrededor un clima de cordialidad y de simpatía, que significa etimológicamente «padecer con». Procurar en todo momento alegrar la vida de los demás, quitar aristas y esquinas a las palabras y los gestos, lubricar con nuestro sacrificio y amabilidad el engranaje, a veces complicado, de la convivencia humana.

Antonio García Moreno