Libertad y radicalidad

1.- La libertad y la radicalidad de Jesús de Nazaret: Que Cristo fue libre y que fue radical en su vida y en la expresión de sus creencias parece evidente. Fue libre para oponerse a las autoridades religiosas y civiles de su tiempo; fue libre para acoger a pecadores y a personas marginadas por la sociedad de su tiempo; fue libre para tratar y relacionarse con las mujeres; fue libre para interpretar y practicar muchas normas y ritos de la ley mosaica; fue libre ante sus padres y parientes; fue libre… Podríamos llenar, sin dificultad, varias páginas con citas del Nuevo Testamento para demostrar la libertad de Jesús de Nazaret. Y que fue radical en su vida y en la expresión de sus opiniones y creencias también resulta evidente. Si alguno de ustedes tiene dudas sobre esto, que lea y vuelva a leer el evangelio de este domingo: deja que los muertos entierren a sus muertos; el que echa mano al arado y sigue mirando atrás no vale para el reino de los cielos. Seguramente que los fariseos que hablaron y trataron a Jesús no tenían la más mínima duda sobre la libertad y la radicalidad de Jesús de Nazaret. Pues bien, si estamos de acuerdo en que Cristo fue libre y radical, también estaremos de acuerdo en que los cristianos, los seguidores de Jesús, deberemos ser igualmente libres y radicales.

2.- Libertad con amor, sí; libertad sin amor, no. La palabra <libertad> la usamos muchas veces de manera inapropiada. Cuando el adolescente le dice al padre o al maestro que le dejen en paz, porque él es libre de hacer lo que quiera; cuando el conductor se salta alegremente las reglas de tráfico, porque nadie le va a decir a él cómo tiene que conducir; cuando, en fin, uno hace lo que le da la gana, porque a él solo le importa el provecho o bienestar propio, no está usando la palabra libertad en sentido correcto. Y, si hablamos no de la libertad en sentido general, sino de la libertad cristiana, parece aún más evidente que la palabra “libertad” debe entenderse en el sentido en el que Cristo la predicó y la usó. En este sentido quiero yo emplear ahora esta polisémica y grandiosa palabra. Es el sentido en el que la usa San Pablo en el texto de la carta a los Gálatas que hoy leemos, en la segunda lectura. Suele decirse que la Carta a los Gálatas es la “Carta Magna” de la libertad cristiana. La primera frase que hoy leemos es para ponerla en un marco y meditarla todos los días: para vivir en libertad, Cristo nos ha liberado. Y, para que quede claro el sentido que él da a la palabra libertad, añade: vuestra vocación es la libertad… sed esclavos unos de otros por amor. Es difícil decirlo más claro y mejor con menos palabras: libertad con amor, sí; libertad sin amor, no. Por supuesto, que San Agustín dijo esto mismo de muchas formas y en muchas ocasiones. Si amas, en sentido cristiano, se entiende, haz lo que quieras, porque no puedes desear nunca hacer algo malo a la persona que amas. La libertad con amor nos lleva al servicio y a la veneración del prójimo. La libertad sin amor siembra siempre discordias y hace imposible una buena convivencia.

3.- Radicalidad, sí; radicalismo, no. A veces empleamos estas palabras en un sentido más o menos parecido y bastante impreciso. Yo creo que la radicalidad es necesaria, porque se trata de ser fieles a la raíz de la que hemos brotado y crecido. Nuestra raíz es Cristo y ser radical es ser fiel a Cristo. El radicalismo, en cambio, se refiere, tal como yo lo entiendo, a una actitud intransigente, y muchas veces violenta y agresiva, ante creencias o actitudes distintas de las nuestras. Ya sé que en épocas anteriores los cristianos hemos pecado de radicalismo e intransigencia ante creencias y actitudes personales y públicas que contradecían nuestras propias creencias religiosas. El Papa ya ha pedido perdón varias veces y nosotros, los cristianos, debemos, igualmente, pedir perdón. En la sociedad en la que hoy vivimos debemos predicar y vivir nuestra fe con radicalidad, pero no con radicalismo. Respetamos y amamos cristianamente a todas las personas y el amor cristiano nos impide actuar con radicalismo e intransigencia. No queremos que baje fuego del cielo para acabar con nuestros enemigos. Porque, volviendo a San Pablo, sabemos que si nos mordemos y devoramos unos a otros, terminaremos por destruirnos mutuamente.

4.- Sobre seguimiento e imitación. Durante tiempos pasados, el libro de Tomás de Kempis “La imitación de Cristo” fue uno de los libros más leídos y meditados por los fieles devotos cristianos. Hoy, más que de “imitación de Cristo” hablamos de “seguimiento” de Cristo. Más que imitar literalmente lo que Cristo dijo o hizo, debemos intentar recorrer el mismo camino espiritual que hizo Cristo. Si Cristo viviera hoy entre nosotros es seguro que usaría palabras y métodos distintos de los que usó en su tiempo, para predicar su evangelio. Porque vivimos en una sociedad totalmente distinta de la sociedad en la que vivió Jesús de Nazaret. Tratemos de vivir siempre según el espíritu de Cristo, aun cuando nuestro estilo exterior y nuestros actuales comportamientos familiares y sociales sean muy distintos del ambiente familiar y social en el que vivió Cristo. Tratemos de seguir a Cristo, aún cuando no podamos, ni debamos, imitar sus mismos gestos y palabras, ni hacer las mismas cosas que él hizo.

Gabriel González del Estal