«Los nuestros»

Uno de los rasgos característicos del nivel de consciencia mítico -en el que la especie humana vivió durante milenios y algunos de cuyos reflejos siguen presentes entre nosotros- es la convicción de que la verdad pertenece al propio grupo, por lo que se descarta como falsa cualquier otra opinión. Y ello no debido a una “mala voluntad”, sino sencillamente como consecuencia de lo que ese nivel de consciencia permite ver.

La consciencia mítica bloquea la capacidad de asumir otra perspectiva. Con ello, hace radicalmente imposible cualquier intento de diálogo. Para quien se halla en el nivel etnocéntrico (mítico), solo hay una verdad, que es la del propio grupo (o del propio ego). En consecuencia, “los otros” no solo no pueden ser comprendidos, sino que es necesario obligarlos a cambiar (o “acabar con ellos”, como se lee en el texto que comento). Cualquier propuesta de comprensión de los otros será tachada, como mínimo, de “buenismo” condescendiente y radicalmente equivocado. Trataré de clarificarlo con un hecho reciente: cuando en uno de sus viajes, un periodista le preguntó por la actitud de la Iglesia hacia las personas homosexuales, el papa Francisco contestó: “¿Quién soy para juzgar?”. Ante esas palabras, grupos católicos fundamentalistas reaccionaron de inmediato: “No solo hay que juzgarlos, sino condenarlos porque están en el error. Y el error no tiene derechos”. Pues bien, esta reacción únicamente puede nacer de una consciencia mítica.  

La consciencia mítica -aunque no solo ella- es una consciencia de separatividad, marcada por la vivencia de un dualismo extremo entre “los nuestros” y “los otros”. No es difícil constatar los resultados que tal consciencia ha producido a lo largo de la historia humana: separación, enfrentamiento, guerras, aniquilación de los otros…

Dado que el origen de la trampa no reside tanto en la voluntad, sino en el nivel de consciencia, parece obvio que únicamente la apertura a un nivel de consciencia más amplio -integral, pluralista, aperspectivista, mundicéntrico…- hará posible un nuevo modo de relación entre los humanos. La transformación radical es siempre hija de la comprensión. Solo una consciencia de unidad, que se corresponde a la realidad y supera las estrechas y reductoras lecturas mentales, permite dejar de hablar de “los nuestros” y “los demás”, para reconocernos todos en nuestra unidad básica, más allá de las diferencias en que nos experimentamos.

¿Qué tipo de consciencia predomina en mí?

Enrique Martínez Lozano

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¿Cataclismo o avanzar con decisión?

Siempre me ha resultado extraña la propuesta que Santiago y Juan, dos seguidores muy cercanos a Jesús y aquellos que conocen de cerca al maestro: “¿quieres que digamos que baje fuego del cielo que acabe con ellos?” ¿Cómo se les ocurre querer enviar fuego para destruir al pueblo de Samaría? ¿No conocen a Jesús? ¿Qué esperan de él? ¿Cómo se ven a sí mismos?

Sin embargo, pensándolo bien, generalmente, ante los conflictos o situaciones de violencia, lo evidente es querer de que todo eso desaparezca, que el mal se disuelva de inmediato y que quede solo lo bueno, lo conocido, lo absolutamente verdadero. Si pudiéramos enviar fuego y destruir situaciones y personas que parecen contradecir nuestros caminos hacia Dios y hacia nuestra plenitud, seguramente lo intentaríamos.

Sin embargo, el camino decidido de Jesús señala otra forma de vivir el “reino”.  Es un reino de radicalidad y de fuerza, sí, pero no de destrucción y de muerte. Es un reino que se caracteriza, en este relato de Lucas 9,51-62, de varias maneras.

· La primera: “El Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza”.
El reino es un lugar donde afrontar, juntos, situaciones de crisis, de vulnerabilidad. No son espacios seguros, fáciles. Pero es posible habitar la vulnerabilidad mientras se va de camino y Jesús se mantiene firme y decidido.

· La segunda: “Vete a proclamar el Reino de Dios”.
No es un reino que se quede entre los conocidos, sino que se abre a lo nuevo, a lo extraño, con palabra, comunicándose. El desafío está en anunciar, proclamar, hablar, comunicar. 

· La tercera: “Deja que los muertos entierren a sus muertos”.
El reino ocupa el primer lugar, y nada se interpone a su avance. Ni siquiera acciones factiblemente santas y buenas. Aquí es muy importante el discernimiento personal y sobre todo el comunitario. No es ni fácil ni evidente saber qué es lo que orienta al reino y lo que aleja.

Estas indicaciones que Jesús da a sus seguidores acontecen en un momento importante de su vida. Será él mismo quien deba probar en su propia carne esta dinámica del reino y sus implicancias. El relato comienza diciendo que Jesús toma la decisión de ir a Jerusalén, sospechando que le espera un desenlace dramático y terrible. ¿Por qué y para qué van a Jerusalén? Las procesiones a Jerusalén son parte de la piedad de todo buen judío. Esta peregrinación se realiza especialmente para la celebración anual de la Pascua. Lo que está claro es que Jesús y sus discípulos van en peregrinación y por ello los reconocen como judíos practicantes. Y los samaritanos los rechazan. Y los discípulos de Jesús no aceptan bien este rechazo. De hecho, quieren responder con la destrucción de estos pueblos al modo de un Dios vengativo, que hace “justicia” de modo radical: “¿quieres que digamos que baje del cielo fuego que acabe con ellos?”. La respuesta de Jesús hará que su modelo mesiánico previo entre en crisis.

Jesús los prepara, de esta manera, para habitar este reino de vulnerabilidad, de camino decidido pero también dramático, de palabra y anuncio y de respeto, incluso hacia quienes no parecen corresponderles. Así se presenta y describe el reino de Dios. No está lejos, sino entre nosotros. Aquí y ahora. En el camino.

Paula Depalma

II Vísperas – Domingo XIII de Tiempo Ordinario

II VÍSPERAS

DOMINGO XIII TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V./ Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Quédate con nosotros,
la noche está cayendo.

¿Cómo te encontraremos
al declinar el día,
si tu camino no es nuestro camino?
Detente con nosotros;
la mesa está servida,
caliente el pan y envejecido el vino.

¿Cómo sabremos que eres
un hombre entre los hombres,
si no compartes nuestra mesa humilde?
Repártenos tu cuerpo,
y el gozo irá alejando
la oscuridad que pesa sobre el hombre.

Vimos romper el día
sobre tu hermoso rostro,
y al sol abrirse paso por tu frente.
Que el viento de la noche
no apague el fuego vivo
que nos dejó tu paso en la mañana.

Arroja en nuestras manos,
tendidas en tu busca,
las ascuas encendidas del Espíritu;
y limpia, en lo más hondo
del corazón del hombre,
tu imagen empañada por la culpa.

SALMO 109: EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE

Ant. Desde Sión extenderá el Señor el poder de tu cetro, y reinará eternamente. Aleluya.

Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies.»
Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora.»

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote eterno,
según el rito de Melquisedec.»

El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.
En su camino beberá del torrente,
por eso levantará la cabeza.

Señor, mis ojos están vueltos a ti,
en ti me refugio, no me dejes indefenso;
guárdame del lazo que me han tendido,
de la trampa de los malhechores.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Desde Sión extenderá el Señor el poder de tu cetro, y reinará eternamente. Aleluya.

SALMO 113A: ISRAEL LIBRADO DE EGIPTO: LAS MARAVILLAS DEL ÉXODO

Ant. En presencia del Señor se estremece la tierra. Aleluya.

Cuando Israel salió de Egipto,
los hijos de Jacob de un pueblo balbuciente,
Judá fue su santuario,
Israel fue su dominio.

El mar, al verlos, huyó,
el Jordán se echó atrás;
los montes saltaron como carneros;
las colinas, como corderos.

¿Qué te pasa, mar, que huyes,
y a ti, Jordán, que te echas atrás?
¿Y a vosotros, montes, que saltáis como carneros;
colinas, que saltáis como corderos?

En presencia del Señor se estremece la tierra,
en presencia del Dios de Jacob;
que transforma las peñas en estanques,
el pedernal en manantiales de agua.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. En presencia del Señor se estremece la tierra. Aleluya.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: LAS BODAS DEL CORDERO

Ant. Reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo. Aleluya.

Aleluya.
La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios,
porque sus juicios son verdaderos y justos.
Aleluya.

Aleluya.
Alabad al Señor, sus siervos todos,
los que le teméis, pequeños y grandes.
Aleluya.

Aleluya.
Porque reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo,
alegrémonos y gocemos y démosle gracias
Aleluya.

Aleluya.
Llegó la boda del Cordero,
Su esposa se ha embellecido.
Aleluya.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo. Aleluya.

LECTURA: 2Co 1, 3-4

¡Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordia y Dios de todo consuelo! Él nos alienta en nuestras luchas hasta el punto de poder nosotros alentar a los demás en cualquier lucha, repartiendo con ellos el ánimo que nosotros recibidos de Dios.

RESPONSORIO BREVE

R/ Bendito eres, Señor, en la bóveda del cielo.
V/ Bendito eres, Señor, en la bóveda del cielo.

R/ Digno de gloria y alabanza por los siglos.
V/ En la bóveda del cielo.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Bendito eres, Señor, en la bóveda del cielo.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. El que echa mano al arado y sigue mirando atrás no vale para el reino de Dios.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El que echa mano al arado y sigue mirando atrás no vale para el reino de Dios.

PRECES

Adoremos a Cristo, Señor nuestro y cabeza de la Iglesia, y digámosle confiadamente:

Venga a nosotros tu reino, Señor.

Señor, haz de tu Iglesia instrumento de concordia y de unidad entre los hombres
— y signo de salvación para todos los pueblos.

Protege, con tu brazo poderoso, al papa y a todos los obispos
— y concédeles trabajar en unidad, amor y paz.

A los cristianos concédenos vivir íntimamente unidos a ti, nuestra cabeza,
— y que demos testimonio en nuestras vidas de la llegada de tu reino.

Concede, Señor, al mundo el don de la paz
— y haz que en todos los pueblos reine la justicia y el bienestar.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Otorga a los que han muerto una resurrección gloriosa
— y haz que gocemos un día, con ellos, de la felicidad eterna.

Terminemos nuestra oración con las palabras del Señor:
Padre nuestro…

ORACION

Padre de bondad, que por la gracia de la adopción nos has hecho hijos de la luz, concédenos vivir fuera de las tinieblas del error y permanecer siempre en el esplendor de la verdad. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Todos los evangelios proponen la subida de Jesús a Jerusalén como un marco teológico, pero Lucas le da un énfasis especial. Comienza con las frases programáticas que hemos leído hoy y termina con la expulsión de los vendedores del templo. En la trayectoria geográfica se esconde la trayectoria espiritual: Subida al Padre a través de la muerte. “Cuando iba llegando el tiempo de que se lo llevaran a lo alto, también él resolvió ponerse en camino para encararse con Jerusalén”. La frase es un resumen de la vida de Jesús. Deja claro lo que va a pasar. Por desagradable que pueda parecer, es aceptado por Jesús.

Los samaritanos eran considerados herejes por los judíos, que no perdían la ocasión de humillarlos y despreciarlos. No es de extrañar que ellos a su vez, tomaran la revancha cuando podían. Si los enviados hubieran propuesto bien el mensaje de Jesús y hubieran comunicado las verdaderas intenciones de Jesús al subir a Jerusalén, les hubieran aceptado con los brazos abiertos. Nada más de acuerdo con sus intereses podían esperar los samaritanos. Alguien que fuera capaz de criticar tan duramente lo que se cocía en el templo, tenía que tener toda su aprobación. Pero seguramente les hicieron pensar en una subida “para hacerse cargo del reino”, que era lo que los discípulos esperaban.

Los Zebedeos piensan en un nuevo Elías, que había mandado bajar fuego del cielo que consumió a los emisarios del rey. Pretenden que Jesús haga honor a su condición de profeta poderoso. Otra tentación constante del hombre, poner a Dios de su parte contra todo aquel que le lleve la contraria. Jesús les “increpó” (el mismo verbo que emplea para expulsar demonios). A través de la historia, nos hemos comportado como Santiago y Juan. Siempre que ha tenido el poder suficiente, la Iglesia ha respondido con violencia contra todo el que no aceptara sus normas. Ni siquiera ha aceptado la libertad religiosa, que es un derecho básico de todo ser humano, hasta que ha perdido la capacidad de imponer su absolutismo.

Ni la Iglesia como institución ni cada uno de nosotros como individuos hemos hecho puñetero caso de la propuesta de Jesús. Primero contra los judíos, a quienes hemos machacado todo lo que hemos podido durante veinte siglos. Luego a los herejes que hemos seguido quemando vivos hasta hace cuatro días. Más tarde contra los musulmanes a quienes hemos hecho la guerra de todas las maneras posibles. La quema de brujas que ha masacrado a infinidad de personas inocentes. Y por fin la persecución de todo aquél que discrepara de la doctrina oficial que sigue todavía causando numerosas víctimas.

Se trata de responder a la pregunta: ¿Quién es Jesús? Si de verdad aceptásemos el espíritu de Jesús, la primera consecuencia sería la tolerancia. Jesús no impone nada, simplemente propone la buena noticia del Reino y deja en libertad para aceptarla o rechazarla. Su mensaje solo puede interesar a los que sienten que están oprimidos por realidades que no les dejan ser ellos mismos. Toda falta de identificación con el otro, supone una falta de identificación con el Dios de Jesús. Lo que nos separa de los demás, nos separa de Dios.

¿Dónde ha quedado la propuesta de Jesús de amar a los enemigos? No solo no hemos amado a los enemigos sino que hemos odiado y perseguido a los amigos, solo por no pensar o actuar como exigían las directrices oficiales. Aún hoy vivimos la oposición y el rechazo más radical entre los que creen que nada debe cambiar y los que piensan que el evangelio está sin estrenar y debemos hacer un esfuerzo por descubrir su esencia y vivirlo. Es verdad que si hoy seguimos hablando de Jesús es gracias a muchas personas que, a pesar de todas las contradicciones eclesiales, se han atrevido a vivir el espíritu de Jesús.

Esa exigencia no es un capricho de Dios, sino que la pide la misma naturaleza de la oferta de salvación que nos hace Jesús. Nuestra condi­ción de criaturas, y por lo tanto limitados, es la que nos obliga, una vez tomado un camino, a tener que abandonar todos los demás. La renuncia a aquello que me gusta, dejará de ser renuncia si lo hago con conocimiento y libertad, para convertirse en elección de lo mejor. No siempre, lo que me causa más placer, lo que menos me cuesta, lo que más me agrada, lo que me pide el ADN, es lo mejor para alcanzar la plenitud del ser humano. La vida es por naturaleza lucha y superación. Si desaparece la tensión interna es que ha llegado la muerte.

En las frases siguientes, Lucas presenta el seguimiento de Jesús como una renuncia. La utilización de este concepto es la mejor señal de que no hemos entendido nada. No se trata de renunciar, sino de elegir lo que de verdad es bueno para mi auténtico ser. Dios quiere nuestra plenitud. Tenemos que superar la idea de un Dios, que para ser Él más, tiene que humillar al hombre. No, la causa de Dios es la causa del hombre. Dios está identificado con su criatura; por lo tanto la mayor gloria de Dios es que la criatura llegue a su plenitud. No tenemos que amar a Dios sobre todas las cosas; tenemos que amar a Dios en todas las cosas. Pero si las cosas ocupan el lugar de Dios, me estoy apartando de mi verdadera meta.

La 1ª máxima: “Las zorras tienen madrigueras, los pájaros nido, pero el Hijo de Hombre no tiene donde reclinar la cabeza”. En el ambiente de itinerancia en el que se desarrolla esta parte del evangelio, no se hace hincapié en la pobreza, sino en la disponibilidad. El que quiera seguir a Jesús tiene que estar completamente libre de trabas. Ni siquiera la seguridad de un hogar debe impedirle estar dispuesto siempre para la marcha. No son las posesiones o las relaciones sociales lo que impiden el seguimiento sino el estar apegado a cualquier cosa que te impida ser realmente tú mismo.

La 2ª: “Deja que los muertos entierren a sus propios muertos”. Es también radical, pero no debemos entenderla en sentido literal. Lo que le pide Jesús al aspirante no es no enterrar a su padre, que había muerto, sino que le dejara cumplir con el precepto de atender a su padre anciano hasta que muriera. Jesús antepone las exigencias del Reino a la obligación prescrita por la Ley de atender a los padres en su ancianidad. La Ley debe ser superada por una total disponibilidad hacia todos, no solo hacia los seres queridos. La enigmática respuesta de Jesús da a entender que él había pasado a la vida, pero que los que se quedaban en casa de su familia, permanecían en la muerte espiritual.

La 3ª: “El que echa mano al arado y sigue mirando atrás, no vale para el Reino de Dios”. Despedirse de su familia no debemos entenderlo como “decirles adiós”. En aquella sociedad despedirse significaba dedicar días o semanas a celebrar la separación. El significado es muy parecido al de la anterior, pero aquí se quiere resaltar la apertura integral a todos los seres humanos. Ya no hay particularismos, ni siquiera existe “mi familia”. Ahora toda la humanidad es mi familia. El círculo familiar suele ser la excusa donde camuflo un egoísmo amplificado que me impide darme a todos. El mal uso que se ha hecho de esta frase, sobre todo en ambientes de vocación, nos obliga a repensarla profundamente.

Fray Marcos

Rechazo y seguimiento

Después de las últimas fiestas volvemos al tiempo ordinario, con un tema de enorme importancia y actualidad: la vocación a seguir a Jesús.

La vocación de Eliseo (1ª lectura)

Todo empieza con una orden de Dios a Elías: ungir como profeta a Eliseo. La unción, que se hacía derramando aceite sobre la cabeza, era típica de los reyes, y este es el único caso que recuerdo de la unción de un profeta. En la mentalidad mediterránea antigua, el aceite no solo era bueno para la comida; también se le atribuían cualidades curativas (por eso se ungía a los enfermos) y religiosas (la unción simboliza una relación especial con Dios).

Elías cumple la orden, pero sin cumplirla. Va en busca de Eliseo, que debía de ser hijo de un multimillonario porque está arando con doce yuntas de bueyes. En vez de ungirlo, le echa su manto por encima. Es la única vez que menciona la Biblia este gesto, pero debía ser conocido, porque Eliseo, después de un momento de desconcierto (que no se cuenta, pero se supone), sale corriendo detrás de Elías y se muestra dispuesto a seguirle. Sólo pone una condición: despedirse de sus padres.

A Eliseo le parece una petición lógica, y se la concede. Pero la despedida no consiste en dar un beso a los padres. Es algo más solemne e incluye a toda la familia: mata la yunta de bueyes y organiza un asado para toda su gente. Sin prisas, porque unos bueyes no se matan en cinco minutos, ni la carne se prepara en un cuarto de hora, ni se come todo en un rato. Cuando termina la despedida, que pudo durar uno o varios días, Eliseo marcha con Elías y se pone a su servicio.

Rechazo y seguimiento (evangelio)

El fragmento elegido para este domingo consta de cuatro escenas muy breves. Las tres últimas están relacionadas por el tema del seguimiento de Jesús; la primera habla de lo contrario: el rechazo.

Escena 1: el rechazo de los samaritanos

Samaritanos y judíos se odiaban desde el siglo X a.C., cuando el norte se separó del sur después de la muerte de Salomón. Pero el dinero es el dinero. Y los samaritanos actuaban del modo siguiente: a los galileos que atravesaban su territorio camino de Jerusalén no les vendían nada; pero en el viaje de vuelta a Galilea ya no había problema en venderles lo que necesitaran, pagándolo adecuadamente (es lo que ocurre en el evangelio de Juan, cuando los discípulos van a comprar pan al pueblo mientras Jesús habla con la samaritana).

Como Jesús y los discípulos se dirigen a Jerusalén, es normal que no los reciban. Santiago y Juan, que debían pasarse el día tronando (Jesús les puso de mote “los hijos del trueno”), le proponen vengarse haciendo que caiga un rayo del cielo y los consuma. Esta reacción, que nos resulta tan desproporcionada y extraña, se comprende recordando una tradición del profeta Elías. Una vez, el rey de Israel mandó un capitán con cincuenta soldados para que le dijese: “Profeta, el rey te manda que vayas a verlo”. Elías respondió: “Si soy profeta, que caiga un rayo y te mate a ti con tus hombres”. Y así ocurrió. El rey repite la orden con otro capitán y otros cincuenta soldados, que quedan tan chamuscados como los primeros. En el tercer intento, el capitán no ordena nada; se arrodilla ante el profeta y le suplica que perdone su vida y la de sus acompañantes. Elías accede y va a visitar al rey. La moraleja de este relato es que el profeta merece el máximo respeto; y quien no lo respete merece que lo mate un rayo caído del cielo. Así piensan Santiago y Juan. Jesús, el gran profeta, merece todo respeto; si los samaritanos no lo reciben, que caiga un rayo y los parta.

Jesús, que supera a Elías en poder, lo supera también en bondad y ve las cosas de manera muy distinta. Lucas termina diciendo: Él se volvió y les regañó. ¿Cómo les regañó? ¿Qué les dijo? Algunos textos posteriores ponen en boca de Jesús estas palabras: “No sabéis a qué espíritu pertenecéis”, es decir, “no tenéis ni idea de cuál es mi forma de pensar y de sentir”. Y se marcharon a otra aldea.

Es una pena que este texto, exclusivo de Lucas (no se encuentra en Marcos ni Mateo), no lo tuvieran en cuenta los que instituyeron la Inquisición, que es una forma de defender a Jesús mediante el fuego.

Escena 2ª: uno se ofrece a seguir a Jesús

La iniciativa parte del individuo, no de Jesús. Éste parece desanimar, subra­yando su pobreza y vida dura. No imagine que el segui­miento será fácil y coronado por el éxito humano.

Escena 3ª: Jesús invita a otro a seguirlo

En este caso la iniciativa parte de Jesús. Se trata de una orden escueta y tajante, más de que una invitación: “Sígueme”. El otro pide permiso, como Eliseo, no para despedirse de sus padres, sino para enterrar a su padre.

La respuesta de Jesús parece inhumana: “deja que los muertos entierren a sus muertos”. La costumbre judía era enterrar al difunto inmediatamente después de muerto (Hechos de los Apóstoles 5,6.7; 8,2). Por consiguiente, no se trata de que el protagonista de la escena esté velando a su padre y Jesús le ordene abandonar al difunto para seguirlo. Lo que pide es que le permita seguir viviendo con su padre hasta que muera; luego lo seguirá.

Incluso así, las palabras de Jesús siguen siendo terriblemente exigentes. El que quiera seguirlo tiene que cortar radicalmente con la familia, como si todos hubieran muerto, para ir a anunciar el reino de Dios.

Es posible que los evangelios estén reflejando en esta escena lo que le ocurrió al mismo Jesús. Su familia pensaba que estaba loco (Marcos 3,21), y una vez fueron todos a Cafarnaúm con intención de llevárselo a Nazaret a descansar. El evangelio de Juan (7,5) dice expresamente que “sus hermanos no creían en él” (aunque sabemos por el libro de los Hechos y las cartas de Pablo que, más tarde, sí lo aceptaron). En Jesús se cumplió plenamente la necesidad de considerar muerta a la familia para dedicarse a anunciar el evangelio.

Escena 4ª: otro se ofrece con condiciones

Este es el episodio que empalma mejor con la vocación de Eliseo. Las cosas importantes de la vida diaria, como despedirse de los padres, son compatibles con el seguimiento de Elías. No hay prisa de ningún tipo. Pero aquí está en juego algo mucho más importante y urgente.

A veces se comenta que estas personas no siguieron a Jesús. Lucas no dice nada. Por otra parte, esa cuestión es secundaria. Lo importante de los relatos de vocación y de segui­miento es que son relatos de “revelación” de Jesús, nos ayudan a conocerlo mejor. Algo queda claro: la dureza de su vida, desprovisto incluso de casa y familia.

Volviendo a la primera escena, el rechazo de los samaritanos, podemos encontrar cierta relación con las tres siguiente. Jesús, que renuncia a todo por predicar el Reino de Dios, no recibe a cambio el agradecimiento y la aceptación de todos. Hay gente que lo rechaza. Pero eso no es motivo para desear su castigo.

Reflexión final

Aparte del Padrenuestro, Jesús no insistió mucho a sus discípulos en qué debían pedir. Pero el evangelio de Juan pone en su boca una petición muy importante: “La mies es mucha, los obreros pocos. Pedid al Señor de la mies que mande operarios a su mies”. Este domingo es muy adecuado para recordar la necesidad de pedir por las vocaciones y ponerla en práctica.

José Luis Sicre

Comentario – Domingo XIII de Tiempo Ordinario

(Lc 9, 51-62)

Jesús se encamina «decididamente» a Jerusalén. Recordemos que Lucas nos presenta toda la vida de Jesús como una subida a Jerusalén para entregarse en la cruz. Pero este detalle sobre la «decisión» de Cristo nos ayuda a redescubrir que él no era un esclavo de las circunstancias, arrastrado por la maldad de los hombres. Tampoco debía aceptar en contra de su voluntad un plan del Padre. Él mismo había decidido, en armonía con la voluntad del Padre, la entrega de su vida hasta las últimas consecuencias.

Los discípulos tenían la tentación de desear otra cosa, de buscar un dominio violento, y que todos se sometieran a Jesús por la fuerza; querían apresurar el triunfo de Cristo en la tierra a través de manifestaciones destructivas del poder divino. Ellos creían que eso era posible porque habían experimentado el verdadero poder que Cristo les había concedido al enviarlos a predicar, ya que a través de ellos se habían realizado prodigios (9, 1). Y creían entonces que Dios también podría utilizarlos a ellos para destruir a los enemigos de Jesús.

Pero Jesús rechaza firmemente esa actitud y los reprende. Él viene a reinar de otra manera, y el Padre no ha planeado para él un dominio violento, sino el que pasa por la entrega generosa en la cruz.

Al mismo tiempo, Jesús quiere liberar a sus discípulos de toda pretensión de gloria humana: si quieren seguirlo deben renunciar a toda seguridad y lanzarse hacia delante, donde lo imprevisto del Reino de Dios quiera llevarlos.

No hay donde reclinar la cabeza, no hay seguridades familiares. Se trata de poner la mano en el arado y no mirar más para atrás. Las urgencias del Reino de Dios que estaba llegando exigía discípulos dispuestos a la novedad y decididos a lanzarse hacia delante, así como Cristo se encaminaba «decididamente» hacia Jerusalén, porque había que dedicarse «a los asuntos del Padre» (Lc 2, 49).

Oración:

«Señor, tu puedes liberarme de todas las ataduras que me retienen, que me frenan, que me complican. No permitas que me entretenga buscando glorias y seguridades que no me dejan entregarme, dispuesto a todo, a la aventura de tu Reino».

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

Una nueva justicia

El pasaje evangélico de este domingo está tomado del sermón de la Montaña. La doctrina que el Maestro propone a sus seguidores en aquella histórica ocasión es, según palabras del mismo Jesús, camino necesario para la vida eterna: “Si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos”. Y a continuación explica en qué consiste esa nueva justicia. Habla con palabra persuasiva, llena de majestad y de sencillez: “Habéis oído que se dijo a los antiguos…”. “Pero yo os digo…”.

Es el Sermón del Monte uno de los testimonios indirectos de la divinidad de Jesucristo que más impresionan. “Se dijo a los antiguos”. Y los israelitas que escuchaban a Jesús, al oír estas palabras, inclinaban con reverencia sus cabezas a la vez que imaginaban la inimaginable gloria de Yahvé, el Eterno, el Omnipotente, el Dios que entregó la Ley a su pueblo. La sorpresa y el asombro se adueñaban de aquellos corazones al escuchar el nuevo giro del Maestro: “Pero yo os digo…” ¡Cristo legisla como Yahvé! El asombro y la sorpresa no permitían sacar la escalofriante conclusión que se deduce de aquellas premisas: Cristo o es un loco o es un hombre que es Dios. Simón Pedro sería el primero en confesarlo algún tiempo después, tras una irrupción poderosa de la gracia: “Bienaventurado eres, Simón, Hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los Cielos”. De momento, la actitud de las gentes que oyeron a Cristo en la Montaña se quedaba en la admiración: “porque su modo de instruirlos, dice San Mateo, era como quien tiene potestad y no a la manera de los escribas y fariseos” (Mt 7, 29).

Nosotros, los cristianos de hoy sentimos la misma admiración que aquellas turbas ante la doctrina de Jesús, y además sabemos por la fe, como Simón Pedro, que esa doctrina es la sabiduría de un hombre que es Dios, de Dios hecho hombre. Por eso hemos de esforzarnos a la vista del Evangelio de hoy, en recoger el recto sentido de las palabras del Maestro.

“Se dijo a los antiguos”. “Pero yo os digo…”. Cristo —son sus palabras— no ha venido a derogar la Ley mosaica, sino a darle su más perfecto cumplimiento. Dice Jesús que ha de cumplirse hasta la última iota de la Ley. Pero ese fiel cumplimiento que el Señor propone para la nueva justicia de escribas y fariseos era una justicia puramente formal, exterior al hombre. A Cristo le interesa lo que pasa en el fondo de los corazones. Es en el interior de las almas donde tiene lugar el cumplimiento de la Ley: como dirá después San Agustín, la frontera entre la ciudad de Dios y la ciudad del diablo, hay que buscarla en lo más profundo del corazón humano. “El hombre bueno, dice Jesús a escribas y fariseos (Mt 12, 35), del buen fondo de su corazón saca cosas buenas, y el hombre malo, de su mal fondo saca cosas malas.

Cada vez que Cristo, en el sermón de la Montaña, hace aquella enérgica afirmación –“Pero Yo os digo más”– da el verdadero sentido a la Ley, trasladando su cumplimiento de la letra al espíritu. Es como si Cristo nos dijera: ¿Qué más da que no matéis físicamente, si odiáis e insultáis a vuestros hermanos, que es como matarlos dentro de vuestra alma? También “el que tome ojeriza a su hermano merecerá que el juez le condene”.

El Sermón del Monte –el Evangelio de hoy– nos recuerda la esencia misma del Cristianismo: “Amarás al Señor tu Dios con todo el corazón y al prójimo como a ti mismo. Lo que no va encaminado a eso es la palabra hueca, sin sentido: y por brillante que sea, no pasa de ser, a lo más, una bonita exhibición de fuegos artificiales. “Probet autem seipsum homo”, decía San Pablo a los de Corinto (1 Cor 11, 28): que cada cual se examine a sí mismo y vea lo que hay de formalista, de judaizante en su modo de vivir la doctrina de Cristo; no sea que nuestra justicia se asemeje a la de escribas y fariseos, que cumplían secamente los preceptos exteriores de la Ley, pero cerraban su corazón al amor de Dios y del prójimo.

Al participar hoy en la Misa dominical conviene que todos meditemos bien las últimas palabras de este Evangelio que nos hablan de la ofrenda en el altar y la reconciliación con el prójimo, para que no se nos apliquen aquellas otras palabras del Señor a escribas y fariseos: “Habéis abandonado las cosas más esenciales de la Ley: la justicia, la misericordia y la buena fe. Haec oportuit facere et illa non ommitere: éstas debierais observar, sin omitir aquéllas” (Mt 23, 23). Sin omitirlas, por supuesto.

Pedro Rodríguez

Lectio Divina – Domingo XIII de Tiempo Ordinario

«Sígueme»

INTRODUCCIÓN

“Hace años empleaba yo, en el comentario a este evangelio, palabras como éstas: exigencia, radicalidad, renuncia. Hoy considero que ese lenguaje es inadecuado. Jesús no nos pide que renunciemos a nada, sino que elijamos lo mejor. Si elegimos bien, alcanzaremos la plenitud, dentro de nuestras posibilidades como seres humanos”.  (Fray Marcos)

LECTURAS DE HOY

1ª lectura: 1Reg.19-21;            2ª lectura: Gal. 5,1.13-18.

EVANGELIO

Lc. 9,51-62.

Cuando se completaron los días en que iba a ser llevado al cielo, Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén. Y envió mensajeros delante de él. Puestos en camino, entraron en una aldea de samaritanos para hacer los preparativos. Pero no lo recibieron, porque su aspecto era el de uno que caminaba hacia Jerusalén. Al ver esto, Santiago y Juan, discípulos suyos, le dijeron: «Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo que acabe con ellos?». Él se volvió y los regañó. Y se encaminaron hacia otra aldea. Mientras iban de camino, le dijo uno: «Te seguiré adondequiera que vayas». Jesús le respondió: «Las zorras tienen madrigueras, y los pájaros del cielo nidos, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza». A otro le dijo: «Sígueme». Él respondió: «Señor, déjame primero ir a enterrar a mi padre». Le contestó: «Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el reino de Dios». Otro le dijo: «Te seguiré, Señor. Pero déjame primero despedirme de los de mi casa». Jesús le contestó: «Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás vale para el reino de Dios».

REFLEXIÓN

Este evangelio es difícil de entender si no hemos asistido asiduamente a escuchar las charlas excelentes del amor que nos da Jesús en los evangelios. Nos desorientamos cuando oímos:” El que quiere a su padre, a su madre, a su hijo, a su hija más que a mí no es digno de mí”. ¿Cómo hay que entender estas frases?  ¿Acaso Dios es un egoísta que nos reclama todo el amor sólo para Él?  ¿O es un Dios celoso de nuestros amores humanos? ¿Acaso Dios sufre cuando ve que nos queremos? ¡Todo lo contrario! Por encima de todo hay que mantener que Dios sólo tiene una tarea, una ocupación, una preocupación: que todos nosotros seamos plenamente felices. Dios sabe que no podemos ser felices sin amar y ser amados; y también sabe que no podemos ser plenamente felices si nuestro amor no es auténtico. ¿Qué características tiene este amor del que nos habla Jesús?

1.– AMOR GRATUITO, TOTALMENTE DESINTERESADO. En todos los amores humanos, por nobles y grandes que sean, aunque se trate de amores de padres e hijos, se puede colar el GUSANO del egoísmo. Y este gusano mata el auténtico amor. La verdadera vida, la que produce nuestra verdadera felicidad, consiste en el amor: “Sólo el amor hace que la vida merezca ser vivida: Sólo la ayuda desinteresada a los demás procura la gran alegría de vivir” (Karl Tillmann).  Este amor gratuito que brota espontánea como el agua de un manantial; el que da a cambio de nada, sólo por el gozo de dar; este amor que no conoce límites ni fronteras, no puede realizarse sin una auténtica muerte al egoísmo personal. Y éste es el que nos dio Jesús muriendo por nosotros en la Cruz. Si el egoísmo y el afán de ser “como Dios” expulsaron a nuestros primeros padres del Paraíso, sólo la muerte a ese egoísmo nos puede llevar a reiniciar la vuelta al paraíso de nuestra plena felicidad.

2.– AMOR HUMANO Y AMOR DIVINO INTIMAMENTE UNIDOS. Los dos mandamientos ya estaban en el A.T. Del amor a Dios se habla en Dt. 6,4 “Amarás al Señor, tu Dios, con todo el corazón, con toda el alma, con todas tus fuerzas”.  Y el amor al hermano también estaba en Lev.19,18 “Amarás al prójimo como a ti mismo”. Pero estos dos mandamientos estaban separados, no sólo en libros distintos, sino en la vida real. Se podía amar a Dios sin necesidad de amar al hermano. La genialidad de Jesús fue el haberlos unido para siempre (Mc. 12,28-34). El amor a Dios y al hombre son vasos comunicantes. No se pueden dar el uno sin el otro. Por consiguiente, ese amor total que debemos a Dios “con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas” se lo debemos también a nuestros hermanos. Y este es el supremo don que Dios nos puede dar. Amar así es estar ya en el paraíso. Si Dios quiere que no nos amemos a medias es porque no quiere para nosotros una felicidad a medias.

3.– AMOR DETALLISTA.  Un amor vivido así tiene detalles. Detalles por parte de Dios que no dejan de sorprendernos cada día. Pero también detalles de los hombres. El evangelio nos habla de un vaso “de agua fría”. Un vaso de agua tibia en verano es como ofrecer una cerveza caliente. El bien hay que hacerlo bien. Y en estos mil detalles de cada día está la esencia de la felicidad de una vida normal y corriente. Dice muy bien esa gran mujer y poeta, Gloria Fuertes: “El voluntariado no ha pintado un cuadro, no ha hecho una escultura, no ha inventado una música, no ha escrito un poema, pero ha hecho una obra de arte”. Y es un arte vivir en el amor, evitando todo lo que hace sufrir a los demás, vivir para agradar, para hacer felices a los demás. El evangelio está hecho de mil detalles conocidos. Y nos cuenta San Clemente (tercer Papa) un bonito detalle que viene de la tradición: “Jesús, se despertaba de mañana, antes de salir el sol, y se iba a orar. Este dato lo pone (Mc. 1,35). Pues bien, la costumbre de Jesús era tapar bien a los discípulos dormidos para que no se enfriaran con el frío de la madrugada”.

PREGUNTAS

1.- ¿Caigo en la cuenta de que las cosas más bellas de la vida: el sol, el agua, el aire el amor…me los da Dios gratis? ¿Soy agradecido?

2.- ¿Me paro a pensar lo felices que haría a las personas con quienes convivo cada día, si les amara como Dios nos ama a nosotros?

3.- ¿Me preocupa el pensar que una vida sin detalles de amor es una vida triste y aburrida? ¿A cuántas personas puedo hacer felices con una sonrisa?

Este evangelio, en verso, suena así:

Descubre el novio a su amada
y ella al galán de sus sueños.
Se enamoran. Los dos casan
sus corazones y cuerpos.
Todo encuentro con Jesús
es un “enamoramiento”:
una opción por su persona
y los valores del Reino.
Los creyentes no vivimos
de normas y cumplimientos.
La fe es gozosa respuesta
al amor de un primer beso.
Cuando nos besa Jesús
somos libres como el viento,
más ligeros de equipaje
que los pájaros del cielo.
No nos atan las cadenas
del orgullo y del dinero.
Hasta la misma familia
ya no es el amor primero.
Como el labrador, trazamos
surcos rectos y derechos
sin mirar atrás; el Reino
reclama sudor y esfuerzos.
Con decisión, sin reservas,
vamos en tu “seguimiento”,
Gracias, Señor, por llamarnos
a prolongar tu Evangelio.

(Compuso estos versos José Javier Pérez Benedí)

ORACIÓN DEL PAPA FRANCISCO POR UCRANIA

Tú que nos enseñaste que a la diabólica insensatez de la violencia se responde con las armas de Dios, con la oración y el ayuno, ten piedad de nosotros, aleja la guerra y demás violencias malignas y permítenos llegar a soluciones aceptables y duraderas a esta crisis, basadas no en las armas, sino en un diálogo profundo.

Aventureros

1.- Tal vez, queridos jóvenes lectores, lo que voy a escribir al principio, sea mejor que lo leáis después, en acabando la segunda parte. Saltad, si os parece al siguiente párrafo y ya leeréis entonces este inicio. Supongo que sabéis que tengo siempre interés en que estéis convencidos de que las historias evangélicas no son cuentos ocurridos en el país de Jauja, o en la tierra de maría-castaña, como vulgarmente se dice. Jesús vivió en una tierra concreta, durante un tiempo histórico determinado, no lo olvidéis nunca. Nadie puede hoy negarlo: documentos y arqueología, dan fe de ello. Trato, pues, cada domingo, de recordároslo. La Fe es virtud teologal, asentada en verdades terrenas. Permitidme, pues, que sitúe geográficamente la escena y su entorno sociológico. Las tierras samaritanas de la época bíblica, coinciden, aproximadamente, con lo que hoy llamamos Cisjordania y los judíos israelíes, simplemente «territorios» (tal vez os suenen poblaciones actuales que desgraciadamente aparecen en los noticiarios, Nablus o Jenín. En Samaría están situadas). Para un judío de aquella época, resultaba ser territorio hostil. Se consideraban, los samaritanos, hijos de Abraham, pero tenían mezcladas en su doctrinas verdades de otras procedencias. Rivalizaban con Jerusalén, tenían su templo, del que hoy nada queda. En su montaña, el Garizin, conservan todavía acotado, un terreno, donde pone en un letrero que allá el Patriarca fue a ofrecer a Dios a su hijo Isaac. Celebran ellos hoy en día la Pascua, al pie de la letra, según las estrictas normas del libro del Éxodo. Quedan en el mundo algo más de 500, según leo. Tienen su sumo sacerdote y hasta realizan sus sacrificios rituales, junto a su sinagoga. En un barrio de Nablus. Fui testigo de ello en 1972. Aquel día le llevaron a sacrificar 20 pollos, que degolló con un limpio cuchillo y derramó su sangre en un hoyo que a continuación volvió a tapar. Ceremonia estrictamente bíblica. Para conservar su fe, librándose de influencias exteriores, han caído en la endogamia, de aquí que las enfermedades minen su existencia como pueblo y limiten la natalidad. Entre judíos y samaritanos existía sería rivalidad. Ni Jesús se dirigía comúnmente a Jerusalén pasando por tierras samaritanas, ni lo hace tampoco el peregrino de hoy. Sus paisajes no gozan de la fertilidad de Galilea, ni la majestuosidad del desierto. En un terreno así pasó, tenedlo en cuenta, lo que nos dice el evangelio de hoy.

2. Episodios de la lectura del evangelio de hoy.

En el horizonte del relato, el territorio y habitantes que he descrito antes. En primer plano, la inhospitalidad de sus habitantes y la violenta reacción de dos de los discípulos preferidos de Jesús: Santiago y Juan. Sí, el Juan místico, un muchacho que no pasaría entonces de los catorce años, el decidido discípulo del Maestro, que reposará su cabeza cerca del Señor, para poder recibir sus confidencias, la noche de la Santa Cena, reacciona airadamente, deseando que venga fuego del cielo, que abrase a aquellas gentes que, dicho sea de paso, no les facilitaron albergue porque eran viajeros hacia Jerusalén, pero tampoco les desearon el mal que ellos se atrevían a solicitar de Dios. No os alarméis, mis queridos jóvenes lectores, pues, si os sentís un día violentos. Malas ocurrencias, ataques de ira, los siente mucha gente, lo importante es no poner en práctica estas malas tendencias que surgen de improviso. El tiempo, la bondad de Dios, cura estos malos instintos. Si no os alejáis de Jesús, no derivareis al terrorismo, Su gracia y bondad os serenará. Como les ocurrió a Santiago y Juan. Y, aunque os enfadéis algún día, sintáis ira o rabia contra alguien, no por ello dejáis de estar invitados a ser santos, como aquellos apóstoles lo estaban y lo fueron.

3.- Voy a tratar de trasladar a nuestro tiempo, a nuestras costumbres, situaciones paralelas a las que relata el texto del presente domingo. Espero que mi imaginación acierte.

-Se acercó un joven y le dijo: me voy contigo, quiero estar en tu casa y ser siempre ayuda y compañero tuyo, colaborar contigo.

El Señor le respondió: tu has visto que algunos animales tienen nido y otros madriguera; yo en cambio ni siquiera tengo un piso alquilado, vivo donde puedo en cada sitio, o duermo al raso, cuando se presenta la ocasión, sin tener ni siquiera una tienda de campaña, ni una caravana donde refugiarme. Así estábamos aquel día en la montaña cuando fue dada la fortuna a algunos de contemplar a Moisés y a Elías y oír la voz del Padre. Los que vivían aquel día en palacios no se enteraron de nada. Ya sabes pues lo que te espera, no te niego que vivir conmigo sea una aventura fascinante, que tiene miga, en la que nadie se aburre, pero, a veces, cuesta.

-Hubo otro que le acompañaba un día. Al Maestro le gustaba tanto su entusiasmo que le dijo al oído, sin que los demás se enterasen: ¿por qué no lo dejas todo y te dedicas «full time» a lo que me oís predico, servir a los pobres, a los que se han hundido en el vicio, a los que están solos y nadie los atiende? ¿Por qué no entregas tu tiempo a visitar ancianos enfermos, a promocionar gratuitamente actividades con chicos de la calle, a estar dispuesto a ir donde sea y a hacer lo que convenga, para ayudar siempre a los demás?

Pero él le dijo: sí, lo haré cuando acabe los estudios y mis padres no me necesiten, deseo que tengan feliz ancianidad, se lo merecen.

-Te falta arrojo, le dijo sin ira, pero con acento firme, eres calculador en extremo, deja que se apañen por sí solos y tu entrégate a los demás, sin miramientos. Si tú te preocupas de lo que me inquieta y me ha encargado el Padre, yo ocuparé tu lugar y atenderé, en su momento, a aquellos que por mi amistad has dejado.

A una chica que le hizo la misma invitación, le respondió ella: ni hoy, ni mañana, ni pasado, puedo. Tengo un compromiso con una compañera, debemos ir a una fiesta de la hermana de la prima de una amiga, que celebra su fin de carrera, y nos espera. Además, me he matriculado a un curso de manualidades para párvulos, que me interesa y servirá profesionalmente.

4.- El Señor le advirtió: muchos como tú se ilusionaron un día, pero pensaron luego en los planes que habían hecho, vieron que en su agenda tenían apuntadas muchas citas y decidieron dejar el seguirme para más adelante. Desaprovecharon el momento, perdieron el tren. Te lo advierto, mi querida amiga, la gente calculadora, que huye de riesgos y no le apasiona descubrir nuevos horizontes, nuevos servicios, que le da miedo comprometerse, no pasa la selectividad para el Reino de los Cielos.

Pedrojosé Ynaraja

El yugo suave de Jesús

1. – En el Evangelio de San Lucas de este domingo se presentan varios diálogos de Jesús con gentes que quieren seguirle. Parecen muy radicales los planteamientos del Señor a no dejar que uno entierre a su padre o que otro ni siquiera pueda despedirse de su familia. Ese radicalismo podría parecer que estaba en contra de la libertad personal de cada uno. No es así. La «petición fuerte» sorprende y trae, sin duda, un camino de reflexión. Y ahí es donde todo se hace grande, porque una misión que ni siquiera permite seguir unos legítimos compromisos familiares da idea de su enorme dimensión. Y, también, obliga al análisis personal, porque no se puede aceptar nada que lleve una petición tan importantes, si no es mediante la reflexión y la decisión personal.

2. – El Señor va a decir también que no tiene lugar donde reposar su cabeza, ni lugar alguno de descanso. Sus discípulos, al seguirle, deberán tomar conocimiento de otras de las características del trabajo propuesto. Los consuelos habituales que puede dar el entorno, o la familia, no son posibles. El único consuelo -y no es poco- es saberse que uno va en pos de Jesús. Pero todo esto es posible. Es una opción, no un camino imposible. La semana anterior Jesús nos pedía que cargáramos con nuestra cruz y le siguiéramos. Hoy es lo mismo. El seguimiento es sin condiciones, porque la misión es muy grande.

3. – La Cruz no es una búsqueda masoquista de dolor a ultranza. Es la aceptación de la vida como viene. Y a veces en nuestra vida no hay dolor, hay otras cosas también difíciles, como la mediocridad de un ambiente. En arameo, la lengua de Cristo, cruz y yugo tienen la misma raíz y no olvidemos que el mismo Jesús nos ha dicho que «su yugo es suave y su carga no es pesada». Tras aceptar el camino de seguir a Jesús, él mismo nos va a dar fuerzas. Lo radical, sin duda, está en la decisión.

Ángel Gómez Escorial