Comentario – Domingo XIII de Tiempo Ordinario

(Lc 9, 51-62)

Jesús se encamina «decididamente» a Jerusalén. Recordemos que Lucas nos presenta toda la vida de Jesús como una subida a Jerusalén para entregarse en la cruz. Pero este detalle sobre la «decisión» de Cristo nos ayuda a redescubrir que él no era un esclavo de las circunstancias, arrastrado por la maldad de los hombres. Tampoco debía aceptar en contra de su voluntad un plan del Padre. Él mismo había decidido, en armonía con la voluntad del Padre, la entrega de su vida hasta las últimas consecuencias.

Los discípulos tenían la tentación de desear otra cosa, de buscar un dominio violento, y que todos se sometieran a Jesús por la fuerza; querían apresurar el triunfo de Cristo en la tierra a través de manifestaciones destructivas del poder divino. Ellos creían que eso era posible porque habían experimentado el verdadero poder que Cristo les había concedido al enviarlos a predicar, ya que a través de ellos se habían realizado prodigios (9, 1). Y creían entonces que Dios también podría utilizarlos a ellos para destruir a los enemigos de Jesús.

Pero Jesús rechaza firmemente esa actitud y los reprende. Él viene a reinar de otra manera, y el Padre no ha planeado para él un dominio violento, sino el que pasa por la entrega generosa en la cruz.

Al mismo tiempo, Jesús quiere liberar a sus discípulos de toda pretensión de gloria humana: si quieren seguirlo deben renunciar a toda seguridad y lanzarse hacia delante, donde lo imprevisto del Reino de Dios quiera llevarlos.

No hay donde reclinar la cabeza, no hay seguridades familiares. Se trata de poner la mano en el arado y no mirar más para atrás. Las urgencias del Reino de Dios que estaba llegando exigía discípulos dispuestos a la novedad y decididos a lanzarse hacia delante, así como Cristo se encaminaba «decididamente» hacia Jerusalén, porque había que dedicarse «a los asuntos del Padre» (Lc 2, 49).

Oración:

«Señor, tu puedes liberarme de todas las ataduras que me retienen, que me frenan, que me complican. No permitas que me entretenga buscando glorias y seguridades que no me dejan entregarme, dispuesto a todo, a la aventura de tu Reino».

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día