Libertad sin ira

Aparte de las guerras que sufren algunos países, hace ya tiempo que en los ambientes más cercanos (familiar, escolar, social, político, deportivo…) notamos una excesiva crispación que, demasiado a menudo, desemboca en actuaciones violentas que tienen consecuencias nefastas. Quienes tenemos más de 50 años recordaremos una canción del grupo Jarcha, “Libertad sin ira”, que fue casi un himno durante la época de la Transición. La letra hacía referencia a lo vivido en décadas anteriores: guerra, rencores… que todavía perduraban, y se aludía a la necesidad de superar todo esto porque “la gente tan solo pide vivir su vida en paz”. Y el estribillo decía así: “Libertad, libertad, sin ira, libertad. Guárdate tu miedo y tu ira porque hay libertad, sin ira libertad, y si no la hay, sin duda la habrá”.

Ira y libertad son dos conceptos que aparecen hoy en la Palabra de Dios, y muy ligados entre sí. La libertad la encontramos en la 1ª lectura: Elías, siguiendo lo que el Señor le había dicho, llama a Eliseo para ser su sucesor, pero no lo obliga, le deja libertad para decidir. Cuando Eliseo le pide: Déjame ir a despedir a mi padre y a mi madre y te seguiré, Elías le responde: Anda y vuélvete.

En la 2ª lectura, san Pablo comenzaba diciendo: Para la libertad nos ha liberado Cristo.

Y en el Evangelio, Jesús se encuentra con tres personajes que, en principio, están dispuestos a seguirle. Pero, con las respuestas que Jesús les da, mostrándoles las exigencias de ese seguimiento, les hace una llamada a que den ese paso, pero con toda libertad, sin dejarse llevar ni por entusiasmos momentáneos ni por otros condicionamientos, por muy justificados que parezcan.

La libertad es uno de los dones de Dios al ser humano, signo de su imagen y semejanza con Dios. Como nos recuerda el Catecismo (1731-1733), “la libertad es el poder, radicado en la razón y en la voluntad, de obrar o de no obrar, de hacer esto o aquello, implica la posibilidad de elegir entre el bien y el mal, y por tanto, de crecer en perfección o de flaquear y pecar. La libertad caracteriza los actos propiamente humanos”.

Pero muchas veces se hace un mal uso de esa libertad, como recordaba san Pablo: no utilicéis la libertad como estímulo para la carne. E, incluso, esa libertad se tiñe de ira, como hemos escuchado que hicieron Santiago y Juan cuando, ante el rechazo de los samaritanos, dijeron: Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo que acabe con ellos? Pero utilizar la libertad para dar cauce a la ira conduce a que vuelvan a someteros a yugos de esclavitud, como decía san Pablo, y tiene consecuencias nefastas: mordiéndoos y devorándoos unos a otros acabaréis por destruiros mutuamente.

Ante la excesiva crispación y violencia en tantos ambientes, y sus lamentables consecuencias, el Señor nos pide a que le sigamos. Y seguro que, como ocurrió a Santiago y Juan, en nuestro camino vamos a encontrarnos con situaciones ante las cuales nos parecería justificadísimo reaccionar con ira. Pero el Señor nos pide una “libertad sin ira”: Manteneos firmes… caminad según el Espíritu, porque toda la ley se cumple en una sola frase, que es: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Incluso nos llama a ir más allá: sed esclavos unos de otros por amor. Y esto no se pone a nuestra libertad, todo lo contrario, porque “la libertad alcanza su perfección cuando está ordenada a Dios, el supremo Bien”. (1744) Cuando vivimos con libertad y sin ira es cuando podemos seguir de verdad al Señor, asumiendo las exigencias de ese seguimiento y “quemando”, como Eliseo, lo que caracterizaba nuestro estilo de vida anteriormente.

¿Noto ambiente de crispación y violencia a mi alrededor? ¿Lo he sufrido, o lo favorezco con mi comportamiento y actitudes? ¿En alguna ocasión he deseado que baje fuego sobre algo o alguien? ¿Me siento libre, o hay alguna esclavitud en mi vida? ¿Hago un buen uso de mi libertad, con los demás y con Dios? ¿Asumo libremente las exigencias que conlleva seguir a Jesús, ser un cristiano coherente, o las vivo como una imposición que coarta algún aspecto de mi libertad? ¿Estoy dispuesto, libremente, a hacerme “esclavo de otros” por amor?

La libertad ha sido una de las grandes aspiraciones del ser humano, pero “el ejercicio de la libertad no implica el derecho a decir y hacer cualquier cosa” (1740), y menos aún el derecho a recurrir a la ira en nombre de la propia libertad. Y por eso, muchas personas siguen sin ser ni sentirse verdaderamente libres. Que nuestro seguimiento de Jesús muestre que para la libertad nos ha liberado Cristo y nos lleve a que se cumpla el estribillo de la canción: “Hay libertad sin ira y si no la hay, sin duda la habrá”.