Una nueva justicia

El pasaje evangélico de este domingo está tomado del sermón de la Montaña. La doctrina que el Maestro propone a sus seguidores en aquella histórica ocasión es, según palabras del mismo Jesús, camino necesario para la vida eterna: “Si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos”. Y a continuación explica en qué consiste esa nueva justicia. Habla con palabra persuasiva, llena de majestad y de sencillez: “Habéis oído que se dijo a los antiguos…”. “Pero yo os digo…”.

Es el Sermón del Monte uno de los testimonios indirectos de la divinidad de Jesucristo que más impresionan. “Se dijo a los antiguos”. Y los israelitas que escuchaban a Jesús, al oír estas palabras, inclinaban con reverencia sus cabezas a la vez que imaginaban la inimaginable gloria de Yahvé, el Eterno, el Omnipotente, el Dios que entregó la Ley a su pueblo. La sorpresa y el asombro se adueñaban de aquellos corazones al escuchar el nuevo giro del Maestro: “Pero yo os digo…” ¡Cristo legisla como Yahvé! El asombro y la sorpresa no permitían sacar la escalofriante conclusión que se deduce de aquellas premisas: Cristo o es un loco o es un hombre que es Dios. Simón Pedro sería el primero en confesarlo algún tiempo después, tras una irrupción poderosa de la gracia: “Bienaventurado eres, Simón, Hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los Cielos”. De momento, la actitud de las gentes que oyeron a Cristo en la Montaña se quedaba en la admiración: “porque su modo de instruirlos, dice San Mateo, era como quien tiene potestad y no a la manera de los escribas y fariseos” (Mt 7, 29).

Nosotros, los cristianos de hoy sentimos la misma admiración que aquellas turbas ante la doctrina de Jesús, y además sabemos por la fe, como Simón Pedro, que esa doctrina es la sabiduría de un hombre que es Dios, de Dios hecho hombre. Por eso hemos de esforzarnos a la vista del Evangelio de hoy, en recoger el recto sentido de las palabras del Maestro.

“Se dijo a los antiguos”. “Pero yo os digo…”. Cristo —son sus palabras— no ha venido a derogar la Ley mosaica, sino a darle su más perfecto cumplimiento. Dice Jesús que ha de cumplirse hasta la última iota de la Ley. Pero ese fiel cumplimiento que el Señor propone para la nueva justicia de escribas y fariseos era una justicia puramente formal, exterior al hombre. A Cristo le interesa lo que pasa en el fondo de los corazones. Es en el interior de las almas donde tiene lugar el cumplimiento de la Ley: como dirá después San Agustín, la frontera entre la ciudad de Dios y la ciudad del diablo, hay que buscarla en lo más profundo del corazón humano. “El hombre bueno, dice Jesús a escribas y fariseos (Mt 12, 35), del buen fondo de su corazón saca cosas buenas, y el hombre malo, de su mal fondo saca cosas malas.

Cada vez que Cristo, en el sermón de la Montaña, hace aquella enérgica afirmación –“Pero Yo os digo más”– da el verdadero sentido a la Ley, trasladando su cumplimiento de la letra al espíritu. Es como si Cristo nos dijera: ¿Qué más da que no matéis físicamente, si odiáis e insultáis a vuestros hermanos, que es como matarlos dentro de vuestra alma? También “el que tome ojeriza a su hermano merecerá que el juez le condene”.

El Sermón del Monte –el Evangelio de hoy– nos recuerda la esencia misma del Cristianismo: “Amarás al Señor tu Dios con todo el corazón y al prójimo como a ti mismo. Lo que no va encaminado a eso es la palabra hueca, sin sentido: y por brillante que sea, no pasa de ser, a lo más, una bonita exhibición de fuegos artificiales. “Probet autem seipsum homo”, decía San Pablo a los de Corinto (1 Cor 11, 28): que cada cual se examine a sí mismo y vea lo que hay de formalista, de judaizante en su modo de vivir la doctrina de Cristo; no sea que nuestra justicia se asemeje a la de escribas y fariseos, que cumplían secamente los preceptos exteriores de la Ley, pero cerraban su corazón al amor de Dios y del prójimo.

Al participar hoy en la Misa dominical conviene que todos meditemos bien las últimas palabras de este Evangelio que nos hablan de la ofrenda en el altar y la reconciliación con el prójimo, para que no se nos apliquen aquellas otras palabras del Señor a escribas y fariseos: “Habéis abandonado las cosas más esenciales de la Ley: la justicia, la misericordia y la buena fe. Haec oportuit facere et illa non ommitere: éstas debierais observar, sin omitir aquéllas” (Mt 23, 23). Sin omitirlas, por supuesto.

Pedro Rodríguez