Comentario – Lunes XIII de Tiempo Ordinario

Mc 8, 18-22

Al ver Jesús que una multitud lo rodeaba ordenó que salieran para la orilla de enfrente…

¿Necesidad de silencio, de soledad? ¿Retirarse de su marco habitual?

Trato de adivinar los sentimientos profundos de Jesús al tomar esa decisión. ¿Qué me sugiere el Espíritu de Jesús, a través de esas palabras? El equilibrio humano corporal y espiritual… exige a veces ciertas decisiones ¿Cómo empleo mi tiempo libre, de descanso, de vacaciones?

Se acercó un escriba a Jesús y le dijo: «Maestro, te seguiré vayas adonde vayas.»

Es hermoso. He aquí a un hombre que quiere «seguir» a Jesús… En esto consiste la vida cristiana, que no es ante todo:

– unos principios… Esto sería reducir la vida cristiana a una «moral»

– ni unos dogmas… Esto la reduciría a unos esquemas mentales… Ser cristiano es seguir a Jesús… compartir su vida… imitarle… La catequesis actual insiste mucho sobre

este aspecto: la Fe no es ante todo un «saber», el catecismo no es ante todo una escuela donde «aprendes» unas verdades; es un aprendizaje de la «vida con» Jesús.

¿Qué lugar ocupa Jesucristo en mi vida?

¿Es realmente, para mí, el compañero de toda mi vida? ¿Qué tiempo paso «con» El?

Jesús respondió al escriba: «Las zorras tienen madrigueras y los pájaros nidos, pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza…»

El instinto de seguridad, la necesidad de estabilidad, están inscritos profundamente en la naturaleza humana: el hombre busca el calor de un refugio, un hogar, una casa de la que de alguna manera pueda disponer, unos objetos que le pertenezcan. Los animales tienen ese mismo instinto de propiedad: protegen la vida de sus pequeños por terrenos celosamente defendidos y con nidos bien mullidos. Jesús, desde que salió de su casa familiar de Nazaret, dejando sola a su madre… no tiene ya su hogar propio, vive como nómada, como viajero, nunca en casa: «no tengo dónde reclinar mi cabeza». Renunció al calor de un hogar, renunció a toda propiedad. Quiero, en primer lugar, contemplar a Jesús en ese plan de vida. ¿Qué llamada representa esto para mí?

¡Cuan apegado estoy a mis comodidades, Señor!

El escriba, ingenuamente, se imaginaba, quizá, que sería fácil «seguir» a Jesús. Jesús, lejos de dorarle la situación para atraerlo, como es tan corriente en las técnicas publicitarias, le muestra sólo las exigencias.

Seguirte, Señor, es hacer forzosamente cierta elección, es renunciar a una serie de cosas, por ejemplo, a instalarme con excesivo confort. La cruz se perfila sobre toda vocación: Seguir a Jesús es ponerse a vivir acompañado de un futuro condenado a la muerte, es vivir en la inseguridad…

¡sin un lugar dónde reclinar la cabeza!

Pero, Señor, Tú has caminado el primero por ese camino. Nos pides lo que Tú mismo has vivido. Siempre, durante todo el curso de la historia, ha habido almas que, abrasadas por el fuego de esta palabra han hecho el voto de pobreza. Pero, esta palabra se dirige a todos, con los matices que tal o cual responsabilidad familiar pueda aportar.

Otro, ya discípulo, le dijo: «Señor, permíteme ir primero a enterrar a mi padre.» Jesús le replicó: «Sígueme, y deja que los muertos entierren a sus muertos.»

He aquí que, después del desprendimiento de los «bienes» Jesús invita, precisamente, al desprendimiento de la «familia» y no es el único pasaje del evangelio que va en este sentido.

Noel Quesson
Evangelios 1