Homilía (Domingo XIV de Tiempo Ordinario)

TODOS ENVIADOS, TODOS MISIONEROS

LA FE ES UN COMPROMISO MISIONERO

Por si alguien tiene dudas y cree que el envío de los Doce no se refiere a todos los cristianos, Lucas ofrece el envío de los setenta y dos discípulos a anunciar la Buena Noticia, para que quede patente que ser misionero no es sólo cometido de sacerdotes, religiosos y algunos seglares escogidos. Pablo VI escribe: «La orden dada a los Doce: ‘Id y proclamad la Buena Noticia’ vale también, aunque de manera diversa para todos los cristianos. Por esto Pedro los define ‘pueblo adquirido para pregonar las excelencias del que os llamó de las tinieblas a su luz admirable’ (1 Pe 2,9)» (EN 13). La fe, en sí misma, entraña un compromiso misionero.

Los sacerdotes y los religiosos no nos diferenciamos de los seglares porque unos tengan la misión de anunciar el Evangelio y otros no, sino por el modo de hacerlo. Los sacerdotes están llamados a realizarlo públicamente, en las reuniones del pueblo de Dios. Y los seglares siendo «la Iglesia en el mundo», a través sobre todo del contacto personal en sus ambientes. La Iglesia de los orígenes creció gracias a la acción de los seglares que, al expandirse por los diversos lugares, fueron brasas que prendieron nuevas hogueras, nuevas comunidades cristianas. El seglar ha de implicarse en la acción misionera no por situaciones de emergencia, de falta de vocaciones sacerdotales, sino por urgencia de su propia vocación de cristiano. El sujeto de la evangelización es la comunidad cristiana, toda ella, cada uno de sus miembros según su propio carisma.

Es preciso concienciarse de que anunciar a Cristo no es un deber enojoso y oprimente, como no lo es presentar a un amigo a los demás. Es, más bien, un honor inmerecido. Pablo sentía esta misión como un increíble privilegio: «A mí, el más insignificante de todos los consagrados me concedieron este don: anunciar a los paganos la inimaginable riqueza de Cristo» (Ef 3,8). Prestar nuestros labios, nuestro ser para que nazca Cristo en el otro, en el familiar, en el amigo, en el compañero, para que surja un grupo o una pequeña comunidad cristiana, es un privilegio que no nos merecemos.

Por lo demás, callar la Buena Noticia sería una traición a los demás, sobre todo a los que más queremos. Si realmente tenemos la experiencia de que la amistad con el Señor nos hace felices, llena nuestra vida, nos libera, ¿cómo vamos a dejar de contárselo a otros si queremos para ellos lo mejor, la felicidad, su realización como personas? En este sentido es esclarecedor el testimonio de Leonardo Mondadori. «A pesar de ser un hombre cargado de éxito y de tenerlo todo, yo me sentía profundamente vacío por dentro. Gracias a la orientación de un amigo, encontré a Cristo, y soy el hombre más feliz del mundo. Pasé del vacío a la alegría». ¿No hubiera sido una traición grave por parte del amigo el no haberle presentado a Cristo?

Un amigo mío reprocha duramente a sus amigos cristianos: «¿Por qué no me presentasteis antes a este gran Amigo, que es Cristo? ¿Por qué lo callasteis? ¿Por qué he tenido que malvivir, vivir amargado y perder tantos años de mi vida, sufrir el vacío, porque no me hablasteis de él, cuando él es ahora el sentido de mi vida y la fuente de mi felicidad? Por eso, santa Mónica no descansó hasta ver a su hijo Agustín retornar al banquete del Reino. Lamentablemente, la gran mayoría de los padres «cristianos», que han asumido en el bautismo de sus hijos la honrosa misión de ser sus educadores en la fe, «sus primeros y principales educadores» han transferido su misión al colegio religioso, a organizaciones y catequesis parroquiales. Naturalmente, presentar a Jesús a los hijos o nietos no es simplemente decir: «Vete a misa», «tienes que rezar», «tienes que confesarte y comulgar», como quien le dice que tiene que ir al colegio y tratar de aprobar. Presentar a Jesús es narrar la propia experiencia de liberación, de paz, de alegría que produce en nosotros la relación con Cristo.

Afirma Pablo VI: «El que ha sido evangelizado, evangeliza. He ahí la prueba de la verdad, la piedra de toque de la evangelización; es impensable que un hombre haya acogido la Palabra y se haya entregado al Reino sin convertirse en alguien que, a su vez, da testimonio y anuncia» (EN 24). Lo que puede parecer hoguera por sus apariencias, no lo es si no calienta y da luz. Lo que puede parecer fe no lo es si no irradia luz y calor misioneros. Dicho de forma rotunda, el que no anuncia su fe, no la tiene. Así de simple.

Pero también es cierto que nos confirmamos en la fe el día que la confesamos y la anunciamos con entusiasmo. Juan Pablo II asegura: «Si quieres crecer en la fe, anúnciala; si quieres fortalecerte en el amor y seguimiento de Jesús, proclámalos». Esto es lo que testifican los catequistas. El mejor camino para aprender es enseñar. Habrá padres verdaderamente formados el día en que se preocupen de formar bien a sus hijos. Con cristianos vergonzantes no iremos a ninguna parte.

PEDAGOGÍA MISIONERA

Con respecto al anuncio del Evangelio hay que decir rotundamente: «La letra con cariño entra». La aceptación del mensaje exige como condición previa e imprescindible la aceptación del mensajero. La amistad, la bondad, la simpatía, la comprensión del mensajero, la apertura, los valores humanos del mensajero, del catequista, de los padres, predisponen a la aceptación del mensaje cristiano. El que recibe el mensaje ha de tomar su anuncio como una prueba más de afecto, de amistad del mensajero, sin pretensión proselitista o éxito apostólico.

Criticaba un agnóstico a sus amigos: «Apenas me habláis en serio de vuestras convicciones religiosas». Me dio vergüenza cuando me lo contaba. «Si quieres hacerme llorar, tienes que llorar primero», era una de las consignas de retórica de los clásicos. «Si quieres convencerme y conmoverme, tienes que estar convencido y conmovido tú primero», decían también.

Jesús, en lo que se ha llamado regula apostólica (manual del apóstol), señala una serie de exigencias que no puedo comentar en este espacio breve de una homilía. Señala que los enviados (misioneros) han de ir de dos en dos, en comunidad, aunque sea mínima, porque la que evangeliza es la comunidad, y también por una simple razón de seguridad en aquellos tiempos en que caminar entre poblaciones entrañaba peligro de asaltos y despojos.

Indica, así mismo, que los misioneros ejerzan su ministerio profético desde la pobreza. Sería una increíble paradoja anunciar la bienaventuranza de la pobreza, de la sencillez, de la paz, con una vida de ricos, con medios poderosos y con talante autoritario. El evangelio tiene fuerza en sí mismo, tiene suficiente poder de fascinación como para necesitar la ofuscación de los medios. Pablo renuncia a hacer alardes de sabiduría, a deslumhrar a sus misionados, para evitar que, más que creer en Jesús y éste crucificado (1Co 2,2), crean en el caudal de su sabiduría (1Co 1,13). La Causa de Jesús no necesita de la parafernalia de las causas políticas o comerciales, ni de la demagogia, ni de los juegos politiqueros ni de una oratoria capciosa; necesita, sobre todo, la vibración de un testigo que narra su fe con entusiasmo.

Con respecto al contenido, es preciso tener en cuenta que Jesús señala que el enviado ha de proclamar la Buena Noticia haciéndola realidad: sanando a los enfermos, a los atormentados por el sinsentido, los miedos, la soledad, los rencores… Es necesario dar señales de vida.

Pablo VI apunta: «El hombre contemporáneo escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan; o si escuchan a los que enseñan es porque dan testimonio» (EN 41). Está claro que lo que Jesús necesita no es tanto profesores de religión, doctores en teología, sino, sobre todo, testigos.

Atilano Alaiz