¡Poneos en camino!

La paz, un hilo conductor

«Así dice el Señor: “Yo haré derivar hacia ella (Jerusalén) como un río la paz”», así describe el profeta Isaías la forma en que se compromete Dios con su pueblo y abre la esperanza de algo nuevo en medio de la dificultad. «La paz y la misericordia de Dios vengan…» sobre quienes son criaturas nuevas y se glorían en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, desea Pablo. «Cuando entréis en una casa, decid primero: “Paz a esta casa”», recomienda Jesús a los que envía por delante de él.

La Iglesia ha venido creciendo en sensibilidad hacia la necesidad de evangelizar nuestro mundo y hacerlo caminando juntos todos los bautizados (sinodalidad). La paz es un regalo de Dios que podemos saborear si nos hacemos criaturas nuevas. Anunciar, con palabras y con acciones eficaces, que el Reino de Dios está cerca tiene mucho que ver con anunciar paz, desearla y construirla.

¿Quiénes tienen que anunciar?

Jesús va ya resueltamente hacia Jerusalén. En el camino aprovecha para formar a sus discípulos con enseñanzas prácticas y explicaciones sobre la disposición que debe tener un seguidor suyo. Es entonces cuando envía por delante de él a setenta y dos de sus seguidores. Les hace ver que el seguimiento les traerá riesgos y conflictos. Cuando se trata de evangelizar cobra mayor sentido la radicalidad que les exige. Solo quien se desprende de viejos intereses, de valores y de segurida­des humanas, podrá anunciar que el Reino de Dios ya está aquí.

Pide que roguemos a Dios para que en­víe operarios a su mies. Somos todos los bautizados, todo el pueblo de Dios en camino, los que hoy día Jesús designa para llevar adelante su misión. Forman ese pueblo jerarquía, clero, consagrados… y también maestros, padres de familia, catequistas, visitadores de enfermos, coordinadores de grupos bíblicos, animadores de pequeñas comunidades cristianas, miembros de un grupo de liturgia…

No escasean solo clero y religio­sos, también hay escasez de cristianos que en­tiendan su presencia en la familia, en la sociedad y en la Iglesia como una misión evangelizadora. Es mucho el tra­ba­jo para hacer de este mundo un lugar donde reine Dios, y los dispuestos a emprenderlo son muy pocos. Para hacerlo, es necesario comprender y aceptar previamente que todo cristiano está llamado a ser evan­gelizador en el lugar y en el ambiente donde desarrolla su vida. Implicar a todos es una de las claves del Sínodo que actualmente vive la Iglesia.

¿Cómo anunciar?

El contenido del mensaje es la paz y el anuncio de que está cerca el Reino de Dios. La paz es la primera señal del Reino. No sería auténtica si no la acompañan valores sociales como la justicia, la solidaridad, la fraternidad. Pero nunca la lograremos en los ámbitos sociales y políticos si no la construimos antes en nuestras relaciones con las demás personas, con Dios, con uno mismo, con el entorno natural que nos rodea. ¿Son pacíficas las relaciones que establecemos en el seno de la familia, del vecindario, del lugar de trabajo, de la comunidad cristiana? ¿Nos sentimos en paz con Dios? ¿Vivimos una realización personal libre de tensiones y en paz interior?

Un aspecto importante de la misión es la sencillez de medios. Lo fundamental es transmitir nuestra experiencia de Jesús de Nazaret. Requiere conversión de vida y disposición radical para escuchar su palabra y anunciarla con valentía. Deben brillar más la fuerza de la oración y de la cruz, de la palabra y del testimonio, que la riqueza de medios. Es decir, deben brillar los valores esenciales del Evangelio.

Evangélica es la oración («rogad, pues, al dueño de la mies…»). Evangélica es la desinstalación, que produce dis­ponibilidad y dinamismo («Poneos en camino… y no saludéis a nadie por el camino…», «No llevéis bolsa, ni alforja, ni sanda­lias…»). Evangélico es el valor y el riesgo de quien busca construir el Reino y no su prestigio o su bienestar personal («Mirad que os envío como corderos en medio de lobos…», «Pero si entráis en una ciudad y no os reciben…»). Evangélica es la amistad, la aceptación amable de lo poco que puedan ofrecer los evangelizados («Quedaos en la misma casa, comiendo y bebiendo de lo que tengan…», «No andéis cambiando de casa en casa»). Y evangélico es también un respeto a la libertad de todos, escuchen o no el mensaje que se les lleva (sacudirse el polvo de los pies).

Aún hay algo más. Al evangelizar, lo fundamental es la fidelidad de los evangelizadores, no el éxito que obtengan («Estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo»). Tengamos éxito en la misión o fracaso, la última palabra es de Dios.

¿Tenemos conciencia de que nuestro mundo necesita ser evangelizado? ¿Nos sentimos operarios de esa evangelización en los lugares y en los ambientes donde vivimos? ¿Asumimos las instrucciones que Jesús da a los que envía?

Fray José Antonio Fernández de Quevedo