Comentario – Martes XIII de Tiempo Ordinario

Mt 8, 23-27

Subió Jesús a la barca y sus discípulos lo siguieron.

La palabra «seguir» es aquí un término clave que encaja con el episodio precedente: por dos veces, antes del momento preciso de subir a la barca, Jesús, con plena conciencia de los riesgos y renuncias a los que hay que atenerse, dijo: «Seguidme».

¿Hacia qué aventura «embarcas» a tus discípulos?

De pronto se levantó un temporal tan fuerte que la barca desaparecía entre las olas.
El texto griego dice: «He aquí que sobrevino un gran seísmo». Un seísmo: uno de esos temporales violentos que hace temblar la tierra y que en suelo firme ya resulta ser horroroso, pero en una frágil barquilla es, con toda propiedad, algo alucinante. Las tempestades del Lago de Galilea tienen fama por ser súbitas y muy violentas: los vientos, forzados por las montañas que encajonan el lago, soplan a ráfagas sobre el agua y ponen en gran peligro cualquier embarcación que desgraciadamente se encuentre allí.

Y Jesús dormía.

Lo inverosímil de ese detalle ilustra de maravilla el simbolismo que quiere subrayar: sí, es difícil creer en Dios… ¡Dios duerme!… Dios parece callar… Dios no toma de su mano su propia causa… ¿por qué no se manifiesta para calmar las «tempestades» en las que su Iglesia parece próxima a naufragar?

¿Por qué, Señor no intervienes en mi vida para salvarme de tal o cual cosa? Ruego, hago oración, partiendo de estas situaciones de las que quisiera librarme.

Se acercaron los discípulos y lo despertaron gritándole: «Sálvanos, Señor, que nos hundimos.»
Es preciso, a veces, gritar así. Cuando no hay solución… Cuando fallan las propias fuerzas… Cuando nuestra experiencia -¡eran marineros!- es irrisoria e inútil.

No queda hacer más que esto: elevar el corazón, clamar a Dios. Es el último recurso.

Jesús les dijo: ¿«Por qué tenéis miedo? ¡Qué poca fe!»

Es el núcleo de este relato: «hombres de poca fe»… Jesús apela a la fe. Jesús se extraña. Jesús da confianza: «No tengáis miedo»

Para «seguir» a Jesús, la Fe es condición esencial. Las exigencias, las renuncias no se comprenden más que en una perspectiva de Fe. Y cuanto más humanamente desesperada y sin salida sea la situación más necesaria es la Fe. ¿Por qué no te manifiestas? ¿Por qué no intervienes, Señor?… ¿Y si la respuesta a esas preguntas se encontrara, precisamente, en la llamada de Jesús a la Fe? Hay situaciones extremas para las que todo apoyo humano desaparece: entonces uno se siente solicitado, arrastrado por la fe. De todos modos, cuando la muerte se aproxima, ¡no hay más solución que ésta!

Pero, en el curso de la vida de todo hombre o mujer, hay otras muchas situaciones en las que la fe es el único recurso, el único medio de evitar el pánico desequilibrante: abandonarse a Dios… confiar en Dios…

No tengáis miedo… creced en vuestra Fe… id más lejos…

Entonces Jesús se puso en pie, increpó a los vientos y al lago y sobrevino una gran calma. Aquellos hombres se preguntaban admirados: «¿Quién será éste que hasta el viento y el mar le obedecen?»

San Mateo subraya que Jesús tiene en sus manos el poder creador de Dios. Todo le obedece: las enfermedades, los demonios, los elementos.

Durante todo el día quiero mantener esa escena ante mis ojos: la tempestad, el sueño de Jesús, el grito de sus amigos, la llamada a una fe más grande y la paz que procede de la fe.

Cuando todo parece contrario o contradictorio, Jesús está, sin embargo allí, y en mi barca… en la barca de la Iglesia… ¡Señor, suprime todo temor y todo miedo en mí!

Noel Quesson
Evangelios 1