Pedro y Pablo: sabor a unidad

1.- Un año más, la festividad de San Pedro y San Pablo, nos recuerda que Jesús establece una sólida amistad y confianza con las personas.

Pero, en este caso, “hay amores que matan”. Los dos, columnas de nuestra iglesia, vertieron su sangre, su vida, su ser, sus talentos para que la obra de Jesús (el gran amigo y tesoro por ellos encontrado) siguiese adelante. ¿Qué vio Jesús en ellos?

2. Celebrar la festividad de estos grandes personajes, de estas grandes tallas humanas y cristianas, es contemplar con orgullo y con emoción, los primeros años de la misión apostólica. A los dos les unió un mismo afán: la predicación del evangelio y…a los dos, una misma ciudad, Roma, acogió entre sus muros el doble martirio. El periplo misionero de Pedro y Pablo, con dificultades, persecuciones y gestas heroicas tuvo un final después de un duro combate: dar la vida por Cristo no es nada comparado con lo que les esperaba. Así lo sintieron, así lo vivieron y así lo testimoniaron. Su sangre fue la firma, personal y radical, de dos personas diferentes pero con un denominador común: amor a Jesús.

Uno (Pedro) fue roca, pero a la vez, frágil y apasionado, lleno de valor y del Espíritu Santo. Amigo entrañable de Jesús y con un corazón que no le cabía en el pecho. Un corazón que, lleno de amor a Cristo, se desbordó con una gran confesión: “Tú eres el hijo de Dios vivo”.

El segundo (Pablo) fue zarandeado en medio de su principal afición: persiguiendo a los cristianos. Su vida cambió totalmente camino de Damasco. Empuñó la espada para entregarse sin reservas al anuncio del Evangelio. Su carisma, fogoso, inteligente, incansable, aventurero, moderno…le hizo ser reconocido por anunciar, con tintes nuevos y universales, la salvación de Jesús: “Ay de mí si no evangelizare”

3.- Hoy, la figura de Pedro, visualizada en el Papa Benedicto XVI, sigue sugiriendo en nosotros el principio visible de la unidad y la transmisión del depósito de la fe. Todo aquello, que en tiempos de Pedro, quedó atado por indicación del mismo Jesús, lo sigue ejerciendo con la misma autoridad y el mismo empeño la figura del Papa en la Iglesia Católica.

4.- Hoy, más que nunca, contemplamos con optimismo la actitud abierta y positiva de un Papa Benedicto, dispuesto a reconducir y recuperar lo que, la historia, alteró en la Iglesia: su unidad. A nadie se nos escapa que, unidos, daremos más y mejor testimonio de Cristo ante el mundo.

Hoy, más que nunca, aún en periodo de pruebas, de dificultades, con San Pedro y San Pablo estamos llamados a ser signo del poder de Dios. Teniendo, a dos intercesores tan gigantes en el cielo, no tenemos que tener miedo a los enemigos de la fe ni a los tropiezos en nuestro afán evangelizador: ellos marcharon y cumplieron antes que nosotros. Qué bien lo expresó el Papa Juan Pablo II en el año 2002 “Quien confía en Dios, libre de todo miedo, experimenta la presencia consoladora del Espíritu también, y especialmente, en los momentos de la prueba y del dolor”.

No nos podemos quedar satisfechos ni con lo qué hemos conseguido, ni cómo somos, cristianamente hablando. Siguen existiendo millones de hombres y de mujeres que todavía no han escuchado, ni una sola vez, el nombre de Jesucristo; otros tantos que, aún siendo bautizados, no lo aman o…lo festejan de una manera relajada o lo viven a la carta; otros, aún siguiéndole, han roto sus vínculos de unión y de afecto con la Iglesia que, precisamente, les dio ese gran regalo: Jesús.

5.- Actualmente, como siempre y como en los tiempos de Pedro y de Pablo, sigue siendo un gran desafío el ser cristiano; el manifestar públicamente nuestra fe.

¡Cuántos cristianos que no viven en cárceles pero, su fe, la tienen excesivamente guardada en las celdas de la vergüenza y del “qué dirán”! ¿Puede ser una fe católica intimista y relegada en el rincón de la conciencia o de una sacristía?

¡Cuántos cristianos que siguen convencidos que, la evangelización, es cuestión de sacerdotes, obispos y de Papas!

¡Cuántos cristianos que viven su fe sin más trascendencia que las celebraciones sacramentales!

¡Cuántos cristianos que sucumben en sus creencias ante una sociedad caprichosa y hedonista!

Miremos a San Pedro y a San Pablo. Pongamos estas dos columnas en los cimientos de nuestra familia, de nuestras empresas, educación, iglesia, amistades, política, etc.

Renovemos nuestro afecto y nuestra adhesión al Papa Benedicto XVI. Si lo hacemos así, estaremos en sintonía y entraremos de lleno en el espíritu que marcó los primeros pasos de Pedro y Pablo: la unidad en la fe.

Javier Leoz