Lectio Divina – Lunes XVIII de Tiempo Ordinario

“Dadles vosotros de comer”

1.- Introducción.

Señor, me impactan esas palabras del evangelio: al enterarte de la muerte del amigo, te retiraste. Para ti Juan, además de primo, era muy importante, “el mayor nacido de mujer”. Y esa muerte violenta tan injusta, tan caprichosa, tan deleznable, te impresionó tanto que necesitaste silencio y soledad para reflexionar sobre ella y ¿por qué no? Para pensar que era una premonición de tu propia muerte. Dame, Señor, sensibilidad humana ante tantas muertes violentas, injustas,  que nos trae la prensa cada día y que tal vez nos vamos acostumbrando a ellas.

2.- Lectura reposada del evangelio. Mateo 14, 13-21

En aquel tiempo, al enterarse Jesús de la muerte de Juan el Bautista, se marchó de allí en barca a un sitio tranquilo y apartado. Al saberlo la gente, lo siguió por tierra desde los pueblos. Al desembarcar vio Jesús el gentío, le dio lástima y curó a los enfermos. Como se hizo tarde, se acercaron los discípulos a decirle: Estamos en despoblado y es muy tarde, despide a la multitud para que vayan a las aldeas y se compren de comer. Jesús les replicó: No hace falta que vayan, dadles vosotros de comer. Ellos le replicaron: Si aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces. Les dijo: «Traédmelos». Mandó a la gente que se recostara en la hierba y, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos; los discípulos se los dieron a la gente: Comieron todos hasta quedar satisfechos y recogieron doce cestos llenos de sobras. Comieron unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños.

3.- Qué dice el texto.

Meditación-reflexión

En este evangelio podemos descubrir que esa gente hambrienta “le da lástima a Jesús”. Ante la gente que lo pasa mal, Jesús reacciona de una manera visceral (se le conmueven las entrañas). Jesús tiene un corazón tan sensible que no puede ver sufrir a la gente. Por eso es tan distinta la reacción de los apóstoles (ahí entramos nosotros) y la de Jesús. Ante esa situación de gente que pasa hambre, los discípulos le dicen a Jesús: despídelos,  pero Jesús les dice: no hace falta que se vayan. “La oración en Jesús es un grito sin palabras, una pobreza a la vista, una pregunta  clamorosa al silencio. Esa oración no se escucha, se ve. Por eso dice Jesús: “Vio Jesús una multitud” Y tú al oir estas palabras, entendiste que Jesús acogió, vio la pobreza, escuchó el grito, sintió compasión y curó a los enfermos” (Fr. Agrelo). A los discípulos, como a nosotros, los pobres nos estorban, nos molestan y nos los queremos sacudir cuanto antes. A Jesús no le estorba nadie y los pobres, menos. ¡Que se vayan a las aldeas! ¡Que se vayan!… a Cáritas…, a la Cruz Roja…, a los Servicios Sociales… Lo importante es perderlos de vista. Pero Jesús dice: Dadles vosotros de comer. No valen excusas de que es cosa  de los políticos, de que nosotros no podemos… ¡Traedme lo que tengáis! ¡Poneos a compartir!… y lo demás lo dejáis por mi cuenta… ¿Y qué pasó? Que cuando se comparte se hace el milagro…Y comieron todos y sobraron panes. Con lo que nos sobra se solucionaría el hambre en el mundo.

Palabra del Papa

“Cristo presente en medio de nosotros, en el signo del pan y del vino, exige que la fuerza del amor supere cada laceración, y al mismo tiempo que se convierta en comunión con el pobre, apoyado por el débil, atención fraterna a cuantos les cuesta sostener el peso de la vida cotidiana. Nos disgregamos cuando no somos dóciles a la Palabra del Señor, cuando no vivimos la fraternidad entre nosotros, cuando competimos para ocupar los primeros puestos, cuando no encontramos la valentía de testimoniar la caridad, cuando no somos capaces de ofrecer esperanza. La Eucaristía nos permite no disgregarnos porque es vínculo de comunión, es cumplimiento de la Alianza, signo viviente del amor de Cristo que se ha humillado e inmolado para que nosotros permaneciéramos unidos.  Participando en la Eucaristía y nutriéndonos de ella, estamos dentro de un camino que no admite divisiones”. (Cf Homilía de S.S. Francisco, 4 de junio de 2015, en Santa Marta

4.- Qué me dice hoy a mí este evangelio ya meditado. (Silencio)

5.- Propósito: Ante cualquier sufrimiento que suceda hoy tendré una mirada compasiva.

6.- Dios me ha hablado hoy a mí a través de su Palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración.

Señor, haz que no busque excusas ante el dolor y el sufrimiento de la gente. Dame un corazón sensible ante las necesidades de los demás. Y, a la hora de ayudar, haz que mi corazón vaya por delante de mis pies y de mis manos. Que sepa poner corazón en los pies, corazón en las manos, corazón, corazón en mi mente y, sobre todo, más corazón en mi propio corazón.

ORACIÓN POR LA PAZ.

Señor Jesús, ten piedad de nosotros y concédenos la paz y la unidad, no permitas que nos soltemos de tus manos y danos un corazón capaz de amar como tú nos amas. María Madre nuestra, auxílianos en estas difíciles horas de la tribulación, se nuestra fuerza y consuelo. Cúbrenos con tu manto y que la sangre de tu bendito Hijo nos proteja de todo mal.

¿Qué viene el Señor?

Dios vino, viene y vendrá. El hombre espera, acoge y vigila. Pero, en paralelo a estas dos corrientes (Dios viene y el hombre espera), avanza otra más desde que, algunos hombres, decidieron apagar el faro de una vigilancia real y activa. Otros, en cambio, aún con limitaciones seguimos esperando, acogiendo y espabilados para que las costas de nuestras almas y de nuestros corazones, no se vean impregnadas por la contaminación de las últimas ideas de turno invitando a la deserción, al descrédito de la iglesia (aunque tenga cosas negativas). etc.

1.- Viene el Señor. De muchas maneras y en muchas circunstancias. Otra cosa es que (ajenos a la vigilancia) estemos tan distraídos que no sepamos mirar en la dirección por donde Dios sopla, viene y habla.

En este domingo mi pensamiento se va a la orilla de cualquier costa sembrada por los legendarios faros. Siempre encendidos y con su importante cometido: vigilando para que los barcos lleguen a buen puerto.

La vigilancia cristiana puede estar perfectamente representada por ese faro que espera a que su Señor llegue en cualquier momento. ¿Por qué? Para que, si el Señor se acerca, no encuentre obstáculos para entrar en la vida de los que creemos en El. Para que, si el Señor se decide presentarse definitivamente, nos encuentre oteando el horizonte con los prismáticos de la oración, de la escucha y meditación de su Palabra, de la riqueza de corazón, intentando cumplir su voluntad y comprometidos en el mundo con los esquemas de su reino.

2.- Existe una vieja leyenda en mi anterior parroquia sobre un escultor de un Cristo penitente del siglo XVII. Había tallado y finalizado su obra cuando, de una forma imprevisible, la imagen le habló: “¿dónde me has visto que tan bien me has tallado? El artista le contestó: “en mi corazón Señor”.

En el corazón es donde hemos de guardar un lugar privilegiado para que Dios siga hablando y nos siga diciendo algo. Es donde valoramos profundamente la verdad de las cosas y la esterilidad de lo aparentemente bonito. Es donde orientamos la veleta de nuestra existencia y donde se disparan también las luces de alarma cuando nos alejamos del Señor. Es donde nos vamos haciendo idea de un Dios que, lejos de amenazar, nos dice que viene y que por lo tanto hemos de estar vigilantes.

3.- Puede ser que el momento coyuntural que estamos viviendo nos invite y nos empuje a soplar e ir apagando esos destellos de vigilancia, que pueden ser:

-La Eucaristía para esperar bien alimentados

-La comunión con la iglesia, para esperar bien sintonizados con Dios

La escucha de la Palabra, para esperar distinguiendo lo bueno de lo malo

-Las buenas obras, para esperar con el testimonio de la fe

Puede ser que el mundo se empeñe en pontificar que es de día cuando, en realidad, bastantes almas y bastantes contemporáneos nuestros viven en una interminable e insoportable noche.

Frente a ello seguiremos subiendo hasta la azotea de nuestra vida para encaminarnos con fe y con esperanza hacia el futuro.

–Necesitamos despertar de tanta pesadilla que nos amordaza y nos mantiene presos del pasado.

Necesitamos ser “guardas jurados” de nuestra vida cristiana para que, cuando el Señor arribe, nos encuentre creyendo, amando, cantando y pregonando sus alabanzas.

Ojalá que, cuando el Señor venga, no pase de largo al ver las luces de nuestros corazones apagadas

 

4.- ¿TE CONOCEMOS, SEÑOR?

Hijo del pobre  José,
pero rico y  expresivo en tu lenguaje
Hijo de la  sencilla María,
y complicado  en tu vida
Hermano de  tus hermanos,
y defensor  de la verdad sin distinción
¿Te conocemos, Señor?
Decimos  quererte, y no entramos en Ti
Decimos  amarte, y no vivimos con el impulso de tu amor
Decimos  alabarte, y lo hacemos despegando los labios
pero, tal  vez, sin abrir el corazón.
Decimos  honrarte, y olvidamos que en el obrar,
es donde te  damos gloria y comprometida alabanza.
¿Te conocemos, Señor?
¿Sentimos al  que te envió?
¿Acogemos al  que te hizo nacer pobre y niño en Belén?
¿Obedecemos  al que te hizo obedecer subiendo a la cruz?
¡Creemos,  Señor, pero aumenta nuestra fe!
Fe para  verte como Hijo de Dios
Fe para  recibirte como el enviado del Padre
Fe para  dejarte compartir nuestra existencia
Fe para  transformarnos con el pan de la vida
Fe para  llenarnos de felicidad con el pan de la Eucaristía
Amén.

Javier Leoz

Comentario – Lunes XVIII de Tiempo Ordinario

Mt 14, 13-21

Al enterarse Jesús de la muerte de Juan Bautista se marchó de allí en barca a un sitio tranquilo y solitario.

No desperdiciemos esas notaciones psicológicas que nos permiten penetrar en la vida humana de Jesús.

Nos imaginamos demasiado a Jesús como alguien «preservado» por su divinidad. De hecho le vemos soportar las vicisitudes, mezclado a los sucesos trágicos de su época y de su propia familia. ¿Cuáles fueron tus sentimientos, Señor, cuando supiste la «noticia» del día: Herodes ha mandado decapitar a Juan Bautista. Era la muerte de aquél que llamabas «el más grande de los profetas»… de aquél que te había preparado tus primeros discípulos: Andrés, Simón,

Juan, habían sido discípulos del Bautista antes de que te siguieran…

Al enterarse de esa muerte, Jesús huye a un lugar solitario: piensa en su propia muerte de la que aquella es presagio. Pero como no ha llegado el momento de afrontar la Pasión, se esconde. Quizá también, sencillamente, porque en su dolor siente necesidad de llorar y rezar…

Pero la gente lo supo y lo siguió por tierra… Al desembarcar vio Jesús una gran muchedumbre, le dio lástima y se puso a curar los enfermos.

No, no lograste aislarte, salvo durante la travesía del lago. Nunca meditaré suficiente ese tema del «constreñimiento» de la obediencia a la condición humana, de la que San Pablo dirá que es también una obediencia a los designios insondables del Padre.

Lo que no se había previsto…

Lo que nos sucede y trastorna nuestros planes…

Esta enfermedad inesperada, esta nueva preocupación, esta responsabilidad que acaban de imponernos.

Esta visita, esta llamada por teléfono, este servicio que esperan de nosotros, esta presencia bochornosa de los demás, estas gentes de las que se quisiera huir por unos momentos…

Por la tarde se acercaron los discípulos a decirle: «Estamos en despoblado y ya ha pasado la hora; despide a la multitud, que vayan a las aldeas y se compren comida.» Jesús les contestó: «No necesitan ir, dadles vosotros de comer.»

Los discípulos son muy simpáticos: ven lo que hay que hacer… pero no tienen los medios de hacer frente a la situación… A menudo nos pasa lo mismo.

Jesús les pide que actúen.

Incluso si los grandes retos del mundo de HOY -la guerra, el hambre, la injusticia social por ejemplo-nos sobrepasan, no tenemos derecho a quedarnos sin hacer «nada».

¡Aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces!

¡Irrisorio! Qué vale esto, diríamos. Es tan poca cosa.

«Traédmelos.» Mandó al gentío que se recostara en la hierba y, tomando los cinco panes y los dos peces…

Poner mis pobres medios humanos en tus manos, Señor. Contemplo esos cinco pobres panecillos y esos dos simples peces en tus manos.

Alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos; los discípulos a su vez los dieron a la gente.

Manifiestamente, a través de este milagro Jesús está pensando en otro. Son los mismos gestos y las mismas palabras que en la Cena (Mateo 26,26). No sólo de pan material vive el hombre. Jesús ha querido, Jesús ha inventado, Jesús ha entregado a la humanidad… la Misa. Quiere alimentar espiritualmente a los hombres, responder a su hambre de absoluto: alimentarse de Dios… palabra de vida, pan de vida eterna.

Noel Quesson
Evangelios 1

No temas, pequeño rebaño

¿Qué esperanza es hoy posible?

Corren malos tiempos para la esperanza. La pandemia, las guerras, las crisis de la energía, el alza del coste de la vida, han influido mucho y siguen influyendo más y más en nuestro estado de ánimo, en nuestra capacidad de resistencia, en nuestro valor para afrontar los retos. Sentimos que los problemas son nuestros, pero las soluciones escapan de nuestras manos.

La esperanza vive del deseo de un bien que será futuro y difícil, sí, pero que es posible alcanzar y disfrutar. Pero, ¿qué futuro plantearse cuando tantas expectativas de seguridad, paz, progreso, desarrollo, justicia han caído? En nuestro hoy, la persona esperanzada y que es capaz de presentarse así ante los demás, es considerada, con cierta lástima o burla, un iluso.

Pero el ser humano es alguien que necesita constitutivamente vivir esperanzado. Como su vida no está hecha al nacer, ni determinada por el instinto, tendrá que plantearse seriamente y realizar esforzadamente su proyecto vital: aquel que está llamado a ser, el desarrollo de sus potencialidades, ocupar su sitio en la vida, establecer y mantener fielmente los vínculos afectivos que darán valor, color y alegría a su existencia. Sin horizonte de esperanza, vivimos vagabundos, oprimidos por lo circunstancial. No vivo mi vida; es “lo que pasa” lo que determina mi vida. No soy protagonista, sino marioneta.

Las lecturas de la liturgia de este domingo nos muestran la meta de nuestra esperanza, sus caminos, sus criterios de garantía.

Por lo pronto, Jesús, en el evangelio, nos asegura que es posible la esperanza porque tenemos garantizada la meta, no por nuestros méritos o esfuerzo, sino por puro amor de Dios por nosotros: “No temas, pequeño rebaño; porque vuestro Padre ha tenido a bien daros su Reino”. Un Reino que es Él mismo, con todo lo que conlleva de plenitud y felicidad personal y universal. Un Reino que nos hace reconocer el tesoro que son nuestros hermanos, y procurar su bien, compartiendo lo que somos y tenemos: “Dad limosna, haceos talegas que no se echan a perder”. Ahí, en Dios y en los que sufren,  hemos de colocar nuestro corazón, nuestros deseos, nuestros anhelos, para que esa meta dinamice nuestra afectividad y nuestra acción: “Porque donde está vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón”.

Cuando perdemos la esperanza, es decir, la meta, perdemos también el camino. No sé que pensador dijo que “si tenemos un “para qué”, encontraremos un “cómo” para alcanzarlo”. Más aún, el “cómo”, el camino, se convierte en parte de la meta, que comenzamos a disfrutar conforme nos acercamos a ella. Comprobamos que la meta, en este caso el Padre y la comunión con los hermanos, no son algo meramente a esperar, sino Alguien y algunos que nos hacen partícipes ya de sus riquezas y compañía.

¿Cómo es ese camino? No se trata de un esperar perezoso, con los brazos cruzados. No se trata de aislarse en un paraíso artificial de fantasías piadosas. Jesús lo sigue diciendo: “Vosotros estad como los que aguardan a que su señor vuelva de la boda, para abrirle apenas venga y llame. Dichosos los criados a quienes su señor, al llegar, los encuentre en vela: os aseguro que se ceñirá, los hará sentar a la mesa y los irá sirviendo”. Vivir en la ilusión de un encuentro con el Señor cada vez más pleno hasta que llegue el definitivo.

Y, a la vez, ir atendiendo a los demás, como el Señor nos atiende a nosotros. Hoy se está hablando cada vez más del “cuidado”. La pandemia y sus secuelas nos están haciendo mucho más conscientes de que lo que nos define a los seres humanos es la vulnerabilidad, la capacidad de ser heridos física, psicológica, espiritual, socialmente… Por desgracia, también tenemos y ejercitamos la capacidad de herir a los otros para sentirnos más fuertes, más poderosos, más seguros. La alternativa, que es la única que asegura nuestra pervivencia como especie y nuestra dignidad de personas, es dedicarse al cuidado recíproco: desde la empatía por el otro, a la escucha de su ser, caminar juntos atendiéndonos, como tienen que ir juntos un ciego y un cojo: el ciego presta el sostén de sus piernas, y el cojo la luz de su visión. “Caminar juntos” es lo que significa la palabra “sinodalidad” que el Papa y la Iglesia nos presentan como urgente camino y necesario modo de ser para los cristianos y cristianas. O según dice el evangelio de hoy: “¿Quién es el administrador fiel y solícito a quien el amo ha puesto al frente de su servidumbre para que les reparta la ración a sus horas?” Cada uno de nosotros somos ese administrador encargado de cuidar al otro, según sus necesidades, y no según nuestro capricho o ganas.

Este es el criterio de que nuestra esperanza es realista y cristiana: vamos haciendo camino al andar con el Señor, como el Señor, hasta alcanzar plenamente al Señor y disfrutarlo sin fin.

Fr. Francisco José Rodríguez Fassio

Lc 12, 32-48 (Evangelio Domingo XIX de Tiempo Ordinario)

La sabiduría de la vigilancia

El evangelio de Lucas nos ofrece aquí una serie de elementos que están en el Sermón de la Montaña, en Mateo, y un conjunto de parábolas (los criados que esperan a que su amo vuelva de unas bodas, el amo que vigila su casa por si llega un ladrón, y el administrador fiel al que se le ha confiado repartir el trigo) sobre la vigilancia y la fidelidad al Señor. La exhortación primera, que concluye con el dicho “donde está vuestro tesoro, allí está vuestro corazón”, es toda una llamada a la comunidad sobre el comportamiento en este mundo con respecto a las riquezas. Lucas es un evangelista que cuida, más que ningún otro, este aspecto tan determinante de la vida social y económica, porque escribía en una ciudad (Éfeso o Corinto) donde los cristianos debían tomar postura frente a la injusticia y la división de clases.

El dicho del tesoro y el corazón es un dicho popular que encierra mucha sabiduría de siglos. Pero es propio de estos dichos (el llamado “Evangelio Q” como algunos lo llaman actualmente) poner de manifiesto la radicalidad sapiencial y escatológica que se vivió en aquellos momentos. Si bien es verdad que el rigor apocalíptico ya no es determinante, sí lo es el sentido que mantienen estas palabras. Vigilar, ahora, ya no es estar preocupados por el fin del mundo, sino estar preocupados por no poner nuestro corazón en los poderes y las riquezas. Son dichos para comprometerse en nuestro mundo, aunque sin perder la perspectiva del mundo futuro.

Lucas sitúa esto en el programa de buscar el Reino de Dios, pidiendo y exigiendo al cristiano no desear las mismas cosas que desean y tienen los poderosos de este mundo. El Reino exige otros comportamientos. Así, pues, las parábolas sobre la vigilancia y la fidelidad vienen a ser como el comentario a esa actitud. Es una llamada a la responsabilidad en todos los órdenes, pero especialmente la responsabilidad de saberse en la línea de que la vida tiene una dimensión espiritual, trascendente, sabiendo que hay que ponerse en las manos de Dios. Eso no es una huida de lo que hay que hacer en este mundo; pero, por otra parte, tampoco ignorando que nos espera Alguien que un día se ceñirá para servirnos si le hemos sido fieles. Ése de quien habla Jesús en la parábola, es Dios. Nosotros, mientras, administramos, trabajamos, ayudamos a los más pobres y necesitados, como una responsabilidad muy importante que se nos ha otorgado.

Fray Miguel de Burgos Núñez

Heb 11, 1-2. 8-19 (2ª lectura Domingo XIX de Tiempo Ordinario)

La fe, por encima de la muerte

Hoy, la segunda lectura, tomada de Hebreos 11, llena de contenido esta parte de la celebración, con su visión práctica de la fe evocada a la luz de las grandes figuras de la “historia de la salvación” y de todos aquellos que, por amor de lo que esperaban y de las realidades invisibles, renunciaron a los honores terrenos. Se dice que con este capítulo, el autor de la carta a los Hebreos, que no es San Pablo desde luego, sino un maestro desconocido, compuso este sermón para mover a la fe a la comunidad, al igual que los padres del pueblo, pero ahora con la esperanza que procura Jesús y su obra. Él es el ejemplo de nuestra fe en Dios y de nuestra entrega a los hombres al comprender todas las flaquezas. Por esto es Sumo Sacerdote, porque siendo Dios, superior a los ángeles, a Moisés y a Aarón ,comprendió más que nadie los pecados de los hombres.

En nuestra peregrinación hacia Dios, en la tipología hacia el santuario celeste, tenemos un mediador y una seguridad que no tuvieron los padres del pueblo: al mismo Jesús. Por eso, creer, según lo que se propone en Hebreos 11, no es mirar al pasado, ni conservarlo, sino avanzar hacia el futuro. Quiere decir que debemos estar en camino, que no hay puntos muertos en la historia de la salvación. Como es lógico, la lectura de hoy solamente toma algunos aspectos de ese capítulo, y se debe leer el mismo en su totalidad. La figura de Abrahán, el padre del pueblo al que se le pidió todo, es el ejemplo. Si fuéramos realistas diríamos que Dios no pide la muerte de un hijo, el de las promesas. Eso es un “género simbólico” para decir que todo está en manos de Dios. Pero precisamente es en las manos de Dios donde está la resurrección, y ésa es la gran cuestión de la fe en Dios y una de las afirmaciones de más alcance de este texto de la carta a los Hebreos.

Fray Miguel de Burgos Núñez

Sab 18, 6-9 (1ª lectura Domingo XIX de Tiempo Ordinario)

Memoria de la pascua liberadora

La lectura de este día quiere describir la noche de salvación para Israel, la noche pascual, que se ha convertido en el paradigma nostálgico de un pueblo que siempre ha recurrido a su Dios para que lo liberara de todas las esclavitudes; que anhela salvación y que encuentra en el Dios comprometido con la historia la razón de ser de su identidad. Es, probablemente, un texto cultual, es decir, nacido en la liturgia. El c. 18 de este libro escrito en griego, para la comunidad judía de Egipto, es una memoria litúrgica de la noche pascual, de la noche de la libertad y de la noche de la luz. Nada hay tan celebrado en Israel como la noche pascual.

“Memoria” es mirar al pasado. Pero es más que eso, es tener presente que Dios siempre puede encender la luz de la salvación para su pueblo en cualquier momento que lo necesite. Se hace memoria para actualizar y para “sentir” la misma presencia liberadora de Dios, porque el pueblo, la comunidad, las personas siempre pueden estar amenazadas de esclavitud. Sólo en Dios es posible poner la esperanza, porque en sus manos está la luz.

Fray Miguel de Burgos Núñez

Comentario al evangelio – Lunes XVIII de Tiempo Ordinario

Compromiso: ¿Parcial o total?

Humanamente hablando, al acercarse la noche, Jesús debería haber estado más ansioso que los discípulos por despedir a la multitud y descansar un poco; pero su compromiso con ellos es total. Mientras que los discípulos querían «deshacerse» de la gente, despidiéndola para ir a buscar su comida, Jesús insistió en proporcionarles alimento. Cuando los discípulos se quejaron de la falta de recursos para hacerlo, Jesús no cedió en su compromiso. Él proveería. En estos años en los que las naciones debaten sobre la conveniencia de atender a los emigrantes y la necesidad de proteger a la propia gente y la seguridad, cuando las naciones están más deseosas de construir muros que puentes, este Evangelio debe interpelarnos: El compromiso de cuidar a los hijos de Dios, sean quienes sean, no puede ser fragmentario; debe ser total, con sus retos y beneficios, alegrías y dolores. En nuestra respuesta, ¿imitaremos a los discípulos o a Jesús?

Paulson Veliyannoor, CMF

Meditación – San Alfonso María de Ligorio

Hoy celebramos la memoria de San Alfonso María de Ligorio.

La lectura de hoy es del evangelio de Mateo (Mt 5,13-19):

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Vosotros sois la sal de la tierra. Mas si la sal se desvirtúa, ¿con qué se la salará? Ya no sirve para nada más que para ser tirada afuera y pisoteada por los hombres. Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en la cima de un monte. Ni tampoco se enciende una lámpara y la ponen debajo del celemín, sino sobre el candelero, para que alumbre a todos los que están en la casa. Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos».

»No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento. Sí, os lo aseguro: el cielo y la tierra pasarán antes que pase una i o una tilde de la Ley sin que todo suceda. Por tanto, el que traspase uno de estos mandamientos más pequeños y así lo enseñe a los hombres, será el más pequeño en el Reino de los Cielos; en cambio, el que los observe y los enseñe, ése será grande en el Reino de los Cielos».

Hoy, fiesta de san Alfonso María de Ligorio (1696-1787), pedimos la intercesión de alguien que supo decir “sí” al Señor y que tomó muy en serio las palabras del Evangelio: «Vosotros sois la sal de la tierra» (Mt 5,13).

Alfonso era de familia distinguida, inteligente y estudioso. ¡Abogado a los 19 años y hombre justo que no pierde ningún caso! Un día descubrió que había apoyado —sin saberlo— una causa que no era justa, y eso le llevó a replantearse radicalmente la vida. Hizo un retiro y recibió la Confirmación. Estos dos eventos reavivaron su fervor. Al año siguiente, en dos ocasiones oyó una voz que le decía: —Abandona el mundo y entrégate a mí. Muy pronto Dios le confirmó cuál era su voluntad.

Fue a la iglesia de Nuestra Señora de la Misericordia a pedir ser admitido en el Oratorio. Eso le llevó a consagrarse a Ella y ser en su apostolado un fiel reflejo del amor a la Santísima Virgen. En palabras del Papa Francisco: «María es la madre del “sí”. Sí al sueño de Dios, sí al proyecto de Dios, sí a la voluntad de Dios. Un sí que, como sabemos, no le fue nada fácil de vivir. Por eso la queremos tanto y encontramos en Ella una verdadera Madre que nos ayuda a mantener viva la fe y la esperanza en medio de situaciones complicadas».

Descubrir —como hizo san Alfonso María— las auténticas “Glorias de María” es descubrir lo que significa seguir en plenitud a Jesucristo, conocerle y amarle para llevar a los demás la alegría del Evangelio. Este santo de hoy amó generosamente a Dios, a la Virgen nuestra Madre y a todas las personas: ¡un buen ejemplo para nosotros! Podemos preguntarle al Señor en nuestra oración diaria qué quiere de nosotros, y estar atentos —como lo hizo san Alfonso María— para responder a su llamada. ¡Seamos generosos!, y respondamos como nuestra Madre del cielo: «Hágase en mí, según su Palabra» (Lc 1,38).

Rev. D. Juan Carlos ALAMEDA Vega

Liturgia – San Alfonso María de Ligorio

SÁBADO. SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO, obispo y doctor de la Iglesia, memoria obligatoria

Misa de la memoria (blanco)

Misal: Oraciones propias, antífonas del común de pastores (para un obispo) o de doctores, Prefacio común o de la memoria.

Leccionario: Vol. III-par

  • Jer 28, 1-17. Jananías, el Señor no te ha enviado, y tú has inducido al pueblo a una falsa confianza.
  • Sal 118. Instrúyeme, Señor, en tus decretos.
  • Mt 14, 13-21. Alzando la mirada al cielo, pronunció la bendición y dio los panes a los discípulos; los discípulos se los dieron a la gente.

O bien: cf. vol. IV.


Antífona de entrada             Cf. Eclo 15, 5
En medio de la asamblea le abrió la boca, y el Señor lo llenó del espíritu de sabiduría y de inteligencia, lo revistió con un vestido de gloria.

Monición de entrada y acto penitencial
Celebramos hoy la memoria de san Alfonso María de Ligorio, obispo y doctor de la Iglesia. Nació en Nápoles el año 1696. A fin de promover la vida cristiana en el pueblo, trabajó infatigablemente predicando y escribiendo, especialmente sobre teología moral, disciplina en la que es considerado maestro, y tras muchos obstáculos, fundó la Congregación del Santísimo Redentor, para evangelizar a la gente falta de formación. Elegido obispo, se entregó de modo excepcional a este ministerio, que tuvo que dejar quince años después aquejado por graves enfermedades. Murió el año 1787

Yo confieso…

Oración colecta
OH, Dios,
que suscitas continuamente en tu Iglesia
nuevos ejemplos de virtud,
concédenos seguir las huellas del obispo san Alfonso María
en el celo por las almas,
de modo que consigamos su recompensa en el cielo.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Oración de los fieles
Hermanos, en esta oración pública y comunitaria que vamos a hacer, no se limite cada uno a orar por sí mismo o por sus necesidades, sino oremos a Cristo, el Señor, por todo el pueblo.

1.- Imploremos la largueza de los dones espirituales para todos los no creyentes
Cristo, óyenos. (O bien: Cristo, escúchanos.)

2.- Pidamos al Señor que gobierna el mundo, tiempo bueno y maduración de los frutos.
Cristo, óyenos. (O bien: Cristo, escúchanos.)

3.- Oremos al Juez de todos los hombres por el descanso eterno de los fieles difuntos.
Cristo, óyenos. (O bien: Cristo, escúchanos.)

4.- Imploremos la misericordia de Cristo, el Señor, en favor nuestro y de nuestros familiares, confiando en la bondad del Señor.
Cristo, óyenos. (O bien: Cristo, escúchanos.)

Atiende en tu bondad nuestras súplicas, Señor, y escucha las oraciones de tus fieles. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Oración sobre las ofrendas
SEÑOR enciende misericordioso nuestros corazones
en el fuego celestial del Espíritu,
tú que concediste a san Alfonso María
celebrar estos misterios ofreciéndose él mismo,
por medio de ellos, como víctima santa.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Antífona de comunión          Cf. Lc 12, 42
Este es el siervo fiel y prudente a quien el Señor ha puesto al frente de su servidumbre para que reparta la ración de alimento a sus horas.

Oración después de la comunión
OH, Dios,
que hiciste a san Alfonso María
fiel dispensador y predicador de este misterio tan grande,
concede a tus fieles recibirlo frecuentemente
y alabarte sin cesar al recibirlo.
Por Jesucristo, nuestro Señor.