Comentario – Martes XVIII de Tiempo Ordinario

Mt 14, 22-35

Después de la multiplicación de los panes, Jesús obligó a los discípulos a que se embarcaran y que se adelantaran a la otra orilla, mientras El despedía a la gente.

Detalle sorprendente: «¡Obligó a sus discípulos a marcharse!» Es Juan quien explica esa anomalía (Juan 6, 14-15). La gente, maravillada por el milagro, quiso arrastrar a Jesús a una aventura política: proclamarle rey. Jesús conocía demasiado a sus propios discípulos, vinculados a esa misma perspectiva de mesianismo temporal… fácilmente se hubieran unido a esa inoportuna manifestación. Jesús les obligó a que se alejaran de allí y partiesen.

Sí, Jesús se encontró a veces, ante problemas difíciles como ese, solo contra todos.

Después de despedir a la multitud, subió al monte para orar a solas.

Podemos imaginarlo discutiendo paso a paso con los más recalcitrantes, los más entusiastas, que no querían marcharse… «Pero, si yo no he venido para esto… mi Reino no es de este mundo… no estoy encargado de daros de comer todos los días… volved a vuestro trabajo…»

Cansado por esas discusiones, cuando quedó solo, sintió necesidad de orar.

Contemplo en ti esa necesidad de orar que embarga tu corazón. Se ha probado desviarte de tu misión esencial. Por instinto vuelves a ella. Tu papel es espiritual, si bien tiene consecuencias importantes en lo material.

Al anochecer, seguía allí solo.

Te contemplo orando.

¿Tengo yo el mismo deseo de soledad, de estar de corazón a corazón con el Padre? Para ti eso es más importante que todos los triunfos terrenales.

¿Qué le decías al Padre, en ese anochecer? Pensabas quizá en la Iglesia que estabas fundando, y a lo que, en todas las épocas, sería su tentación constante: hacer pasar los medios humanos al primer plano.
¿Creo yo en el valor de la oración? ¡Tiempo humanamente perdido, en apariencia! Pasar tiempo a solas con Dios.

Mientras tanto la barca iba ya muy lejos de tierra, maltratada por las olas, porque llevaba viento contrario.

Esto es realmente una imagen de tu Iglesia, marchando a menudo contra la corriente.

De madrugada se les acercó Jesús andando por el lago. Los discípulos, viéndolo andar por el lago, se asustaron mucho; decían: «¡Es un fantasma!», y daban gritos de miedo.

La duda, el miedo. Sin embargo ¡fue Jesús quien les obligó a embarcar!

Jesús les habló en seguida: «Animo, soy Yo, no tengáis miedo.»

Jesús no se presenta; dice sencillamente: «Soy yo». Jesús inspira confianza, desdramatiza.

Pedro tomó la palabra: «Señor, si eres Tú ¡mándame acercarme a ti andando sobre el agua!» Jesús le dijo: «¡Ven!»

Es una respuesta… a una plegaria audaz…

Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua; pero al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó: «Sálvame, Señor» Jesús extendió en seguida la mano y lo agarró: «Hombre de poca fe ¿por qué has dudado?»

Cuando Pedro se encontrará en otras tempestades, mucho más graves para la Iglesia, en Roma; en las persecuciones que amenazarán la existencia de la Iglesia, recordará esa «mano» que agarró la suya, aquel día en el lago. Pedro es el primer creyente, el primero que haya vencido la duda y el miedo. La Fe, en su pureza rigurosa, va hasta ese salto a lo desconocido, ese riesgo que Pedro asumió más allá de las seguridades racionales: una confianza en Dios solo, sin punto de apoyo. ¡Señor, calma nuestras tempestades! Danos tu mano.

El viento amainó…

Noel Quesson
Evangelios 1

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