Lectio Divina – Viernes XVIII de Tiempo Ordinario

¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma?

1.- Introducción.

Señor, yo sé que nunca respondes a preguntas superficiales como éstas: ¿dónde  voy a pasar el fin de semana? ¿qué modelo de coche me voy a comprar? ¿cómo van los valores en bolsa? etc…Pero sí respondes a las preguntas de profundidad: ¿para qué estoy en este mundo? ¿Qué sentido tiene el dolor, el sufrimiento y la muerte? ¿Qué pasará de mí cuando yo me muera? A todas estas preguntas contesta el evangelio. Dame, Señor, valor para hacerme estas preguntas y, sobre todo, dame tu gracia y tu fuerza para aceptar tu respuesta.

2.- Lectura reposada del evangelio. Mateo 16, 24-28

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: El que quiera venir conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Si uno quiere salvar su vida la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará. ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma? ¿O qué podrá dar para recobrarla? Porque el Hijo del Hombre vendrá entre sus ángeles, con la gloria de su Padre, y entonces pagará a cada uno según su conducta. Os aseguro que algunos de los aquí presentes no morirán sin antes haber visto llegar al Hijo del Hombre con majestad.

3.- Qué dice el texto.

Meditación-Reflexión

¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma? Con esta pregunta del evangelio, San Ignacio de Loyola conquista el alma juvenil de Javier. Esta es una pregunta clave que nos debemos hacer alguna vez en la vida. ¿De qué me sirve lo que estoy haciendo? ¿Desde dónde lo hago?  ¿Me llena, me satisface? ¿Me gustaría que mi vida terminara así? La respuesta a esta pregunta vital la tiene Jesús cuando dice: “El que quiera seguirme, que cargue con su cruz y me siga”. Jesús no dice que debemos cargar con esa Cruz suya, tan pesada,  Pide que carguemos con la nuestra. Y ¿cuál es nuestra  cruz? Sencillamente, la cruz de la vida. A mí me gustaría ser distinto de lo que soy, y sin embargo, me tengo que aceptar con mis limitaciones. Hay muchas cosas que no me gustan de las personas que conviven conmigo; y, sin embargo, tengo que aceptarlas. En esta vida hay cantidad de cosas que no soporto y, sin embargo, las tengo que asumir. El asumir la vida como es y no como a mí me gustaría que fuera, es propio de personas maduras. Y el cristiano es el más hombre, el que no huye de la vida, el que la acepta tal y como es, pero lucha por mejorarla tal y como hizo Jesús.

Palabra del Papa.

«No se trata de una cruz ornamental, o de una cruz ideológica, sino que es la cruz del propio deber, la cruz del sacrificarse por los demás con amor —por los padres, los hijos, la familia, los amigos, también por los enemigos—, la cruz de la disponibilidad para ser solidarios con los pobres, para comprometerse por la justicia y la paz. Asumiendo esta actitud, estas cruces, siempre se pierde algo. No debemos olvidar jamás que “quien perderá la propia vida [por Cristo], la salvará”. Es un perder para ganar.» (Homilía de S.S. Francisco, 19 de junio de 2016).

4.- Qué me dice hoy a mí este texto meditado. (Silencio)

5.-Propósito. Hoy aceptaré la vida como es, sin protestar en todo el día.

6.- Dios me ha hablado hoy a mí a través de su Palabra; y ahora yo le respondo con mi oración.

Señor, quiero agradecerte el realismo con que te enfrentaste a la vida, con sus problemas y limitaciones, también con sus enormes posibilidades. Tú eres el Hombre-Perfecto; por eso quiero acercarme a Ti y poner mis pies en las huellas que han dejado los tuyos. Si me alejo de Ti, soy un poco hombre; si me acerco a Ti, me realizo plenamente como persona. Señor, que nunca me separe de Ti.

ORACIÓN POR LA PAZ.

Señor Jesús, ten piedad de nosotros y concédenos la paz y la unidad, no permitas que nos soltemos de tus manos y danos un corazón capaz de amar como tú nos amas. María Madre nuestra, auxílianos en estas difíciles horas de la tribulación, se nuestra fuerza y consuelo. Cúbrenos con tu manto y que la sangre de tu bendito Hijo nos proteja de todo mal.

Comentario – Viernes XVIII de Tiempo Ordinario

Mt 6, 24-28

El viraje decisivo de los evangelios se hizo a partir de la Confesión de Pedro. Jesús se dirige hacia lo esencial, hacia «su hora»… y se concentra en lo que considera como trabajo suyo principal: la formación profunda del grupo de los Doce.

Jesús, después de haber anunciado a los discípulos su pasión y su resurrección, les dijo: «El que quiera venirse conmigo, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga.»

«Si alguien quiere venirse conmigo…»

Este «si» condicional, o sea la frase inicial: «El que quiera», me ayudan a penetrar en un misterio esencial de Dios: El es quien inventó la libertad del hombre… que es la grandeza del hombre según Dios. Jamás la forzará.

«Si tú quieres venir conmigo…»

¡Sí, Señor, lo quiero! Pero ¡ven a ayudar mi flaqueza! Esto es, precisamente, lo que me atrae en el evangelio: seguirte, ir contigo, vivir mi vida humana «como la vivió Cristo». Tú has ido delante. Tú me precedes a cualquier parte que yo vaya.

Considerarme como «aquel-que-trabaja-con»: mis trabajos de hoy, mis responsabilidades, «contigo», siguiéndote.

Que renuncie… que cargue con su cruz…

Sin estos requisitos no hay vida cristiana verdadera. La vida según el evangelio no es una vida fácil, como agua de rosas, muelle y sin consistencia.

Seguir a Cristo supone un cierto número de elecciones y de rupturas.

He escogido esto, he renunciado a aquello.

Es necesario que revise mi vida para ver si de hecho encuentro que hay en ella renuncias.
¿A qué he renunciado por ti, Señor?

El que quiera salvar su vida, la perderá… el que pierde su vida por mí, la conserva.

He aquí una fórmula paradójica que Jesús pronunció ciertamente, y, sin duda, con esas mismas palabras… pues se la encuentra seis veces en los evangelios: Mateo 10,39; 16, 25; Marcos 8, 35; Lucas 9, 24; 17, 33; Juan 12, 25.

Nuestra vida no está hecha para ser guardada, sino para ser entregada. Amar no es «sentir emoción», no es desear poseer al otro, es olvidarse de sí mismo para darse al otro. Cada vez que uno «toma» para sí, deja de amar. No digas que amas cuando quieres solamente disfrutar del otro: ¿no sería esto entonces un amarte solamente a ti mismo?

Sí, amas de veras, si eres capaz de renunciarte, de olvidarte, si eres capaz de morir a ti mismo en beneficio de aquel a quien amas.

El que más ha amado, es Jesucristo.

La «cruz» de Jesús no es solamente un instrumento de suplicio, de renuncia… es el signo mismo del más gran amor que haya levantado jamás a un corazón.

«No te he amado en broma…»

¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero si malogra su vida? O ¿qué puede dar el hombre a cambio de su vida?

Es para «salvarse» que hay que «perder»: la renuncia no tiene su fin en sí misma… es la condición de una «vida» en plenitud. ¡Por la renuncia y la cruz, Jesús no propone una destrucción, sino un desarrollo… una expansión total y eterna!

Porque el Hijo del hombre va a venir entre sus ángeles con la gloria de su Padre: Entonces pagará a cada uno según su conducta.

Señor, ayúdanos a vivir los verdaderos valores.

Noel Quesson
Evangelios 1

La misa del domingo

Luego de advertir a sus discípulos que deben cuidarse de toda clase de avaricia, el Señor los exhorta a confiar en la divina Providencia (ver Lc 12, 22-31). Ante la solicitud excesiva por que no les falte nada, o ante una insana preocupación por atesorar bienes y asegurarse con ellos el futuro, los discípulos deben aprender a ponerse confiadamente en las manos de Dios. Dios dará a sus hijos todo aquello de lo que tienen necesidad.

No es ésta ciertamente una invitación a cruzarse de brazos y esperar que todo “caiga del Cielo”, a dejar de trabajar para conseguir el sustento diario y cubrir las necesidades cotidianas, sino a no dejarse dominar por un asfixiante afán de riquezas o un ritmo de trabajo excesivo que termina por excluir a Dios de la vida diaria. Antes que “ganar” el mundo, el discípulo de Cristo debe preocuparse por conquistar el Reino venidero, la vida eterna. Antes que en el dinero o en las riquezas pasajeras, la confianza debe estar puesta en Dios, pues Él cuida de sus hijos. Lo necesario no les faltará jamás. Al buscar en primer lugar el Reino de Dios, todo lo demás Dios lo dará por añadidura.

La exhortación del Señor a confiar en la Providencia divina culmina con unas palabras muy alentadoras: «No temas, pequeño rebaño, porque el Padre de ustedes ha tenido a bien darles el Reino». En el Antiguo Testamento el rebaño es el pueblo de Israel y su pastor es Dios. El fiel israelita expresaba su confianza en Dios cantando: «El Señor es mi pastor, nada me falta… aunque pase por valle tenebroso, nada temo, porque tú vas conmigo; tu vara y tu cayado me sosiegan» (Sal 23, 1.4). También invocaba el auxilio de Dios clamando: «Pastor de Israel, escucha, tú que guías a José como a un rebaño» (Sal80, 2). Dios es el pastor de su pueblo. Es en estos mismos términos que el Señor Jesús se dirige a sus Apóstoles y discípulos para alentarlos a confiar en Dios a pesar de su pequeñez e insignificancia. No deben temer las dificultades o escasez que puedan encontrar en el camino, nada debe desalentarlos, pues ellos son la porción elegida por Dios, su pequeño rebaño. Él los conducirá a su destino eterno y les concederá finalmente los bienes de su Reino.

Seguidamente el Señor lleva la invitación a confiar en el Padre hasta un extremo radical: en vez de atesorar en esta vida, han de vender sus bienes y distribuir su riqueza entre los necesitados. De ese modo, afirma, estarán acumulando «un tesoro inagotable en el Cielo, don­de no se acercan los ladrones ni destruye la polilla». La razón para pedirles este acto de renuncia total a los bienes materiales es ésta: «allí donde tengan su tesoro, tendrán también su corazón». Ellos deben tener su corazón puesto únicamente en Él. Jesucristo debe ser para ellos como aquel tesoro que un hombre encuentra en un campo.  Por Él el discípulo lo vende todo con alegría para quedarse finalmente con aquél único Tesoro (ver Mt 13, 44).

Ante esta propuesta tan radical cabe preguntarse: ¿se trata tan sólo de una hipérbole o debe ser tomada literalmente? Y en caso de que sea una exigencia real, ¿vale igual para todos los cristianos? ¿O está dirigida sólo a sus Apóstoles?

Consta en los Evangelios que hay uno a quien el Señor le dijo explícitamente: «Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en los Cielos». No se trataba en este caso de una hipérbole, sino de una exigencia real. Aquel joven lo entendió así y por ello, dando media vuelta, «se marchó entristecido, porque tenía muchos bienes» (Mt 19, 21s; Lc 18, 22s). El apego a sus riquezas pudo más que su amor a Dios y su deseo de ganar la vida eterna. Prefirió aferrarse a sus riquezas en la tierra que adquirir un tesoro en los Cielos. Su fe y su amor a Dios se toparon con un límite: sus muchos bienes.

Consta asimismo que la comunidad de los Apóstoles y discípulos más comprometidos «vivían unidos y tenían todo en común; vendían sus posesiones y sus bienes y repartían el precio entre todos, según la necesidad de cada uno» (Hech 2, 44-45; ver Hech 4, 34-37).

Pero por otro lado consta que también personas ricas eran discípulos del Señor. A ellos no les había pedido venderlo todo para seguirlo. Ellos, con sus bienes, ayudaban al Señor en su misión (ver Mt 27, 57; Lc 8, 3).

Podríamos concluir entonces que aquella exigencia del Señor, aunque real, no se aplicaba a todos los discípulos por igual sino tan sólo a aquellos llamados a consagrar sus vidas al Señor y al anuncio de su Evangelio. Esto no exime a quienes no están llamados a este total desprendimiento de vivir la generosa comunicación de sus bienes y de confiar en la Providencia divina. Todo discípulo del Señor debe atesorar en el Cielo viviendo la solidaridad, la caridad y comunicación de bienes con sus hermanos humanos.

No deja el Señor de invitar a sus discípulos a dirigir sus miradas más allá de la vida presente. Esta vida es pasajera, y ninguna riqueza de este mundo es capaz de “comprar” al hombre la vida eterna. Al contrario, las riquezas pueden llevar a quien les entrega el corazón a perder la vida eterna: «¡Qué difícil es que los que tienen riquezas entren en el Reino de Dios!» (Lc 18, 24). ¿Dónde quedarán las riquezas, la fama y el poder que alcanzó en esta vida? «¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida?» (Mt 16, 26) Sólo Dios puede dar al hombre la vida eterna. Sólo quien cree en Él y en su enviado, Jesucristo, tiene la garantía de que heredará la vida eterna. Sólo quien sabe vivir desapegado de lo temporal y sabe usar rectamente de sus bienes, abriéndose a su comunicación generosa, puede “atesorar en el Cielo”.

Quien cree en el Señor, espera también en el cumplimiento de su promesa: mientras este mundo pasa, Él vendrá al final de los tiempos para juzgar a cada uno conforme a sus obras, conforme al amor vivido con sus semejantes (ver Mt 25, 31ss). Y quien espera en el Señor se mantiene vigilante, tiene «ceñida la cintura y encendidas las lámparas». El Señor Jesús invita reiteradamente a sus discípulos a la espera vigilante: «Ustedes estén como los que aguardan a que su señor vuelva de la boda, para abrirle apenas venga y llame». Esta imagen está tomada de la vida cotidiana. Cuando su señor se iba a una boda, el siervo debía mantenerse en vela, esperando a que llegue para «abrirle apenas venga y llame». Las “lámparas encendidas” simbolizan la actitud de espera durante la noche. El tener “ceñida la cintura” indica tener levantados y ajustados los vestidos para estar pronto para el servicio.

El Señor Jesús promete a sus discípulos que Él mismo se ceñirá, los sentará a su mesa y se pondrá a servirles si al volver los encuentra vigilantes. Su “mesa” es un banquete, imagen que de ordinario significaba el mesiánico Reino de los Cielos.

Insiste el Señor en la necesidad de la vigilancia aún cuando la espera se alargue. Él viene inexorablemente: «estén preparados, porque a la hora que menos piensen viene el Hijo del hombre». Su venida será inesperada, como inesperada es la venida de un ladrón en la noche.

A la pregunta de Pedro si la parábola la había dicho sólo por ellos o por todos, el Señor responde con otra parábola. En ella se refiere a un administrador. De éste se espera que sea «fiel y solícito», que cumpla cabalmente con lo que su señor le confía mientras éste se ausenta. La finalidad de esta parábola es la misma que la anterior: un llamado a la vigilancia, una vigilancia que implica cumplir fielmente, día a día, con las propias responsabilidades y deberes delegados por su señor. Cuando vuelva el dueño de la hacienda, el administrador deberá responder por la fidelidad con la que cumplió su gestión. Lo mismo hará el Señor con sus apóstoles y con todos aquellos a quienes les confía un puesto de gobierno en su Iglesia: «A quien se le dio mucho, se le exigirá mucho; y a quien se le confió mucho, se le pedirá mucho más».

LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

El tesoro simboliza algo de mucho valor. Tras aquello que considera de mucho valor para sí se va el hombre entero: «allí donde tengan su tesoro, tendrán también su corazón» (Lc 12, 34). Mi tesoro puede ser el dinero, oro y joyas, o también cualquier otra cosa o persona a la que finalmente mi corazón está totalmente adherido.

Hay, pues, diversos tipos de tesoros. Unos son materiales, otros pueden ser morales o espirituales. Según las riquezas que posea cada cual, quedará enriquecido él mismo. El que halla sus riquezas en cosas vanas, quedará pobre y vacío interiormente. Si la riqueza la halla en lo espiritual, quedará enriquecido en el hombre interior (ver Ef 3, 16).

Hay tesoros que no sólo empobrecen, sino peor aún degradan al ser humano. Son falsos tesoros, perlas falsas. Por otro lado, hay riquezas que elevan al ser humano a su máxima grandeza. Jesucristo es el mayor tesoro para el ser humano. Al conocerlo a Él, nos adentramos en el propio conocimiento, descubrimos nuestra propia identidad, podemos hallar la verdadera respuesta a las preguntas fundamentales: ¿quién soy? ¿Cuál es mi origen, cuál mi destino, cuál el sentido de mi existencia? En la amistad con Él aprendo a vivir la auténtica amistad. Amándolo a Él experimento lo que es verdaderamente el amor, y en la escuela de su Corazón aprendo a vivir ese amor sin el cual la vida del hombre carece de sentido. Él no sólo es la respuesta a todos nuestros anhelos y búsquedas de felicidad, sino que en Él podemos saciar nuestra sed de Infinito. Él es la fuente de nuestra vida, de nuestro amor, de nuestra felicidad. Es decir, en Cristo, al conocerlo, al amarlo, al abrirle las puertas del propio corazón, al “hacerlo nuestro”, podemos proclamar: ¡Vale la pena ser hombre, porque Tú, Señor, te has hecho hombre! ¡Y te has hecho hombre para elevarme a mí a la participación de tu misma naturaleza divina! (ver 2 Pe 1, 4) ¿Puede haber mayor riqueza que esa, una riqueza incalculable que deviene en un «pesado caudal de gloria eterna» (2 Cor 4, 17)?

Ser sabio y sensato es dar a cada cosa su valor real, en vistas a la propia realización, a alcanzar la propia y eterna felicidad. Como un negociante de joyas: es un buen negociante quien conoce su oficio y por lo tanto difícilmente puede ser engañado con piedras falsas o de poco valor. En cambio, un hombre ingenuo y tonto es capaz de cambiar piedras preciosas por baratijas, oro por espejuelos.

Mi propia realización pasa por la objetiva valoración que haga de los “tesoros” que se presentan ante mí, así como de la opción correcta que haga a partir de esta luz objetiva. El discípulo del Señor Jesús debe tener siempre el coraje de abandonar todo aquello que constituya un obstáculo para su verdadera realización y adherir su corazón, su inteligencia, sus afectos, su voluntad, a lo que es verdaderamente valioso, a lo que finalmente me llevará a “ganar la gloria eterna”.

Comentario al evangelio – Viernes XVIII de Tiempo Ordinario

Morir a sí mismo

¿Alguna vez has intentado «perder» algo conscientemente, por ejemplo, querer perder una cartera? Es bastante difícil, ¿verdad? Es cuando no somos conscientes de algo que podemos terminar perdiéndolo. Ahora, aplica esto a «perder la vida por Cristo». Cuánto se empeñan algunas personas en «perder» su vida por Cristo y acaban haciéndose daño a sí mismos y a los demás. Cuando Jesús nos invita a negarnos a nosotros mismos o a perder la vida por él, no está abogando por la violencia autoinfligida. He aquí un ejercicio: En este momento, si estás pensando en tu cabeza/dientes, lo más probable es que estés sufriendo un dolor de cabeza/dientes. En cambio, si tu cabeza/diente está sano, simplemente te olvidas de que tienes una cabeza/diente, ¡pero la usas bien! Lo mismo ocurre con la vida. Cuando tienes una actitud sana ante la vida, no te aferras a ella, sino que simplemente te «olvidas» de tu vida y la dejas caer, para fines mayores. Hay un «olvido de sí mismo» cuando relativizas tu propia vida y te preocupas por la de los demás, una verdadera muerte que dejamos entrar sin violencia.

Paulson Veliyannoor, CMF

Meditación – Viernes XVIII de Tiempo Ordinario

Hoy es viernes XVIII de Tiempo Ordinario.

La lectura de hoy es del evangelio de Mateo (Mt 16, 24-28):

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la encontrará. Pues, ¿de qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? O, ¿qué puede dar el hombre a cambio de su vida? Porque el Hijo del hombre ha de venir en la gloria de su Padre, con sus ángeles, y entonces pagará a cada uno según su conducta. Yo os aseguro: entre los aquí presentes hay algunos que no gustarán la muerte hasta que vean al Hijo del hombre venir en su Reino».

Hoy Jesús formula una pregunta clave: «¿Qué puede dar el hombre a cambio de su vida?». Respuesta: nada que no sea dar la misma vida a Dios. Esto supone que nadie existe por casualidad: el hombre no es un ser «arrojado» al mundo por azar, sino que fuimos creados porque Dios ya nos conocía y nos amaba.

A la vida de cada hombre le precede un conocimiento, una idea y un amor, que constituyen el fundamento de nuestra existencia. La creación se ha hecho para abrir un espacio en el que poder responder al amor de Dios. El cosmos no fue creado para que hubiera multitud de astros y tantas otras cosas más, sino para que hubiera un lugar para la «alianza», para el «sí» del amor entre Dios y el hombre que le responde.

—Señor, mi libertad y tu Cruz están en mi respuesta: sin libertad mi respuesta no sería de amor; sin la Cruz no sería respuesta adecuada para seguirte.

REDACCIÓN evangeli.net

Liturgia – Viernes XVIII de Tiempo Ordinario

VIERNES DE LA XVIII SEMANA DE TIEMPO ORDINARIO, feria

Misa de la feria (verde)

Misal: cualquier formulario permitido. Prefacio común.

Leccionario: Vol. III-par.

  • Nah 2, 1. 3; 3, 1-3. 6-7. Ay de la ciudad sanguinaria.
  • Salmo: Dt 32, 35-41. Yo doy la muerte y la vida.
  • Mt 16, 24-28. ¿Qué podrá dar un hombre para recobrar su alma?

Antífona de entrada          Cf. Sal 16, 15
Yo aparezco ante ti con la justicia, y me saciaré mientras se manifestará tu gloria.

Monición de entrada y acto penitencial
Hermanos, al comenzar la celebración de la Eucaristía, dispongámonos a participar dignamente en ella purificando nuestros corazones con un sincero arrepentimiento y pidiendo perdón a Dios por nuestros pecados.

            Yo confieso…

Oración colecta
SEÑOR, Dios nuestro,
revístenos con las virtudes del Corazón de tu Hijo
e inflámanos en sus mismos sentimientos,
para que, conformados a su imagen,
merezcamos participar de la redención eterna.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Oración de los fieles
Elevemos, hermanos, fervientes oraciones a Dios nuestro Padre.

1.- Para que proteja y guíe a su Iglesia santa. Roguemos al Señor.

2.- Para que el Señor llene de su gracia a los obispos, sacerdotes y ministros. Roguemos al Señor.

3.- Para que conceda a todo el mundo la justicia y la paz. Roguemos al Señor.

4.- Para que socorra a los que están en algún peligro. Roguemos al Señor.

5.- Para que a nosotros mismos nos conforte y conserve en su servicio. Roguemos al Señor.

Te pedimos, Dios de bondad, que te muestres favorable a las oraciones de los que te suplican. Por Jesucristo nuestro Señor.

Oración sobre las ofrendas
MIRA Señor, los dones de tu Iglesia suplicante
y concede que sean recibidos
para crecimiento en santidad de los creyentes.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Antífona de comunión          Cf. Sal 83, 4-5
Hasta el gorrión ha encontrado una casa; la golondrina, un nido donde colocar sus polluelos: tus altares, Señor del universo, Rey y Dios mío. Dichosos los que viven en tu casa, alabándote siempre.

Oración después de la comunión
DESPUÉS de participar del sacramento de tu amor,
imploramos de tu bondad, Señor,
ser configurados con Cristo en la tierra
para que merezcamos participar de su gloria en el cielo.
Por Jesucristo, nuestro Señor.