En vela y con corazón

Como suele pasar con la mayoría de los relatos evangélicos, las comparaciones puestas en boca de Jesús exceden la realidad y los relatos se vuelven intrigantes y hasta distópicos. Estos relatos del texto de Lucas 12,32-48 son cuanto menos inquietantes y se distancian bastante de lo que podemos suponer que se daba en el entorno de Jesús. Ciertamente, es muy improbable que en la práctica un sirviente se mantenga en vela toda la noche, todas las noches. Mucho más increíble es que el señor, al llegar, si encontrara a sus sirvientes en vela, se pusiera a servir él mismo a los sirvientes. La metáfora resulta cada vez más increíble: sirvientes que cumplen la voluntad de un señor aún sin conocerla y un señor que castiga con azotes o que sirve él mismo a sus sirvientes, según el caso.

Es clara la insistencia de este texto acerca del estar en vela, vigilante, el estar preparados y, sobre todo, acerca de la premura por cumplir la voluntad de Dios. Pero no se trata de hacer lo que se pueda con buena intención o de intentar conocer la voluntad de Dios. El relato es sumamente exigente: conocer o no conocer la voluntad no exime de cumplirla, y todas las acciones tienen consecuencias drásticas.

Este relato podría interpretarse de manera actual como una llamada a convertirnos en agentes de nuestra propia vocación y misión y a discernir en común espacios institucionales que hagan posible la realización del reino. Siempre teniendo presente que estas exigencias son realizables ya que están en función de una promesa: “No temas, pequeño rebaño, que el Padre ha querido darles el reino”.

Por el contrario, el activismo es uno de los desafíos que sigue acechando nuestras comunidades. Incluso en las comunidades más vitales, se piden muchas obras y tareas a cada uno, la mayoría de ellas muy buenas y necesarias. Sin embargo, en el relato no se habla de cantidad; no se trata de hacer mucho; se trata de mantenerse “en vela” y de estar atentos para cumplir la voluntad de Dios. Este estar en vela requiere fe y atención; requiere de un discernimiento individual y de uno colectivo, de uno personal y de otro institucional.

Unir la atención, el trabajo y la acción no resulta sencillo. Los tiempos actuales están mucho más llenos de activismo que de acción. La filósofa Hannah Arendt distingue bien el trabajo y la acción. El trabajo estaría más vinculado al hacer para cubrir las necesidades mientras que la acción sería aquella actividad propiamente humana que tiene un sentido más allá de las necesidades y que contribuye a la formación de realidades que colaboran en el crecimiento y desarrollo de todos y de todo. Por supuesto que un activismo sin dirección queda descartado de las opciones éticas.

En el mismo sentido, orientar las decisiones, las expectativas e incluso las posesiones al sentido profundo de la vida es el requisito sine qua non para que crezca el reino. Y esta disposición desapegada genera entusiasmo, inspiración, prevalece frente a los obstáculos y anima a la acción, porque está claro que “donde está tu tesoro allí está tu corazón”.

Paula Depalma

Lectio Divina – La Transfiguración del Señor

“Subió al monte a orar”

1.- Oración introductoria.

Señor, el evangelista San Lucas nos presenta la transfiguración en clave de oración. Hoy quiero subir contigo a la montaña para que me enseñes a orar. Quiero que me hables de la oración desde tu misma experiencia personal. Cuando Tú rezas, todo cambia, todo se transfigura. Quiero que mi oración me lleve a la vida y que la gente descubra que yo no soy igual que antes, que alguien me ha tocado por dentro.

2.-Lectura sosegada de la Palabra de Dios. Lucas 9, 28-36

En aquel tiempo, Jesús se llevó a Pedro, Juan y Santiago, y subió al monte a orar. Y sucedió que, mientras oraba, el aspecto de su rostro se mudó, y sus vestidos eran de una blancura fulgurante, y he aquí que conversaban con él dos hombres, que eran Moisés y Elías; los cuales aparecían en gloria, y hablaban de su partida, que iba a cumplir en Jerusalén. Pedro y sus compañeros estaban cargados de sueño, pero permanecían despiertos, y vieron su gloria y a los dos hombres que estaban con él. Y sucedió que, al separarse ellos de él, dijo Pedro a Jesús: Maestro, bueno es estarnos aquí. Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías, sin saber lo que decía. Estaba diciendo estas cosas cuando se formó una nube y los cubrió con su sombra; y al entrar en la nube, se llenaron de temor. Y vino una voz desde la nube, que decía: Este es mi Hijo, mi Elegido; escuchadle. Y cuando la voz hubo sonado, se encontró Jesús solo. Ellos callaron y, por aquellos días, no dijeron a nadie nada de lo que habían visto.

3.- Qué dice el texto.

Meditación-reflexión

En Lucas la Transfiguración es consecuencia de la oración. Entonces, ¿Para qué la montaña?

1.– SUBIMOS A LA MONTAÑA PARA RESPIRAR EL AIRE PURO DE DIOS. El hombre moderno, que vive en las grandes urbes, necesita la montaña para liberarse de los ruidos, el asfalto, la   polución. Necesita respirar  el aire puro de la montaña. Y en esta sociedad materialista  el hombre también necesita respirar el aire puro de la montaña de Dios. Necesita respirar la verdad, la belleza, el amor, la paz. Subir a la montaña va siendo una necesidad existencial.

 2.- SUBIMOS A LA MONTAÑA PARA CAMBIAR. Notemos que los discípulos que subieron con Jesús eran Pedro, Juan y Santiago. Pedro quería impedir que Jesús fuera a la Cruz. Santiago y Juan, al entrar en Samaría, querían que Jesús enviase fuego para arrasar esa ciudad que no lo había querido recibir (Lc.9,54). Estos apóstoles necesitan cambiar de actitud. Por eso Jesús los llevó a la montaña. El cambio que dieron los discípulos en la Montaña aparece al final cuando dice el texto paralelo de Marcos: “Y ya no vieron a nadie sino únicamente a Jesús” (Mc. 9,8). Este debe ser el resultado de todo auténtico encuentro con el Señor: No ver ya a otra persona  sino a Jesús. Y ver el mundo a través de Jesús.

3.- SUBIMOS A LA MONTAÑA PARA INICIAR UN NUEVO CAMINO. La gran equivocación de los apóstoles, representados por Pedro, era el “querer permanecer allí”. ¡Qué bien se está aquí! Si Jesús les ha llevado al monte de la transfiguración, no ha sido para que se quedaran en ese monte, sino para que desde ese Monte, divisaran otro monte: el del Calvario. Jesús quiere que vivan una experiencia “gratificante” para que no se escandalizaran de la Cruz.

         Palabra del Papa                                                                                               “Qué bien se está aquí. Sí, qué bien se está aquí. Pero Señor, ¿por qué no dejaste a Pedro que permaneciera en esa calma? ¿Por qué lo sacaste de ese momento de contemplación? Y a mí me haces lo mismo. En medio del sosiego de mi oración, alguna dificultad irrumpe en el silencio. Cuando pienso que todo es hermoso, me anuncias la cruz. Cuando pienso que el día es claro, llega la tormenta. ¿Por qué no me dejas más tiempo en mi sueño? ¿Por qué no me dejas poner una tienda? Señor, me doy cuenta que ésa es la vida del cristiano. Levantarse, contemplar la gloria y, al mismo tiempo, cargar con la cruz de cada día. Cuando miro el sol, sólo lo puedo hacer por unos breves instantes, porque después todo se oscurece. En esta vida puedo ver la gloria, porque es a donde voy, pero tengo que seguir caminando. No será fácil, tengo que sudar. Tengo que esforzarme en los tramos más difíciles. Tengo que entrar por la puerta estrecha”.  (Homilía de S.S. Francisco, 12 de agosto de 2015).

4.- Qué me dice hoy a mí este texto ya meditado. (Silencio)

5..- Propósito. En este día voy a tratar de vivir en mí, muy unidos, la oración y la vida.

6.- Dios me ha hablado a través de su palabra. Y ahora yo le respondo  con mi oración

Señor, ayúdame a aceptarte como  eres, sin pretender cambiarte. Haz que sepa disfrutar en el Tabor y prepararme para el monte Calvario. Que me goce con tu presencia y no me escandalice de tu ausencia. Haz que te acepte a Ti por encima de tus dones. Que sepa gritar  contigo: Padre, ¿por qué me has abandonado? Y después confiar plenamente en Ti, diciendo: “Padre, en tus manos pongo mi espíritu”.

ORACIÓN POR LA PAZ.

Señor Jesús, ten piedad de nosotros y concédenos la paz y la unidad, no permitas que nos soltemos de tus manos y danos un corazón capaz de amar como tú nos amas. María Madre nuestra, auxílianos en estas difíciles horas de la tribulación, se nuestra fuerza y consuelo. Cúbrenos con tu manto y que la sangre de tu bendito Hijo nos proteja de todo mal.

Vigila: ¡Dios viene!

1.- Dios vino, viene y vendrá. El hombre espera, acoge y vigila. Pero, en paralelo a estas dos corrientes (Dios viene y el hombre espera), corre otra más desde que, algunos hombres, decidieron apagar el faro de una vigilancia real y activa.

Otros, en cambio, aún con limitaciones seguimos esperando, acogiendo y espabilados para que las costas de nuestras almas y de nuestros corazones, no se vean impregnados por la contaminación de últimas ideas de turno invitando a la deserción, al descrédito de la iglesia (aunque tenga cosas negativas), etc.

2.- .Viene el Señor. De muchas maneras y en muchas circunstancias. Otra cosa es que (ajenos a la vigilancia) estemos tan distraídos que no sepamos mirar en la dirección por donde Dios sopla, viene y habla.

En este domingo del mes de agosto mi pensamiento se va a la orilla de cualquier costa sembrada por los legendarios faros. Siempre encendidos y con su importante cometido: vigilando para que los barcos lleguen a buen puerto.

La vigilancia cristiana puede estar perfectamente representada por ese faro que espera a que su Señor llegue en cualquier momento. Para que, si el Señor se acerca, no encuentre obstáculos para entrar en la vida de los que creemos en El. Para que, si el Señor se decide presentarse definitivamente, nos encuentre oteando el horizonte con los prismáticos de la oración, de la escucha y meditación de su Palabra, de la riqueza de corazón, intentando cumplir su voluntad y comprometidos en el mundo con los esquemas de su reino.

3.- .Existe una vieja leyenda en mi parroquia sobre un escultor de un Cristo penitente del siglo XVII. Había tallado y finalizado su obra cuando, de una forma imprevisible, la imagen le habló: “¿dónde me has visto que tan bien me has tallado? El artista le contestó: “en mi corazón Señor”.

En el corazón es donde hemos de guardar un lugar privilegiado para que Dios siga hablando y nos siga diciendo algo. Es donde valoramos profundamente la verdad de las cosas y la esterilidad de lo aparentemente bonito. Es donde orientamos la veleta de nuestra existencia y donde se disparan también las luces de alarma cuando nos alejamos del Señor. Es donde nos vamos haciendo idea de un Dios que, lejos de amenazar, nos dice que viene y que por lo tanto hemos de estar vigilantes.

4.- Puede ser que el momento coyuntural que estamos viviendo nos invite y nos empuje a soplar e ir apagando esos destellos de vigilancia, que pueden ser:

La Eucaristía para esperar bien alimentados

-La comunión con la iglesia, para esperar bien sintonizados con Dios

-La escucha de la Palabra, para esperar distinguiendo lo bueno de lo malo

-Las buenas obras, para esperar con el testimonio de la fe

Puede ser que el mundo se empeñe en pontificar que es de día cuando, en realidad, bastantes almas y bastantes contemporáneos nuestros viven en una interminable e insoportable noche.

Frente a ello seguiremos subiendo hasta la azotea de nuestra vida para encaminarnos con fe y con esperanza hacia el futuro.

Necesitamos despertar de tanta pesadilla que nos amordaza y nos mantiene presos del pasado.

Necesitamos ser “guardas jurados” de nuestra vida cristiana para que, cuando el Señor arribe, nos encuentre creyendo, amando, cantando y pregonando sus alabanzas.

Ojalá que, cuando el Señor venga, no pase de largo al ver las luces de nuestros corazones apagadas

Javier Leoz

Comentario – Sábado XVIII de Tiempo Ordinario

Mt 17, 14-20

Un hombre se acercó a Jesús: «Señor, ten compasión de mi hijo, que tiene epilepsia y con los ataques su estado es muy deplorable… Se lo he traído a tus discípulos y no han podido curarlo».

Es curioso: Este pobre hombre, en lugar de ir directamente a Jesús, se ha dirigido primero a los apóstoles. No habiendo obtenido nada se dirige luego a su Maestro.

Todo lo que sigue versará sobre un diálogo de Jesús con sus apóstoles.

Y, de entrada, la respuesta de Cristo es de una increíble dureza para ellos:

«¡Gente sin fe y pervertida! ¿Hasta cuándo os tendré que soportar? ¡Traédmelo aquí!

Tres o cuatro veces en el evangelio Jesús manifiesta su sufrimiento de tener que vivir con gente que no entiende nada.

Tú, el Hijo de Dios altísimo, Tú, el Santo, la Inteligencia sumamente aguda… has aceptado vivir con pobres seres obtusos, pecadores, incrédulos.

Perdón, Señor, por nuestras pequeñeces y por nuestras mezquindades. Perdón, Señor, por todas las decepciones que te infligimos.

Y ¡eran tus apóstoles los que merecían esos reproches violentos! Sí, hoy todavía, debes seguir sufriendo de ese modo y por la misma razón: obispos, sacerdotes, que dudan de que el Espíritu continúa obrando…, cristianos, que no creen en el poder del Espíritu.

…¿Por qué razón no pudimos echar ese demonio nosotros? -Porque tenéis poca fe.

Jesús tropezó con la incredulidad, con la ineficacia de su trabajo: sembró la Palabra sin resultado aparente.

La fe. El punto de apoyo en Dios. Sí, creo.

La correspondencia a la Palabra de Dios. Sí, creo.

La confianza otorgada a la Palabra de Jesús. Sí, creo.

Ven, Señor, ayúdanos cuando falla nuestra fe.

Os aseguro que si tuvierais fe como un grano de mostaza, diríais: a esta colina: «Muévete de aquí allá.» Y se movería.

¡Hay que tomar en serio esas palabras del Señor! Efectivamente no se trata de desplazar materialmente «montañas» de piedras; pero la Fe puede realizar otras tareas que no son menos difíciles:

desplazar montañas de orgullo, de egoísmo, dé cobardía…

cambiar corazones, hábitos…

transformar hombres, haciéndoles capaces de entrar en relación con Dios…

La Fe, tal como es considerada aquí por Jesús, es una fuente de audacia, de iniciativa, de empresas aparentemente imposibles.

¡Desplaza mis «montañas», Señor!

¡Dame esa fe, que es el apoyo de tu propio poder divino!

Y nada os será imposible.

¡Cuánto me gusta oírte decir esto, Señor Jesús! Repíteme esa palabra.

La escucho. La aplico serenamente a mi jornada de hoy, sin exaltación extraordinaria, pues me conozco, sino contando solamente contigo. Sí, líbrame de mis entusiasmos que no llegan al día siguiente. Pero dame esa tenacidad de la Fe adulta, y nada me será imposible, como lo has prometido… La Fe, tal como Jesús la ve, es una fuerza: triunfa de lo imposible, duplica las fuerzas del hombre, es un «poder de Dios» para la salvación de cualquiera que cree. (Romanos I, 15)

Noel Quesson
Evangelios 1

Lista de campeones y trofeos

1.- Sabréis que los aficionados al deporte, se acuerdan siempre de los que han triunfado, de las copas o medallas que su equipo preferido ha obtenido, o de las veces que ha subido al podio el atleta de sus preferencias. Se pintan su cara con sus colores, dibujan sus anagramas o logotipos, se enorgullece de las victorias de ellos, de tal manera se identifican, que utilizan con frecuencia el nosotros, refiriéndose a ellos. No os extrañará escuchar que alguien dice: hemos ganado, sin haber llegado ni siquiera a pisar el césped del campo

Pues con esta ambientación de triunfo y de trofeos, debéis escuchar la segunda lectura de hoy, mis queridos jóvenes lectores. Son referencias a héroes que jalonaron la Historia de la Salvación, en la cual, por el bautismo y la Fe, nosotros estamos sumergidos. Con ellos, y con los que se añadirán después, si que podemos y debemos emplear el nosotros. Los santos son nuestros compañeros de equipo y, como pasa en algunos deportes, el que gana es gracias a la colaboración de unos segundones, a veces anónimos, que le aúpan. Abraham y Sara compitieron nuestro mismo combate. Soñaron escuchar el mismo himno que podremos escuchar nosotros, porque en la competición del Cielo, mucho más importante que el «tour», el circuito de Le Mans o el Roland Garros, se goza de un privilegio: está al alcance de todos, el éxito y todos cabemos en el pedestal. Es cuestión sólo de que nos digan que ha llegado el turno de subir a la tarima y experimentar el triunfo.

2.- Vosotros sabéis que, para iniciarse en un deporte, es preciso, en primer lugar, «quemar grasas». Muchas veces habréis practicado o visto practicar el footing, pues bien, lo equivalente en el terreno espiritual, recibe el nombre de ascética. Para crecer en categoría, hay que empezar por saber abstenerse y tal vez eliminar «toxinas», que son los vicios. Pero no es suficiente reducir grasa, hay que endurecer y agilizar los músculos, calzar zapatos apropiados, vestir de acuerdo con los movimientos y el ejercicio que se deba practicar. Es muy diferente como compite una tenista, al duro y acolchado uniforme usado por un piloto, para una competición de GP.

Y después de todo esto, sabéis que es preciso mantenerse en buen estado. El esquiador tal vez en nuestro verano, deba trasladarse a tierras andinas o correr penosamente descalzo por la arena de la playa. En el terreno deportivo, puede ocurrir que para enaltecer una celebración ciudadana, o alegrar un acontecimiento de importancia histórica, se improvisen campeonatos de lucimiento. El buen deportista debe estar siempre preparado.

3.- Alejándonos del terreno deportivo, vayamos a otro símil que nos puede también ser útil. En ocasiones, algunas de vosotras aceptáis trabajos de vigilancia de niños, trabajo de canguro lo llamáis frecuentemente. O los chicos os comprometéis a vigilar a animales mascota o a mantener en buenas condiciones un terreno de juego. Unas y otros, si queréis ser honestos y recibir la paga, no podréis distraeros, no podréis abandonar la vigilancia. ¡Pobres de vosotros si os encuentra dormido el que os proporcionó el trabajo! Pero si os habían dicho que debíais dar la papilla al bebé y no se la habéis dado, y ha pasado hambre la criatura, la bronca será de campeonato. Ahora bien, si no os habían advertido que era necesario bañarlo y no habéis pensado en ello, podrá enfadarse la mamá, pero no tanto. No os canso con más ejemplos. Es preciso estar atentos, estar preparados, nos lo advirtió Jesús. El fundador del escultismo nos puso esta advertencia como lema, la sacó del texto del evangelio de Mateo y Lucas, como leemos hoy. A los que pertenezcáis a este movimiento, del que estos días celebramos su centenario, os calará más profundamente esta expresión. Seamos, me incluyo yo, scout desde 1949, leales al deseo de Jesús y de Baden Powell.

Pedrojosé Ynaraja

Dios es siempre mayoría

1.- «Aquella noche se les anunció de antemano a nuestros padres para que tuvieran ánimo al conocer la promesa de que se fiaban» (Sb 18, 6) Tener ánimo, vivir con ganas todas las peripecias que la vida trae consigo. Conservar la serenidad, el afán de conquistar nuevos horizontes, el empeño de una continua superación. Optimista ante cualquier dificultad que se presente. Mirando la vida con calma, siempre con buen humor. Cuando uno está seguro de la victoria final, esa actitud animosa es posible. Sí, porque se está convencido de que pase lo que pase, no pasa nada. Por supuesto que se surgirán las dificultades, se sentirá su peso sobre los hombros como cualquiera lo pueda sentir. Incluso es posible que no se puedan evitar las lágrimas que brotan ante el dolor, o ante la ingratitud. Pero en el fondo del espíritu siempre habrá paz, serenidad, una formidable calma.

Y todo porque se conoce la promesa de Dios, se confía en él. «Yo estaré con vosotros hasta la consumación de los siglos», dijo el Señor a los suyos. Y también, a través de san Pablo como vimos, ha dicho que todo concurre para el bien de los que aman a Dios. Todo, absolutamente todo. Y nada, absolutamente nada, podrá arrancarnos del amor divino… Cuando se cree firmemente en esas palabras, cuando uno se fía totalmente de Dios, entonces no hay dificultad que acobarde, no hay pena que ahogue, ni hay dolor que aniquile. Ante los mayores peligros, ante el más grande riesgo, el creyente podrá decir con san Pablo: «Sé de quién me he fiado».

«Tu pueblo esperaba ya la salvación de los inocentes y la perdición de los culpables» (Sb 18, 7) Cuánto culpable queda impune, cuánto crimen sin castigo. Siempre vemos esas películas en las que al final el criminal nunca gana. Pero no es cierto. Por nuestras calles y plazas hay mucho delincuente impune y suelto. Generalmente los que van a la cárcel son los rateros de poca monta, los contrabandistas de medio pelo. Esos otros, los grandes ladrones, los que se hinchan a ojos vistas, ésos andan libremente, respetados incluso como personas honorables.

Por el contrario, hay inocentes que sufren. Hombres buenos que viven sentados en una silla de ruedas, niños que se retuercen grotescamente al caminar. Y los que sufren, sin posibilidad de escape la sentencia inapelable de un castigo injusto. Los que mueren en las líneas avanzadas, mientras que los altos mandos planean sobre una gran mesa el modo de ganar la guerra.

Es el primer acto, el preludio de la gran sinfonía, la obertura del gran drama sinfónico. Hay que esperar a que se levante de nuevo el telón. Sólo entonces podremos ver el verdadero final de la historia y comprender el porqué del silencio de Dios ante el triunfo del culpable y el oprobio del inocente.

2.- «Dichosa la nación cuyo Dios es el Señor» (Sal 32, 12) Por derecho de creación Dios es dueño absoluto de cuanto existe. Todo ha salido de sus manos y todo le pertenece. De modo particular es suyo el hombre, la criatura predilecta a la que él mismo formó a su imagen y semejanza. Por eso todos los hombres, y no sólo Adán, son pertenencia del Señor.

No obstante, de entre todos los pueblos, quiso Dios elegirse uno que fuera suyo de modo particular. Este pueblo fue Israel que quedó por ello constituido como Pueblo de Dios, nación santa, reino de sacerdotes, en el que cada ciudadano viene a ser santo, persona sagrada y apta para dar culto a Dios, apartada en cierto modo del resto de los mortales para el servicio divino.

Pero ese pueblo profanó su condición sagrada y rompió la Alianza que había sellado con el Señor. En lugar de servir al Señor, se rebelaron obstinadamente. Sin embargo, Dios no los olvidó, eligió a un pequeño grupo de entre ellos, el resto de Israel que anunciaron los profetas y renovó con ellos la Alianza. Una Alianza Nueva en la que se abren las puertas del Reino a todas las gentes, sean o no descendientes de Abrahán. Así nació la Iglesia de Cristo, el nuevo Pueblo de Dios.

«Los ojos del Señor están puestos en sus fieles» (Sal 32, 18) Esa elección, por la infinita misericordia de Dios, recae sobre cada uno de nosotros que, desde el momento de nuestro bautismo, entramos a formar parte del Pueblo de Dios. San Pedro nos lo recuerda con las mismas palabras del libro del Éxodo que hemos citado antes, y nos dice que somos linaje escogido, nación santa, pueblo de adquisición para anunciar las grandezas del que nos llamó de las tinieblas a su luz admirable.

Es, sin duda, un privilegio admirable, un don que nunca agradeceremos lo suficiente a Dios nuestro Padre. Pero también es un título, este de ser hijos de Dios, que nos exige un comportamiento especial. Nobleza obliga, y podemos decir que no hay nobleza mayor en toda la tierra que la de ser cristiano.

Sería una pena que repitiéramos en nosotros la historia de los israelitas, que fuéramos rebeldes nosotros también y rompiéramos la Alianza, sellada ahora con la sangre de Cristo. Rectifiquemos una vez más, volvamos a la casa paterna para decirle que sentimos haberle ofendido, para prometerle que no le ofenderemos nunca más.

3.- «La fe es seguridad de lo que se espera, y prueba de lo que no se va» (Hb 11, 1) El autor sagrado se fija en uno de los aspectos que la fe lleva consigo, esa seguridad que hace al creyente firme como una roca. Efectivamente, el que cree en Cristo se ha de sentir siempre seguro. Muchas veces se da a Dios el nombre de peña, de roca o de baluarte, para expresar la firmeza del apoyo divino, la seguridad plena de quien se apoya en Dios cuando se vea en peligro de sucumbir. Sí, el Señor es nuestro apoyo supremo, podemos decir que nuestro único apoyo, el que nunca fallará, el que nos sostendrá en nuestro continuo tambaleo.

Hemos de persuadirnos de la fuerza de Dios, de su poder y sabiduría. Hemos de recurrir a él en todas nuestras vacilaciones. A veces, cuando nos vemos en peligro, o estamos a punto de rodar por tierra, nos apoyamos en los hombres, buscamos firmeza en el amigo o en el familiar. Y descubrimos, decepcionados, qué poco se puede esperar de la lealtad del hombre. Parte de la culpa en todo esto la tenemos nosotros mismos, ya que exigimos al prójimo lo que éste no nos puede dar. Nuestro auxilio está en Dios, nuestra fuerza, nuestro coraje de vivir, nuestra seguridad.

«Salió sin saber a dónde iba» (Hb 11, 8) La vida de aquellos grandes creyentes que existieron en los tiempos pasados son un modelo y un estímulo para nuestra fe. Nosotros, como ellos, hemos de realizar día a día el prodigio de vivir serenos y confiados, aún en medio de las más variadas dificultades que la existencia nos traiga. En el pasaje que comentamos se nos recuerda cómo Abrahán, el padre de los creyentes, obedeció a la llamada de Dios y salió hacia la tierra desconocida que Dios le señalaba. También se nos dice cómo creyó en la extraña promesa de que Sara, su anciana y estéril esposa, había de tener un hijo. Fe de Abrahán que no duda en sacrificar a su hijo único, en la seguridad de que Dios haría posible la promesa que le hizo de ser padre de numerosos hijos, tan numerosos como las estrellas de los cielos, o las arenas del mar.

Cada uno tenemos nuestras dificultades y nuestros motivos para vacilar, para no sentirnos seguros, para no creer. No obstante hay que sobreponerse, hay que renovar nuestra fe en Dios Todopoderoso y Padre Providente, que cuida de cada uno de nosotros con un desvelo mil veces superior al de una madre a la cabecera del hijo enfermo.

4.- «No temas, pequeño rebaño, porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el reino» (Lc 12, 32) Muchas veces vemos cómo el Señor anima a los suyos, asustados y confusos a veces ante el sesgo que tomaban los acontecimientos. Debía preocuparles que los letrados y los fariseos, lo mismo que los saduceos y los sumos sacerdotes, miraran con recelo a Jesús, que no aceptaran sus palabras ni reconocieran las obras prodigiosas que su Maestro realizaba, que dijeran que Jesús actuaba de aquel modo apoyado con la fuerza del Demonio. Sobre todo debería preocuparle que aquel recelo de los poderosos se iba convirtiendo en odio a muerte, en intentos fallidos por el momento de lapidar al Señor.

Jesús que leía en sus corazones contemplaba con pena aquellos temores, aquel miedo que se iba adentrando en el corazón de los suyos. No temas, mi pequeño rebaño, les dice con ternura, porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el Reino… La amistad y el cariño de Cristo les animaba a seguir a su lado. Ellos creían que lo que el Señor hacía no podía venir del demonio, ya que era el mismo demonio el que era derrotado y expulsado de los posesos. De todos modos, es posible que alguna duda se cruzara de vez en cuando por la mente de aquellos hombres sencillos.

También hoy nos puede asediar la misma duda y el mismo temor. Ante la situación de los hombres de nuestro tiempo podemos pensar que somos una notoria minoría. Es cierto que somos muchos los que hemos sido bautizados, y que los católicos ocupan el primer puesto respecto de todas las confesiones cristianas. Incluso es posible que el cristianismo esté a la cabeza de todas las religiones del mundo. No obstante, podemos pensar que somos pocos, que no influimos casi nada en la marcha del mundo, que no conseguimos preservar a nuestra sociedad de la corrupción moral y doctrina. El ver como la maldad y el error ocupan grandes extensiones de la tierra, pudiera ser para algunos motivo de desaliento. Sin embargo, no podemos dejarnos vencer por esas circunstancias. Hemos de pensar que el influjo de la doctrina de Jesucristo es más del que aparentemente se ve. Su mensaje de justicia y de amor está presente en muchas ideologías que quizás se proclamen ateas. El Señor ha enseñado a los hombres a quererse y a respetarse; y esa lección nunca será del todo olvidada.

Por otra parte Dios puede siempre más y la última batalla, la decisiva, la que marcará para siempre la suerte del hombre, esa batalla está ganada de antemano por Dios. A nosotros lo único que nos corresponde es ser fieles por encima de todo, al mensaje de Cristo, mantenernos leales al compromiso que contrajimos al recibir el bautismo, estar siempre a la espera del Señor, viviendo cada momento con la misma intensidad con que viviríamos el último. Portarnos bien de forma habitual, considerando que cada instante puede ser el definitivo, el que hace posible la dicha sin fin junto a Dios.

Antonio García Moreno

Jesús nos pide una espera activa

1.- Donde está vuestro tesoro está vuestro corazón. Don Víctor Otaola Urruchi vivía de una muy buena pensión de la Diputación de Vizcaya. Cuando cobraba lo primero que pagaba era la cuenta del Hotel Goñi, hotel modesto del casco viejo de Bilbao. Y el resto lo repartía entre los pobres… y para las misiones. Y el solía decir que ponía su dinero en el Banco del cielo, donde le daban muy buenos intereses. No tenía guardado nada, solo una pequeña cantidad a nombre de un sobrino para cubrir los gastos de su entierro, porque el undécimo mandamiento es no estorbar.

Don Víctor tenía su corazón puesto donde estaba su tesoro, que desde su conversión era únicamente Dios. Sin más. El con esa su vida está canonizado por Dios, el más seguro y rápido de los canonizadores.

2.- El evangelio nos recomienda vigilante espera. No la espera aburrida y mortecina de una sala de espera de un apeadero de la RENFE(*). Mano sobre mano, con el único encanto de criticar a los demás. De esa clase de cristianos los hubo en tiempo de San Pablo y los sigue habiendo. Muchos cristianos de tiempos de San Pablo esperaban la llegada inminente del Señor Jesús. Y por eso abandonaban su trabajo y vivían picoteando aquí y allá, a costa de los demás. Y contra esos Pablo grita: “El que no trabaje que no coma…”

Cuantos de nosotros entretenemos nuestra aburrida espera sin hacer más que criticar a cercanos y lejanos, a la Iglesia, a los políticos, no tienen más fuerza que la crítica. Y se olvidan que ser cristiano es pasar haciendo el bien. Si esto no hacemos nuestra claridad de ideas no nos sirve para nada, ni nuestras confesiones tampoco, porque ser cristiano no es dejar de pecar, sino hacer el bien.

3.- Jesús nos pide una espera activa, donde, dice Él, hay que ceñirse la cintura (que era recogerse el manto largo para poder caminar aprisa sin tropezar), hoy podríamos decir que hay que quitarse la chaqueta, y subirse las mangas de la camisa, en disposición de trabajo.

También nos pide que llevemos encendida la lámpara, sin duda símbolo de la Fe, pero no una Fe decorativa, sino eficiente. El poeta indio Tagore nos dice: “admira, sí, las estrellas, sin dejar de atizar el fuego de tu hogar, porque la luz de las estrellas no te va a calentar ni a ti, ni a los demás. El que afirma que tiene la luz de la Fe, que la muestre en ayudar a los hermanos.

(*) RENFE es la compañía estatal española de ferrocarriles, actualmente privatizada.

José María Maruri, SJ

Hacer lo que Dios espera de nosotros

1.- «No temas, pequeño rebaño». ¿La Iglesia será siempre sólo un pequeño grupo? Jesús no predice esto. Pero cuando las estadísticas de los bautizados, de los catequizados….están en baja, qué reconfortante es escuchar a Jesús decirnos: ¡No temáis!

La Iglesia es católica, es decir universal. Tiene las puertas abiertas a todos. Corremos el peligro de convertirnos en un ghetto cerrado si no estamos abiertos a la realidad cultural que nos rodea. No obstante, hay que reconocer que el mensaje de Jesús es exigente, es para gente decidida y desprendida. Por eso nos recomienda en este evangelio el desprendimiento de los bienes materiales.

2.- «Donde está tu tesoro, allí también estará tu corazón». Es necesario que pongamos nuestro tesoro, allí en donde está nuestro corazón, ¡ya que la ternura vale más que el dinero! Las palabras de San Agustín, experto en el corazón humano, en sus luchas y amores, nos advierten para que no dejemos que nuestro corazón sea engañado: «Confiemos, pues, en Dios, hermanos. El primer precepto, es decir, el inicio de nuestra religión y de nuestro caminar, es tener el corazón anclado en la fe, y teniéndolo así, vivir bien, abstenerse de bienes engañosos, soportar los males temporales y, cuando los primeros halagan y los segundos amenazan, tener el corazón firme frente a una y otra cosa, para que no te dejes llevar por las primeras ni cedas ante las segundas. Teniendo, pues, continencia y aguante, una vez pasados los bienes temporales, cuando tampoco nos puedan sobrevenir males, tendrás como bien a Dios y no sufrirás mal alguno». (Sermón 38, 4-5).

3- «Estad preparados». Podemos observar el tono escatológico de este evangelio. Cuando se acerca el final de una etapa parece que nuestro ser se altera porque viene algo nuevo, desconocido. Nos pasamos la vida esperando: esperamos llegar a la mayoría de edad, esperamos acabar la carrera, esperamos encontrar empleo, esperamos comprar un piso, esperamos que nos llegue la jubilación. Nunca estamos satisfechos del todo. No hay persona en el mundo que pueda vivir tu vida por ti. El pueblo de Dios, nos dice el Libro de la Sabiduría, esperaba la salvación de Dios. Nuestra espera debe ser activa. Que el Señor nos encuentre en vela.

Picasso decía que la inspiración le encontraba trabajando. Pasamos casi un tercio de nuestra vida durmiendo, añádase a esto el tiempo que pasamos adormilados y obnubilados. Debes tener la luz encendida para abrir la puerta al señor cuando llegue. Dichosos nosotros si somos como el criado fiel a quien el Señor a puesto al frente de la servidumbre para que les reparta la ración a sus horas. Si hemos hecho lo que Dios espera de nosotros nada hemos de temer. Dios es más humilde de lo que nos atreveríamos a decir: ¡El tomará nuestro vestido de servicio, nos hará sentar a la mesa, nos servirá por turnos!

4.- «Al que se le ha dado mucho, se le pedirá más». Que no lo olvidemos nosotros que hemos recibido tanto, sobre todo hemos recibido el don de la fe. La fe hizo que Abraham escuchara la voz de Dios y saliera hacia la nueva tierra, por la fe obtuvo fuerza Sara para fundar un linaje. ¿A qué compromiso nos lleva nuestra fe?, ¿Cómo ponemos en juego nuestros talentos?, ¿Cómo va nuestro espíritu de servicio?, ¿Cómo desempeñamos la misión que Dios nos ha encomendado: cada uno tenemos una diferente? Tenemos que pasar un examen dando respuesta a estas preguntas, el examen más importante de nuestra vida. Pero el tema más importante es único y universal: «al atardecer de la vida nos examinarán del amor». Antiguamente se nos metía mucho miedo con la condenación eterna si moríamos en pecado mortal. Hay que decir en primer lugar que se trata de una evaluación continúa, nos estamos examinando cada día y en cada momento con nuestros gestos de amor: no va a ser Dios tan cruel que va a condenar a alguien que ha sido fiel porque al final de su vida cometa una equivocación y la muerte le sorprenda de repente. En segundo lugar, el juicio de Dios es para la salvación, no para la condenación. Es juez justo, tiene en cuenta la responsabilidad de cada uno, el conocimiento que tiene de lo que a El le agrada, pero también es misericordioso. Como dice en otro lugar la Escritura «la misericordia se ríe del juicio». Lo importante es que seamos dignos de la confianza de Dios, respondiendo con amor al amor que El nos tiene. Por eso no tenemos nada que temer….

José María Martín OSA

Cuidado con el dinero

Jesús tenía una visión muy lúcida sobre el dinero. La resume en una frase breve y contundente: «No se puede servir a Dios y al Dinero». Es imposible. Ese Dios que busca con pasión una vida más digna y justa para los pobres no puede reinar en quien vive dominado por el dinero.

Pero no se queda solo en este principio de carácter general. Con su vida y su palabra se esfuerza por enseñar a los ricos de Galilea y a los campesinos pobres de las aldeas cuál es la manera más humana de «atesorar».

En realidad, no todos podían hacerse con un tesoro. Solo los ricos de Séforis y Tiberíades podían acumular monedas de oro y plata. A ese tesoro se le llamaba mammona, es decir, dinero que «está seguro» o que «da seguridad». En las aldeas no circulaban esas monedas de gran valor. Algunos campesinos se hacían con algunas monedas de bronce o cobre, pero la mayoría vivía intercambiándose productos o servicios en un régimen de pura subsistencia.

Jesús explica que hay dos maneras de «atesorar». Algunos tratan de acumular cada vez más mammona; no piensan en los necesitados; no dan limosna a nadie: su única obsesión es acaparar más y más. Hay otra manera de «atesorar» radicalmente diferente. No consiste en acumular monedas, sino en compartir los bienes con los pobres para «hacerse un tesoro en el cielo», es decir, ante Dios.

Solo este tesoro es seguro y permanece intacto en el corazón de Dios. Los tesoros de la tierra, por mucho que los llamemos mammona, son caducos, no dan seguridad y siempre están amenazados. Por eso lanza Jesús un grito de alerta. Cuidado con el dinero, pues «donde está vuestro tesoro, allí estará vuestro corazón». El dinero atrae nuestro corazón y nos seduce porque da poder, seguridad, honor y bienestar: viviremos esclavizados por el deseo de tener siempre más.

Al contrario, si ayudamos a los necesitados nos iremos enriqueciendo ante Dios, y el Padre de los pobres nos irá atrayendo hacia una vida más solidaria. Aun en medio de una sociedad que tiene su corazón puesto en el dinero es posible vivir de manera más austera y compartida.

José Antonio Pagola

Comentario al evangelio – La Transfiguración del Señor

Tabor vs Hiroshima

Jesús se transfiguró y los discípulos se quedaron tan fascinados por la visión que Pedro quiso eternizar el momento. Pero luego, Jesús volvió pronto a su apariencia normal y bajaron de la montaña; pero creo que el impacto de la visión fue tan grande que aquellos tres discípulos no lo miraron de la misma manera que antes. Porque sabían quién era realmente. ¿No podría ser esto cierto también para nosotros? Todos los seres humanos que nos rodean, a pesar de su apariencia ordinaria, llevan la gloria oculta de Dios, la propia imagen y semejanza. ¡Ojalá pudiéramos ver en ellos y eternizarla en nuestra visión! Entonces nos quitaríamos las sandalias (cf. Ex 3,5) y caminaríamos con respeto por el suelo sagrado que compartimos con ellos. Pero cuando esta visión falla, reducimos al otro al tipo de desfiguración de Hiroshima, cuyo doloroso recuerdo observamos irónicamente en este mismo día.

Paulson Veliyannoor, CMF