Dios es siempre mayoría

1.- «Aquella noche se les anunció de antemano a nuestros padres para que tuvieran ánimo al conocer la promesa de que se fiaban» (Sb 18, 6) Tener ánimo, vivir con ganas todas las peripecias que la vida trae consigo. Conservar la serenidad, el afán de conquistar nuevos horizontes, el empeño de una continua superación. Optimista ante cualquier dificultad que se presente. Mirando la vida con calma, siempre con buen humor. Cuando uno está seguro de la victoria final, esa actitud animosa es posible. Sí, porque se está convencido de que pase lo que pase, no pasa nada. Por supuesto que se surgirán las dificultades, se sentirá su peso sobre los hombros como cualquiera lo pueda sentir. Incluso es posible que no se puedan evitar las lágrimas que brotan ante el dolor, o ante la ingratitud. Pero en el fondo del espíritu siempre habrá paz, serenidad, una formidable calma.

Y todo porque se conoce la promesa de Dios, se confía en él. «Yo estaré con vosotros hasta la consumación de los siglos», dijo el Señor a los suyos. Y también, a través de san Pablo como vimos, ha dicho que todo concurre para el bien de los que aman a Dios. Todo, absolutamente todo. Y nada, absolutamente nada, podrá arrancarnos del amor divino… Cuando se cree firmemente en esas palabras, cuando uno se fía totalmente de Dios, entonces no hay dificultad que acobarde, no hay pena que ahogue, ni hay dolor que aniquile. Ante los mayores peligros, ante el más grande riesgo, el creyente podrá decir con san Pablo: «Sé de quién me he fiado».

«Tu pueblo esperaba ya la salvación de los inocentes y la perdición de los culpables» (Sb 18, 7) Cuánto culpable queda impune, cuánto crimen sin castigo. Siempre vemos esas películas en las que al final el criminal nunca gana. Pero no es cierto. Por nuestras calles y plazas hay mucho delincuente impune y suelto. Generalmente los que van a la cárcel son los rateros de poca monta, los contrabandistas de medio pelo. Esos otros, los grandes ladrones, los que se hinchan a ojos vistas, ésos andan libremente, respetados incluso como personas honorables.

Por el contrario, hay inocentes que sufren. Hombres buenos que viven sentados en una silla de ruedas, niños que se retuercen grotescamente al caminar. Y los que sufren, sin posibilidad de escape la sentencia inapelable de un castigo injusto. Los que mueren en las líneas avanzadas, mientras que los altos mandos planean sobre una gran mesa el modo de ganar la guerra.

Es el primer acto, el preludio de la gran sinfonía, la obertura del gran drama sinfónico. Hay que esperar a que se levante de nuevo el telón. Sólo entonces podremos ver el verdadero final de la historia y comprender el porqué del silencio de Dios ante el triunfo del culpable y el oprobio del inocente.

2.- «Dichosa la nación cuyo Dios es el Señor» (Sal 32, 12) Por derecho de creación Dios es dueño absoluto de cuanto existe. Todo ha salido de sus manos y todo le pertenece. De modo particular es suyo el hombre, la criatura predilecta a la que él mismo formó a su imagen y semejanza. Por eso todos los hombres, y no sólo Adán, son pertenencia del Señor.

No obstante, de entre todos los pueblos, quiso Dios elegirse uno que fuera suyo de modo particular. Este pueblo fue Israel que quedó por ello constituido como Pueblo de Dios, nación santa, reino de sacerdotes, en el que cada ciudadano viene a ser santo, persona sagrada y apta para dar culto a Dios, apartada en cierto modo del resto de los mortales para el servicio divino.

Pero ese pueblo profanó su condición sagrada y rompió la Alianza que había sellado con el Señor. En lugar de servir al Señor, se rebelaron obstinadamente. Sin embargo, Dios no los olvidó, eligió a un pequeño grupo de entre ellos, el resto de Israel que anunciaron los profetas y renovó con ellos la Alianza. Una Alianza Nueva en la que se abren las puertas del Reino a todas las gentes, sean o no descendientes de Abrahán. Así nació la Iglesia de Cristo, el nuevo Pueblo de Dios.

«Los ojos del Señor están puestos en sus fieles» (Sal 32, 18) Esa elección, por la infinita misericordia de Dios, recae sobre cada uno de nosotros que, desde el momento de nuestro bautismo, entramos a formar parte del Pueblo de Dios. San Pedro nos lo recuerda con las mismas palabras del libro del Éxodo que hemos citado antes, y nos dice que somos linaje escogido, nación santa, pueblo de adquisición para anunciar las grandezas del que nos llamó de las tinieblas a su luz admirable.

Es, sin duda, un privilegio admirable, un don que nunca agradeceremos lo suficiente a Dios nuestro Padre. Pero también es un título, este de ser hijos de Dios, que nos exige un comportamiento especial. Nobleza obliga, y podemos decir que no hay nobleza mayor en toda la tierra que la de ser cristiano.

Sería una pena que repitiéramos en nosotros la historia de los israelitas, que fuéramos rebeldes nosotros también y rompiéramos la Alianza, sellada ahora con la sangre de Cristo. Rectifiquemos una vez más, volvamos a la casa paterna para decirle que sentimos haberle ofendido, para prometerle que no le ofenderemos nunca más.

3.- «La fe es seguridad de lo que se espera, y prueba de lo que no se va» (Hb 11, 1) El autor sagrado se fija en uno de los aspectos que la fe lleva consigo, esa seguridad que hace al creyente firme como una roca. Efectivamente, el que cree en Cristo se ha de sentir siempre seguro. Muchas veces se da a Dios el nombre de peña, de roca o de baluarte, para expresar la firmeza del apoyo divino, la seguridad plena de quien se apoya en Dios cuando se vea en peligro de sucumbir. Sí, el Señor es nuestro apoyo supremo, podemos decir que nuestro único apoyo, el que nunca fallará, el que nos sostendrá en nuestro continuo tambaleo.

Hemos de persuadirnos de la fuerza de Dios, de su poder y sabiduría. Hemos de recurrir a él en todas nuestras vacilaciones. A veces, cuando nos vemos en peligro, o estamos a punto de rodar por tierra, nos apoyamos en los hombres, buscamos firmeza en el amigo o en el familiar. Y descubrimos, decepcionados, qué poco se puede esperar de la lealtad del hombre. Parte de la culpa en todo esto la tenemos nosotros mismos, ya que exigimos al prójimo lo que éste no nos puede dar. Nuestro auxilio está en Dios, nuestra fuerza, nuestro coraje de vivir, nuestra seguridad.

«Salió sin saber a dónde iba» (Hb 11, 8) La vida de aquellos grandes creyentes que existieron en los tiempos pasados son un modelo y un estímulo para nuestra fe. Nosotros, como ellos, hemos de realizar día a día el prodigio de vivir serenos y confiados, aún en medio de las más variadas dificultades que la existencia nos traiga. En el pasaje que comentamos se nos recuerda cómo Abrahán, el padre de los creyentes, obedeció a la llamada de Dios y salió hacia la tierra desconocida que Dios le señalaba. También se nos dice cómo creyó en la extraña promesa de que Sara, su anciana y estéril esposa, había de tener un hijo. Fe de Abrahán que no duda en sacrificar a su hijo único, en la seguridad de que Dios haría posible la promesa que le hizo de ser padre de numerosos hijos, tan numerosos como las estrellas de los cielos, o las arenas del mar.

Cada uno tenemos nuestras dificultades y nuestros motivos para vacilar, para no sentirnos seguros, para no creer. No obstante hay que sobreponerse, hay que renovar nuestra fe en Dios Todopoderoso y Padre Providente, que cuida de cada uno de nosotros con un desvelo mil veces superior al de una madre a la cabecera del hijo enfermo.

4.- «No temas, pequeño rebaño, porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el reino» (Lc 12, 32) Muchas veces vemos cómo el Señor anima a los suyos, asustados y confusos a veces ante el sesgo que tomaban los acontecimientos. Debía preocuparles que los letrados y los fariseos, lo mismo que los saduceos y los sumos sacerdotes, miraran con recelo a Jesús, que no aceptaran sus palabras ni reconocieran las obras prodigiosas que su Maestro realizaba, que dijeran que Jesús actuaba de aquel modo apoyado con la fuerza del Demonio. Sobre todo debería preocuparle que aquel recelo de los poderosos se iba convirtiendo en odio a muerte, en intentos fallidos por el momento de lapidar al Señor.

Jesús que leía en sus corazones contemplaba con pena aquellos temores, aquel miedo que se iba adentrando en el corazón de los suyos. No temas, mi pequeño rebaño, les dice con ternura, porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el Reino… La amistad y el cariño de Cristo les animaba a seguir a su lado. Ellos creían que lo que el Señor hacía no podía venir del demonio, ya que era el mismo demonio el que era derrotado y expulsado de los posesos. De todos modos, es posible que alguna duda se cruzara de vez en cuando por la mente de aquellos hombres sencillos.

También hoy nos puede asediar la misma duda y el mismo temor. Ante la situación de los hombres de nuestro tiempo podemos pensar que somos una notoria minoría. Es cierto que somos muchos los que hemos sido bautizados, y que los católicos ocupan el primer puesto respecto de todas las confesiones cristianas. Incluso es posible que el cristianismo esté a la cabeza de todas las religiones del mundo. No obstante, podemos pensar que somos pocos, que no influimos casi nada en la marcha del mundo, que no conseguimos preservar a nuestra sociedad de la corrupción moral y doctrina. El ver como la maldad y el error ocupan grandes extensiones de la tierra, pudiera ser para algunos motivo de desaliento. Sin embargo, no podemos dejarnos vencer por esas circunstancias. Hemos de pensar que el influjo de la doctrina de Jesucristo es más del que aparentemente se ve. Su mensaje de justicia y de amor está presente en muchas ideologías que quizás se proclamen ateas. El Señor ha enseñado a los hombres a quererse y a respetarse; y esa lección nunca será del todo olvidada.

Por otra parte Dios puede siempre más y la última batalla, la decisiva, la que marcará para siempre la suerte del hombre, esa batalla está ganada de antemano por Dios. A nosotros lo único que nos corresponde es ser fieles por encima de todo, al mensaje de Cristo, mantenernos leales al compromiso que contrajimos al recibir el bautismo, estar siempre a la espera del Señor, viviendo cada momento con la misma intensidad con que viviríamos el último. Portarnos bien de forma habitual, considerando que cada instante puede ser el definitivo, el que hace posible la dicha sin fin junto a Dios.

Antonio García Moreno

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