Por un plato de lentejas

La cultura de la riqueza nos ha proporcionado un bienestar inimaginable hace tan solo unos años, pues, al menos en apariencia, la felicidad es la tónica general entre los ciudadanos de las sociedades opulentas. Vistas desde una sociedad próspera como la nuestra, las recomendaciones que hoy leemos en el evangelio parecen muy poco afortunadas, y da la impresión de que Jesús no llegó a vislumbrar siquiera el potencial que tiene el progreso para llenar la vida y generar felicidad.

Pero si escarbamos un poco bajo la superficie, quizá comprobemos que el precio que estamos pagando por mantener esta prosperidad es desmedido, y ello sin necesidad de aludir a los grandes problemas globales que nos están abocando al desastre, sino limitando nuestra reflexión al ámbito personal.

Porque bajo esa superficie engañosa y aparente, encontramos en primer lugar una sociedad compleja en extremo que nos abruma; que nos somete a tal cúmulo de preocupaciones, compromisos y desvelos, que nos impide encontrar el sosiego y la paz necesarios para plantear la vida en plenitud y vivirla con sentido.

Pero hay más, porque si seguimos profundizando, caeremos en la cuenta del grado de alienación que nos produce el dinero y todo lo que se puede comprar con dinero. No es que la riqueza en sí sea mala, y de hecho hay quien la convierte en talento para construir el Reino, pero suele ocurrir que no somos nosotros los que poseemos las riquezas, sino que son las riquezas las que nos poseen a nosotros. Convertimos así un talento en una “pasión”que nos esclaviza, que nos maneja a su antojo y nos transforma en personas “pasivas” a su merced.

En la parábola del rico Epulón y el pobre Lázaro, Jesús nos muestra hasta qué punto puede endurecerse el corazón de alguien que está poseído por sus riquezas. Dice la parábola que Epulón, en medio de los tormentos del Hades, le pide a Abraham que envíe a Lázaro a visitar a su padre y a sus hermanos para que se arrepientan y eviten su destino, y Abraham le contesta: «No harán caso, aunque resucite un muerto».

Finalmente, y allá en el fondo, descubrimos que la cultura de la riqueza nos enfrenta nada menos que a nuestra propia esencia, porque el motor de nuestro mundo es la ambición, y la ambición nos inhabilita para compadecer, para perdonar, para ayudar, para servir, y nos convierte en personas peligrosas carentes de humanidad y capaces de cualquier cosa por alcanzar sus objetivos.

Y la conclusión es que quizá Jesús no andaba tan descaminado; que quizá debamos preguntarnos si lo que el mundo llama progreso, no es en realidad una tiranía despiadada que nos impide vivir con sentido, nos esclaviza y nos deshumaniza…

Quizá debamos preguntarnos si no estamos vendiendo la primogenitura por un plato de lentejas.

Miguel Ángel Munárriz Casajús

La trampa de la codicia

La sentencia de Jesús invita a poner luz en aquello que consideramos nuestro tesoro. ¿Qué es, en la práctica, más allá de las palabras, lo realmente importante para mí? Porque será eso lo que me movilizará, ya que ahí habré puesto también mi corazón.

Un modo simple de saber cuál es nuestro tesoro consiste en ver cómo reaccionamos ante las diferentes pérdidas o las frustraciones. Porque aquella pérdida o frustración que más me altere será un indicador inequívoco de que allí tenía puesto mi corazón. La explicación es simple: reaccionamos con mayor intensidad cuanto más valoramos aquello que perdemos. La alteración que nos produce una pérdida es directamente proporcional al valor que atribuimos al objeto perdido y al apego que vivíamos hacia él.

Por lo tanto, únicamente podremos liberarnos de los falsos “tesoros”, que terminan confundiéndonos y esclavizándonos, cuestionando, tanto el valor que atribuimos a las cosas, como nuestro apego a las mismas. Es claro que valor y apego son deudores del modo como nos vemos a nosotros mismos. Al crecer en comprensión de lo que soy, siendo consciente de que, en mi verdadera identidad, soy plenitud de consciencia, dejaré de atribuir un valor desproporcionado a lo que solo es un objeto. Y, en consecuencia, aflojará en la misma medida el apego que vivía hacia él.

Dicho brevemente: la comprensión relativiza tanto el valor como el apego. Porque desnuda a los objetos de su pretensión de ser “tesoros”, lo cual permite, a su vez, que nos liberemos del apego y pongamos nuestro “corazón” en lo realmente real.

¿Qué es lo que más valoro? ¿A qué estoy más apegado?

Enrique Martínez Lozano

¿En qué quedamos? ¿Dios es un padre que nos hace reyes o un señor que nos quiere esclavizados?

El texto del evangelio de este domingo forma parte de un amplio contexto, que empezaba el domingo pasado con la petición de uno a Jesús: “dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia”. A partir de ahí, Lucas propone una larga conversación con los discípulos que abarca 35 versículos y toca muy diversos temas. Se trata de pensamientos dispersos que el evangelista organiza a su manera. Sin duda reflejan la manera de ver la vida de la primera comunidad, como lo demuestra la conciencia de ser un pequeño rebaño.

Que el texto utilice el lenguaje escatológico nos ha despistado. El que nos hable de talegos o tesoros en el cielo que nadie puede robar, o que Dios llegará como un ladrón en la noche, nos ha alejado del Dios de Jesús. Este lenguaje mítico a nosotros hoy no nos aclara nada. Dios no tiene que venir de ninguna parte. Está llamando siempre pero desde dentro. No pretende entrar en nosotros sino salir a nuestra conciencia y manifestarse en nuestras relaciones con los demás. No hemos superado la idea de un Dios que actúa desde fuera.

El domingo pasado se nos pedía no poner la confianza en las riquezas. Hoy se nos dice en quién hay que poner la confianza para que sea auténtica: no en un dios todopoderoso externo, sino en el hombre creado a su imagen y que tiene al mismo Dios como fundamento. No es pues, cuestión de actos de fe, sino afianzamiento en una actitud que debe atravesar toda nuestra vida. Confiadamen­te, tenemos que poner en marcha todos los recursos de nuestro ser, conscientes de que Dios actúa solo a través de sus criaturas, y que solo a través de cada una de ellas la creación evoluciona. Ayúdate y Dios te ayudará.

Se trata de estar siempre en actitud de búsqueda. Más que en vela, yo diría que hay que estar despiertos. No porque puede llegar el juicio cuando menos lo esperemos, sino porque la toma de conciencia de la realidad que somos exige plena atención a lo que está más allá de los sentidos y no es fácil de descubrir. El tesoro está escondido y hay que “trabajar” para descubrirlo. No se trata de confiar en lo que nosotros podemos alcanzar, sino en que Dios ya nos lo ha dado todo. Ha sido Dios el primero que ha confiado en nosotros en el momento en que pretende darse él mismo sin limitación ni restricción alguna.

Si hemos descubierto el tesoro que es Dios, no hay lugar para el temor. A las instituciones no les interesa la idea de un Dios que da plena autonomía al ser humano, porque no admite intermediarios. Para ellos es mucho más útil la idea de un dios que premia y castiga, porque en nombre de ese dios pueden controlar a las personas. La mejor manera de conseguir sometimiento es el miedo. Eso lo sabe muy bien cualquier autoridad. El miedo paraliza a la persona, que inmediatamente tiene necesidad de alguien que le ofrezca su ayuda para poder conseguir aquello que ya poseían plenamente antes de tener miedo.

Cuentan que una madre empezó a meter miedo de la oscuridad a su hijo pequeño. El objetivo era que no llegara nunca tarde a casa. Con el tiempo, el niño fue incapaz de andar solo en la noche. Eso le impedía una serie de actividades que hacía muy difícil desarrollar su personalidad. Entonces la madre, fabricó un amuleto y dijo al niño: esto te protegerá de la oscuridad. El niño, convencido, empezó a caminar en la noche sin ningún problema, confiando en el amuleto que llevaba colgado del cuello. ¡Sin comentario!

No debo confiar en un Dios externo sino en mi propio ser que tiene a Dios como fundamento y me proporciona posibilidades infinitas desde dentro de mí mismo. Esto es lo que significa: “vuestro Padre ha tenido a bien daros el Reino”. El dios araña que necesita chupar la sangre al ser humano no es el Dios de Jesús. El dios del que depende mi futuro, no es el Dios de Jesús. El dios que me colmará de favores cuando cumpla su santa voluntad, no es el Dios de Jesús. El Dios de Jesús es don total, incondicional e irrevocable.

El Padre ha tenido a bien confiaros el Reino. Este es el punto de partida. No tengáis miedo, estad preparados, etc., depende de esta verdad. Si el Reino es el tesoro encontrado, nada ni nadie puede apartarme de él. Todo lo que no sea esa realidad absoluta, que ya poseo, se convierte en calderilla. Nuestra tarea será descubrir el tesoro, todo lo demás surgirá espontáneamente. El Reino es el mismo Dios escondido en lo más hondo de mi ser. Los demás valores deben estar subordinados al valor supremo que es el Reino.

“Dar el reino” aplicado a Dios no tiene el mismo sentido que puede tener en nosotros el verbo dar. Dios no tiene nada que dar. Dios se da el mismo, pero a nosotros se da antes de que nosotros seamos. De ese modo, Dios se convierte en el sustrato y fundamento de mi ser. Sin Él, yo no sería nada. Ese don descubierto y vivido es la raíz de todas mis posibilidades de ser. Lo que puedo llegar a ser, más allá de mi biología, es consecuencia de esa presencia de Dios en mí que me capacita para llegar a ser lo que Él mismo es.

Esa fe-confianza, falta de miedo, no es para un futuro en el más allá. No se trata de que Dios me dé algún día lo que ahora echo de menos. Esta es la gran trampa que utilizan los intermediarios. A ver si me entendéis bien: Dios no tiene futuro. Es un continuo presente. Ese presente es el que tengo que descubrir y en él lo encontraré todo. No se trata de esperar a que Dios me dé tal o cual cosa dentro de unos meses o unos años. El colmo del desatino es esperar que me dé, después de la muerte, lo que no quiso darme aquí.

La idea que tenemos de una vida futura desnaturaliza la vida presente hasta dejarla reducida a una incómoda sala de espera. La preocupación por un más allá nos impide vivir en plenitud el más acá. La vida presente tiene pleno sentido por sí misma. Todo lo que podemos proyectar para el futuro, está ya aquí y ahora a nuestro alcance. Aquí y ahora puedo vivir la eternidad, puesto que puedo conectar con lo que hay de Dios en mí. Aquí y ahora puedo alcanzar mi plenitud, porque teniendo a Dios lo tengo todo.

La esperanza cristiana no se basa en lo que Dios me dará sino en que sea capaz de descubrir lo que Dios me está dando ya. Para que llegue a mí lo que espero, Dios no tiene que hacer nada; ya lo está haciendo. Yo soy el que tiene mucho que hacer, pero en el sentido de tomar conciencia y vivir la verdadera realidad que soy. Por eso hay que estar despiertos. Por eso tenemos que vivir el momento presente, porque es el definitivo y en él puedo dar el paso a la experiencia cumbre. Ese sería el momento definitivo de mi vida.

Demostramos falta de confianza y exceso de miedos, cuando buscamos a toda costa seguridades, sea en el más acá sea para el más allá. El miedo nos impide vivir el presente. Solo viviremos cuando perdamos el miedo. Debemos caminar aunque no tengamos controlado ni el camino ni la meta. Mientras más se acerca a la plenitud un ser humano, más vasto es el horizonte de plenitud que se le abre. Esto, que en sí mismo es un don increíble, a veces lleva a la desesperanza, porque la vida humana es siempre un comienzo.

Fray Marcos

Comentario – Domingo XIX de Tiempo Ordinario

(Lc 12, 32-48)

Jesús mira al grupo pequeño y pobre de sus discípulos. Y parece como si al mirarlos depositara en ellos una luz de ternura, que envuelve todas sus palabras. Los invita a no tener miedo, los llama «rebañito pequeño», les dice que Dios es el padre de ellos y que ha querido darles su Reino.

Pero después de estas palabras tan cálidas y consoladoras, Jesús les recuerda que el corazón de ellos puede apegarse a las cosas de la tierra, que el tesoro de ellos puede dejar de ser Dios. Por eso los exhorta a ser desprendidos y a dar limosna, para que el tesoro de ellos esté realmente en las cosas del Cielo. Porque cuando entramos en la lógica del Reino de Dios sucede que, mientras más damos, más nos enriquecemos de bienes celestiales.

En el Antiguo Testamento encontramos muchas promesas de bendición para los generosos (Prov 11, 25; 19, 17; 28, 27; Dn 4, 24; Tobías 12, 8-9; Eclo 3, 31; 7, 32; 29, 12), pero esas promesas acentuaban una bendición en esta tierra, sobre todo en bienes materiales. Ahora, cuando Jesús habla de un tesoro en el cielo, pone el acento en otra riqueza: la paz de Dios, su amor, su poder. Sin embargo, esto no niega que sigue en pie la otra promesa: al que se entregue a Dios por el Reino no le faltará nada, no tiene que preocuparse por su futuro (12, 27-30), porque estará protegido y tendrá el auxilio de su Padre.

Luego Jesús vuelve a pedir a sus discípulos que estén atentos, que no se duerman; el Señor puede volver en cualquier momento y encontrarnos viviendo como viven los incrédulos y malvados. Y en esa venida, el Señor exigirá una respuesta mayor a los que han recibido más.

Los discípulos, que han sido privilegiados con la compañía de Jesús, con su Palabra, con su cariño cercano, tendrán que responder por el tesoro que se les ha confiado; por eso de ellos se espera una respuesta de amor mayor que la que se exige a los que no tienen el don de la fe.

Oración:

«Inúndame con tu amor y tu poder, Señor, para que viva firme en tu camino, sabiendo que soy infinitamente amado, pero que tu mirada espera de mí una vida digna, bella, entregada con sinceridad al amor y a la justicia».

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

Una crisis antigua semejante a la nuestra

El Nuevo Testamento termina con unas palabras de Jesús en el libro del Apocalipsis: “Sí, vengo pronto”. A las que responde el autor: “Amén. Ven, Señor Jesús”. Aunque la mayoría de los católicos no ha leído el Nuevo Testamento de punta a cabo, a muchos les suena la idea de “la segunda venida de Jesús” o “la vuelta del Señor”, sin que a nadie le quite el sueño. Esa vuelta no la ven como algo inmediato, ni siquiera a largo plazo.

A gran parte de los cristianos de finales del siglo I, cuando Lucas escribe su evangelio, le ocurría lo mismo. Desde niños, o desde que se convirtieron, les habían anunciado la pronta vuelta del Señor. Pero pasaron años, décadas, y no volvía. Escritos muy distintos del Nuevo Testamento recogen el desánimo y el escepticismo que se fue difundiendo en las comunidades. Hasta el punto de que el autor de la segunda carta a los Tesalonicenses se siente obligado a negar la inminencia de esa vuelta: «No perdáis fácilmente la cabeza ni os alarméis por profecías o discursos o cartas fingidamente nuestras, como si el día del Señor fuera inminente» (2 Tes 2,2).

Lucas también está convencido de que el fin del mundo no es inminente. Antes habrá que extender el evangelio «hasta los confines de la tierra», como expone en los Hechos de los Apóstoles. Pero aprovecha la enseñanza de generaciones anteriores para exhortar a la vigilancia.

[El sacerdote puede elegir este domingo entre una lectura breve y otra larga. Sin detenerme en justificar los motivos, aconsejo limitarse a la breve: Lucas 12,39-40.]

Si se lee el texto de forma rápida parece hablar de los mismos personajes: unos criados y su señor. Sin embargo, habla de dos señores distintos:

1) uno que vuelve de un banquete o una boda, al que esperan sus criados;

2) otro, que no tiene criados, se entera de que esa noche va a venir un ladrón, y lo espera en vela.

Dos comparaciones anticuadas

Veinte siglos hacen que incluso las imágenes más expresivas se desvirtúen. La primera comparación trae a la memoria la serie Downton Abbey, con toda la servidumbre perfectamente uniformada y dispuesta a la entrada del palacio esperando la llegada del señor o la familia. Esto pasó a la historia. Imaginando una comparación actual diría: “Tened los chalecos antibalas puestos y las armas preparadas, igual que los agentes de seguridad que esperan que el Presidente salga de la recepción”. Demasiado llamativo, y aplicable a poca gente. Pero lo más desconcertante es lo que hace el Presidente: en vez irse a descansar o a dormir, se dedica a servir la cena a sus guardias.

La segunda comparación, la del que espera la venida del ladrón, también parece anticuada. Esa función la cumplen las agencias de seguridad y la policía. Sin embargo, dados los numerosos fallos en este campo, es posible que el dueño de la casa se mantuviese en vela.

Los protagonistas y los consejos

Las imágenes tan distintas de los criados (1ª comparación) y del dueño de la casa (2ª) se refieren a nosotros, los cristianos. El otro gran protagonista es Jesús, presentado una vez como señor y otra como ladrón. Como señor es algo caprichoso, puede volver a cualquier hora, sin avisar; y lo mismo le ocurre como ladrón.

Ya que se trata de dos comparaciones distintas, los consejos también difieren: en el primer caso, debemos imitar a los criados que esperan a su señor, con paciencia, aceptando que venga cuando quiera; en el segundo, imitar al propietario que espera al ladrón, preparados para la llegada imprevista del Hijo del hombre.

Hay también una notable diferencia en cuanto al tono: la primera comparación da por supuesto que el señor encontrará a los criados vigilando y los proclama dos veces bienaventurados. La segunda tiene un tono de amenaza y peligro.

De la vuelta del Señor al encuentro con el Señor

A mediados del siglo XX, los Testigos de Jehová estaban convencidos de que el fin del mundo sería en 1984 (70 años después de 1914, el comienzo de la Primera Guerra Mundial). Supongo que ahora mantendrán otra fecha. Pero no debemos reírnos de ellos. La adaptación de antiguas profecías a nuevas realidades es frecuente en el Antiguo Testamento y también en la iglesia primitiva.

En el caso concreto de la lectura de hoy, sin negar la vuelta del Señor, el acento se ha desplazado a algo más cercano e indiscutible: el encuentro personal con él después de la muerte. En esta perspectiva, la exhortación a la vigilancia sigue siendo totalmente válida.

Pero vigilar no significa vivir angustiados, sino cumplir adecuadamente las propias obligaciones, como recuerdan las exhortaciones de las cartas del Nuevo Testamento: en la vida de familia, el trabajo, la sociedad, la comunidad, es donde el cristiano demuestra su actitud de vigilancia.

La primera lectura

La primera lectura, tomada del libro de la Sabiduría 18, 6-9, ofrece dos posibles puntos de contacto con el evangelio.

Primer punto de contacto: vigilancia esperando la salvación.

El libro de la Sabiduría piensa en la noche de la liberación de Egipto

El evangelio, en la salvación que traerá la segunda venida de Jesús.

En ambos casos se subraya la actitud vigilante de israelitas y cristianos.

Segundo punto de contacto: solidaridad

Al momento de salir de Egipto, los israelitas se comprometen a compartir los bienes: serían solidarios en los peligros y en los bienes.

En la forma larga del evangelio, Jesús anima a los cristianos a ir más lejos: Vended vuestros bienes y dad limosna; haceos talegas que no se echen a perder, y un tesoro inagotable en el cielo.

Reflexión final

Leer este evangelio en el primer domingo de agosto, cuando muchos acaban de empezar las vacaciones, no parece lo más adecuado. Sin embargo, precisamente al comienzo de las vacaciones es cuando más nos aconsejan una actitud de vigilancia: con respecto a la protección de la casa, las ruedas del coche, la revisión del motor, la protección de los rayos solares… Siendo realistas, también al comienzo de las vacaciones es cuando muchos se encuentran definitivamente con el Señor. La vigilancia no es solo para el otoño.

José Luis Sicre

Lectio Divina – Domingo XIX de Tiempo Ordinario

Donde está vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón

INTRODUCCIÓN

“El arte de esperar no está de moda. Lo queremos todo inmediatamente. Cuando nos hacen esperar en algún sitio es como si nos hicieran de menos… Este evangelio esconde una bienaventuranza para aquellos que están preparados para cuando el Señor llega: Hay dicha y felicidad en estar atentos y pendientes para acoger con solicitud a los que se aproximan a nuestras vidas; hay bendición en esa hospitalidad del corazón que no se improvisa. Lo contrario es andar distraídos e impacientes, tomados por la seducción puntual del momento. Jesús nos invita a una acogida perseverante, a mantener en el tiempo la duración y la intensidad del compromiso contraído: una tarea, una palabra, una amistad o un amor. Sabemos lo que nos quieren los demás por el tiempo que son capaces de esperarnos. Un esperar que significa fidelidad y confianza serena”.  ((Mariola López Villanueva).

LECTURAS BÍBLICAS

1ª lectura: Sabiduría 18,6-9.          2ª lectura: Hebreos 11,1-2.8-19

EVANGELIO

Lucas (12,32-48):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:«No temas, pequeño rebaño, porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el reino. Vended vuestros bienes y dad limosna; haceos bolsas que no se estropeen, y un tesoro inagotable en el cielo, adonde no se acercan los ladrones ni roe la polilla. Porque donde está vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón. Tened ceñida vuestra cintura y encendidas las lámparas. Vosotros estad como los hombres que aguardan a que su señor vuelva de la boda, para abrirle apenas venga y llame. Bienaventurados aquellos criados a quienes el señor, al llegar, los encuentre en vela; en verdad os digo que se ceñirá, los hará sentar a la mesa y, acercándose, les irá sirviendo. Y, si llega a la segunda vigilia o a la tercera y los encuentra así, bienaventurados ellos. Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora viene el ladrón, velaría y no le dejaría abrir un boquete en casa. Lo mismo vosotros, estad preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre”. Pedro le dijo: “Señor, ¿dices esta parábola por nosotros o por todos?» Y el Señor dijo:«¿Quién es el administrador fiel y prudente a quien el señor pondrá al frente de su servidumbre para que reparta la ración de alimento a sus horas? Bienaventurado aquel criado a quien su señor, al llegar, lo encuentre portándose así. En verdad os digo que lo pondrá al frente de todos sus bienes. Pero si aquel criado dijere para sus adentros: “Mi señor tarda en llegar”, y empieza a pegarles a los criados y criadas, a comer y beber y emborracharse, vendrá el señor de ese criado el día que no espera y a la hora que no sabe y lo castigará con rigor, y le hará compartir la suerte de los que no son fieles. El criado que, conociendo la voluntad de su señor, no se prepara ni obra de acuerdo con su voluntad, recibirá muchos azotes; pero el que, sin conocerla, ha hecho algo digno de azotes, recibirá menos. Al que mucho se le dio, mucho se le reclamará; al que mucho se le confió, más aún se le pedirá».

REFLEXIÓN

1.-“No temas, mi pequeño rebaño” Es la gran preocupación de Jesús. No quiere ver a sus seguidores paralizados por el miedo ni hundidos en el desaliento. No han de perder nunca la confianza y la paz. Jesús es nuestro Pastor. Y, como dice el Papa Francisco, “va delante, en medio y detrás del rebaño”. Delante para señalarnos el camino; en medio para acompañarnos, y detrás para acoger a las ovejas más débiles y más necesitadas. «Mi pequeño rebaño». Jesús mira con ternura inmensa a su pequeño grupo de seguidores. Son pocos. Tienen vocación de minoría. No han de pensar en grandezas. Así los imagina Jesús siempre: como un poco de «levadura» oculto en la masa, una pequeña «luz» en medio de la oscuridad, un puñado de «sal» para poner sabor a la vida. Estos “divinos diminutivos” de Jesús son encantadores. Como cuando les dice a sus discípulos antes de morir. ”Hijitos míos, qué poco me queda de estar con vosotros (Jn. 13,33)”.  Es como si toda la ternura acumulada en su corazón le estallara y la quisiera comunicar a sus discípulos en esa hora de despedida.

2.- Vuestro Padre ha tenido a bien daros a vosotros el reino. El reino, o mejor, el reinado de Dios, es el gran regalo que el Padre nos ha traído a través de Jesús. Cuando irrumpe dentro de nosotros, todo cambia. Lo que en esta vida lo tenemos por valor,  es superado por un valor superior. En este reino de Dios “es mejor dar que recibir”; “es mejor compartir que acumular”, “es mejor servir que dominar”. Y esto ¿para qué? ¿Para amargar nuestra existencia? Al contrario, para darnos alegría y libertad interior, para poder realizarnos plenamente como personas. Esta es la maravilla del reino: nada de lo humano queda sin sentido. Todo se llena de plenitud. Ser cristiano es no dejar las cosas a medias. Jesús no se conforma con que seamos poco-hombres o medio-hombres, sino hombres y mujeres a la medida de Jesús, el hombre perfecto. La eucaristía como sacramento, hace presente una realidad que está siempre en nosotros, aunque oculta: la presencia de Dios como don total que me capacita para darme totalmente y alcanzar de ese modo mi plenitud.

3.- Vigilad. El Señor nos propone la bella tarea de vigilar. Vigilar y así  estar preparados para cuando el Señor venga. La espera debe ser alegre, fiel, ilusionada. Nos preguntamos: ¿De dónde viene el Señor? ¿Acaso viene de enterrar a un muerto? ¡No! Viene de celebrar unas bodas. Oigamos sus palabras:” Vosotros estad  como los hombres que aguardan a que su señor vuelva de la boda, para abrirle apenas venga y llame. Bienaventurados aquellos criados a quienes el señor al llegar, los encuentre en vela; en verdad os digo que se ceñirá, los hará sentar a la mesa y, acercándose, les irá sirviendo” (Lc. 12, 36-37). El Señor espera que estemos bien despiertos para poder contarnos su bonita experiencia. Quiere que, de alguna manera, participemos de la fiesta de su amo. Lo increíble es que este maravilloso señor, al llegar, debe estar cansado, con ganas ya de irse a dormir. Pero ha visto la espera fiel y gozosa de sus criados y “se pone a servirles”. A esta espera “en el amor” Jesús responde con una inusitada generosidad. Mientras les sirve, les cuenta su experiencia, lo bien que se lo ha pasado. Y aquellos buenos criados, disfrutan de la alegría y la fiesta de su Señor. Un servicio sin amor crea esclavos; un servicio con amor crea hombres libres.

PREGUNTAS

1.- ¿Tengo con Jesús un trato cordial, cercano, propio de buenos amigos?

2.- ¿Siento el reino de Dios en mí como el estallido de la primavera?

3.- ¿Me gusta esperar al Señor con la alegría y el cariño de dos enamorados?

ESTE EVANGELIO, EN VERSO, SUENA ASÍ

«LA CASA ESTÁ PREPARADA»

Te agradecemos, Señor,

tu loca «corazonada».

Tú nos, regalas el Reino,

tesoro, perla sagrada.

Tu Reino de amor y vida

colma nuestras esperanzas.

Por él, lo vendemos todo.

No nos reservamos nada.

Puede ofrecernos el «mundo»:

dinero, poder y fama.

Nada tiene más valor

Que el Reino que nos regalas.

Por precaución, Tú nos mandas

mantener la vigilancia:

«con la cintura ceñida

y encendidas nuestras lámparas».

Somos los «siervos» que esperan

al «amo» de madrugada.

Somos «criados» vigilantes,

atentos a tu llamada.

Como el «señor» precavido

montamos todas «alarmas».

La «riqueza» es un ladrón

presto a robar nuestra casa.

Señor, con fidelidad

esperamos tu llegada.

Puedes venir cuando quieras.

La casa está preparada.

(Compuso estos versos José Javier Pérez Benedí)

ORACIÓN POR LA PAZ

Señor Jesús, ten piedad de nosotros y concédenos la paz y la unidad, no permitas que nos soltemos de tus manos y danos un corazón capaz de amar como tú nos amas. María Madre nuestra, auxílianos en estas difíciles horas de la tribulación, se nuestra fuerza y consuelo. Cúbrenos con tu manto y que la sangre de tu bendito Hijo nos proteja de todo mal.

Trabajo bien hecho

De ese haz de afectos e inspiraciones que suscita en el alma cristiana cualquier pasaje del Santo Evangelio, hay siempre algo que reclama la atención con mayor insistencia. Al leer este domingo el paso del Señor por la Decápolis, se me han quedado muy prendidas en el alma las últimas palabras: “bene omnia fecit…”. Jesús todo lo hizo bien. De ellas brotan las cuartillas de hoy.

El Señor ha operado una curación milagrosa: un sordomudo que por la acción de Cristo ve desatada su lengua y sus oídos abiertos al rumor de la vida. Conforme se divulgaba el suceso, cuenta San Marcos cómo crecía el pasmo de las gentes, que decían de Cristo esas palabras: “todo lo ha hecho bien: ha hecho oír a los sordos y hablar a los mudos”.

“Bene omnia fecit” —todo lo hizo bien. Yo no sé si aquellos campesinos de la Decápolis tenían una clara noción de la verdad formidable que encerraban esas tres palabras: “bene omnia fecit”. Más bien creo yo que no, que se quedaban en el asombro ante los portentos de un taumaturgo. Quizá no pensaban que los milagros eran la excepción y que las palabras de asombro que se les venían a los labios –“¡todo lo hizo bien!”– debían extenderse absolutamente a todas las cosas de Cristo: también a su vida ordinaria de la que nos dejó un modelo perfecto en los treinta años que la Iglesia llama de vida oculta.

Los cristianos de hoy –que por vocación divina también hemos de seguir las huellas del Maestro– no hemos visto con nuestros ojos de carne los milagros de Cristo en las encrucijadas de Palestina. Pero sobre nosotros gravitan, con la fuerza del Espíritu Santo, veinte siglos de tradición viviente en la Iglesia, que nos hacen penetrar en el sentido de aquellos sucesos con más profundidad que muchos de los que fueron espectadores inmediatos.

Por eso, la exclamación que corría por la Decápolis – ¡todo lo hizo bien!– tiene en nuestros días luces de claridad. Sí, la vida de Cristo fue eso que él llamó su alimento: hacer la voluntad de su Padre, y por tanto hacer bien todas las cosas, realizar con perfección su misión y su tarea de cada momento. La misión del cristiano, que ha de seguir siempre las huellas de Jesús, es aplicarse el cumplimiento de su tarea ordinaria captada como voluntad de Dios y con la mirada puesta en Dios. Para un cristiano corriente el seguimiento y la imitación de Cristo es la santificación del trabajo ordinario.

“Bene omnia fecit” —Todo lo hizo bien. Aquí está la santidad. Y la entrega que exige la santidad, en un hombre que tiene como medio de santificación su labor profesional, sus ocupaciones ordinarias, se manifiesta en una doble dirección.

Primero, en la perfección misma de la labor de que se trate, en la calidad humana del trabajo –cualquiera que sea–, que exige una concentración de todas las energías y de todos los talentos del sujeto. Es éste un elemento de la vida cristiana que parecen haber olvidado muchos católicos que no entienden en sentido verdaderamente evangélico el “desprecio de las cosas de este mundo”. “No me explico que te llames cristiano y tengas esa vida de vago inútil. —¿Olvidas la vida de trabajo de Cristo?” (Camino, 356).

Pero junto a la calidad humana del trabajo –“conditio sine qua non”–, el “bene omnia fecit” de Cristo exige la calidad sobrenatural de la tarea: es decir, el trabajar con la mirada puesta en el Señor, ofreciéndole las obras de nuestras manos. Esto es lo esencial. Trabajar, sí. Pero trabajar para Dios. Entonces también el cristiano podrá decir al oído de muchos compañeros de tarea esa palabra bautismal: Effetha, ábrete… a la Palabra de Jesús.

En el alma de un hombre que quiere santificar su trabajo ordinario, este flujo conjunto de tarea bien hecha y de ofrecimiento del trabajo al Señor es la expresión cotidiana de eso que siempre han llamado los autores espirituales vida de oración.

Pedro Rodríguez

¡Ven, Señor Jesús!

1.- En algunos de los escritos de San Pablo se nota que esperaba la vuelta del Señor Jesús antes de morir. Al final se convence de que no va a ser así. Es conmovedor. Todos vivimos con la esperanza de la Segunda Venida de Jesús y es obvio que a alguien le tocará asistir a ella con vida. No necesitará de escuchar la trompeta que toque el ángel. Y a la espera de su llegada hemos de estar despiertos y atentos. Su llegada, o nuestra salida de este mundo, pueden acontecer en cualquier momento y hemos de estar preparados. No es fácil estarlo y las lecturas de este domingo y, sobre todo, el muy denso trozo del Evangelio de San Lucas que se lee en la misa de hoy nos marca el conocimiento del camino y la dirección de la ruta más apropiada.

2.- La vida del cristiano es un camino de perfección con tintes divinos. Es obvio que importa menos la perfección en el camino estrictamente humano, pero no es así en nuestro comportamiento respecto a la cercanía del Señor. Aunque vayamos abandonando viejos –y más graves– procederes, la sola irrupción de lo que se llama un pecado venial nos va a llenar de tristeza por lo que significa lejanía de Dios. Y aunque humanamente se vaya avanzando, parece que espiritualmente la distancia se agudiza cada vez más, respecto a la bondad de Dios. No significa esto desesperanza. La comprobación de nuestra pequeñez se hace mediante la mejor comprensión de lo que es Dios y que «sin su ayuda nadie puede salvarse».

3.- El estar preparados para el momento de la despedida humana y del encuentro por Dios podría cuestionar la misericordia divina. Es decir, si Dios es infinitamente misericordioso no nos abandonará. Esto es cierto y las oportunidades de reconciliación con Él son constantes. Pero ahí mismo aparece también su justicia infinita y en ella está el proceder de todos los demás y su valoración justísima respecto al resto de los humanos. Es necesario tener ceñida la cintura y encendida las lámparas, porque el Señor esta ofreciendo a los que le aman posiciones significativas en su Iglesia. Y esas no son promesas humanas. De este fragmento del Evangelio de San Lucas se sacan los rezos litúrgicos de las misas de los santos: «¿Quién es el administrador fiel y solicito a quien el amo ha puesto al frente de su servidumbre para que les reparta la ración a sus horas?» Y también: «No temas, pequeño rebaño; porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el reino. Vended vuestros bienes, y dad limosna; haceos talegas que no se echen a perder, y un tesoro inagotable en el cielo, adonde no se acercan los ladrones ni roe la polilla».

4.- Y es que junto a la petición de vigilia espiritual está la promesa de fidelidad sacerdotal. La liturgia de este domingo es un canto al servicio que supone el sacerdocio. Y por eso se ofrece un fragmento muy interesante de la Carta de los Hebreos que narra la fuerza de la fe los amigos de Dios. La Carta a los Hebreos es un canto al sacerdocio eterno de Cristo, pero también una reflexión para el sacerdocio de todos los demás cristianos como «pueblo elegido de príncipes u sacerdotes.

5.- No se pude negar la densidad de los textos de esta semana y la existencia de dificultad a la hora de su comentario, pero no vamos a dejar de citar el principio la primera fase del texto del Libro de la Sabiduría: «La noche de la liberación se les anuncio de antemano a nuestros padres, para que tuvieran ánimo al conocer con certeza la promesa de que se fiaban». La noche de la liberación la esperamos todos, porque estamos prisioneros de nuestros errores y nuestras pasiones, porque, en definitiva, sin la ayuda precisa y permanente de Dios a ningún buen sitio podemos llegar.

Ángel Gómez Escorial

La promesa de Dios

Una promesa es algo muy serio, porque expresa la firma voluntad de la persona de dar o hacer algo. Para que esta promesa tenga valor, la persona que la hace ha de ser merecedora de confianza, para tener la certeza de que cumplirá lo prometido. Son muchas las ocasiones de nuestra vida en la que encontramos promesas: desde lo más cotidiano (“prometo ser puntual”, “prometo estudiar”) hasta los temas más serios, como antes de asumir un cargo importante (“prometo cumplir…”). En nuestra vida de fe también aparecen a menudo las promesas: en la Vigilia Pascual renovamos las promesas bautismales, en el Sacramento del Matrimonio (“prometo serte fiel…”) y en la ordenación diaconal y presbiteral el Obispo pregunta: (“¿Prometes… observar el celibato…?” “¿Prometes obediencia y respeto a mí y a mis sucesores”?) Y se responde: “Prometo”.

También Dios ha hecho varias promesas a lo largo de la Historia, y la Palabra de Dios de este domingo nos lo ha recordado. En la 1ª lectura hemos escuchado que la noche de la liberación les fue preanunciada a nuestros antepasados, para que, sabiendo con certeza en qué promesas creían, tuvieran buen ánimo. Y a la promesa de Dios respondemos con la fe, como nos ha recordado la 2ª lectura: La fe es fundamento de lo que se espera, y garantía de la que no se ve. Y por ella son recordados los antiguos. Y nos recuerda a Abrahán, que por la fe obedeció a la llamada… y salió sin saber adónde iba… y lo mismo Isaac y Jacob, herederos de la misma promesa. Y por la fe también Sara, siendo estéril, obtuvo “vigor para concebir” cuando ya se le había pasado la edad, porque consideró fiel al que se lo prometía.

Pero a veces nos parece que Dios no cumple su promesa, o tarda excesivamente en hacerlo, y “perdemos la fe”, desconfiamos de Él. Por eso la 2ª lectura también nos ha dicho que con fe murieron todos estos, sin haber recibido las promesas, sino viéndolas y saludándolas de lejos, confesando que eran huéspedes y peregrinos en la tierra. La promesa de Dios no se circunscribe a nuestro “ahora”, sino que tiene un alcance mucho mayor; la promesa de Dios es la venida del Hijo del hombre, como nos ha recordado Jesús en el Evangelio: Estad preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo de hombre, una venida que Él ha prometido en diferentes ocasiones: Entonces verán al Hijo del hombre venir en una nube, con gran poder y gloria. (Lc 21, 27). La esa venida en gloria, es el cumplimiento pleno de la promesa de Dios, que nosotros también “saludamos desde lejos”, como los antiguos.

La Palabra de Dios de este domingo nos recuerda que nosotros somos herederos de esa promesa de Dios y que nuestra respuesta debe ser la fe. Y también nos recuerda que somos huéspedes y peregrinos en la tierra y que ansiamos una patria mejor, la del cielo.

Con la mirada puesta en esa meta definitiva, la promesa de Dios nos hace estar preparados, afrontando por la fe el tiempo presente, con buen ánimo; la fe en Dios nos pone en camino, como a Abrahán, sacándonos de nuestras rutinas, comodidades y miedos que nos paralizan; la fe en Dios nos da vigor, como a Sara, para descubrir posibilidades y caminos cuando todo parece estéril, acabado, sin futuro… La fe en Dios mantiene nuestra esperanza, aunque no hayamos recibido las promesas, porque también consideramos fiel al que nos lo ha prometido, que es el mismo Dios.

¿Qué promesas he hecho a lo largo de mi vida? ¿Las he cumplido? ¿Qué promesas me han hecho? ¿Me he fiado? ¿Me fío de Dios? ¿En qué momentos he pensado que Él “no cumple su promesa”? ¿He mantenido la fe, a pesar de ello? ¿Tengo presente la promesa de la venida de Cristo en gloria? ¿Cómo me preparo para ese momento, que puede llegar a la hora que menos penséis?

Si en el ámbito familiar, social, laboral, político… una promesa tiene tanto valor y tanta fuerza, muchísimo más valor y fuerza deberíamos dar a la promesa de Dios. Como rezamos en el Credo, “de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos y su reino no tendrá fin”. Ésa es la meta hacia la que nos dirigimos, la meta que ya ahora “saludamos desde lejos” y para la que debemos estar preparados, viviendo por la fe nuestro tiempo presente, como huéspedes y peregrinos, incluso sin recibir ningún “anticipo” de esa promesa, hasta que llegar a nuestro encuentro definitivo con el Señor en el cielo.

Comentario al evangelio – Domingo XIX de Tiempo Ordinario

FE, ESPERANZA Y VALENTÍA
POR LA FE…


          FE, ESPERANZA Y VALENTÍA  son 3 palabras de las lecturas de hoy que quieren invitarnos a la reflexión, iluminar nuestra situación y movernos a la acción. Vamos a situarlas en nuestro contexto, en nuestra realidad, para descubrir su significado.

 ¤ Ser hoy creyente cristiano no está bien visto, al menos en Occidente, y en particular en España. No es moderno, ya no se lleva. Es para gente con poca cultura o formación, para gente «mayor».

Hay toda una corriente social que va barriendo poco a poco las tradiciones, símbolos, manifestaciones y costumbres religiosas. Las va dejando en puro folklore (procesiones, ritos, costumbres, fiestas populares… para las que no hace falta en absoluto la fe. Y si no, nos invitan a guardar nuestras creencias en el ámbito de lo privado: cada cual que crea lo que le parezca, pero que no moleste, que no se le note, y que no interfiera en las decisiones de la vida, sobre todo social, política o económica.

¤ Hay una evidente dificultad: cómo transmitir la fe a las nuevas generaciones. No es necesario echar manos de datos y encuentras: cualquiera puede darse cuenta de cómo los templos y celebraciones se vacían. Muchos padres, y todavía más muchos abuelos, se inquietan al ver que los más jóvenes de casa no quieren ir a misa, no rezan, no se casan por la Iglesia ni bautizan a sus hijos… Ya no se bendice la mesa, prefieren no acudir al cementerio, no se apuntan a las clases de religión o las catequesis…
Y esto ocurre a la vez que otros pueblos, otras culturas y otras religiones nos muestran una fuerza y entusiasmo religioso, contrastando fuertemente con los que vivimos nosotros por estas tierras.

¤ No pocos de los que se consideran creyentes se desaniman ante las muchas dificultades para ser consecuentes con su fe: cuesta comprometerse y ser fiel a los compromisos. Se ve el Evangelio como un asunto imposible, impracticable en nuestra sociedad tan adelantada. Resulta difícil, aburrido, cansado, extraño hacer un camino de oración personal. No se sienten identificados con ciertas afirmaciones de las autoridades eclesiales, y bastantes no sabrían decir qué les aporta la fe, en qué se diferencian de los no-creyentes; incluso no están muy seguros de si cambiaría realmente algo en sus vidas si prescindieran por fin de Dios.

¤ Un rasgo muy significativo de hoy es el el individualismo en la vivencia de la fe. No necesitamos de otros para profundizar, contrastar, madurar o crecer en la fe. Cada uno se apaña como puede y se hace su «fe a la carta». Nos cuesta hablar y compartir nuestras experiencia de Dios, nuestras inquietudes religiosas, nuestra oración, las motivaciones profundas de nuestras decisiones, nuestras dudas y búsquedas… cuando resulta que la fe cristiana es esencialmente comunitaria.

¤ Definir entre nosotros qué es la fe o en qué consiste ser cristiano… se vuelve tarea bien complicada. Y por lo tanto, también es complicado ponerse de acuerdo en lo que habría que hacer transmitirla…. e incluso para mantener la propia, tan zarandeada por mil vientos.

           No podemos caer en el catastrofismo, el pesimismo, la pura lamentación, la tristeza, ni que nos envuelva el desánimo. Ni caer en añoranzas de un pasado que no existe ni va a volver. Ni simplificar las cosas o dedicarnos a buscar «culpables».

Aunque el tema es complejo, ¿qué nos aportaría la Palabra de Dios que hoy hemos escuchado?

  • Primero, que el camino de la fe es difícil, arriesgado y supone renuncias, esfuerzo y búsqueda continúa, como todo lo que merece la pena en esta vida. Es, por tanto, exigente, y no podemos andar con «rebajas».
Pero nosotros ¡ESPERAMOS!, no nos conformamos con las cosas como son. Tenemos ESPERANZA y esperamos «mejorar-nos». No nos quedamos dormidos dejando pasar las horas, los días y los años. Nos ponemos a la tarea cada día, VIGILANTES. Al que mucho recibe, más se le exigirá.  Y aquel que sabe lo que Dios quiere y no está dispuesto a ponerlo por obra, recibirá muchos azotes. Es una manera de hablar lo de los azotes, pero es un toque de atención: Tenemos una RESPONSABILIDAD de la que nos pedirán cuentas a todos. Y hemos recibido mucho: la fe, el Reino…

 • Segundo: mirando a los grandes creyentes (segunda lectura de hoy), creer -tener fe- significa buscar y HACER lo que Dios quiere de mí. Él tiene para mí un proyecto que implica ponerse en camino, buscar lo nuevo dejando atrás la comodidad, las seguridades y proyectos, lo ya conseguido y conocido, y lo que realmente no me da plenitud.  Significa vivir la vida con Dios. Como Abraham, Sara, Moisés, Jacob… Y sin miedos, porque Dios está con nosotros y es fiel a sus promesas.

 •  Tercero: Ser solidarios en los peligros y en los bienes (primera lectura). El individualismo que tanto daño hace en la sociedad actual, también daña gravemente la fe. Por eso, nuestra opción ha de ser compartir lo que tenemos y lo que nos pasa, y hacer nuestro lo de los otros. Y especialmente, vivir pendientes de los que están peor; luchar por una ciudad nueva, justa fraterna. Tener un tesoro en el cielo, y no en el Banco o en propiedades y bienes.

           Es oportuno que hoy nos planteemos la pregunta de Pedro: Señor, ¿has dicho estas palabras por nosotros? Pues claro: ¡no pensemos que el Evangelio es para otros, o solo una parte es para mí…! Su mensaje es para pocos: Jesús llama a los suyos «pequeño» rebaño. Pequeño.

No importa la edad que uno tenga: Abraham y Sara nos lo podrían explicar muy bien. No eran precisamente jóvenes cuando Dios les hizo «salir». O Samuel, que era un niño cuando Dios le salió al paso. El Evangelio es para los (¿pocos?) que esperan algo mejor, y procuran estar atentos a la «repentina», discreta e inesperada presencia del Señor en nuestra vida cotidiana, para poder reconocerla y acogerla.

      Que podamos escuchar algún día de labios del Señor:: «Dichosos vosotros… sentaos a la mesa, que yo mismo os iré sirviendo». Sorprendente y fantástica promesa para los que vivan «en vela» y sueñen y trabajen por un mundo mejor.

Quique Martínez de la Lama-Noriega, cmf
Imagen superior de peakpx.com. Imagen inferior Fran Pulido (ElPaís)