Comentario – Domingo XIX de Tiempo Ordinario

(Lc 12, 32-48)

Jesús mira al grupo pequeño y pobre de sus discípulos. Y parece como si al mirarlos depositara en ellos una luz de ternura, que envuelve todas sus palabras. Los invita a no tener miedo, los llama «rebañito pequeño», les dice que Dios es el padre de ellos y que ha querido darles su Reino.

Pero después de estas palabras tan cálidas y consoladoras, Jesús les recuerda que el corazón de ellos puede apegarse a las cosas de la tierra, que el tesoro de ellos puede dejar de ser Dios. Por eso los exhorta a ser desprendidos y a dar limosna, para que el tesoro de ellos esté realmente en las cosas del Cielo. Porque cuando entramos en la lógica del Reino de Dios sucede que, mientras más damos, más nos enriquecemos de bienes celestiales.

En el Antiguo Testamento encontramos muchas promesas de bendición para los generosos (Prov 11, 25; 19, 17; 28, 27; Dn 4, 24; Tobías 12, 8-9; Eclo 3, 31; 7, 32; 29, 12), pero esas promesas acentuaban una bendición en esta tierra, sobre todo en bienes materiales. Ahora, cuando Jesús habla de un tesoro en el cielo, pone el acento en otra riqueza: la paz de Dios, su amor, su poder. Sin embargo, esto no niega que sigue en pie la otra promesa: al que se entregue a Dios por el Reino no le faltará nada, no tiene que preocuparse por su futuro (12, 27-30), porque estará protegido y tendrá el auxilio de su Padre.

Luego Jesús vuelve a pedir a sus discípulos que estén atentos, que no se duerman; el Señor puede volver en cualquier momento y encontrarnos viviendo como viven los incrédulos y malvados. Y en esa venida, el Señor exigirá una respuesta mayor a los que han recibido más.

Los discípulos, que han sido privilegiados con la compañía de Jesús, con su Palabra, con su cariño cercano, tendrán que responder por el tesoro que se les ha confiado; por eso de ellos se espera una respuesta de amor mayor que la que se exige a los que no tienen el don de la fe.

Oración:

«Inúndame con tu amor y tu poder, Señor, para que viva firme en tu camino, sabiendo que soy infinitamente amado, pero que tu mirada espera de mí una vida digna, bella, entregada con sinceridad al amor y a la justicia».

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día