La promesa de Dios

Una promesa es algo muy serio, porque expresa la firma voluntad de la persona de dar o hacer algo. Para que esta promesa tenga valor, la persona que la hace ha de ser merecedora de confianza, para tener la certeza de que cumplirá lo prometido. Son muchas las ocasiones de nuestra vida en la que encontramos promesas: desde lo más cotidiano (“prometo ser puntual”, “prometo estudiar”) hasta los temas más serios, como antes de asumir un cargo importante (“prometo cumplir…”). En nuestra vida de fe también aparecen a menudo las promesas: en la Vigilia Pascual renovamos las promesas bautismales, en el Sacramento del Matrimonio (“prometo serte fiel…”) y en la ordenación diaconal y presbiteral el Obispo pregunta: (“¿Prometes… observar el celibato…?” “¿Prometes obediencia y respeto a mí y a mis sucesores”?) Y se responde: “Prometo”.

También Dios ha hecho varias promesas a lo largo de la Historia, y la Palabra de Dios de este domingo nos lo ha recordado. En la 1ª lectura hemos escuchado que la noche de la liberación les fue preanunciada a nuestros antepasados, para que, sabiendo con certeza en qué promesas creían, tuvieran buen ánimo. Y a la promesa de Dios respondemos con la fe, como nos ha recordado la 2ª lectura: La fe es fundamento de lo que se espera, y garantía de la que no se ve. Y por ella son recordados los antiguos. Y nos recuerda a Abrahán, que por la fe obedeció a la llamada… y salió sin saber adónde iba… y lo mismo Isaac y Jacob, herederos de la misma promesa. Y por la fe también Sara, siendo estéril, obtuvo “vigor para concebir” cuando ya se le había pasado la edad, porque consideró fiel al que se lo prometía.

Pero a veces nos parece que Dios no cumple su promesa, o tarda excesivamente en hacerlo, y “perdemos la fe”, desconfiamos de Él. Por eso la 2ª lectura también nos ha dicho que con fe murieron todos estos, sin haber recibido las promesas, sino viéndolas y saludándolas de lejos, confesando que eran huéspedes y peregrinos en la tierra. La promesa de Dios no se circunscribe a nuestro “ahora”, sino que tiene un alcance mucho mayor; la promesa de Dios es la venida del Hijo del hombre, como nos ha recordado Jesús en el Evangelio: Estad preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo de hombre, una venida que Él ha prometido en diferentes ocasiones: Entonces verán al Hijo del hombre venir en una nube, con gran poder y gloria. (Lc 21, 27). La esa venida en gloria, es el cumplimiento pleno de la promesa de Dios, que nosotros también “saludamos desde lejos”, como los antiguos.

La Palabra de Dios de este domingo nos recuerda que nosotros somos herederos de esa promesa de Dios y que nuestra respuesta debe ser la fe. Y también nos recuerda que somos huéspedes y peregrinos en la tierra y que ansiamos una patria mejor, la del cielo.

Con la mirada puesta en esa meta definitiva, la promesa de Dios nos hace estar preparados, afrontando por la fe el tiempo presente, con buen ánimo; la fe en Dios nos pone en camino, como a Abrahán, sacándonos de nuestras rutinas, comodidades y miedos que nos paralizan; la fe en Dios nos da vigor, como a Sara, para descubrir posibilidades y caminos cuando todo parece estéril, acabado, sin futuro… La fe en Dios mantiene nuestra esperanza, aunque no hayamos recibido las promesas, porque también consideramos fiel al que nos lo ha prometido, que es el mismo Dios.

¿Qué promesas he hecho a lo largo de mi vida? ¿Las he cumplido? ¿Qué promesas me han hecho? ¿Me he fiado? ¿Me fío de Dios? ¿En qué momentos he pensado que Él “no cumple su promesa”? ¿He mantenido la fe, a pesar de ello? ¿Tengo presente la promesa de la venida de Cristo en gloria? ¿Cómo me preparo para ese momento, que puede llegar a la hora que menos penséis?

Si en el ámbito familiar, social, laboral, político… una promesa tiene tanto valor y tanta fuerza, muchísimo más valor y fuerza deberíamos dar a la promesa de Dios. Como rezamos en el Credo, “de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos y su reino no tendrá fin”. Ésa es la meta hacia la que nos dirigimos, la meta que ya ahora “saludamos desde lejos” y para la que debemos estar preparados, viviendo por la fe nuestro tiempo presente, como huéspedes y peregrinos, incluso sin recibir ningún “anticipo” de esa promesa, hasta que llegar a nuestro encuentro definitivo con el Señor en el cielo.

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