Trabajo bien hecho

De ese haz de afectos e inspiraciones que suscita en el alma cristiana cualquier pasaje del Santo Evangelio, hay siempre algo que reclama la atención con mayor insistencia. Al leer este domingo el paso del Señor por la Decápolis, se me han quedado muy prendidas en el alma las últimas palabras: “bene omnia fecit…”. Jesús todo lo hizo bien. De ellas brotan las cuartillas de hoy.

El Señor ha operado una curación milagrosa: un sordomudo que por la acción de Cristo ve desatada su lengua y sus oídos abiertos al rumor de la vida. Conforme se divulgaba el suceso, cuenta San Marcos cómo crecía el pasmo de las gentes, que decían de Cristo esas palabras: “todo lo ha hecho bien: ha hecho oír a los sordos y hablar a los mudos”.

“Bene omnia fecit” —todo lo hizo bien. Yo no sé si aquellos campesinos de la Decápolis tenían una clara noción de la verdad formidable que encerraban esas tres palabras: “bene omnia fecit”. Más bien creo yo que no, que se quedaban en el asombro ante los portentos de un taumaturgo. Quizá no pensaban que los milagros eran la excepción y que las palabras de asombro que se les venían a los labios –“¡todo lo hizo bien!”– debían extenderse absolutamente a todas las cosas de Cristo: también a su vida ordinaria de la que nos dejó un modelo perfecto en los treinta años que la Iglesia llama de vida oculta.

Los cristianos de hoy –que por vocación divina también hemos de seguir las huellas del Maestro– no hemos visto con nuestros ojos de carne los milagros de Cristo en las encrucijadas de Palestina. Pero sobre nosotros gravitan, con la fuerza del Espíritu Santo, veinte siglos de tradición viviente en la Iglesia, que nos hacen penetrar en el sentido de aquellos sucesos con más profundidad que muchos de los que fueron espectadores inmediatos.

Por eso, la exclamación que corría por la Decápolis – ¡todo lo hizo bien!– tiene en nuestros días luces de claridad. Sí, la vida de Cristo fue eso que él llamó su alimento: hacer la voluntad de su Padre, y por tanto hacer bien todas las cosas, realizar con perfección su misión y su tarea de cada momento. La misión del cristiano, que ha de seguir siempre las huellas de Jesús, es aplicarse el cumplimiento de su tarea ordinaria captada como voluntad de Dios y con la mirada puesta en Dios. Para un cristiano corriente el seguimiento y la imitación de Cristo es la santificación del trabajo ordinario.

“Bene omnia fecit” —Todo lo hizo bien. Aquí está la santidad. Y la entrega que exige la santidad, en un hombre que tiene como medio de santificación su labor profesional, sus ocupaciones ordinarias, se manifiesta en una doble dirección.

Primero, en la perfección misma de la labor de que se trate, en la calidad humana del trabajo –cualquiera que sea–, que exige una concentración de todas las energías y de todos los talentos del sujeto. Es éste un elemento de la vida cristiana que parecen haber olvidado muchos católicos que no entienden en sentido verdaderamente evangélico el “desprecio de las cosas de este mundo”. “No me explico que te llames cristiano y tengas esa vida de vago inútil. —¿Olvidas la vida de trabajo de Cristo?” (Camino, 356).

Pero junto a la calidad humana del trabajo –“conditio sine qua non”–, el “bene omnia fecit” de Cristo exige la calidad sobrenatural de la tarea: es decir, el trabajar con la mirada puesta en el Señor, ofreciéndole las obras de nuestras manos. Esto es lo esencial. Trabajar, sí. Pero trabajar para Dios. Entonces también el cristiano podrá decir al oído de muchos compañeros de tarea esa palabra bautismal: Effetha, ábrete… a la Palabra de Jesús.

En el alma de un hombre que quiere santificar su trabajo ordinario, este flujo conjunto de tarea bien hecha y de ofrecimiento del trabajo al Señor es la expresión cotidiana de eso que siempre han llamado los autores espirituales vida de oración.

Pedro Rodríguez