¡Ven, Señor Jesús!

1.- En algunos de los escritos de San Pablo se nota que esperaba la vuelta del Señor Jesús antes de morir. Al final se convence de que no va a ser así. Es conmovedor. Todos vivimos con la esperanza de la Segunda Venida de Jesús y es obvio que a alguien le tocará asistir a ella con vida. No necesitará de escuchar la trompeta que toque el ángel. Y a la espera de su llegada hemos de estar despiertos y atentos. Su llegada, o nuestra salida de este mundo, pueden acontecer en cualquier momento y hemos de estar preparados. No es fácil estarlo y las lecturas de este domingo y, sobre todo, el muy denso trozo del Evangelio de San Lucas que se lee en la misa de hoy nos marca el conocimiento del camino y la dirección de la ruta más apropiada.

2.- La vida del cristiano es un camino de perfección con tintes divinos. Es obvio que importa menos la perfección en el camino estrictamente humano, pero no es así en nuestro comportamiento respecto a la cercanía del Señor. Aunque vayamos abandonando viejos –y más graves– procederes, la sola irrupción de lo que se llama un pecado venial nos va a llenar de tristeza por lo que significa lejanía de Dios. Y aunque humanamente se vaya avanzando, parece que espiritualmente la distancia se agudiza cada vez más, respecto a la bondad de Dios. No significa esto desesperanza. La comprobación de nuestra pequeñez se hace mediante la mejor comprensión de lo que es Dios y que «sin su ayuda nadie puede salvarse».

3.- El estar preparados para el momento de la despedida humana y del encuentro por Dios podría cuestionar la misericordia divina. Es decir, si Dios es infinitamente misericordioso no nos abandonará. Esto es cierto y las oportunidades de reconciliación con Él son constantes. Pero ahí mismo aparece también su justicia infinita y en ella está el proceder de todos los demás y su valoración justísima respecto al resto de los humanos. Es necesario tener ceñida la cintura y encendida las lámparas, porque el Señor esta ofreciendo a los que le aman posiciones significativas en su Iglesia. Y esas no son promesas humanas. De este fragmento del Evangelio de San Lucas se sacan los rezos litúrgicos de las misas de los santos: «¿Quién es el administrador fiel y solicito a quien el amo ha puesto al frente de su servidumbre para que les reparta la ración a sus horas?» Y también: «No temas, pequeño rebaño; porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el reino. Vended vuestros bienes, y dad limosna; haceos talegas que no se echen a perder, y un tesoro inagotable en el cielo, adonde no se acercan los ladrones ni roe la polilla».

4.- Y es que junto a la petición de vigilia espiritual está la promesa de fidelidad sacerdotal. La liturgia de este domingo es un canto al servicio que supone el sacerdocio. Y por eso se ofrece un fragmento muy interesante de la Carta de los Hebreos que narra la fuerza de la fe los amigos de Dios. La Carta a los Hebreos es un canto al sacerdocio eterno de Cristo, pero también una reflexión para el sacerdocio de todos los demás cristianos como «pueblo elegido de príncipes u sacerdotes.

5.- No se pude negar la densidad de los textos de esta semana y la existencia de dificultad a la hora de su comentario, pero no vamos a dejar de citar el principio la primera fase del texto del Libro de la Sabiduría: «La noche de la liberación se les anuncio de antemano a nuestros padres, para que tuvieran ánimo al conocer con certeza la promesa de que se fiaban». La noche de la liberación la esperamos todos, porque estamos prisioneros de nuestros errores y nuestras pasiones, porque, en definitiva, sin la ayuda precisa y permanente de Dios a ningún buen sitio podemos llegar.

Ángel Gómez Escorial