Comentario – Miércoles XIX de Tiempo Ordinario

Mt 18, 15-20

Si tu hermano te ofende…

Ya se ha tratado este caso en el pasaje precedente: y Jesús había dicho que no había que despreciar al extraviado sino ir en su busca… La Iglesia no es una comunidad de «puros» -cataros-. Cuando nos echan en cara que los «cristianos no son mejores que los demás», debemos reconocer sencillamente que es verdad, y que Jesús lo ha previsto y ha establecido una serie de actitudes a tomar en este caso.

Ve y házselo ver a solas entre los dos. Si te hace caso, has ganado a tu hermano.
El hermano que ha notado el «mal» en otro ha de dar el primer paso. Pero éste será discreto, a solas los dos para que el mal no trascienda, en lo posible… y el hermano pueda conservar su reputación y su honor.

¿Somos nosotros delicados como lo fue Jesús… o bien nos apresuramos a publicar los defectos de los demás? ¿Tenemos el sentido de los «contactos personales»… o bien preferimos ser un enderezador público de entuertos? ¿Nuestras intervenciones intentan «salvar», «ganar» a nuestros hermanos… o contribuyen a hundirles más todavía?

Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos para que toda la cuestión quede zanjada por la palabra de dos o más testigos. Si no los escucha, díselo a la comunidad de la Iglesia. Si rehusa escuchar a la Iglesia, considéralo como un pagano o un publicano.

En esa gradación progresiva, hay varias indicaciones importantes:

1.° No resignarse a los fracasos; continuar, por otros medios, a querer salvar.

2.° No usar las grandes condenas sin haber probado otros medios.

3.° No fiarse del propio juicio personal y, en fin, remitirse al juicio del conjunto de la comunidad, de la Iglesia.

4.° Consideremos por fin que es el hermano mismo,

quien se ha situado fuera de la comunidad, por sus rechazos repetidos. La dureza de la última frase -«considéralo como un pagano» no se explica, precisamente, más que ¡por el hecho de haberlo probado todo para la retractación del pecador! ¿Adoptamos esas actitudes misericordiosas en nuestros grupos, en nuestras comunidades, en la Iglesia? El gran riesgo de todos los grupos «fervientes» es hacerse sectarios, es encerrarse en capillitas que pasan el tiempo en excluir a los que no piensan como ellos: ¡condenar, criticar, rebatir… a los demás!

Todo lo que desatéis en la tierra, quedará desatado en el cielo, y todo lo que atéis en la tierra, quedará atado en el cielo.

¡Sorprendente! Jesús repite ahora a toda la comunidad lo que había dicho personalmente a Pedro (Mateo 16, 19). Así pues, por las palabras de Jesús, todos los miembros de la comunidad quedan encargados de perdonar a sus hermanos. Y esto es verdad, y muy psicológico: muchas personas no descubrirán el «perdón de Dios» -perdón del cielo-si no descubren, cerca de ellos a unos hermanos -en la tierra que lleven a la práctica, en su conducta humana, una actitud concreta de misericordia y de perdón.

La Iglesia es el lugar maravilloso de la misericordia. Los cristianos «obligan» a Dios. Entre «cielo» y «tierra» hay semejanza: ¡qué responsabilidad!

Además en verdad os digo: Cuando dos o tres personas se reúnen en mi nombre -apelando a mí. Yo estoy allí en medio de ellas.

Hay que rezar «juntos». No hay que encerrarse en las propias y mezquinas intenciones o en actitudes personales. «Estar con» La Iglesia hoy, desde el Concilio Vaticano II, ha revalorizado esta necesidad de la participación de todos en la misma plegaria, y la dimensión colectiva de todos los sacramentos.

Noel Quesson
Evangelios 1