Lectio Divina – Jueves XIX de Tiempo Ordinario

¿Cuántas veces lo tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?

1.-Oración Introductoria.

Señor, Tú sabías muy bien que el perdón era totalmente necesario para la vida de comunidad. Por eso, en la oración del Padre Nuestro nos dijiste que teníamos que  pedir cada día el pan: el pan  material para “vivir” y el pan espiritual del perdón para “convivir”. Es imposible una vida de comunidad sin capacidad de perdonar. Señor, dame el don de saber perdonar de corazón a mis hermanos.

2.- Lectura reposada del evangelio: Mateo 18, 21-19,1

En aquel tiempo, acercándose Pedro a Jesús, le preguntó: Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces lo tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces? Jesús le contesta: No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Y les propuso esta parábola: Se parece el Reino de los Cielos a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus empleados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así. El empleado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo. El señor tuvo lástima de aquel empleado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda. Pero al salir, el empleado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios, y, agarrándolo, lo estrangulaba diciendo: Págame lo que me debes. El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba diciendo: Ten paciencia conmigo y te lo pagaré. Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía. Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: ¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo pediste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti? Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda. Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo, si cada cual no perdona de corazón a su hermano. Cuando acabó Jesús estos discursos, partió de Galilea y vino a la región de Judea, al otro lado del Jordán.

3.- Qué dice el texto

Meditación-reflexión.

Dentro del capítulo 18 sobre la “vida de fraternidad” el Señor ha insistido mucho sobre la necesidad del perdón. La razón es muy sencilla: Todos somos limitados, todos somos pecadores, todos nos equivocamos. Ante esta aplastante realidad, ¿qué podemos hacer? ¿Esforzarnos para evitar todo error, toda caída? Esto, además de llevarnos a una falsa humildad, no lo podríamos  evitar  dada nuestra situación de personas frágiles, débiles, limitadas. La única manera de salir de este  atolladero es fomentar una gran capacidad de perdón. Pero no sirve una reconciliación superficial, se necesita una reconciliación  “de corazón”. Ni bastan las palabras ni siquiera las buenas intenciones. No hay duda de que San Pedro tenía buenas intenciones cuando estaba dispuesto a perdonar “hasta siete veces” y sabemos que el siete es un número que indica perfección. Jesús le habla no de siete veces, sino de  “setenta veces siete”. Es  como si Jesús le dijera: Pedro, ¿me pides una medida para el perdón? Te la voy a dar: “Hay que perdonar sin medida”.  Y para que esto lo entienda bien le propone  una parábola de la “desmedida”. El rey  le perdona al empleado “diez mil talentos”. Esto equivaldría a TRESCIENTAS CINCUENTA TONELADAS DE ORO. Y lo que ese empleado no está dispuesto a perdonar a su pequeño deudor equivaldría a TREINTA GRAMOS DE ORO. Lo que el Señor quiere dejar bien claro, a la hora del perdón, es que  “no  miremos las pequeñas deudas que unos a otros nos debemos”, sino la inmensa deuda que todos debemos a Dios. Si Dios nos perdona todo, nos perdona siempre, y nunca nos pasa factura, ¿Cómo vamos nosotros a tener una cara tan dura para no perdonarnos nuestros fallos que, por grandes que nos parezcan, siempre son pequeños e insignificantes, comparados con todo lo que le debemos a Dios?

Palabra del Papa.

“Te pido perdón, Señor, por las veces que no he sabido perdonar cuando Tú no tienes límites al perdonarme. Te pido que me ayudes a comprender la debilidad del hombre. Dame un corazón grande, un corazón bondadoso. Que nunca ofenda a nadie y que todos puedan recibir consuelo en él. Dame, Jesús, unos ojos misericordiosos que se compadezcan de las necesidades del prójimo, y dame una lengua que siempre hable bien de los demás y de la que nunca salgan palabras duras. Dame la gracia de tener ese corazón tuyo. Que nunca me canse de perdonar y que siempre esté dispuesto a sufrir por mis hermanos. «El amor de Cristo, derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, nos permite vivir así, ser así: personas capaces de perdonar siempre; de dar siempre confianza, porque estamos llenos de fe en Dios; capaces de infundir siempre esperanza, porque estamos llenos de esperanza en Dios; personas que saben soportar con paciencia toda situación y a todo hermano y hermana, en unión con Jesús, que llevó con amor el peso de todos nuestros pecados.»   (Homilía de S.S. Francisco, 14 de febrero de 2015).

4.- Qué me dice hoy a mí este evangelio ya meditado. (Guardo silencio)

5.- Propósito: Después de haber orado con este evangelio, buscaré a la persona con quien me siento todavía distanciado y le pediré perdón independientemente de su reacción. El perdón me sale del corazón. Y se lo ofrezco gratis.

6.- Dios me ha hablado hoy a mí a través de su palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración.

Señor, te doy gracias porque Tú eres Dios y no un mero hombre. Los hombres somos mezquinos, cicateros, egoístas. Tú siempre eres generoso, y lo tuyo es lo grande, lo inmenso, lo nunca visto. Así siempre, y así también con el perdón. Como el perdón te sale del corazón, no cabe límite, ni medida. Tu perdón es inmenso, infinito, inabarcable. Gracias, Señor, porque eres Dios y no un simple hombre.

ORACIÓN POR LA PAZ.

Señor Jesús, ten piedad de nosotros y concédenos la paz y la unidad, no permitas que nos soltemos de tus manos y danos un corazón capaz de amar como tú nos amas. María Madre nuestra, auxílianos en estas difíciles horas de la tribulación, se nuestra fuerza y consuelo. Cúbrenos con tu manto y que la sangre de tu bendito Hijo nos proteja de todo mal.

Comentario – Jueves XIX de Tiempo Ordinario

Mt 18, 21 – 19, 1

Pedro se acercó a Jesús para decirle…

Al comienzo de ese discurso «comunitario» fueron todos los apóstoles juntos los que hicieron una pregunta a Jesús, (ver martes último). Ahora es Pedro el que pregunta. Es el «juego» de la colegialidad: el conjunto de los obispos, de una parte, el Papa como portavoz único del conjunto, de otra parte. El evangelio, discretamente, sugiere esa doble estructura esencial de la Iglesia.

Señor, si mi hermano me sigue ofendiendo, ¿cuántas veces lo tendré que perdonar?
¿No había entendido todavía? ¿Es pues tan difícil entender que Dios es bueno, misericordioso, capaz de perdonar infinitamente? ¿Por qué continuamos con nuestras imágenes de un Dios riguroso y duro?

No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Simbolismo de las cifras: «siete» es la cifra perfecta, multiplicada por sí misma, indica el infinito.

Pedro creía ir ya muy lejos ¡proponiendo hasta siete veces! Pero, para Jesús no hay tasas: ¡siempre hay que perdonar! Se dice muy aprisa que no se tiene nada que perdonar a nadie, que se es amigo de todo el mundo, que esta exigencia no nos concierne… O, lo que es peor se encuentran muchas razones egoístas y sutiles, o colectivas e ideológicas para justificar nuestro rechazo a perdonar. Pero, una vez más, el evangelio nos interpela a cada uno ¿Tendré suficiente valor para reconsiderar mi vida y poner nombres y rostros concretos… en esta parábola que estoy escuchando y que Tú, Señor, pronunciaste?

Un amo que quiso saldar cuentas con sus empleados… Una deuda de diez mil talentos -es decir, muchos millones-… Un pobre hombre que pide compasión… El amo «compadecido, ¡le perdona toda su deuda!»

Tal es Dios, dice Jesús; infinito en su bondad; capaz de perdonar todo.

En primer lugar, contemplo detenidamente esa magnanimidad, esa generosidad inverosímil, esa renuncia del amo a sus derechos, ese perdón infinitamente propalado.

HOY, en nuestro mundo, los hombres van acumulando pecados. La deuda miserable seguirá creciendo. Y Dios, movido a compasión, una vez más «perdonará toda la deuda». Gracias, Señor.

Y en esta marea de la humanidad pecadora, pienso en mi propia parte. Constantemente, yo mismo, soy perdonado… obtengo la remisión, de mi deuda personal. Y nada es capaz de hastiar a Dios. La fabulosa suma citada por Jesús no se debe al azar… es la verdad. Dios hace lo que ningún acreedor es capaz de hacer.

Ese mismo empleado, el mismo que fue tan generosamente tratado por su amo… exige a uno de sus compañeros una ínfima deuda de cien denarios (es decir, unas cien pesetas). Entonces el amo le dijo: «¡Miserable! Yo perdoné toda tu deuda… ¿No podías tú tener también compasión de tu compañero?»

Para Jesús, el deber del perdón mutuo se funda en el hecho que todos, nosotros mismos, somos beneficiarios del perdón de Dios. Se perdona realmente a los demás, a todos aquellos que nos ofenden, cuando se es consciente de ser uno mismo un «perdonado».

Una vez más es pues a Dios que hay que mirar, si queremos llegar a ser capaces de reconciliación sincera.

Pues lo mismo os tratará mi Padre… si cada uno perdona de corazón a su hermano.

«Perdónanos nuestras deudas, como nosotros perdonamos a nuestros deudores.»

«Perdónanos nuestras ofensas, como nosotros perdonamos a los que nos ofenden.»

«Dichosos los misericordiosos, ellos alcanzarán misericordia» El aparente rigor de Dios es el reflejo y el castigo de nuestra dureza de corazón.

Noel Quesson
Evangelios 1

El evangelio: fuego que abrasa

1.- Optar por el reino de Dios no es una cosa cualquiera. Nos hemos habituado, de tal manera, a vestir el manto de la religiosidad que, sin darnos cuenta, ¿no habremos perdido un poco el espíritu y el encanto de persuasión evangelizadora?

Porque, creer en Jesús, es mucho más que decir “soy católico” y, a continuación, vivir como si no lo fuera. Y, desgraciadamente, surgen dudas, miles de excusas.

Pero, el fuego del cual nos habla Jesús, la división de la cual habla el Señor, es aquella que viene como consecuencia de un compromiso firme y real por el evangelio.

Para ello, y es bueno recordarlo una vez más, es necesario un encuentro personal con Jesús. A veces ¿no os parece que decimos estar inmersos en la iglesia, ser cristianos pero…nos falta una experiencia profunda de fe?

2.-  El fuego, la división de la cual nos habla Jesús, viene cuando nos posicionamos en el lado de la fe. Cuando el anuncio de la Buena Noticia significa para nosotros mucho más que la repetición de unos ritos. Por poner un ejemplo. Actualmente, en la coyuntura de la vida social y política de España, comprobamos como “el tema religioso” levanta ampollas. Como hay un intento de aparcarlo a un lado porque según dicen “la fe pertenece al ámbito de lo privado”. Mientras que, otros, mantenemos que la fe se demuestra y se vive en el camino de la vida. Sin imposiciones pero con un objetivo: teñir todo el conglomerado con esa gran escuela de valores humanos y divinos que están dispersos a lo largo de todo el evangelio.

Lógico, pues, que esto no deje indiferente a nadie; a unos, porque no les gusta y les parece “poco moderno” y a otros, porque nos parece injusto el trato que recibe la iglesia o cualquier aspecto relativo a la religión.

Por ello mismo, la dulzura de la fe (simbolizada por ejemplo en el Corazón de Jesús) dista mucho de la proclamación y de la reflexión del evangelio de este día. Pero, es que el fuego del cual nos habla Jesús, es el mismo que ardió en el corazón de Cristo: el fuego del Espíritu.

3.- La fe, cuando se vive radicalmente, crea estos contrastes: adhesión e indiferencia; aplausos y reproches; caminos abiertos y dificultades; reconocimiento y martirios. Sí, amigos, es la realidad. Una fe, llevada a feliz término, no significa vivir la fe felizmente. Entre otras cosas porque estaríamos traicionando el espíritu evangélico. Por eso, cuando a la iglesia se le ataca de que divide, de que no se deja domesticar, de que no está a la altura de los tiempos…habría que responder con el evangelio en mano: “no he venido a traer paz sino división, y ojala estuviera el mundo ardiendo”. Ardiendo, por supuesto, por el fuego de la justicia, de la paz, del amor de Dios, de la fraternidad, del perdón, del bienestar general y no particular, etc., etc.

¿Qué nos asusta el conflicto y la división? Puede que sí. Pero el reinado de Dios no se impone sin oposición. El reino de Dios tiene mucho que ver y mucho que denunciar dentro de las estructuras del mundo; de la injusticia; de la pobreza; de la paz o de la guerra; del hambre o del confort; de la vida o de las muertes;

4.- Y, por ello mismo, porque hay muchos intereses creados, siempre padeceremos las divisiones, las presiones para que “esa opción por el reino de Dios” sea mucho más suave y más descafeinada.

Es bueno recordar la división que, Jesús, creó en los primeros cristianos. Hasta el mismo San Francisco de Asís tuvo que luchar en contra de su propio padre.

Nuestra situación es muy distinta. Yo diría que escandalosamente distinta. Quisiéramos una religión sin conflictos; una predicación sin contrarréplica; una evangelización sin escollos; un sacerdocio sin cruz; una iglesia sin martirologio.

Pidamos al Señor, en este domingo, que no seamos tan prudentes ni tan cobardes a la hora de presentar su mensaje.

5.- ¿Quieres saber si has predicado bien el evangelio? Preguntaba un gran santo a su discípulo. Si la gente sale de la iglesia alabándote o indiferente, es que el Señor no ha hablado.

Cristo Jesús, oh fuego que abrasa, no dejes que mis tinieblas tengan voz.
Cristo Jesús, disipa mis sombras, y que en mí sólo hable tu amor.

6.- PASIÓN POR EL REINO ENAMORADO

Tú te has acercado,
has soplado sobre los rescoldos
de mi corazón,
y luz, calor, fuego y vida
han surgido gratis
inundando todo mi ser.
Derribaré cuanto se interponga
entre nosotros:
mis miedos, mis apegos, mis trampas,
mis seguridades, mis murallas,
mis pecados, mis conciertos,
mi insensatez…
y hasta mis pensamientos sobre ti.
Te dejaré entrar
hasta las alcobas más íntimas.
No te retendré en el umbral.
Despojado de todo,
excepto de mi deseo por ti,
te esperaré despierto,
arado,
desnudo,
limpio,
enamorado…
Sólo quiero la brisa de tu presencia
y el abrazo de tu amor. (Ulibarri, Fl.)

Javier Leoz

¡Cuánto deseo que ardáis!

¡Que pocas hogueras!
Fuegos débiles,
llamas tenues,
rescoldos sin fuerza
que son ya solo ceniza.

No se oye el crepitar,
ni se siente el calor,
ni se ilumina la oscuridad,
ni se acrisolan los tesoros
con este fuego que llevamos dentro.

Pero yo sigo soñando
que tu fuego prenda
en nuestros corazones,
en los pueblos,
en las iglesias,
y en la creación entera.

Porque para eso has venido
a nuestro mundo
y te has desvivido,
día a día, entregándote
y comunicando la Buena Noticia.

¡No me atraen los que se encierran,
los que no se exponen al viento,
los que, por temor, huyen
o se protegen cuando vienes
y soplas suave o fuerte.

Yo anhelo tu fuego
para que este mundo arda,
se acrisole e ilumine.
Deseo que tu fuego nos sorprenda
y que prenda en nuestro corazones.

Florentino Ulibarri

Notas sobre el texto, contexto y pretexto

• El contexto en el que estamos en el Evangelio de Lucas, que vamos siguiendo domingo tras domingo, es el de un diálogo entre Jesús y los discípulos en el que se afrontan las dificultades de un camino, el de Jesús, que van compartiendo.

• En las páginas anteriores de este mismo capítulo 12, hemos oído tres veces el no tengáis miedo (Lc 12, 4. 7. 32). En esta página de hoy, como si los discípulos ya estuviesen preparados, sin miedo, Jesús les plantea dificultades muy concretas y que tocan el fondo de la persona, como son las que hay cuando las relaciones familiares se quiebran. Pero también les invita a discernir, a afrontarlas de cara.

Comentario al evangelio – Jueves XIX de Tiempo Ordinario

¿Cómo te atreves a perdonarme?

¿Cómo entender la psicología del siervo al que se le perdonó mucho, pero que maltrató a su propio siervo que le debía mucho menos? Sospecho que se sintió humillado y su ego narcisista fue profundamente herido por el perdón público ofrecido por el Rey. En primer lugar, no había pedido perdón; sólo un poco más de tiempo para pagar sus deudas. En cambio, fue perdonado generosa y totalmente. Pero ese perdón sólo puede hacer nacer la gratitud en un corazón caracterizado por la humildad y la apertura al otro. En los corazones egoístas, sólo crea humillación y odio a sí mismo, que debe transformarse en odio al otro. Y dado que no podía desquitarse con el Rey, tuvo que desplazar el odio hacia un inferior sobre el que tenía mando. Esas almas sólo pueden acabar en cárceles de sufrimiento interior creadas por ellas mismas, tristemente.

Paulson Veliyannoor, CMF

Meditación – Santa Clara

Hoy celebramos la memoria de santa Clara.

La lectura de hoy es del evangelio de Juan (Jn 15, 4-10):

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Permaneced en mí, como yo en vosotros. Lo mismo que el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid; así tampoco vosotros si no permanecéis en mí. Yo soy la vid; vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada. Si alguno no permanece en mí, es arrojado fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen, los echan al fuego y arden.

»Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis y lo conseguiréis. La gloria de mi Padre está en que deis mucho fruto, y seáis mis discípulos. Como el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor».

Hoy, día de santa Clara de Asís (a. 1194-1253), escuchamos un fragmento del Evangelio de Juan en el contexto de la Última Cena, en la que Jesús, despidiéndose de los suyos, a punto de marcharse, apunta una nueva manera de estar unidos a Él. Se va físicamente, pero podemos estar con Él mística y sacramentalmente. 

En un fragmento tan corto, nos impresiona la repetición de la expresión “estar en” (o “permanecer en” y “mantenerse en”, según las distintas versiones). No dice “con”, sino “en”. No es una simple compañía, sino una intimidad profunda, comunión de vida con Jesús, semejante a la de la vid y los sarmientos. 

El papa Francisco decía comentando este mismo fragmento: «Jesús es la Vid, y a través de Él, como la savia en el árbol, pasa a los sarmientos el mismo Amor de Dios, el Espíritu Santo». Recibimos la plenitud del Espíritu Santo cuando “estamos en” o “permanecemos en” Él. 

Éste es el resumen concentrado de la vida de santa Clara: el “ser en” Dios, expresado en la unión entre los sarmientos y la vid, queda descrito por Clara en su cuarta “Carta a santa Inés de Praga”, donde explica la manera como ella misma vive esta unión: «Su amor cautiva, su contemplación nutre, su benignidad llena y su suavidad sacia; su dulce recuerdo ilumina, su perfume hará revivir a los muertos y su visión gloriosa hará felices a todos los ciudadanos de la Jerusalén celestial».

El Evangelio sugiere una gradación hasta llegar al mismo corazón de la vida en Dios: “ser en” comienza siendo una compañía, presencia, interioridad; después es circulación de amor, Ágape, saciedad, comunión; y acaba en el fruto compartido: el fruto pertenece a la vid, pero se manifiesta, crece y madura en los sarmientos. 

Todo apunta a la perseverancia en este intercambio de vida: «permaneced en» (Jn 15,9) mi amor.

+ Fray Josep Mª MASSANA i Mola OFM

Liturgia – Santa Clara

SANTA CLARA, virgen, memoria obligatoria

Misa de la memoria (blanco)

Misal: 1ª oración propia y el resto del común de vírgenes (para una virgen) o de santos (para una monja), o de la feria; Prefacio común o de la memoria.

Leccionario: Vol. III-par

  • Ez 12, 1-12. Emigra en pleno día, a la vista de todos.
  • Sal 77. ¡No olvidéis las acciones del Señor!
  • Mt 18, 21 – 19, 1.No te digo que perdones hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.

O bien: cf. vol. IV.


Antífona de entrada
Esta virgen valiente, ofrenda de pureza y castidad, sigue al Cordero crucificado por nosotros.

Monición de entrada y acto penitencial
Aunque de noble familia y bien educada, Clara se sintió atraída por los ideales de pobreza de san Francisco de Asís. Contra la presión de su familia, distribuyó sus posesiones a los pobres y fundó la Orden Franciscana de Pobres Claras (popularmente como “Claras o Clarisas”), que se dedican a una vida de pobreza y oración. Clara comprendió que la pobreza hace a una persona libre para amar: amar a Dios de modo indiviso y estar disponible para amar y servir a los hermanos. Su lema fue: “Oh Dios, soy feliz porque tú me creaste”. ¿No es eso verdadera riqueza?

            Yo confieso…

Oración colecta
OH, Dios,
que guiaste misericordiosamente a santa Clara
hacia el amor a la pobreza,
concédenos, por su intercesión, que,
siguiendo a Cristo en la pobreza de espíritu,
merezcamos llegar a contemplarte en el reino celestial.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Oración de los fieles
Oremos al Señor, Dios de nuestros padres, para que nos escuche y tenga piedad de nosotros.

1.- Por la unidad y libertad de la santa Iglesia católica y apostólica. Roguemos al Señor.

2.- Por la vida, el ministerio y la salud de nuestro padre el papa Francisco y de nuestro obispo y por el clero y el pueblo que ama a Cristo. Roguemos al Señor.

3.- Por la paz y el progreso de las naciones. Roguemos al Señor.

4.- Por el perdón de nuestros pecados y la liberación de toda violencia, división y peligro. Roguemos al Señor.

5.- Por esta comunidad, congregada en el nombre de Jesucristo, y por cuantos no han podido venir a esta celebración. Roguemos al Señor.

Te pedimos, Dios de bondad, que escuches nuestras oraciones y derrames sobre nosotros la abundancia de tu misericordia. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Oración sobre las ofrendas
DIOS misericordioso,
que en santa Clara
destruido el hombre viejo,
quisiste crear al hombre nuevo a tu imagen,
concédenos, transformados del mismo modo,
ofrecer este sacrificio de reconciliación, agradable a ti.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Antífona de comunión          Ap 7, 17
El Cordero que está delante del trono los conducirá hacia fuentes de aguas vivas.

Oración después de la comunión
ALIMENTADOS con las delicias del cielo,
te pedimos, Señor,
que procuremos siempre aquello
que nos asegura la vida verdadera.
Por Jesucristo, nuestro Señor.